martes, 15 de noviembre de 2016

21. MADRID ME MATA


21. MADRID ME MATA.

Vivo en el norte. Eso no significa nada si no se enmarca dentro de algún sistema de referencia geográfico, pero en esa ocasión no me parece necesario establecerlo. Vivo en el norte, dónde llueve mucho, el mar se muestra frecuentemente bravo, los vientos azotan con caracteres diversos en función de su procedencia y las tierras son abruptas y están tapizadas de verde. Y dentro de ese “norte”, habito en un entorno rural. Algo por lo que no me puedo sentir orgulloso, pero de lo que tampoco tengo por qué avergonzarme. Es una simple cuestión de elección personal. Eso sí, puedo asegurar que allí soy muy feliz. Cuando afirmo que vivo en un entorno rural me apoyo en la interpretación paisajística y social que hago de mis alrededores. Así como en algunos datos demográficos. Nuestro ayuntamiento tiene una población de 4353 personas. Están repartidas entre siete pueblos. Algunos con claro casco urbano, otros configurados como una colección de viviendas salpicadas entre los campos. En realidad la cifra de población es una convención, ya que la realidad la hace oscilar mucho de manera estacional. Todos los fines de semana la cifra aumenta ostensiblemente con mucha gente que se acerca a pasar el fin de semana, para disfrutar de su segunda residencia. Gente preferentemente procedente de la capital de la provincia o de nuestro vecino País Vasco. Desde allí llegan muchos, desde hace bastantes años. Es gente que demuestra una clara vocación expansionista y sin fronteras en lo que a su ocio y asentamiento vacacional se refiere. Si el fin de semana es más largo de lo normal, y se convierte en puente o en vacaciones pre o post veraniegas, entonces el flujo es aún mayor. Allí se acumula mucha más gente todavía, y los puntos de origen se multiplican y resultan más alejados también. Viene gente de la Meseta Castellana, de cualquier punto de España y desde luego de Madrid. Y ya en verano, todo se dispara y el ayuntamiento se pone hasta la bandera, multiplicando por varios factores su teórica cifra de población.

Pero para comprender mejor que quiero decir con eso de rural, tengo que afinar un poco más. Dentro del municipio, el pueblo en el que vivo tiene 808 vecinos. Gente dedicada a trabajos cercanos: panaderos, ferreteros, elaboradores de piensos, hosteleros, jubilados, personal de servicios, etc. Hay de todo, y entre ellos, bastantes ganaderos. Personas dedicadas al negocio de la leche. Aunque desde hace relativamente poco tiempo, también van aumentando aquellos dedicados al asunto del surf. De hecho, en “temporada” o fuera de ella, siempre tenemos surfistas pululando por allí. Personas que vienen y van en muchas ocasiones de forma nómada y en gran proporción extranjeros. Lo mismo que los peregrinos, también extranjeros la mayor parte, los cuales llegan caminando o en bicicleta desde el este y cruzan la comarca pegados a la costa hacia el oeste, en pos de su objetivo jacobeo. Pero pese a los itinerantes no estacionales y a toda la gente que viene de vacaciones, puedo asegurar que aquello es un entorno claramente rural. Un lugar donde es relativamente fácil vivir con cierta calma, y parcialmente ajeno a la vorágine de los tiempos actuales. Personalmente, además, me considero de esas personas que valoran positivamente tanta tranquilidad y que levantan cierta “cámara de descompresión” con respecto al actual modelo y ritmo de vida urbana. Me gusta pasear por la costa desierta y por los prados bajo la luz siempre cambiante.

Aún así, en ocasiones, voluntariamente, interrumpo esa especie de retiro mundanal y me sumerjo en el tumulto. Digamos que hago mis catas urbanas, disfrutándolas sin abusar, como si de buenos licores se tratasen. Decido, me organizo y me voy a las ciudades para disfrutar de otros ambientes y otros recursos, que aunque no suelo echar en falta, también me agradan. Y eso es lo que hice hace poco, viajando a Madrid, ante la disponibilidad de unos días de vacaciones que nadie más de mi familia o entorno tenía.

Cuando vivía en Madrid como estudiante universitario, la ciudad se encontraba en plena efervescencia cultural. Eran los años ochenta y las entidades públicas relacionadas con la cultura parecían estar volcadas en recuperar gran parte del terreno perdido durante los años de dictadura. Los museos abrían las puertas, se modernizaban y programaban muchas grandes exposiciones. Las administraciones confeccionaban ambiciosos programas de actuaciones culturales y artísticas. Los patrocinadores surgían para favorecer el dinamismo cultural. Y además de todo aquello, la capital vivía toda una revolución “contra-cultural”, que especialmente a través de la música, el cine, la fotografía y una desenfrenada simbiosis relacional entre la proliferación de garitos y el deambular de la juventud por ellos, acabó configurando un movimiento que todos reconocemos bajo el nombre de La Movida Madrileña o en ocasiones la Nueva Ola. Ouka Leele, Ciuco Gutiérrez y Antonio García-Alix, cada uno de ellos a su modo, fueron buenos ejemplos de aquel movimiento dentro de la fotografía; como Almodovar lo fue en cine; y el Rockola, el Viva Madrid o el Escueto en el caso de los bares y espacios de concierto. Pero lo que más destacó, o al menos lo que más ha quedado en el recuerdo, como asociado a aquella época, fue la música, de la cual, confesando mis preferencias, podemos recordar a Radio Futura, Nacha Pop o Gabinete Caligari, entre muchas otras formaciones o artistas. El ambiente “movido” impregnaba casi todo, y los medios se vieron contagiados de ello. En Radio 3 (nacida en 1979) aún se percibe con claridad la influencia de aquella época. Y entre los medios escritos, hubo una popular revista mensual que se hizo bien conocida con su denominación: “Madrid me Mata”. La publicación alcanzó 16 números, los cuales vieron la luz entre los años 1984 y 1985. Y su nombre, evidentemente empleado con un ambiguo e irónico doble sentido, es el que me permito utilizar aquí para aderezar un relato autobiográfico en el que me traslado del mundo rural norteño a la colmena de la capital. Cada vez que utilice las siglas MMM estaré declarando que “Madrid me mata”, y será responsabilidad de cada lector interpretar el sentido que yo esté tratando de darle a la expresión.


