domingo, 29 de marzo de 2020

THE BOAT RACE


No es ningún secreto mi pasión por los eventos deportivos de larga tradición. Cualquier lector de este blog, casual o habitual, enseguida se da cuenta de mi interés por las versiones “retro” de diversas modalidades deportivas, por la historia deportiva en general, así como por el origen y evolución posterior de algunas competiciones que, con el paso de los años, han acabado convertidas en emblemas casi tanto o más culturales que deportivos. Algunas de esas celebraciones ya han sido tratadas en este espacio, pero la de hoy lo hace con méritos que nadie puede poner en duda, porque estamos hablando de una regata de remo que en 2020 alcanza su 166ª edición ¡casi nada!. Me refiero al desafío que anualmente, desde 1829, celebran los equipos de remo de las universidades de Oxford y Cambridge en aguas del río Támesis. Un acontecimiento que en su escenario físico, las riberas y los puentes del curso fluvial, reúne a unos 250.000 espectadores, y que algunos millones siguen por la retrasmisión televisiva de la BBC.

Todo empezó cuando dos amigos, Charles Wordsworth (sobrino del poeta William Wordsworth) y Charles Merrivale, se reunieron unas vacaciones en Cambridge y, entre otras cosas, se entretuvieron remando. Cada Charles era estudiante de un “college” perteneciente a cada una de las dos prestigiosas universidades, Worsdworth de Oxford y Marrivale de Cambridge. El caso es que se les ocurrió una disputa deportiva entre sus respectivas universidades y consiguieron que, aquel año, Cambridge retara formalmente a Oxford a una regata de remo en las aguas del río cerca de Londres, con la idea de que ambas universidades estuvieran representadas con sendos botes de ocho remeros. Las personas encargadas de formalizar el reto, Mr Snow (Cambridge) y Mr Staniforth (Oxford), se conocían bien porque habían sido compañeros de escuela ¡y de remo! En el prestigioso colegio de Eton, cuando eran más jóvenes. Así que todo esto “apesta” (en una apreciación positiva de la palabra) a efervescencia del desarrollo pionero del “deporte moderno” en la Gran Bretaña académica. La escolar y la universitaria. Herencia directa (en realidad más bien indirecta) de las metodologías de organización escolar de Thomas Arnold. Aquel primer desafío se llevó a cabo en Henley on Thames en junio, y Oxford lo ganó de calle. Quizás por ello, durante los siguientes 25 años, la prueba se desarrolló de forma bastante irregular. La segunda edición, en 1836, se mudó a Londres, lo cual generó cierta disputa de preferencias, pues Cambridge sentía querencia por Londres, mientras que Oxford por Henley. El recorrido experimentó algunos traslados y variaciones durante las primeras épocas de la regata. Incluso hubo ediciones en las que se remó en el sentido contrario al actual, es decir, descendiendo río abajo. Pese a ello, el recorrido actual, sobre el que más adelante volveremos, parece definitivo, pues lleva decenas y decenas de ediciones de consolidada reiteración. En este sentido, ni mucho menos se rema contracorriente, porque siempre se programa un horario coincidente con los momentos de marea ascendente.

La edición de 2020 es la número 166 en el caso de los hombres y 75 en el de las mujeres. Más tarde haré alguna referencia a los avatares sufridos por la prueba femenina. Por el momento baste señalar que esta es la quinta vez, en toda la historia, en la que las regatas femenina y masculina comparten el mismo día y el mismo recorrido.

Como no podría ser de otro modo, en un evento con una trayectoria tan longeva, la historia de la regata está cargada de anécdotas. Sufrió algunas interrupciones por causas diversas, principalmente por sendas guerras mundiales. Y también llegó a celebrarse en versión “no oficial” hasta en cuatro ocasiones. En 1912, con un tiempo de perros, naufragaron ambas embarcaciones. Oxford iba ganando y pudo orillarse para achicar y continuar, pero no hizo falta porque Cambridge, retrasado, no podía continuar, ¡victoria para los de azul oscuro!. Naufragios ha habido varios por parte de sendos bandos, aunque creo que más en el caso de Cambridge. Y también alguna que otra colisión.

Las chicas de Cambridge en pleno esfuerzo en aguas bastante revueltas. (Imagen: Mathew Childs - Reuters).

