viernes, 21 de agosto de 2015

34. ROB ROY



"Mujer en barco con piragüista". PA Renoir
(The Bridgeman Art Library)

“En la vieja Europa llamábamos ‘buena educación’ al conjunto de disciplinas que iniciaban a los jóvenes en un concepto aristocrático y desinteresado de la vida: la epopeya griega, el latín, la historia del arte, la lectura de los místicos alemanes, el aprendizaje del laúd, y todos esos saberes que no producen ningún beneficio material a quien los cultiva, pero que animan a los hombres a empresas maravillosas. Por eso la paideia griega cultivaba en los muchachos la areté, la valentía, la nobleza y el buen gusto, antes de iniciarlos en otras materias prácticas. Con las mismas enseñanzas los antiguos alumnos de Cambridge o de Oxford crearon un imperio y demostraron ser más eficaces en la paz y en la guerra que los políticos profesionales, educados en un concepto utilitario de la vida. Creo que no se ha meditado bastante este hecho que tiene enorme trascendencia histórica y que permitía a las clases más refinadas enfrentarse a la vida con una iniciación caballeresca y valiente, más esencial que muchas enseñanzas que imparte la escuela moderna”.

Mauricio Wiesenthal (“El esnobismo de las golondrinas”).

Sirva esta cita de anticipo y presentación preliminar de un personaje al que voy a dedicar unas cuantas líneas: John Mac Gregor (1825-1892). Este caballero inglés, de orígenes escoceses, es comúnmente considerado como el inventor (occidental) del piragüismo viajero y turístico. Pero vayamos por partes. Antes de llegar al meollo del asunto echemos un vistazo a algunos detalles de su biografía. Fue el mayor de seis hermanos, en el seno de una familia acomodada cuyo padre fue un militar que se movió por varios destinos. Siendo nuestro protagonista aún un bebe (entonces único hijo), la familia, a bordo del buque Kent, sufrió un azaroso naufragio del que milagrosamente salieron con vida (los primeros madre e hijo), al ser rescatados por otro barco cercano. Quizás dicho preludio marcara parte del carácter de Mac Gregor, quien ya se caracterizó durante su juventud por embarcarse en aventuras habitualmente relacionadas con los espacios naturales, la montaña y el mar. Estudio leyes en el Trinity College de Cambridge, por lo que, pese a su gran afición por las ciencias y los mecanismos, desarrollo su labor profesional como abogado especializado en patentes (muy centrado en las de propulsiones náuticas entre otras). A lo largo de su vida simultaneó denodados esfuerzos y dedicación a varios ejes bien diferenciados: una labor filantrópica social, gran fervor religioso, su profesión y los viajes. La primera tuvo como especial función el desarrollo de programas formativos y la organización de proyectos para escuelas públicas dedicadas a la reinserción social y educativa de niños y jóvenes en riesgo de exclusión social y delincuencia. En este sentido sus ideas se convirtieron en diferentes programas de inserción mixta (educativa y laboral) para los más jóvenes. Como complemento, en un momento en el que la guerra de Crimea y otras situaciones de política internacional se habían encargado de instaurar cierta sensación de peligro en su país, se enroló en un grupo civil de formación militar de reserva: la London Scottish Rifle Volunteers, en la que alcanzó el rango de capitán. En lo religioso fundó sendos grupos de oración, uno de abogados y otro de voluntarios de la reserva, pero además mantuvo una infatigable producción escrita, se posicionó activamente en las discusiones religiosas contra papistas y otros grupos, e incluso se dedicó a la predicación de calle. La escritura formaba parte de su quehacer cotidiano, y como muestra de ello quedó mucha correspondencia, numerosos artículos en revistas de diversa índole, sus diarios, libros de patentes y, sobre todo, sus afamados libros de viajes. Cada cierto tiempo se embarcaba en diferentes viajes de gran interés histórico, cultural, etnográfico y casi explorador. Un primer largo viaje por oriente próximo, sur de Europa y norte de África sirvió para consolidar esa afición, aunque pasara gran parte del mismo sufriendo variados malestares de salud. Él trataba de registrar todo aquello que le parecía importante en sus cuadernos, llegando incluso a practicar con su flauta las diferentes melodías étnicas que iba conociendo, para después transcribirlas en partituras. Un segundo viaje de carácter mucho más deportivo le llevó a los Alpes, donde entre otras cosas coronó el Mont Blanc, continuando después por el sur haciendo lo propio con el Etna y el Vesubio. También realizó un largo viaje por España, que lo dejó verdaderamente fascinado. Tuvo contacto personal con el mismísimo David Livingstone (el afamado explorador) para quien sirvió como ilustrador en el libro “Viajes e investigaciones en África del sur”. De su periplo por los Estados Unidos y Canadá surgió otro libro. Su interés por los fenómenos de la emigración le llevó a recorrer Europa, Rusia, Grecia, y a navegar por el Volga hasta Nijni (viaje que le proporcionó cierta reconciliación “ecuménica” con otras profesiones de fe contra las que tan beligerante se había mostrado anteriormente). También le llamaban la atención las minas y la espeleología, a las que dedicó cierto tiempo durante un viaje por Suecia y otros lugares. El Danubio, islas griegas, Malta, Túnez, Argelia, etc. fueron algunos otros destinos por los que viajó camino de una inmersión en la cultura árabe. Los primeros viajes los realizó acompañado, aunque posteriormente alternaría diferentes compañías con el viaje en solitario, modalidad de la cual fue gran aficionado.

