domingo, 30 de abril de 2017

8. TRESMILES



No soy capaz de de fechar con precisión cuándo empecé a esquiar. De lo que sí que estoy seguro es de que aprendí a deslizarme sobre las tablas antes que a montar en bicicleta. Debió ser aproximadamente a los cinco años de edad. Tengo recuerdos bastante nítidos de alguno de mis primeros días en Brañavieja. Soy capaz de ubicar con bastante exactitud las pequeñas lomas sobre las que empecé, y recuerdo muy bien el equipo utilizado y parte de la vestimenta. El esquí alpino ha sido siempre mi deporte principal, y desde luego, sin el menor género de dudas, el deporte familiar por excelencia en mi hogar paterno. Como en aquellos primeros recuerdos (y en las diapositivas que de ellos conservamos) no hay pistas de la existencia de mis dos hermanos menores, ambas referencias han de ser anteriores al otoño de 1968. Y esa fecha, para el asunto del esquí en España, sin llegar a poder considerarse como pionera, al menos sí que otorga cierta “categoría” de iniciación clásica, avanzada, temprana, etc. Algo que aún cobra mayor valor si tenemos en cuenta que, desde entonces, no he abandonado la práctica del esquí en toda mi vida. El origen de todo ello fue causado por mi padre. Aunque nacido y criado en un pueblo de la Montaña bastante cercano a Reinosa, descubrió el esquí en la Sierra de Guadarrama, un par de fines de semana que fue invitado a practicarlo allí, cuando residía en Madrid en condición de estudiante universitario. Lo que inicialmente fue una experiencia casual, le dejó tan buen sabor de boca que, ya con su familia fundada, se apuntó de forma entusiasta a la propuesta de retomar aquella práctica una vez regresado a su tierra. Fue su amigo Jesús Martín (pariente del erudito campurriano Ángel de los Ríos, conocido como el Sordo de Proaño) el principal responsable de la sugerencia, pero fueron mi padre, y mi padrino siciliano Oliveri (no todo el mundo puede presumir de tener un “padrino” de tal procedencia), quienes de forma más entusiasta respondieron a la llamada. De aquella movilización de familias derivó toda la iniciación de un nutrido grupo de chavalería que conformaba una simpática tropa de familias numerosas (según las cifras de entonces). Y entre ellas, cómo no, estaba la nuestra, la cual, a la postre, creo que fue la única en permanecer ligada a la práctica del esquí, de forma ininterrumpida, desde entonces hasta ahora.

 
En Brañavieja, con mi madre y mi hermana mayor Mila.

Aprendí pues a esquiar, pasé disfrutando de ello los inviernos de mi infancia y los de mi adolescencia. Hace unos años de hecho, elaboré un documental sobre toda la historia del esquí familiar, a través de la figura de mi padre y de la historia de la estación invernal de Alto Campoo. Y evidentemente, tal relato audiovisual, es en el fondo, la narración de una gran parte de mi vida. Recuerdo que al pasar de la infancia a la adolescencia, mi hermano mayor y yo empezamos a obsesionarnos y perseguir el esquí de grandes pendientes. Debido a la peculiar forma que tenía mi padre de entender el deporte, en casa nunca fuimos dirigidos ni orientados hacia la práctica competitiva. Todo lo contrario, las bicicletas, el nado, la montaña, el esquí, las acampadas, etc. fueron siempre propuestos como recursos vitales para el disfrute y el complemento educativo. Así que de chavales, mientras algunos otros “pasaban palos” supervisados por sus monitores, Juan y yo nos dedicábamos a explorar los dominios de nuestras montañas, en una interpretación deportiva que tiempo después empezó a denominarse “fuera de pista” y en la actualidad, como si de una actividad de gimnasio se tratara, le han otorgado la denominación anglosajona de “free-ride”. Primero fue ir aprendiendo la técnica de giro necesaria para evolucionar con garantías por muy diferentes tipos de nieves y, poco a poco, después, conquistar cada vez mayor gradiente de pendiente. A medida que íbamos dominando “palas” nos aventurábamos más, a la vez que dejábamos detrás nuestro rastro en forma de topónimos privados de las mismas: “la pala de Charly”, “la arista del Tresmares”, etc. De aquella época data nuestra fantasía de ascender caminando a la Morra de Lechugales (en el Macizo Oriental de los Picos de Europa), porque mi hermano aseguraba que le habían dicho que una de sus laderas ofrecía un amplio y largo manto de nieve apto para el descenso con esquís.

