domingo, 31 de julio de 2016

14. DEPORTE ZEN



No están ustedes ante un texto de carácter religioso. Nada de eso. Tampoco ante una consideración del deporte (practicado u observado) como de una religión. Ni una cosa ni otra. No es este un espacio adecuado ni pertinente para hablar de religión. Ni a favor, ni en contra, ni tampoco desde una óptica neutral y desapasionada. Y respecto a lo segundo, eso de conceder al deporte un rango místico, milagroso, misterioso, divino… y demás atributos espirituales y sagrados, nada más lejos de mi forma de pensar. En cualquier caso, esto último, sí que es común hoy en día. Demasiado común. Es más, creo que peligrosamente habitual. Especialmente entre los periodistas, y entre gran parte de la población que antepone el deporte (consumido y practicado) a cualquier otro asunto vital (salud, familia, educación, ideología…) a la hora de emplear su dinero, tiempo, reflexión y pensamiento, toma de decisión, relaciones personales, etc. Allá cada cual, no es la primera vez que ocurre en la historia de la humanidad, ni creo que sea la última. Y como decía desde la primera línea, voy a tratar de referirme al Zen, algo que no tengo del todo muy claro qué es, desde una perspectiva más bien emocional, sensitiva y espiritual, pero no religiosa. Por emocional me refiero a estados, situaciones, acciones u otros agentes que provocan emociones, es decir sentimientos, sensaciones, estados psicológicos o todo mezclado a la vez. Dicho esto, parece redundante explicar con qué me refiero a sensitivo, pero aún así caeré en el error añadiendo que con ello trato de evocar o advertir el detalle de aquellas situaciones en las que a través de vivencias corporales y mentales, despertamos o nos hacemos conscientes o hipersensibles a determinadas sensaciones perceptivas que a menudo nos pasan desapercibidas, sumergidas en el todo o en el seno de los comportamientos automáticos rutinarios (y en el caso de lo aquí tratado: deportivos). Y finalmente, con lo de espiritual, trato de referirme a aquello que nos hace pensar, o incluso dejarnos llevar mentalmente hacia reflexiones o meros estados de ánimo o pensamiento que se alejan de lo convencional, lo material, lo concreto y lo racional, dejándonos pasear libremente por cuestiones desordenadas (o no), inmateriales, alejadas de los quehaceres cotidianos y de lo objetivo, y cargadas de simbolismo y de una visión cualitativa del mundo y de nosotros mismos. ¡Menudo jardín! Y si todo esto, que parece sugerir que vamos camino de entrar en trance, no lo vamos a buscar por vía religiosa (tradicional o de “New Age”), alguno pensará que lo alcanzaremos por medios ilegales o poco saludables, a base del consumo de estupefacientes o con sobrecarga de bebidas espirituosas. Que no, que no, que tampoco van a ir por ahí los tiros.

