viernes, 7 de marzo de 2014

7. SOCHI 2014




Ningún lector puede tener dudas, me encanta la nieve. Me he criado con ella, deslizándome con esquís todos los inviernos desde que tenía cuatro o cinco años. La historia de mi familia ha estado ligada a la práctica del esquí alpino, y en este blog ya he dado cuenta más de una vez de mi afición a dicha modalidad o al esquí de montaña (travesía). Pero mi apego a la nieve va más allá del mero disfrute de esas modalidades. Me gusta el invierno, me emociono con las grandes nevadas y me encanta acercarme a mi casita de media montaña cuando un frente, de los de verdad, está a punto de descargarnos una soberana nevada o lo acaba de hacer. Protegerme del frío exterior, en el saloncito forrado de madera con la chimenea a tope, es para mí, mejor paraíso que un “resort” caribeño con pulserita de todo incluido. Prefiero las rebanadas de pan de Orzales que los mojitos, y un buen vaso de whisky de malta que tenerme que embadurnar de crema protectora. Y desde luego, aventurarme por los bosques con raquetas o esquís, que huir del aburrimiento remolcado por el agua con algún artefacto diseñado para entretener turistas ociosos. No pretendo convencer a nadie, mi madre, por ejemplo, adora el sol cual emperatriz egipcia y aborrece el frío de su pueblo natal. Pero mis preferencias son claras, insisto ¡me apasiona la nieve! y casi todo lo que tiene que ver con ella (excepto por ejemplo cuando no me queda más remedio que tener que poner cadenas al coche).

Total, que después de muchos años sin haber podido atender, ni apenas ver nada, de las retrasmisiones deportivas de los Juegos Olímpicos de Invierno, este año me he desquitado, y me he permitido disfrutar bastante de los mismos en Sochi 2014. No todo lo que me hubiera gustado, desde luego, pero si mucho más que en ninguna otra ocasión. Y la primera conclusión que he sacado no es nueva. Ha sido más bien una certificación: que efectivamente, tal y como acabo de declarar, la nieve, y por extensión las modalidades deportivas de invierno, me apasionan… casi todas ellas. Precisamente por ello, hoy pretendo hacer aquí algunas reflexiones de diversa índole que me han venido a la cabeza mientras disfrutaba de los pasados Juegos.