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Portada del Nº 2 de la revista “Madrid me mata”. (Imagen: instagram: la movida / Rafael Jiménez).

Desplazarse a Madrid desde mi casa, no es caro ni difícil, pero tiene sus peculiaridades. De hecho, el meollo principal de la cuestión tiene una expresión propia, que a los cántabros nos es muy cercana y que casi forma parte de nuestro ADN geográfico. Es la denominada: “accesos a la Meseta”. Una cuestión que ya obligara en su día a los romanos a tener que hacer un gran esfuerzo de obra civil, en formato de calzada complicada. Y que en lo que a mí respecta conozco bien de cerca, porque tal “cuestión” pasa por mi “otro pueblo”, en forma de Camino Real, “Hoces del Besaya”, línea de tren o Autovía de la Meseta. Todos esos intentos (incluido el propio curso del río en su búsqueda del mar) son intrincados, tortuosos y lentos, muy lentos. Y lo son no sólo por el terreno que han de atravesar, sino también por el desnivel a salvar. El actual sistema de “competencia carroñera administrativa” en el que se ha convertido nuestro “estado de las autonomías”, junto con el anterior “centralismo de ombligo contemplado”, se han encargado, desde que tengo uso de razón, de ningunearnos a base de bien en esto de facilitarnos la comunicación presencial con la capital. Para recorrer los 400 km aproximados que nos separan de ella, lo tendremos que hacer bastante despacio si pretendemos trasladarnos por medios terrestres: cinco horas y pico en autobús, cuatro horas y cuarto en tren y cuatro horas aproximadamente en coche. Lo del coche se debe a que hay que dar bastante vuelta, y eso que ahora gozamos de una impresionante autovía (muy cara de construir por cierto). La disfrutamos desde hace muy poco tiempo, pues nos dejaron “de los últimos” en esto de la configuración radial; y es precisamente ahora, cuando la tenemos, que Madrid no admite coches ajenos y no hay casi posibilidad económicamente razonable de poderlos estacionar allí, aunque sea para pasar unos días. En lo que a mí respecta no veo en ello un gran problema. Si eres del “norte” aprendes desde muy temprano a solucionarte la vida de forma individualista, en un país que constantemente te pide después solidaridad. Si es verano puedo ir en moto (por ahora Madrid es amigable estos vehículos). Si quiero llevar bicicleta me la admiten a precio más que razonable en el autobús (¡bien por ALSA!). Y si tengo prisa ahora hay aviones “low-cost”. En esta ocasión no se daba ninguna de esas circunstancias así que opté por el tren y de ello salieron unas cuantas horas de lectura, tiempo que en mis actuales circunstancias no tiene nada de desperdiciado. Cerrando el tema de los “accesos” he de decir que ese relativo aislamiento en el que estamos sumidos, tiene, desde mi personalísimo y egoísta punto de vista, ciertas contrapartidas positivas que será mejor que me calle… MMM.