Empezaré quizá por lo más difícil, lamentar lo que considero una excesiva falta de espiritualidad en la mayor parte de la población actual. Seguro que no sabré explicarme pero tampoco me refiero a ello con religiosidad. Ni muchísimo menos. Precisamente son varios los excesos de religiosidad, o una radical y equivocada interpretación de muchas de ellas, las causas de muchos de los conflictos más graves que tenemos actualmente en el mundo. Lo mismo que esas habituales corrientes de anti-religiosidad (que en mi opinión parecen radicalismos laicos, que están sirviendo para que muchas personas, cuya ausencia de creencias religiosas les provoca un hueco espiritual que necesitan llenar, lo hagan a base de “cruzadas-laicas” crónicamente centradas en las religiones como objeto de lucha, y por lo tanto eje indirecto de sus vidas) son responsables de avivar la crispación en determinados ambientes sociales. Definitivamente no, cuando afirmo que echo de menos una mayor espiritualidad de la gente, me refiero a cierta alteración en su escala de valores. Una diferente ordenación de prioridades en la que lo emocional, lo psicológico, lo humano y muchas cosas más, se anteponga a lo material, lo económico, lo nítidamente factible. Pongamos algunos ejemplos: una berlina alemana de alta gama es un bien factible, un deseo material, mientras que una buena amistad es un valor inconcreto y una fuente de sentimientos y emociones difíciles de cuantificar. La cuenta corriente es algo fácilmente mesurable y para su crecimiento normalmente emprendemos acciones bastante evidentes y de transacción objetiva, mientras que el bien común de la sociedad es algo mucho más complejo, plagado de desacuerdos y diferentes puntos de vista, y para mejorarlo hay que encontrar soluciones complejas en las que las “transacciones” entran dentro del campo de la moral, la ética, los valores… y lo espiritual. La relación que cada cual tenemos con el mundo, con la vida, con la naturaleza, con los demás, tiene (o debería tener) mucha carga espiritual. Cuando no es así, damos con gente peligrosa e incluso que puede arrastrar algún problema psíquico o alguna sociopatía. Buscando ejemplos más cercanos a “lo nuestro”, son distintas las experiencias vitales que suponen el comprarse una bicicleta concreta, a un precio determinado y disfrutar de la potencialidad de placeres evocados que tal objeto promete (y que quizás no lleguen a producirse), uno de los efímeros efectos en los que se basa el consumismo; y circular en bicicleta por un paraje maravilloso, a solas o en compañía, entrenando o viajando, pero gozando del momento, de los sentidos y de las sensaciones, sin que tal o cual bicicleta tenga demasiado que ver en esa situación.  Como lo más seguro es que aún no haya conseguido hacerme entender, lo dejaré ya con una última sentencia: lamento enormemente la falta de espiritualidad actual en el seno de la humanidad, y como ejemplo de ello, lamento muy especialmente que a pesar del inusitado desarrollo que el deporte ha experimentado a lo largo de los últimos años en el ámbito de lo económico, practicante, técnico, tecnológico, mediático… esté perdiendo, a todas luces, una parte importante de lo que fue su esencia: ¡el espíritu deportivo!.

Y creo que el Zen es algo que tiene mucho que ver con ese concepto de espiritualidad que tan escurridizo de me está haciendo. Tengo que reconocer que el desencadenante de que hoy me haya puesto tan filosófico y metafísico fue la lectura de un libro de Juan Carlos Kreimer titulado “Bici Zen. Ciclismo urbano como meditación”[1]. Aunque mucho antes, la idea de relacionar el Zen (o alguna forma de meditación) con determinadas situaciones de la práctica deportiva, ya se me había pasado por la cabeza, la decisión de intentarlo surgió a raíz de esa lectura. Vaya por delante que mi juicio sobre el libro no es en realidad demasiado positivo. No es una lectura que recomiende. He encontrado en él algunos fallos concretos cuando explica cuestiones documentales de la bicicleta, algo que en realidad apenas hace. Por ejemplo algunas explicaciones relacionadas con cifras de cadencia de pedaleo, así como una equivocada afirmación sobre Leonardo da Vinci (un error demasiado extendido por cierto). Pero esos fallos son lo de menos, lo que no me ha satisfecho es el texto en sí, su ritmo, y sobre todo su contenido, el cual no me “ha llegado”. No se lo tomen ustedes (y menos aún el autor) como una crítica literaria. Únicamente es una opinión personal, modesta, unilateral y basada en mis propias sensaciones. Y sobre libros, como sobre casi todo, cada cual tenemos nuestros propios gustos y preferencias, y no espero ni pretendo que nadie se guíe por los míos. En cualquier caso, como hago casi siempre (más por una cuestión espiritual que de optimización mercantil), me compré el libro, y al mismo agradezco sobre todo dos cosas: haberme provocado este proceso reflexivo y, sobre todo, darme dos pistas bibliográficas sobre dos ejemplares que me interesan, uno de los cuales ya he conseguido y que espero poder leer dentro de un tiempo. Así pues, gracias autor, me siento suficientemente compensado.

