lunes, 11 de septiembre de 2023

UN DÍA EN AMPUERO CON TARZÁN

Tenía una deuda pendiente con Ampuero desde mis veinte años. En aquella época fui un par de veces a sus fiestas. Una vez acampando cerca del río y otra en coche con desplazamiento de regreso de madrugada. Entonces, ni encierro, ni toros, ni nada… noche, alcohol y, si se terciaba, chavalas. Errores de juventud y testosterona que hacen que uno se pierda lo mejor, la esencia de la fiesta, lo que justifica la visita, porque lo otro, en realidad, lo hay en cualquier parte, no hace falta moverse de casa.

Así que unos cuarenta años después me planté en Ampuero a vivir un día completo de sus fiestas con la mejor compañía posible: Tarzán. Este Tarzán es uno de los Tarzanes de Ampuero, esos hermanos Aja cuyo primogénito fue de los primeros en correr los toros por delante de la manada. Enamorados de su fiesta, a la que llevan acudiendo décadas con entusiasmo. Nuestro anfitrión, que no es el mayor de los hermanos, ya no corre el encierro. Recientemente octogenario (nadie lo juraría al verle moverse) lo dejó hace pocos años, tras un lance algo comprometido con el vallado. Pero allí vuelve, año tras año, a vivir la fiesta al completo. Y fue él a quién tuvimos por suerte como cicerone.

Myriam posando con Tarzán.

Ya en busca del café matinal, con las calles mostrando la tímida y limpia animación de la gente más madrugadora, nos topamos con una memoria local viviente. Nos explicó el origen de los encierros. En 1940, hubo que mover unas reses por culpa de una crecida del río, y lo hicieron montando un recorrido por las calles. A raíz de aquello, a alguien se le ocurrió la idea de organizar un encierro anual, por lo que, en 1941 se llevó a cabo el primero, que resultó muy localista: con monchinas (esa raza tan montaraz, caliente y poco de fiar, que los ganaderos prefieran que muevan sus perros) y un entramado de trazado levantado a base de ucálitos (mis hijos, a quienes criamos durante tres años en una casa de labranza, en un claro de monte de eucaliptos de Ribamontán, les encanta escuchar esa expresión. No en vano, el grupo de teatro de nuestro municipio se apoda Ucálito).

Paseamos parte de la mañana disfrutando de los detalles de arquitectura de la villa. Abundan en ella las grandes casas de indianos, algunas fachadas de solana abalconadas, tan típicas de la cuenca del Asón, y algunos singulares edificios de pisos de época modernista. Tarzán vivió algún tiempo en el abuhardillado de una imponente casona de indiano, y otro tiempo, en el último piso de un edificio de transición situado en un extremo de la plaza. Como no soy experto en el asunto, he preguntado al respecto del edificio a mi amigo Pedro, arquitecto, y me ha ilustrado con la siguiente información.

«Es una manera de hacer que tiene varias denominaciones porque mezcla elementos y no se adscribe a un movimiento concreto. Racionalismo, cubismo, Decó… Después del regionalismo de los años 20, las nuevas influencias europeas se incorporan a veces de una manera ecléctica, algunas veces solo en la decoración. Bandas que remarcan lo horizontal con ideas expresionistas frente a la verticalidad, ornamentación geométrica frente a la clasicista, ausencia de alero, cubierta plana (al menos en apariencia), paños planos, ventana en esquina, etc.».

Versión urbana de una casa de solana del Asón.

Casa de indiano pariente de los Tarzanes, ahora de otros propietarios.

Los dos Tarzanes mayores posando para el hijo de Chus en el jardín de la casa del indiano. (Imagen: reducida de copia de Bernardo Aja Maruri).

Contemplamos también la iglesia levantada junto a un río y supimos que ha sido rehabilitada y reparada gracias al enamoramiento que Michael Nyman experimentó por Ampuero, sus costumbres, ambiente y cementerio. Para ayudar en tales labores, el compositor dio conciertos benéficos cuya recaudación se empleó en diversos arreglos del templo. Conocí la música de Nyman en los ochenta porque la coreógrafa y bailarina Carmen Werner[1], con quien tuve cierta amistad, utilizaba algunas de sus composiciones para sus montajes de danza contemporánea. Su marido de entonces me regaló algunos vinilos tempraneros, por lo que yo, con el paso de los años, seguí parte de la obra de Nyman en la época de los CDs. La relación de Nyman con Ampuero se vuelve algo más cercana en el caso de Tarzán, pues su hijo fotógrafo-artista, residente en México, conoce personalmente al músico.

Iglesia de Ampuero.

 
Mi primer vinilo de Michael Nyman, todo un descubrimiento.

A medida que se acercaba la hora del encierro, nuestros paseos ya discurrían por el recorrido, donde el ambiente se animaba por momentos y las charangas iban y venían constantemente cruzándose por la misma calle, aportando colorido y musicalidad al epicentro de la fiesta. Nosotros, como la mayoría, ataviados de blanco y pañoleta, como mandan los cánones. Son minutos de jolgorio, alegría y saludos, porque, aun no siendo de allí, siempre se encuentran caras conocidas con las que hay que detenerse. Por ejemplo Adrián, seguro que el más rápido de todos los corredores allí presentes, lo digo porque el castreño es atleta especialista en 100 y 200m, poseedor eventual de récords de la región, y actualmente nuestro mejor exponente internacional en competiciones de skeleton… sí, esos locos que se tiran en trineo por una especie de tubería de hielo.

