martes, 31 de enero de 2017

2. NORWEGIAN WOOD.



Cuenta mi madre que entre sus recuerdos de la escuela, cuando era niña y vivía en Pesquera, está aquel asunto organizativo que consistía en que el alumnado tenía que llegar a las clases con la dosis de leña suficiente como para, entre todos, alimentar la estufa que permitía una estancia diaria tolerable en los meses más duros del invierno. Pesquera está situada en un valle central de Cantabria, el del río Besaya, y a una altitud de 621 metros, lo que aquí venimos a calificar como población de media montaña. Núcleos urbanos de cierta elevación, rodeados por cumbres y cordales que superan los mil metros. En ese tipo de parajes, en invierno, puede hacer bastante frío. Cuando se suceden los frentes, estos muchas veces provocan descensos térmicos que dejan mínimas bajo cero, así como algunos temporales de nieve que, según los casos, pueden caracterizarse por precipitaciones copiosas que cubran completamente el paisaje y, a veces, con espesores insospechadamente generosos. El problema principal que hay que acabar teniendo que tolerar allí, desde el punto de vista climático, es el de la sensación térmica, la cual casi siempre es de mucho mayor frío que lo supuestamente esperado para la temperatura real reinante. Esto es fácilmente explicable teniendo en cuenta la gran humedad siempre presente, con sus nieblas y sus frecuentes lluvias. Y por si fuera poco, también los vientos, como en toda la región, muestran su carácter de vez en cuando. Total, que en Pesquera, durante el curso escolar, hacía frío, y tanto o más en la escuela, al ser aquella un inmueble deshabitado gran parte del día y la noche, y sin el aporte térmico que, en la mayoría de las demás casas, suponía el tener parte del ganado bajo el mismo techo en la planta inferior. Así pues, la madera era importante y una parte vital del aporte que cada familia con niños en edad escolar debía ceder a la modesta institución escolar.

 
El pueblo de Pesquera bajo una importante nevada.

 
Nuestra casita de Pesquera en una nevada relativamente reciente (2015).

 
Foto de la mayor acumulación de nevadas sucesivas que se recuerda en Reinosa. Año 1954.

Pero no nos equivoquemos, porque aunque modesta, la de Pesquera era una escuela especial. A día de hoy el edificio está perfectamente restaurado. Acabado con primor, excelentes materiales y cierta modernidad en busca de la funcionalidad multiusos, pero con un respeto evidente a la arquitectura tradicional y local. En él se celebran, entre otras cosas, las juntas vecinales del concejo (aquel es un ayuntamiento, único creo en nuestra región, que no tiene concejalías, porque el pleno del ayuntamiento lo constituyen todos los vecinos empadronados) o los talleres programados cada año durante la Feria del Queso. El esfuerzo por su mantenimiento tiene buena justificación. Parte de ella por motivos histórico-pedagógicos, ya que aquella escuela, a finales del siglo XIX, fue el enclave escogido por Ángel Fernández de los Ríos para fundar la implementación real ejemplar de su personal proyecto pedagógico. Aunque el eminente periodista, político, urbanista, diplomático, etc. Fuera madrileño, sus orígenes (como los míos) estaban muy ligados tanto a Pesquera como a su vecino Santiurde de Reinosa, pueblos de los que procedían sus padres y con los que la familia mantenía amistades, relación, parentesco y hasta algunas propiedades. Como uno de los deseos finalistas de su vida, aquel hombre dejó en testamento la constitución de una fundación encargada de la creación y desarrollo de la escuela de Pesquera, siguiendo una línea pedagógica Krausista a la que el “recuperador civil del Retiro madrileño” era devoto. Explica Carmen del Río, en una biografía breve, que aunque Fernández de los Ríos no figura entre los accionistas fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, ello fue probablemente debido a que en el momento de su constitución oficial él se encontraba exiliado en París. Sin embargo, mantenía estrecho contacto con algunos de los principales agentes, promotores e ideólogos de la misma, y una amistad especialmente arraigada con Manuel Ruiz de Quevedo (uno de sus socios fundadores, miembro de la junta directiva y en cuya casa se elaboraron los estatutos de la ILE), con quien además compartió intensas vicisitudes  derivadas de su posicionamiento político.

“La Institución Libre de Enseñanza se gestó probablemente en Cabuérniga, en la casa familiar de los González de Linares, donde Augusto [González Linares] y Giner [de los Ríos] compartieron algunos veraneos y cuyo patriarca, Gervasio, era amigo de Fernández de los Ríos. No es difícil imaginarles en las tertulias veraniegas o en los paseos por el Valle, discutir y perfilar los aspectos que definirían la Institución. La relación de amistad se hizo extensiva a Augusto, y en los meses que permaneció éste en París, en 1880, fue asiduo visitante de la casa de Fernández de los Ríos, y vivió con gran proximidad los últimos momentos de su vida”. Carmen del Río: “Fernández de los Ríos. Biografía breve”. Ediciones 19. Madrid, 2016.

