sábado, 15 de febrero de 2020

TRAGICOMEDIA CICLISTA



A veces me da por pensar que quizás mis ideas y opiniones están envejeciendo. Que con el paso del tiempo la sociedad evoluciona, mientras yo permanezco aferrado a un nostálgico pasado. No es una sensación demasiado preocupante, aunque sí ocasionalmente recurrente. Mi afición a la recuperación de objetos, historias o películas deportivas del pasado, se me presenta como un posible síntoma de ello. Así como mi visión crítica con una enorme sucesión de “nuevas” tendencias profesionales, que abundan en varios de los ámbitos laborales en los que sigo desempeñando mi trabajo. En cualquier caso, me salva el enfrentarme a ellos, haciendo puesta en común con algunos de sus adalides (habitualmente más jóvenes que yo) y ratificar, gracias a una evidente falta de fundamentación científica, experimental, etc. que, en la mayoría de los casos, no son más que rápidos “remakes” oportunistas o modas pasajeras sin sustancia, pero con mucha vocación de lograr éxito o rendimiento económico rápido.

Pero por si acaso algo de ese poder estar quedándome atrás fuera real, procuro tomar algunas medidas para evitarlo. En lo profesional a base de formación permanente, contacto constante con la juventud, curiosidad, búsqueda, lectura e indagación sobre aquellas novedades que me parecen interesantes, y mucho diálogo con colegas más jóvenes. Con respecto a lo deportivo, manteniéndome activo en múltiples modalidades, y atento a la actualidad practicada (no de cotilleo) del deporte en general. Y en cuanto a lo cultural, uno de mis mecanismos de actualización consiste en mantenerme fiel a la misma emisora de radio que escucho desde hace ya casi 30 años: Radio 3. En su programación hay espacios excelentes, aceptables, pasables y alguna mediocridad. Yo siempre los escucho cuando me desplazo al volante, que es casi a diario y en una amplia variedad de franjas horarias. Y prácticamente permanezco atento a todos ellos excepto a dos que no mencionaré: uno porque se centra en un género musical que me cansa mucho, y el otro porque no soporto a su presentador. En ambos casos, hago el único cambio de emisora que ejecuto en cualquier ocasión: me paso a Radio Clásica, hasta la hora en que acaba el espacio concreto del que huyo. Entre las razones de permanecer fiel a Radio 3, está el que casi no hablan de política. Hace décadas que estoy aburrido de tertulianos, periodistas que opinan y sesgan noticias para sus “amos”, predicadores de toda calaña, políticos profesionales, etc. La verdad es que incluso en Radio 3, aunque sea de modo agazapado, la política también está presente, pero en dosis infinitamente más moderadas. Y eso que desde el último y reciente cambio de gobierno, se nota claramente como algunos de los locutores (generalmente no pertenecientes a la “vieja escuela musical”) han empezado a tender (aunque levemente) hacia cierto adoctrinamiento personal fácilmente identificable en su procedencia, quizás motivando por cierto intento de peloteo con el poder temporal, por eso de asegurar el puesto de trabajo. Realmente no lo sé, pero lo noto, y repito, son ya casi 30 años fiel a la emisora.

Otro problema diferente, algo que ocurre en cualquier medio de comunicación, pero que me cabrea mucho más cuando se da en los de titularidad pública, es el de la selección de contenidos, o mejor dicho, la selección de artistas, autores u obras a promocionar, mostrar al público, etc. En esto, Radio 3 presume de independencia, lo malo es que esa supuesta independencia a menudo se transforma en puro amiguismo, y, mes tras mes, resulta muy fácil comprobar como hay cierto empeño por sacar a la luz el trabajo de unas personas y ningunear el de otras. Y lo malo es que dicho empeño, en ocasiones, se esfuerza en promocionar producciones de nefasta calidad y falso interés artístico o creativo. A cambio, en muchas otras ocasiones, surgen descubrimientos insospechados, que hacen que todo lo demás merezca la pena aguantarlo. Un buen síntoma que me hace permanecer fiel a Radio 3 es que mis tres hijos renieguen de esta querencia mía, y que lo hagan recomendándome otras opciones menos rompedoras y más comerciales. Siendo así, uno de los objetivos, el de mantenerme actualizado, se cumple, así que hago caso omiso a tales sugerencias.