Charangas cruzándose constantemente.

Por si la sonoridad festiva fuera insuficiente (para nada era así) allí rondaba una pareja al pito y al tambor, acometiendo tonadas muy de la tierra, y claro, como no pueden evitarlo, porque lo llevan en los genes, las cuatro mujeres que nos acompañaban a Tarzán y a mi durante toda la jornada, se lanzaron a bailar jotas montañesas.

 

Bailoteo irresistible.

Los "culpables" del arranque.



Llegado el momento preciso, tuvimos el privilegio de acompañar a unos familiares de Tarzán a subir a su piso para disfrutar desde allí de una vista privilegiada del encierro. El edificio es imponente. Ya el portal le deja a uno impresionado con un enorme mamparo de varios vidrios transparentes, enmarcados todos ellos en molduras de madera que dibujan arabescos y perfiles de estilo modernista o Art Noveau. Ascendimos dos plantas por una hermosa y generosa escalera con amplio patio central, y nos invitaron a pasar a un inmueble que, entre galerías y balcones, tenía vistas hacia tres de las orientaciones cardinales. Así pues, miradores para la recta inicial (y final) del recorrido del encierro, su curva esquinera de 90 grados, y parte de la recta principal. Todo ello multiplicado por dos, ya que el de Ampuero parece que es el único encierro con trazado que se transita en ida y vuelta. Así que allá que nos instalamos, en un balcón sobre la angulosa curva y vista preferente al paso del puente.

El encierro se resolvió con rapidez y, suponemos, bastante limpieza. Hacía buen tiempo y el espectáculo resultó radiante y muy animado. Agradecimos el favor a la familia extendida propietaria del piso y nos fuimos con algunos de ellos a tomar el vermú a un bar de su preferencia. Y es que no hay como ir con los que saben, en este caso locales, porque suelen decantarse por lugares agradables. Este era un bar tranquilo, con sombra, a orillas del río y animación sin exceso. Prefiero no dar nombres para evitar esa actual plaga de influencers que, faltos de imaginación y personalidad, tienden a fagocitar los disfrutes de los demás y a hacerlos públicos a gran escala, contaminando todo aquello que tocan y, en la mayoría de los casos, echándolo a perder.

Con nuestros magníficos anfitriones.

 

A la hora de comer, buscando descanso y calma, nos acercamos a recoger nuestras bolsas y nos plantamos en el parque de arbolado que está situado en la ribera del Asón, cerca de la presa. Instalados a la sombra, algunos aprovechamos para darnos un refrescante baño en la presa, dejando que los chorros de agua nos masajearan toda la espalda. Acto seguido, mantas desplegadas y a comer: bocadillos, jamón, ensalada de tomate propio, patatas fritas, pechugas de pollo, melón… bota con syrah arreglado con moscatel, y unas copas de clarete de Toro bien frío. ¿Y después? La duda ofente… ¡siesta en la hierba!

De picnic

Cambiando el kit de picnic por el de corrida (almohadillas e impermeables), nos tomamos un café en un bar y rondamos por los alrededores de la plaza admirando de cerca el plantel de lusitanos de Guillermo Hermoso. Un rato después, acceso a la plaza y cierta espera de más (9 minutos) para que diera comienzo la corrida.

El rejoneo resultó regular. No malo, pero he visto muchos mejores, y al propio Guillermo Hermoso en faenas notablemente más meritorias. El primero lo resolvió sin grandes florituras y muy trabado en los lances de regate frontal porque el toro no arrancaba y el jinete tuvo que rehacer la maniobra repetidas veces. Mató a la tercera. Su segundo, excesivamente premiado, resultó más vistoso. Muerte inmediata, aunque, quizás, causada por cierto desvío pulmonar, a juzgar por las llamativas emanaciones de sangre por la boca del animal. Aquí Guillermo se lució algo más con un par de piruetas de caballo tordo ante el galope del astado y, sobre todo, con una larga y precisa secuencia cambios de grupa nítidos, claramente marcados y muy bien ejecutados por parte de uno de sus caballos azabaches. Su lance a dos manos no fue lucido, pero el chaval cumplió en general, porque ya tiene oficio más que suficiente y buenas monturas.