Únicamente en una ocasión el asunto quedó en tablas. Fue en 1877, cuando el árbitro principal (entonces único) decretó un polémico empate. Aquel día se reunieron muchos inconvenientes: mal día con escasa visibilidad, ausencia de unos ya clásicos puntos de referencia para facilitar la alineación visual en la línea de meta, y el hecho de que aquel juez había cumplido ya los 70 años y era tuerto. Parece un chiste pero no lo es, el caso es que Oxford se sintió claramente perjudicado y fueron muchas, y de lo más variopintas, las historias e interpretaciones que corrieron al respecto. La polémica regresó a los medios hace relativamente poco, en 2012, cuando un manifestante australiano interrumpió la carrera como protesta contra los recortes, el elitismo, etc. El juez principal tuvo que detener la regata en determinado punto del recorrido y la prueba se reanudó un tiempo después, desde aquel punto, pero con los botes saliendo sin diferencias. Lo que no pudo haber, fue cronometraje. No se decidía la regata sin cronómetro desde sus épocas pioneras. Una vez reanudada la competición hubo un contacto entre las parlamentas, a causa de la cual Oxford partió un remo. El árbitro interpretó que aquel incidente había sido culpa del propio Oxford y se debía seguir adelante. Finalmente, Cambridge se adjudicó la victoria, mientras que el proa de Oxford sufrió un colapso por sobre-esfuerzo y debió ser trasladado de urgencia. Ante tal panorama, la celebración de los vencedores fue, probablemente, la más discreta de la historia.

Parlamentas en contacto. (Imagen: universityrooms.com).

Las traineras de Pedreña y Orio en plena disputa. También hay roces ocasionales en banco fijo.

Ya que hablamos de embarcaciones podemos hacerlo de motines. Que se sepa, en la historia de ambos equipos ha habido dos. Ambos en Oxford. No es que fueran motines surgidos a bordo ni en plena regata, sino una especie de intentos de golpes de estado por parte de los integrantes del equipo durante su periodo de preparación. El primero ocurrió en 1959, cuando parte de la tripulación quiso remplazar, finiquitar o sustituir a su presidente. La figura del presidente de cada equipo es parecida a la del capitán, es un remero designado por cada universidad que finalmente tiene la potestad de configurar la alineación titular (aunque para ello tienda a respetar la que proponga el entrenador). Presidente del equipo, juntas de los clubes, representantes de diferentes equipos de remo de cada una de las dos universidades, etc. Son todas figuras y cargos que ostentan funciones y roles complejos, relacionados con protocolos que se han ido acuñando a lo largo de más de un siglo de tradición deportiva. De hecho, en aquella ocasión, ciertos representantes de Cambridge resolvieron salvar al presidente de Oxford, lo cual acabó disolviendo el motín. Curiosamente, al final, Oxford, sin algunos de los amotinados, acabó ganando el desafío.

Pero en 1987 volvieron los nubarrones para oscurecer el ambiente de entrenamiento de Oxford. Tras haber sufrido una severa derrota el año anterior, a través de un remero norteamericano, el equipo consiguió enrolar a otras cuatro figuras del equipo nacional de los EEUU. Durante el largo proceso de entrenamiento fueron surgiendo varias desavenencias entre los “yanquis” y el entrenador, del que criticaban unos métodos de entrenamiento excesivamente extenuantes, en su opinión anticuados, y con exceso de trabajo de “tierra”. Para colmo, quisieron sacar del barco al presidente, quien disputaba el puesto a uno de los suyos. Su pedigrí deportivo y otros factores hicieron que parte importante del resto del equipo se dejara llevar por el motín. Pese a ello, el desenlace trajo consigo la expulsión de los americanos y la victoria de Oxford en la regata contra todo pronóstico. Del asunto, no mucho tiempo después, surgieron libros defendiendo sendas versiones. Uno de ellos, ofreciendo la versión del entrenador, fue publicado como respuesta a otro que abogaba por la razón de los amotinados. Aquel libro, el de respuesta, parece que fue bastante duro, contundente y crítico, y sirvió de base argumental de la película “True Blue” (dirigida por Ferdinand Fairfax), una cinta bonita de ver, y entretenida para los amantes de este deporte.