Así pues no es de extrañar que en una sección de su testamento parisino, especificara, dejando encargada de ello a su esposa, que parte de sus bienes se dedicaran a una misión pedagógica benéfica: La fundación escolar laica y gratuita de Pesquera. Lo hizo en forma proyecto detalladamente redactado, bastante denso y rico en exposición, y en él parece que queda claro el espíritu pedagógico al que se sentía vinculado: libertad de ciencia y de conciencia, tolerancia como base de la convivencia, pensamiento europeísta, laicismo en la búsqueda de la verdad, fe en el poder transformador de la educación, etc. Sus fundamentos procedían de las influencias de la “escuela intuitiva” de Pestalozzi (“escuela activa” para Froebel) y proponían conceptos innovadores como el “instruir deleitando”, la aplicación práctica de los contenidos, la promoción de asociacionismo, la modernización y culturización rural y agrícola, etc. Pese a su cercanía con los postulados de la ILE, su particular propuesta mostraba un carácter menos elitista y su modelo tuvo un efecto catalizador evidente sobre los niveles de alfabetización de Cantabria a principios del siglo XX, que se situaron a la cabeza del panorama nacional.

 
Retrato de Ángel Fernández de los Ríos. (Imagen: Jean Laurent),

Precisamente mi madre, cargando con algún tronco, o sin ellos en los meses de clima más benigno, fue alumna de esa escuela. Cuando funcionaba bajo la tutela de la Fundación (hasta que estalló la Guerra Civil), y también después, cuando la escuela pasó a formar parte de las “Escuelas Nacionales” (las públicas). En aquellas épocas, como el pueblo tenía vida y animación, calcula que serían en torno a treinta niñas y casi otros tantos niños los que asistían a clase. Conserva el recuerdo de doña Juanita y de sucesivos maestros. Las clases entonces estaban separadas por género, pero no por edades. Eran otros tiempos. Mi madre y sus hermanos fueron todos escolarizados y recibieron una educación apropiada para las posibilidades de sus circunstancias porque tuvieron la suerte de ser hijos de una mujer intensamente apegada a la lectura (de todo tipo de temas). Mi abuela, de niña, leía todo el tiempo que tenía libre. Lo malo es que gran parte de él coincidía con horas de escasa o nula luz natural, y como en su casa tanto el aceite para lámparas como el carburo eran consumibles caros los tenía casi completamente restringidos para su afición. Su solución vino gracias a que ella se empleó a ratos dibujando y tallando albarcas para su tío Paco (habilidades con la madera), de forma que con los pagos recibidos, se hacía cargo de su propio combustible de luz. Gracias a ello desarrolló una gran cultura multifacética y se formó más que bien para la vida, y desde luego, asumió que sus hijos debían recibir una buena, o al menos suficiente formación. Prueba de ese interés fue la tenaz pelea que sostuvo con el Patronato de la Fundación que regentaba la escuela de Pesquera, porque quería formar parte de él para conocer e intervenir directamente en las tomas de decisión. Para ello encontró resistencia por parte de la junta directiva, por entender esta que las mujeres no podían formar parte de la misma. Pero mi abuela se mostró insistente hasta conseguirlo, y alegó, entre otras cosas, que precisamente ella era la persona que más alumnado aportaba a dicha escuela (aquellos de sus diez hijos que coincidieron por edad en aquellos momentos). Mi madre tiene buenos recuerdos de su paso por aquella escuela y eso a pesar que después estuvo interna en un colegio de mayor estatus. Pero lamenta por ejemplo, que tras el final de la guerra, un sacerdote (“que incluso había estudiado filosofía y letras”) tomara la decisión de prender fuego a la estupenda biblioteca escolar que mi madre recuerda. Seguro que la alimentación de la estufa no fue la causa de aquel disparate…

Pero tal y como me suele ocurrir, me he desviado demasiado. Todo empezó con la madera (la leña) y la nieve (el frío). En realidad el título elegido no tiene nada que ver con aquella canción en la que los Beatles daban claras muestras de cierta evolución hacia la psicodelia. Su título había sido un desvío artístico de su idea principal: “pino barato”. La canción habla de una situación de ligue frustrado, en una casa inglesa modesta en la que el pino barato define el estatus del inmueble. Si fuera en castellano la expresión podría haber sido “pino norte”. Pero a ellos no les pareció bien ser tan explícitos, ni probablemente les cuadrase la sonoridad, así que acabaron acuñando lo de “madera noruega”. Tampoco la famosa novela escrita por Haruki Murakami tiene nada que ver con nuestro tema, pues recoge su título directamente de una anécdota relacionada con la canción mencionada. Así pues todo ello no es más que un juego de palabras falso que en realidad a lo que se aferra es a la traducción literal de la expresión: madera noruega, porque el texto nos llevará por la vida de un noruego singular, y en cierta medida también, por la “madera”; tanto la que formaba parte de algunos de los elementos de su equipo de viaje (sentido literal), como aquella (figurado) de la que estaba forjado su excepcional carácter. Vamos, que en realidad todo esto va air de de Noruegos, madera y nieve.