El Cordobés pasó por Ampuero sin pena ni gloria. Hay que agradecerle que nos regalara una serie de capote con cada uno de sus toros, aunque ambas pudieron haberse prolongado más, de no haber sido por la intervención de su cuadrilla. En el primero, porque fue un subalterno quien quiso lucirse algo más de lo debido y, aunque apuntaba maneras, el respetable enseguida le puso en su sitio a base de improperios. En el segundo, porque un capotazo absurdo de otro ayudante le robó el toro al torero antes de lo debido, cuando ambos, diestro y morlaco, estaban funcionando bien. Lo de la cuadrilla del Cordobés rozó el patetismo en el tercio de banderillas (sin comentarios). En cuanto a la muleta, su primer toro tenía concentrada fijación con el trapo, pero apenas embestía, por lo que el maestro enlazó pocos muletazos y abuso en exceso de alardes de valentía estática, plantándose delante de su cara y haciéndolo seguir al trapo con la mirada. No estuvo acertado con la estocada y la faena resultó pobre en conjunto. Su segundo toro era más espabilado. Demasiado, cara alta y disperso en su atención, así que con él no hubo chulería ante los pitones. A cambio, el torero supo bajarle la cara con la muleta y lo lidió a cierta distancia, pues el animal amagaba con pararse a media embestida. Pero el problema principal lo puso el torero no sabiendo componer, es decir, dar por finalizadas, de forma clara, cada serie. Después de enlazar algunas embestidas fluidas, parecía cerrar con un pase y… ¡no! Pretendía rematar con otro, pero ya no salía, y entonces intentaba más acciones, y aquello perdía fluidez y esa artística alternancia entre acción y pausa que algunos grandes maestros manejan tan bien. No me gustó. Ese lo mató bien, y un miembro de la cuadrilla, por fin, ejecutó un impecable, fulgurante y limpio descabello.

Lo mejor de la corrida, de largo, fue la actuación de Manuel Escribano. Profesional, completo y estiloso.  En orden inverso a tales calificativos, se puede explicar que el diestro se mueve con arte de bailarín, no hace aspavientos ni muestra brusquedades, lleva el salón a la plaza; es completo porque trabaja el capote (algo que, actualmente, se echa bastante de menos en demasiadas corridas), tiene repertorio de muleta y sabe matar, pero es que además fue él quien despachó los seis pares de banderillas de sus dos toros, y lo hizo con elegancia, clase, repertorio y excelente puntería ¡sí señor!; dicho todo lo anterior, la profesionalidad no hace falta comentarla, pero quedó subrayada con la paciencia mostrada en la furgoneta, a la salida de la plaza, atendiendo con eterna sonrisa a la afición. En conjunto fue mejor su primer toro que el segundo. En todo menos en la estocada que, aunque profunda y a la primera, provocó una hemorragia de boca excesiva. La segunda faena se vio ligeramente penalizada por la falta de arranque del toro en distancia (caso de las banderillas, aunque Escribano supo adaptarse con calidad) y por la pérdida de concentración de parte del público, más preocupado por algo de lluvia y por salir de la plaza con descortés antelación y prisa. Aún así Escribano fue doblemente premiado en ambos toros.

Un lance del rejoneo.

 
Salida a hombros.

El triunfador atendiendo a nuestra cazadora de famosos.

La plaza de Ampuero es generosa en espacio para el asistente, y su diseño garantiza perfecta visión aunque haya gente delante. No se llenó (serían tres cuartos) y el ambiente lo levanta una animosa banda a la que felicito desde aquí, porque el público, de media de edad bastante avanzada, se mostró poco elocuente (salvo para pedir premios). Lo que falló fue la solidaridad y el respeto hacia los demás cuando empezó a llover (último toro). Fue entonces cuando a algunas señoras se las notó mucha más preocupación por su inversión reciente en peluquería, que por el disfrute de los demás, y se abrieron algunos paraguas. ¡A ver si los prohíben de una vez en las plazas, que hay medios sobrados para no mojarse si uno es prevenido!

Tras el festejo taurino, aún tuvimos ganas y energía para volver a tomar algo a la plaza del pueblo e incluso para bailar un ratito. Después, nos despedimos de Tarzán y su compañera, les agradecimos cariñosamente sus atenciones y allí les dejamos dándole al baile. Mi jornada en las fiestas de Ampuero fue memorable. La deuda queda saldada y me alegro de haberlo hecho. Merecen la pena si se afrontan como se debe. Las fiestas populares son un patrimonio cultural valiosísimo que debemos cuidar y, en lo posible, tratar de disfrutar respetando sus esencias más arraigadas. Su valor no se alcanza por la cantidad (de gente, presupuesto, etc.) sino por la calidad de lo propuesto, el arraigo popular y cultural, etc. Y, desde luego, no me cabe duda, ya lo he experimentado en numerosas ocasiones, el mejor modo de conocer y disfrutar de una fiesta de estas características es hacerlo con algún asiduo o agente local infiltrado. El nuestro fue Tarzán, uno de su estirpe.

A la estirpe, al completo, Salvador, Jesús y Chencho Aja, les fue concedido el galardón Encerrona de Oro (otorgado por la revista del mismo nombre) en 2012, por su larga trayectoria como corredores en los encierros de Ampuero. Desde los años sesenta hasta los noventa.

Chus, de rojo, nuestro anfitrión, corriendo en 1981.

Chencho, el más joven, en los ochenta.

Salvador, el pionero de la familia, en el centro de la imagen con camisa blanca. Años sesenta.

Los tres hermanos, alineados horizontalmente delante de los toros. De izquierda a derecha: Salvador, Chus y Chencho.