John Mac Gregor con el uniforme de
London Scottish Rifle Volunteers.
(Foto en E. Hodder).

Su posición social le permitió disfrutar también de situaciones placenteras como la fundación del Guiter Club y unas lujosas y ociosas vacaciones a bordo del yate Beagle, propiedad de uno de sus aristócratas amigos. En todo caso, su principal biógrafo de época: Edwin Hodder, en 1884 lo describía como un gran deportista:

“Él era un hombre de tipo robusto, fuerte, musculoso, atlético, y lo suficientemente sabio para saber que sin la práctica adecuada el secreto de su fuerza se desvanecería. El primer día que surgía el hielo, podía aparecer con sus patines y desplazarse a lo largo del mismo con tan sorprendente vigor que los extrañados viandantes le preguntarían quién era, y generalmente obtendrían la réplica, ‘¡John Mac Gregor, el hombre de las escuelas públicas y los limpiabotas!’. Desde su juventud fue un experto nadador – en el gimnasio podía defenderse contra cualquiera; comprendió ‘el noble arte de la autodefensa’, y fue un boxeador formidable, y en el río podía propulsar un par de remos con mayor habilidad y fuerza que cuando remó en el ‘ocho’ del Trinity”.

 Retrato de John Mac Gregor.
(Imagen en E. Hodder)