El asunto de los motines en el remo no debe tomarse a la ligera. En mi trayectoria como preparador físico de traineras, he llegado a ver hasta tres. Y no es que los remeros puedan ser considerados como piratas o galeotes encadenados al remo por algún pasado delictivo. No, lo que pasa es que se trata de un deporte que integra, como ningún otro, el esfuerzo individual con el colectivo. Entrenando y compitiendo en remo se sufre mucho. Muchísimo. Es una actividad tremendamente exigente y dura. Y el proceso de montar un equipo numeroso (ocho remeros en el caso de esta regata, y trece para una trainera) es a la vez selectivo y plagado de tantas variables intangibles que puede acabarse interpretando como oscuro. Cada remero quiere lograr un puesto individualmente, mientras que cada entrenador busca que el barco rinda como unidad colectiva. El estilo de palada, la frecuencia, el ritmo, son factores que van mejor o peor a las cualidades de cada miembro del equipo. Unas favorecen a unos y otras a otros. Los remeros, además, tienen sus amistades, sus vinculaciones emocionales y se alían o enfrentan a través de diversas dinámicas sociales internas nunca declaradas. Esto último hace que cualquier intento de comprobación de rendimiento entre dos remeros de un mismo equipo resulte imposible, salvo que se haga por vía menos específica (remoergómetro o bote individual), porque de otro modo, sus compañeros de tripulación durante el test, se esforzarán, más o menos, en función de su mayor o menor apego a los evaluados. Por otro lado, se sabe que la suma de figuras excelentes no garantiza la mejor combinación de tripulación. Aquí, tanto o más que en la “sogatira” o en muchas otras tareas colectivas, el denominado efecto Ringelmann causa estragos. Maximilien Ringelmann fue un ingeniero francés que entre los años 1882 y 1887 estudió el rendimiento grupal, precisamente, mediante ejercicios de tirar de una cuerda. Hizo pruebas con equipos que iban desde uno hasta ocho miembros, concluyendo que: a medida que el número de miembros que tiraban de la cuerda era mayor, el esfuerzo de los componentes del grupo disminuía progresivamente. Este fenómeno, que otros llaman efecto polizón, parece explicarse por dos tipos de causas: primero, motivacionales, la combinación de la desmotivación ante tareas esforzadamente repetitivas, con la confianza en que los demás cubrirán el aporte necesario (piensen ustedes en el asunto de los impuestos, por ejemplo); segundo, problemas relacionados con la coordinación de los desempeños individuales durante la acción grupal (algo fundamental para que un bote a remo navegue fino y bien). Como decía, aunque no me afectaron directamente a mí, pude ver crecer de cerca, incluso evaluar, tres motines de equipo de remo: uno contra el entrenador, y otros dos, contra sendos entrenadores-remeros. Nada agradable, aunque todo hay que decirlo, si eres una persona interesada en la observación de la condición humana… interesante.

Pedreña en una de las épocas en las que formé parte de su equipo técnico.

Actualmente, el asunto de “The Boat Race” (como se denomina la regata Oxford-Cambridge) es cosa de cuatro clubes: OUWBC, OUBC, CUWBC y CUBC. O lo que es lo mismo: OXFORD WOMEN UNIVERSITY BOAT CLUB, etc. El OUBC (hombres) se creó en 1829 con el único objetivo de ganar la primera regata.  Su presidente (remero) es elegido anualmente siguiendo unas bases. Su color corporativo es el azul oscuro. Ambos clubes nutren sus equipos con una selección de remeros de los diferentes centros de remo de todos aquellos Colleges pertenecientes a sus respectivas universidades. El color de Cambridge es un azul celeste muy pálido (casi verde), en cuyo origen parece tener algo que ver su fusión con Eton, pues se sabe que, en un primer momento, Cambridge compitió de rosa. El Club fue fundado en 1928. Ambos equipos tienen un barco titular y otro de reserva. De hecho, los de reserva también se enfrentan entre sí cada año. Los botes de Cambridge son Cambridge y Goldie, mientras que los de sus oponentes son Oxford e Isis. A los remeros se les supone un estatus de deportistas amateur, ya que han de ser estudiantes realmente matriculados en sus respectivas universidades. Ello no es impedimento para que se den casos de que haya algunos remeros olímpicos enrolados y se sigan programas de entrenamiento muy próximos a lo que podríamos considerar como dedicación profesional.  Sin embargo, el estatus académico ha de ser real, y en ninguno de los dos casos las respectivas universidades ofrecen ventajas para matricularse a potenciales remeros de interés, o facilidades especiales para entrar y cursar estudios que, además, han de ser de al menos dos años de duración. Este es un asunto que ha estado cerca de irse al carajo en algunas ocasiones, tal es la rivalidad deportiva entre ambas entidades. Afortunadamente, el evento y la tradición no han sucumbido, tal y como viene ocurriendo con casi todas las demás manifestaciones deportivas de alto impacto, en las que el máximo nivel competitivo acaba infiltrándose, acaparándolo todo y arrasando con el espíritu de muchas de las competiciones con más abolengo.