[1] Carmen Werner obtuvo la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes 2020, y fue Premio Nacional de Danza, otorgado por el Ministerio de Cultura en 2007.

 

martes, 29 de agosto de 2023

VERANO CICLISTA 2023

VERANO (CICLISTA) 2023

Un verano más. Estación que siempre se presta a mucha actividad ciclista de toda índole. Competitiva, viajera, ociosa, etc. No es que yo haya hecho mucho caso a mis bicicletas precisamente, más bien al contrario, poquito. Sin embargo, nunca me separo del todo de ellas, ni del mundo de la bicicleta en general. Muestra de ello, aquí van algunas de mis reflexiones y anécdotas al respecto. No lo es todo, pero sí las que considero de mayor potencial interés para los lectores.

La nueva generación ciclista.

Llevo tiempo diciendo que nos encontramos ante una nueva generación de ciclistas de ruta. Su rendimiento, comportamiento, polivalencia, actitud y espectáculo así lo sugieren. La mejor, desde mi particular punto de vista, de la que he podido disfrutar desde tiempos lejanos, allá por los setenta y, quizás, gran parte de los ochenta. Puede que esté equivocado, pero me gusta pensar que a muchas de las actuales estrellas no les vale únicamente con el resultado, también les atrae la épica, las formas. Tal vez hayan mamado el ciclismo de sus abuelos, saltándose una generación intermedia enferma de especulación resultadista y conservadora, pero el caso es que, ahora, dan la cara, se la juegan y parecen saltarse bastante a la torera las directrices de los perversos pinganillos.

Son varios los nombres propios que, desde mi punto de vista, podrían quedar incluidos en esta nueva generación de grandes ciclistas. Pero no hablaré de todos ellos, sino únicamente de un puñado de campeones muy icónicos. Y empezaré por el que parece ser el preferido de los comentaristas televisivos españoles y de gran parte de mi entorno cercano: Tadej Pogacar. El chaval es simpático, limpio compitiendo, ambicioso y valiente, lo tiene casi todo para ser el rey actual. ¿Casi todo? Sí, casi todo, por eso algunas veces gana, y otras no. A mí me cae genial y me gusta que gane… algunas veces, y otras no. Me explico, ofrece un magnífico espectáculo desde varios puntos de vista, pero desde otros, o en otras situaciones, el espectáculo lo dan otros, y como yo no siento apego unívoco, pasional e irracional a líderes, colores, ideologías, partidos políticos, clubes de fútbol, colectivos, etc. Pues entiendo que se merece ganar en algunas ocasiones, y en otras no. Aparte del carisma que desprende este magnífico corredor, otra cuestión juega a su favor: que sus cualidades (me refiero principalmente a las fisiológicas) le permiten rendir al máximo nivel en las grandes vueltas y en algunas de las principales grandes clásicas, algo que hace mucho tiempo que no era frecuente. Eso enardece a un público cada vez más (afortunadamente) abierto a más de una concepción ciclista que, espoleado por un ejército de periodistas siempre exagerados, creen que estamos ante la rencarnación (tan anhelada), de Eddy Merckx. Lo siento, pero me temo que no es el caso, algo que trataré de explicar (sin grandes profundidades, aquí). Pogadcar es un corredor de grandes vueltas, muy polivalente que, además de ir bien en montaña (capacidad y potencia aeróbicas relativas al peso), rinde fenomenalmente en CRI (Umbral Anaeróbico) y que tiene (y esto es clave para la galería y para poder optar a ganar algunas de las grandes clásicas especialmente duras) un buen demarraje sostenido (capacidad anaeróbica). Por eso, además de su rendimiento en grandes vueltas, lanza ataques en los últimos tramos de finales en alto, y por eso igualmente, puede llegar con opciones a finales de clásicas en las que llegan pocos y totalmente exhaustos. ¿Qué le falta entonces para ganarlo todo (ser Merckx)? Tres cosas: ser el mejor en los puertos y CRI (el esloveno al menos tiene un outsider); disponer del mejor equipo (Merckx tenía al Molteni) y ser el mejor el esprínter puro (potencia anaeróbica) que no lo es ni en broma. Así pues, tiene el mayor número de papeletas para ser el favorito de la gente (las mayorías adoran a los ganadores), y parte de esa mayoría se cree que podría (y debería) ganar siempre, y cuando no lo hace, buscan explicaciones erradas. Pese a todo ello, este ciclista es buenísimo, muy simpático y agradable de carácter, muestra deportividad y compite como un amante del ciclismo, y no como un especulador ruin. Así pues, me encanta Pogadcar… y algunos otros. Además, por lo visto, porque el que no lo pudo ver fui yo, rompió con la antigua tradición (ya era hora) por la que no se podía o debía atacar en la última etapa del Tour.

El Tour 2023.