Lo del amiguismo es un mal permanente de nuestra sociedad. Afortunadamente, ya mucho más reducido (salvo casos de corrupción o casi) en el ámbito del empleo público de escalafón no político, o en aquellos sectores laborales privados en los que las cuentas, los gastos y las inversiones hay que ajustarlas con eficacia para mantenerse vivo y rentable. Pero al contrario, en las artes, el entretenimiento, la cultura y, bastantes veces el deporte, el amiguismo campea libremente, protegido por la subjetividad de sus esencias, así como por algunos otros atributos entre los que encontramos el concepto de lo independiente. Lo independiente cobra especial relevancia en la música y en las letras. Se trata de un manido atributo que pretende dar prestigio y marcar distancias con respecto a lo “mainstream”, lo masivamente popular, lo chabacano, etc. Lo mejor del asunto es que se trata de un valor auto-concedido, y que busca, claramente, la pertenencia a una casta privilegiada en algunos aspectos. Una casta que, más o menos aglutinada, se siente con el derecho de ejercer como juez y parte para decidir qué, del resto, puede ser o no considerado como independiente. ¡Se me olvidaba! También pasa con el cine… Y claro en todo este “orden intangible de las cosas”, el amiguismo encuentra un caldo de cultivo ideal.

Pero no todo van a ser quejas o críticas al sistema “indie” y a Radio 3, que tan buenos ratos me ha dado. Ya que ha sido, precisamente un descubrimiento suyo, el que ha motivado el tema de esta entrada. Aquí lo que planteo es un contraste (o no tanto) entre dos actuaciones audiovisuales breves, ambientadas en el ciclismo de competición. La primera es musical y la segunda humorística. Entre ambas hay décadas y muchas aparentes diferencias, aunque en el fondo, varios asuntos coincidentes, camuflados, esperando al que el público más reflexivo los desenmascare. La canción expone tragedia deportiva, el “sketch” comedia, juntos: tragicomedia. Vamos a ello.

En la misma semana que el telediario de “la uno” nos informaba de la incautación de unas 800 dosis de EPO en Andalucía, destinadas a satisfacer a unos 250 deportistas a través de Internet (imagino que por esa vía serían todos ellos “amateurs”), en Radio 3 descubría este impactante tema musical.


Musicalmente te puede gustar o no (a mí sí, y mucho, será porque soy muy ecléctico). Pero lo que me parece indiscutible es su originalidad, su capacidad expresiva y su “acierto comunicativo”. En las texturas de la voz, el dramatismo, el ritmo, la sencilla (pero no menos espectacular puesta en escena), etc. El cantante de Parquesvr afronta un drama ciclista mediático, recalcando previamente el drama diario que han de protagonizar la mayoría de los ciclistas de equipo que no están calificados como líderes: los gregarios. Es una mera introducción dramática. Más tarde llega la “caña”, con batería y guitarras. Llega el caso, el gran caso. El affaire Armstrong. Pocas palabras, pero claras. Y un estribillo casi infantil, que resume lo que puede pasar por muchas de las cabezas de aquellos a los que les da por pedalear: “quiero saber a qué sabe, quiero sentir el sabor, mientras siga pedaleando, el mundo gira alrededor”. Probar. Conocer sus verdaderos efectos. Quizás, esa misma semana, un mínimo de 250 ciclistas anónimos (probablemente ni profesionales) también sintieron el deseo de probar “el sabor”.

Luego llegan las inocentes (o no tanto) rimas infantiles: “ya lo ves, Jalabert; que rule, Alex Zulle; ¿dónde va Virenque? Donde va la gente; dame la mano, Abraham Olano”. Ya lo ves (esto es lo que hay), que rule… (distribución), donde va la gente (la mayoría), etc. Poco después el tema se detiene, el pedaleo se para. Y el cantante se encara con el público, con el “pelotón”, el otro pelotón, el inmenso pelotón que justifica la existencia del pelotón profesional. Y le canta las cuarenta, le restriega parte de su hipocresía, y le manifiesta, sin tapujos, su idolatría. Con Ave Fénix incluida… ¡Temazo! Gracias Parquesvr, gracias Ángel Carmona por descubrírmelo.