Empezaré por una especie de crónica deportiva. Nada formal, todo lo contrario, personal, sesgada, subjetiva y privada, que incluye algunas de las situaciones deportivas que más me han llamado la atención. Lo primero reconocer que las modalidades de esquí alpino reunidas en lo que anteriormente se denominaba “esquí artístico” y actualmente “Freestyle” (“mogulls”, saltos acrobáticos, “ski cross”, “halfpipe” y “slopstyle”), no me gustan nada y por consiguiente las ignoro. Esto es algo más acusado aún en el caso de las modalidades paralelas de snowboard, utensilio que, al haber sido formado desde mi infancia en los esquís, jamás me ha atraído en absoluto. La acrobacia de saltos, sea en trampolín de piscina, con esquís cortos, cama elástica, etc. es algo para lo que no estoy dotado y que nunca me despertó entusiasmo, por lo general me aburre. De ahí es fácil deducir que con el “halfpipe” y “slopstyle” me pasa exactamente igual. Me encanta que haya pistas específicas para ello, porque gracias a las mismas se descongestionan un poco más las ya de por sí abarrotadas pistas convencionales de las estaciones de esquí. De este conjunto de disciplinas, apenas me interesan dos. El “ski cross” por esto de la pugna, el espectáculo y cierta cercanía al esquí de pista. Sin embargo no he visto ni una sola prueba por coincidencias horarias, así pues, en esta ocasión no lo puedo juzgar. La segunda son los “mogulls” (para mí bañeras o baches), debido a que es una modalidad de esquí a la que me he dedicado durante muchos años con pasión, aunque nunca de forma competitiva. En baches la calidad, por encima de cualquier otro país la ha puesto Canadá, con dos hermanas copando la plata y el oro en categoría femenina y otros dos compatriotas de ellas haciendo lo propio con la categoría masculina. El nivel ha sido altísimo, la técnica (y de esto entiendo) perfecta entre los mejores. Daba gusto verlos bajar con una frecuencia de giro impresionante, unas posiciones de cuerpo inalterables y una capacidad de amortiguación ejemplar. Sin embargo, al conjunto le encuentro tres pegas: primera, pese a considerarme un gran aficionado a la modalidad, en cuanto he visto bajar a unos pocos, ya puedo prescindir del resto; segunda, el resultado, tal y como ocurre con algunas otras especialidades, depende demasiado del criterio subjetivo del jurado, algo que en demasiadas ocasiones provoca injusticias clamorosas; tercera, estamos ante una disciplina que pese a su juventud, ya está desaparecida en la vida real de la mayoría de las estaciones de esquí. Conviene recordar que la técnica de descenso de bañeras nació como evolución de la técnica del esquí alpino, para adaptarse a todos los baches que el constante girar de miles de esquiadores moldeaba en las pistas. En épocas pasadas no había capacidad material ni económica para pisar todas las pistas, ni tan a menudo, por lo que en algunas de fuertes pendientes, los baches permanecían durante semanas haciéndose más grandes y abundantes a medida que avanzaba la temporada. Pero esto ya no es así, actualmente se pisan todas las pistas y pocas son las estaciones que mantienen alguna específica para la práctica de esta modalidad. Una verdadera lástima.

De patinaje artístico he visto bastante, lo cual se me antoja suficiente, porque no es una disciplina que me guste mucho, aunque si soy capaz de reconocer, abundantes momentos de verdadero arte deportivo entre las diferentes ejecuciones. Lo que peor llevo es una especie de choque estético-cultural entre una parte importante de Europa y nosotros. Se trata de un fenómeno muy particular que es de los pocos que hacen plantearme si realmente soy europeo o no (en general, por casi todo: historia, cultura, origen de civilización, territorio, etc. sí que me considero europeo). Es lo que podríamos denominar “estética eurovisión” y se caracteriza por presentarse en los espectáculos con atuendos absolutamente horteras, a juego con mezclas musicales por lo general también de lo más cursi o desnaturalizado. No sé porqué esta tendencia estética abunda en los países nórdicos, Centroeuropa y países del este, especialmente cuando se ambientan de gala, espectáculo o similar. No puedo con ello: blusas con brillos, solapas descomunales, sobrecarga de volantes y pedrería… Afortunadamente, la integración de nuevos países y tendencias hacen que, poco a poco, las propuestas vayan mejorando mucho, pero todavía lo anterior es mayoritario. En lo deportivo me ha defraudado completamente la final masculina. No porque el representante español no haya conseguido medalla (no me creo eso del “Deporte Español®” al que constantemente hacen alusión nuestros medios de comunicación), sino porque no me parece de recibo que los dos primeros medallistas lo hayan sido con ejercicios que, aunque con altos grados de dificultad, hayan incluido contundentes caídas dentro de la ejecución. Eso me parece una chapuza inaceptable. Valoro la dificultad, pero una manifestación artístico expresiva no puede verse interrumpida por una caída, si te caes es que arriesgas más de lo que realmente dominas, y por tanto no se te ha de valorar tal grado de dificultad, y si no, que se lo pregunten a los corredores de descenso y tantas otras modalidades, en las que aún jugándote todo contra el crono, una caída significa quedarte fuera de la competición. Los bailarines de los mejores ballets del mundo (os puedo asegurar que he visto mucho ballet contemporáneo y clásico) no se permiten caídas, lastimarían demasiado el espectáculo expresivo. Por lo demás he disfrutado con algunas parejas, pero por encima de todo con una niña rusa impresionante, Yulia Lipnitskaya, que si bien no alcanzó la esperada medalla de oro en la modalidad individual (a ella si la castigaron duramente por una caída), sus ejecuciones son perfectas y estilosas, da gusto verla interpretar sus programas delicados, expresivos, emotivos y con una velocidad y flexibilidad inigualables ahora mismo. Y por si fuera poco, hasta se viste con trajes discretos, elegantes, originales y favorecedores.