Tanto la nieve como la madera son dos elementos fuertemente ligados a la cultura noruega desde su origen. Y tal vínculo, lejos de haberse visto mermado a causa de los adelantos tecnológicos e inventivos de la evolución de la civilización, a día de hoy sigue constituyendo parte importante de su cultura nacional. La mayoría de sus viviendas unifamiliares están construidas en madera. También, por supuesto, sus cabañas del bosque, esas a las que tan aficionados son los nórdicos en general. Gran parte de su paisaje nacional está tapizado por extensas masas arbóreas, y precisamente por ello, la madera, como asunto, representa un sector de negocio destacado en sus finanzas. En la vida popular nos encontramos que muchos noruegos muestran tanta reverencia hacia las más prestigiosas marcas de hachas, como la que los aficionados al ciclismo clásico expresamos ante los fabricantes de nuestras bicicletas favoritas de siempre. Las motosierras, su funcionamiento, prestaciones y fabricantes, se erigen en un tema de conversación tan apasionado y persistente como lo pueda ser la automoción entre los varones españoles. Y las pilas de leña, su formato, su técnica… hasta su expresión estética, llegan a representar para muchos, algo tan propio, personal y representativo de la imagen familiar, como para un inglés rural (sea esto un tópico o una realidad) el césped y las orquídeas de su jardín. Son muchos los noruegos que saben de madera, de los tipos de la misma y de las propiedades calefactoras de cada uno de ellos. Son expertos en estufas de leña, pues de hecho las utilizan muchísimo, tanto en cantidad de usuarios, como en horas anuales de funcionamiento por unidad. La madera representa, para muchos hogares noruegos, un ciclo anual que marca los tiempos y se relaciona íntimamente con las estaciones: la tala, el picado, el secado, el almacenamiento y el consumo; todas ellas son acciones que requieren conocimiento, esmero e incluso toma de decisión y hasta estrategia. Si alguno de los lectores no me cree, no tiene más que leer a Lars Mytting en “El libro de la madera. Una vida en los bosques” (Ed. Alfaguara, 2016), para comprobar que no estoy exagerando nada de nada. Todo ello, evidentemente, les viene de mucho tiempo atrás, de siglos de adaptación al frío y a las condiciones y recursos particulares de su entorno. Madera, frío extremo y nieve siempre han estado allí, rodeándolos. Pero la madera, además de haberlos aportado calor y material de construcción, les ha servido, especialmente antiguamente, como materia prima para la fabricación de enseres, bienes de consumo y, en lo que a nosotros nos interesa aquí, material “deportivo” o de progresión en los medios naturales, principalmente nieve, aunque también agua.

Madera y nieve significaron esquís. Hay estudios que defienden que los seres humanos han utilizado esquís (siempre de madera) desde tiempo inmemorial. Hay evidencias que sitúan a los primeros esquiadores en Escandinavia, ya sea en el noroeste de Rusia (6000 años AC), Suecia (3200 AC), Finlandia, etc. Aunque una reciente línea de investigación sugiere que puede que se empezaran a utilizar incluso antes en los montes Altái de China (8000 AC). Quizás algún día dedique cierto espacio a todo este asunto, pero por ahora baste señalar que en Noruega, al menos desde las proximidades del año 1600, los esquís eran un elemento muy común en la vida de la población y su tecnología mostraba ya tanto variedades (en longitud), en función del uso que se les fuera a dar, como complementos para su progresión en diferentes tipos de terreno: pieles o brea untada en las suelas. También en Noruega, en la región de Telemark, y hacia el año 1800, los esquís ya mostraban una interesante evolución, que es el origen de diseño de los esquís modernos en las modalidades alpinas. Las longitudes se encontraban entre los 2 y 2,5 metros, y su forma se caracterizaba por la actualmente denominada “diferencia de cotas”: que las tablas sean más anchas en los extremos y más estrechas en el centro (“el patín”), diseño que facilitaba enormemente los giros. Teniendo en cuenta que se construían en madera, de una sola pieza, con la espátula delantera curvada hacia arriba (en ocasiones también un poco la cola) y dibujando un leve arco en el perfil completo de cada esquí, no cabe duda que su elaboración constituía una tarea artesana de cierta competencia y sabiduría aplicada.
Hoy sabemos que el esquí llegó a los Alpes francamente tarde. En los prolegómenos del cambio de siglo XIX al XX. Y procediendo de los países nórdicos, donde su utilización estaba muy extendida y en muy diferentes modos. Tanto las vertientes “nórdicas” del fondo y campo a través, como la de los saltos. Pero era precisamente en Noruega, por su orografía más montañosa, donde el constante paso de los ascensos a los descensos, formaba parte habitual de la práctica (fuera ésta laboral u ociosa), por lo que allí se empezaron a desarrollar técnicas y recursos de maniobra relacionados con lo que en la actualidad se denomina esquí alpino o incluso “esquí de travesía o montaña”.

 
Mi padre, allá por los años 50 disfrutando de la práctica del esquí.

 
De nuevo José Luís, ya en los años 60 con mi hermano Juan a sus colas.

 
Mi hermana y (¿Juan o yo?) en nuestros inicios esquiadores.