En definitiva, sirva todo lo anterior para presentar a un personaje de su tiempo, claramente proactivo, multidisciplinar y caracterizado por involucrarse en sus proyectos personales con gran afán. De todos esos proyectos, los que verdaderamente interesan aquí son los que tuvieron que ver con el piragüismo como modalidad viajera, lo cual, dicho sea de paso, es lo que confirió a su persona verdadera fama histórica e internacional. En 1865 se empeñó en diseñar y hacerse construir su primera piragua. Tanto a esa como a sus sucesivas embarcaciones las bautizó con el nombre de “Rob Roy”, pseudónimo que él mismo asumía en ocasiones y que empleaba como homenaje a quién consideraba su más honorable antepasado. La idea del diseño de la embarcación se le había ocurrido en 1848 al observar con detalle una canoa india ¿hinchable? que le mostrara Archibald Smith. Sin embargo, cuando definitivamente se puso a ello, se basó más en las canoas que había conocido en Norteamérica y en las de doble pala de Kamchatka. El primer modelo medía 4,57 metros de largo, 76 cm de ancho y pesaba 40,8 kg. Estaba construida en roble y disponía de un pequeño mástil desmontable y algunas velas pequeñas. Tenía una cubierta de cedro (algunas referencias nos hablan de un material flexible al estilo de una lona o piel impermeable) con un orificio de 1,2 metros para el piragüista. Nos encontramos pues ante la primera concepción “occidental – civilizada” de un kayak, aunque claramente influenciada por los modelos esquimales. He de reconocer que cuando busqué imágenes del modelo, su aspecto me resultó muy familiar. No en relación con las piraguas a las que estoy acostumbrado a ver en la realidad, sino con respecto a las imágenes de libros de grandes aventuras en piragua realizadas durante el siglo XX, en las cuales, gran parte de sus protagonistas utilizaban embarcaciones claramente inspiradas en la Rob Roy. El componente de formas y medidas de tal diseño, así como la construcción mixta rígida y flexible, se replica también en los modelos de los dos fabricantes actuales más prestigiosos de kayaks desmontables de expedición (Keppler y Nautiraid, especialmente en sus unidades iniciales). La construcción y materiales son ya completamente diferentes, pero no su forma, aspecto del casco y bañera, concepto, etc. Aunque él en todo momento definiera a su embarcación como canoa, visto desde la perspectiva actual, se trataba indiscutiblemente de una piragua o kayak, tanto por sus dimensiones y forma, como por ser casi totalmente cerrada, tener orificio de único asiento y manejarse con doble pala (novedad de la época en Europa). Incluso empleaba un cubrebañeras ajustado al orificio de la cubierta.

Una Rob Roy original del propio Mac Gregor, expuesta en el
National Maritime Museum of Falmouth.

 Perfil, planta y sección de una Rob Roy.
(Imagen: Adrien Nieisen)

 Ejemplar superviviente de una Rob Roy de la época.
(Imagen: intheboatshed .net)

Mac Gregor fue el referente total del piragüismo turístico. Aunque sus viajes en general podrían catalogarse sin reproches como recorridos de aventura, él mismo los consideraba como turísticos. Aquellos primeros viajes fueron, tras muchas reflexiones previas, los que le animaron a probar su canoa como un medio inigualable y perfecto para recorrer el mundo con una filosofía turística propia de las personas más avanzadas (en cuestiones culturales) del siglo XIX. Tanto en su país, como en los territorios que fue visitando durante sus viajes, se le pudo considerar como un raro personaje. Y aunque él mismo pensara que su modelo de desplazamiento podría ser (y probablemente sería) progresivamente más y más utilizado por los viajeros de vocación, el tiempo ha demostrado que no ha sido así. Pues a día de hoy, las embarcaciones ligeras apenas se usan para hacer turismo. Son muy frecuentes en determinados parajes, para actividades deportivo-turísticas “de día”, pero es raro encontrar gente que las emplee como medio de desplazamiento itinerante durante varias jornadas seguidas.