Y hablando de transporte, permítaseme situarme ya en Madrid, una vez explicado el asunto del viaje de traslado (ida y vuelta; tren y lectura) hacia allí. Resulta que aquellos días la ciudad venía siendo noticia nacional, entre otras cosas, por el progresivo y algo alarmante aumento de la contaminación del aire, causado por la concentración de gente desplazándose por allí y el consumo energético en general, y agravado por el buen tiempo reinante. La capital necesitaba lluvia para lavarse, y ésta no acababa de llegar. Así pues, el ayuntamiento estaba desplegando algunas fases del protocolo que tiene establecido para tales situaciones, que básicamente consiste en ir reduciendo la velocidad de circulación de los vehículos y restringiendo arbitrariamente su uso. Un buen ejemplo de medidas racionalmente absurdas y simplistas (aunque probablemente necesarias), que llegan como consecuencia de problemas de comportamiento colectivo complejos. La circulación en coche por Madrid es mala, incómoda, lenta y en numerosas ocasiones atascada. Personalmente procuro evitarla siempre, y suelo conseguirlo. Aunque en esta ocasión, desde la vista que se me ofrecía como peatón a pié de calle, y en un único trayecto que tuve que acometer en taxi, tengo que decir que mi percepción subjetiva fue de que en realidad había bastante poco tráfico (ignoro si por lo peculiar de la semana en cuestión o a causa del mencionado protocolo). Me llamó la atención la naturalidad con la que circulaban las bicicletas, las cuales, aún siendo escasas en comparación con el resto del tráfico rodado, aparecen con cierta frecuencia, por cualquier parte, y manejadas por personas de muy diferente condición (muchas mujeres) y ataviadas con pinta de estarlas utilizando para ir o volver de trabajar. Me parece un buen síntoma que espero que resulte creciente (sospecho que les va a resultar inevitable). De todas formas, para la ocasión, me decanté por la combinación del metro y la caminata. La segunda es muy agradecida porque te permite explorar la ciudad, a través de sus gentes, sus espacios, locales, comercios, etc. Es algo que me gusta hacer en las urbes ajenas y que te reporta el grado de dinamismo que cada localidad desprende, que en el caso de Madrid es mucho y evidente. Tiene una contrapartida, y es que las distancias o la extensión son enormes y además de no poder cubrir todo lo que deseas o necesitas caminando, acabas bastante cansado de patear por allí (MMM). Por eso siempre utilizo el Metro como complemento. La desventaja de su uso es que al ir bajo tierra, te pierdes el panorama y percibes la metrópoli únicamente a través de la observación cívica de lo que te toca en suerte: flujos de personas, compañía de andenes y vagones, etc. El papel de anónimo “voyeur sociólogo de Metro” siempre me fascinó y confieso que es algo que sigo practicando cada vez que me sumerjo en el subsuelo. En el suburbano viaja gente de toda condición, sexo, edad… ¡Mucha gente! Lo cual ofrece un muestrario de ciudadanía impresionante y aparentemente infinito. Lo que ya no parece tan extenso son los tipos de comportamiento exhibidos en el movimiento de los intercambios de estaciones ni en los momentos de pasiva quietud dentro de los vagones. Pese a lo que nos aseguren las estadísticas, resulta evidente a simple vista que es muchísima la gente que lee. Me parece que se puede afirmar con rotundidad que “en el Metro madrileño se lee muchísimo”, sobre todo libros (más que revistas o periódicos) ya sean aquellos en formato de papel o digital. Las miradas perdidas hacia un horizonte ausente siguen vigentes, aunque perdiendo muchísimo terreno, especialmente a causa de la proliferación de comportamientos de interacción con las pequeñas pantallas individuales, que en la actualidad se han erigido como la actividad prioritaria entre las masas del “underground” (en inglés pero literal). Afortunadamente todavía resisten algunos románticos ensimismamientos privados de pareja en medio de espacios tan públicos. Así como fugaces cruces de miradas entre otros observadores que como yo, prefieren atender al comportamiento de su especie real que al universo virtual de sus pantallas (y no porque no las portemos con nosotros). A mí el Metro me hace pasar calor, y eso no me gusta. A cambio me permite llegar de forma económica y bastante rápida a cualquier parte de la ciudad, algo que por ejemplo no ocurre (ni de lejos) en Barcelona, donde su red está claramente descompensada entre unas y otras áreas de la ciudad, y además es mentirosa o engañosa cuando se presenta en un plano en el que busca parecer tupida y cosmopolita, escondiendo la realidad de dos redes diferentes, incompatibles para el “sencillo” usuario de billete sencillo y que, por lo que en su día sufrí, se empeñan en no entenderse lo suficiente como para ceder un poquito en sus intereses corporativos, para facilitar las cosas a los usuarios. En Madrid la red es muy extensa, muy tupida y por lo general con buena frecuencia de convoyes. El acceso a los principales puntos de arribada a la ciudad (aeropuerto y estaciones ferroviarias o de autobuses) es sencillo y rápido, así como el ritmo de despliegue hacia su extrarradio. En cierto modo el Metro madrileño parece un submundo de topos humanos que recorremos frenéticamente galerías de muy diversa disposición, saliendo a la luz natural cada cierto tiempo (MMM).

Pero esta gran ciudad, lejos de lo que pueda parecer, en el fondo se comporta como una verdadera localidad de barrio. A poco que permanezcas unos días allí, en seguida vas a conocer a tu vecindario más próximo y al comercio más cercano. El talante social en la corta o media distancia es muy abierto y de gran camaradería. Algunas míticas series televisivas como “Farmacia de guardia” o “Cuéntame” retratan perfectamente esta realidad de la que hablo. Y tal sensación “de barrio” es algo que me gusta percibir cuando estoy por allí, quizá porque me recuerda, o aunque parezca imposible se me asemeja un poco, al intercambio verbal cotidiano en “mi” pueblo. Lo que en “mi” pueblo no hay, entre otras muchas cosas, mientras que en “mi” temporal barrio madrileño sí (recién descubiertos), son, una tienda muy especializada en coches de “slot” y un “workshop” comunal y alternativo para reparar bicicletas de forma autónoma y cooperativa. También perviven una buena licorería, una librería psicopedagógica especializada y muchos otros comercios que ya conocía desde hace años y que siguen vivos conviviendo con otros completamente nuevos.