Solo algunos años antes, yo mismo había tenido una curiosa experiencia en la que había llegado a esquiar en “Los Picos”, en una especie de temprano acercamiento al “esquí de montaña” (de “travesía”, como acostumbro a denominarlo). Resulta que otra familia amiga nuestra, con gran afición a la montaña, me había invitado a pasar un fin de semana con ellos en “El Cable”, aprovechando que iban allí para, en su caso, iniciarse en el esquí. Nos alojamos en lo que entonces era un refugio construido como parte de los edificios de la estación superior del teleférico de Fuente Dé. Aquella gente, de origen asturiano, iba asesorada de montañeros-escaladores que yo había conocido en otras citas veraniegas, pero ahora era invierno (seguramente primavera) y todos ellos eran principiantes como esquiadores. Sus intenciones a medio plazo solo las he llegado a comprender tiempo después: practicaban pensando en iniciarse en algo que por aquel entonces (años 70) debía ser casi absolutamente novedoso en nuestro país, el esquí de travesía. Aunque sí que recuerdo atender con curiosidad a las demostraciones que me hicieron del material utilizado, en especial aquellas extrañas fijaciones que podían regularse en formato de talón liberado. El desenlace del fin de semana no se me olvidará en la vida. El domingo hizo buenísimo, y esquiamos bastante, remontando cada corta bajada, caminando con los esquís al hombro (yo llevaba material muy básico de alpino). La noche anterior yo había tratado de convencerlos de optar por un regreso esquiado a través de los Puertos de Áliva, en vez de en el teleférico. Evidentemente no me hicieron ningún caso, claro. Pero ya iniciada la tarde del domingo, una noticia se expandió como llevada por el viento entre la gran cantidad de gente que andaba por allí haciendo turismo: el teleférico había quedado inutilizado por una avería. En la cabina inferior había algunos heridos muy leves y la superior permanecía colgada bastante abajo, a la altura de la campa de Fuente Dé. No quedaba más remedio que desalojarnos a todos a través, precisamente, de los puertos de Áliva. Así que con el permiso de mis “tutores” temporales (aquellos eran otros tiempos, sin duda), cargué con mis esquís y mi mochila, y caminé hasta la Horcadina de Covarrobres, antes de poder calzarme las tablas para iniciar mi soñado descenso. Recuerdo que fruto de aquella práctica mixta del montañismo y el esquí, utilizaba para lo segundo el mismo calzado que para lo primero: unas botas de montaña rígidas, pero de cordones. Disfruté del descenso, me encontré con unos pocos chavales lebaniegos que, junto a mí, fueron los únicos que se atrevieron con el descenso sobre esquís, y acabamos todos amontonados en el primero de los Land Rovers “largos” que, como flota repentinamente movilizada en la comarca, esperaba en la zona de “las Portillas” para rescatar a la gente. Recuerdo haber visto arriba a un pobre grupo de monjas, enfundarse plásticos en las piernas y sobre sus zapatos para poder progresar por la nieve. Cuando el Land Rover nos dejó en la base del teleférico, aún llegamos a tiempo de presenciar el rescate de los últimos ocupantes de la cabina, a los cuales descendieron, uno por uno, dentro de un saco, mediante una polea situada en la propia cabina. Todo un espectáculo.

Lo mejor de todo fue que a mis amigos les debió dar mucha envidia mi descenso, y poco tiempo después me volvieron a invitar para regresar allí con el objetivo de recuperar su material de esquí y el de alguna gente que lo había dejado en el refugio. Alquilaron Land Rovers que nos subieron hasta donde pudieron, caminamos de regreso sobre la nieve, pernoctamos en el refugio y, al día siguiente, volví a disfrutar del descenso, pero esta vez con los flamantes “Fischer 1002” de algún aficionado y sus pertinentes botas de ganchos. Doble gozo.

Ya de joven, antes de marcharme a Madrid a estudiar en la Universidad, mi esquiador favorito tenía nombre y apellidos. Aunque lógicamente me gustaba seguir a los grandes campeones de la competición convencional, entre los cuales tenía mis preferidos, en determinado momento quedaron todos ellos de lado ante la figura de Patrick Vallençant, mítico personaje de lo que entonces acababa casi de nacer como esquí extremo. En realidad el esquiador precursor había sido un tal Sylvain Saudan, pero Vallençant era el que estaba plenamente activo en aquella época para nosotros. Me leí uno de sus libros y lo admiré en varios documentales. Por aquel entonces nuestra afición al esquí se centraba en tres “disciplinas” preferentes: las grandes pendientes, la nieve virgen de fuera de pista y ¡los baches!.
 
Patrick Vallençant en una imagen de su libro: "Esquí Extremo". RM. Barcelona, 1982.

Mi paso por la universidad hizo que me encontrara con un compañero de clase con el que trabé gran amistad. Gracias a él empecé a trabajar como monitor de esquí en la entonces existente estación de Valcotos, actualmente desparecida en pleno corazón del Parque Natural de Peñalara. Con él mejoré enormemente, tanto en el fuera de pista como (sobre todo) en la técnica de los “baches”. El esquí era el eje prioritario de mi vida y gracias a ese pseudo-desempeño profesional pude acceder a material de la más alta calidad y empezar a viajar por todas las estaciones nacionales y alpinas, costeándome los viajes dando clases. Prueba de nuestra fiebre de entonces fue por ejemplo aquel arrebato que nos llevó a descender las dunas playeras de Liencres buscando quitar el “sincio” de fuera de temporada.