En realidad no soy quien para juzgar el contenido de ese ni de cualquier otro libro que hable sobre Zen, porque francamente no sé nada de Zen y además reconozco que es un asunto que nunca me atrajo ni interesó demasiado. Pese a ello, algunas veces me he encontrado con su filosofía o sus enfoques, de forma indirecta, a través de algunas lecturas destacadas a lo largo de mi vida. Lo curioso es que todas ellas provenían de la literatura norteamericana “alternativa” y no de la filosofía oriental. El primer ejemplo de ello fue un libro que, precisamente por eso de los peculiares gustos personales de cada cual, no me atrevo a recomendar a nadie, a pesar de que a mí me encantó. Se trata de un texto raro, muy raro. No sé si algo autobiográfico. Desde luego muy filosófico y con altas dosis de “road movie” en su estilo. Me refiero al “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”, de R. M. Pirsig[2]. El texto, escrito en los años setenta, fue rechazado por ¡121 editores! antes de ser publicado y que consiguiera ¡5 millones! de ejemplares vendidos. Una auténtica demostración de que los editores, en demasiadas ocasiones, ejercen un papel (confío en que involuntario) de nefasto filtro entre los autores y el público. Por otro lado, tal incongruencia, anima a cualquiera a seguir escribiendo, por poco éxito que tenga su labor (un poco de autocomplacencia no viene mal para dar aire a este solitario entretenimiento, je, je). De la mano de Pirsig disfruté de una dosis de ficción viajera motera, descripción geográfica norteamericana, relato de unos días de montañismo, disquisiciones filosóficas, reflexiones docentes y, desde luego, un enfoque diferente y creativo de plantear una novela.

Dentro del fenómeno literario independiente norteamericano, con décadas de adelanto, mayor fama e indiscutible impacto, encontramos a Jack Kerouac, quien es habitualmente considerado como uno de los “padres” culturales de la “generación beat”. Lo de Kerouac es una escritura desbocada, continua, directa e improvisada, que fluye sin interrupciones y se mantiene muy al margen de etiquetas o encorsetamientos académicos. A mí siempre me gustó. Lo curioso es que tan solo me he leído tres obras suyas, y las tres muy espaciadas en el tiempo, con bastantes años de diferencia. Y sin programarlo, accediendo a ellas por orden cronológico respecto a las fechas en que fueron escritas. Durante mi época de universitario me leí “En el Camino”[3] (mejor sería decir “En la carretera”), que desde luego es su libro más famoso. La percibí como una especie de apología juvenil de la libertad y el desenfreno, encuadrados ambos en un ritmo de vida dinámico y en constante movimiento (físico, geográfico, mental y relacional). Sin llegar a los excesos allí narrados, quien más y quien menos, bastantes jóvenes con interés lector, nos sentimos algo identificados con la propuesta de vida descrita por Kerouac, sus aventuras y sus andanzas. Aquella fue la primera fase de una especie de ciclo de vida que he mantenido con los libros de Kerouac. En ellos, el autor me ha mostrado al menos tres fases bien diferenciadas de la suya, mientras yo las iba conociendo en momentos muy diferentes de la mía. Como veremos enseguida, afortunadamente mantuvieron mucha distancia entre sí (especialmente al final). La segunda fase corresponde a la lectura de “Los vagabundos del Dharma”[4]. Aquí el escritor parece poner bastante empeño en encontrar cierto sentido a su existencia, en reflexionar sobre temas bastante espirituales y en bracear en las aguas de la filosofía. Para ello incluye varios pasajes en los que el protagonista, cual monje budista, se acerca a la naturaleza, se busca en ella o a través de ella y se distancia del mundo rodeándose de bosques y montañas. El libro también me encantó en su momento, una época de mucha más madurez, en la que por mi parte ya estaba completamente sumido en responsabilidades laborales, familiares, etc. Parte del libro describe un periodo en el que el protagonista ejerce como guardabosques. Según parece, todo ello se basa en las actividades de Snyder, un amigo de Kerouac, del que seguidamente hablaré. Y realmente no sé muy bien porqué, quizás en un arrebato nostálgico fugaz, surgido repentinamente rebuscando en mi librería habitual, el caso es que hace dos o tres años me topé casualmente con “Big Sur”[5], el tercer libro de Kerouac del que puedo hablar. A su modo, el texto también me gustó mucho y me lo devoré en poco tiempo. Mi impresión es la de haber dado de nuevo con un escritor bastante autobiográfico, pero en un estado vital lamentable y destrozado, quizá por una total falta de reciclaje personal en sus costumbres y estilo de vida. Con ella, en cierto modo se cierra ese círculo vital al que antes me refería, pues el estado de casi permanente borrachera, semi-inconsciencia, soledad y acercamiento a la locura que describe el protagonista, no anda muy alejado, en tiempo y formas, al momento de la muerte prematura del autor, a sus 47 años, a causa de una cirrosis agresiva. Fue pues en el segundo libro de los aquí descritos en el que me topé con el Zen, aunque a través de un autor muy cuestionado por parte de los eruditos en tan transcendental asunto.

