sábado, 31 de agosto de 2019

¿NACE UNA LEYENDA DEPORTIVA?


Que nadie se confunda, una cosa es el remo y otra el piragüismo (canotaje en otros idiomas). Distinción obligada tanto en el ámbito deportivo, como en el de la tecnología naval básica e incluso ancestral. Como este es un espacio preferentemente dedicado al ciclismo, aunque desde hace años incorpora también artículos sobre algunas otras disciplinas deportivas que practico y me interesan, creo que aclarar esto es importante, pues me consta que para el público general, ese que nunca se ha acercado demasiado a cualquiera de aquellos dos deportes (el remo y el piragüismo), si nadie se lo ha explicado antes, el riesgo de confusión o mezcla puede ser alto. Así pues, me parece adecuado exponer las diferencias principales.

Empecemos por la “tecnológica”. En el piragüismo, quien rema lo hace con una pala (doble o sencilla) “de mano”. Quiere esto decir que no la apoya sobre el casco de la embarcación, sino que la sujeta con las manos y la introduce en el agua para, traccionando (perdónenme los expertos en técnica piragüista por la expresión), hacer avanzar el barco. Ello tiene, como primera consecuencia distintiva que, quien rema va encarado a proa, es decir, hacia el rumbo al que se dirige la nave. Dicho esto, en función del tipo de pala utilizada, el diseño de la embarcación, la cantidad de gente que va en ella, las intenciones, etc. Podemos encontrar piraguas, kayaks, canoas, barco dragón, rafting, etc. casi todo ello en versiones de recreo, travesía, expedición, competición, descenso, aguas tranquilas, bravas, mar y demás variantes.

Por el otro lado, lo que caracteriza al remo es la colocación de los remos (nótese el detalle que, comúnmente en piragüismo se habla de pala y no de remo) sobre algún sistema, más o menos evolucionado, que permita que el remo pivote, de manera que quien rema pueda sacar beneficio de una acción de palanca. Un extremo del remo “engancha” el agua, algún punto intermedio se apoya sobre el sistema pivotante, y el otro extremo es sobre el que aplica la fuerza el remero. La consecuencia aquí es bien distinta: los remeros ejecutan su esfuerzo de espaldas a la proa y, por lo tanto, al sentido de avance del barco. Expresiones del remo hay tantas o más que en el caso del piragüismo, no es cuestión de ponerse aquí a enumerarlas. Baste con una primera distinción entre las dos utilidades principales: una práctica, que constituye todo un quehacer tradicional inseparable del ser humano (viajar, pescar, explorar, trasladarse…); y otra puramente deportiva. Dentro de esta segunda intención, en “occidente”, se distinguen dos grandes grupos de modalidades deportivas de remo: banco fijo y banco móvil. El primero es mucho más antiguo. Nació prácticamente a la vez que el remo mismo. Una vez que el ser humano ideo aquello de remar utilizando un sistema de palanca, dispuso algo sobre lo que sentarse (habitualmente una bancada) transversalmente al eje longitudinal de la embarcación. El segundo fue un invento británico surgido como búsqueda de la mejora del rendimiento deportivo en el remo. Ocurrió en el siglo XIX, gracias a una sucesión de inventos que acabaron configurando un sistema similar al que actualmente se utiliza en los barcos de banco móvil. Primero, en 1830, se diseñaron unos brazos que permitían colocar las chumaceras (pivotes sobre los que se articula el remo) fuera del carel (línea superior de la borda), algo que facilitó que los cascos pudieran estrecharse mucho. Poco tiempo después, en 1869, se diseñó el primer asiento deslizante mecánico (banco móvil) que permitía que la parte inicial (y principal) de cada palada se acometiera a costa de una potente extensión de ambas piernas. La posterior evolución de ese tipo de remo deportivo lo acabó llevando hasta los JJOO y consolidándolo como el estilo deportivo contemporáneo, relegando al banco fijo a un ámbito deportivo autóctono, tradicional e incluso etnográfico.

Y es precisamente a una de las modalidades de ese remo tradicional, de banco fijo, a las que va dedicada esta entrada. Concretamente a las traineras. Cuenta José Mª Gómez Bedia, un verdadero experto en la historia del remo en general y del mundo de las traineras en particular, que las traineras fueron un tipo de barcos de pesca que revolucionó, en gran medida, el estado del arte de pesca en el Cantábrico a mediados del siglo XIX. Con un diseño claramente influenciado por los barcos vikingos, a nuestro litoral fueron llegando desde la costa atlántica francesa. De alguna forma, los diseños procedentes del nordeste europeo vinieron a sustituir, o incluso hibridarse, con el existente aquí: las chalupas, de menor eslora y número de remeros, las cuales, desde varios siglos antes, habían sido utilizadas para la caza de ballenas. Cuando desaparecieron las ballenas de nuestra área de influencia, los pescadores se centraron en otras especies, utilizando para ello, preferentemente, la modalidad de cerco. La trainera fue resultado de una evolución lógica, adaptándose a las necesidades del oficio: maniobrabilidad, estabilidad, velocidad, cantidad de remeros, capacidad de carga, aguas difíciles y cambiantes, etc. Una circunstancia verdaderamente curiosa de todo aquel proceso fue que, pese a la gran diversidad de culturas, puertos y regiones de procedencia de las tripulaciones pesqueras del Cantábrico, el barco en cuestión alcanzó una uniformidad realmente sorprendente, algo que, sin duda, facilitó su posterior inmersión en el ámbito de la competición deportiva.

 
Pintura "Jesús y adentro", de Pérez de Camino (1859-1901). (Imagen: Centro de Estudios Montañeses).

El proceso de “deportividad” parece que se desencadenó por la competitividad existente entre tripulaciones para, una vez lograda una captura suficiente, alcanzar puerto lo antes posible, tratando de sacar mayor ventaja de venta que los demás barcos. De ahí, el paso a los retos o desafíos, es fácil de imaginar. Más tarde vino la expectación en las machinas, las apuestas, los vítores, etc. Una vez consolidada la actividad deportiva, llegó su programación en fiestas patronales, las invitaciones a tripulaciones de otras comarcas, etc. Y la verdad es que aquello acabó convertido en un deporte de masas que se consolidó desde Galicia hasta algo más allá de la frontera francesa.

La 1ª regata “oficial” de la que se tiene constancia, desde un punto de vista histórico, esto es, oportunamente referenciada y con mayor empaque organizativo y reglamentado, es una que fue celebrada en 1861, con ocasión de la visita de la Reina Isabel II a la ciudad de Santander. Aquello debió impulsar la actividad de las regatas y, probablemente, las debió de imbuir un carácter y procedimientos con connotaciones más deportivas, en el sentido de que tal fenómeno (el deporte, también llamado “sport” por su evidente ascendencia anglosajona) empezaba a desarrollar en aquella época. Que la actividad regatista se fue afianzando lo prueba que quedara reflejada en las páginas de la novela “Sotileza”, obra del escritor costumbrista cántabro José Mª de Pereda, publicada por primera vez en 1885. En ella se da cuenta de regatas celebradas en un periodo temporal situado, aproximadamente entre 1875 y 1885.

Algo más tarde, la responsabilidad de la organización de las regatas fue asumida por el Real Club de Regatas de Santander, como función complementaria de su actividad principal, que no era otra que el mantenimiento y desarrollo de un completo y prestigioso calendario de regatas de navegación a vela. Fue la época de los veraneos regios en Santander, cuando  Alfonso XIII con toda su parentela, séquito, allegados y aspirantes a serlo, se trasladaban a la capital de Cantabria para disfrutar de un verano menos sofocante, rebosante de fiestas y, especialmente, de actividades deportivas de índole muy diversa.

Portada de la revista Blanco y Negro de 1920. La trainera de Pedreña vencedora de la II Copa del Rey Alfonso XIII.

Desde entonces, el deporte de las traineras no ha dejado de existir, aunque experimentando altibajos de popularidad, estructura, participación, etc. Al igual que otros deportes que no tienen una implantación internacional (y menos aún el “privilegio” de haber sido distinguidos con el marchamo olímpico), las regatas de traineras sufren el desprecio de las instituciones deportivas estatales. Así pues, su supervivencia se apoya en la tradición y en el arraigo popular y folclórico de las regiones en las que en el pasado tuvo presencia. En la actualidad la competición habitual está organizada en varias divisiones que funcionan a modo de liga, con los correspondientes sistemas de ascensos y descensos, que se materializan al final de cada temporada. Los principales clubes del Cantábrico hace años que se organizaron con la creación de la ACT (Asociación de clubes de traineras), que es el organismo que regula la competición y muestra su principal estandarte en la denominada liga ACT, que puede llegar a considerarse como una arena deportiva a caballo entre el semi-profesionalismo y un evidente profesionalismo, según los casos. El paulatino desarrollo y crecimiento de esta competición ha generado avances en espectacularidad, difusión mediática, seguimiento, crecimiento de la afición, etc. Aunque también ha hecho aumentar los costes que deben asumir los clubes para mantenerse en la máxima categoría.