Como ratificando lo anterior, en 2020 el Tour tuvo un final emocionantísimo con aquella cronoescalada en la que, inesperadamente, el joven esloveno desbancó a su compatriota Primoz Roglic, ganándole la general al final de la carrera. Ambos, bajo mi punto de vista, ya miembros de la mencionada nueva generación. En el 2021 Podgacar volvió a vencer con evidente solvencia y dominio, pero… en 2022 le salió el hueso de Jonas Vingegaard, quien acabó haciéndose con el triunfo porque también es muy bueno (en montaña y CRI; capacidad y potencia aeróbicas relativas al peso, y Umbral Anaeróbico). Mis argumentos anteriores se han vuelto a ver ratificados nuevamente este verano: Vingegaard ha vuelto a ganar. Los fans del esloveno aducen su caída y corta temporada, etc. En TVE un comentarista se empeña es comparar a ambos corredores asignando trabajo, esfuerzo y constancia al danés, e inspiración y clase al esloveno. No voy a entrar en lo de la clase porque es un vocablo indefinible que forma parte del argot ciclista desde hace muchas décadas y que, la mayoría de las veces, no es más que un mero sinónimo de estilo de ciclista de excepcionales capacidades de rendimiento. Pero ¿qué es eso de la inspiración? ¿que hace ataques repentinos y violentos cerca del final de puerto? Eso no es inspiración. La inspiración puede ser artística e incluso, en lo deportivo, táctica, técnica o estratégica, cuando implica cierta creatividad. No es el caso. No niego que esos ataques aportan espectáculo, pero su fundamento es puramente fisiológico, basado en la superior capacidad anaeróbica que Pogadcar disfruta con respecto a Vingegaard. El segundo, por el contrario, ha demostrado poseer mayor potencial en lo aeróbico y en el Umbral Anaeróbico y por eso ha ganado en las CRI y tiene interés en que las etapas de alta montaña se disputen a un ritmo muy alto (el suyo) para asfixiar a todos lo demás y evitar, o minimizar, las opciones de arrebato postrero del esloveno. Y así ha sido, Pogadcar sacaba ventajas pequeñas mediante ataques violentos terminales y algunas bonificaciones, mientras que Vingegaard planteaba alta velocidad constante en ascensos y CRI. Cada cual jugaba sus cartas fisiológicas o de rendimiento y, por eso, los ataques, a medida que el tour iba avanzando, acabaron siendo inútiles, y la cosa acabó como acabó.

En todo caso, como la evidencia no se manifestó en forma de diferencias en la general hasta la CRI, gracias a ambos corredores, hemos podido disfrutar de uno de los mejores Tour que recuerdo en las últimas décadas, así que, por mi parte ¡muchas gracias a estos dos valientes exponentes de la nueva generación!

En todo caso, tal y como sucedía con Merckx, tampoco Vingegaard hubiera podido ganar ningún Tour sin su equipazo. Aunque sea discutible y difícil de evaluar objetivamente, opino que el Jumbo es, de largo, el equipo más potente del Tour actual y, por eso, puede desarrollar los planteamientos de etapas montañosas que el danés necesita. Un día, en plena retransmisión, un aficionado preguntaba por qué el Jumbo parecía estar trabajando para los otros. No era así, estaba trabajando para su líder, estaba endureciendo la carrera todo lo posible, conocedor de la superioridad del danés en el largo esfuerzo y favoreciendo la imposibilidad de que pudieran surgir ataques (anaeróbicos) posteriores ¡Y lo logaron, porque todo el mundo llegó al final exhausto!

Dentro de ese equipo hay un chaval que sí que es uno de mis ciclistas favoritos y que me sigue demostrando su excepcionalidad cada día. Para mí, pasando de rankings, palmarés, grandes vueltas y demás, actualmente, incluso podría sentir que es el mejor ciclista del mundo (aunque eso es algo que ahora mismo no puede serle adjudicado a ninguno). Me refiero a Wout Van Aert. En el 2021 (aquel que casi ganó Roglic pero no lo hizo) el belga, además de trabajar para su líder, venció en las tres etapas más dispares del Tour: la etapa reina con doble ascensión al Mont Ventoux (sé de lo que se trata…) con una cabalgada en solitario bestial, la última CRI y el sprint final en París. Más completo imposible. Ahora ya no gana etapas en el Tour y es probable que en parte sea porque en el equipo son conscientes de que para que Vingegaard venza a Pogadcar, hace falta aplicar todos los recursos en esa táctica explicada. Y Van Aert los aplica más que nadie en este mundo. Es, probablemente, el que durante más minutos y a mayor velocidad media pone al pelotón en fila. Lo hace en llano, subiendo y bajando. Lo da todo y revienta al profesionalismo allí presente. Sin él, hoy en día, puede que nadie pudiera ganar el Tour de Francia. Lo que de por sí muestra un encomiable alarde de generosidad, además es todo un espectáculo.

Dentro del juego exhibido este verano por el UAE y el Jumbo, hubo una etapa en la que los primeros parecieron querer simular que estaban más fuertes que los segundos en los puertos. La cosa estaba entonces aún abierta y, puede que fuera una segunda etapa de montaña consecutiva (no lo recuerdo bien y no me apetece buscarlo para concretar). El caso es que Van Aert, después de un largo e ímprobo esfuerzo llevando al grupo en descensos, llanos y algunos tramos de ascensión, se dejó caer cediendo la labor a otro compañero de escuadra. Supongo que Kuss, quien, a aquellas alturas de etapa, debía ser el único superviviente para acompañar a su líder. Fue entonces cuando el UAE, a través de Rafal Majka, pretendió tirarse un farol para hacer dudar al jumbo en su estrategia. Y es que el polaco se puso a encabezar el grupo como para demostrar que ellos estaban más fuertes. ¡Agua de borrajas! El ritmo bajó tanto que el propio Van Aert volvió a salir a escena y a imponer otro rato de infierno. Un auténtico puñetazo en la mesa.