Llegado a este punto, para continuar hablando de noruegos, nieve y madera (en especial esquís), me he decantado por escribir sobre la figura de Fridtjof Nansen, un personaje fascinante que en realidad descubrí, o al que hice mayor caso, gracias a las recomendaciones de mi amigo Jesús.

Nacido en Christiania (actualmente Oslo) Nansen es considerado como una de las personalidades más importantes e influyentes de la historia de Noruega. De joven fue un destacado esquiador y patinador sobre hielo. Según afirma Linn Ryne “Ganó el campeonato nacional de esquí de fondo doce veces seguidas, y a los dieciocho años batió el record mundial de la milla de patinaje sobre hielo”. De joven empezó trazando una carrera académica personal brillante y polifacética, como demuestra que se doctorara en zoología, marcara importantes avances en neurología y posteriormente se erigiera como un especialista mundial en oceanografía. De vocación exploradora, pronto se lanzó a la conquista de los territorios del norte, empezando por una expedición por el interior de Groenlandia, para años después batir el récord vigente de latitud norte en su afamado viaje con el Fram. En este sentido las expediciones de Nansen constituyeron todo un modelo de innovación estratégica y técnica a la hora de acometer intentos de conquista polar, asunto que ahora aparco, pero sobre el que quizá vuelva en capítulos futuros. La cuestión es que sin la inspiración y ayuda de Nansen, difícilmente Amundsen hubiera ganado la “carrera hacia el Polo Sur”.

Uno de los aspectos más valiosos que parecen desprenderse de la biografía de Nansen es que no sólo parecía hacer todo bien (más que brillantemente), sino que además, a toro pasado, demostró haber tenido el acierto, o la sabiduría humana y vital, de haber sabido dedicarse a los diversos tipos de empresas más idóneos para las diferentes edades. Lo digo porque además de todo lo enumerado hasta aquí, en su madurez se empleó a fondo para dinamizar los procesos de organización nacional, independencia, etc. de su país, así como el establecimiento de buenas relaciones políticas entre el conjunto de naciones nórdicas, en pleno proceso de reordenación. De hecho, dando nuevos pasos hacia la diplomacia internacional, se fajó en la ayuda a los damnificados como consecuencia de la I Guerra Mundial y trabajó para la Sociedad de Naciones, alcanzando el puesto de Alto Comisionado. Su labor dio origen a la creación del mítico “Pasaporte  Nansen”, un certificado de condición diseñado para salvaguardar la vida y posibilitar la itinerancia de personas afectadas por conflictos geopolíticos graves. Lamentablemente este tipo de asuntos han vuelto a colocarse en primera línea de debate en la actualidad. Y muchas de las vergüenzas demostradas hace tiempo por parte de la diplomacia internacional, lejos de haberse erradicado, parecen volver con fuerza sin que las autoridades actuales sean capaces de solucionarlo, teniendo que comerse las propias palabras que muchos organismos internacionales y estados expresaron a mediados del siglo XX, cuando afirmaban que había ciertos hechos sufridos por la Humanidad que jamás deberían volverse a repetir. Sin duda Nansen hizo todo lo que estuvo en su mano. Y mucho más, en su polifacética existencia, que lo que la mayoría de las personas normales y corrientes podríamos lograr. Lo último tuvo al menos reconocimiento, otorgado en forma de Premio Nobel de la Paz. 

De entre las diferentes actividades que jalonaron su meritoria vida, quiero referirme a una de sus primeras aventuras realmente memorables. Aquella temprana y magnífica expedición que se convirtió en la primera en atravesar Groenlandia por tierra, o mejor dicho, cruzando el hielo interior de aquel territorio. La expedición se llevó a cabo en 1988, casualmente el mismo año en el que la National Geographic Society sacaba a la luz el primer número de su prestigiosa revista. Muchos de los lomos amarillos de sus volúmenes reposan sobre algunas estanterías de mis salones: el de casa y el de nuestra casita de montaña. Lo mejor para conocer al detalle aquella prodigiosa experiencia es leer el libro que, escrito por el propio Nansen, relata concienzuda y entretenidamente la travesía. Nansen me ha resultado un excelente narrador, que además sabe jugar con el lector, aportando aquí o allá algún brote de irónico sentido del humor o alegatos de belleza, dentro de una obra que en general muestra un contenido bastante preciso, técnico (para la época) y descriptivo. Una de las cosas que más me llama la atención de su relato, es la normalidad o cotidianeidad con la que cuenta todas y cada una de las situaciones. Su punto de vista está totalmente alejado de auto-consideraciones heroicas, de subrayados sobre las dificultades, de exaltación de las mismas, etc. Más bien al contrario, si uno al leerlo, no hace un ejercicio por recordar permanentemente dónde y con qué medios estaban, puede caer en el error de considerar, casi-casi, que aquello se pareciera más a una acampada itinerante por un parque nacional, que a una conquista extrema. La obra se titula "The First Crossing of Greenland" (La primera expedición a través de Groenlandia), pero por el momento no está publicada en castellano. El libro además incluye bastantes ilustraciones. Algunas basadas en recuerdos o descripciones, aunque otras realizadas a partir de fotografías tomadas durante la hazaña.