Personalmente conocí el mundo de las traineras por mi relación profesional con uno de los clubes históricos de la disciplina: la Sociedad Deportiva de Remo Pedreña. Hace ya bastantes años, antes incluso de la creación de la ACT, ejercí como preparador físico de su trainera (entiéndase por ello el equipo de remeros que componen la plantilla de la que se nutren las diferentes tripulaciones que, en las sucesivas regatas, van ocupando los puestos de las bancadas del barco). Aquella experiencia fue breve y en un momento en el que este deporte no había alcanzado aún los niveles de trabajo y sofisticación actuales. Sin embargo, años después, militando el mismo club en la máxima categoría de la liga ACT, volví a desempeñar un puesto similar (responsable del entrenamiento de la trainera), en el cual estuve trabajando durante tres intensas temporadas. Aquella fue una experiencia francamente interesante. Todo un privilegio para poder vivir tan singular deporte desde dentro y en el máximo nivel de competición. No es este el espacio en el que ahondar sobre cuestiones técnicas de entrenamiento, aunque si puede resultar apropiado para comentar un par de detalles de carácter más sociológico. En la vida cotidiana española es fácil tener la impresión de que las comunidades autónomas bañadas por las aguas del Cantábrico se caracterizan por un fuerte sentimiento de autonomía, independencia cultural, exagerado orgullo regional, manifiesto apego a sus tradiciones, raíces y folclore, y casi-casi, en ocasiones, tendencia a un aislamiento que, históricamente, la Cordillera Cantábrica se ha encargado de propiciar. Me refiero a Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco. Esta impresión, en cierto modo, también la podemos sentir los propios implicados, considerándonos “claramente” distintos, e incluso funcionalmente separados de nuestros respectivos vecinos costeros. En este sentido, el mundo de las traineras opera como un agente transversal que rompe, casi completamente, la inercia que acabo de intentar explicar. Salvo en Asturias, que, por las razones que sean, se quedó muy rezagada e inactiva en la práctica del remo de traineras, la modalidad tiene fuerte arraigo en el resto de las regiones citadas. Regiones que, por cierto, especialmente en el caso del País Vasco, dejan de vivirse como un todo único, para reconocerse a sí mismas como provincias claramente diferenciadas. Tal es el caso del remo vizcaíno y el guipuzcoano, con muy diferente arraigo, estilo organizativo de sus clubes, volcado de sus hinchadas, etc. Podríamos decir que el remo cantábrico no afecta a tales o cuales comunidades autónomas sino a un amplio espectro de villas marineras a lo largo de toda la costa cantábrica. La pasión que desata parece perder fuerza con la altitud del territorio y con el alejamiento de la costa. Manteniendo, a cambio, fuertes vínculos entre la gente que sí la siente, aunque su lugar de origen, su lengua materna, sus canciones o su acervo cultural sea diferente. Es un fenómeno interesante en el que gallegos, algún que otro asturiano, cántabros, vizcaínos y guipuzcoanos se encuentran interactuando y cambiando de club o lugar de residencia a través de los fichajes. Por si esta mezcolanza fuera poco, a ella hay que añadir la significativa presencia de remeros extranjeros (especialmente rumanos), todos ellos provenientes de una élite deportiva en el banco móvil, que acaban encontrando sitio en las bancadas cantábricas, en las cuales también se sientan algunos remeros nacionales procedentes de provincias insospechadas. Románticos del remo que, en determinado momento de sus vidas deportivas, también deciden abandonar el carro deslizante para sentarse en la dura bancada fija.

 

Trainera de Pedreña ganadora de la regata de La Concha en 1946. (Imagen: Fotógrafo Paco Marí; Estudio Marín; Archivo: Kutxa Fototeka).

 

"Mis chicos" de Pedreña regateando en el Astillero.

 
 Borja arengando a la tripulación.

Último largo en Hondarribia.

En lo que respecta a Pedreña, se trata de un pueblo bastante peculiar, situado en el arco sur de la bahía santanderina, se caracterizó durante parte del siglo XX por tener ocupada a su población en un sistema familiar de economía mixta en el que la huerta familiar y algún que otro animal ayudaban a la subsistencia alimenticia, junto con el marisqueo (preferentemente femenino) y en enrolamiento masculino, primero en la pesca, y más tarde en la industria de la comarca, para garantizar sustento económico. Algo a lo que habría que añadir las propinas recibidas por algunos al ejercer como caddies en el campo de golf allí ubicado. De hecho, el golf y el remo son “los deportes intrínsecos” de Pedreña, tanto es así que algunos personajes locales creen a pié juntillas que la destreza del vecindario en dichas disciplinas es algo genético. El origen del apego de la gente de Pedreña al golf proviene de su práctica en el mencionado campo, estimulada por cierta permisividad concedida por el club de “señoritos”, para que la chavalería local pudiera practicar en momentos en los que los hoyos no eran utilizados por los socios. De allí surgió la irrepetible figura de Severiano Ballesteros, héroe local que catalizó aquella tendencia originaria. En cuanto a lo de las traineras, su origen fue similar al del resto de las villas marineras cantábricas, salvo que en el caso de Pedreña se daba la circunstancia de que los grandes éxitos llegaron bastante pronto y se acumularon y mantuvieron durante periodos relativamente largos. Aquello se quedó adherido a la tradición local, y pese a que en épocas contemporáneas Pedreña anda lejos del nivel que demostró en su glorioso pasado, el orgullo, la memoria, la tradición y las sagas familiares perduran en la cultura colectiva propia de la localidad. Y eso que su contacto con el mar abierto es indirecto, pues su territorio está bañado por las tranquilas aguas de la ría de Cubas (desembocadura del Miera), así como por las de la Bahía de Santander y sus páramos. Quizás todo ese kilometraje extra, de aguas por lo general bastante calmadas, hicieran que, en tiempos lejanos, los remeros de Pedreña tuvieran que acumular horas extra de remada para alcanzar y regresar de la mar, y eso pudiera haber supuesto un plus de entrenamiento acumulado que podría explicar su excelente nivel. O también la posibilidad de haber podido alternar la boga exterior en oleaje, con otra interior más delicada, fina y amplia. Quién sabe, misterios del deporte pionero. Para finalizar con el asunto de Pedreña, sobre el que no puedo (ni quiero) ocultar mí apego, decir que sus colores son el negro y el blanco. Negro para el casco de sus barcos, blanco para su bandera (de club, no municipal) y combinado para sus uniformes deportivos.

 
Pedreña en pleno esfuerzo.

Antes de continuar parece imprescindible describir, de modo básico, cómo es una trainera. Los cascos, que antes eran de madera, elaborados por carpinteros de ribera, ahora son de fibra de carbono. El barco tiene una eslora de 12 metros y unos puntales mínimos de 9,95 y 0,75 metros en proa y popa respectivamente. La manga es de 1,72 metros. En definitiva, una embarcación muy larga y estilizada, relativamente estrecha y bastante baja. El peso mínimo es de 200 kg. En el barco van catorce tripulantes: trece remeros y el patrón. Éste último gobierna la trainera por medio de un remo de mayor pala, que va orientado en la misma dirección que la quilla, colocado en un tolete a babor de la popa. Desde la popa, el patrón contempla todo el panorama hacia el que se dirige el barco, así como toda la tripulación de remeros (trece en total), que permanecen sentados enfrentados a él, remando de espaldas al avance. Los remeros manejan un remo cada uno. Se sientan por parejas, conformando seis bancadas, de modo que hay seis remeros a cada banda (estribor y babor). El sobrante, se coloca a proa, espacio en el que únicamente cabe un remero (el proel). Él será, precisamente, quién al aproximarse la boya de ciaboga, dejará momentáneamente de remar, para tomar el remo de bayona, y colaborar con él en la maniobra de virada de 180º.

 
Ejecutando una ciaboga.

Habiendo actualmente tantas posibilidades para poder ver todo esto por medio de videos de libre acceso, creo que lo expuesto es más que suficiente como para que el lector se haga una idea básica del barco en cuestión. Pasamos pues a intentar definir qué podemos considerar como una competición legendaria o singular. Este es un asunto sobre el que ya me he pronunciado en reiteradas ocasiones en este espacio de escritura. El torneo de tenis de Wimbledon (que por cierto sigue exigiendo a sus participantes que vistan de estricta indumentaria blanca), el Descenso del Sella, Las 24 horas de Le Mans, el Tour de Francia y los cinco Monumentos ciclistas, el Tourist Trophy de la Isla de Man o el Ironman de Hawaii son claros ejemplos de eventos deportivos singulares y legendarios. Hay muchos más, todos ellos han logrado adquirir popularidad, reconocido prestigio y atesoran una serie de señas de identidad propias que los hacen distinguirse de otras competiciones y rivalizar, o incluso superar en gloria, a las competiciones más importantes a nivel mundial (normalmente campeonatos del Mundo o JJOO) de su misma modalidad deportiva. Para que un evento llegue a alcanzar este estatus legendario debe irse ganando cierta fama, debe ir construyendo tradición y debe ir alimentando cultura propia. Es algo que, en relativamente poco tiempo, consiguieron el citado Ironman de Kona, o el Dakkar. Algunos eventos lo logran por la demanda de inscripciones que son capaces de generar, tal es el caso del maratón de Nueva York, que a costa de ello, logró un “surpass” sobre otros, como el de su cercana Boston. En esto de los eventos legendarios también surgen novedades, citas que logran alcanzar una enorme popularidad pese a tener pocos años de vida. Algo que cualquier aficionado practicante de ciclismo entiende si le citamos la Quebrantahuesos o la prueba de BTT de “Los 10.000 del Soplao”. En todo este panorama, son muchos los casos en los que tan importante como la victoria para el ganador, es el logro de llegar a participar o el conseguir acabar la prueba para la mayoría de los inscritos. Algunas de estas grandes expresiones deportivas mantienen sus puertas cerradas a los deportistas populares. Son coto cerrado para los mejores deportistas profesionales, y el resto hemos de contentarnos con vivirlas como espectadores. Otras, sin embargo, son de participación abierta o relativamente accesible, aunque en algunas la demanda es tal que se llegan a hacer sorteos o pruebas previas clasificatorias. Muchas de estas se han convertido en verdaderos destinos deportivos de peregrinaje, hacia los que cada vez se encaminan más deportistas populares, dispuestos a lograr completar tal o cual prueba singularísima, al menos una vez en su vida. Yo mismo tengo algunas “coleccionadas”. La verdad es que es bonito eso de sentir que se forma parte de un evento tantas veces admirado desde fuera. Lo mismo que estar “compitiendo” (realmente no disputando) en la misma prueba que los grandes campeones, compartiendo escenario, reglamento, etc. con ellos.