Probablemente haya gente a quien no le guste recibir la información fisiológica que explique todo lo dicho sobre el pasado tour. Da igual, lo olvidarán pronto y seguirán disfrutando de adjudicar el resultado a cuestiones intangibles (casi religiosas) como la mencionada inspiración, la clase, etc. Sin querer saber nada de las científicas. Es curioso, porque algunos de ellos son los que después más hablan de watios… y los watios, hay que recordarlo, es la medida de potencia en la que se expresa el rendimiento generado por los diferentes tipos de metabolismos a los que me he referido.

Campeonato del Mundo de ruta.

El mundial de ruta de este año puede haber sido uno de los más emocionantes, espectaculares y de mayor nivel de la historia. Ha sido salvaje, brutal y tremendamente entretenido. Tras constantes intentonas de aventura sobre un duro y escabroso circuito, el grupo se fue reduciendo por pura selección natural. Algunas decenas de kilómetros antes de meta, allá iba un italiano escapado. Aunque en la televisión le daban alguna posibilidad, yo no lo veía así, teniendo en cuenta el grupo de purasangres que galopaban a su caza: Pogadcar, Pedersen, Van Aert y Mathieu Van Der Poel. Efectivamente, la diferencia se fue reduciendo y empezaron las apuestas y los favoritismos, mientras los perseguidores hacían algunas intentonas, especialmente en los repechos más duros. Curiosamente, entre los comentaristas de la televisión, ninguno optaba por Van der Poel, que era por quien más me inclinaba yo, reconociendo, en cualquier caso, que el desenlace podía decantarse por cualquiera de los cuatro. De lo que sí estaba convencido era de dos cosas: primera, que en el momento en que dieran caza a Alberto Bettiol este quedaría inmediatamente descolgado; segunda, que alguno de los otros cuatro iba aprovechar ese momento para dar un hachazo brutal que intentase ser definitivo (dos candidatos preferentes: Van der Poel y Van Aert). Lo hizo el holandés, y lo ejecutó a su estilo, salvaje y sin reservas, de modo que se fue, sostuvo como pudo el esfuerzo y fue sacando renta. No es que detrás viéramos después una reserva especulativa (no era ya momento), es que todo el mundo iba ya muy tocado y el derroche de energía del holandés parecía del otro mundo. Para colmo se cayó y… lejos de perder el tiempo con lamentos y cabreos, tan comunes en muchos deportistas, fue práctico y se puso a minimizar costes y tratar de mantener cierta ventaja. Y lo logró, ganado a lo campeón: tras una prueba durísima, preciosa por lo combativa, ante los rivales más prestigiosos, con autoridad, dando espectáculo y ensangrentado. Épica de las de antes.

Un fan de Pogadcar me comentaba días después que había gente que decía que la prueba había sido demasiado larga y dura, y que eso pudiera haber perjudicado ligeramente al esloveno. Discrepo. Si la prueba no hubiera sido tan dura (o hubiera habido pinganillos) el final hubiera implicado a más protagonistas y, cuántos más y mejores velocistas, menores opciones para todos (y, especialmente, para Pogadcar). El mundial fue un Flandes, una París-Roubaix o algo similar, algo que se corre y se gana por selección natural, lo cual exige dureza y ausencia de trabajo en equipo. Poco que ver con, por ejemplo una  Milán-San Remo. En cualquier caso, ovación de gala para esos cuatro monstruos del pedal.

A Van der Poel se le chafó un potencial triplete histórico como consecuencia de una caída previa a la prueba de BTT (lo que no quiere decir que lo hubiera logrado, aunque visto el vencedor, puede que sí). Y es que ganó Thomas Pidcock, quien, con todos mis respetos y admiración es el tercer hombre en el ciclo-cross y en la combinación de ciclo-cross, BTT y ruta. Parece ser que hay corredores de BTT que se quejan de que a corredores de altísimo nivel de ruta se les conserven algunas preferencias de puestos de salida a pesar de no estar dentro del ranking mundial. Tal proceder tiene dos lecturas: una normativa y corporativa, y otra de realidad (o espíritu) de lo que se dilucida ahí. La primera es razonable desde un punto de vista de reglamentaciones o justicia normativa, aunque probablemente la queja provenga del miedo a ser vencidos y del hecho de saberse inferiores. En el deporte en general cada vez encontramos más casos (en todos los niveles y disciplinas) en los que competidores pretenden obtener más logros poniendo trabas de participación a quienes pueden ser mejores, buscando modalidades, competiciones o categorías en las que no haya el suficiente nivel, etc. En ello se basa el éxito de los grupos de edad, de los deportes novedosos emergentes y, por ejemplo, de las cicloturistas competitivas (en las que no están presentes los corredores profesionales). La segunda busca que el espíritu del certamen sea fiel a lo que declara: identificar al mejor del mundo en eso, sea este practicante asiduo o no. En todo caso, a los bikers el resultado se les torció porque gano otro rutero.