Pasando a las modalidades de esquí alpino, supuestamente las mías, apenas las he podido atender: algún slalom de combinada, el “supergigante” de hombres y el descenso masculino, para el que me levanté expresamente. En realidad ya no disfruto tanto con ello como antaño, cuando me conocía a los principales esquiadores y esquiadoras de la Copa del Mundo, y hasta tenía mis favoritos. Hoy en día no lo sigo, desconozco a las figuras y me canso tras haber visto varias bajadas. Digamos que mi interés se mantiene vivo el tiempo que necesito para comprobar la evolución técnica mostrada por unos cuantos corredores al descender en cada una de las modalidades. Así pues me limitaré a comentar que me enfadó (hasta cierto punto) la obsesión de los comentaristas por incidir en una mitología rancia, al empeñarse en resaltar la figura de Bode Miller, ignorando a casi el resto de competidores, algunos de los cuales, a la postre, se llevaron los mejores resultados. Parece que este empeño por el “Star-system” no nos lo quitamos de encima en lo que a los medios de comunicación deportivos se refiere. En general, tanto en hombres como en mujeres, los metales estuvieron muy repartidos.

Pese a ser un practicante asiduo y permanente a lo largo de toda la vida, del esquí alpino, he de reconocer que en esta ocasión he atendido mucho más a algunas modalidades nórdicas. No a los saltos, con los cuales apenas he coincidido y que cuando has visto tres lo has visto prácticamente todo. Pero si al esquí de fondo, del cual he contemplado varias pruebas completas. La carrera de relevos femeninos de 4x5 km me pareció una de las carreras más bonitas y espectaculares que pueda recordar de cualquier disciplina atlética (ciclismo incluido) en los últimos años. La frustrada lucha noruega, el fuerte y convencido intento alemán, la valentía y supervivencia final finlandesa y la espectacular remontada, persecución y alarde final suecos, me tuvieron en vilo durante mucho tiempo, me emocionaron, y al igual que pasara con muchas otras pruebas de este duro deporte, me demostraron que sus deportistas, hombres y mujeres, lo dan todo hasta la extenuación completa, debido a la cual son muchos los que caen desfallecidos nada más rebasar la línea de meta. Entre las cosas que me llamaron la atención en esta ocasión, fue ver a unas competidoras de “biathlon” descender a 73 km/h en algunos tramos del durísimo circuito de fondo. Esa es una velocidad que no muchos practicantes de esquí alpino son capaces de conseguir en las pistas. Y hablando de “biathlon”, esa sí que ha sido, para mí, una de las modalidades más atractivas de los Juegos. Las carreras están excelentemente diseñadas, de modo que la compensación entre lo que supone esquiar y disparar, está muy equilibrada y ambos desempeños resultan cruciales para la victoria final o la obtención de un buen puesto. Por si fuera poco, como cada tramo viene precedido de una ronda de disparos, la emoción y la ruptura del orden de carrera (en especial al final) se hace incierto y cambiante. La carrera del mítico esquiador noruego Ole Einar Bjoerndalen en los 10 km fue excelente y emocionante, me alegro por él, por sus 40 años y por llevarse un oro en plena veteranía deportiva. En cualquier caso, y tras perder ese primer duelo, quizás por la presión del debut, el “gallo” de la disciplina no es otro que el francés Matin Fourcade, cuyo poderío y acierto en el disparo le han permitido barrer con dos oros y una plata. Aunque sin duda, la estrella del “biathlon” fue la fina esquiadora bielorrusa Darya Domracheva que logró tres oros y alguno de ellos con un dominio aplastante.