En el mundo de las traineras podemos encontrar algunos eventos de este tipo. El más evidente es el de la regata de la Concha en San Sebastián. El logro más importante al que puede aspirar cualquier trainera, cualquier patrón y cualquier remero. El prestigio de la prueba se debe, seguramente, a que se trata de la regata de traineras más antigua que continúa celebrándose hoy. Nació en 1878, lo cual es mucho decir. Eso, su formato y la movilización de  muchos miles de aficionados, la convierten en un evento deportivo muy singular, cuya fama va mucho más allá del mero conocimiento de la misma por parte de los seguidores del remo. Personalmente he tenido la fortuna de haberla vivido en tres ocasiones. Desde luego no remando, pero sí como parte del cuerpo técnico de nuestra trainera, y en dos de ellas completando el proceso hasta el final, esto es: la eliminatoria clasificatoria y las dos tandas de la final. Pero participar en la Concha no está al alcance de cualquiera, a las pruebas que conforman la regata propiamente dicha únicamente pueden acceder siete traineras que compiten con la local, que tiene plaza por derecho propio. Esas siete provienen de una clasificatoria cronometrada en la que participan muchos barcos militantes en diferentes categorías de las ligas de la ACT. En realidad, únicamente las de la máxima categoría suelen tener posibilidades reales de clasificación, y en ellas se sientan los remeros titulares de los mejores equipos del cantábrico.

 
1949, la trainera de Pedreña celebra su triunfo en la Concha. (Imagen. kutxateka).

 
Nuestra trainera regresa a puerto clasificada para la regata de la Concha, Ángel saluda a la afición.

 
 Finalizada la regata de la concha, la tripulación saca el barco del agua entre la muchedumbre.

Pero, para la gente corriente, las traineras, recientemente, ofrecen otras posibilidades que llevan camino de poderse convertir en eventos de cierta singularidad y quién sabe si, con el tiempo, alcancen un estatus de legendarios. Me estoy refiriendo especialmente a una regata denominada Galerna del Cantábrico, cuya gestación y desarrollo está siendo obra del colectivo Avante (localizado precisamente en Pedreña). Esta gente, con muy buen hacer, enorme conocimiento e infinita pasión por el remo, ha diseñado una regata de traineras para centros educativos. El formato de la prueba sigue el patrón de la mayoría de regatas de la ACT: tandas de cuatro barcos, que además son cronometradas para poder establecer eliminatorias y pases para la final. Todo ello se desarrolla en un campo de regatas longitudinal, de cuatro calles, con sus respectivas boyas de ciaboga, disputándose la competición a base de largos de ida y vuelta. Las tripulaciones, que son mixtas, se cubren con estudiantes de ESO, que representan a los Institutos en los que cursan sus estudios. El proceso, más allá de una mera regata, incluye bautismo de mar, entrenamientos en seco y agua, conocimiento de la cultura del remo, aportación solidaria de alimentos y la programación de una Unidad Didáctica de remo dentro del área de EF. La regata es la guinda que corona todo un proceso educativo y de aprendizaje que busca promocionar el remo de traineras y acercar a los estudiantes, miembros futuros de nuestra sociedad, al deporte y la cultura de las traineras. ¡Ya van por su octaba edición! A este paso, creo que van a conseguirse erigirse en algo importante, único en el mundo. Y no estoy exagerando, aquí sobran las palabras, lo que hay que hacer es acercarse a verlo.

 
La tripulación del IES Las LLamas a punto de embarcar.

 
La trainera del IES La granja de Heras en pleno esfuerzo.

Pero también esa competición queda fuera del alcance de quien ya tenga una edad avanzada, como es mi caso. Sin embargo, desde hace poco tiempo, otra asociación, la Navigatio Santander, también se ha empeñado en recuperar o atender con mimo a la cultura tradicional del remo en Cantabria. En este caso, un apasionado y romántico grupo de personas liderado por Chepe, ha conseguido hacerse con alguna trainera, las necesarias parlamentas (juego de remos), así como un lugar donde guardarla cerca del agua, y está sacando a remar a mucha gente dentro de un proyecto muy inclusivo. En Navigatio atienden tanto a personas (por lo general mayores) que desean hacer del remo su, o una de sus, actividades de deporte saludable y al aire libre, como a equipos de empresa en actividades de formación colectiva, o a grupos de diferentes tipos de terapias. Todo ello proponiendo una experiencia cooperativa coordinada, algo técnica, en la mar y a las órdenes de un patrón (con lo que ello implica mientras se está embarcado). Pero, además de toda esa variedad de actividades, en Navigatio mantienen una o dos tripulaciones, más o menos permanentes, con las que salen a competir en un circuito internacional de barcos de remo tradicional (de banco fijo, y vinculados a las tradiciones de cada lugar de procedencia). Tal circuito está especialmente consolidado en aguas anglosajonas. Los principales contactos de Navigatio han sido establecidos con una entidad de Cork (Irlanda), adonde la trainera ya ha acudido a participar de su regata. Cómo es lógico, al encontrarse en cada evento barcos de tamaños, número de remeros y especificaciones muy diversas, el resultado final de la competición apenas cobra relevancia. Lo importante es remar, hacerlo sobre un recorrido atractivo y estrechar lazos con otras culturas a través del remo tradicional.

Hasta ahí todo estaba tranquilo, hasta que la asociación santanderina decidió dar otro paso adelante y se remangó para organizar, también ellos, su propia regata, la “Navigatio”. Para ello diseñaron un recorrido muy atractivo, parcialmente ubicado en la Bahía de Santander, pero incluyendo varias millas por mar abierto. Con la intención de poder incorporar el evento al circuito internacional, en un futuro lo más cercano posible, invitaron a varias tripulaciones irlandesas que acudieron a la cita con cuatro de sus tradicionales “currachs”, que son unos barcos construidos con armazón de madera forrado de piel animal o lona embreada, e impulsados por cuatro remeros que manejan un remo en cada mano. Por parte local participaron tres traineras: una con cantera mixta de Pedreña, otra también mixta aunque con mayoría de mujeres a bordo (patroneada por el propio Chepe) y una más completamente masculina, con Juan Carlos Lanuza al mando. Así pues la regata “Navigatio.0” estaba en marcha. Digo esto porque la intención de su celebración era doble. Por un lado empezar a celebrarla ya, y por otro, que sirviera de test para aprender a hacerlo bien, de modo que: los irlandeses dieran el visto bueno y recomendaran su incorporación al circuito internacional; y se corrigieran potenciales errores para la siguiente. Así pues, en adelante, no sé si finalmente esta será considerada como el germen de la primera, o la primera propiamente dicha. En cualquier caso, si todo va bien, y si los organizadores y responsables de la misma no cejan en el empeño, es probable que quienes por allí estuvimos el día de la regata, hayamos asistido al nacimiento de otro evento deportivo que pudiera llegar a hacerse mítico. Ingredientes no le faltan, será cuestión de maduración, de ir adquiriendo poso con los años.

Un currach, navegando frente al Paseo Pereda.

 
La trainera mixta con Chepe de patrón a la altura de San Martín.

 
Nuestra trainera con Juan Carlos al mando.

Digo estuvimos, porque tuve la suerte de participar en la regata, y no colaborando o mirando, sino como remero de una de las traineras. En concreto, la Navigatio masculina. Todo empezó una mañana tomando un café con mi compañero de hockey sobre patines Jaime Ruigómez. Había quedado con él para charlar un rato sobre algunos asuntos relacionados, precisamente, con el hockey. Mi amistad con Jaime nació hace ya más de treinta años, cuando lo tuve a mis órdenes como jugador de hockey, la primera vez que tuve contacto con tan fulgurante deporte. Con aquel equipo estuve dos temporadas, y fueron tan intensas, que desde entonces conservo amistad con aquellos integrantes de la plantilla que siguen viviendo cerca. Fue también Jaime quien me llamó hace un par de años invitándome a retomar el hockey sobre patines, ahora como jugador, como miembro del equipo de veteranos que han organizado, con unas cuantas viejas glorias de aquel equipo y otros posteriores. El caso es que durante nuestra conversación, el hockey dio paso al remo y mi amigo me instó a que me integrara en la tripulación de la trainera en el que él mismo pensaba remar en semana y media. Tanta fue su insistencia, que no fui capaz de negarme, aunque poniendo una condición: probar antes, en una sesión de entrenamiento, el fin de semana anterior al evento.

Dicho y hecho. Temeroso yo de, tal vez, no estar a la altura del equipo, me presenté en la nave de remo del equipo de Pedreña, para rememorar tiempos pasados y probarme un poco remando en el foso de entrenamiento. Un rato a cada banda, bajo la supervisión de Kiki, que había sido pupilo remero en mi primer paso por el club y directivo en el segundo. Me dio el aprobado, aunque a pesar de ello, repetí sesiones de foso por mi cuenta, algunos días de las dos semanas previas a la regata. Más que nada, para hacer algo de callo en el trasero. El sábado de prueba me reuní con algunas personas que esperaban en Pedreña a que un primer turno de entrenamiento dejara barco y parlamenta para el segundo, el nuestro. Al embarcarnos, ya me encontré con algunas personas conocidas. En especial el patrón, Chepe, que me recordó que había sido profesor suyo en un curso de formación como técnico. La sesión fue entretenida, agradable y satisfactoria. No encontré problema alguno en adaptarme al grupo ni a la técnica de remada propia de aquella tripulación. La metodología de dirección empleada por Chepe es muy didáctica, amable y asequible, lo que se corresponde con los tipos de grupos que se enmarcan dentro de los objetivos de trabajo de la asociación. La tripulación era mayoritariamente femenina y con edades no demasiado alejadas de la mía. El día fue magnífico, una típica jornada santanderina de playa. Al regresar, nos detuvimos a tomar una caña en el chiringuito del Puntal, y poco después ya habíamos terminado. El veredicto era claro: participaría en la regata. Pero aún tuve otra ocasión de remar, pues el sábado víspera de la fecha señalada, remé como voluntario para trasladar nuestra trainera desde Pedreña hasta muelle de Gamazo en Santander. Aquella fue una travesía corta y algo precaria, pues no solo no completábamos tripulación, sino que en la misma había enroladas personas que nunca antes habían remado. Al timón, quien sería nuestro patrón al día siguiente: Juan Carlos.