Y curiosamente, hace relativamente poco (cuestión de meses), me encontré con un libro de G. Snyder (el amigo guardabosques de Kerouac) titulado “La práctica de lo salvaje”[6]. Los derroteros de la vida de este personaje han sido bien diferentes. Para empezar está vivo, el libro aludido lo escribió en 1990. Ha desempeñado numerosos oficios, primero algunos más manuales y viajeros (leñador, marinero, granjero, guarda forestal) y después otros más intelectuales (escritor – muy premiado - y profesor universitario). De su texto se desprende que es un pensador preocupado por tres temas interconectados entre sí: la naturaleza, la espiritualidad oriental (Zen) y la necesidad de una renovación de lo social.

“Durante uno de los largos retiros de meditación, llamados ‘sesshin’, el ‘Roshi’ nos dio una charla sobre esta frase: ‘El camino perfecto no tiene dificultades; ¡esfuerzate!’. Esta es la paradoja fundamental del camino. Se nos puede exigir no escatimar una gota de sudor en la intensidad del esfuerzo mientras nos recuerdan que no hay obstáculos en el camino y que incluso el propio esfuerzo nos puede llevar a extraviarnos. El esfuerzo por sí solo puede hacer que se acumule aprendizaje y energía, o se consigan logros formales. La disciplina puede alimentar el talento natural, pero por sí sola no llevará a nadie al territorio del ‘paseo libre y fácil’ (una frase de Zhuangzi). Hay que procurar no ser una víctima de la inclinación personal a la autodisciplina y el trabajo duro. Un talento menor puede conducirnos al éxito en nuestro oficio o en los negocios, pero quizá entonces nunca descubramos qué capacidades lúdicas nos habrían dado las mayores alegrías”. (G. Snyder).

Me abstengo de explicaciones, como punto de partida para un ejercicio de reflexión y quizá ¿quién sabe? estimulación de la meditación a partir de los devaneos mentales que este párrafo produzca, no está mal. Las connotaciones para la vida general son obvias, e incluso también para el esfuerzo deportivo o ciclista. La advertencia zen sobre el excesivo culto al sacrificio parece evidente, así como la importancia no siempre valorada de la felicidad encontrada a través de lo lúdico, algo a lo que vengo refiriéndome en mis textos desde hace años.

Y vuelvo ahora a Kreimer, y pese a no haber sido generoso con su texto en mis comentarios anteriores, lo compenso un poco insertando un par de citas, de entre varias que sí que me resultaron sugerentes. La primera tiene que ver con la labor mecánica, restauradora o reparadora del material deportivo (especialmente asumible en el caso de quienes adoramos las bicicletas). Se ubica en el texto tras haber comentado, su autor, la importancia de mantener limpias y ordenadas las herramientas de trabajo y el taller, independientemente del tiempo y esfuerzo que ello implique:

“Cualquiera que viera la escena desde fuera podría decir que exagerábamos la nota. Quienes estábamos ahí sabíamos, como lo saben todos los que han pasado un tiempo en alguna comunidad Zen, que ese cuidado de las herramientas, amoroso y casi humano, tiene el mismo valor que cualquiera de las otras prácticas espirituales que se realizan en ese centro. No hay un nosotros por un lado y las herramientas por otro. El ritual es para recordarnos que ambos somos instrumentos de una misma energía única, totalizadora.
A la tarde o al día siguiente, al volver a coger las herramientas, la sensación que provocaban en nuestras manos lo decía todo. Primero era el reencuentro con ellas, e inmediatamente, con la alineación interna que buscábamos en ese centro. Lo mismo les ocurría a quienes trabajaban en la cocina, en la huerta, en los telares, levantando paredes, hasta los que iban a la administración tenían un tiempo para abrir y para cerrar la tarea. Si algún novato como yo no lo comprendía en el momento, al día siguiente se le revelaba su sentido”. (Juan Carlos Kreimer)