El balance actual arroja una ligera ventaja a favor de Cambridge y lo hace en todas las categorías: 84 victorias en hombres contra 80; 44 contra 30 en mujeres; 31 – 24 en el barco de reserva masculino; y 27 – 20 en el de reserva femenino. Pero no hay que fiarse, porque la disputa permanece y experimenta flujos y cambios de tendencia, tal y como demuestra el siguiente gráfico:

Evolución de victorias de los cuatro botes implicados en la regata. (Imagen: wikipedia).

En lo que respecta a la regata femenina, es un claro ejemplo de conquista progresiva no exenta de dificultades. Su trayectoria se inició en 1927, prácticamente un siglo más tarde. Desde entonces sufrió una cambiante evolución, tanto en saltos de fechas de celebración, como en localización del recorrido e incluso en distancias sobre las que competir. Su estabilidad real se consolidó a partir de 1964. Aún entonces, la regata femenina se encontraba una manifiesta y masiva oposición por parte del público, que consideraba que no se debía permitir a las mujeres participar en tal evento. Todo un nefasto comportamiento clásico que ya conocemos de la evolución histórica de otras disciplinas deportivas y muchos otros campos de la civilización humana. En los años setenta, su regata se trasladó a la zona de Henley. Desde entonces, sus estándares de rendimiento no han hecho más que crecer y ahora, desde 2015, la prueba se celebra en el mismo escenario y recorrido que la de los hombres. Los barcos de reserva de las chicas con el Osiris (Oxford) y Blondie (Cambridge).

Una de las primeras regatas femeninas. (Imagen: theboatrace.org).

Los primeros años, las chicas se disputaban el trofeo en desempeños separados, en los que se valoraba el tiempo empleado y el estilo de remada. A partir de 1935 empezaron a competir simultáneamente, sobre distancias de 500 yardas o media milla, celebrándose en diversos lugares, tanto en zonas de remo de Oxford o Cambridge, como en diferentes tramos del Támesis. El OUWBC fue fundado en 1927, un año antes de la primera regata y aunque su historia está cargada de derrotas, en la actualidad está mostrando una excelente racha de victorias. El CUWBC fue fundado bastante más tarde, en 1941. Hasta entonces, quien representaba a la universidad en la regata era el club de remo del College Newnham. En la edición de 2019, en la confrontación entre los barcos de reserva, el Blondie de Cambridge, como viene siendo habitual, derrotó al Osiris de Oxford. En el de color azul claro iba enrolada una remera española: Adriana Pérez Rotondo, madrileña que está cursando en dicha universidad un doctorado en neurociencia computacional. Ganaron, y a Adriana, que calcula permanecer allí unos tres años más, le gustaría acabar formando parte de la tripulación del primer barco. Fácil no será, ya que, tradicionalmente, el CUWBC viene siendo un yacimiento casi permanente de remeras para el equipo olímpico británico. Su caso tiene mucho mérito porque Adriana nunca antes había remado hasta llegar allí. Había practicado triatlón a nivel de aficionada.

Adriana Pérez Rotondo a bordo del Blondie. (Imagen: Marca).

Entre los hombres, históricamente, destaca la figura de Boris Rankov, que ganó seis veces con Oxford (entre 1978 y 1983). En tres de esas ocasiones remando como “cuatro” y en las otras tres como “cinco”. Su destacado caso llevó al establecimiento de la llamada regla “Rankov”, según la cual ningún remero podrá competir más de cuatro veces como estudiante no graduado y otras cuatro como postgrado. Rankov ha sido el juez de la prueba en cuatro ocasiones, y es profesor de historia clásica en la Royal Holloway University of London. Entre sus investigaciones prácticas, destaca una en la que lideró la reconstrucción de una galera trireme, a modo de estudio práctico de las utilizadas en el Mediterráneo por los fenicios, griegos y romanos. El barco construido en su proyecto de arqueología práctica es una versión ateniense, se llama Olympias y tuvo a la mismísima Armada Griega como entidad asociada al proyecto.