El día del esperado evento también amaneció soleado y caluroso. Antes de embarcar, se ve que por presupuesta experiencia técnica, me tocó ordenar las bancadas del barco, es decir, asignar los puestos de todos los remeros. Tocaba hacerlo un poco a ciegas, teniendo en cuenta que a la mayoría no los conocía, así que opté por preguntarles si habían remado alguna vez o no, y si tenían preferencia por babor o estribor. Con la escasa información recopilada, emparejé por pesos y nivel de inexperiencia previa y finalmente asigné orden de bancadas. Quedé situado, contando desde popa a proa, en el tercer puesto de la banda de estribor. Una vez en el agua, nos tocó esperar un buen rato hasta que nos ordenaron ponernos en marcha. Aquello no fue una salida formal de regata, sino más bien un arranque amistoso. Las primeras millas sirvieron para ir ajustando la remada colectiva. Básicamente, detectar la amplitud de la palada (más bien corta), establecer la frecuencia (media-baja) y fijar un punto de coordinación sonora (justo antes del ataque). Todo ello bajo las directrices de un entusiasta patrón. Y es que aquel primer tramo también nos sirvió para ir conociendo el peculiar y entretenido estilo de gobierno de nuestro carismático patrón.

Enseguida enfilamos la canal de salida de la bahía, encontrándonos con el oleaje característico de la “barra”. Fue superado sin demasiados problemas y enfilamos rumbo hacia la isla de Santa Marina, auténtica navegación de mar abierto. Se ve que los ajustes organizativos de cobertura (roles asumidos por cada barco de apoyo) no habían quedado claramente establecidos, porque ninguno estaba ejerciendo de baliza sobre la que doblar, al alcanzar cada esquina del amplio campo de regatas. Esto es algo a mejorar por parte de la organización. En cualquier caso, no supuso un verdadero problema, porque allí lo importante no era obtener ningún resultado deportivo, sino probar la ruta y todo el despliegue de embarque y desembarco colectivo, así como otras cuestiones logísticas. Es más, en varias ocasiones, tanto nosotros como la rápida trainera “juvenil” de Pedreña, nos vimos obligados a detenernos del todo para conseguir que la tercera trainera, junto con los currachs irlandeses, nos alcanzaran, para tratar de componer una especie de flota. Por alguna razón que desconozco los barcos foráneos habían partido con bastante retraso. Además, cada vez que reiniciábamos la boga, Pedreña y nosotros nos volvíamos a alejar de los demás. Pedreña, por cierto, con bastante más facilidad y velocidad.

Desde algún punto relativamente cercano a la isla, nos dirigimos hacia Cabo Menor, atravesando el abra del Sardinero. Fue un largo hermoso, toda una experiencia cantábrica. Tampoco allí hubo ciaboga sobre baliza precisa, pero el caso es que empezamos a regresar por un rumbo más costero que nos llevó a bordear la península de La Magdalena, solventar las olas de la barra en dirección opuesta y detenernos a esperar, con Pedreña, en la encalmada que hay pasada la “casa del Médico”. Desde allí, toda la flota reunida, remamos por la bahía hasta la altura del Centro Botín, donde nos esperaba la línea de meta, que nos fue aprobando las sucesivas llegadas con la correspondiente pitada del barco de referencia. Finalizada la regata, a nuestra trainera le quedaron ganas y fuerzas para acometer un par de champas intensas en plan exhibicionista. El conjunto de remeros alargamos las paladas inclinando nuestras espaldas bien atrás, y conseguimos acelerar el casco con cierta vistosidad, para regocijo de la tripulación y el público asistente. Y sin más demoras nos dirigimos a desembarcar.

A nivel personal la experiencia fue plena. Remar en una trainera integra unos cuantos aspectos difíciles de experimentar en otros deportes. El remero, le gusté o no, ha de someterse al criterio del patrón. Donde hay patrón no manda marinero, pues cualquier conato de discusión o alternativa de criterio pondría en riesgo la estabilidad de la embarcación. Además de eso, ha de acoplarse al conjunto de la tripulación, tratando de moverse de forma acompasada con los demás, de modo que el esfuerzo se produzca al unísono y los movimientos se realicen con la mayor fluidez posible, evitando movimientos superfluos del casco. Para ello, los remeros disponen de dos referencias, una visual y otra auditiva. La primera es la pala del primer remero de su banda (el “marca”) a la cual tiene que intentar ajustar la suya en todo momento. La segunda son las instrucciones de voz del patrón, las cuales, la mayor parte del tiempo, consisten en una rítmica y repetitiva letanía onomatopéyica que acompaña a las paladas. Además de todo ello, hay que mantenerse concentrado en la técnica de la palada, y ejecutarla con la amplitud y esfuerzo convenientes. Se tiene la sensación de estar trabajando sólo y acompañado simultáneamente, porque la aplicación de esfuerzo y la concentración en la tarea se perciben de modo muy individual, pero se es consciente de estar formando parte de un todo que únicamente funciona con la aportación coordinada de todos. Además de todo ello hay mar, salpicaduras, brisa en la piel, horizontes y bamboleo de olas. Por no hablar de todas las tareas cooperativas que implican el embarcar y desembarcar. Concluida la experiencia, me alegro muchísimo de haberla podido vivir. Lo considero todo un privilegio, y no descarto repetir a la menor oportunidad.

 
Barco y tripulación posando antes de la regata, al fondo la Escuela de Náutica.

Un poco de acción...

La ruta completada (de unas aproximadas nueve millas) fue espectacular. Se trata de una navegación clásica en el entorno de Santander, que se acerca a varios de sus accidentes geográfico-costeros más icónicos. La alternancia de navegación de bahía y exterior enriquecen la singladura, colmándola de sucesivas y variadas perspectivas. Todo el mundo quedó encantado. Como si aquello no hubiera sido suficiente, la organización nos premió con una comida a base de marmita y macedonia, y un generoso suministro de cerveza para almorzar. Todo ello acomodados bajo carpas y sombrillas en el mismo dique de Gamazo. La jornada tuvo continuidad por la tarde, cuando nos trasladamos al cercano barrio de Tetuán, que se encontraba en fiestas, para asistir a una ceremonia de clausura del evento, con la consabida entrega de medallas conmemorativas.

Película de la ruta completada por nuestra trainera.

Recordando todo aquello, no tengo la menor duda de que, si el trabajo de la asociación no se relaja o rinde, la regata Navigatio seguirá existiendo y, con suerte y quizás algo de apoyo, acabará integrándose en el circuito internacional, en cuyo caso, con mucha probabilidad, culminará erigiéndose como todo un referente deportivo tradicional. Por eso me pregunto si no habré tenido la suerte de haber participado (deportivamente) en el nacimiento de un futuro evento singular y legendario. Esperemos que así sea, méritos y atributos no le faltan. El paso de los años dictará su veredicto.

Video reumen del evento.

Algunas referencias bibliográficas interesantes para profundizar:
  • BROWN, Daniel James: “Remando como un solo hombre”. Nórdica. Madrid, 2015. Excelente ensayo novelado sobre el remo universitario y olímpico en los EEUU en los años 20-30 del S. XX (banco móvil).
  • PEREDA (de), José María. “Sotileza”. Novela costumbrista ambientada en la bahía santanderina.
  • GÓMEZ BEDIA, JM; MAZÓN COBO, V; CARRILES BEDIA, MA; CASTANEDO TRUEBA, J: “Unidad Didáctica Remo”. Consejería de Educación. Gobierno de Cantabria. Santander, 2010. Completísimo volumen de contenidos educativos sobre el remo (teóricos, prácticos e históricos).
  • GUTIÉRREZ, José: “Un viaje por el Cantábrico en trainera”. Lulu. Galizano, 2011. Relato gráfico (fotos) y narrativo sobre mi experiencia viajando durante un año completo con la trainera de Pedreña en la ACT.
  • LÓPEZ POLIDURA, Jesús: “Pedreña. Cien años bogando. 1895-1995). Estvdio. Santander, 1996. Libro recopilatorio de datos e imágenes históricas sobre la trayectoria del club, durante su primer siglo de existencia.

jueves, 15 de agosto de 2019

MÁS QUE PALABRAS


El ciclismo deportivo siempre ha estado muy ligado a la escritura. En realidad el ciclismo de carretera de competición. Tanto el de las grandes vueltas, el que goza de la atención preferente del público español, como el de las clásicas de un día, que enardece las pasiones de los aficionados centroeuropeos y transalpinos. La mayor parte de las grandes carreras de siempre nacieron apadrinadas por la prensa escrita. Sus fundadores supieron ver que ambos mundos podían beneficiarse mutuamente. El ciclismo generando épica deportiva, anecdotario, tragedia y drama. Los diarios dando forma literaria a todo ello, soporte físico a las historias y difusión mediática extensiva. Y ambos mundos, de la mano, enganchando al público, fidelizándolo, como ahora dicen.

En otros países con diferente cultura ciclista, no necesariamente mayor o menor, pero si distinta, además de la escritura periodística, abundan, desde hace tiempo, los títulos de libros dedicados a todo ese ciclismo, la literatura ciclista propiamente dicha. Me refiero a Francia, Bélgica, Italia, etc. incluso Gran Bretaña o los EEUU. Sin embargo no era el caso de España. Aquí, hasta hace menos de una década, apenas había un puñado de libros publicados sobre temática ciclista (descontando manuales técnicos o guías para viajes). Además de pocos, cuando uno se enteraba de la existencia de algún otro que se le había despistado, cuando lo intentaba localizar se encontraba que, al tratarse de una edición tímida, poco distribuida, corta y mal publicitada, estaba ya completamente descatalogado.

Pero el panorama cambió a mitad de década (aproximadamente). La bicicleta se puso de moda (una vez más, pues a lo largo de la historia su popularidad ha mostrado una evolución cíclica) y su expresión deportiva principal, la carretera, también. Ello hizo que fueran varios los agentes que apostaran por la publicación de libros de temática ciclista: sobre todo autores y editores. Así se multiplicaron los títulos e incluso aparecieron colecciones específicas, líneas editoriales al respecto o editoriales independientes especializadas en ciclismo. Gracias a ello, algunos aficionados ciclistas se acercaron a la lectura (supongo que no muchos que no fueran ya lectores), pero, sobre todo, muchas personas con la doble afición del ciclismo y la lectura pudieron satisfacer, con cierta frecuencia, el deseo de poder atender a ambos intereses simultáneamente.