 
Ejemplar del número 1 de la revista National Geographic. (Imagen: National Geographic).

Básicamente la expedición consistió en un viaje para el que Nansen configuró un equipo de seis personas, capitaneado por él y casi co-liderado por su fiel amigo Otto Sverdrup. El equipo se completaba con otros dos noruegos (Oluf Christian Dietrichson y Kristian Kristiansen Trana), y dos peculiares lapones (Samuel Johannesen Balto y Ole Nielsen Ravna). El viaje de aproximación se hizo en varias etapas marítimas. Primero en diferentes trayectos y barcos hasta reunirse todos en Gran Bretaña, para desde allí recalar en el norte de Islandia, donde tras una pequeña escala y cambio de embarcación a causa de las dificultades de la mar, por fin embarcar en el Jasón, que les llevaría hasta la costa este de Groenlandia, aprovechando la campaña de caza del buque. La idea era desembarcar en sendos botes de remos para acceder a la costa y poder empezar la verdadera travesía. Sin embargo, toda una banquisa de hielo rodeaba aquel territorio, y durante muchas jornadas los botes quedaron a la deriva incrustados en la misma. Durante días tuvieron que acampar en los témpanos flotantes, subiendo los botes a los fragmentos aparentemente más seguros y accesibles, cambiándose de sitio cada vez que aquel en el que se instalaban se resquebrajaba. También alternaban con periodos de remo cuando ante ellos el hielo abría vetas de agua navegables, aunque aquello se dio más bien poco. El resumen es que la deriva los trasladó hacia el sur, hasta que finalmente encontraron un área más despejada que les permitió introducirse en una zona marítima sin hielo, en la que el agua bañaba la costa. Como una franja interior o costera de mar que quedaba preservada y separada del océano por la banquisa. El problema entonces era que habían acabado demasiado al sur, por lo que la siguiente fase de la expedición consistió en varias jornadas de dura remada hacia el norte. El viaje continuó con alternancia de largos periodos remando, con acampadas costeras y momentos en los que debían abrir vías ante repentinos cierres de hielo, utilizando para ello palos, barras o piolets. La causa era que los témpanos sueltos, aunque mucho menos abundantes en esa zona, en ocasiones se agrupaban cerrándoles el paso hacia el norte.

 
El grupo de expedicionarios antes de la partida: delante Fridtjof Nansen y Oluf Christian Dietrichson; detrás de izquierda a derecha, Ole (Nielsen) Ravna, Otto Neumann Knoph Sverdrup, Kristian Kristiansen (Trana) y Samuel (Johansen) Balto. En Oslo, 1888. La fotografía resulta muy interesante para echar un vistazo a parte del material utilizado: un modelo de trineo ultraligero, raquetas al estilo de los indios norteamericanos, raquetas circulares pequeñas estilo lapón y una buena imagen de los esquís de madera empleados. (Imagen: "fotograf: Siems & Co. / eier: Nasjonalbiblioteket, bldsa_f3b030").

Una vez alcanzada la latitud deseada, desembarcaron y dejaron definitivamente los botes. Desde allí, la idea era continuar con cinco trineos que remolcarían avanzando sobre esquís. Para ello primero tuvieron que cargar todo el material necesario, ascendiendo desde la costa, alcanzando los bordes de la lengua glaciar y superando gran desnivel hasta auparse en lo que podría ser considerada como la "meseta de hielo interior". Sólo entonces pudieron realmente sacar partido al método progresión combinado de esquís y trineos. Aún así, las diferentes condiciones de la nieve, el hielo, el viento o el paisaje, fueron ofreciendo distintas dificultades o facilidades para el avance. De hecho, tuvieron que superar muchos desniveles y cotas, así como también (sobre todo al alcanzar el oeste) algunos descensos. Para la progresión utilizaron mayormente los esquís, aunque en ocasiones raquetas, las botas sin más o crampones. En determinado momento se deshicieron de uno de los trineos. También a veces debieron arrastrarlos entre varios, haciendo repetidos viajes cortos, e incluso hubo etapas de "navegación" instalando velas en los mismos. Al alcanzar el borde oeste, afrontaron el delicado descenso del correspondiente borde glaciar, sorteando grietas y “seracs”, y una vez abandonado el hielo se deshicieron de los trineos para empalmar un periplo de varios días caminando (lo que ahora mismo llamaríamos un “trekking”). Una vez alcanzado el mar, en la cabeza de un fiordo, decidieron separarse: Sverdrup construyó un bote utilizando ramas y parte del material que habían conservado para ello (procedente de los trineos y esquís), de forma que pudo montar un armazón que forraron con la lona de la tienda de campaña. Con Nansen por única compañía, arrastraron el bote por los pesados arenales y lodos hasta que realmente pudieron remar para alcanzar una colonia habitada. Aquello les llevó también varias duras jornadas de esfuerzo. Ya en la "civilización", el objetivo estuvo cumplido y dispusieron lo necesario para que, mediante “umiaks” y kayaks, sus cuatro compañeros fueran también recogidos.

 
Fotografía del grupo avanzando a través de hielo interior de Groenlandia. (Imagen: "fotograf: Fridtjof Nansen / eier: Nasjonalbiblioteket, bldsa_3b057").