Boris Rankov. (Imagen: Katie Chan - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=39678563).

La espectacular trireme Olympias. (Imagen: ekathimerini.com).

Más popular actualmente, pero menos meritorio en cuanto a resultados, es el caso del actor Hugh Laurie (Doctor House) que trató de seguir los pasos de su padre, quien ya había logrado la victoria con Cambridge e incluso se adjudicó una medalla de oro en los JJOO de Londres en 1948. El hijo participó en la regata en una única ocasión, en 1980, y perdieron.

El actor hecho un chaval (Imagen: telocuentodecamino.com).

Otro caso peculiar fue el de los gemelos Cameron y Tyler Winklevoss, que remaron para los EEUU en los JJOO de 2008 (quedando sextos) y compitieron en el equipo de Oxford de 2010. Su fama les vino, posteriormente, por haber sido co-fundadores de Facebook (en realidad lo que hicieron fue crear una red social con otro nombre, en la que “el otro” se basó para desarrollar la suya. Tras la correspondiente demanda, los hermanos se embolsaron 65 millones de dólares). Sin embargo, no se puede tener todo en la vida, en la regata, con Oxford, perdieron.

Los hermanos Winklevoss remando para Oxford. (Imagen: Richard Heathcote - Getty).

El recorrido de la regata tiene una longitud de 6,8 km, río arriba. Desde Putney a Mortlake. Al equipo que gana el sorteo de moneda previo le corresponde elegir por qué lado (o “estación”) del río disputar la regata. Dichas estaciones son denominadas Middlesex y Surrey (norte, orilla izquierda del río, pero derecha en el sentido de la regata, y viceversa, respectivamente) y ambas presentan ventajas e inconvenientes ya que el recorrido dibuja varios meandros. La salida se da en Putney Bridge. Más adelante reman bajo Hammersmith Bridge y Barnes Bridge, para finalizar poco antes de Chiswick Bridge. Este trazado se ha venido empleando para la regata desde 1845 hasta ahora. Excepto en tres ediciones: 1846, 1856 y 1863, en las que pese a recorrer el mismo itinerario, se disputó en sentido contrario. Los puntos exactos de alineamiento de las líneas de salida y llegada están marcados por sendos mojones de piedra, levantados en el paseo de ribera. Son las denominadas University Race Bone Stones (URB). La primera se alinea con un par de barcos que se colocan a su altura en el río. La segunda con respecto a un poste colocado en el lado opuesto (Middlesex).

Primeros lances de la regata. (Imagen: menzig).

A la altura del puente de Hammersmith la ventaja de remar por el lado de Surrey puede manifestarse. Según las estadísticas, el 80% de los barcos que han encabezado la prueba al pasar por allí, han acabado venciendo la regata. Sin embargo, si tales estadísticas se filtran, centrando su revisión en las últimas dos décadas, esa previsión se tambalea. Si las embarcaciones van lo suficientemente parejas, el patrón del lado de Surrey puede intentar trazar un rumbo que vaya obligando al otro bote a tener que irse abriendo mucho, sumando más metros a su recorrido. Pero la estrategia tiene que andar jugando con cuidado con el nivel de permisividad que aplique el árbitro. Al acercarse a Chiswick Eyot, donde hay una pequeña isla, se presenta un tramo recto en el que la disputa puede resultar muy directa y decisiva. Antes, durante y después de esa zona, los vientos pueden tener mucha influencia sobre el rumbo a trazar. Los dos récords de la prueba, el de hombres y el de mujeres, actualmente están en poder de Cambridge, pero como las condiciones son cambiantes de un año para otro, y la evolución del rendimiento de los remeros, la tecnología de los botes, los sistemas de entrenamiento, etc. también van mejorando, no es esta un competición en la que la marca sea importante. Lo relevante es quién gana en cada edición. En cualquier caso, las mejores marcas vigentes son: 16 min 19 seg para el barco masculino y 18 min 33 seg para el femenino. Establecidos en 1998 y 2017 respectivamente. Sin duda, se trata de una prueba muy larga para lo que se estila en el remo de élite, el cual vive a la sombra de los JJOO, en los que todas las pruebas de todas las modalidades, categorías, número y género de los remeros, y modelos de barco se disputan en calles rectas no invasivas y sobre una distancia fija de 2000 metros.

Mapa del recorrido. (Imagen: theboatrace.org).