Creo entender perfectamente estas palabras y admiro el poder de la recomendación, tanto como envidio la capacidad para asumirla. Sin embargo me confieso un caso perdido, porque mis tareas mecánicas nunca se cierran, siempre están abiertas, con una larga lista de espera de detalles y tareas por abordar, de forma que recojo poco y mal. En mi disculpa se acumulan varios argumentos: no tengo un espacio concreto para este tipo de trabajo, ni para el almacenamiento práctico y ordenado de herramientas y recambios; los periodos de tiempo que puedo dedicar a este tipo de entretenimientos nunca son programables y aparecen y desaparecen de forma improvisada en mi vida cotidiana; etc. Pero reconozco que son meras disculpas, pues el hecho es que mis mesas de trabajo de lo habitual (lo laboral) también aparentan un terrorífico y estremecedor caos para cualquier persona que a ellas pueda acercarse. Y también mi garaje, etc. Todo ello tiene mucho que ver con mi forma de pensar e interconectar asuntos e ideas… supongo que será fácilmente comprensible para mis lectores más habituales. El caso es que mi alejamiento de lo esperado para un mecánico ciclista al más puro estilo Zen es, muy a mi pesar, absoluto. Y creo que el actual estilo de vida global-occidental (tan “ocupado” y acelerado), del que en realidad procuro apartarme más que la mayoría, tiene bastante que ver con mis dificultades para acercarme al ideal propuesto aquí con respecto a las herramientas. Sin embargo, eso de que la mano y la herramienta se encuentran y se alinean, es algo en lo que de alguna forma creo. Entre otras cosas porque cada día encuentro más lecturas basadas en evidencias científicas que aseguran que la utilización del cuerpo en general y de la mano en particular es fundamental para el desarrollo neurológico, psíquico, intelectual y emocional de las personas. La neuro-ciencia está avanzando mucho en este sentido y aportando muchos descubrimientos de última hora. Que determinados deportes se vengan utilizando con gran éxito como recursos terapéuticos para mejorar el desarrollo neuronal y psicológico con personas que sufren diferentes tipos patologías, retrasos, déficits o singularidades, es algo que día a día va cobrando cada vez más fuerza. A este respecto resulta muy esclarecedora la lectura de un buen montón de páginas (el capítulo 5 al completo) que ya Richard Sennett dedicaba en su obra “El artesano”[7] al fundamental papel que la utilización de la mano tiene sobre el desarrollo intelectual. Y al hilo de todo esto, y de la filosofía o “espíritu” Zen, tengo que reconocer que en mi caso particular, cuando trabajo en reparaciones o restauraciones ciclistas, el proceso y los resultados se ven extraordinariamente afectados por mi estado de ánimo. Tal es así que he aprendido a dejarlo estar, a posponer una tarea, cuando mi actitud no es la apropiada, pues los desaguisados pueden acabar siendo peores que lo avanzado. Por el contrario, cuando la aproximación y el “talante actitudinal” son los adecuados, el trabajo fluye y todo va bien.

La otra cita me servirá para introducir el tema sobre el que en realidad pensaba que iba a escribir: la práctica Zen del deporte.

“En la tradición japonesa y china, los deportes y las artes marciales no tienen como objetivo principal competir y ganar, no ofrecernos la posibilidad de ser mejor que otros. Los bastones y espadas no se blanden para derrotar adversarios: se usa la certeza de derrotarlos, para no tener necesidad de competir con ellos. No se baila con el fin de ejecutar movimientos rítmicos o proporcionar goce estético a otros, las danzas son prácticas que solo buscan armonizar lo consciente con lo inconsciente, y los diferentes estados energéticos de que estamos hechos.
Allá lejos, en la cuna del Zen, las actividades físicas que los occidentales llamamos deportes son consideradas actos rituales. Las respetan – y honran – como artes. Las artes corporales no significan habilidad deportiva, dominio de lo físico, sino ofrecer el propio físico a ese acto. El sentido no se busca a través de destrezas, sino de ejercicios interiores, cuya finalidad es acceder a la transparencia, la alineación, la entrega a esa fuerza que se desprende del sí mismo, cuando este deja de lado su voluntad y se aúna con los movimientos.” (Juan Carlos Kreimer).