En lo que respecta a la hostelería, estuve viviendo de prestado en un apartamento familiar. Pero para no estar pendiente de fregados, compras y cocina, toda mi alimentación la he cubierto fuera de casa, y es este otro aspecto peculiar de la capital de España. He desayunado por el barrio en sendos locales con horneado propio. Un día salado y otro con un castizo chocolate con churros (no porras no, churros). También he utilizado los alrededores para una comida y una cena, ambas en un mismo establecimiento, de toda la vida, que con unos precios francamente moderados y un servicio rápido y profesional, me han solucionado el trámite culinario con calidad suficiente y gran economía. No ha sido suerte, eso es algo muy típico de Madrid, poder disfrutar buenos menús del día desde precios que van subiendo en toda la graduación de la escala partiendo de los 6-7 €. Muchos de ellos mantienen esos camareros tan “gatos”, uniformados de forma tradicional, simpáticos, con marcado acento local y con ingenio en el trato. Si la comida se hizo asequible y completa gracias al menú, la cena resultó más que suficiente con algunas raciones a capricho, que siempre hay gran variedad por allí. Ambas, cómo no, con cañas bien tiradas. A los bares, sus raciones y sus menús del día me acostumbré bien temprano de joven, por el hecho de tener que simultanear el estudio y el trabajo, disponiendo, normalmente, de muy poco tiempo para comer. Lo hacía a precios tan bajos que nunca fui capaz de encontrar algo así en “provincias”. Y pese a que alguno de los lectores pueda dudarlo, guardo un gratísimo recuerdo de aquello, tanto de los ambientes, como de las viandas. En esta ciudad, en cuestión de gastronomía, todo es posible dentro de la amplia horquilla que va desde lo más económico y lo más insultantemente caro… MMM. Los cafés me los he tomado aparte. Para cambiar de local y respirar más ambiente. Ya que uno rompía su recogido universo rural, pues mejor aprovechar la aventura para ver y sentir cuánto más mejor. Uno de ellos, haciendo tiempo para una cita cultural con entrada a hora concreta, fue matinal y en un céntrico Starbucks. Allí opté por un café americano, probablemente el más estándar de todo su surtido. El café me pareció caro, y no me gustó demasiado. Muy diferente de los lejanos recuerdos que yo tengo de Canadá. Rara vez tomo café americano y cuando lo hago me gusta muy dulce y poco cargado, para poder beber mucho sin que me afecte. No es algo que consiguieran satisfacerme en esta ocasión. Eso sí, a cambio, pude disfrutar de un buen rato sentado en un sofá de cuero, con buena vista del exterior y durante el tiempo que necesitaba. Al fin y al cabo para eso entré. Y para acabar (o casi) con mi crónica gastronómica, he de decir que, tratando de tener un detalle con un amigo, opté por una taberna vegetariana para comer mi último día allí. También un menú del día económico y un agradable trato y ambiente recogido. Al final la amistad me falló, porque a él sí que Madrid parece estar matándolo. Pero a cambio, comí francamente bien y de forma novedosa, y en mi soledad, pude sintonizar mi “aparato receptor” con la mesa de al lado, en la que tres editores de libros mantenían una más que interesante conversación, liderada preferentemente por el más joven, que casualmente era un paisano cántabro.

Pero la motivación principal de mi viaje tenía carácter humano. En realidad quería aprovechar para poder visitar con calma y repetidamente a mi tía Cuca. Está a punto de cumplir 90 años y actualmente vive en una residencia. Lamentablemente depende de una silla de ruedas para poder desplazarse, pero “de cabeza” está perfectamente. Esto último es una excelente noticia, no sólo para ella, sino también para todos los que la conocemos, por lo mucho que aporta el poder conversar con ella. Mi tía nació y se crió en un pueblo mucho más pequeño que el “mío” y bastante más montañoso. Pese a ello, a la guerra, a ser mujer en su época, etc. consiguió desarrollar todo un “carrerón” profesional en el mundo de la pedagogía. Demostrado, por ejemplo, con su cátedra en la UAM, su título de emérita, su paso por el MEC en plena época de la transición, sus innumerables publicaciones e investigaciones, y desde luego, su papel ideólogo fundamental en los movimiento de “Enseñanza Personalizada” que durante los años setenta puso en marcha la “Experiencia Somosaguas”. Total, que visitarla es toda una acción de encuentro positivo recíproco. Para ella porque le encanta recibir visitas familiares y para mí porque con esas tertulias sigo aprendiendo de mi profesión, de mi historia familiar y de la vida. Pero como estas visitas forman parte de lo personal no daré más detalles de las mismas, únicamente recordar que fueron la razón proritaria de mi viaje y llenaron gran parte de mi estancia en la capital.

Pero hubo otro par de visitas añadidas y premeditadas de las que tiene bastante sentido hablar aquí, porque tienen mucho (o todo) que ver con la temática habitual de estos escritos. La tarde de llegada, después de visitar a mi tía y dejar la maleta en casa, encaminé mis pasos hacia La Latina, ese foco de efervescencia cultural, dinámica social, pequeñas y novedosas aventuras empresariales, etc. que tan de moda se ha ido poniendo actualmente en la ciudad. Allí me había citado con Manu, mi amigo y mi editor ciclista favorito. Cenando en una tasca muy añeja, a base de quesos variados y fantásticos, y con una estupenda tosta de bacalao (y con esto sí que doy por terminada, de verdad, la crónica gastronómica), nos pusimos al día de muchas cosas: ciclismo, ediciones, textos, familia, emociones, vida, piraguas, planes… de todo fue imposible porque nunca hay tiempo suficiente para ello. Pero de bastantes cosas sí. Y además, nos emplazamos para un actividad deportiva de la que un poco más tarde hablaré.