Al videoclip, yo que soy docente, le podría sacar mucho partido aquí, iniciando una especie de “comentario de texto”. Pero no lo haré, que cada cual lo disfrute como quiera y desee. Además, al día siguiente de descubrirlo ya lo empleé en una clase de sociología para técnicos deportivos. ¡Fliparon! Pero creo que más por constatar que yo pudiera escuchar cosas así, que por la temática en cuestión, que es tan vieja como el propio ciclismo. Así que aparco aquí el drama.

Antes de pasar a la comedia, las circunstancias me ofrecieron una especie de cámara de descompresión emocional, también enmarcada dentro del ciclismo. Una conferencia impartida por el escritor Marcos Pereda y titulada algo así como “Golfos, existencialistas y mujeres con pantalones. Literatura y ciclismo”. Ni drama ni comedia, pero rozando ambas constantemente y aderezado, todo ello, de sarcasmo, análisis histórico y político, fundamentación y rigor, anecdotario, crítica, autocrítica y muchas cosas más. Estuvo muy bien, aprendí algunas cosas nuevas y no me aburrí con las ya conocidas, pues fueron presentadas con enfoques diferentes. A Marcos lo conozco (ya lo he mencionado algunas veces en este blog) desde hace algunos años. Me he leído sus (hasta ahora y espero que por poco tiempo) tres libros de temática ciclista, y me gustan mucho. También alguno de sus reportajes de prensa. Sin embargo, nunca había asistido a una conferencia suya. Sí a varias presentaciones de sus libros, pero no a una charla enfocada hacia un tema ajeno a los mismos. Y ahora que lo he hecho, puedo recomendarlo con placer. No es que sus presentaciones no me gusten, lo que pasa es que, normalmente, cuando las lleva a cabo, ya me he leído su libro. Además, las plantea como un rato informal, en el que la dinámica resulta más o menos interesante en función de la respuesta del público, y de la presencia o ausencia de pesados entre los asistentes, preguntas interesantes, etc. En esta ocasión todo era diferente, Marcos abordaba un asunto premeditado, nuevo, construido a base de muchos y muy diferentes “materiales” ajenos y presentado de un modo bien estructurado, aunque lo hiciera con su habitual estilo informal. Pasé un rato muy enriquecedor, y le felicité, sinceramente, por ello. Sonreí con sus palabras en varias ocasiones, y hasta disimulé alguna carcajada. Pero no lo considero comedia. La comedia viene ahora.

Soy fan de Faemino y Cansado. Este dúo humorístico lleva décadas trabajando el asunto y se mantiene bordándolo. No sólo ellos con sus sucesivas actuaciones y la creación de sus nuevos espectáculos, sino con lo que no sé si tiene más o menos mérito aún, que la mayoría de sus antiguos sketches sigan siendo graciosos, y se mantengan vigentes a pesar del paso de los años o las décadas.
Como “google” no es tan artificialmente inteligente como parece (o quizás es que yo soy un vejestorio inadaptado a su lógica de funcionamiento), me ha resultado imposible encontrar explicación alguna sobre el origen del nombre artístico de cada uno de los miembros de la pareja. Al menos una explicación dada por ellos. No es algo que me importe demasiado, pero me hubiera servido para corroborar si tienen que ver con las evidentes connotaciones ciclistas que sugieren. Faemino fue la denominación temporal del grupo deportivo Faema. Una de las grandes escuadras ciclistas de la historia, dirigida por Learco Guerra, Driessens o Bernardo Ruiz; liderada por estrellas como Rik van Looy, Charly Gaul, Piet van Est, etc. e incluso muchos corredores españoles como Bahamontes, Julio Jiménez, Miguel Poblet, etc. Posteriormente , más como Faemino, se haría aún más popular y triunfador con la presencia de Eddy Merckx en sus filas, en una de las fases más exitosas de la carrera deportiva del belga.

Cartel publicitario del equipo Faemino, encabezado por Eddy Merckx.

Ciclistas cansados lo somos todos alguna vez. En realidad muchas veces, y ¡muy cansados! Verdaderamente agotados e incluso exhaustos, si nos coge alguna pájara. Así que la combinación tiene sentido, especialmente porque habiendo un Faemino en liza, lo normal es que cualquier otro resulte Cansado. Pero ya digo que todo esto no es más que un juego inventado por mí, que quizá no tenga nada que ver con el origen de los apodos. De todas formas da lo mismo, lo que importa ahora es la comedia.