De trineos (grandes y pequeños, con nombres sofisticados, individuales, por parejas o en grupo) no puedo contar nada, apenas he visto bajadas sueltas y no he dado con buenas explicaciones de la técnica que emplean y de las claves para conseguir buenos rendimientos, y lo que no entiendo, al menos en deporte, me suele resultar poco atractivo. Pero el hielo en sí, y sus modalidades, sí que me gustan, en especial el patinaje de pista. Ese que oficialmente denominan de “velocidad” aunque también lo sea de resistencia. En carreras de patines hay dos tipos de pista: corta y clásica. La corta se corre en grupo pequeño, en un constante deambular de gente, jugándose la caída y pasando de las tumbadas de una curva a la otra casi sin tiempo para ponerse derecho. Es un espectáculo muy movido. Sin embargo apenas he visto una final, en la que ganaba un canadiense entre tanto asiático aficionado a este deporte-espectáculo de pabellón. Lo que si he podido disfrutar bastante más, por mera coincidencia horaria, ha sido el patinaje en la pista larga, y tengo que decir que aunque sus distancias oscilen desde los 500 metros hasta los 10 km, no me extraña que lo consideren de velocidad, lo cual no es debido al tipo de esfuerzo solicitado al deportista, que en unas distancias es anaeróbico y en otras con importante componente aeróbico, sino a que, por poner un ejemplo, en la prueba más larga (los 10.000 metros) el ganador consiguió 47,5 km/h de media. Gamas de velocidad que tienen mucho que ver con las de las especialidades ciclistas… Por eso no es extraño que en un país eminentemente ciclista, frío, lleno de canales y completamente llano, como es Holanda, el patinaje de velocidad sea el deporte Rey. Y este año lo han demostrado, siendo el país que más medallas se ha llevado en las categorías femeninas y ¡simplemente abusando en las masculinas! haciéndose con 12 de las 15 medallas posibles en pruebas individuales y, por supuesto, con la de oro en la única prueba por equipos. Sólo se les escaparon una de plata, una de oro y una de bronce. Un “repaso” abrumador al resto de delegaciones. Todo fue naranja en la pista larga de velocidad. Lo más alucinante, ahora que ando esforzándome sobre mis patines en línea sobre los carriles-bici de mi comarca, es lo fluido y fácil que parecen ir, el enorme partido que sacan a cada zancada, dejándose deslizar sin que el resto del cuerpo se les mueva ni estropeé su aerodinámica posición. Me da una envidia tremenda (sana pero considerable). Y no me sirve de excusa pensar que ellos van sobre hielo y yo sobre ruedas, porque a algunos de estos profesionales de los JJOO los he podido ver patinar igual y a similares velocidades, sobre ruedas, en el circuito de las 24 du Mans.