Su viaje en piragua más interesante, desde mi punto de vista, es el que relata en su libro “A Thousand Miles in the Rob Roy Canoe (On the Rivers and Lakes of Europe)”. Ya que su siguiente relato se corresponde con una evolución de embarcación mucho más grande que podemos situar a caballo entre canoa y velero (“The Voyage Alone in the Yawl Rob Roy”). La lectura del volumen referido a su primer viaje resulta muy amena e ilustrativa de las vicisitudes que sucedieron durante tan largo viaje. Resulta especialmente envidiable la pasmosa facilidad con la que en aquella época, un transeúnte podía hacer derecho de uso de navegación por las aguas interiores de todo el continente, sin necesidad de encomendarse a autoridad alguna (los supuestos avances en libertades, no son tantos como nos quieren hacer creer actualmente). Por otro lado, los ríos entonces no presentaban la proliferación actual de enormes presas que (al menos en nuestro país) condicionan muchísimo la logística de su franqueo en embarcación ligera. Mac Gregor era una persona pudiente, algo que se concluye fácilmente de su biografía, y su viaje estuvo organizado de forma que iba comiendo y durmiendo utilizando los servicios de hospedaje y manutención que iba encontrando por los ríos y lagos (posadas, casas particulares, albergues, hoteles, etc.). Tuvo que recurrir a numerosos porteos, unos de larga distancia y otros de escaso kilometraje. Los primeros los solventó a base de vapores (barcos) y ¡trenes! (me da la risa floja pensar en esta posibilidad en la actualidad), mientras que para los segundos contrataba carros tirados por ganado local. Además algún pequeño porteo manual a solas o con la ayuda del paisanaje local, entre el que por cierto, causaba enorme revuelo cada vez que aparecía en las diferentes localidades por las que viajó. En algunas, avisadas previamente por vecinos de lugares previamente visitados por el viajero, se llegaron a formar verdaderas multitudes de recepción o despedida.

Ilustración del propio autor-viajero, navegando a vela.
(Dibujo: J Mac Gregor)

El relato es muy aconsejable para quienes, como yo, tengan una concepción viajera, turística y ociosa del piragüismo. Salvo las diferencias en cuestiones administrativas y logísticas entre ambas épocas, el resto, la solución de los problemas de navegación, la percepción propia del viaje fluvial y hasta las numerosas reflexiones paisajísticas y sociales, resultan sorprendentemente cercanas e imaginables en la actualidad. Se parecen mucho a las experiencias que, en infinitamente menor escala, yo mismo haya podido vivir al viajar de forma itinerante por algunos ríos. El autor cuenta todo el viaje, día a día, sin abusar de extensión en los detalles. Lo hace con buena capacidad narrativa, ya que, en un texto corto, ofrece un análisis humano de sus encuentros, descripciones paisajísticas claras, y las anécdotas o circunstancias de navegación, embarque, atraque y superación de dificultades más reseñables. Lo suficiente para explicar bien y sin necesidad de aburridos enfoques técnicos, el diverso repertorio de maniobras y formas de navegación que fue utilizando (incluida a vela). Por si todo esto fuera poco, el relato se ve amenizado por la inclusión de algunas escenas gráficas dibujadas por el propio autor, así como por un constante tono de humor, fino y elegante, que surge en oleadas bien dosificadas.

 Ilustración de un porteo.
(Dibujo: J Mac Gregor)

Las anécdotas de un viajero piragüista por la Europa del 
Siglo XIX (Dibujo: J Mac Gregor).

Dentro de las múltiples reflexiones que Mac Gregor incluye en su libro de viaje, se me han hecho especialmente cercanas e interesantes algunas relativas a su filosofía de viaje y su personal ética de turista. También otras que tratan de explicar, justificar y argumentar la bondad de decantarse por un kayak como medio de transporte. Gran parte del valor añadido que reconozco en su libro es que todo ello pueda haber sido pensado y puesto en práctica, con total naturalidad en pleno siglo XIX. La obra está ya libre de derechos de autor y disponible legalmente (en inglés) en varios formatos digitales[1].

Portada del libro.

Su viaje empiezó en el Támesis, el cual recorrió en cierta medida para después tomar un tren hasta Dover y un posterior barco hasta Ostende. Ya en el continente, tomó un tren hasta empezar a navegar en el Meuse, pasar por Holanda, cursar parte del Rhin por Colonia, Coblenza, Frankfort, Friburgo, etc. para trasladarse después al Danubio e incluir posteriormente un periplo por varios lagos suizos (Constanza, Zeller See, Zurich, Lucerna…) antes de regresar al Rhin, después utilizar el Mosela, Marne y Sena hasta alcanzar París antes de su regreso porteado (tren y barco) a Inglaterra.