 
Fuera de pista en Avoriaz (Foto: Manuel).

 
Nieve virgen en Borovets (Bulgaria).

 
Descendiendo por la arena de las dunas de Liencres. (Foto: Manuel).

Y ya de regreso a la “tierruca”, casi recién casado y en plena vida laboral, me topé, casi casualmente, con el esquí de travesía. Y puedo determinar bien la fecha por razones evidentes: el año 1992, toda una referencia en nuestra historia más contemporánea teniendo en cuenta algunos de los grandes eventos que entonces se celebraron en España. La cuestión es que yo, aún teniendo ya adquirida una plaza como profesor en un instituto, por alguna chapuza administrativa sufrí un traslado temporal (por un único curso) a otro centro educativo de la misma localidad. Allí organicé la típica semana blanca, en la que entre otros alumnos, encontré una chavalita con buenas dotes de esquí (Alba) y a la que, aprovechando la excelente calidad de la nieve recientemente caída, administré unas importantes dosis de esquí fuera de pista y en nieve virgen. A partir de entonces entablé amistad con sus padres, que resultaron ser una pareja de avezados montañeros y apasionados del esquí de montaña, y no dudaron en devolverme las atenciones invitándome a probar la disciplina, prestándome el material y todo. El primer intento fue muy pobre, pernoctamos en el refugio de San Glorio del Club Alpino Tajahierro, con idea de, al día siguiente, completar una buena excursión por las elevaciones de la Montaña Palentina. Pero el día amaneció con un tiempo horroroso y apenas empleamos una hora en avanzar aprendiendo las técnicas básicas de progresión y el manejo del material. Sin embargo, tiempo después, el padre (Chus Aja), me propuso aprovechar un buen día primaveral para probar de nuevo. Madrugamos mucho y, acompañados por su perro de aguas (Bruce), a bordo de un Nissan Patrol, nos acercamos a Liébana y ascendimos por una pista forestal hasta que la nieve nos cortó el paso antes de llegar a los Puertos de Ríofrio. Allí dejamos el vehículo, nos pusimos los esquís, y en lo que para mí supuso una maravillosa experiencia, coronamos Peña Prieta (2539 m) y gozamos de su maravilloso descenso. Esa misma tarde mi decisión ya era firme: el esquí de montaña quedaría incorporado de modo definitivo en mi vida. Poco a poco, ya ese verano, se fue sucediendo la paulatina compra del primer material: unas pieles en París, unos esquís en San Juan de Luz, y las botas y las fijaciones en Santander. Y desde entonces, unas temporadas más y otras menos, no he dejado de practicar este deporte que, he de reconocerlo, es uno de los que más me gustan y ha acabado desbancando, casi completamente, mi práctica del esquí alpino (esto es algo que nunca ocurrirá del todo, pero la desaforada masificación de las pistas, las pegas impuestas al esquí fuera de pista y la ausencia ya casi completa de bajadas con “baches”, además de algunos otros factores, han hecho que los innumerables atractivos del esquí de travesía me resulten mucho más gratificantes que el de “pista”).

 
Chus Aja durante aquel fantástico descenso de Peña Prieta, algunas décadas atrás.

 
Chus con Bruce a los pies de Peña Prieta.

 
Aquí estoy con Bruce, en otra ruta mano a mano con Chus, algún año más tarde en mitad del puerto de Lunada (se puede percibir la línea de la carretera del puerto cubierta de nieve). (Foto: Chus).

Todo esta introducción autobiográfica viene al caso por dos cuestiones. La primera para justificar el porqué, en un espacio que hasta ahora dedicaba al ciclismo, el patinaje y el piragüismo, me pongo a escribir de esquí. Resulta evidente, ese rápido repaso vital demuestra que en general, a lo largo de mi vida, el esquí siempre ha estado por delante de las otras tres aficiones mencionadas. Así que me permito escribir sobre ello siempre que me apetezca ¡faltaría más!. De hecho más de una vez en capítulos pasados he entrelazado la temática del esquí con cualquiera de las otras tres al contar según que historias. La segunda, para situar en contexto el asunto tratado en esta entrega: un viaje a Benasque para practicar esquí de travesía.