Y la tercera visita que llevé a cabo, esa sí que tuvo carácter “ciclo-técnico-cultural”, ya que fue al estudio-taller de Ana y Dani (Bicicletas Clásicas Leo). Poco antes me había puesto en contacto con ellos porque tenía muchas ganas de ver su ambiente de trabajo de cerca, y de recibir muchas explicaciones e información de sus procesos, dedicación, etc. Tengo que agradecer que me recibieron con los brazos abiertos y una atención total, y que pasé allí un largo rato muy agradable que, de no haber sido por la hora, gustosamente hubiera prolongado mucho más. Ambos son artesanos y aglutinadores de variados oficios de antes. A sus especialidades en diseño, tapizado, trabajo del cuero, mecánica ciclista, mecanizado de piezas, búsqueda y localización de material, etc. Hay que añadir sus contactos con un magnífico pintor, expertos en cromados u otros oficios. En Leo trabajan bien y sin prisas, con los parámetros  de calidad y buen gusto por encima de otros como el “marquismo” o la obsesión por el menor precio. De hecho, a menudo, emplean un principio muy personal en sus trabajos, que siendo poco habitual entre los restauradores de bicicletas, comparto plenamente con ellos y trato a continuación de explicar. Hay veces, hay bicicletas, hay apetencias o necesidades, que no siempre cubrimos o resolvemos con las dos tendencias habituales. A saber: un escrupuloso respeto a la originalidad en piezas, estado, complementos… de las bicicletas; o una evidente obsesión porque todo el trabajo quede plasmado como si la bicicleta en cuestión acabara de salir de su cadena de montaje hace unos minutos. En Leo con capaces de trabajar bien ambas tendencias si se lo proponen. Pero en ocasiones, tal y como muchas veces hago yo, optan por una tercera vía que consiste en reconvertir una sugerente bicicleta que, sin que sea un crimen alterarla por tratarse de una pieza clásica pero abundante o sin un gran valor histórico de importancia, puede quedar convertida en una maravillosa y apetecible bicicleta única y cargada de personalidad, algo para lo cual, sin lugar a dudas, exige tomarse ciertas libertades o licencias en su tratamiento. Mi enhorabuena, es una idea que comparto plenamente y que durante la visita he comprobado que llevan a cabo con maestría.

Su local son unos bajos de oficinas reconvertidos en un multi-espacio para el ciclismo clásico. Hay salas en las que las bicicletas se exponen con gusto, así como paredes de las que cuelgan ejemplares de lo más interesantes. También dos despachos de trabajo con más expositores de bicis o piezas. Rincones para publicaciones, detalles, maillots, etc. Cuartos donde se almacenan bicicletas viejas esperando turno para ser tratadas, compartiendo espacio con cajas y cajas de material y piezas de toda índole. Un espacio de trabajo para el cuero y un taller bien equipado con mucha y buena herramienta de mecanizado o específica ciclista. En definitiva, un paraíso para quienes estamos verdaderamente interesados en todo ese mundo. Todo ello, además, con una diferencia bastante nítida entre lo que son las zonas de muestra (cuidadas estéticamente con primor), las de trabajo (vistosas, apetecibles, vivas y aún así ordenadas), y el “lado oscuro” (los espacios de almacenaje, que, aún no estando pensados para su visita, mantienen bastante orden desde mi punto de vista).

Sería demasiado largo describir todo aquello, además, era tal el afán de Dani por querer enseñarme casi todo, que recibí demasiada información verbal, visual y sensorial en general en un periodo de tiempo claramente insuficiente. Por resumir diré que me llamaron la atención algunas piezas curiosísimas, como un timbre con brújula o un cuentakilómetros de poleas, entre los muchos detalles accesorios que por allí vi. Y en cuanto a las bicicletas en sí, regresé enamorado de una Zeus de bastante edad, de tres preciosas ruteras abigarradamente equipadas (Motobecane, Peugeot y ¿?) y dos fantásticos tándems veteranos, plenos de detalles interesantes. Olvido bicis, eludo cientos de detalles, pero es que tratarlo con precisión llevaría como mínimo una entrada exclusiva para ello, y no pretendo aquí parecer que hago publicidad de una visita cuya naturaleza fue de placer (por el tema) y amistad (por la pareja). El lugar, el proyecto, el talante y el trabajo desarrollado por Ana y por Dani es algo necesario dentro del ciclismo retro, clásico o vintage. A su modo, a mi me parece que hacen mucho bien porque son un buen ejemplo, porque dinamizan mucho la actividad, porque mantienen vivo el fenómeno y porque lo embellecen. Así pues, les doy muchas gracias por ello.

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Un detallito de piezas en Bicicletas Clásicas Leo, magnífico juego de plato, biela y pedales Peugeot realmente antiguos.


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No me declaro fan de Zeus, pero dentro de ellas tengo mis preferencias. Muchos de sus seguidores adoran la 2000 y aquellas que rozan el límite de lo retro. Yo al contrario prefiero las más antiguas, y está , tan parecida a la de mi amigo Javier, me encantó.


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Precioso y en excelente estado ejemplar de una Motobecane de cicloturismo francés. Incluye todos los detalles de aquel tipo de bicicletas (frenos de tiro central, trasportín trasero, juego de luces un hermoso velocímetro…), también algunos discretos añadidos de “Leo”, como la interesante solución de la goma del soporte trasero. Que vaya equipada con doble plato es engañoso porque lo que ocurre es que lleva una corona enorme.

 

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Aspecto de uno de los dos despachos de trabajo. No es zona “oficial” de exposición, pero aún así alberga tesoros: una Peugeot cicloturista completamente original y equipadísima de 1985-86, y dos magníficos tándems de los años 40-50. Uno ya restaurado y el otro esperando turno.


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Bicicleta de ciloturismo hiper-equipada con productos propios y hallazgos deslumbrantes como el fascinante timbre-brújula sobre el tubo horizontal.


Y finalizado el asunto de mis visitas, paso a dar cuenta de la actividad deportiva allí desarrollada, que fue una pero francamente contundente. Visitas hubiera hecho muchas más, de haber pasado más tiempo en la ciudad. Conozco tanta gente allí, y hay tanto que ver, que nunca me da tiempo a todo. MMM.