Todo hay que decirlo, con la abundancia también aparecieron algunas pegas menores: cierta saturación de la oferta, algo de propensión al cansancio lector monográfico y la irrupción de algunos textos de más que dudosa calidad, que probablemente hayan nacido de las prisas, el oportunismo o el “todo vale”. En cualquier caso, todos ellos males menores que no empañan la buena noticia que supone que nuestro país se haya normalizado, incorporándose al grueso de estados que disfrutan de verdadera literatura ciclista.

Entre un grupo de escritores de nueva generación que se han visto seducidos por la llamada del ciclismo se encuentra mi amigo Marcos. Marcos Pereda tiene bien merecida la consideración de escritor. Maneja con soltura, gracia y acierto el formato periodístico, la columna de opinión, el artículo y, desde luego, el libro. Y escribe sobre lo que se le antoja y apetece, lo cual genera temáticas diversas. A pesar de eso, mejor dicho además, ha sido capaz de crear su propia línea de libros sobre ciclismo de carretera. No una línea formal y planificada, sino una sucesión de títulos que, nacidos de sus inquietudes y creatividad, han ido consolidando cierta inercia temática que espero que no se vea interrumpida. Prueba de que lo suyo no parece una intención estratégica de mercado y especialización es que, de los tres estupendos títulos que tiene publicados hasta este momento, cada uno de ellos ha sido lanzado al mercado por una editorial diferente.

Únicamente voy a nombrar dichos libros, sobre todo porque estoy seguro de que la mayor parte de mis lectores ya los conocen, y es probable que los hayan leído todos o alguno. En cualquier caso, los recomiendo, Todos ellos me parecen mucho “más que palabras”. Por orden de aparición han sido: “Arriva Italia. Gloria y miseria de la nación que soñó ciclismo”, “Periquismo. Crónica de una pasión” y “Una pulga en la montaña. La novela de Vicente Trueba”. El primero un completo y emocional ensayo sobre la época más legendaria del ciclismo italiano; el segundo una incisiva radiografía sobre la transición económica, cultural y deportiva española a través de la figura de Perico Delgado; y el tercero un ejercicio de divulgación de ciclismo pionero en formato de novela.

A Marcos lo veo bastante. Nos juntamos en sus presentaciones o las mías. Quedamos de vez en cuando para tomar un café. Además, nos mantenemos algo al corriente en algunos asuntos de interés para ambos, e incluso nos apoyamos mutuamente de modo discreto. Hemos estado varias veces sentados juntos en diversas mesas redondas dedicadas a la literatura ciclista, y siempre que ha sido así, me lo he pasado estupendamente disfrutando del momento y su compañía. Y en este sentido, he de decir que siempre se puede contar con él. Es de esas personas que asiste a los eventos de los demás, que no va exclusivamente a lo suyo, algo que empieza a ser demasiado frecuente en la actualidad.

Precisamente, cuando presenté mi libro “Metiendo Cantos” en la librería Gil de Santander, como uno más, mezclado entre el público asistente, enseguida me percaté de la presencia de Marcos. Lo agradecí mucho interiormente. Su asistencia al acto implicaba muchas cosas: intención, atención, deferencia, interés, cierto afecto, reconocimiento, etc… todo ello en el simple hecho de estar allí. ¡Más que palabras!.

 
Marcos Pereda. (imagen: Diario Montañés).

La cuestión es que aprovechando la ocasión, el muchacho apareció con unos maillots viejos para regalárnoslos a otro amigo y a mí. Los tenía hacía tiempo, pero no eran de su talla, y entendía que, quizás, tuvieran mejor uso en nuestras manos. A mí me tocó en suerte uno rojo de punto, correspondiente al Gran Premio de la Montaña de la Vuelta a Cantabria. Dicha carrera fue una de las vueltas por etapas más antiguas de la península. Probablemente (perdónenme porque no estoy completamente seguro de ello), la cuarta (empatada con la Vuelta a Andalucía), después de la Volta a Tarragona (1908), Volta a Catalunya (1911) y Vuelta al País Vasco (1924), pues la ronda Cántabra se celebró por primera vez en 1925. Y aunque tuvo algunas interrupciones, se ha mantenido presente durante la mayor parte del tiempo. A lo largo de su historia ha mutado algo de categorías. La mayoría de sus ediciones estaban reservadas para los ciclistas profesionales, con un impasse centrado en la categoría amateur, pero ahora mismo se disputa en élite/sub 23.

 
Recorte de prensa de la Primera Vuelta a Cantabria. (Imagen:Aku, Periódico La Nación; Madrid-16 de septiembre de 1926. Encontrada en humaraobregon.blogspot).

Encontrarme de repente con un maillot tan cargado de connotaciones emocionales, geográficas, deportivas, añejas y geográficas me hizo reflexionar un poco sobre el significado inmaterial de la prenda. Me la había regalado un excelente narrador de historias ciclistas. Originario, además, de la cuenca del Besaya, cuna de muchos personajes muy importantes del ciclismo español (Trueba, Sainz, Freire, etc.), comarca apodada como “La Montaña”. Se trataba de un maillot oficial e histórico de la Vuelta a Cantabria, con todo lo que ello implica para mí, que de pequeño la vi pasar por delante de la casa de mi abuela, cerca de Reinosa, con corredores como Ocaña y otros del KAS pedaleando delante de mis narices. En una época en la que los chiquillos imaginábamos las batallas del Tour de Francia componiendo recreaciones mentales fantásticas, nutridas con los relatos que los mayores nos leían de la prensa. Y para colmo, correspondía al Gran Premio de la Montaña. Conclusión ¡tenía que hacer un homenaje!.

La primera idea que se me ocurrió fue la de escoger un puerto muy especial y ascenderlo sobre una bicicleta clásica con el maillot puesto, para hacerme una foto en la cumbre y enviársela a Marcos como detalle de agradecimiento. El problema es que me decanté por un puerto extremadamente duro, y al cual, para acceder, antes tenía que dar cuenta de otro. Todo ello en una época de mínima dedicación personal a la bicicleta. No, tras un primer intento, decidí coronar la aproximación y darme la vuelta, ya me acercaría al brutal puerto en cuestión en coche. Así pues, aplazando el homenaje, me encontré habiendo estrenado el maillot con un ascenso que, si bien resulta asequible, está cargado de simbolismo e historia del ciclismo regional: Alisas. Aquello me hizo pergeñar otra idea algo más ambiciosa: por qué un único puerto, mejor tres. Tres ascensiones que, por diferentes motivos, dotaran de mucha mayor potencia simbólica al homenaje. Y así fue como decidí embarcarme en tres escaladas independientes: la de Alisas “norte”, la de Peña Cabarga y la de Los Machucos “este”.

Alisas es un puerto clave para el ciclismo cántabro. Su ascensión ha estado presente en la historia del ciclismo regional desde el momento en que los pioneros empezaron a emplear las carreteras para competir, dejando de lado, poco a poco, las pistas y circuitos urbanos de la capital. Aquello ocurrió en 1897, con la celebración de una carrera con recorrido Santander – Liérganes – Santander. Aun no se subían puertos, pero la querencia ya se adivinaba, pues Liérganes es localidad principal cercana a Alisas. El debut competitivo del puerto llegó en 1914, pues el paso fue incluido en el trazado de la primera “Vuelta a Santander”. Se trataba de una carrera en línea, de 125 km que, intencionadamente, incluía un puerto significativo. Y aquel no fue otro que Alisas, ascendido desde la Cavada (vertiente norte).

“Los corredores aún no llevan en el manillar los bidones de bebida. Tienen la clásica cantimplora de explorador y en sus bolsillos llevan unos trozos de buen pan blanco, perforado para meter carne y fiambre. Unas friegas de embrocación, dadas en la misma casa de huéspedes, los tubulares cruzados por la espalda y unas prudentes advertencias, bastan para que se coloquen en fila, atentos a la bandera que Paco Sánchez mantiene en alto”.  (Fermín Sánchez González (Pepe Montaña), 1948).

Desde aquel momento el paso por Alisas, en cualquiera de sus dos sentidos, ha estado presente en cientos o miles de carreras ciclistas de toda índole y categoría, en marchas ciclistas, etc. Por ejemplo, en la “Vuelta a Santander” de 1930, aquella que ganó Cañardo, seguido de Dermit, con Vicente Trueba tercero y Montero cuarto. Con respecto a la Vuelta a España, Alisas ha formado parte de su recorrido en muchas ocasiones. Ya lo hizo en la primera edición, la de 1935, en la etapa Santander-Bilbao. En aquella ocasión Amberg coronó en primer lugar, seguido por Fermín Trueba dos minutos después, tras recortar cuatro al primero, que había llegado a pie de puerto con un margen de seis minutos. Pero, además del múltiple paso de carreras por el puerto, Alisas es territorio de entrenamiento. Es una ascensión relativamente próxima a Santander, lo cual hace que sea escenario de los esfuerzos solitarios o colectivos de múltiples ciclistas aficionados, corredores, chavales y turistas en bicicleta. Quizás por ello, y por algunos otros detalles, Alisas fue, durante muchos años, una referencia utilizada como test de rendimiento ciclista. El primer récord del que he encontrado referencia data de 1921 y fue establecido por un tal Antonio García. Desde entonces hasta ahora, son miles los ciclistas que se han tomado tiempo de modo particular, o han sido cronometrados durante su ascensión (mayoritariamente por la vertiente norte). En 1932, en plena Fiesta del pedal de La Cavada, se improvisó una cronoescalada en la que Vicente Trueba tomó parte, fuera de concurso. Estableció un nuevo récord, dejándolo en 25 minutos. Cuando en los años ochenta y noventa del siglo XX me dedicaba a llevar la preparación de bastantes ciclistas y triatletas, el cronometraje de la ascensión a Alisas era muy popular en las rutinas de los deportistas. En la de todos los del ámbito geográfico de Santander y casi toda la costa oriental de la provincia. Personalmente contaba con una buena base de datos de ciclistas propios y ajenos, de diferentes categorías y distinto nivel de resultados competitivos. De esa forma, me resultaba fácil catalogar “de primeras” a un atleta, con una “evaluación inicial” ascendiendo este puerto. De igual modo, la evolución de su estado de forma podía ser puesta a prueba en sus rampas. El problema de ese sistema tenía que ver con un par de cuestiones. Por un lado, con el margen de fiabilidad que uno podía dar a los tiempos que decían que habían hecho determinados ciclistas ajenos, y por el otro, con el punto exacto de inicio del cronometraje, que, en nuestro caso, siempre era un disimulado puentecillo situado bajo una curva hacia la derecha a partir de la cual la pendiente se empina claramente. En aquella época se rumoreaba que el mejor tiempo de ascensión pertenecía a Gonzalo Aja, y había sido tomado en plena carrera. Pero, vete tú a saber…

 
Ascensión a Alisas en la Vuelta a España de 1986. Por orden de posición: Eduardo Chozas, Sean Kelly y Enrique Aja. (Imagen: "Baroncheli" en forodeciclismo.mforos).