La prueba es arbitrada por un “viejo Azul”, que provine, alternativamente, año tras año, de Oxford o de Cambridge. Básicamente, el reglamento dicta que cada bote ha de remar por su lado, aunque disfrutando de agua libre (sin molestar al otro) puede acercarse a la orilla opuesta a conveniencia. Si esa distancia se corresponde con un largo de barco, el de delante puede incluso cruzar su rumbo con el del perseguidor. En cualquier caso, ambas tripulaciones deben remar bajo los arcos centrales a su paso por los puentes de Hammersmith y Barnes. Como toda persona que haya remado en casi cualquier tipo de embarcación sabe, cuando no hay calles precisas por las que se esté obligado a avanzar, en aguas más o menos abiertas, siempre hay un rumbo concreto por el que resulta más ventajoso desplazarse. Puede ser a causa del viento, la corriente, la distancia geométrica, el calado… los patrones expertos lo saben y lo notan enseguida, y ello hace que los barcos pretendan ir, muchas veces, por el mismo lugar, disputándose la preferencia y acercándose entre sí peligrosamente. Ahí es cuando el árbitro tiene que emplearse a fondo, intentando mantener a raya al bote que pretenda lograr ventaja mediante alguna “falta”. Podría llegarse incluso a la descalificación de uno de los dos contendientes, pero, en tiempos modernos, esto únicamente sucedió en 1990 y fue en la regata de los barcos de reserva. En ocasión más reciente, 2001, el árbitro ordenó detener la competición tras un choque de palas, para reiniciarla acto seguido. El resultado fue una edición muy controvertida, y desde entonces se ha ido creando un panel de árbitros expertos en el que hay cuatro miembros procedentes de cada universidad, para ayudar al juez principal.

Equipo de Cambridge, La Revue des sports, 2 avril 1890, p.1027. (Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61934516).

Equipo de Oxford, La Revue des Sports (Paris), 29 mars 1890, p.1019. (Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61934546).

Ante eventos deportivos de este tipo, enormemente prestigiosos pero muy alejados de los formatos y estándares olímpicos o federativos, siempre ronda la duda sobre cuál sería el rendimiento comparado entre los remeros de los botes de la élite de estas universidades y los de las mejores tripulaciones del mundo del remo de pista. Las comparaciones son odiosas y en realidad estériles, salvo para algunos periodistas a los que a veces les da por alimentarlas, recurriendo a métodos de evaluación frecuentemente chapuceros y faltos de rigor técnico y científico (soy crítico en esto porque hace poco vi un disparate de “comparativa” entre un jugador de fútbol en pleno partido y un atleta de velocidad de la élite mundial, cuyo tratamiento era como para llorar). En este caso, además, son doblemente odiosas. Para empezar, por toda una batería de argumentos de tipo técnico que hacen poco comparables ambos tipos de rendimiento:

  • Por mucho que entrenen y se dediquen al remo los tripulantes de ambas universidades, cosa que hacen, no llegan a la dedicación exclusiva y profesional que empeñan los remeros olímpicos. Lo mismo que tampoco el nivel de apoyo suministrado por sendas universidades se corresponde con el disponible por parte de los equipos nacionales de las principales potencias mundiales del deporte (bioquímica incluida).
  • Tampoco la selección de partida es equiparable. Con mayor o menor flexibilidad, los remeros de Oxford y Cambridge han de ostentar cierto nivel académico, mientras que para la selección de talentos deportivos los equipos nacionales disponen de total libertad, ampliando enormemente sus yacimientos. Sabemos que ha habido remeros olímpicos enrolados en las tripulaciones universitarias, pero han sido casos concretos, en los que han coincidido muchos factores para que fuera así.
  • Las temporadas de entrenamiento y competición son completamente diferentes entre ambos ámbitos. La de esta gran regata es una temporada más invernal y bastante más corta. Con menos competición de calidad y separada del “circuito” del Alto Rendimiento mundial.
  • Estos universitarios han de aprender a remar en condiciones muy adversas, con oleajes que, en ocasiones, provocan naufragios o llegan a estar cerca de hacerlo. Condiciones para las que hay que prepararse y que jamás se dan en las otras competiciones, en las que si la meteorología es adversa, se suspenden las regatas. Esto mediatiza la preparación y el entrenamiento, porque en el segundo caso se entrena para ir muy rápido en condiciones bastante ideales, mientras que en el primero se entrena para remar casi en cualquier condición. Lo cual a veces implica ser capaz de avanzar lentamente, pero más rápido que el barco contrario.
  • Y por último está el tema de la distancia. Casi 7 km contra 2, de aguas algo abiertas y pista, respectivamente. Ello supone un tiempo de esfuerzo de algo menos de seis minutos para los “ochos” olímpicos (todos los barcos de hombres ganadores bajan de los siete minutos, incluso los de un remero), comparado con los 16 minutos largos de la regata del Támesis. Ello implica demandas fisiológicas suficientemente alejadas como para requerir preparaciones diferentes e, incluso, hasta perfiles deportivos algo distintos. Básicamente, el componente aeróbico cobra más importancia relativa en el río, mientras que en la pista el componente anaeróbico, sin ser predominante se hace bastante más presente. Todo ello tiene que ver con la fuerza específica aplicable y algunas cosas más.
  • Independientemente de todo lo anterior, que a nadie le quepa duda, los remeros de élite son mejores que los de las dos universidades británicas. ¡Claramente mejores! No hay ninguna discusión al respecto. Si alguien se empeña en escarbar más en la cuestión es porque quiere establecer algún tipo de ambigua medición del tipo de: un poco mejores, muchísimo mejores, etc. Ha habido épocas en las que, para los remeros olímpicos, esta regata estaba considerada como una especie de manifestación folclórica, rayando en cierto desprecio hacia ella. La verdad es que el nivel de empeño que actualmente invierten los equipos en su preparación está consiguiendo que, en los últimos tiempos, de cara al público, entendido o no en el asunto, muestren un nivel más que suficiente como para darle emoción, prestancia deportiva y justificación de la atención.