En Benasque había estado esquiando muchos años antes, al menos un par de veces. Ambas practicando alpino, aunque durante la segunda estancia, reservé una jornada para hacer una cumbre en la modalidad de travesía. Desde entonces, puede que incluso desde antes, ya me había planteado el proyecto de pasar allí unos días con la intención de ascender y descender el Aneto, y si se terciaba, algún otro “tresmil” de la zona. Aquel histórico episodio de la serie de documentales de “Al filo de lo imposible”, no había hecho más que alentar el proyecto. Sin embargo, la vida cotidiana, los quehaceres, compromisos, responsabilidades varias, otros planes cruzados, etc. habían logrado que la intención fuera disipándose hasta quedar casi olvidada. Pero una buena temporada de esquí de travesía este invierno despertó la idea, y sin más, pensé en que había llegado la oportunidad de acometer lo que durante tiempo (un par de décadas por lo menos), había quedado aplazado.

 
Con Luciano en el Pico Castanesa (2859 m), en los años 90.

Y al final llegó la hora. Tanto tiempo después de la intención inicial, me encontré montado en un coche, camino de Benasque, en una semana primaveral, casi incluso veraniega. Para el viaje gozaba de la compañía de dos amigos, habituales compañeros de actividades de diversas modalidades deportivas: Jesús y Pablo. Ambos, aun siendo personas muy distintas entre sí, coincidentes en su sencillez de carácter, su talante espartano y su enorme capacidad adaptativa. Personas sanas, francas y en las que uno puede confiar plenamente cuando se trata de desenvolverse por espacios y territorios agrestes, o compartir vivencias que requieran lidiar con situaciones de cierto riesgo objetivo.
El viaje nos deparó paisajes variados que derrochaban luz, algo que aunque resulta común en España, no por ello cansa, sino más bien al contrario, entusiasma y refuerza ese sentimiento de afortunados que a veces sentimos sus habitantes. La exuberancia primaveral estaba en plena ebullición potenciando el panorama pre-pirenáico integrando el verdor vegetal, con los ocres erosionados y el agua. ¡Mucho agua!.

Nuestro planteamiento de viaje era claro, pretendíamos ascender esquiando (para luego gozar de ellos en el descenso) a las dos cimas más elevadas de los Pirineos: el Posets (3371 m) y el Aneto (3404 m) situados ambos en sendos lados del valle de Benasque. Para ello habíamos apostado por una hostelería práctica y económica (albergue y refugio), una agenda con cierto descanso y el apoyo profesional de una compañía de guías. La utilización de guías de montaña es algo que apenas había hecho antes en mi vida. Realmente en contadas ocasiones, dentro de casi medio siglo practicando ininterrumpidamente actividades deportivas en la naturaleza. Sin embargo, desde hace relativamente poco tiempo, mi opinión al respecto ha variado, y considero un buen empleo de mi dinero, el contratar este tipo de servicio cuando ello puede aportar una buena garantía de seguridad añadida a precios razonables. En este caso, visto el balance de los días allí pasados, puedo asegurar que acertamos de pleno con este asunto.

En Benasque disfrutamos de bastante tiempo libre antes de nuestra primera ruta y durante una jornada intermedia de descanso entre ambas ascensiones. Aquello nos permitió paladear la gastronomía local a precios razonables, visitar el viejo pueblo de Cerler (el más elevado del Pirineo aragonés), un recodo de su estación de esquí, el edificio de los Baños, la estación de esquí de fondo de los Llanos del Hospital, etc. También recorrimos Benasque con calma e incluso hicimos algunas compras. En este sentido tuve la suerte (y la casualidad) de toparme, en una tienda de muebles, con una pareja de esquís, en perfecto estado de conservación, exactamente idénticos a aquellos primeros que utilicé en mi infancia y con los que aprendí y esquíe durante mis primeros años. Unos Silver Streak rojos, con sus mismas fijaciones de cable. ¡Evidentemente me los compré!. En breve tiempo quedarán expuestos en el saloncito con chimenea de mi casita de las montañas, junto a algunas otras reliquias alpinas.

Durante aquellos espacios temporales tuve algo de tiempo para leer, mucho para disfrutar de conversación con mis dos buenos amigos, con los que tantas aficiones comparto, e incluso para pasear por un paraje maravilloso, atentos a las evoluciones de las cercanas marmotas y los alejados esquiadores de montaña que rondaban por las inmediaciones de nuestro próximo trayecto.