Peña Cabarga domina la bahía de Santander. Es una montaña característica que puede verse desde casi cualquier punto del litoral de dicha bahía, así como desde muchas zonas de la ciudad. Su máxima cota es el denominado pico Llen, que alcanza los 569 metros de altura sobre el nivel del mar, lo cual, en este caso, resulta de lo más literal, pues la base de la montaña está bañada por las rías de Astillero (la de Solía y la de Tijero). Esto hace que, pese a que su altitud sea modesta, el desnivel sea íntegro, esos quinientos y pico metros en poco kilometraje. La cumbre es una explanada asfaltada sobre la que se asientan dos edificios puntiagudos: una instalación de telecomunicaciones y, un poco más arriba, un pirulí denominado “monumento al indiano”. Este último se ha convertido en todo un icono regional, de la bahía, santanderino y, por encima de todo, de la propia Peña Cabarga.

Desde el punto de vista ciclista, su ascensión ha sido utilizada en numerosas ocasiones como escenario espectacular en múltiples carreras y marchas cicloturistas. De entre todas ellas, destacan dos: como final de etapa, o en versión de cronoescalada, en varias ediciones del prestigioso Circuito Montañés (prueba internacional por etapas para categoría de aficionados); y como final de Marcha Cicloturista Peña Cabarga, organizada con mimo por el exciclista Enrique Aja. Pero, a nivel nacional, “la Peña” (como acostumbra a llamarla gran parte del alumnado del Instituto de Heras, que está situado en la base de su falda) ha estado presente en la Vuelta a España en cinco ocasiones, siendo todas ellas final de etapa (difícilmente podría ser de otro modo, teniendo en cuenta que no tiene más que una carretera por la que acceder a su cima). La primera vez en 1979 con victoria de Ángel López del Álamo, enrolado en el CR Colchon-Atun Tam, en la que fue su única victoria de etapa en toda su carrera profesional. La general la ganó Zoetemelk, que aprovechó la etapa para alzarse con un liderato que ya no soltaría, en una edición en la que hubo una presencia extranjera bastante destacada. Tras aquella visita, la vuelta no volvió al pirulí hasta el siglo XXI, más concretamente, hasta la segunda década de este. Aunque desde entonces hasta ahora, la incluido cuatro veces en su recorrido. Las cuatro con victoria de corredores del más alto nivel (o casi). En 2010 ganó Joaquim “Purito” Rodríguez, todo un “crack” que, más o menos a partir de aquella temporada, empezaba a demostrar al mundo lo que iba a ser capaz de hacer. Aquella Vuelta la Gano Nibali, que, al igual que Zoetemelk en la anterior ocasión que pasaron por allí, consiguió el liderato una vez finalizad la etapa (lo perdió temporalmente unos días después, pero acabó ganado la Vuelta). Al año siguiente, 2011, Peña Cabarga vivió una espectacular jornada de ciclismo con un mano a mano, a vida o muerte, entre los dos máximos aspirantes a ganar la ronda: Chris Froome y Juanjo Cobo. Ante la presencia de miles de espectadores encaramados en las laderas del macizo kárstico, ambos corredores estuvieron dándose hachazos a lo largo de toda la ascensión, especialmente en las rampas finales, las más duras de todas. Al final ganó el británico (por escasos segundos), pero “el Bisonte de la Pesa” mantuvo un liderato que acabó valiéndole la Vuelta (ganó la general por 13 segundos de diferencia con Froome). Así estaban las cosas el día que escribía este párrafo. Pero un poco más tarde, en el noticiario televisivo de la sobremesa, saltaba la noticia de que la UCI sancionaba a Cobo por haber detectado irregularidades en su pasaporte biológico. A consecuencia de ello, ocho años después, desposeía al ciclista cántabro de su triunfo en la Vuelta del 2011, adjudicándoselo a Froome, que mientras tanto estaba hospitalizado, hecho un cuadro, a causa de haberse estrellado en bicicleta mientras reconocía el recorrido de una carrera. Con el palmarés ciclista nunca se sabe, es algo que puede llegar a cambiar con el paso del tiempo. El corredor del Sky volvió a vencer la etapa de Peña Cabarga en la edición de 2016, aunque tampoco esa vez le sirvió para ganar la Vuelta (“en directo”), ya que ésta cayó en manos de Nairo Quintana, quien también mantuvo su liderato al finalizar la etapa. Entre medio de las dos victorias del poderoso corredor de origen sudafricano, Peña Cabarga fue testigo de la victoria de Vasil Kiryienka. El bielorruso del Sky ha demostrado ser un corredor potente a través de un palmarés de CRI bastante brillante, que incluye una medalla de cada metal, en tres campeonatos del mundo de la especialidad. Aquel día Nibali consiguió mantener un liderato de la general que traía desde muchas etapas atrás pero que perdería, de forma definitiva, al día siguiente, quedando relegado al segundo puesto final, en favor de la victoria de Chris Horner.

 
Juanjo Cobo seguido de Chris Froome afronta la ascensión a Peña Cabarga, para deleite de miles de aficionados. (Imagen: origen desconocido ¿video?, publicada en "con D de deporte").

Aparte de la utilización de las rampas de Peña Cabarga como escenario de competiciones oficiales, su vinculación con el ciclismo muestra otra vertiente de interés. La dureza de la ascensión integral en sí y, sobre todo, la presencia de un buen número de rampas de muy alto porcentaje, hacen que se convierta en un reto personal llamativo para cualquier ciclista, e incluso para cualquier persona dispuesta a afrontar una bravuconería, una apuesta arriesgada, etc. Si a ello añadimos su permanente presencia ante los ojos de Santander y su cercanía y accesibilidad, el Pico Llen alcanza la categoría de reto personal clásico o popular de la región. Da igual cuánto uno tarde, ¿eres capaz de subirlo sin echar pie a tierra, o no?.

El tercero de los puertos elegidos, los Machucos, en realidad proviene de una “venida arriba” del presidente regional Revilla, cuando prometió a los presentes, en la celebración de una festividad local, que construiría una carretera para comunicar las inmediaciones de Calseca (Miera) con la Bustablado (zona de Arredondo). Conozco un testigo presencial de aquella escena transcurrida en las campas que rodean el monumento a la Vaca Pasiega. Según su versión, que no pongo en duda, el político disfrutó de la fiesta, del peloteo de la gente y escuchó algunas de sus reivindicaciones lanzadas al aire sin protocolo. El vino blanco fue haciendo su efecto y el hombre del mostacho se sintió empoderado y lanzó una de sus múltiples y mediáticas promesas (sobre cuyo cumplimiento o no, sabe ya mucho la población regional). En esta ocasión sí que lo hizo (en cierto modo), asfaltando la pista existente y catalogándola como carretera. Al conservar el trazado original, el resultado mantiene unos cuantos muros que superan con holgura el 20% de pendiente. Es más, hay tramos de la “carretera” que, por la seguridad y utilidad real de los vehículos que por ella se adentren hacia el puerto, tienen un lecho de hormigón rayado en vez de asfalto, porque en caso contrario, con el pavimento mojado, resultarían difíciles de superar a causa del deslizamiento y la precariedad de agarre de los neumáticos. Cuestiones políticas aparte, el resultado es otra carretera de montaña más en la región, francamente bonita, prácticamente sin tránsito e ideal para plantear alguna “burrada” ciclista. Por eso ha triunfado en la Vuelta a España desde que se estrenó en 2017. En aquella ocasión la victoria fue para Stefan Denifl (Acqua Blue), fruto de haberse quedado solo, tras las sucesivas bajadas de rendimiento de los compañeros de una fuga consentida por el pelotón. Pero por detrás hubo batalla, pelea entre los gallos y figuras de la carrera. Froome era el líder de una Vuelta que finalmente acabó ganando (la primera “en directo”, ahora la segunda, tras la adjudicada “en diferido” a causa del caso Cobo). Pero en los Machucos pudimos ver sufrir a Froome. Lo pasó mal, pues llegó a descolgarse ligeramente, en varias ocasiones, del grupo de favoritos que respondía como podía a un valiente Contador, que se había ido por delante. Hacía mucho tiempo, y desde luego no en los últimos “Tours” de Francia, que no podíamos ver en Froome algún resquicio de debilidad o una mínima fisura en su superioridad. El ganador de aquella Vuelta perdió algo más de un minuto con respecto a un bravo Contador que supo despedirse del profesionalismo con muchas muestras de combatividad a lo largo de toda la carrera. Por detrás, Nibali, López y Zakarin, sacaron 42 segundos al británico. En favor de Chris Froome hay que subrayar que siempre ha declarado su pasión y admiración por la ronda española, alegando que le resulta especialmente motivadora a causa de su dificultad intrínseca y su combatividad. No le falta razón si nos atenemos a las dificultades que ha encontrado para ganarla, o a las diferencias que ha logrado con respecto a sus competidores. Nada que ver con sus incuestionables victorias en el Tour.

 
Alberto Contador, en solitario, en una de las duras rampas de Los Machucos. (Imagen: Instagram, cuenta acontadoroficial).