Aunque aparentemente el viaje había finalizado con éxito, el regreso a casa se vio muy demorado porque finalmente habían cubierto su singladura en mucho más tiempo del inicialmente planificado, lo cual hizo que perdieran la posibilidad de tomar el último navío de regreso desde aquella parte de Groenlandia. Aquello supuso que definitivamente tuvieran que pasar un largo invierno conviviendo con la colonia esquimal. Independientemente de que los expedicionarios mantuvieran excelentes relaciones con las autoridades europeas instaladas en Godthaab, enseguida mostraron una clara preferencia por relacionarse e integrarse en la vida cotidiana de los inuit (esquimales en la terminología utilizada en el relato). Si Balto (el joven lapón) fue probablemente el más activo en cuestión de vida social, Nansen dedicó la mayor parte del invierno a aprender las costumbres prácticas y útiles de la vida esquimal, en especial en lo referente a la vivienda, alimentación, caza, pesca, etc. Según sus palabras, aquel invierno supuso una experiencia muy instructiva, y calificada como maravillosa. Un auténtico regalo. Vivieron muchas fiestas sociales, de las que las Navidades fueron las más sonadas, pero si algo destaca por encima de cualquier otra cosa con respecto a su estancia de varios meses allí, fue el aprendizaje práctico profundo de la cultura del kayak.

De hecho dos son los aspectos “deportivos” prioritarios que me gustaría destacar del libro de Nansen y de su experiencia: el esquí y el kayak. Al primero de ellos dedica un capítulo específico en la primera parte de la obra. Lo hace porque es una actividad (y tema, y recurso) que él aporta, extrayéndolo de su bagaje personal previo al viaje. El segundo, sin embargo, es abordado en los últimos capítulos porque es algo novedoso, en lo que se adentra con profundidad hasta alcanzar maestría, pero adquiriéndola gracias a las posibilidades encontradas en Groenlandia, con sus habitantes y una vez finalizada la travesía interior de aquel territorio. Lo bonito es que ambas actividades acaban complementándose y en un futuro (que quizás algún día explique aquí) se verían integradas en nuevas expediciones. Vamos pues a atender un poco a ambas modalidades.

Ya he explicado anteriormente que Nansen era un consumado esquiador. En el capítulo III de su libro sobre la travesía de Groenlandia sobre esquís, desarrolla todo un alegato reivindicativo en el que propone y justifica que el esquí (en sus variadas modalidades de fondo, salto y descensos) debería ser asumido, considerado y desarrollado como un bien cultural inmaterial de la nación Noruega, y desde luego, sin ningún tipo de duda, su deporte nacional. Habla de sus beneficios como deporte, así como de su utilidad práctica para la vida corriente durante el invierno. Emplea varias páginas en describir sus posibilidades, dificultades y hasta cierta evolución técnica. Merece la pena destacar que en aquellos momentos las técnicas estaban precisamente asistiendo a una evolución en el estilo, avanzando (quizá por primera vez) en el desarrollo específico de técnicas de descenso. Nansen subraya que en los habituales campeonatos celebrados en Christiania los esquiadores procedentes de la región de Telemark eclipsaban completamente en dominio y competencia a los de la capital (creo que se refiere especialmente a las pruebas de descensos de velocidad y habilidad). Si tenemos en cuenta que su expedición fue en 1888, su habitual presencia en aquellos variados campeonatos ocurriría durante su infancia y juventud (años 60-70-80), y es precisamente en 1868, cuando Sondre Norheim, formalmente considerado como el padre de la técnica “Telemark” (y por extensión del esquí alpino), ganaba el campeonato de Christiania. Por aquel entonces Nansen tendría 7 años de edad, pero la influencia de Norheim sobre sus vecinos seguramente duraría algunos años más, hasta que sus técnicas se fueran contagiando al resto de regiones noruegas. Un ejemplo del momento evolutivo es que en el texto de Nansen se comenta que aunque muchos esquiadores practican con un único y largo bastón, agarrado con ambas manos, algunos ya estaban optando por pasarse a dos más cortos, uno para cada una de ellas. A Nansen se le nota fascinado en sus comentarios sobre las novedosas técnicas “telemarkinger”, pero recuerda también que antes que nada, el “skilöbers” (el esquí) es un medio de locomoción. De hecho, el elegido por él mismo para su aventura a través de Groenlandia. La descripción de los esquís que utilizó para su viaje me parece de interés y además es detallada. No se correspondieron con estilos fijos de esquís noruegos, sino que fueron específicamente diseñados para la ocasión. Llevaron nueve pares, dos de ellos de roble y el resto de abedul, aunque los suyos personales fueron de los de roble. Sus medidas eran: 2,30 metros de largo, 10 cm de ancho en la espátula y 7,92 cm de ancho en el patín. En la parte superior tenían un “nervio” en forma de cresta tallada longitudinalmente a lo largo de cada esquí, para aportar rigidez evitando sobrepeso. En cuanto a las suelas, disponían de tres estrechos surcos longitudinales paralelos para facilitar su dirección. Con unas espátulas muy elevadas, así como un evidente arco longitudinal apreciable al observar cada esquí de perfil, en el fondo podemos afirmar que ese material ya aportaba la mayor parte de las características de diseño de forma que caracterizan al esquí contemporáneo, aunque con el tiempo, en lo que se refiere al material de alpino y “travesía” (“esquí de montaña”), la longitud se ha ido reduciendo cada vez más, al igual que aumentándose las anchuras. Sin embargo, las curvaturas longitudinales de flancos y perfil ya estaban presentes, las primeras de ellas, para facilitar las curvas. Los esquís se calzaban con unas finísimas planchas de metal, las cuales, a la altura del patín, (bajo el pié) tenían unas aberturas de 87,6 x 5 cm en las que se insertaban unas tiras de piel de alce. El objetico de ello era que los esquís deslizaran mejor en nieve húmeda y que las “pieles” permitieran el avance a favor del pelo, pero agarrasen en contra al ascender. Era pues el concepto que con el tiempo se ha mantenido y sobre el que se basa el esquí de “travesía”. La fijación de la bota era mediante una especie de ancha abrazadera de cuero como puntera y una correa que rodeaba la bota pasando por detrás del talón. En definitiva, una fijación delantera con sujeción moderada detrás, que permitiera un buen juego de elevación del talón. Estamos de nuevo ante un concepto global anticipado de lo que actualmente consideramos “esquí de travesía” y al cual tanta afición tengo.