 
Una de tantas fotografías de un ciclista agotado. En este caso, por cercanía, un Faema: Charly Gaul. (Imagen procedente del As).

Y es que Faemino y Cansado, hace ya muchos años (como se deduce de la baja calidad de la imagen), realizaron un hilarante e inolvidable sketch de televisión centrado en la Vuelta Ciclista a España.


La premisa ya de por sí es demoledora: el ciclismo es espectáculo y la vuelta está para dar espectáculo. A partir de ahí, la pareja desgrana y aprovecha varios asuntos para desplegar toda su carga cómica, subrayando y caricaturizando realidades subyacentes. Uno de ellos es el nacionalismo estatal, aún vigente, aunque ahora algo eclipsado por el periférico, así como por la globalización deportiva. Esta última ha ido provocando que el público aficionado a determinados deportes (equipos de fútbol, ciclismo, etc.) actualmente pueda establecer vínculos emocionales con clubes o ídolos determinados, independientemente de su supuesta representatividad territorial. Relacionado con el nacionalismo competitivo, surge, de soslayo, el asunto de la inmigración: “tú, hijo de emigrante, ven aquí…”. Lo que pasa es que en ese momento, el rol de hijo-de-emigrante, lo teníamos asumido nosotros, mientras que ahora la precepción ha cambiado de dirección y sentido, los hijos-de-emigrante son otros. En cualquier caso, también por esto, la pieza cobra rejuvenecimiento. Pero el contenido preferente y fundamental del guión tiene mucho que ver con el que cimentó la anterior tragedia: la concepción asumida, de modo generalizado, de que todo vale para ganar. La canción escogió el dopaje, mientras que el video propone algunas otras artimañas. Una de ellas, la idea de colocar un  “motorcito” (que no se oiga), resultó ser visionaria (verdaderamente son unos genios), ya que ha llegado a darse en competición ciclista oficial, con la llegada de los motores eléctricos. Aunque los humoristas no tratan el asunto del dopaje, sugieren algunas otras trampas, y lo hacen jugando con todos sus matices de lo que se puede y no se puede hacer, declarando que “hay que hacer cosas legales”. Aunque en el fondo de la cuestión, se trate más bien de que parezcan legales, o al menos no tan malvadas o descaradas como otras. El importante factor de que no te pillen los comisarios también sale a relucir, concluyendo que la clave del asunto no es la cuestión ética, sino el que la triquiñuela se detecte o no.

Otros temas colaterales menores también se suceden en algunos momentos. Perlas cómicas que se basan en fenómenos sociológicos propios de la subcultura ciclista: el “periquismo” o el empleo de algún apellido vasco… para hacer humor son buenos ejemplos de ellos. El primero de ellos inspiró al mencionado Pereda para su segundo libro ciclista. Mientras que el segundo fue utilizado recientemente, igualmente en formato de comedia, en el cine. Otra prueba de la supervivencia temporal del sketch.

En un momento dado, los artistas se centran en desplegar un repaso geográfico-gastronómico peninsular. Tirando de tópicos, juegan con los platos típicos, los puntos cardinales y algunas localizaciones concretas o regionales. Aunque pueda parecerlo, tal ejercicio no está en absoluto fuera de lugar, y sirve para recordarnos el potente efecto aglutinador y de cohesión nacional que generó el Tour en Francia desde sus inicios, y que aún sigue logrando. Un evento que allí se percibe tanto o más como un fenómeno social, geográfico, cultural y nacional, que como un acontecimiento deportivo. Tal efecto, aunque en menor medida, también llega a producirse en España e Italia, con la Vuelta y el Giro.

Tragedia, intriga, aventura, mitología, comedia y algunos otros géneros o estilos narrativos (escritos, filmados o ejecutados) han sido aportados por el ciclismo, y parece que lo seguirán siendo. A veces producidos por el trascurrir de la competición. Otras, tal y como Pereda nos demostró en su conferencia, por la calenturienta, exagerada o tergiversada creatividad de los cronistas (literarios y audiovisuales). Pero no hay que desdeñar tampoco el importante papel y protagonismo que el público incorpora en todo ello. A través de su consumo, del efecto multiplicador de su quehacer difusor, de su respuesta coral y de su pasión. Sin el público-pelotón la tragicomedia ciclista no existiría. Perdería todo el sentido.