Una mañana me acerqué al lago de la Casa de Campo. Allí había quedado con Manu, que, en bicicleta, me iba a acompañar a dar la vuelta completa al Anillo Verde de Madrid. Lo que pasa es que yo pretendía hacerlo en patines. El día era perfecto: soleado y algo fresquito por la mañana, pero pronto cálido sin exceso. Con el GPS en la mano, iniciamos nuestro periplo en el sentido de las agujas del reloj, es decir de sur a norte por el oeste. Lo del GPS se hace prácticamente imprescindible porque el itinerario no está claramente marcado ni mucho menos. Eso sí, tras probarlo puedo afirmar que, con algo de dominio de los patines (control de velocidad y frenada en bajadas de cierta pendiente, naturalidad ante suelos rugosos o no lisos repentinos y  facilidad de reacción ante cruces, bordillos y semáforos), el trayecto es enteramente factible para ser patinado. Los primeros kilómetros son muy agradables, pues transcurren por la Casa de Campo, una ribera y una pasarela de gran belleza. Y más en ese momento otoñal de muda de los colores vegetales. Después llega un paso elevado bastante impactante sobre la autopista y acaba uno sumido en un tramo de innumerables cruces en plena ciudad. Varios kilómetros hacia el norte, se suceden muchas ascensiones consecutivas. Es la parte más dura del itinerario, requiere buena forma física para no claudicar. La ciudad se desvanece poco a poco y llega una larga serie de nuevos barrios de reciente acuño, difíciles de distinguir porque todos se parecen mucho entre sí. Son zonas de vivienda residencial de cierto nivel, pero algo anodinas por carecer de atributos distintivos. Hay un tramo (no sé si por Mirasierra, San Chinarro o La Moraleja) algo desesperante porque, aunque el carril-bici es bueno para patinar y se suceden constantes tramos rectos y sin mucha pendiente en los que se podría mantener una buena media, el caprichoso y desconsiderado diseño urbanístico nos obliga contantemente a tener que cruzar de lado de la calzada, con las consiguientes paradas y esperas en muchos semáforos. Todo ello para alternar nuestro paso entre la derecha, la izquierda o bulevares centrales. Queda claro y manifiesto que la prisa, eficiencia o utilidad ciclista o patinadora quedó totalmente en segundo plano para sus artífices. Pese a todo, casi todos los tramos presentan buenos firmes o aceptables y una anchura más que generosa para poder patinar sin problemas compartiendo la vía con peatones, corredores o ciclistas. En algunos puntos nos equivocamos y tuvimos que volver hacia atrás, atentos al GPS y a las posibles señales de continuidad. El anillo viene señalizado por unos altos postes naranjas con cuenta kilométrica, pero tal señalización resulta insuficiente para alguien que no conozca cada zona, y sería imprescindible una mejor, más nítida y completa señalización horizontal. Pese a todo, pudimos rectificar siempre y, al tomar dirección sur, nuestro deambular se agilizó gracias a la sucesión de descensos y llanos. De todas formas, las innumerables paradas y arrancadas, unidas al hecho de que no me hubiera vuelto a calzar los patines desde la P2P de casi dos meses atrás, hicieron que me fuera agotando poco a poco y a la altura de “las tres” (desde una imaginaria referencia en formato de reloj), estuviera ya francamente cansado. La fatiga no era “central” (cardiaca o respiratoria), sino más bien parcialmente muscular (esa demanda de actividad de las piernas que solamente se hace evidente patinando) y sobre todo de dolor de pies y tobillos tras varias horas con ese calzado.


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Casi al principio de nuestro recorrido, posando junto a uno de los postes identificativos. (Foto: Manu).


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Por uno de los tramos más bonitos, saliendo de la Casa de Campo. (Foto: Manu).

Hay varias opciones de Anillo: una extra-larga de 74 km, otra de 64 y una versión de 52. La de 64 es la que oficialmente recibe la denominación del Anillo Verde y es la que nosotros acometimos. Lo que ocurre es que cualquier previsión de tiempo queda completamente anulada porque la densidad de cruces y paradas obligadas es exagerada, lo cual hace que uno deba detenerse completamente en demasiadas ocasiones, esperar mucho y tener que volver a arrancar y coger inercia, y esto, en patines, penaliza mucho la media y además acaba anticipando el cansancio. En un momento dado dimos con una terraza junto al propio trazado y pudimos descansar tomando una coca-cola. Después continuamos nuestro camino hacia el sur. Por un tramo de ribera del Manzanares encontramos un parque muy agradable, el cual hay que abandonar a tiempo para enlazar con otro ya en dirección oeste. Al final recorrimos casi todo ese sector sur pero la hora se nos echó encima, lo cual, unido a mi fatiga, me hizo desistir en un momento en el que dimos con una parada de Metro pegada al carril. Allí, por fin, pude librarme de los patines y despedirme de mi amigo. En concreto fue en la boca de San Francisco (línea 11), punto kilométrico 33 del Anillo, distante exactamente 10 km de nuestro punto de partida (km 43). En definitiva, que recorrimos 54 de los 64 km del Anillo, lo cual no estuvo nada mal y, dadas las circunstancias, para mí fue más que suficiente y colmó sobradamente mis intenciones iniciales. En realidad patiné 57,5 km pero los 3,5 restantes se perdieron en las confusiones y rectificaciones. Inicialmente el plan había sido hacer el de 52 km, que utiliza todo el trazado de Madrid Río para cerrarlo por el sur, pero cómo empezamos en Lago, acabamos tirando para el oficial. Además, me alegro, porque el tramo del río, ya lo pedaleé el año anterior. Recorrer el anillo patinando en un día es perfectamente posible. Sin embargo creo que hay que hacerlo con cierto entrenamiento y, sobre todo, en un momento de suficiente adaptación de los pies al uso de los patines. Además, hay que planteárselo con suficiente tiempo por delante, porque lleva varias horas y así se pueden plantear paradas para descansar, tomar algún refrigerio e incluso disfrutar más de los panoramas. Sin la compañía de Manu hubiera recorrido bastante menos tramo. Básicamente porque me hubiera llevado mucho más tiempo, ya que al ir él en bicicleta, constantemente se adelantaba en muchos de los cruces, y me señalizaba vía libre cuando la había, lo cual evitaba que me tuviera que detener para mirar. Pasé una estupenda mañana con él, hice una buena sesión de deporte y de patinaje, disfruté de muchos tramos, algunos buenos descensos y el paso por trazados entretenidos. Además me llevé una visión prácticamente completa del Madrid exterior, ese que pugna día a día por crecer y expandirse. Un sector de nuevos edificios empresariales y de negocios nos envolvió de cierta aura futurista, y al paso por la Peineta recordé a transición histórica que está a punto de vivir el equipo más castizo de la ciudad. Sinceramente fue un acierto planificar esta actividad y haberla llevado a cabo. Eso sí, acabé bastante fatigado, cargado de piernas, dolido de pies y muy sudado, MMM.