Su primer viaje en canoa, así como la publicación del mencionado libro, procuraron a Mac Gregor gran fama y popularidad, las cuales se tradujeron en una gran proliferación de presencias suyas en diversos foros de divulgación. Sus “correrías” se hicieron bien conocidas a ambos lados del Atlántico Norte, lo que originó que su experiencia creara escuela y se convirtiese en un catalizador de la afición deportiva y turística del piragüismo, tanto en Gran Bretaña y norte de Europa, como en los Estados Unidos y Canadá, donde dicha afición engarzaba fácilmente con las propias costumbres previas de los pioneros. Dentro de esta corriente, labor o función de Mac Gregor, que podríamos calificar como de promocional, hay que destacar un hecho importante. Me refiero a la fundación del primer club de piragüismo (canotaje) del mundo en 1866, el Royal Canoe Club, ubicado a orillas del Támesis y dedicado inicialmente a la promoción del canotaje y el “kayakismo”, en aguas tranquilas, en sus versiones de ocio, turismo, velocidad y maratón. Posteriormente,  tal y como ocurriría con gran parte de las asociaciones deportivas de la época, su vocación se fue haciendo cada vez más competitiva, llegando incluso a ostentar la representación olímpica del piragüismo británico. La fundación de clubes de kayak fue un fenómeno bastante extendido por las zonas de influencia antes mencionadas, y a ellos se debe el desarrollo inicial del piragüismo en todas sus versiones e interpretaciones “occidentales”. Existe numerosa documentación relativa a las actividades y propuestas llevadas a cabo por algunos de estos clubes, y con la mirada actual podemos calificarlas de envidiables, modernas, sugerentes y atractivas. Organización de grandes travesías, concentraciones, campamentos específicos, escuelas de formación, regatas, desarrollo de material de navegación basado en el conocimiento compartido de los usuarios, etc. Y aún en el siglo XIX e inicios del XX, he podido acceder a bastante material gráfico sobre la implicación femenina en estas prácticas deportivas. Así pues, el piragüismo formó también parte importante de ese maravilloso cóctel que elaboraron conjuntamente: la época dorada del asociacionismo deportivo altruista, la pasión por las actividades deportivas al aire libre y la irrupción del concepto de “sportman” dentro de la sociedad.

Otra ilustración (Dibujo: J Mac Gregor).

John Mac Gregor fue un claro ejemplo de “sportman”, con todo lo que ello implicaba, que era muchísimo más de lo que es ahora. Fue además el padre del piragüismo occidental y deportivo. Pero también fue un viajero excepcional, que parecía hacer fácil lo que muchas veces se nos hace difícil o cuesta arriba a los demás: organizarse un poco, planificar una ruta, ponerse en marcha y disfrutar del viaje como proceso vital. ¡Y todo ello en canoa o kayak! ¡Bendita ocurrencia!, gracias a ella, estamos ahora aquí, escribiendo o leyendo sobre viajes en piragua y disfrutando de las paladas en mares, ríos, lagos o canales. Para mi suponía una deuda atrasada el sumergirme un poco en la biografía y textos de John “Rob Roy” Mac Gregor. Al hacerlo, he disfrutado de sus jornadas plácidas en el Danubio, de su navegación a vela en los lagos suizos y del paso por algunos rápidos del Rhin. También me han llegado los aromas de sus cenas y pantagruélicos desayunos en los poblados de las riberas belgas, holandesas, alemanas… y diversión al recrear las peculiares situaciones y encuentros personales que el viajero narra en su relato. Por mi parte no puedo más que sentirme enormemente agradecido a este personaje, y de paso, tratar, de forma adaptada a mi contexto personal geográfico y temporal, de emular sus experiencias o seguir, aunque sea modestamente, la estela dejada por sus “Rob Roys”.




[1] http://www.gutenberg.org/ebooks/40238

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