 
Retrato de Nansen con esquís. (Imagen: earnyourturns.com; “Fridtjof Nansen: Visionary Skier” por John Borstelmann).

 
Tarjeta de Nansen. (Imagen: Esquiando1: Ludwik Szacinski, Fridtjof Nansen, Kristiania, 1889).

 
Esquís que fueron de mi padre (años 50) elaborados artesanalmente en Reinosa, específicos para esquí alpino, de madera maciza y con bastantes especificaciones directamente derivadas de los conceptos de los esquís noruegos de épocas anteriores.

 
Detalle de las fijaciones (lo más moderno del conjunto) y de unas sutiles nervaduras paralelas para aumentar su rigidez.

 
Aquí estoy durante una excursión de esquí de travesía muy cerca de Pesquera, aunque a juzgar por el ambiente bien podría parecer un paisaje nórdico.

 
Otra inusual estampa de la comarca. Un extremo del embalse de Alsa congelado.

 
Otro rincón del embalse de Alsa.

En cuanto al kayak, al poco tiempo de verse instalado en Godthaard, y en cuanto tuvo noticias confirmadas de que no tendrían posibilidad de retorno en barco hasta la siguiente primavera, Nansen se vio atraído por las posibilidades de los kayak groenlandeses y se hizo fabricar uno. En el capítulo XXII describe su experiencia de aprendizaje: rápida pero con mucho intríngulis inicial ante la sensación de desequilibrio. Ante su éxito, pronto fue paulatinamente seguido por sus compañeros, que progresivamente fueron haciéndose igualmente de kayaks y aprendiendo con diferentes muestras de pericia. De la narración se desprende que los nativos les dieron todo tipo de facilidades en materia de enseñanza y para la propia construcción de las embarcaciones, pero en ningún momento se menciona que les prestaran sus propias piraguas. Esto debe tener dos posibles explicaciones: la primera es que los kayaks construidos con el método tradicional inuit se hacen a partir de las medidas corporales de su futuro usuario y no son pues fácilmente intercambiables entre sí; la segunda es que debiera tratarse de un material tan valioso e imprescindible para la supervivencia familiar que probablemente se consideraría intransferible y absolutamente personal. Una vez adquirida la pericia necesaria, Nansen se dedicó a navegaciones largas (primero de horas y más tarde de días), practicó la caza de patos y otras aves con rifle desde el kayak y hasta la espectacular pesca del descomunal fletán con anzuelo y vejigas. Las tácticas de caza de patos variaban de unos poblados y zonas a otros. Mientras que en las proximidades de Godthaard se hacía en grupo, con munición y disparando sucesivamente al paso de las bandadas, en otras zonas los nativos lograban enfilar dos o tres ejemplares con un único disparo esperando su alineación. Cazar desde el kayak exigía rapidez e movimientos para soltar la pala, sacar el arma de una funda sobre cubierta y apuntar mientras el casco flota en el agua. Nansen describe muchos detalles interesantes de todo ello y muchas otras cosas, como la ventaja de cazar con arpones, lanzados con unos suplementos de madera, ideados para poder imprimir mucha más potencia de lanzamiento. Aunque la dificultad del arpón era mayor, su silencio no asustaba a otras potenciales presas cercanas.