Donde no había fallado previamente Mathieu había sido en el ciclo-cross. Ganó a su eterno enemigo Van Aert, los dos reyes indiscutibles de la disciplina. Dos máquinas que no dejan de dar brillo a esta nueva generación de fascinantes ciclistas. Su polivalencia está cargando directamente, en pleno siglo XXI, contra la especificidad y especialización que asoló décadas recientes. Y yo, qué quieren que les diga, me alegro mucho.

Obituarios.

En pleno verano han fallecido dos grandes del ciclismo español. La que mayor eco ha generado ha sido la muerte de Federico Martín Bahamontes, un héroe deportivo de la posguerra, y el primer español en ganar el Tour, además de estar considerado como su principal Rey de la Montaña. Aparte de un grandísimo y espectacular ciclista, Bahamontes ha sido un corredor muy longevo, algo que no han podido disfrutar bastantes grandes campeones de la historia de este deporte. Lo que no han dejado caer en las noticias relacionadas con su fallecimiento es que también era una persona con ocasional mal genio y generador de bastantes enemistades en su época ciclista. No es que quiera hacer leña del árbol caído, simplemente lo comento (sin detalles) porque lo sé, y porque he escuchado varias historias de corredores, directores de equipo, periodistas y organizadores que convivieron con él. Un ejemplo reciente es la afirmación de que se hace eco Marcos Pereda en una entrevista, en la que el entrevistado comenta que el mismísimo Anquetil le dijo que le había comprado uno de sus cinco Tour a Bahamones (Jot Down Sport, 22 agosto de 2023). ¿Pretendo dejarlo caer como un punto negativo en su cuenta vital? Nada de eso, lo que me gustaría es aprovechar la noticia para insertar una brevísima contextualización histórica: el ciclismo español de aquella época era un ciclismo de supervivencia en el que a los corredores que salían alguna vez a competir al extranjero se les abría una oportunidad de apañar algo de dinero mediante premios, pactos, trapicheo de material, etc. Y esa es la historia de parte de nuestro ciclismo y en ella estuvo, igual que los demás, también Bahamontes. Y no es una historia que haya que olvidar, sino conocer, bien contextualizada, para comprender mejor este deporte, su evolución, sus sacrificios y su subcultura.

Pocos días después que la del Águila de Toledo, nos llegó la noticia del fallecimiento de Guillermo Timoner. Acorde con el valor que la prensa da a cada una de sus respectivas carreras deportivas, el eco de esta segunda fue muchísimo menor. Las explicaciones de ello ya las anticipaba en una entrada anterior, de la que ahora, con motivo de su pérdida, extraigo un fragmento.

«El mallorquín fue una estrella singular que consiguió ser seis veces campeón del mundo de medio fondo tras-moto en pista entre los años 1955 y 1965. Hijo de campesinos mallorquines, sintió desde chaval una gran pasión por la bicicleta y ganó un pollo como premio de su primera carrera, disputada sin licencia. Para comprar su primera bicicleta su padre tuvo que vender una cerda y cuando ganó su primer Campeonato del Mundo, en Milán en 1955, tuvo que correr con todos sus gastos para poder participar. Pese a que se decantó por la pista por preferencia propia, algo corrió en carretera, y su calidad quedó demostrada en varias ocasiones. Prueba de ello fue el Critérium de los Ases de 1957, en Zaragoza, en el cual venció a Bahamontes, Suárez, San Emeterio, Charly Gaul y otros». (En este mismo blog, entrada “entrenadores”).

Timoner ha sido también un ciclista muy longevo, me alegro mucho por él. Si algún lector quiere conocer algo más sobre su carrera deportiva y el asunto del ciclismo tras moto no tiene más que buscar la citada entrada en el índice del blog y dejarse llevar por la lectura, descubriendo el origen histórico del ciclismo tras moto, los equipos profesionales en los que militó Timoner y descubriendo aquel espectáculo de carrera que debió de ser la Burdeos-París.

El Camaleón.

Así es como, por lo visto, apodan a Carlos en los círculos del ciclismo retro nacional. A Carlos lo conocí en la que creo que era mi tercera temporada retrociclista. Llegó pues más tarde que yo, pero lo cogió con tantas ganas que permanece en el ajo, combinando la asistencia a eventos oficiales, con una incontable acumulación de quedadas entre amigos. Ese mundillo retro lo tengo prácticamente abandonado. Aunque sigo montando con algunas de mis bicicletas antiguas, hace años que dejé de acudir a eventos e, incluso, de organizar o participar en quedadas, pero en su día, como les suele ocurrir a casi todos los que se acercan a esta afición, acumulé algunas bicicletas y maillots. También Carlos acumuló varias bicis (ignoro si habrá seguido por ese camino), pero por lo que se ha ganado el apodo ha sido por lo de los maillots. Resulta que entre originales que se le ponen a tiro, tuneados por él o réplicas encargadas, Carlos ha acabado atesorando un armario casi infinito con el que se viste, de modo diferente, en cada salida que emprende. Los tiene para todos los gustos, recreando en la mayoría de ellos a algún corredor de la extensa historia del ciclismo. Y como una (mejor dicho muchas) imagen vale más que mil palabras, os dejo aquí un video con algunas muestras de su colección.