Nuestra primera ruta fue la del Posets, y estaba planteada en dos jornadas. La primera vespertina como aproximación al refugio Ángel Orus. Sobre las cuatro de una tarde calurosa y soleada, partimos en sendos coches y ascendimos por la ladera occidental del valle hasta el aparcamiento de la cascada de Espigantosa (1500 m). Allí nos preparamos para un largo porteo del material de esquí cargado sobre nuestras mochilas. El trayecto sigue el curso del montaraz río Aigueta de Eriste. Es un camino precioso, boscoso, con sombra y que nos regaló la vista de cascadas y corzos. Tiene tres sectores claramente definidos: un fuerte desnivel inicial, un segmento intermedio casi llano, y un tercer largo esfuerzo final. La última parte, siendo muy umbría, conservaba cada vez más manchas de nieve, bastante resbaladiza para el calzado ligero de montaña. Por allí hubo que andar con cuidado. En 1h 45’ alcanzamos el refugio (2095 m), rodeado ya todo él de nieve. Su montaje es muy práctico. Tiene un área aterrazada exterior y una recepción con grandes taquillas en la que puedes dejar todo el material duro y el calzado, para entrar con unos zuecos blandos y cómodos al resto del inmueble. Estaba prácticamente vacío aquella tarde-noche, una de las ventajas de acudir en temporada baja. Nos dieron una cena verdaderamente pantagruélica en la que destacaron unas patatas al estilo de no sé qué pueblo del Cinca. Que básicamente era una especie de lasaña con láminas de patatas en lugar de la consabida pasta. Cenamos juntos los ocho montañeros, cordialmente servidos por el guarda, que finalmente se unió a nuestra tertulia con un porrón de fresquito moscatel. Al anochecer, por las ventanas del comedor, seguíamos las evoluciones de varios zorros en busca de restos orgánicos cercanos al refugio. Un auténtico privilegio.

 
Jesús, José y Pablo posando delante de la cascada al iniciar la aproximación al refugio Ángel Orus. (Foto: Narcís).

 
Narcís, José y Jesús, a punto de alcanzar el refugio. (Foto: Pablo).

Al día siguiente nos levantamos a las 6,30 para desayunar con rigor y pertrecharnos para el ascenso. Salimos holgadamente pasadas las 7,30. Primero caminando con las botas de esquí, pero con las tablas acomodadas en la mochila. Mis comienzos fueron torpes, casi grotescos, tan poco ágiles y desenvueltos que llegué a temer por mi capacidad para superar todo lo que pudiera llegar después. Alternamos porteos entre rocas con cortos tramos de progresión con esquís sobre nieve muy dura en la que en ocasiones llegamos a utilizar las cuchillas. Menos mal que, a medida que ganábamos altura, la natural soltura me iba reconquistando paulatinamente. Inicialmente ascendimos por una ladera norte por la zona de la Pleta de Sallent. En seguida conseguimos un gran avance por el valle de Llardaneta y pasamos a todos los montañeros que nos precedían. El itinerario por allí se va haciendo cada vez más hermoso y, personalmente, ya veía restaurada la confianza en mí mismo. Poco a poco fuimos virando el rumbo para enfilar la espectacular y bellísima Canal Fonda. En su primer tramo, sombrío a aquellas horas, pasamos a una pareja de esquiadores que previamente nos había superado por detrás. Era una canal ancha y fácil. Tras ella llegó un descanso en la pendiente antes de abordar el segundo tramo, ya al sol y que requirió el dibujo de unas cuantas zetas trazadas con la técnica de la “Vuelta María” al “Monte”. La pendiente para entonces se iba viendo incrementada.

 
Jesús, José y Pablo, aún temprano en plena ascensión al Posets. (Foto: narcís).

 
Jesús, Pablo y José, momentos previos a acometer la Canal Fonda, la cual aquí se aprecia alineada con su primer tramo en sombra, el descansillo, segundo tramo soleado, y salida por la izquierda hasta la base lateral del Diente de Llardaneta. (Foto: Narcís).

Superada la canal, había que salir de ella por una ladera sensiblemente más empinada y con nieve bastante blanda. Es una ladera que desciende bajo el impresionante peñón de roca que configura el Diente de Llardana. Allí las zetas se multiplicaron notablemente. El siguiente paso fue proseguir por la Espalda del Posets. Me volví a encontrar torpe y flojo en unos breves porteos por roca, en contraste con mis sensaciones cuando la progresión se realizaba sobre los esquís, “foqueando”. Al final alcanzamos con éxito un hombro sur de la magnífica cresta de la montaña, y allí dejamos nuestros esquís y las mochilas, para alcanzar la cima caminando, con bastones pero sin necesidad de crampones. La cresta es una preciosidad. Fácil pero muy aérea, con un espectacular “patio” a la derecha que ubica un ibón en aquel momento completamente cubierto de nieve. El tramo apenas tenía sectores con nieve, y el principal de ellos presentaba un sendero marcado con cierta profundidad. Y así, por fin, hicimos cumbre en un panorama hermosísimo de 360º, a las 12h 15’ del mediodía, a 3371 m de altura. La verdad es que el momento desató nuestro júbilo, aunque no somos gente de manifestaciones públicas demasiado efusivas.

 
Aquí estoy, en uno de los últimos porteos previos a la cumbre del Posets. (Foto: Pablo).

 
Pablo, José y Jesús, recorriendo la cresta del Posets, camino de la cumbre. (Foto: Narcís).

 
Los tres amigos posamos en nuestro primer triunfo. (Foto: Narcís).