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Otro momento en el Anillo Verde. (Foto: Manu).


El resto de mi estancia, como siempre me suele suceder, lo dedique, alevosamente, a la cultura, en este caso claramente centrada en la visita de dos exposiciones pictóricas que me interesaban especialmente. Tuve la buena idea de ser previsor y haber sacado las entradas anticipadas por internet, lo cual me evitó colas de espera y me permitió disfrutarlas sin apenas gente. La primera de ellas fue “Renoir: intimidad”, muestra temporal del Museo Thyssen-Bornemisza. Me encantan los impresionistas en general y Renoir (y otros) en particular. La muestra no me defraudó. Una buena recopilación de retratos, escenas cotidianas y visiones bastante personales del pintor. Además, al salir de la misma, encontré un libro que me pareció interesantísimo y que, tras haber leído ya un par de capítulos, considero todo un acierto haber adquirido.

La siguiente exposición visitada estaba cerca, Paseo del Prado arriba y continuación por Recoletos, para llegar a la Fundación Maprfre, en la que se reunía un buen puñado de obras del fugaz movimiento del Fauvismo. Auténtico derroche de color y buenas explicaciones. También la disfruté, y aunque me considero menos apasionado seguidor de dicha tendencia, gocé mucho con algunas obras francamente impactantes y movilizadoras de emociones.

Pero en lo que me gustaría detenerme más es en lo que sucedió entre una y otra actividad, y es que habiéndome excedido de previsión, había alejado temporalmente las citas a ambas exposiciones más de la cuenta. Así que con el tiempo sobrante, aproveché mi estancia en el Thyssen para recorrerlo en plan relajado, sin afán, paseando simplemente por el centro de sus galerías, acercándome exclusivamente en aquellas ocasiones en las que algún cuadro concreto me llamaba poderosamente la atención. Inevitablemente me aproximé a Hooper, Pissarro y bastantes más autores que me conmueven. Pero sobre todo, en esta ocasión, quizá por el talante extremadamente relajado del paseo, o porque es un mueso que ya he visitado en otras ocasiones o del que tengo buenos catálogos en casa, hubo unas cuantas obras que despertaron en mí varias evocaciones que tienen mucho que ver con la historia de esta serie de textos que aquí encadeno desde hace algunos años.

En cuestión de paisajes hubo un primer plano de bosque denso de aspecto leñoso (casi completamente cargado de madera y con ausencia de materia verde) que atrajo inevitable mi mirada. Resultó ser “El bosque”, de Natalia Goncharova (1913), casualmente una pintora a cuya obra ya recurrí para encabezar un pasado artículo sobre el ciclismo del bloque del Este. Quizás por contraste, o por simple personalidad visual, hubo otro paisaje singular, con evidencia imaginaria pero nitidez realista, que también atrajo mi atención. En esta ocasión consistía en una vista con larga perspectiva a base de piedras o estructuras rocosas muy pálidas, contrastando con el agua y con un cielo tenebroso. Yo sé lo que yo vi, aunque ignoro lo que el autor pretendió al crearlo, teniendo en cuenta su título: “Números imaginarios” (de Yves Tanguy, 1954).


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“El bosque”, de Natalia Goncharova. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


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“Números imaginarios”, de Yves Tanguy. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).

Más allá de los paisajes y con las ganas de práctica de BTT que recientes asuntos y quedadas me han despertado, así como de esquí de travesía, gracias a un fuerte temporal invernal que por fin ha llegado, hubo un par de cuadros que me hicieron recordar mi casita rural de media montaña (mucho más rural, la casa y la aldea, de lo que lo es “mi” pueblo). Y no porque las cabañas retratadas se parezcan a la mía, sino por la atmósfera que de ellas se desprende, diferente en cada caso, pero evocadora en ambos, de un sinfín de emociones muy personales. Con colores fríos y nitidez invernal “La casa gris” de Marc Chagall (1917), con esa humareda intrigante que corta la luz apagada; y la “Cocina alpina” de Ernst Ludwing Kirchner (1918), con un colorido y cálido ambiente exterior que inunda la diminuta pero acogedora estancia.


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“La casa gris” de Marc Chagall. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


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“Cocina alpina” de Ernst Ludwing Kirchner. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).