Una Alan que es una joya.

Y es que el ciclismo de ruta ha demostrado, a lo largo de toda su historia, tener una enorme capacidad de incidir sobre las aficiones, sentimientos y emociones de su público. Más allá de animar a la gente a practicar el deporte en sí, ha generado el disfrazarse de equipos favoritos, el coleccionismo (carteles, poncheras, maillots, gorras, bicicletas, libros, etc.), la escritura, el arte, el cine, etc. Diferentes personas han sentido el impulso de ir más allá en su amor hacia este deporte y han encontrado algún modo de homenajearlo para, quizás, sentirse aún más vinculadas a él. Ese bien ha podido ser el caso de José Luis Quijano. Aquel hombre vivió con una gran afición al ciclismo, como espectador y practicante. Era electricista de mantenimiento industrial, y, conocida su historia profesional y el resultado de su pasión, no me cabe la menor duda de que debía de ser excepcionalmente competente en su trabajo. Se inició de chaval trabajando en las Trefilerías Quijano de Los Corrales de Buelna. Estoy seguro de que debió coincidir con mi padre, ya que ambos trabajaron para la misma fábrica en la misma época. Lo que pasa es que, lamentablemente, ya no están ninguno de los dos con nosotros para poderlo corroborar. Lo del apellido de nuestro hombre (Quijano) no debe llegar a engaño porque, aunque coincide con el de la familia propietaria de aquella empresa, la realidad es que no tenía nada que ver. Su hija me contó que este hombre dejó Los Corrales para irse a Valladolid gracias a una oferta que le hicieron un par de personas que dejaron la fábrica para fundar su propia empresa. La casualidad ha querido que a uno lo conociera por ser mi padrino. Tengo claro que a todos aquellos a los que tocaron para irse a Valladolid fue porque los conocían bien en su desempeño, por lo que seguro que eran muy buenos.

Dejando de lado la historia personal y profesional de José Luís, voy a centrarme en uno de los resultados de su pasión. Se trata de una maqueta a escala 1:5 de una bicicleta de carretera Alan. Dicho así, parece poca cosa, pero puedo garantizar que es todo lo contrario. El hombre realizó, con sus propias manos y a escala, todas y cada una de las piezas que fue necesitando para montar una bicicleta idéntica a la real, pero en pequeño. Una bicicleta que funciona. Cambia, frena, rueda, etc. No contine ni una sola pieza comprada o fabricada por empresa alguna, todo fue obra de Quijano. Su hija se lamenta porque como pudo disfrutar de la bici recién acabada, ahora le parece deslucida y con algunos achaques. Para mí es una joya. Cuando más la he escudriñado, más pasmado me he quedado. Desviadores de cambio, pedales, frenos, todo ello son minúsculas obras de artesanía de la máxima calidad. Fundas de los cables de los frenos, coronas, cubiertas… ¡tornillos de los radios! Un auténtico trabajo de chinos, pero de los de antes, no de los replicadores industriales actuales. No estamos ante un juguete o una maqueta comercial, es mucho más ¡una auténtica bicicleta a escala! No tiene nada que ver en calidad y acabado con cualquier otro intento que haya visto antes.

No me quiero enrollar más con ello, hay que pasar a las fotos. Aunque antes, he de agradecer a Raquel que me hablara de la bici y de su padre, y que me dejara ver la maqueta, con la que pasé un rato fantástico admirándola y examinándola al detalle. ¡Una advertencia previa a las imágenes! La bici es de tal calidad que cuesta imaginar su tamaño real porque parece una Alan de tamaño normal, por eso en algunas he incorporado mis dedos.

NÚMERO DE PIEZAS QUE COMPONEN LA BICICLETA

Rueda trasera

66

Rueda delantera

60

Cuadro

34

Freno delantero

30

Freno trasero

30

Manillar y potencia

6

Sillín

11

Bielas y pedales

31

Cadena

444

Cambio piñón

24

Cambio plato

18

Piñón

8


 



La bicicleta está acompañada por un dossier de despiece.

Despiece del desviador trasero.

Despiece y cálculos de las coronas del piñón.

El verano se acaba y empieza la Vuelta a España. Lo ha hecho con la policía deteniendo a unos cafres que querían boicotearla a su paso por Cataluña. Gentuza de esa empeñada en privar a sus conciudadanos de un espectáculo que adoran. Ya lo hicieron otros zoquetes en el País Vasco al comienzo del Tour, y acabaron perjudicando a un vasco. Por otro lado, me cuentan que el comienzo de la Vuelta ha sido un desastre organizativo sin paliativos. No lo vi, y he decidido publicar esta entrada sin que haya acabado el verano y sin la Vuelta porque, por motivos personales, casi no la voy a poder hacer caso.