Al descender por la crestería, nos fuimos cruzando con el resto de montañeros que aquel día se encaminaban hacia el mismo objetivo. Ya con los esquís puestos y sin pieles, acometimos un descenso de buena pendiente, pero gran anchura. El descenso resultaba sencillo, aunque con nieve de poca calidad. Al principio dura sobre superficie venteada (incómoda) y poco a poco transformándose aunque sin llegar a alcanzar ese punto “primavera” suelto y agradable hasta casi el final. Eso sí, desde una perspectiva estética, el entorno mostraba buenas palas, con un manto amplísimo en anchura y un trazado precioso y variado. Bajamos por detrás del Diente de Llardana y por el Tucán de la Canal, un trayecto diferente al del ascenso. Primero las palas de nieve dura. Después algún tubo fácil y más palas con nieve primavera. Más tarde una larga ladera por detrás del Diente, hasta alcanzar un paso estrecho y llano. Y finalmente evoluciones variadas por la derecha, sobre buena nieve primavera, entre rocas y hacia el refugio. Cuando la nieve empezó a desaparecer, un porteo de unos 15 minutos nos dejó de regreso en el refugio en torno a las 13h 30’.

Allí bebimos, recogimos, empacamos, pagamos, nos despedimos del amable guarda, nos cambiamos de calzado y empezamos el porteo descendente por la misma senda de ascenso de la tarde anterior. Ahora mucho más llevadera cuesta abajo y con las manchas de nieve más blandas. A las 16h estábamos en el coche y decíamos adiós, temporalmente, a nuestro magnífico guía Narcís.

Ya he comentado que nuestra jornada intermedia de descanso fue bien aprovechada, así que entraremos ahora en harina respecto a nuestro segundo objetivo: el Aneto, el techo de los Pirineos con 3404 m de altitud. Su “ataque” se pergeñó ya de víspera, con suculenta y temprana cena y dejando todo preparado de antemano, tanto para la larga jornada de esquí que se avecinaba, como para la posterior partida del largo viaje en coche de vuelta a casa. Los esquís durmieron en el coche con las pieles colocadas, y las mochilas listas y completas. Nos acostamos pronto en nuestra habitación de albergue, que ya en velada de viernes, se había ido completando con algo de gente. Los días previos habíamos estado casi a solas, disfrutando del salón y el comedor y disponiendo de una habitación colectiva con baño en exclusiva para nosotros. Buen alojamiento en las instalaciones de la Escuela de Montaña de Benasque.

Nos levantamos a las 4h 20’ de la mañana y desayunamos copiosamente. A las 5 nos reunimos en Benasque con Narcís. Accedimos en coche a los Llanos del Hospital, y empezamos la ruta aún de noche sobre las 5h 45’ de la mañana. Caminábamos bajo un cielo estrellado y con el apoyo lumínico de nuestras linternas frontales y ya calzados con las botas de esquí. Era agradable vivir una experiencia diferente, con aire aventurero. Empezamos por la pista que se acerca al plan d’Estan. A ratos caminábamos sobre seco y en ocasiones sobre un poco de nieve dura. Había bastante movimiento de gente por el doble hecho de ser fin de semana y coincidir una reunión convocada por el Club de Fondo de los Llanos. No se hizo esperar demasiado el momento de descargar los esquís de la mochila y deslizarnos sobre ellos. Durante varios kilómetros el progreso era muy sencillo por lo plano de la pista y su tímido desnivel ascendente. De frente surgió una elegante luna menguante, estrecha y afilada. Una visión mágica que nos duró bastante rato, hasta que el amanecer, lentamente, fue haciéndose evidente y recargando nuestras pilas emocionales.

Al finalizar la pista nos enfrentamos a la ladera norte que lleva hacia el refugio de la Renclusa. La nieve estaba dura pero adherente. El entorno consistía en un bonito salpicado de árboles, llevadero por la poca densidad de unidades. Para entonces hacía rato que habíamos apagado y guardado nuestras lámparas. El ascenso era duro, pero Narcís puso un ritmo moderado, aunque constante y sin paradas. A la altura del refugio nos dimos un breve pero merecido descanso. Desde nuestra posición podíamos ver a varios grupos de montañeros progresar por las laderas y vaguadas de nuestra derecha. Sin embargo, nosotros, gracias al acierto y conocimiento del terreno de nuestro guía, volvimos a progresar pendiente arriba en rumbo casi directo hacia el Portillón Superior (norte puro), eludiendo tener que perder altura en alguna loma y ahorrándonos algo de rodeo. Descansábamos muy pocas veces y muy poco tiempo, para echar un trago o comer alguna barrita. A medio camino de aquel largo y duro tramo de ascensión nos encontramos con la progresión del sol y llegó el momento de ponerse las gafas, hasta entonces innecesarias. El buen hacer del ritmo propuesto por Narcís hizo que el alcance del paso del Portillón Superior llegara con sensación de prontitud y sugiriéndonos que el ascenso estaba claramente a nuestro alcance. Poco antes de tan singular paraje algunos pusimos las cuchillas y las mantuvimos para garantizar la seguridad y facilitar el progreso en un tramo de ladera algo expuesto y con la nieve helada.