En su “máster en kayak” (así es al menos como yo considero su estancia aquel invierno en la costa oeste de Groenlandia) Nansen realizó muchas pequeñas travesías, en varias de las cuales se vio sorprendido por tormentas y marejadas, aunque de todas ellas salió siempre airoso. Sus compañeros también realizaron sus propias excursiones de más de una jornada. Nansen disfrutó sendos largos periodos de tiempo viviendo en otros dos diferentes asentamientos inuit, en los que se empapó de su conocimiento ancestral y donde vivió variadas experiencias con los cazadores-kayakistas de cada uno de aquellos lugares. En ocasiones incluso se vieron sorprendidos por la noche en algún que otro regreso a la costa. Durante la última parte de su estancia llevó a cabo varios intentos de exploración hacia el hielo interior, aproximándose con el kayak (acompañado por amigos autóctonos), con idea de comparar la evolución del estado de la nieve y el hielo de los glaciares en las proximidades del mar durante la primavera. Para ello se desplazaban en los kayaks, cargados con tienda, saco, provisiones y… ¡los esquís!, los cuales les permitían progresar durante varios días, dejando las embarcaciones en el extremo del fiordo para el posterior regreso. Tanto su expedición principal, como las posteriores incursiones del invierno, representan un magnífico ejemplo de actividad de tipo “combi” o multidisciplinar, en las que la utilización de varias modalidades de progresión de viaje se ven integradas y complementadas, algo que tengo que reconocer que cada vez me resulta más atractivo. El balance final de toda la aventura, y especialmente el de las últimas incursiones descritas, me han regalado un maridaje apasionante entre dos de mis aficiones preferidas: el esquí (de travesía) y el kayak. Y además lo han hecho bajo el cariz de la perspectiva viajera, exploradora e incluso antropológica, más allá de la mera práctica competitiva y desde luego con motivaciones y estilos de desempeño muy diferentes a esta. Un modo de entender ambas disciplinas mucho más cercano al que yo mismo he adoptado para mi disfrute personal. Todo un hallazgo.

 
Los miembros de la expedición en kayak. Nansen es el más cercano a la playa. (Imagen:
"fotograf: ukjent / eier: Nasjonalbiblioteket, bldsa_3b113").

 
Los miembros de la expedición (salvo los dos lapones) posan con kayaks en la playa. De izquierda a derecha (exceptuando los dos primeros inuits: Nansen, Otto Sverdrup, Oluf Christian Dietrichson y Kristian Kristiansen). (Imagen: "fotograf: ukjent / eier: Nasjonalbiblioteket, bldsa_3b112").

La madera no ha dejado de estar presente en toda esta historia, si bien en Groenlandia es un recurso casi inexistente, la presencia de arbustos en la costa permitió a sus protagonistas recuperar el entrañable hábito de las fogatas de campamento una vez abandonaron el hielo. Tal y como se ha descrito, su material de esquí se fabricaba artesanalmente demostrando una gran maestría y competencia en el trabajo de maderas nobles, mientras que el método tradicional inuit de construcción de kayaks combina el empleo de pieles (a modo de casco) tensadas sobre una estructura de maderas, bien trabajadas y muy precisamente aprovechadas, pues en su mayoría procedían todas ellas de lo que el mar y sus mareas acercaban a las costas de tan desierto territorio.

De madera también era la yola del “tío Poncho”. Si este capítulo lo inicié hablando de mi madre y de mi abuela. Abuela y bisabuela por la rama paternal de mis hijos. Ahora les toca el turno a su abuela materna y la correspondiente bisabuela. El “tío Poncho” era un cuñado de mi suegra que además de muy aficionado a la navegación a vela, ejercía un estilo de vida muy deportivo para su época. Yo llegué a conocerle, aunque ya a avanzada edad. Este hombre veraneaba siempre en Oriñón, donde guardaba y utilizaba una preciosa “yola”, que en realidad no era otra cosa que un hermosísimo kayak doble de madera, construido por algún esmerado carpintero de ribera. Aunque el término yola propiamente debería ser aplicado a un bote ligero, estrecho y alargado, propulsado a remo, era muy frecuente que popularmente se aplicara también a embarcaciones de pala (piraguas). Ha querido el destino, o la casualidad, que precisamente cuando me encontraba escribiendo este texto, apareciera en una vieja caja de recuerdos fotográficos, una foto en la que se ve a la bisabuela de mis hijos paleando en aquel kayak, por las aguas de Oriñón, acompañada por su yerno Poncho (cortado en plena imagen) a popa. Nos cuentan que la señora, con más de setenta años de edad, disfrutó enormemente de la experiencia, la cual, por cierto, se llevó a cabo a petición propia. Así pues, la tradición ha mostrado cierta continuidad a través de su nieta (con bastante frecuencia) y sus bisnietos (él y ellas más esporádicamente), aunque ya a bordo de cascos de fibra de vidrio. Pero en el fondo, aplicándose igualmente con deleite a similar actividad.

 
La bisabuela Pilar disfrutando en la “yola” del “tío Poncho” en Oriñón.




2 comentarios:

  1. Me encanta saber que cuando esquío estoy desarrollando un gran activo inmaterial cultural, .....además de disfrutar un montón.
    Ahora toca descubrir la yola. Me encanta esta palabra porque me recuerda a mi padre. Le encantaba remar en este artilugio que siempre denominaba así

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  2. Dos excelentes modalidades, sin duda. Lo de la yola, está hecho, cuando se vaya la nieve que tanto nos gusta, buscamos una buena ocasión. Un abrazo.

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