Estas últimas reflexiones tienen que ver con la segunda odiosa naturaleza comparativa que habíamos dejado aparcada, la cual surge de la manía de pretender medir, generalizar, simplificar y someter toda manifestación deportiva a unos patrones globales habitualmente marcados por las esferas olímpica o federativa. Lo han intentado con el tenis, el golf, el baloncesto y casi cualquier tipo de disciplina deportiva. Pero la NBA no se achica, ni el Masters de Augusta, ni Roland Garros, ni un largo etc. de eventos con gancho, tradición o buen hacer. Hace años que en España se cargaron los verdaderos Juegos Escolares, los cuales fueron fagocitados por la organización federativa con el beneplácito (y alivio) de las administraciones públicas. Para eso, los anglosajones (en este caso los británicos, y en otros muchos los norteamericanos con su imponente sistema deportivo universitario) son muy mirados. Probablemente por cuestiones de tradición pionera, el sentido de la competición vinculada a los sistemas académicos cobra especial relevancia para ellos. Esta regata del Támesis es un buen ejemplo de ello, por lo que, el nivel comparado de estos remeros con los otros está completamente fuera de lugar. Esto es una competencia universitaria, y parte de su mérito está en que, pese a ello, es capaz de movilizar e interesar a millones de personas. Por eso mismo me declaro fan de la regata escolar de traineras Galerna del Cantábrico, de la que ya di referencias en alguna ocasión anterior. En su caso, con gran acierto, se recupera parte de ese sentimiento académico-corporativo que, bien empleado, acaba convertido en un magnífico recurso educativo. En su caso no promueve una competencia bilateral entre dos instituciones académicas rivales, sino que tal rivalidad se distribuye mucho más y acaba fluctuando con el paso del tiempo, lo cual, todo hay que decirlo, resulta incluso más sano.

Salida de una final en una edición del Memorial Galerna de Cantabria para estudiantes.

Ya he contado alguna vez que la pasada temporada estuve remando un poco en trainera. A causa de ello, este año me he involucrado en algunos de los proyectos que tiene en marcha la asociación Navigatio. Uno de ellos consiste en un proceso continuado de entrenamiento de una tripulación de veteranos que anda barajando una corta lista de objetivos muy sugerentes. Para ello, aparte de la preparación individual que cada uno pueda llevar a cabo por su cuenta, como colectivo, nos reunimos un par de veces a la semana para remar juntos. Un día de labor para ejercitarnos en un foso, y una sesión de fin de semana saliendo a remar en la trainera. Como actividad complementaria, con un carácter más social y cultural, a uno de nuestros “directivos” (Chepe) se le ocurrió que podíamos quedar para celebrar una comida y, de paso, ver juntos la retrasmisión de la regata Oxford-Cambridge (The Boat Race) emitida por la BBC. Para ello buscó un local muy especial: el centro de estudios de inglés Queensgate International College de Santander, donde dispondríamos de un acogedor salón, pantalla grande y hasta un taller de cocina en la que organizar nuestro propio almuerzo. Ni que decir tiene que me pareció una propuesta de lo más apetecible, por lo que me sumé a ella con ganas.