 
Aquí estoy a punto de acceder al Portillón Superior. (Foto: Narcís).

El Portillón me enamoró, un diminuto collado parece colarse entre una cresta de roca. La entrada es una cómoda repisa de nieve por la que se alcanza un estrecho pasillo rocoso que tuvimos que superar destrepando con facilidad, pasándonos los esquís unos a otros. Me encantó este tramo de transición que de forma asequible aportaba un toque de alpinismo agreste, de variación, de inter-fase y, sobre todo, de radical cambio de panorama visual, pasando de la sombra al sol, y de una ladera encarada hacia el oeste, a otra que mira al este y prácticamente conforma un valle diferente. Una vez superado el paso nos pusimos de nuevo las tablas y descendimos unos metros de ladera con las pieles puestas. Dicha ladera permite una vista directa de todo lo que falta hasta la cumbre. Parece poco, tanto en altura como en distancia, pero es un engaño óptico, porque la ladera es inmensa y se hace eterna. En realidad recorre más de la mitad longitudinal de la cara nordeste del Macizo de la Maladeta. Pero al principio estábamos optimistas porque hacía buenísimo, parecía cercano el objetivo y paramos a comer algo, beber y descansar. Allí nos encontramos con un grupo de montañeros de a pié guiados por un colega de nuestro guía.

El siguiente tramo resultó el más duro de toda la excursión, una eterna diagonal sin zetas, que aunque no presentaba demasiado desnivel, agotaba por la sensación aparente de no avanzar en distancia y, especialmente, por el terrible calor que reinaba. De hecho, la nieve allí estaba bastante blanda. Narcís, con criterio basado en su experiencia no planteó descanso alguno durante este tramo, lo cual hizo que avanzáramos sin pérdida de tiempo, aunque a costa de sacrificio. Mejor así, el alcance del collado de Coronas se hizo esperar, pero supuso un regalo en forma de reunión, descanso, breve refrigerio y más crema protectora. A los pocos minutos de detenernos allí agotados, el buen humor volvía a aflorar con facilidad.

 
Ni las fotos, ni la vista “in situ” sirven para calcular la distancia real de la larga diagonal glaciar, aunque las diferencias del tamaño de las figuras humanas si pueden sugerirlo. (Foto: Narcís).

El último trecho era una especie de pirámide a la que era necesario acceder con cuchillas por la dureza de la nieve y la pendiente lateral que daba paso a su base. Una vez en ella la nieve se mantenía bastante dura y cada vez eran necesarias más zetas a medida que la cúspide se iba acercando. Curiosamente, esta parte se me hizo bastante liviana en esfuerzo. No así para Pablo, que por falta de cuchillas, mejor pasó a cargar con los esquís en la mochila mientras progresaba con los crampones bien ajustados a sus botas.

La ante-cumbre estaba concurrida. Sin agobios pero con ambiente. Era maravilloso estar allí arriba disfrutando de una temperatura ideal y de unas panorámicas inigualables: en derredor y hacia abajo, hacia los valles que se alejaban y hacia los cercanos “patios” vertiginosos a nuestros pies. Allí nos ajustamos los crampones, nos encordamos y accedimos a la cumbre con calma y seguridad a través del mítico Paso de Mahoma, una trepada horizontal muy sencilla, pero con una exposición bastante impresionante. En la cumbre estábamos felices y satisfechos. Hicimos algunas fotos y disfrutamos del momento de subidón, antes de regresar enseguida a por los esquís para dejar libre el concurrido paso.

 
Esperando turno para un paso más en el tramo de Mahoma. Pablo, detrás con casco blanco en similar situación. (Foto: Narcís).

 
Pablo, José, Jesús y Narcís, felices en la cumbre del Aneto.

Y llegó el momento de desprender las pieles de las suelas de nuestros esquís, apretarse las botas e iniciar el anhelado y larguísimo descenso. Yo ardía en deseos de hacerlo, de completar aquella experiencia que casi 30 años antes había admirado en aquel lejano episodio nacional de la serie de documentales de “Al filo de lo imposible”. La montaña fue generosa y nos regaló buena nieve durante todo el descenso. Arriba dura, pero con agarre noble suficiente y sin las caprichosas irregularidades que en ocasiones quedan como huella de los vientos o las lluvias. Pasada la primera pala, la más aérea, la ladera se hace inmensa en anchura, en profundidad y en longitud. Ofrece multitud de posibilidades y variantes, y la nieve se volvía ya primaveral, suelta y fácil. Un disfrute que racionamos con tranquilidad y numerosos tramos para poder permitir descansar nuestras piernas. En algunos “largos” me dediqué a seguir los amplios y rápidos virajes de Narcís; en otros disfruté de mis habituales giros cortos; y los demás los tracé libremente según la montaña me sugería la acción. Cada cual disfrutó a su manera y el recorrido parecía no acabar nunca, pues nuestro regreso buscaba el lecho del valle de Barrancs, un itinerario diferente al de la ascensión, mucho más apropiado para el aprovechamiento esquiador.