Para cerrar la crónica deportiva voy a referirme a una modalidad que por lo visto ha triunfado a nivel de audiencia, cosa que no me sorprende en absoluto, ya que reconozco que me ha enganchado bastante. Me refiero al “curling”, una especie de sofisticada y vistosa petanca en “2D”, que nos ha tenido en vilo partido a partido. Algo que si no le pones atención parece absurdo, pero que en cuanto te enteras un poco de qué va, te sorprende con estrategia, precisión, emoción y planos televisivos de gran intensidad humana y vistosidad. El “curling” tiene varios ingredientes para garantizar éxito de seguimiento. Además de los que acabo de mencionar, hay dos atributos fundamentales añadidos: primero, que nada está en manos de los árbitros o jueces, el juego es tan claro y meridiano que no hay lugar para errores de interpretación, juicios subjetivos, protagonismos arbitrales, trampas ni chapuzas reglamentarias. Y eso, a día de hoy, comparándolo con los deportes de equipo, las disciplinas “artísticas”, las pruebas tan dependientes de los suplementos químicos (legales o ilegales) o las ventajas mecánicas o tecnológicas de unos equipos sobre otros, es algo que los espectadores, al menos los que respetamos la esencia original de lo que es el deporte, agradecemos mucho. Segundo, que actualmente la realización televisiva que se lleva a cabo en las retrasmisiones está tan lograda que te permite no perder detalle de todo lo que sucede y seguir las partidas con claridad e intensidad. Un hallazgo esto del “curling”, me gustan las estrategias, el alto nivel técnico que ahora mismo ostentan sus deportistas y la vistosidad de su juego, pero por encima de todo, para alguien tan aficionado como yo a observar de los aspectos sociológicos del deporte, me encanta ver los partidos femeninos, en especial cuando una jugada se complica, piden tiempo muerto y se monta una auténtica discusión colectiva de “escalera”, fregona en mano. La estampa es cuando menos divertida, con sus argumentaciones, gritos, discusiones, expresividad… para disfrutarlo no hace falta saber idiomas.

Finalizada la “crónica deportiva”, quiero hacer una mención especial a un deporte del que no he hablado y que pese a no haber practicado jamás, me cautiva: el hockey hielo. No voy a hablar de partidos ni resultados, he podido ver muchísimo menos de lo que me hubiera gustado. Se trata de una especialidad de deporte de equipo que admiro, respeto y disfruto profundamente, a pesar de tener el serio hándicap de que el disco sea casi imposible de seguir por televisión cuando se produce un lanzamiento a puerta (aquí sí que resultan imprescindibles las repeticiones ralentizadas). El hockey hielo es extremadamente rápido. Envidio las evoluciones de los jugadores por la pista, sus constantes cambios de dirección, su patinaje hacia atrás y sus derrapes. El manejo del “stick” es consumado y ofrece mucha variedad de regates y disparos. Tiene bastante estrategia y el juego se detiene muy poco. Hay agresividad, fuerza, contundencia pero poca violencia, y cuando aparece se me antoja más sana, al estilo del rugby: batalla campal y nada de las típicas “putaditas”, ni marrullerías cobardes, escondidas o ruines que caracterizan a los futbolistas y su habitual comportamiento de sabandijas teatrales. El reglamento tiene curiosidades interesantes, como prohibir los despejes desesperados, sacar de forma neutral todas las interrupciones del juego, permitir cargas fuertes (especialmente contra los “chupones”), que los partidos culminen con victoria pese al empate, utilizar el video para no cometer injusticias, etc. ¡Hagan juego señores! Aquí de lo que se trata es de que se juegue mucho y rápido. Por si fuera poco, otra gran ventaja es que los árbitros apenas tienen campo de acción para la emisión de juicios de valor. En mi humilde opinión, mucho tendría que aprender el todopoderoso fútbol, cada vez más sumido en el cotilleo, la corrupción y otros males sociales, de este deporte tan dinámico, al que confieso me hubiera gustado dedicarme de chaval. Pese a ser un deporte de equipo, presenta una subcultura propia diferente, que me parece mucho más sana que la de otros infinitamente más mayoritarios y populares por nuestros alrededores.