De inmediato, me acordé de un polo de rugby de manga larga que sería ideal para llevar puesto ese día. Hace años (demasiados), uno de mis cuñados viajó al sur de Inglaterra y a Gales en una especie de gira amateur de rugby. Le encargué que me comprara una camiseta de la selección de rugby de Gales pero no cumplió con mi encargo exactamente. Lo que me trajo fue otra bien distinta. Era una de tipo conmemorativo que se había diseñado para celebrar el tradicional encuentro entre los equipos de rugby de Oxford y Cambridge. Tenía un escudo del “match”, una pequeña leyenda, e integraba los colores de sendos equipos, combinados con el blanco. La prenda estaba muy bien y tenía un simbolismo deportivo-histórico muy interesante. El problema es que, tras décadas de uso, llegado este momento, hacía poco que me había desprendido de ella por su mal estado. ¡Qué lástima! Ahora sí que la iba a echar de menos.

Foto de archivo familiar con el viejo polo conmemorativo Oxford-Cambridge de rugby.

Tanto, que no pude evitarlo y me pasé, virtualmente, por la tienda oficial de la regata y… ¡pequé! Repuse mi prenda conmemorativa con otra de distinto diseño, mismas connotaciones, pero específicamente dedicada a la confrontación de remo. Y eso iba a ser lo que decidí que me pondría para ir a nuestro evento social.

Foto actualizada con los nuevos polos de The Boat Race.

Nuestro uniforme (de pareja) era neutral, integraba equivalente referencia a sendas tripulaciones, lo cual representaba bastante bien mi preferencia para esta regata: ninguna. Sin embargo, tengo que reconocer que, de pequeño, recuerdo que cuando la cultura popular española importaba binomios anglosajones (algo que era frecuente), de manera inconsciente e irracional, tendía a inclinarme en favor de alguno de ellos. Oxford-Cambridge, Beatles-Rolling Stones, Liverpool-Manchester, etc. fueron algunos ejemplos, y en todos ellos opté, en aquel momento, por la primera opción, sentimiento de afiliación que, con el tiempo, se ha desvanecido totalmente. Ahora bien, por eso de velar por el eterno interés del evento y el ingrediente que una sostenida rivalidad en el mismo representa, en esta ocasión prefería que Oxford se llevase el gato al agua. A ser posible en las cuatro regatas: las masculinas y las femeninas. Por eso de acercar las cifras de victorias acumuladas, que por el momento sonríen más a Cambridge.

A medida que el evento se ha ido aproximando, el efecto de un fenómeno global no previsto sobre la regata se fue haciendo más drástico. Me refiero, cómo no, al COVID-19. A un  mes vista de la regata, nuestros planes eran los explicados para su celebración (fechada el 29 de marzo). El 10 de marzo ya tenía en mi poder nuestra vestimenta conmemorativa. El 14 de marzo ya quedaba "normativamente estipulado" que no podríamos reunirnos con el resto de miembros de Navigatio, por tener que cumplir con las directrices de confinamiento. Todavía nos quedaba la opción de verlo por nuestra cuenta en casa, a través de Internet, para posteriormente comentarlo por mensajes con los demás y poder rematar esta entrada con algún resultado. Pero, tal y como pintaba el asunto, definitivamente, el 16 de marzo (por la tarde), el comité organizador daba por suspendida la regata.

“Dada la situación sin precedentes que encara nuestro país y cada uno de nosotros como individuos, el bienestar público supera con creces el resto de consideraciones. La cancelación de The Boat Race es con claridad la decisión correcta, pero no sin tristes consecuencias. Nuestro pensamiento está muy cercano a los deportistas que han trabajado muy duro y han hecho inmensos sacrificios para representar a su universidad y ahora no pueden hacerlo”. Robert Gillespie.

No es la primera vez en su larga historia, puede que tampoco sea la última en la que la regata se ve suspendida. En cualquier caso, tras 165 ediciones celebradas, parece evidente que sobrevivirá. Confío en que el año próximo la podamos volver a disfrutar, y que sea por muchas décadas.