 
Disfrutando del descenso del Aneto. (Foto: Narcís).

 
Jesús en plena bajada. (Foto: Narcís).

 
Aquí estoy en otro viraje. (Foto: Narcís).

 
Pablo en su descenso. (Foto: Narcís).

Finalmente alcanzamos en Plan de Aiguallut y en un lecho de pradera junto al cristalino río nos quitamos los esquís, nos cambiamos de calzado y ajustamos nuestra carga en las mochilas para emprender la larga caminata de regreso porteando el material. Sería duro, pero el paisaje resultaba espectacular. Como estar viviendo dentro de un documental de las Rocosas. Enseguida vimos el sumidero de Forau de Aiguallut, donde el curso fluvial procedente del glaciar, desaparece bajo tierra y se fuga para  regar con sus aguas tierras francesas bastantes kilómetros más allá. Desde allí, entre marmotas y charlando a ratos, alcanzamos la cabecera de la pista matinal, donde descansamos un rato, antes de continuar, rodeados de marmotas juguetonas y vigilantes en labor cooperativa. En un momento dado, nos separamos de la pista para bordear un bonito ibón, y cuando todo aquello estaba resultando quizás ya demasiado largo, alcanzamos nuestro destino. La celebración fue a base de refrescos y tertulia de balance. Nos felicitamos unos a otros por los logros y dimos las gracias a nuestro efectivo, amable y profesional guía, gracias a quien, por discreto servicio añadido, disfrutamos de una envidiable colección de fotos que nos fue tomando durante sendas rutas.

El resto fue puro trámite: regreso al albergue a recoger equipaje, ducha rápida por generoso permiso de la recepcionista, y un largo regreso en coche con mucha ¡pero que mucha!, charla a tres bandas. Creo que mis dos compañeros volvieron felices, satisfechos y emocionados de esta aventura. Cada uno a su modo. Jesús probablemente admirado de lo que él mismo llegó a hacer, con y sin los esquís puestos; y sin duda alguna enamorado del territorio explorado. Pablo encantado de reverdecer viejos laureles de montañismo, de esquís, cumbres, Pirineos, glaciar, cordada y crampones. Aspectos todos ellos que lo han acompañado a lo largo de su vida, de forma intermitente pero siempre recurrente. En cuanto a mí, no encuentro las palabras apropiadas para describir mi estado y felicidad. Ambos quizá sea mejor tratar de comprenderlos recordando la larga introducción que me he permitido antes de contar este viaje. Esa en la que he explicado mi vida esquiadora, mi inicio en la travesía y el tan esperado deseo de intentar estas dos míticas cumbres, ¡Estos Tresmiles!.



4 comentarios:

  1. Espectacular. Vaya experiencia. Envidia me das.

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  2. Hola José: Una experiencia increíble. A propósito de tu referencia a la compra de esquis en San Juan de Luz, por casualidad ¿en PAMPI SPORT?.

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  3. Buff, imposible acordarme, era una tienda que estaba en una plaza muy céntrica, según se bajaba por una calle comercial en dirección al mar. Era verano y nos los dejó baratísimos: dos pares de Dymastar Yeti (unos para mí y otros para un hermano). La aventura no acabó ahí, pues como viajábamos en moto los dejamos en la tienda, y al fin de semana siguiente nos los trajeron unos amigos que pasaban por allí en un Golf descapotable. Las tablas (180 cm)viajaron en los laterales interiores del coche. Las pieles también las compré en Francia. Unas Coll-tex Mohair (todo asesoramiento Chus Aja) que compré en pleno verano en una alucinante tienda de la cadena El Vieux Campeur en París, un auténtico icono clásico del deporte aventura. Batallitas que recordamos cuando nos vamos haciendo mayores.

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  4. Si Si!!. PAMPI. Un tipo muy simpático delgado, de estatura media y calvicie incipiente.Chapurreaba español. Allí compré mis Elan de canto discontinuo y el día 2 de enero los recogi para llevarlos a St Lary y a la vuelta pasarlos por la frontera ya usados. No veas lo celosos que eran los de aduanas. Ya te contaré (si no lo he hecho ya) mis hazañas de contrabandista fronterizo. ¡¡Que tiempos!! ¡¡un franco 15 pesetas!!

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