Cuando unas líneas antes mencionaba que los Machucos han triunfado como etapa de la vuelta a España, se explica porque, pese a haberse disputado dicho puerto en una única ocasión, el éxito deportivo y de público fue tal que se ha vuelto a programar para la Vuelta de 2019. En concreto para la decimotercera etapa entre Bilbao y Santander, la cual pasará antes por cuatro puertos de tercera categoría y dos de segunda. Por cierto que uno de ellos será Alisas, ascendido por la vertiente contraria a la propuesta en mi homenaje, aunque en la ocasión anterior, la del ataque de Contador, sí que lo subieron por el norte, y además justo antes de acometer las terroríficas rampas de los Machucos.

Justificada la elección de los puertos, ha llegado el momento de describir la experiencia del homenaje, la cual llevé a cabo en tres jornadas independientes entre sí. Determinado el maillot, tenía que decidir qué bicicleta emplear para mis ascensiones. Tenía claro que iba a ser la misma para todas ellas y que sería una clásica. La selección fue fácil aplicando un primer criterio: la que me ofreciera el desarrollo más blando posible. Y esa, actualmente, es mi bicicleta original, la primera “de corredor” que tuve, una Razesa que compré a Otero en Madrid en 1984 y con la que antaño hice muchos viajes. También es la bicicleta con la que me inicié en el mundo del ciclismo retro y creo que, de largo, la que más he utilizado para participar en eventos, quedadas o planes privados de ciclismo clásico. Por el terrible desgaste de sus platos, hacía pocos años que la había cambiado el movimiento central, aprovechando la ocasión para montar un triple plato Stronglight. De ahí, las nuevas posibilidades de su desarrollo. Es una bicicleta bastante pesada, pero que funciona perfectamente y que me resulta muy cómoda. Además, aprovechando la motivación del homenaje, me animé a hacerla un “restyling” parcial que tenía pendiente desde hacía bastante tiempo.

Alisas lo he subido muchas veces. Incontables. Me queda muy a mano desde de casa, por lo que ir y volver se convierte en una habitual sesión de entrenamiento natural. Además, su paso hacia la otra vertiente forma parte de un buen puñado de itinerarios algo más largos y exigentes que también acostumbro a completar de vez en cuando. Lo he ascendido solo o acompañado y con muchas bicicletas diferentes. Me conozco su trazado casi de memoria, y aunque es un puerto bonito y muy entretenido, últimamente procuro evitarlo porque me tiene un poco aburrido. Además, sé que cada poco tiempo me toca volver a subirlo porque, cada vez que mi cuñado Bernardo viene desde Francia a visitarnos, me pide que volvamos allí en bicicleta. Aunque este hombre ha desarrollado toda su vida académica y la mayor parte de su trayectoria profesional en Francia, sus recuerdos de niñez y temprana juventud están totalmente vinculados a Santander y a Galizano. Y al ciclismo, deporte que siempre le ha apasionado y que practicaba de chaval. Desde entonces, Alisas ha sido para él una constante referencia sentimental y deportiva, un escenario al que permanentemente quiere regresar… para sufrir, o disfrutarlo de modo ligeramente masoquista. Al contrario que otros, que lo buscan cada 31 de diciembre, para brindar con cava en su cumbre, despidiendo el año viejo y dando la bienvenida al nuevo. En una ocasión me junté a ellos, algunos de los cuales vestían galas vintage y montaban máquinas retro. Recuerdo que aquella vez hacía una surada muy fuerte, que nos dio más de un susto durante el descenso.

Tal y como confesé antes, mi primera intención había sido la de hacer el homenaje en los Machucos y punto, aunque para ello pensaba salir desde casa en bici y regresar, dando una vuelta circular y muy interesante, aunque bastante dura. Aquello implicaba dar cuenta primero de Alisas y enfilar los Machucos tras su descenso por el otro lado. No contaba con un par de factores que me encontré en contra. El primero fue una jornada de muchísimo calor. Uno de esos escasos días en los que en el Cantábrico nos advierten de que las temperaturas podrán llegar a ser incluso peligrosas para personas poco acostumbradas. No es algo que me asuste, y tampoco que me afecte especialmente, ni siguiera vistiendo un maillot corto de punto, pues he descubierto que resultan bastante eficaces tanto en situaciones de calor como de frío. Lo que les va fatal es que se mojen con la lluvia, pues cogen mucho peso y acaban colgando por todas partes. Así pues, salí animado de casa, estrenando con agrado los arreglos aplicados a mi querida bicicleta y disfrutando de esos recorridos tan secundarios que siempre procuro elegir. Además, apenas transcurridos unos minutos, me encontré con un afable ciclista que se me emparejó y me procuró una constante charla. Tras interesarse por mi bicicleta, mis “pintas” retro y mis intenciones de ruta, me contó muchas cosas, e incluso me hizo alguna pregunta técnica. El hombre debía de estar muy a gusto con el encuentro pues me acompañó hasta La Cavada, más allá de su destino, e incluso me enseñó un desvío tranquilo y agradable, para circunvalar Solares y sus inmediaciones del sur. Tras la despedida, inicié tranquilamente la aproximación a Alisas, que aunque forma parte del perfil del puerto, yo soy de los que no lo consideran como tal, pues contiene muchos descansos y sus cuestas son muy livianas. Sin embargo, cuando empezó la subida de verdad, enseguida me percaté de que no iba bien. No era un problema de piernas. Tampoco de “caja”. Más que fatiga era incomodidad orgánica, no postural. Algo difícil de explicar. Una especie de falta de ganas, de falta de vitalidad, acompañada de un leve dolor de cabeza. Seguí subiendo con calma, y aunque me mantuve haciéndolo con el plato mediano puesto, las sensaciones no mejoraron, por lo que concluí admitiendo que aquel no era “mi día”. A mitad de camino tomé la decisión de abortar el intento a los Machucos, porque se me antojaba inviable en ese estado, aunque ya puestos ¡qué menos! rematé el ascenso de Alisas. La lástima era que llevaba puesto el maillot del homenaje y, además, hacía un día precioso, por lo que, una vez en la cumbre, a la cual accedí sin mayores problemas, tomé algunas fotografías y tuve la ocurrencia de ampliar el homenaje a las tres cimas ya descritas. Con la idea en la mente, más ambiciosa y mucho más atractiva, disfruté de la bajada y regresé tranquilamente a casa, donde, consultando con la experta del hogar para cuestiones sanitarias, encontré la explicación a mis negativas sensaciones. Resulta que la víspera de aquel pedaleo, me habían puesto una inyección de antihistamínicos, algo que, según parece, bien pudo ser la causa de aquellas peculiares sensaciones, por lo demás nada alarmantes. Gracias a ello, al mal día o la inyección, a este relato-homenaje, le quedan dos puertos por ascender.

 
Retrato en el puerto de Alisas.

 
 En La Cavada hay un monumento y una placa dedicados a la memoria de Vicente Trueba.

Hasta hace algunos años procuraba acercarme a intentar subir Peña Cabarga una vez al año. Aunque llevaba bastantes años consiguiéndolo, la verdad es que de un tiempo a esta parte lo tenía abandonado. No me atraía pelearme con un puerto tan “violento”, que no me iba a aportar ningún logro más. Además, a mi edad, su ascensión únicamente la acometo si puedo disponer de desarrollo “más que suficiente”. De todas formas, Peña Cabarga lo he coronado mejor de mayor que de joven. La razón no es otra que haber aprendido a superarlo “en defensa propia”. Es decir, despacio, ahorrando lo máximo posible y tratando de no “dar palo al agua” hasta que las rampas más duras de su parte final hacen que tal tratamiento resulte ya imposible, por muy despacio que vayas. La última vez que había subido Peña Cabarga fue para acompañar a Ander Izaguirre (otro escritor que nos aporta “más que palabras”) cuando hizo pasar su “Tour del plomo” por Cantabria. Aquello fue una especie de gira por librerías de España presentando su magnífico libro “Plomo en los bolsillos”. Ander tuvo la feliz idea de ascender un puerto mítico de cada localización, y hacerlo en plan quedada con algunos de los lectores locales. En Peña Cabarga fuimos pocos (creo que cuatro con él incluido). Me pilló de sopetón, pero me animé a subir y lo conseguí, y no me tuvo que esperar mucho arriba.

 
Hace algunos años, Ander Izaguirre peleando el ascenso a Peña Cabarga en su "Tour del plomo". Algo más atrás, desenfocado y con maillot azul, sigo su escalada como puedo.

En esta ocasión elegí una mañana cualquiera. No estaba entrenado específicamente en bicicleta, pero tampoco desentrenado del todo. Y sí lo suficientemente descansado. Aunque habían pronosticado buen tiempo, el sol no acababa de lucir. El día se presentó brumoso. Lo suficiente como para que la sierra de Peña Cabarga no fuera visible desde mi casa. Y eso que, en condiciones de cielo despejado o nubes altas, la montaña se contempla perfectamente y bastante cerca. Me puse el maillot del homenaje y me monté en la misma bicicleta. La aproximación fue corta y muy cómoda, escogiendo carreteras secundarias habituales, e improvisando un atajo-enlace a través de un polígono industrial aún poco desarrollado. A unos 5 o 6 kilómetros del pie de puerto, el sol empezó a hacer acto de presencia. Lo hacía con ganas: mucha luz y evidente aumento de la temperatura. Por fin, tras algunos repechos arriba y abajo, alcancé el antiguo cruce en el que se inicia la subida. Un cruce que actualmente se ha convertido en rotonda. El punto de partida plantea un posicionamiento habitual ante la vida. Desde su comienzo presenta una rampa muy dura. Ante ella, la única vía de escape presente es un lupanar. Así que uno debe elegir: un camino de sacrificio, esfuerzo, deporte y perseverancia; o la tentación, el placer, el vicio y el derrumbe de sus principios. Contaba con aquella rampa y las sucesivas que se ven enlazadas en forma de eses, así que seguí pedaleando cuesta arriba. Tras el único desvío posterior, acometí dos kilómetros de porcentaje muy constante. Es una parte bastante dura en la que conviene no equivocarse. Se puede ascender, y la sombra ayuda, pero si alguien se pasa un poco de punto en ese tramo, puede que lo pague de forma definitiva al final. Fui consciente y voluntariamente despacio por allí, con un desarrollo muy blando. Lo dicho, “en defensa propia”. Más tarde, unas curvas más bien abiertas te van haciendo rodear la montaña para seguir ascendiéndola por detrás. Tras un desahogo poco perceptible, vuelve la dureza, aunque enseguida llega un tramo de descanso total, con algunos metros llanos o incluso un poco descendentes. Pasé por allí con bastante optimismo y confianza en mis posibilidades de rematar el “encargo” autoimpuesto. Así llegué al tramo que me parece más bonito. Son cuatro horquillas muy duras, dibujadas entre formaciones calizas muy afiladas y tapizadas parcialmente de vegetación. El tramo invita a alternar el asiento con la danza sobre los pedales. Pero sin excesos, con calma, dosificando, y abriéndose uno a tope en las cerradas curvas. Al salir de allí venía lo peor, una rampa algo más dura, seguida de un tramo recto terrible con curva final a la izquierda, y otra rampa del máximo gradiente. Metí todo para pasarlo, la última gran corona que me quedaba en reserva. Ascendí con total parsimonia. Como un caracol leyendo las pintadas del asfalto, la alternancia de nombres y ánimos a los ciclistas y a los pilotos de coches que también allí disputan una subida cronometrada. Me dolió bastante el esfuerzo en las piernas. Creo que es algo que allí resulta inevitable, lleves el desarrollo que lleves. Siempre he utilizado lo más suave disponible, y siempre me ha dado la impresión de que con menos no hubiera podido lograrlo.