Fred Rohé, en “El Zen del correr”[8], trataba la utilización de una forma relajada y abierta de la práctica de la carrera a pié como medio para la meditación, el autoconocimiento, el enraizamiento con la tierra, etc. Huyendo de la búsqueda de resultados y estilos, del sometimiento mental y corporal a un sistema de autodisciplina, sus consejos abundan en la atención a las sensaciones y en una búsqueda involuntaria de la libertad y de la fluidez. La idea es fácil de reconocer porque aunque tales sensaciones no son frecuentes, quien más quien menos, en alguna ocasión, las hemos sentido practicando la carrera o cualquier otra modalidad deportiva. Al menos a mi así me sucede de vez en cuando, en la mayoría de las modalidades deportivas que practico, dentro de las categorizadas como cíclicas (correr, nadar, pedalear, remar…). Son esos momentos en los que la felicidad se te presenta de forma intensa, y tu estado de ánimo y tus sensaciones se funden en una especie de sentimiento integrado con el avance fácil o eficaz, sin crispaciones, sin rigidez, con facilidad en los movimientos, coordinación y… ¿deslizamiento?. En la bicicleta me pasa tanto de forma presente (instantánea; durante el pedaleo) como retrospectiva (con algo de concentración soy capaz de recrearlo mentalmente sentado cómodamente en mi casa). Normalmente lo asocio a un pedaleo agrupado sobre un firme fino y agradable, con temperatura ideal, sin ruidos o chasquidos en la bicicleta, sin dolor de piernas y con una perfecta combinación de cadencia de pedaleo y aplicación de fuerza. Son esos metros o kilómetros en los que te sientes volar. La velocidad me ayuda a provocar la sensación, por eso, en ocasiones, un ligero viento de cola puede provocarlo, pero también sucede sin su ayuda, o ascendiendo un puerto al ritmo adecuado o incluso superando una dura rampa que “te tensa”, danzando de pié sobre los pedales. Por muy mal que lo haya explicado, imagino que es algo que, en cierta medida, a todo el mundo le haya podido suceder alguna vez, y si el entorno acompaña y se funde también en el momento… la experiencia es total y engancha. Tanto, que una de las cosas que nos hace volver a salir en bicicleta, es experimentarla de nuevo. No sé si estos fenómenos de inspiración completa (cuerpo, mente, movimiento y entorno integrados) pueden ser considerados como “momentos Zen”, pero a mí me lo parecen.

Con el kayak también me sucede, aunque en este caso la versión retrospectiva me resulta mucho más difícil. Probablemente todo tenga que ver con el infinitamente menor volumen total de práctica de piragüismo que he acumulado a lo largo de vida, comparado con el de pedaleo. Pero en ocasiones los encuentro igualmente, y entonces, soy tan consciente de ello, que lo aprovecho y lo disfruto hasta que seguramente por cansancio o distracción, como vino se va. Suelo asociarlo a situaciones sin viento, con la superficie del agua como un espejo y la proa cortando la misma sin perturbaciones, mientras mi ritmo de palada tira a ser elevado, pero sin detenerse en hacer demasiada fuerza, sino más bien impulsando la embarcación sin pelear con el agua, simplemente apoyándose brevemente sobre ella y acertando con una dirección rectilínea del casco hacia adelante. Un auténtico placer, efímero, pero maravilloso. ¿Y cuándo desparece qué? Pues nada, al igual que en bicicleta, a trabajar deportivamente (entrenamiento) o a disfrutar de otros placeres como el paisaje o el manejo, mientras avanzamos con la familiaridad habitual, que también nos gusta. Pero al igual que en la bicicleta, también me ha ocurrido en situaciones objetivamente adversas. Por ejemplo remando con una ligera brisa en contra, que además rizaba moderadamente la superficie del agua, e incluso venía acompañada de una fina lluvia como de agua pulverizada. En ocasiones, ese plus de esfuerzo (o eficacia requeridos) me han hecho dar con un ritmo y un estado de concentración tales que han favorecido igualmente que, durante algún tiempo, todo mi ser acabase perfectamente fundido o integrado con la acción en el momento y el lugar.