Lo curioso es, que, sin pretenderlo ni buscarlo, el paseo también me trajo sorpresas relacionadas (al menos por mí) con las modalidades deportivas sobre las que aquí suelo escribir. Un cuadro de Mondrian claramente parecido a los diseños de Look y dos dibujos muy peculiares de Wassily Kandinsky de pequeño formato. En “En el óvalo claro” (1925) aparece una especie de retícula cromática que inevitablemente me hizo recordar precisamente a Mondrian antes de que me topase con sus obras algunos metros más tarde. No pretendo establecer relación alguna entre ellos, salvo que ambos artistas murieron en 1944, no me he puesto a buscar posibles vinculaciones, simplemente en los dos casos, ambas retículas, despertaron en mí similares asociaciones de ideas. El otro dibujo del ruso, era más pequeño e igualmente difícil de interpretar (e ignoro si creado para ello). Pero en su esquina superior derecha hubo algo que me llamó la atención: figuras rodantes no identificables, cercanas a una especie de tendido eléctrico en sucesión, como si fuera pasando ante la vista, con un molino alejado como referencia de fondo. Prometo que no andaba yo buscando nada, no es algo que suela hacer con determinados estilos pictóricos, pero de ese entramado de trazos, esa imagen se desarrolló en mi mente al contemplarlo. Fuera intención o no del autor, el caso es que yo me veía viajando en bicicleta, pedaleando plácidamente, en régimen ocioso, por alguna llanura cualquiera del norte del continente europeo. El dibujo no tiene título y está fechado en 1922.

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“En el óvalo claro”, de Wassily Kandinsky. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


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Sin título, de Wassily Kandinsky. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


“La taladradora” de František Kupka (1927-1929), siempre me atrae. Me encanta su dinamismo, su atmósfera mecánica, metalúrgica y poderosa. Pienso hasta en las virutas de metal desprendido. Fue inevitable que recordase los inminentes machos, hembras y soportes del taller de Dani.

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“La taladradora” de František Kupka. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


Pero aquello fue un simple detalle comparado con las ganas de remar en piragua que me despertaron algunos lienzos. Para ello me decanto (mental e imaginariamente) por los ambientes fluviales de Renoir. Escenas cálidas y ociosas en las que lo paisajístico casi simplemente se intuye, como consecuencia de la invasión de la luz y el protagonismo humano que sugiere que allí se rema. Es como si de estar allí, uno pudiera disfrutar del paleo, el paisaje (imaginado), la luz, magnífica compañía, solaz, refrigerio y un sinfín de placeres asociados a todo ello. Dos obras evocaban todo esto, aunque ambas las vi en la exposición específica previa, ya que en el paseo por la colección permanente, los canales venecianos de los hermanos Guardi o de Canaletto, quizás demasiado elegantes y transitados, no invitaban tanto a introducirse por allí en plan deportivo. Hubiera resultado demasiado anacrónico. Aunque tengo que decir que el curso de agua de “La fachada sur del castillo de Warwick” (Canaletto, 1748), sí que me sugería un paleo más tranquilo. Quizás con un kayak de fina marquetería y envuelto en ropajes atemporales, hubiera pasado suficientemente desapercibido entre las ociosas figuras presentes en la escena.


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“La fachada sur del castillo de Warwick”, de Canaletto. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


Pero puestos a toparse con actividad deportiva, de lo que está bien nutrida la colección Thyssen es de patinadores (sobre hielo, evidentemente). Algunos americanos pero la mayoría retratados en los Países Bajos, y muchos desde hace siglos. No quiero ser exhaustivo ni cargante con el tema, pero me encantó presenciar escenas dotadas de dinamismo social girando en torno a ríos o canales helados sobre los que el patinaje cobraba gran protagonismo. “Escena de invierno con patinadores y trineos ante una ciudad” de Salomon Jacobsz van Ruysdael (1660-1670); “Escena de invierno con patinadores en un río helado” de Aert van der Neer (1650-1655); y “Paisaje invernal con figuras en el hielo” de Jan Josephsz van Goyen (1643), son excelentes muestras de ello y reconozco que me entretuvieron bastante rato. Pero voy a finalizar este caprichoso recuento con un cuadro que me impactó muchísimo. Se trataba de una vista panorámica, aparentemente anodina, pero que gracias a su magistral encuadre y al manejo del color, el detalle y la textura, representaba una espectacular vista del paisaje atemporal holandés. Lo vi de refilón, pero algo encontré en él que me hizo girar la cabeza, detenerme y acercarme. Y más tarde, recrearme en los detalles y en el conjunto. Era Holanda, sin duda. Daba igual cuando hubiera sido pintado, aquello era Holanda. Ese país por el que este mismo año yo mismo había patinado, captando con mis retinas visiones de horizontes tan parecidos al que el propio autor allí reflejaba. ¿Parecidos? ¿una simple llanura infinita?. Pues sí, similares, o al menos así me lo sugería la pintura. Inevitablemente tomé nota del artista: Jacob Isaacksz van Ruisdael (1647); y del título de la obra: “Vista de Naarden”. Una localidad a la que nos acercamos mucho en sendos trayectos que esta primavera nos dirigieron patinando hacia el este de nuestro Noorden. Ambos lugares, además de compartir un nombre de gran similitud gráfica, distan tan sólo a 26 km en línea recta. Me parece impresionante que casi cuatro siglos después, la elocuencia de un paisaje pintado me pudiera despertar tales recuerdos paisajísticos. Y más teniendo en cuenta que el holandés es un territorio completamente diferente a los que suelo frecuentar. ¿Casualidad? Seré un romántico, pero no lo creo, porque otra cosa no sé, pero pintura flamenca llevo mucha admirada en esta vida.


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Escena de invierno con patinadores y trineos ante una ciudad” de Salomon Jacobsz van Ruysdael. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).


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“Escena de invierno con patinadores en un río helado” de Aert van der Neer. (Imagen: Museo Thyssen-Bornemisza).