Conocer la ascensión ayuda mucho porque, cuando crees que ya no vas a poder más, sabes que ya has pasado lo peor, que tras una curva hacia la izquierda la pendiente cede un poco. Lo necesario para dejarte subir, para que te recuperes, y para que llegues arriba vivo y satisfecho por el logro. Arriba las brumas costeras cambiantes no ofrecían un paisaje fotogénico o fácil de retratar, aunque sí vistas agradables para el ojo humano. Hice un par de fotos para documentar la ascensión y me volví a montar en la bicicleta para descender, con especial cuidado. Aunque la carretera está en excelente estado, la bicicleta tiene ya 35 años y algo de óxido por aquí y por allá, y frenos de la época. Y aunque funciona muy bien y da excelente servicio, me apura un poco lanzarme demasiado rápido a partir de determinados porcentajes de pendiente. Pero descendí sin problemas. Con precaución pero disfrutando. Después vino el regreso a casa, con acusada fatiga local en las piernas. Objetivo cumplido, aunque incremento de la incertidumbre con respecto a los Machucos: si Peña Cabarga me había costado tanto en determinados tramos puntuales… ¿podría subir a la vaca pasiega, siendo claramente más duro?. Ya veríamos cuando llegara. Por el momento, aquella tarde sentí las piernas muy “tocadas” y la tensión claramente baja. Ambos síntomas de que, efectivamente, Peña Cabarga es una ascensión violenta.

 
Retrato del segundo capítulo del homenaje. Peña Cabarga.

Nunca antes había intentado ascender a los Machucos desde Bustablado, la única vez que subí hasta el monumento a la vaca pasiega que lo corona fue por la otra vertiente, desde Miera. Lo hice como parte de un recorrido que yo mismo organizaba, en plan quedada, hace pocos años, y al que denominaba “el paso de la vaca …” (los puntos suspensivos se completaban de distinto modo, en función de la comarca elegida para su celebración). Siempre consistía en una ruta de 100 millas, cargada de puertos (muchos y duros). La vertiente occidental es también durísima, pero no tanto como la oriental, la cual, sinceramente, no tenía la certeza de que fuera a lograr superar. Por si acaso, decidí llevar un calzado que me permitiera caminar si en algún momento no me quedaba más remedio.

Mi idea inicial era aprovechar algún día de verano para acercarme hasta Bustablado en coche y, desde allí, perpetrar el intento. Pensaba hacerlo poco tiempo después de algún viaje ciclista, o, cuando menos, alguna racha en la que hubiese encadenado varias salidas ciclistas algo seguidas. Pero mis veraneos son bastante improvisados, el tiempo fue pasando, y lo único que iba acumulando eran sesiones de piragüismo y alguna remada de banco fijo. Pero no esperé más y, de nuevo, un día soleado y muy caluroso, me acerqué con el coche hasta la base de la ascensión. Ni corto ni perezoso, me monté en la bicicleta y empecé a pedalear. No haber elegido un punto de partida algo más alejado fue un error debido a que tenía el horario algo ajustado. Lo digo porque noté bastante la falta de un poco de calentamiento en los primeros kilómetros, donde, por cierto, me encontré con la que me pareció la rampa más dura de todas. Ya desde Bustablado, la carretera se empina mucho para salvar el pueblo, aunque enseguida llegan algunos descansos. Al poco rato surge un desvío en ángulo recto hacia la izquierda. Es una cuesta abajo que enfila de frente hacia el primer muro. Desde el principio metí todo el desarrollo disponible, y procuré subir lo más despacio posible. A lo largo de los primeros kilómetros sufrí muchísimo. Creo que me llegó antes el primer jadeo violento que el realmente romper a sudar. Y el primer intento de levantarme sobre los pedales me dejó tan destrozado que me parece que no lo volví a repetir en todo el resto de subida.

La buena noticia de este puerto es que tiene un perfil muy escalonado. Con ello quiero decir que, tras algunos tramos de pendiente salvaje, llegan descansos en forma de inclinación simplemente dura, o incluso brevísimos tramos llanos o algunos metros de descenso. El ciclista es dueño y señor de la carretera, pues es raro que circule alguien por allí, salvo algún excursionista de motocicleta. Durante todo el primer tercio de ascensión pedaleé con el convencimiento de que enseguida me daría la vuelta, y el homenaje, discretamente, se quedaría en dos puertos. Aún no tengo muy claro qué me llevó a continuar, pues al poco de haber empezado la escalada ya estaba psicológica y somáticamente derrotado. Pero el caso es que llegué a una zona de bosque en la que la carretera se mantiene a la sombra durante bastante tiempo. Por allí se suceden rampas muy duras con frecuencia de tramos de firme de hormigón. El trazado presenta muchas “zetas” (curvas muy cerradas) sucesivas, y no sé muy bien por qué, pero la verdad es que las fui superando todas, saliendo relativamente airoso de aquella zona. Al ver mi bicicleta, un grupo de operarios que andaban trajinando en la cuneta redobló el ímpetu de sus ánimos hacia mí. Me vino bien, creo que me ayudó mucho aquel chute de motivación anónima y espontánea.

De nuevo al sol, llegó un tramo de buen descanso antes de acometer otro zig-zag de menos virajes pero mucho más separados. La pendiente volvía a exigir al máximo, y para entonces con el sol castigándome directamente. Me salvó la ascensión un cartel indicándome que faltaban dos kilómetros con un porcentaje medio del 12%. Pensé que si superaba las rampas que veía por delante, finalmente, contra todo pronóstico, podría alcanzar la cima. Y así fue, porque además, una vez superada la última curva que tenía a la vista, la pendiente desparecía y la carretera me facilitaba el acceso a la campa sobre la que se sitúa el monumento de la vaca.

Al detenerme en el paraje no me lo creía. La verdad es que me alegré mucho de haber perseverado y, sobre todo, de haber completado el homenaje al maillot. Ya podría contárselo a Marcos, porque en aquel momento, él no sabía nada de lo que me traía entre manos. Es más, no tendría constancia de ello hasta que estas líneas fueran publicadas en el blog para el que han sido redactadas. Además de hacerme algunas fotos, charlé con un par de motociclistas de campo que se detuvieron arriba a la vez que yo. Después, sin esperar demasiado, vino un descenso muy prudente, algo preocupado por la resistencia de mis frenos Olimpic. La verdad es que los frenos cumplieron con bastante eficacia y llegué sano, salvo y contento al lugar donde había aparcado el coche.

 
La Razesa posa apoyada contra la "vaca pasiega" tras el deber cumplido.

 
En la cima de Los Machucos, enfundado en el maillot que inspiró esta especie de trilogía ascencional.

A modo de consejo, de cara a un potencial intento de ascensión a los Machucos, recomiendo llevar una bicicleta con el mayor margen de desarrollo posible. Incluso aunque ello suponga que se trate de una bici algo más pesada que otras. Un desarrollo muy blando puede llegar a permitir pasar la mayor parte del tiempo sentado sobre el sillín, evitando que el corazón se desboque todavía más. Además, facilita que las piernas puedan seguir moviéndose sin colapsar del todo. Esas dos ventajas pueden permitir, quizás, alcanzar cada descanso tras los tramos más exigentes de la subida. En cualquier caso, por mi parte, creo que no lo volveré a intentar. También conviene tener en cuenta que en algunos de los momentos de máxima pendiente, al hacer fuerza para avanzar, la rueda delantera se despega del suelo con cada pedalada, haciendo un leve amago de “caballito”. Este puerto, verdaderamente, es mucho “más que palabras”.

Las palabras están bien, son maravillosas. Nos permiten contar historias o escucharlas. Por escrito o a través de la conversación. Ellas enriquecen nuestras experiencias, nuestras aficiones y facilitan las relaciones entre las personas. El ciclismo está impregnado de palabras. Ya hemos visto que por escrito fueron fundamentales para cimentar la sólida base sobre la que se levantó el actual ciclismo deportivo. Y todos sabemos, de primera mano, la extensión popular que tiene el seguimiento de las hazañas de los corredores, y el desenlace de las carreras, a través de las infinitas tertulias que se improvisan por todos los rincones. Tal es así que, quién sabe, puede que quizás se hable demasiado. O más que hablar demasiado, lo que pudiera estar ocurriendo es que, proporcionalmente, demasiada gente esté pedaleando poco (o nada) en comparación con lo que expresa (en cantidad y calidad) a través de las palabras. Esta entrada ha pretendido integrar ambas sanas costumbres, la de pedalear y la de relatar. En definitiva, la de practicar un ciclismo que sea algo “más que palabras”.