En cuanto a los patines (siempre en mi personalísimo caso) estos “momentos” también aparecen de vez en cuando. Resultan especialmente breves pero tremendamente corporales, sensitivos y rítmicos. Corporales porque sólo se dan cuando la coordinación de mis extremidades inferiores y la postura de mi tronco son buenas y acopladas entre sí. Sensitivos porque los percibo fundamentalmente a través de sensaciones kinestésicas y de los sentidos. Todo ello, cuando llega a mi consciencia, es porque ya ha incorporado e “informado” a todo mi “sistema perceptivo”. Y rítmicos porque el movimiento depende completamente de una pauta de acentos acorde con el deslizamiento de las ruedas sobre un pavimento sin irregularidades, a una velocidad agradable y deseable, en la que el viento o el exceso de rozamiento parecen haber desertado de poner pegas al avance. ¡Sí! me sucede menos veces, y depende aún más de las condiciones exteriores que en las otras disciplinas, por lo que no dudo que el nivel de dominio técnico personal tenga mucho que ver en esto de lograr mayor frecuencia y duración de “momentos Zen”. Pero eso sí, cuando aparece, uno se olvida de que se apoya sobre rodamientos y siente que se desliza sobre un maridaje perfecto entre la superficie y sus pies. Imagino que algo así deben experimentar los buenos patinadores sobre el hielo intachable de una verdadera pista de competición, calzados con unas flamantes cuchillas perfectamente afiladas.

Tales estados, me resultan tan gratificantes, que desde siempre creo haber meditado (o reflexionado) sobre ellos. Y aunque una de mis conclusiones es que puedo identificarlos mejor, e incluso quizás provocarlos más fácilmente, en las disciplinas deportivas cíclicas, eso no quiere decir que resulten incompatibles con otras modalidades deportivas más abiertas o complejas en cuanto al abanico motriz de posibilidades de acción. De hecho, me he propuesto indagar algo más al respecto, y para ello empezaré con la mencionada lectura sobre el Zen y el esquí alpino[9], y quizá siga con la mítica aplicación al tiro con arco tradicional japonés[10][11]. Siento verdadera curiosidad por sus enfoques, descripciones y sensaciones.

Para terminar voy a hacer alusión a un par de ideas que he encontrado repetidas en varias ocasiones a lo largo de mi raquítico acercamiento a la filosofía Zen. Una es la casi permanente alusión que se hace al concepto de camino. El peregrinaje, viaje o vagabundeo es una referencia constante en todos los textos que he leído relacionados con el Zen. Siempre afirmo que una de mis interpretaciones favoritas del deporte es aquella que toma la forma de viaje. El deporte como medio de transporte o traslado, como posibilidad de disfrute nómada. En ello encuentro otro nuevo punto en común entre los dos conceptos que titulan este capítulo. De todas formas me he topado con advertencias y sentencias atribuidas a diferentes maestros Zen, en las que se afirma que tal camino no debería ser rígido ni firme o claramente marcado, sino que fluye y varía a través de ocasionales exploraciones, improvisación, dejarse llevar y bifurcaciones. Para más aclaraciones diríjanse ustedes a un verdadero maestro Zen, para que les oriente, pues fiarse de mis reflexiones sobre el tema podría hacerles tomar una senda equivocada (valorado esto desde un verdadero punto de vista Zen).

La otra cuestión final tiene que ver con la concepción humana. El Zen, al igual que la filosofía existencialista, asume el alejarse de una concepción dual del ser humano. Los existencialistas (creo que) sugieren que nuestra relación con el mundo se da a través de la práctica (volvemos aquí a la mano, el cuerpo, la experiencia…). El Zen preconiza que el sujeto es mundo, no una parte de él, y por ello busca que huyamos de varios dualismos habituales en otras tendencias de pensamiento: nosotros – el mundo, mente – cuerpo y nosotros – los demás. Y el cómo puede afectar esto a nuestra práctica deportiva podría comprimirse de forma elocuente parasitando a mi antojo una frase recomendada por Craig Bourne[12] (“Pensamiento y motocicleta. Otra visión de la filosofía”) para los moteros:

“No pienses, conduce [pedalea, rema, patina, esquía…]. Inclínate con la moto, sé uno con la moto [bicicleta, kayak, patines, esquís…]”. (Los corchetes y el contenido que comprenden no son del autor).