Voy acabando, aunque poco a poco. Es que estos Juegos han dado mucho de sí. Perdonad la extensión, el atrevimiento y el aparente desvío de los temas habituales, aunque para quien me siga mucho sabrá que no hay tanto desvío, que todo está de alguna manera conectado, y que el comportamiento errático en mis escritos es un sello de identidad. Quiero hacer unas breves menciones sobre la cobertura de TVE en los Juegos. En términos generales bien, muy bien, ya que han ofrecido casi todo. Gracias por ello. Felicitar especialmente a Paloma… la locutora del patinaje, porque aunque no sea una personalidad que me resulte especialmente simpática (ni antipática), me demuestra que sabe ¡y mucho! No sólo de reglamento, técnica, deportistas, etc. sino también de lo que se cuece en el mundillo, cosa que demostró cuando como sin darle importancia nos comentó en la competición por equipos, que ella tenía el pálpito personal de que el afamado patinador ruso Plushenko, no participaría en la competición individual. Algo sabía ya ella, algo que después se confirmó con puesta en escena dramática y todo. También quiero felicitar a la TVE por la elección de “Jou” Llorente (nuestro ex-baloncestista olímpico), a quién tuve el privilegio de tratar un poco en mi época de estudiante del INEF en Madrid, como comentarista técnico del “biathlon”. Llorente, además de un jugador de élite en su día, puedo garantizar que era un portento físico y un “currante” de acondicionamiento. Al parecer, tras su retirada de las canchas ha hecho del esquí de fondo y del “biathlon” su pasión y su deporte. Y he de decir que me ha parecido un excelente comentarista, profundamente conocedor del tema y de los deportistas que actualmente compiten. He disfrutado muchísimo de sus intervenciones y me ha alegrado que fuera él el escogido. Pero a TVE hay que leerle la cartilla por una falta de profesionalidad informativa y criterio imperdonable. El día que se celebró la prueba de descenso masculina, la denominada “prueba reina” del esquí (y casi de los Juegos), madrugué en domingo para verla en directo. ¡Menos mal! En la televisión estaban empeñados de que ganara esa conocida estrella que lleva tiempo apagándose y que ni consiguió subirse al podio en esta ocasión. El caso es que una vez acabada la prueba que ganó un austriaco, horas después, en TVE programaron el descenso “casi completo” en diferido. Y a algún ingeniero o ingeniera de los Medios se le ocurrió incluir las bajadas de todos los participantes, excepto de los primeros, entre los que estaba el ganador. Lo importante es que saliera el famoso, los españoles y todos los demás, menos los primeros y el ganador. Por si esto fuera poco, ni en los programas especiales de resumen de Teledeporte, ni en los telediarios se mostró en momento alguno la bajada ganadora. ¿La del famoso americano? Esa sí, por supuesto. En fin, que creo que puedo considerarme de los pocos afortunados que vio descender a Matthias Meyer (hijo de otro medallista olímpico en Calgary) en el espectacular descenso de Sochi. Por cierto, a día de hoy, si se os ocurre buscar el video del descenso en rtve.es tecleando por ejemplo Meyer y Sochi, el video que aparece es el de la desolación de Bode Miller, el beso de su querida pareja y bla, bla, bla. En ocasiones el periodismo, y en especial los “informativos”, apestan.