[1] KREIMER, JC.: “Bici Zen. Ciclismo urbano como meditación”. Kairós. Barcelona, 2016.
[2] PIRSIG, RM: “El Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”. Mondadori. Barcelona, 1999.
[3] KEROUAC, J.: “En el camino”. Bruguera, 2ª edición. Barcelona, 1983.
[4] KEROUAK, J.: “Los vagabundos del Dharma”. Losada, 3ª edición. Buenos Aires, 1978.
[5] KEROUAC, J.: “Big Sur”. Adriana Hidalgo, 4ª Edición. Buenos Aires, 2007.
[6] SNYDER, G.: “La práctica de lo salvaje”. Varasek. Madrid, 2016.
[7] SENNETT, R.: “El artesano”. Anagrama. Barcelona, 2009.
[8] ROHÉ, F.: “El Zen del correr”. Integral. Barcelona, 1988.
[9] McCLUGGAGE, D.: “El esquiador centrado. Hacia la conquista del Ch’i”. Cuatro Vientos. Santiago de Chile, 2009.
[10] BROWN, JE.: “El arte de tiro con arco” + COOMARASWAMY, A.: “El simbolismo del tiro con arco”. Olañeta. Mallorca, 2007.
[11] HERRIGEL, E.: “Zen en el arte del tiro con arco”. Traducción de Jorge Thomas.
[12] BOURNE, C.: “Pensamiento y motocicleta. Otra visión de la filosofía”. Alianza Editorial. Madrid, 2010.

2 comentarios:

  1. Pues si:
    Debo decirte que a mi manera he vivido esos momentos que describes. Soy muy dado a reflexionar mientras pedaleo solo. A imaginar, a planificar asuntos, a hacer balance de determinadas épocas, a pensar sobre mi y la familia lo cual hace que los km pasen sin darme cuenta.

    También he vivido momentos maravillosos. Recuerdo especialmente uno en el páramo soriano. Era primera hora de la mañana y en una leve bajada asusté a una abubilla que huyó volando en mi misma dirección. Aleteaba a la altura de mis ojos a unos de 2 m de distancia. La experiencia duró 15 segundos no mas, pero fue algo indescriptible. Otro momento ZEN piragüero fue en el canal de castilla bajo una tormenta de muerte acompañada de rayos, “centollos” y fuerte viento en contra.
    Lo pasé mal pues me dio por pensar en la caída de un rayo sobre el remo.
    Ahora me acuerdo y disfruto del momento pero aquel día… ¡Jobar con el ZEN!

    José, en lo de las herramientas vamos de la mano. Ya no necesito acudir al gimnasio. Las idas y venidas en el taller buscando la llaves de radios, el cortacables, la allen de 8 etc hacen innecesaria esa cita. No sabes la cantidad de km y de flexiones que se pueden hacer en un espacio de 10 m2.
    Eso de tener cada cosa en su sitio y no perder tiempo en buscar, debe ser una experiencia mística. Algún día contrataré un coacher -que no sea Isabel- que me asesore sobre el asunto.

    Para acabar. Debo indicar que modestamente he descubierto mis momentos ZEN sobre la bici y todos o casi todos se encuadran dentro del ciclismo retro. Tanto el proceso de restauración de una máquina, como el pedaleo sobre la misma, con la visión del calapié, la zapatilla de cordones, el bidón en el manillar, los riñonazos y las cadencias asincopadas, (sin echar el bofe por supuesto) hacen que la experiencia sea muy, muy gratificante. Agradezco enormemente el día en que descubrí esta forma de disfrutar de la bici.

    Disculpa el rollo.

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  2. Zen o no Zen (especialmente para la mayor parte de nosotros que provenimos de una cultura occidental) el caso es que según parece a todos el ciclismo en solitario nos produce muchos momentos de reflexión y disfrute, por no hablar de muchas otras sensaciones que rara vez encontramos de otra manera.
    Un abrazo.

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