Como reflexión general de estos juegos, quiero referirme a la Globalización en el deporte y en el olimpismo. Como muestra de que los juegos de invierno se resisten un poco aún (afortunadamente) a este fenómeno mundial que amenaza con aplanar toda la diversidad cultural, está el medallero: Rusia, Noruega y Canadá coronan los primeros puestos. Todos ellos países eminentemente invernales. Les sigue EEUU (con mucho territorio “de invierno”, mucha población deportista y gran tradición en tales deportes), Holanda (gracias al patinaje) y Alemania (estratégicamente ubicado entre alpinos y nórdicos, compartiendo con ambos mucha cultura deportiva). Ya que estamos con el medallero quiero mencionar que varios países que solemos considerar social y económicamente avanzados, como Finlandia, Suecia o Dinamarca, se han posicionado a mitad de la tabla o ni aparecen. Algo similar a lo ocurrido con los países alpinos (Suiza 7º, Austria 9º, Francia 10º, Italia 22º). Personalmente tengo mi propia reflexión al respecto, y no es otra que el otorgarles (especialmente a los nórdicos) el reconocimiento de cierta madurez social con respecto a lo que debería de ser para un país el deporte de competición: una salida expresiva del deporte, una opción más de negocio o de desempeño profesional moderado y sostenible, pero en ningún caso una prioridad nacional propagandística que haya que mantener a costa de los impuestos de todos los ciudadanos. Lo interesante sería poder disponer de un ranking de instalaciones deportivas públicas o asequibles, de programas de fomento del deporte para todos y de cifras de participación deportiva no competitiva en un amplio abanico de disciplinas. Sería ilustrativo ver qué puestos alcanzan los países nórdicos en cada uno de esos apartados. Ya va siendo hora de que en España nos planteemos seriamente qué concepción de deporte es la que hay que cuidar, atender y desarrollar. Ya está bien de presuponer que las bondades del deporte espectáculo lo arreglan todo, ponen a la gente en forma, evitan el consumo de drogas y nos hacen a todos mucho más honrados. Siguiendo con la globalización, salvo por lo mencionado, sí que creo detectar que los JJOO como fenómeno han sucumbido completamente a la misma. Ya se encargó Samaranch de catalizar toda su transformación, y de profesionalizar la máximo a sus deportistas originalmente amateurs. Pero es que ahora su organización se ha ligado completamente al concepto de Metrópolis. Lo de la Villa Olímpica queda como un apelativo romántico alejado de la realidad que supone organizar el evento, siempre en grandes capitales, en mega urbes de referencia mundial, invitándonos a todos a sumarnos a dar importancia a la prioridad humana de malvivir en una de ellas, sometidos al tumulto, la contaminación, la especulación, los problemas de movilidad, todo tipo de peajes normativos, etc. No me gusta el modelo, me había resignado a sufrirlo en los Juegos de verano, pero desde hace varias ediciones veo que el camino que siguen los de invierno es el mismo. Sochi no es una gran metrópolis, pero sin un entorno artificial y forzado, en el que los escenarios han estado muy dispersos y alejados entre sí. Donde las condiciones invernales no eran tales, y hemos visto como una nieve “demasiado forzada” ha estropeado algunas competiciones y actuaciones. Unas condiciones climáticas de costa española en invierno, han hecho que las esquiadoras de fondo hayan competido en manga corta y hasta en tirantes. Por ahora el “cante” no ha sido escandaloso del todo, pero a este paso el derroche y la chulería humanas harán posible que veamos celebrar los JJOO de invierno en algún conjunto de “resorts” en medio del desierto, a costa de los petrodólares del oriente medio. A corto plazo el síntoma ya está aquí. Barcelona opta seriamente a organizar unos Juegos de Invierno. Con mi apoyo que no cuenten, preferiría Puigcerdá, Viella, Jaca o cualquier otra “villa”, más pequeña, más necesitada de ello y desde luego mucho más acorde en climatología, tradición y paisaje, con lo que se supone que deberían ser unos Juegos Olímpicos de Invierno.

Hay una novela invernal que, me confieso, adquirí por su título y me hizo disfrutar enormemente de su lectura. “Mi abuelo llegó esquiando” de Daniel Katz. Mis hijos casi podrían hacer suya esa frase. Se trata de una novela que cuenta las peripecias de una peculiar familia judía rusa emigrada a Finlandia. Bastante nieve, poco deporte pero si un largo viaje sobre unos esquís nórdicos. Pues en Sochi ha habido otro abuelo. Este no llegó esquiando sino en bicicleta. Con alforjas y desde Francia, alternando un poco de barco y por una ruta mediterránea, para huir del frío extremo. Tras varios miles de kilómetros llegó a tiempo para hacerse con las responsabilidades de su función de voluntario en las pruebas que más ilusión le hacían tras varios años de seguimiento televisivo: los saltos de esquí. “Chapeau” al jubilado, eso sí que es tener espíritu olímpico. Si es que somos capaces, a estas alturas de la civilización, de ponernos un poco de acuerdo sobre que se supone que es el “espíritu olímpico”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario