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viernes, 15 de mayo de 2020

¡RODANDO! (CINE Y BICICLETA)


Desde hace mucho tiempo tengo el anhelo de poder organizar y dirigir un ciclo de cine deportivo. Sería de carácter anual, entrada gratuita y dedicado, en cada edición, a una modalidad o temática deportiva concreta. Este año estuve a punto de ponerlo en marcha. Lo intenté por tres vías: municipal, educativa y regional. Por la tercera de ellas, no tuve respuesta. Ni a favor ni en contra, directamente pasaron de mí “olímpicamente”. Todo lo contrario que la concejalía de cultura de mi pueblo, que estaba por la labor, pero me advirtió de las dificultades y el engorro de conseguir las autorizaciones, y me pidió por favor que valorara la repercusión de audiencia, porque sabían que les iba a salir bastante caro. Así que me centré en la vía educativa, pensando, inocente de mí, que, considerando que iba a ser una actividad cultural sin ánimo de lucro y enfocada directamente hacia la comunidad educativa, la organización estaría exenta del pago de derechos de exhibición. Pues de eso nada monada. Me tuve que estudiar la ley de protección intelectual, la cual, por cierto, digan lo que digan los “artistas”, se quejen de lo que quejen, presuman de lo que presuman y abanderen las ideologías que abanderan, es, en sí misma, un acto abusivo de capitalismo exacerbado. Especialmente, si tenemos en cuenta cómo trata cualquier intento de utilización de bienes culturales (sobre todo audiovisuales) para fines educativos sin ánimo de lucro en el seno de la enseñanza pública. A los “artistas” se les olvida que parte de su formación se gestó, de forma gratuita, en el sistema educativo (público o concertado-subvencionado). También, que han obligado a sucesivos gobiernos a que alumnos y profesores hayamos tenido que pagar un canon para poder utilizar CDs para grabar archivos de estudio y trabajo educativo (escritos o diseñados por nosotros mismos), únicamente “por si acaso…”. El atraco ha sido histórico, pero en este país, informado a base de grupos de interés y camarillas posicionadas ante los medios, hay causas que tenemos perdidas. Me considero un defensor a ultranza de la sanidad y la enseñanza públicas. Pero uno de verdad, no uno de estrategia política y camiseta verde. Y considero que la utilización de todo tipo de bien cultural para fines claramente educativos, en nuestro país, debería ser totalmente gratuita. Me hace gracia la hipocresía que muestran algunos “artistas” al respecto de todo esto. He visto un ejemplo muy reciente. Cuando hace pocas semanas la televisión pública promocionaba (en forma de noticia) la inminente nueva temporada del “Ministerio del Tiempo” (serie que considero de bastante interés y calidad), varios de sus creadores e intérpretes se declaraban muy orgullosos de saber que algunos capítulos de la serie se utilizan como recursos educativos para las clases de historia en la enseñanza secundaria. Sí, muy bonito todo, pero resulta que eso, con la ley en la mano, es completamente ilegal.

Así que anduve varias semanas estudiándome la ley, contactando con varias asociaciones gestoras de derechos, con la SGAE (que cada día parece caer más bajo en cuestiones de espionaje, rapiña, falta de transparencia y desaguisados internos de poder) a la cabeza, para no conseguir enterarme de mucho, ya que todas las entidades contactadas me respondían con un estilo común: “danos los datos de lo que quieres hacer (para poderte vigilar bien) y ya te diremos lo que nos tienes que pagar”. Cuando resulta que, pasando por caja con ellos, no has solucionado prácticamente nada del asunto. No, porque en realidad el montante más elevado es lo que pueda exigir la productora o la distribuidora de cada película por exhibirla (aunque lo hagas con una copia tuya comprada legalmente). Y en esto de las productoras me encontré de todo: las que te dan permiso sin cobrarte porque entienden el fin, las que no te contestan o no son fáciles de identificar, una que estaba en suspensión de pagos y no operaba, y otra que se subía a la parra para poder proyectar una película en blanco y negro, de cine mudo, de principios de siglo. Sin comentarios.

Otro asunto de lo más peculiar, ilógico e inhumano es el de la caducidad de los derechos de las películas, que, si no recuerdo mal, duran hasta 75 años después del fallecimiento del creador (entiendo que se refiere al director). De ahí se deduce que, para el sistema educativo, sería buena noticia que el artista se muriera lo más joven posible, eso sí, habiendo dejado buena obra suficiente. Es alucinante parase a pensar que, desde la perspectiva del heredero, el sistema premia la longevidad de sus progenitores o abuelos, porque cuanto más duren, más tiempo van a poder disfrutar de los derechos generados por sus antepasados, mientras que aquellos que hayan tenido la mala fortuna de que sus abuelos o padres hayan fallecido tempranamente, además de su pérdida emocional, van a ver menguados sus ingresos en proporción temporal directa con la premura (y por tanto, la dimensión anticipada) de la desgracia. A medida que me voy haciendo mayor, la sociedad cada vez me deja más perplejo.

Al final, todo el aprendizaje necesario para entender el proceso de funcionamiento y los costes aproximados lo encontré muy claramente expuesto en la página web de una empresa gallega dedicada a la organización de todo este tipo de cosas. Muy transparentes y directos, algo que agradecí. La conclusión fue evidente: ¡que el den al cine! ¡que les den a mis inquietudes altruistas difusoras de cultura en el mundo educativo! Renuncié definitivamente a organizar el ciclo. Seguiré con mi afición a nivel personal (como hasta ahora) o en un círculo privado de amistades.

Pero la acumulación y archivo de contenidos ahí está, decenas de películas de temática deportiva que tengo organizadas y con las que proyectaba ya, para empezar, una década de programación del mencionado ciclo. ¡Qué le vamos a hacer!

Poco después de haber tomado la decisión, y de haber frustrado una primera edición dedicada al mundo del esquí, leyendo un artículo bastante interesante encontré una referencia a la que no me pude resistir. Se trataba de un ensayo titulado “Cycling and Cinema”, escrito por Bruce Bennett y publicado por Goldsmiths Press (University of London) en 2019. No esperé prácticamente nada para encargarlo, y fue uno de esos libros que me llegaron justo antes de la reclusión hogareña decretada ante la Coronavirus. Así pues, lo recibí en un momento ideal para combinar la lectura y el visionado de algunas de las muchas películas a las que hace referencia.  El texto es un magnífico ensayo centrado, tal y como su título adelanta, en el tratamiento que el cine, a lo largo de toda su historia, ha dado a la bicicleta. Y digo bien la bicicleta, y no el ciclismo. Advierto esto porque me consta que este blog es visitado por bastantes aficionados al ciclismo deportivo, y el libro en cuestión, aunque incorpora el ciclismo de competición a su temática, lo hace como parte de un todo bastante más amplio. Por eso considero adecuado reflejar un poco por encima su índice de contenidos. Vayamos capítulo a capítulo.

 
Portada del libro. (Imagen: MIT.press).

Uno. Empieza por establecer un paralelismo sorprendentemente evidente entre la irrupción de dos nuevas tecnologías que marcarían el inicio de una nueva era: la bicicleta y el cine. Ambas basadas en un dinamismo de ruedas. El autor considera el momento clave de la implantación globalizada de la bicicleta cuando ésta toma la forma definitiva de bicicleta “de seguridad” e incorpora el neumático de aire a las ruedas. En ambos campos de desarrollo innovador, el cine y la bicicleta, se fusionan dos conceptos fundamentales para la época: la tecnología y el movimiento. Todo esto, y mucho más, va tratando ese primer capítulo en el que, incluso, se hace un guiño hacia un concepto algo primitivo, pero ya visionario, del cyborg, resultado de la integración humano-máquina. También aborda el interesantísimo concepto del “aceleracionismo” (pero algo tengo que ir dejando para sus potenciales lectores). Por su puesto, todo ello, con constantes referencias bibliográficas y, sobre todo, cinematográficas. De entre ellas, una primera referencia histórica, un punto de partida desde el cual el autor arranca su discurso: “La sortie de l’Usine Lumière à Lyon”. Lumière, 1895). Al parecer, la primera aparición de bicicletas en una película.

Dos. Se trata de un capítulo más ligero o, mejor dicho, mucho menos trascendente. Aborda el papel cinematográfico de la bicicleta como recurso para la comedia, para el ridículo y para el virtuosismo como fuente de espectáculo, algo que fue muy utilizado durante la primera mitad del siglo XX.

Tres. El siguiente capítulo se centra en la bicicleta como elemento, símbolo y testigo de las consecuencias maduradas de la revolución industrial, convertidas en proliferación de un tejido fabril que cubrió Europa, creando una clase social trabajadora de tipo industrial. Aquí se abordan temas como el trabajo, la alienación, el impulso capitalista, etc. La bicicleta puede verse convertida en bien imprescindible para la supervivencia, o en un producto industrial en sí mismo, etc. Todo ello se articula partiendo de “Ladrón de bicicletas” (Vittorio de Sica, 1948), pero acaba indagando en la situación laboral y vital de los actuales mensajeros. Y con cine, mucho cine.

Cuatro. ¡Ahora sí! Aquí llega la competición ciclista como asunto principal. Pero esto me lo voy a saltar porque como más adelante voy a hablar de películas concretas, especialmente de temática “deportiva”, creo que no hará falta darle ahora muchas vueltas.

Cinco. El feminismo se convierte en un tema propio. Y no porque recientemente parezca un asunto de obligada inclusión para cualquier tentativa de venta, edición, salida pública, etc. Sino porque la bicicleta y el feminismo tienen muchísimo que ver. Lo tuvieron desde la irrupción de la bicicleta como recurso emancipador, pero también lo ha tenido y sigue teniendo, en algunos casos concretos, como área de discriminación evidente. El capítulo es muy interesante, y siendo mucho más breve que algún texto estricta y concienzudamente feminista que he podido leer hace relativamente poco, resulta bastante más sensato, esclarecedor, fresco y convincente. Tanto es así, que he tomado nota de dos referencias bibliográficas en las cuales, espero que, a no mucho tardar, pienso sumergirme.

Seis. La infancia y adolescencia son un asunto inevitable para cualquier tratado relacionado con la presencia social de las bicicletas. Lo es aquí y, como se demuestra, lo ha sido en el cine. Salen muchas referencias, algunas reflexiones y, muy especialmente, la presencia de las bicicletas de BMX.
Siete. El último capítulo lo dedica al autor al futuro. El del cine, el de la bicicleta, el de su relación mutua y el de algunas cosas más. Vuelve a repasar un poco lo anterior y ejerce de conclusión de la lectura completa, por lo que tampoco tiene mucho sentido tratarlo aquí.

Expuesto brevemente el contenido de tan magnífico ensayo, llega el momento de manifestar mi personal repaso ante la extensa oferta de películas que el texto va desplegando a través de sus páginas. La primera conclusión a la que pude llegar es que, antes de leerlo, ya había visto muchas de las “importantes”, lo cual, por un lado, reconfortaba un poco mi vanidad, pero reducía el potencial yacimiento de nuevos hallazgos. Sin embargo, me ha descubierto bastantes películas. Es cierto que voy a prescindir del visionado de varias de ellas (por simple suposición derivada de los comentarios que sobre ellas arroja el libro), pero me he lanzado a ver algunas que sí se me antojaban interesantes. Por otro lado, aunque muy pocas, sí que le han faltado algunas películas destacables. En otro orden de cosas, el autor menciona filmes con breves apariciones de bicicleta si las considera muy significativas, ya sea por su potencia simbólica o por otra causa. Y aunque coincido con él en la importancia y valor que otorga a algunas cintas, no comparto el casi inapreciable tratamiento al que somete a otras que para mí son piezas casi maestras del ¿género?. Pero eso es bueno, encontrar un trabajo que, aportándote mucho y alcanzando un nivel de calidad elevado, no coincida con tu parecer en unos cuantos aspectos. Eso sirve para avanzar y enriquecerse, lo contrario fomenta el sectarismo.

Y hasta aquí el asunto del libro. A partir de ahora, cine y ciclismo desde mi punto de vista. Y digo bien, cine y ciclismo, porque voy a sesgar el contenido (preferentemente) hacia el ciclismo deportivo. Y empiezo disparando la primera en la frente, poniendo encima de la mesa el trío de mis películas de ciclismo favoritas: “La bici de Ghislain Lambert”, “Breaking Away” y “El prado de las estrellas”.

“La bici de Ghislain Lambert”. Philippe Harel (2001). Se trata de una película franco-belga muy al estilo del cine francés independiente actual, por el que personalmente siento gran devoción. Aparte de eso, la considero, sin ninguna duda, como la película de referencia para cualquier ciclista “retro”. Es un largometraje que, además de resultar muy divertido, refleja perfectamente el ciclismo de carretera de los años 60-70. Y lo hace con profusión de imágenes de acción ciclista y con un atrezzo y ambientación irreprochables.

 
Fotograma de la película. (Imagen: sospechososcinefagos).

“Breaking Away”. Peter Yates (1979). Aun tratándose de una historia juvenil, o de transición adolescente hacia la edad adulta, esta película de aspecto independiente sabe dar con muchas de las pistas clave que caracterizan a todo verdadero “friki” del ciclismo de carretera “esencial” (de tradición). Aquí lo hace a través de la presencia de un personaje en forma de joven fascinado por todo lo italiano, como efecto colateral derivado de su pasión por el ciclismo europeo, especialmente el transalpino. El hecho de que la historia se desarrolle en los EEUU, lejos de restar interés a la misma, la enriquece, pues muestra un sano contraste entre la cultura estudiantil americana de “interior”, con la existencia individual de un fanático de algún aspecto propio de la cultura europea. Francamente merece la pena. De nuevo, los ciclistas “retro” disfrutarán más que los contemporáneos.

 
No hay que perderse ni a este chával (alma de la película) ni a su familia. (Imagen: allposters.com).

“El prado de las estrellas”. Mario Camus (2008). Aunque la localización de la historia que cuenta y el origen natal del director sean mi tierra, creo que no me he dejado seducir por el localismo a la hora de posicionar esta película entre mis favoritas. Reconozco los paisajes y he tenido el gusto de conocer al actor no profesional que hace de ciclista protagonista, pero nada de eso me ha influido. Tampoco el hecho de considerar (con conocimiento de causa) que el carácter, comportamiento y hechos mostrados por los personajes durante el transcurso de la película me resultan familiares y totalmente factibles (algo que a cualquiera que no conozca bien mi tierra y “su” ciclismo le pudiera parecer irreal). No, lo que me más me enamora de esta película son sus escenas de ascensos montañosos. Todo un regalo de belleza, luz y paisaje.

Ventilado el asunto, mis recomendaciones van a seguir, aunque clasificadas en tres grupos de estilo o temática (no tengo del todo claro como calificarlo). Voy a tratar un gran grupo de películas dirigidas a los aficionados al ciclismo “retro”. Esto está justificado por varios motivos de los que destaco dos: uno, el ciclismo fue un género muy inspirador para el cine documental en tiempos pasados; dos, estamos en un espacio divulgativo que nació centrado en el ciclismo “retro”. Seguiré haciendo referencia a un par de películas ciclistas de animación. Y acabaré soltando algunas referencias más sobre películas de ciclismo en general.

El apartado de cine de ciclismo al que he calificado como de interés o temática “retro” está totalmente formado por documentales, y hay unos cuantos que merecen la pena.

El primero de ellos es “Vive le Tour” (Louis Malle, 1962). De 18 minutos de duración, lo considero una obra de arte del cine ciclista documental en dosis moderada. Se presenta desde una doble óptica ambivalente de curioso e iniciado. De espectador ingenuo y de aficionado que sabe del tema. La carrera, como proceso, protagoniza el documental. Después la gente, el paisanaje. El Tour como patrimonio nacional. Pasan cosas, muchas cosas. Simpáticas, curiosas, dramáticas e insospechadas. Da tiempo a tocar temas escabrosos. Muestra una estética ciclista de una época sublime, una de las más rememoradas por las bicicletas y maillots del ciclismo retro actual. Una estética muy plástica y colorida. Como nota curiosa, en lo personal, se puede contemplar parte de la caravana del Tour. Un elemento socio-motorizado del que tuve la suerte superlativa de disfrutar, en ocasión probablemente única, en mi primera participación en el evento Anjou Velo Vintage, coincidiendo con el centenario del Tour. Con este documental, Mallé marcó un estilo que acabó convertido en pauta de lo que fue llegando después. A continuación, presento sus principales muestras.

“La Course en Tête” (Joël Santoni, 1974). (1h 41 min). Es un documental centrado en la figura de Eddy Merckx. Es largo, pero un buen trabajo en el que las imágenes con música o con sonido ambiente (mucho) cobran importancia. Hay buenas tomas del ciclista, muy cercanas y metidas en el espacio personal de Merckx sobre la bicicleta. La película, efectivamente, gira en torno al irrepetible campeón belga, pero de una forma poliédrica, mostrándonoslo desde varias ópticas diferentes. Como ciclista, como campeón, como maniático de las medidas de la bicicleta, como doliente perdedor (algo que representa casi una exclusiva), como entregado esforzado (que no forzado) de la ruta… y como miembro de una familia que vive todo de un modo distinto al resto de la gente, pero una familia, al fin y al cabo, con esposa e hijos. El filme parte de un prólogo rápido, pero muy elocuente, sobre la evolución del ciclismo (blanco y negro). Luego podría, casi, clasificarse en partes: una más centrada en la figura-persona de Merckx y otra de repaso informal, pero cronológico, de algunos de sus éxitos. Como detalle de interés regional, quiero comentar que viendo una escena de CRI, el paisaje que iba atravesando el corredor se me hacía francamente familiar. Carreteras estrechas, verdes prados y… una “atmósfera” muy cercana. A mi yo actual y, sobre todo, al compuesto por mis recuerdos. Y además estaban las casas, esas casas típicas de los pueblos de Cantabria. No necesariamente de las conservadas en plan de exposición, sino de las que había normalmente y que, en su mayoría, en los pueblos, siguen en pie. ¡Efectivamente! Durante unos minutos, las imágenes nos trasladan al 11 de mayo del 1973. A la CRI de 17,8 km de la Vuelta a España, celebrada en Torrelavega. Por supuesto que entonces Merckx ganó la crono, y además 6 etapas y la clasificación general. La película incorpora tomas de muchas carreras diferentes y, siguiendo la estela marcada por Mallé, secuencias de descripción interna de las mismas, atendiendo en ellas a los demás corredores, a la gente y a quienes trabajan alrededor. Escenas de momentos de gran dificultad y sacrificio (también de Merckx). En cierto modo, este documental, aunque muy al estilo del director anterior, quizás marcó la línea en la que posteriormente se estableció Leth, del que pronto hablaremos. La cara privada del ciclista belga se alterna con la pública durante el largometraje. Se repasa también su récord de la hora en México. No está demás ser testigo de aquello en diferido: 49 km con aquella bici, aquellas ruedas de aerodinámica convencional, ausencia casi total de ciencia, una postura muy erguida, etc. ¡Increible!. Hacia el final del documental hay un buen rato de muestra de la capacidad de convocatoria masiva que generaba el campeón. Masa rendida, masa respetuosa… o no, como un detalle que se repite de rápidos ladrones de gorras, que se las quitan a Merckx de la cabeza mediante una acción fugaz de la mano, siendo evidente que a él no le gusta nada. Ante tal gentío, las imágenes me hacen pensar que menos mal que era belga y no flamenco, ni prácticamente valón.

Eddy Merckx victorioso en Torrelavega en 1973. (Imagen: EFE).

Desde una perspectiva cronológica, casi inmediatamente después del documental anterior surgió el fenómeno Jorgen Leth. Este director danés tiene una larga filmografía muy peculiar, en la que abundan los “estudios” sobre el ser humano, en varios casos a través de la mirada al deporte o al movimiento (“The Perfect Human”, “Chinese Table-tennis”, “Peter Martins - A Dancer”, “Pelota”, “Moments of Play”, “Michael Laudrup - A Football Player”, etc.). En la década de los setenta, en realidad en un intervalo situado entre 1973 y 1976, esa búsqueda, curiosidad u obsesión le llevó a tratar de filmar el ciclismo. Su trabajo nos dejó, nada menos que, cuatro documentales que podrían ser considerados de “su propia escuela”, sino tenemos en cuenta que siguen parte del estilo de los dos directores anteriores, aunque eso sí, con toques propios. Por eso me atrevo a considerar a Leth como “El director de los documentales de ciclismo”. Al menos en lo que respecta a la segunda mitad del siglo XX. Una verdadera mina para los aficionados al ciclismo retro. Indispensable, por añadidura, para aquellos que sientan especial predilección por la década de los años setenta. En sus cuatro trabajos planteó una visión cercana, observadora y voyerista, pero con apariencia desapasionada. Ocultando su más que probable pasión por este deporte. Puedo recomendar tres de estas obras, porque hay una que no he visto todavía. Un cortometraje titulado “Eddy Merckx in the Vicinity of a Cup of Coffe” (1973). Bennett habla algo de él en su libro, pero yo no puedo aportar nada, aunque sí que lo puedo hacer sobre los otros tres.

 
Primer plano del director. (Imagen: @jorgenleth.twitter).

“Stars and water carriers” (1974). 1h 27 min. Estamos ante un magnífico documental que narra el Giro de Italia de 1973. Lo hace recopilando el punto de vista (literalmente visual, no de opinión) de diferentes protagonistas de este. Las estrellas y muchas otras personas, algunas de las cuales ni siquiera eran ciclistas. Repasa las etapas sin empacho y, al igual que ya hizo Mallé, resta protagonismo al resultado y a los vencedores. También a Leth le interesa más el proceso. Lo que va pasando. Las situaciones y los contrastes entre las montañas y los llanos. Merckx, el Bianchi y un pendenciero JM Fuente, no pueden evitar protagonizar muchas de las escenas. Su visionado no solamente es recomendable para el ciclista “retro”, debería ser obligado, pues tanto esta película como la siguiente, forman parte importante del acervo cultural de una de las épocas doradas de este deporte.

“Sunday in hell” (1976). 1h 45 min. Sigue la misma línea (incluso óptica, podríamos decir) que la anterior. En este caso el director vive, cuenta y transmite una azarosa y mítica carrera en línea de un día. Un monumento: la París-Roubaix. Una edición plagada de estrellas del pedal, en la que la emoción se mantiene hasta el final. Una edición que podría calificarse como de transición entre el reinado de los Belgas Merckx y Roger de Vlaemick, además de otros, y la irrupción de jóvenes valores, entre los que destaca Francesco Moser. El largometraje describe muy bien lo que es esa carrera. Lo que fue aquella edición en concreto, y lo que es siempre, en cualquiera de sus ediciones. Además, por caprichos del destino, durante el transcurso de la prueba surgen una serie de acontecimientos ajenos al ciclismo que hacen que, en determinados momentos, el reportaje informe sobre la actualidad reinante desde un punto de vista civil. El final del documental, con las imágenes de los corredores en las míticas duchas del velódromo de Roubaix, los vuelve terrenales. Los hace desprenderse del polvo del camino, de su sudor atlético y de su aureola de dioses. Recuerdo aquellas duchas porque tuve el singular privilegio de utilizarlas tras haber pedaleado durante más de cien de los últimos kilómetros del recorrido de la carrera. Incluyendo la mayor parte de sus famosos tramos de brutal pavés. Finalizando con una vuelta al velódromo. Duchas espartanas, con aspecto de campo de concentración, pero con el detalle de atesorar una inmejorable colección de placas grabadas, poniendo el nombre y la fecha de cada vencedor de la prueba a los múltiples cubículos allí dispuestos para que los corredores puedan cambiarse de ropa.

Hasta aquí los dos documentales preferentes y más ambiciosos (sobre ciclismo) del director danés. Pero hay otro de menor interés y cierta apariencia de estudio preliminar, más que de película terminada. Me refiero a “The Impossible Hour” (1974) 43 min. Desde luego parece mucho más sencillo. Más naif. Como igualmente naif resulta el montaje que rodea a Ritter en el velódromo olímpico de México, en su intento de recuperar el récord de la hora que le había arrebatado Merckx. Al verlo me recordó una película apócrifa sobre el de Indurain. Una cinta de video que me dejó pasmado por lo poco científico y riguroso de su proceso de preparación (y aquello era ya 1994). En el caso de Ritter, todo sucedía décadas antes, cuando aquel modo de llevar a cabo las cosas era lo normal. El problema, realmente, estaba en la marca que, poco tiempo antes, había establecido el Caníbal. Resultaba realmente imposible, inalcanzable, a pesar de que a Ritter hay que reconocerlo como un excepcional contrarrelojista.

Cerramos el apartado centrado en Jorgen Leth, para dar un importante salto cultural, aunque, geográficamente hablando, apenas nos desplacemos algunos pocos cientos de kilómetros. “Wyscig Pokoju 1952. Warszawa-Berlin-Praga” (Joris Ivens). (48 min).  En la línea de los grandes documentales del ciclismo de carretera, el cine polaco tuvo el suyo. Y en el caso de su versión original, esa de 1952, se adelantó a todos los documentales anteriores al narrar (con un prisma bastante institucional y nacionalista) la carrera de la Paz Varsovia-Berlin-Praga de 1952. No la he conseguido ver completa, pero parte de su contenido fue utilizado, en 1998, para que otro equipo polaco preparase un segundo documental para la televisión, recuperando mucho metraje del anterior, así como retales de imágenes de la carrera en diferentes épocas. El resultado “Kulisy Wyścigu Pokoju” es muy recomendable. Repasa la Carrera de la Paz desde, aproximadamente, 1946 hasta 1986. Cuarenta años de ciclismo. Pero lo hace dando saltos, no es un catálogo cronológico. Es algo mucho mejor. Mis alabanzas son parciales porque la he visto en polaco sin subtitular, y claro, no he entendido nada de nada de lo hablado. Entre ello, la intervención de varios antiguos corredores del pasado. Sin embargo, aun así, el documental me atrapó a través de sus imágenes y montaje. A lo largo del mismo vemos evolucionar la historia de la Europa del Este. La general y la ciclista. Y se ven cosas increíbles. Pobreza institucional de postguerra. Movimiento de masas ingentes. Montaje de pruebas “con lo puesto”. Muchos finales al sprint en pistas de atletismo de tierra o ceniza. Material y cultura de la parte de allá del “Telón de Acero”. También una progresiva modernización e internacionalización de la prueba con presencia de ciclistas occidentales. Merece la pena. Verlo, y con atención, porque en determinado momento, durante un instante en una de las ediciones antiguas, se ve un solitario cartel publicitario a un lado de la carretera. Un cartel anunciando… ¡CIL!. Alucinante ¿una empresa de la España de Franco pudiendo publicitarse en la carrera ciclista más importante del universo comunista?. En realidad no. Esa especie de tilde delata que el cartel tiene que ver con algo muy diferente de la ruta, meta o algo por el estilo. En todo caso, no sería esta, si lo fuera, que no lo es, ni mucho menos, la única interconexión deportiva que con que me he topado, en otras ocasiones, relacionando al régimen franquista con el bloque del Este.

 
¿Publicidad CIL más allá del Telón de Acero?. Lo parece, pero no...  (Imagen: captura del documental).

Toca ahora cambiar de tercio (radicalmente) y prestar atención a un par de películas ciclistas de animación. En realidad, las dos, de dibujos animados. “Andalusia no Natsu” (Nasu, verano en Andalucía) (Kosaka, 2003) 45’, es una película “manga”, esto es, del típico estilo japonés de hacer dibujos animados. Algo que en España descubrimos hace décadas de la mano de Heidi, y que posteriormente ha ido invadiendo casi todos los géneros e intereses posibles del público: deportivo, histórico, fantástico, infantil, pornográfico, etc. Como en la mayoría de los casos, este ejemplo muestra una excelente calidad de dibujo. Fiel y realista. Sitúa la historia en la época “post Indurain”, con el Mapei, Kelme, Banesto, Saecco, Telekom… perfectamente identificables por sus uniformes y tipografías, pero con los nombres ligeramente cambiados. Los dibujos son dinámicos, no como la distorsión de tiempo y espacio a la que nos sometían los responsables de producir los capítulos de Oliver y Benji. Únicamente se nota cierto exceso de parsimonia en el último kilómetro de la única etapa que narra la película. Se ve que a los nipones les resultó imposible evitarlo. El guion abarca una etapa de, imagino, la Vuelta a España. Es lo que cuenta, lo principal, aunque hay cierta historia paralela de carácter más emocional, más personal. Pero el interés (nada despreciable) está en el magnífico retrato que hace de una carrera ciclista profesional en la segunda mitad de la década de los 90, así como de su ambientación en tierras andaluzas. Entretenida para frikis del ciclismo.

Muy diferente es “Las Triplettes de Belleville” (Sylvain Chomet, 2008). Puede que una obra maestra de los dibujos animados, pues lo son buenos y originales. La película no imita a nada, su estética es muy singular y alejada de fáciles parecidos o referencias. Y la trama tampoco parece manida. Me gustó mucho, pero no me atrevo a recomendarla porque su apuesta es bastante radical en aspecto, ritmo, etc. volviéndose, en ocasiones, desmesurada o, puede que, hasta algo surrealista. Desde luego que el resultado pinta más para adultos que para niños. ¡Y sí! hay ciclismo, bastante y terrible. ¡Y los autores saben de ciclismo! Lo demuestran en su sonido, en la exageración del dibujo de los cuerpos de los corredores, en las caras y en algunos detalles más. En cualquier caso, una película sorprendente. Y no solo saben de ciclismo, seguramente también hayan sufrido en sus carnes lo terrible que resulta entrenar en rodillo…

Ahora abordo un cajón de sastre de películas que tratan también el ciclismo de competición, pero desde diferentes ópticas y con distintos niveles de acierto (siempre desde mi punto de vista). “Le Grande Boucle” (Laurent Tuel, 2013) es una divertida comedia francesa moderna, centrada completamente en el Tour de Francia, a través de una aventura paralela protagonizada por un hombre común, bastante desesperado, que decide completar su propio Tour de Francia con un día de diferencia con respecto al oficial. Aquello acaba captando la atención de los medios de comunicación y del público. Imagino que, con el tiempo, no acabará convertida en película de culto. Pero es divertida y recrea el ambiente del escenario en el que sitúa la acción.
 
“Les Cracks” (Alex Joffé, 1968) también es una comedia ciclista francesa, pero tiene muy poco que ver con la anterior. Tiene el ritmo y el tipo de humor inocente de su época, bastante más infantil para nuestros tiempos actuales. Es muy colorida y muestra la vistosidad de una película del tipo de las de Walt Disney de aquella época. Los personajes son muy exagerados, tanto de aspecto como de comportamiento. Pese a todo, la película tiene cierto interés porque cuenta una Milán – San Remo por etapas, ubicada temporalmente en 1901. Es como una versión ciclista de “La carrera del siglo” o “Aquellos chalados en sus locos cacharros”. Por eso es atípica dentro del “genero” ciclista, porque presenta un atrezzo y ambientación de lo que muchos ciclistas retro llamamos “pioneras” (carreras o bicicletas). Por cierto, hace pocos años, anduvo por ahí un corto de animación, creo que español, totalmente inspirado en escenas y situaciones de esta película.

Y ya que nos hemos acercado hasta los pioneros, no puedo pasar por alto una discreta joya del cine de temática ciclista titulada “Six day bike rider” (Bacon, 1934). Teniendo en cuenta su edad, es una buena película. Una comedia con lucimiento ciclista por encima de todo. De ciclismo cotidiano, de ciclismo-espectáculo circense y de ciclismo competición (de pista), que fue el que inicialmente triunfó en la mayoría de los países y, especialmente, en los EEUU. Es una comedia. De las de trompazos, desafortunadas coincidencias y vergüenza ajena. Todo ello en blanco y negro. Pero la bicicleta permanece durante toda la película como elemento social, como escenario, como razón de ser. Durante su segunda mitad, una competición de pista de formato de “seis días” acapara el argumento. Conviene recordar que no se trata de ninguna exageración, sino del reflejo de un tipo de espectáculo que cuajó totalmente en el mundo occidental, movilizando mucho público y mucho dinero. No fue casual su posterior evolución hacia los posteriores y diferentes formatos de competiciones de pista en seis días, así como su posterior minimización hacia los de “seis horas”. Los interesados la podrán encontrar en Internet con acceso libre.

Cierro un listado que se está dilatando peligrosamente con otra referencia más: “American Flyers” (John Badham, 1985) con un jovencito Kevin Costner en acción. No es una película importante ni destacada, pero a mí me gusta. Quizás porque sus imágenes se quedan muy parcas en los medios materiales y cantidad de gente mostrados, algo que se me antoja muy parecido a lo que debía ser el ambiente ciclista americano del sur de los Grandes Lagos, del entorno de Colorado e incluso de California en los años ochenta. Aquel ciclismo fue el embrión del posterior (desde el de LeMond hasta el de Armstrong) y era un ciclismo modesto, de poca gente, carreras sin apenas pelotones, sin el peso subcultural de la tremenda inercia europea y muy amateur. Y todo ello, soviéticos de caricatura aparte, queda bastante reflejado en la película. Que cada cual juzgue. El guion es lo de menos.

¿He dicho Armstrong? ¿Qué pasa con Armstrong? Pues que su caso ha generado, por sí solo, bastante filmografía. Tanto dramática como documental. A mí no me interesa mucho. Para empezar porque su personalidad como deportista, al menos la aparente, me resultaba bastante desagradable. También porque, por lo general, como espectador deportivo, no me gustan los monopolios victoriosos, así como tampoco los abusos logrados por motivos presupuestarios. Y como tampoco me gusta la crónica negra o amarilla del deporte, esa que busca y se recrea en lo oscuro, lo miserable, el cotilleo, etc. Pues la conclusión es que Armstrong, como tema, me trae al pairo. Pero no puedo negar la evidencia de que ha provocado bastante producción. Una vez vi un documental al respecto en casa de mi amigo Javier en San Sebastián, en una especie de sala de cine de pantalla enorme que tiene instalada en su sótano-txoco. Me entretuvo y me dio una visión bastante completa de un proceso que ya conocía “por partes”. Estuvo bien, pero no era mi estilo. Bruce Bennett, en su libro, utiliza la película (con actores) “The program” (El ídolo, Stephen Frears, 2015) como fundamento principal de su capítulo dedicado al cine y el ciclismo deportivo. Me propuse ver esa película, tanto por su insistencia, como porque conozco parte del trabajo de su director, a quien tengo en muy buena consideración. Pero todavía no lo he hecho, como tampoco una pieza alternativa de contraste, mucha mala leche, exageración histriónica, caricatura cómica, etc. titulada “The Tour of Pharmacy” (Ruta adulterada, Jake Szymanski, 2017). Ya veremos si la encuentro algún día a mano (en español, porque imagino que, para seguirla bien, en su caso, me hará falta).

Cerradas las tres “categorías” prestablecidas, voy a ir acabando este “especial” incluyendo algunas referencias de películas en desorden o capricho. Hay algunas que no he visto pero me interesaría hacerlo y otras que sí. Algunas me han gustado y otras no me parecen tan meritorias como las que he presentado antes. Incluso me salto varias a las que ya hice referencia en entradas antiguas del blog, cuando venían a cuento del tema tratado.

Antes de empezar con ellas, aunque quede feo decirlo, quiero mencionar que incluso a mí me ha dado por hacer algún pinito cinematográfico con el ciclismo como tema. Mis películas son siempre documentales y artesanales, Nada profesional, sino casero. Tengo varias, algunas de esquí y otras de temáticas algo variadas, entre ellas el ciclismo. Que me vengan a la memoria ahora, dos cortos y otra de una hora de duración. Uno de los cortos es una especie de homenaje al Tour de Flandes, nada demasiado especial. Me siento más orgulloso del otro: un homenaje al Barón Drais y su invento. Pero lo que más gente ha podido ver es mi documental largo sobre el fenómeno del ciclismo retro en sus inicios. Lo titulé “Retrovisión”. Nunca me he atrevido a publicar mis documentales porque para su montaje utilizo muchas imágenes y fragmentos de audio ajenos, por eso siempre los proyecto en actos de pequeña audiencia. Lo gracioso del asunto es que, gracias al esfuerzo de estudio que hice sobre la ley de protección de la propiedad intelectual que  comenté antes, recientemente he sido consciente de que mi modo de utilizar ese material ajeno es perfectamente legal si lo proyecto sin cobrar por ello, en ámbitos educativos o de investigación (en este caso, claramente, de sociología e historia del deporte).

Volviendo ya a los cineastas de verdad, me gustaría ver “Saturday night and Sunday morning” (Reisz, 1960). Relata, en blanco y negro, el contraste del mundo laboral industrializado del operario en una fábrica de bicicletas británica (Raleigh), cuando se libera y desinhibe durante el fin de semana. Está protagonizada por Albert Finney, actor principal de algunas películas que guardo con aprecio en mi memoria.

“Sky bike” (Frend, 1967) es una película infantil (o juvenil de época) que hubiera dado juego en su trama para una producción de calidad y buenos efectos especiales, pero que hoy en día se queda en muy poquita cosa. Tiene que ver con un certamen de bicicletas voladoras.
Hasta en Bollywood han producido largometrajes (esos sí que son largos) con las bicicletas como hilo conductor. “Jo Jeeta Wohi Sikandar” (Khan, 1992) es una película juvenil de estudiantes buenos y pobres, pugnando contra otros malos y ricos, con desenlace de lucha entre clases y centros educativos a través de una carrera ciclista. No pasa de la anécdota. Al parecer, hay otra titulada “Main Hoon Na” (Khan, 2004), mucho más contemporánea, pero esta no la he visto.

El icono del humor cinematográfico clásico, Jacques Tati, utilizó muchísimo la bicicleta en su extensa obra cinematográfica. Lo he podido ver tanto en escenas sueltas como en algunas de sus películas. Ahí está para quien desee curiosear, aunque no es una recomendación específica para quien busca ciclismo cinematográfico.

Aunque “la película” de la bicicleta como vehículo de libertad y autonomía de la chavalería es, sin duda, “ET el extraterrestre” (S. Spielberg, 1982), para los fanáticos de la BMX quizás sea más “de culto” la australiana “BMX Bandits” (Brian Trenchard-Smith, 1983), aventura juvenil de buenos y malos, con ese tipo de bicicletas y una Nicole Kindman adolescente, con aquella exuberante mata de pelo rizado. La película es muy básica de argumento, así como de alarde técnico sobre las monturas. Nada comparado a cómo fue pronto evolucionando ese deporte en cuanto a espectacularidad aérea y de trucos. Es la típica cinta por la que “sí han pasado los años”. Sin embargo, hay un detalle que parece recurrente en varias películas ciclistas, y que es común a algunas de mensajeros. Cerca de su momento culminante, los amenazados ciclistas se organizan como tribu y logran neutralizar al enemigo motorizado. Este efecto, frecuentemente utilizado, parece que, de algún modo, evoca un concepto paralelo de las reivindicaciones ciclistas urbanas, que es en el que se basa el movimiento Masa Crítica. La unión hace la fuerza. Aunque simpatizo con tal movimiento, le encuentro algunas pegas. Una, habitualmente rezuma cierto sentimiento de revanchismo y de enemistad irreconciliable con el transporte motorizado. Dos, se fundamenta en el efecto rebaño, algo que no me gusta nada y que le hace mantener dos incoherentes causas derivadas: las siguientes pegas. Tres, que muchos usuarios de la bicicleta se caracterizan por ser muy individualistas, y su vinculación a la Masa Crítica no deja de ser una anécdota, pues el resto del tiempo se comportan de modo indisciplinado e irrespetuoso con normas que “no van con ellos”. La película de BMX es un buen ejemplo en el que los protagonistas someten a muchos peatones a una amenaza similar a la que ellos sufren del automóvil. Y cuatro, las manifestaciones del tipo masa Crítica y los días de la bicicleta, me recuerdan mucho a las de la liberación de la mujer o a las carreras populares femeninas, en el sentido de que logran una representación poderosa puntual, pero no parecen muy eficaces a la hora de garantizar la protección concreta diaria de las personas (ciclistas y mujeres respectivamente). Eso sí resultan de lo más fotogénico para los Medios y los políticos que saben aprovecharlas.

 
Los tres protagonistas de esta película australiana. (Imagen: reddit).

Mención especial otorgo a “Parpaillon” (Luc Moillet, 1993), para mí todo un ensayo experimental socio-cinematográfico sobre el ciclismo popular. La cinta es muy básica en medios y calidad de película, y más aún en trama o guion. Sin embargo, lo dice casi todo, muy al estilo francés, retratando la “fauna” humana de participantes en un evento de cicloturismo popular consistente en ascender a un puerto tremendamente largo y duro. Por allí desfilan cicloturistas competitivos, excursionistas, ligones, frikis, tramposos, políticos en busca de la foto, figuras atemporales simbólicas, etc. Aunque la perspectiva francesa, para esto del deporte popular, suele ser, incluso, más bizarra y menos acomplejada que la española, permite identificar fácilmente muchos estereotipos comunes en ese tipo de saraos.

 
¡Auténtica Francia ciclodeportiva!. (Imagen:gijonenbici).

También hago mención honorífica a “A Day Out” (Stephen Frears, 1972). Efectivamente, del mismo director que “El Programa”, pero retratando una historia completamente diferente, y haciéndolo al principio de su fresca carrera como cineasta. En esta historia de media duración y en blanco y negro, recrea una excursión de “pioneros” británicos durante la primavera de 1911, proyectando una visión idílica de la Inglaterra eduardiana. Todo eso teóricamente, porque en realidad, durante el rodaje hizo muy malo, pasaron frío y perdieron días a causa de la lluvia, pero es algo que “la escala de grises” logró camuflar. Por otro lado, el idilio no parece tal cuando vemos la relación manifestada entre algunos miembros del grupo de ciclistas durante la excursión. La película me encanta por su ambientación y por la estética con la que recrea a los ciclistas de principio del siglo XX, así como el placer de rodar por la campiña británica. Esto último sigue vigente, pues he podido disfrutarlo en varias ocasiones. La atmósfera que se desprende de la excursión me recuerda mucho a un magnífico documental semi-publicitario que, a mediados del siglo XX, se produjo con el patrocinio del Cyclists Touring Club y la compañía nacional de ferrocarriles. Es otra cinta muy recomendable para los apasionados de lo vintage. Frears rodó la suya por encargo del dramaturgo Alan Bennett para una exitosa serie de trabajos para la televisión británica. Más allá del “encanto” visual de la película, posee también mucha ironía (si sabe detectarse) y algo que todavía me parece mejor: y es que, pese a narrar una sencilla salida ciclista dominical en grupo, de hace más de un siglo, ¡hay muchos detalles que apenas han cambiado!. El trabajo de los actores es magnífico, con muy poco diálogo, se expresan de maravilla con sus rostros.

Finalizo haciendo mención del cine de mensajeros en bicicleta. Hay varias películas al respecto y Bennett, en su libro, las atiende en dos de sus capítulos, en el dedicado a la mujer y en el que trata el ámbito laboral. Creo que he visto tres o cuatro, y la memoria me traiciona confundiendo unas con otras. Se me parecen mucho en bastantes aspectos relacionados con las tramas, la estética, los guiones y, sobre todo, el escenario y el tratamiento dinámico. Me entretuvieron en su día, para pasar el rato, pero no me engancharon ni me dejaron huella. “Premiun Rush” (Koepp, 2012) es una de ellas, relativamente reciente, pero ya digo que hay varias. A quien le guste ese “ecosistema” no tiene más que buscar un poco y las encontrará. Puestos a dejarse seducir por historias de mensajeros a pedales, a mí, lo que me llamó la atención fue lo de Oswaldo Farrés, maltratado compositor musical, quien, en algún momento de su vida pasó por ser mensajero (o recadista) en bicicleta. La descubrí leyendo, de la mano del siempre impredecible Mauricio Wiesenthal, y así la transcribo:

“’Toda una vida’. Este bolero inmortal lo compuso el maestro cubano Oswaldo Farrés. Parece mentira que sus canciones hayan sido interpretadas por los mejores artistas y, sin embargo, esté hoy casi olvidado y se recuerde más a sus intérpretes, como Antonio Machín o Lucho Gatica. Pero quiero recordar que es el autor de ‘Quizás, quizás, quizás’, ‘Madrecita’, ‘Acércate más’ y ‘Tres palabras’, entre otros boleros famosos. Este genio de la canción no se formó en una academia de música, sino en la bohemia de la calle. Fue mensajero en bicicleta, pintor de vidrieras, empleado en una colchonería y jefe de publicidad de la Cervecería Polar. Con este bolero enamoró a su última mujer, que era treinta años más joven que él. Oswaldo dirigió el programa de televisión más famoso de Cuba, por el que pasaron Nat King Cole, Josephine Baker, Maurice Chevalier y Sara Montiel. Cuando la dictadura de Castro se instaló en Cuba, huyó a España y Estados Unidos, donde vivió hasta su muerte. Unos inquisidores de la burocracia estatal quemaron su casa y sus recuerdos en La Habana. Una hoguera en mitad de la calle: un tesoro perdido de partituras, fotos de artistas y reliquias que ya no pueden recuperarse. Toda una vida…”. (Mauricio Wiesenthal, en “Siguiendo mi camino”. Acantilado, Barcelona, 2013).

Casi podríamos titularlo como “Muerte de un ciclista”, pero esa es otra historia, otra dictadura y otra película.

viernes, 31 de julio de 2015

31. GPCC 2015

"La máquina de Marly". Alfred Sisley
(Ny Carlsberg Glyptotek, Copenhagen, Dinamarca)



Las siglas GPCC me evocan excelentes sensaciones de ciclismo clásico desde que en el año 2012 tomé parte en ese fin de semana tan completo, variado y atractivo para los amantes del ciclismo. Cada año configuro mi participación de un modo diferente, de forma que ya he probado las tres ofertas de sus organizadores: el GPCC de cicloturismo, la marcha retro y el tweed-ride (las dos últimas incluso ya en un par de ocasiones). El acrónimo responde al nombre completo de Gran Premio Canal de Castilla, una denominación sugerente, elegante y que rezuma solera. Sin embargo, tras tres años de asistencia, me considero lo suficientemente conocedor del evento como para poder asegurar que las mismas letras, idénticamente ordenadas, pueden perfectamente responder a una lectura alternativa y divergente que interprete: “Gran Plan de Cultura y Ciclismo”. De hecho, mientras que la oferta puramente ciclista se mantiene estable en las sucesivas ediciones de la cita, el programa cultural paralelo va variando año tras año, permitiendo al asistente interesado en ello, disfrutar de un enriquecimiento simultáneo verdaderamente interesante, que en mi modesta opinión, revaloriza (cada año más) el fin de semana y me aporta una nueva razón para plantearme acudir a una marcha ya conocida. Cada año, sus organizadores tratan de incorporar nuevas opciones de turismo complementario para que los acompañantes, o los propios participantes, puedan tener dónde escoger a la hora de optar por actividades añadidas. Pero lo más importante y diferenciador es que, integrado en el propio programa de actividades deportivas, y perfectamente ordenado, de forma que pueda resultar compatible con las mismas, la organización propone un programa cultural renovado cada nueva edición. Sé que para demasiada gente que sólo piensa en bicicletas, marcas de material, kilometrajes o presiones de inflado, tener a su disposición películas, documentales, conciertos, visitas o exposiciones de ámbito cultural, puede no aportarles nada de nada. Pero ese no es mi caso, para mí una buena oferta cultural da verdadero valor añadido a una cita, la enriquece, y tras el regreso, me deja un retrogusto mucho más sabroso, potente y pleno.

El GPCC consigue esto trabajando varios frentes de forma directa. Uno es incluyendo siempre una conferencia cultural relacionada con el propio Canal de Castilla, otra es intentando proponer una exposición de temática ciclista histórica y otra más es escogiendo a un personaje interesante al que homenajear. De todo ello iré, poco a poco, dando cuenta en esta entrada. De ello, de mi vivencia personal durante la participación como ciclista y de mi experiencia viajera, a la que este año dediqué gran parte del fin de semana, sacrificando algo de ciclismo por un cambio de hábito que no me defraudó en absoluto.

Todo ello empieza con la cena del viernes en Medina de Rioseco, en un pequeño y algo retranqueado mesón, de cuyo nombre no me da la gana de acordarme (porque se llena enseguida), donde en pareja, disfrutamos de una deliciosa cena a base de raciones de gastronomía local, regada toda ella con buen tinto básico de la casa. Momento localizado en un patio que sin ser fresco, conseguía eficazmente hacer olvidar el calor. Tras la cena vino el paseo por la calle principal de acogedores soportales, excelente ambiente castellano de verano y numerosas terrazas. Allí nos encontramos con una importante multitud de amigos, “cofrades” en su mayoría y, por lo que me cuentan, con gran mérito en el éxito del evento, por el empeño colaborador que mostraron en su organización durante los días previos. Disfrutamos de su compañía mientras ellos cenaban y nosotros rematábamos la velada con alguna bebida fría. Allí estaba toda la cuadrilla asturiana, media plantilla del Bicio Racing Team, una pareja de amigos cántabros y la ilustre representación del Club Ciclista Edoardo Bianchi. Buena charla nocturna garantizada.

El sábado nos propusimos un plan turista o viajero, eludiendo en su mayor parte la mismísima localidad de Medina de Rioseco (ya disfrutada en ocasiones previas), para centrarnos más en algunos de sus sugerentes alrededores. ¡Pinceladas de Tierra de Campos! O campos góticos que también los llaman. Tras evitar madrugar, por querer sentir que verdaderamente estábamos de vacaciones, nos trasladamos algunos kilómetros en coche hasta Becerril de Campos, donde quedamos con Isabel, esposa de mi habitual compañero de andanzas ciclistas Javier. Él repetía participación en el GPCC, así que nosotros tres, nos diseñamos un plan cultural alternativo. La elección de Becerril venía marcada porque es allí donde veranean ellos y por tanto, donde debíamos recoger a Isabel. Pero también por los incontables parabienes que la pareja nos cuenta frecuentemente sobre la localidad. Tras el encuentro y una brevísima presentación de respetos familiares, acometimos dos importantes gestiones de compras. Primero un queso de oveja que conocíamos hacía tiempo, y que elabora y vende, un familiar de Isabel de 84 años de edad. Después una rápida cata de cerveza artesanal y la adquisición de algunas botellas en la fábrica local Bresañ. Unas rubias y su clásica tostada Maricantana. Una vez resueltos los recados premeditados, nos acercamos a aplicar nuestra modesta evaluación sobre en qué se habían empleado los dineros públicos (el 1% cultural) del presupuesto de construcción del AVE que pasa (aunque no para) bien cerca de la localidad. Y lo hicimos visitando el centro cultural San Pedro Cultural, una propuesta atrevida y realmente original. Se trata de un centro construido sobre la base de un templo en estado de cierta ruina, al que le faltaba todo el tejado. Para empezar, la propuesta arquitectónica nos encantó a los tres. Respetando completamente el legado superviviente de la Iglesia, lo nuevo, lo incorporado, arreglado, añadido o resuelto, se ha solucionado con propuestas contemporáneas muy bien incorporadas. Gusto y técnica, con mesura, acierto y sensibilidad estética. ¡Nuestras felicitaciones! Pero todo ello no queda ahí. De obras sabemos bastante todos en este país, quizá incluso demasiado, lleno está este de ellas, muchas de las cuales después se han quedado sin contenido de valor que las justifique o sin dinamización social que las revalorice. Lo mejor de nuestra visita estaba aún por llegar. Resulta que el inmueble se ha diseñado de forma que acoja una temática expositiva relacionada con la divulgación de la astronomía. Precisamente al llegar, coincidimos con el comienzo de una de las actividades que en dicha línea se programan allí con bastante frecuencia. En el soportal exterior unos técnicos montaban un telescopio portátil con el que nos invitaron a observar el sol, el cual nos dejó ver algunas manchas, un atractivo color anaranjado y algunas de sus protuberancias, que como pelusas caprichosas, aparecían en parte de su borde.

 Exterior de San Pedro Cultural en Becerril de Campos.

 Isabel admirando el Sol.

Ya dentro del lugar, pudimos recorrerlo con una visita libre. Si por fuera nos había ya convencido, por dentro nos encantó. Sus diseñadores han convertido la cubierta en un mapa estelar nocturno del cielo, tal y como este se observaría desde ese punto en una noche clara. La combinación de muros pasados, con ese velo nocturno artificial y una delicada iluminación acertadísima, convierten al atractivo espacio diáfano en un lugar de lo más agradable y diferente. Entre los escasos elementos allí dispuestos, había una especie de muestra de figuras sobre El Principito a las que no hicimos mucho caso, y un magnífico péndulo de Foucault. También algunos finos orificios, estratégicamente ubicados en un par de ventanas, cuya función tenía mucho que ver con el comportamiento interactivo de nuestro planeta y su astro. Uno de ellos, según nos explicaron, permite que un rayo del sol poniente, ilumine un hueco original del ábside del antiguo templo, en uno de los solsticios del año. El hueco, precisamente, muestra una discreta policromía de estrellas de origen antiguo como revoco. El otro, sirve de “canalización” de otro rayo solar que a diario, siempre que el día este despejado, recorre una mediana que ha sido diseñada y estéticamente construida sobre el suelo de la gran sala. Al mediodía solar el rayo hizo su aparición, nos dio la hora y nos indició el día del calendario anual y su zodiaco correspondiente. Lo vimos desplazarse lentamente de oriente a poniente y hasta desaparecer momentáneamente cuando una nube filtró su luz. La visita quedó completa con una conferencia divulgativa sobre astronomía, en la que se nos mostró el cielo local a través de la proyección de una aplicación informática de simulación. Y llegada la mitad de la jornada, salimos de Becerril, más que satisfechos de entretenimientos y con ganas de comer.

 El sorprendente interior de San Pedro Cultural.

 El rayo de sol atravesando la mediana.

La comida fue un trámite solventado en Medina de Rioseco, pues la localidad nos quedaba de camino hacia nuestro destino. Con el coche, y el aire acondicionado trabajando, cruzamos algunos kilómetros de llanura castellana, con largas rectas, apenas curvas, castillos como horizonte y atravesando alguna que otra localidad añeja, con sus ruinas y palomares, hasta iniciar la ascensión al cerro sobre el que está ubicado el pueblo de Urueña. La localidad ha adquirido recientemente una rápida fama, por motivos quizá algo artificiales, al haberse beneficiado de un plan de acción subvencionado que ha tratado de convertirla en la Villa del Libro. Nuestra opinión al respecto vendrá en seguida, pero antes queremos destacar que el pueblo por sí mismo, libros y proyectos institucionales aparte, merece mucho la pena. Es una atractiva localidad castellana, muy bien conservada y encerrada toda ella dentro de una magnífica muralla, y asentada sobre el cerro, lo cual le garantiza unas espectaculares vistas de la Meseta y sus infinitos horizontes casi desde cualquier punto del gran muro, el cual es además accesible para pasear. Pese al encanto del lugar, nuestra visita se vio algo mediatizada por el calor y la hora. Julio despejado en Castilla y a la hora de la siesta. Así que encontramos poco (o nada) de ambiente por las calles, y arrastrábamos escaso ánimo para indagaciones y visitas por nuestra parte. Aún así disfrutamos de la localidad y supimos valorarla. Ningún arrepentimiento al respecto. Lo que sin embargo nos defraudó, fue el asunto librero. No entramos a sus museos por cansancio, pero si recorrimos las calles y fisgoneamos en algunas de sus librerías. Sin ponerles pegas, encontramos poca o nula especialización en las mismas. Parecían librerías agradables, pero de las que cualquiera de nosotros podemos encontrar casi prácticamente en cualquier ciudad o localidad medianamente grande. Varias, pero no muchísimas. En cuanto a espacios complementarios, tan sólo vimos un taller artesano de encuadernación. Aunque no llegamos a visitarlo por dentro, tenía buena pinta y vimos a alguien trabajando allí. Hubiera estado bien pasar un rato observando dentro, de haber estado menos fatigados. Pero echamos de menos más enjundia, más locales, mayor variedad, diversidad, especialización y gremios relacionados. El paraje (natural, urbanístico e histórico) se lo merece, y si encima tenemos en cuenta que lo promocionan como “Villa del libro”, no digamos.

 Plenitud castellana desde la muralla de Urueña.

Tocaba regresar a Medina de Rioseco e integrarnos en el mundo ciclista de nuestros amigos. A algunos los encontramos finalizando el GPCC, acalorados, polvorientos y castigados por el viento. Otros atendiendo sus carpas de libros o material a la venta, y alguno (como a Carlos) ensimismado mirando su flamante Peugeot P10 impecable. La verdad es que la bicicleta provoca cierta reacción de admiración al detalle. Tras los saludos de rigor y después de recoger los dorsales para el día siguiente, las mujeres reposaron en la hierba del parque a la sombra, aprovechando la brisa y quizá cierto frescor húmedo desprendido por la superficie de la Dársena del Canal. Entretanto yo me fui hacia el centro de interpretación del Canal para disfrutar de una de las propuestas culturales a las que antes he hecho alusión. El centro tiene una excelente sala de usos múltiples construida con buen gusto mediante la recuperación de viejos espacios de servicio del propio Canal. Allí tuvo lugar una singular ponencia sobre los rostros olvidados del Canal de Castilla, a cargo de Virginia Asensio. La disertación resultó amena e interesante. A mí me sirvió para ampliar la visión que poco a poco, algunas visitas, recorridos y unas cuantas lecturas, me han ido dando sobre el tema. Confieso cierta atracción y capricho por los canales, me gusta verlos, saber de ellos y, muy especialmente, recorrerlos viajando, ya sea por sus sirgas en bicicleta, como sobre todo, por su cauce en piragua o viviendo en una barcaza. Envidio la explotación turística que de ellos se hace en otros países europeos, y lamento el olvido que sufren en nuestro país (por no hablar de la escasez de kilometraje existente). La charla nos facilitó conocimientos sobre los presos utilizados para su construcción, el impacto de su presencia en la ciudad, los diferentes oficios asociados, anécdotas sobre su explotación, etc. Ya el año anterior hubo otra conferencia con el Canal como tema, así pues, hasta ahora, los organizadores se esfuerzan por traer un contenido novedoso, construyendo, poco a poco, la cultura específica del Canal para los visitantes.

Casi de inmediato caminamos hacia un bar de la calle principal, pues allí estaba programada la proyección de mi documental Retrovisión. Y con esta son ya unas cuantas las realizadas ante público. Yo me la sé ya casi de memoria, así que durante la misma me entretengo más mirando las reacciones de la gente. El bar se llenó bastante, el público pareció estar entretenido y al final recibí unas cuantas felicitaciones, por lo cual me encuentro más que satisfecho, de que más gente aún haya podido disfrutarla y, sobre todo, de haber puesto mi pequeño granito de arena (muy pequeño) en la oferta y funcionamiento de esta edición del GPCC. Tras la película tuvimos otra cena callejera y bastante nutrida de amistades, hasta que nos retiramos a descansar. La alternativa cultural nos había satisfecho completamente, fue todo un acierto optar por ella en esta ocasión.

 En plena proyección de "Retrovisión"

Por cuestiones de logística el domingo salí en bicicleta pronto desde nuestro alojamiento situado en Valdenebro de los Valles. Como Myriam optaba por el Tweed-ride se quedaba allí con el coche pues no tenía que madrugar. Yo me preparé, me vestí de ciclista retro con los colores de Delmer Bikes y un culote de punto del Chianti y agarré la Super Cil de los años sesenta que estrenaba acabado de su época con cinta de manillar de tela y un sillín de cuero Ideal. Los 7 kilómetros que me separaban de Rioseco fueron una auténtica delicia, rodando en solitario, por la mañana aún fresquita y con una luz suave, de esas que junto con la de la tarde, siempre suelen preferir y buscar los fotógrafos. El momento se me quedó grabado y el enlace, se convirtió en uno de los instantes mágicos del fin de semana. En Medina me tomé un somero desayuno en un bar, para después acercarme poco a poco hasta la dársena. Por el camino me encontré con Ángel Giner y Adolfo, ya pertrechados con sus colores y máquinas Bianchi, así como a Carles Soler, con quien estuve charlando un rato. Más encuentros, saludos y conversaciones se fueron sucediendo en los prolegómenos de la salida, pues el pelotón, a la postre, lo formaba una enorme cantidad de conocidos.

Salimos pausadamente y los primeros kilómetros, por carreteras tranquilas y encapsulados por los motoristas de la guardia civil, fueron una excelente oportunidad para hacer vida social sobre los pedales. Pegué la hebra con Alejandro, con Roberto y con bastante más gente que resultaría tedioso enumerar aquí. El día era soleado y, aunque caluroso, menos tórrido que los precedentes. La cosa se llevaba bastante bien. Nos detuvieron un par de veces para reagruparnos, circunstancias que sirvieron para reconfigurar las tertulias rodadas. Me sentí especialmente satisfecho cuando acometimos un duro repecho de tierra para alcanzar una cota en la que estaban situados unos molinos de viento, ya que conseguí superar la dificultad con aquella bicicleta, cuyos platos y coronas apenas suponen diferencias entre sí, ofreciendo un desarrollo mínimo de subida excesivamente duro.

Adolfo ¡ejemplaridad pública ciclista! Toda una larga vida
sobre los pedales. Ilustre miembro del Club Edoardo Bianchi.

La parada central de la jornada se hizo en los soportales del centro de Ampudia y el avituallamiento, como siempre lo es allí, resultó generoso, tradicional y entretenido. Un poco de clarete de Cigales animó aún más la mañana y estuvimos posando, conversando y admirando bicicletas. Entre lo que por allí había circulando, me gustaron varias máquinas. Aparte de la antigua BSA de Javier que es una joya destacada y de la mencionada P10 de Carlos, encontré a una chica con un cuadro Peugeot magnífico. El montaje de componentes era algo caótico y bastante contemporáneo, pero el cuadro me encandiló. Hubo varias Razesa metalizadas, algunas Zeus y una preciosa bicicleta azul celeste con aspecto de nueva firmada por Raphael Geminiani. También vi una bici bastante antigua con único plato y un cambio trasero a base de palanca vertical larga y tensor simple de cadena. Olvido máquinas y personas, pero no es cuestión de inventariar aquí la participación. El pelotón tenía el honor de compartir experiencia con algunos ciclistas profesionales de la época del gran despegue internacional definitivo de nuestro ciclismo (los años ochenta). Allí estaban Alfonso Gutiérrez, Guillermo Arenas, Iñaki Gastón y Enrique Aja. Estos simpáticos caballeros parecen estarse convirtiendo en unos asiduos del asunto retro. Me alegro por ello y espero que su simpatía y carisma consiga que algunos otros se acaben animando a ello. Sobre ellos quiero destacar algo que siempre me llama la atención, y que en esta ocasión, una vez más, quedó manifiestamente subrayado. No pararon de posar son sincera simpatía, paciente amabilidad y excelente talante, ante todos los que quisimos hacernos fotos con ellos, así como  de atender en la conversación a cualquiera que con ellos la iniciara. Esta casta de ciclistas aguerridos y sacrificados, además de darlo todo por las carreteras, aprendieron desde muy jóvenes que aquello no era suficiente para sobrevivir profesionalmente, que además el trabajo incorporaba otras labores, muchas de ellas relacionadas con el saber estar y rendir atenciones hacia los medios de comunicación y el público general, a la postre, motor económico indirecto de sus patrocinadores y patronos. Aquella generación lo asumió como parte de su esencia y quienes de ellos lo aprendieron bien, aún lo conservan, mostrando una incuestionable buena educación en ese sentido, algo que alguna que otra estrella de la época (ya casi la podríamos calificar como de fugaz, al ritmo que van los éxitos y leyendas deportivas en los tiempos actuales) debería recordar, pues viviendo aún de la inercia de los laureles meritoriamente conseguidos hace décadas, parece no ser tan amable, tolerante y paciente como nuestros amigos y reconocidos profesionales. Un buen ejemplo, muchas gracias caballeros, que ustedes lo son de verdad.

 Un magnífico cuadro Peugeot de cicloturismo clásico.
Obsérvese el detalle de la boquilla que sale del racor inferior:
se trata de un orificio para llave para bloquear la dirección
como antirrobo.

 Dos amigos asturianos posan con nuestros admirados
y respetados ex-ciclistas.

La segunda parte de la ruta incorporaba toda su esencia de tramos no asfaltados, los cuales presentan tres tipos de firme diferentes, en una supuesta clasificación de características. Primero se van sucediendo los de concentración parcelaria. De esos hay dos tipologías diferenciadas. Algunos resultan muy pedregosos, en mi opinión quizá un poco demasiado. Uno de ellos dispone de una polvorienta orilla muy cómoda y ciclable a la que acabamos todos arrimados, pero los otros son francamente rudos, no aportan mucho y para algunos participantes supone más un contratiempo que un verdadero disfrute. Este año pinché en uno de ellos, probablemente un llantazo. Y una segunda vez de forma idéntica, pocos minutos después, seguramente por presión insuficiente tras el inflado con bomba de mano. Gracias a Roberto, que me cedió una segunda cámara, acabé la ruta sin más percances. No cuestiono estos tramos por mis pinchazos, dos veces en ya casi tres temporadas hiperactivas de ciclismo retro es un balance fantástico del que no puedo quejarme, simplemente hago un poco de eco de algunos comentarios que escuché en algún que otro momento, aunque todo hay que decirlo, para otros muchos, la aparición de tramos de este estilo, suponen un estímulo y hasta un espoleo para el cambio de marcha y el pedaleo. Otros tramos de concentración (más largos y numerosos) van tendiendo a acumular tierra o arena y formar algunos bancos que exigen una conducción fina y delicada, corrigiendo los extraños de las ruedas. Los tramos aún están aptos y no son nada abrasivos, pero me da la impresión de que su transformación hacia esos bancos de polvo va acentuándose año tras año, quizá por causa de la erosión, la circulación o el viento, y de seguir así, con el tiempo podrán resultar muy difíciles. Su complicación puede evitarse de dos formas, una dependiente de los caprichos atmosféricos y otra, voluntad de cada cual. La primera es que si ha habido lluvias relativamente recientes, la tierra, más húmeda, conserva cierto apelmazamiento y hace al firme mucho más apto para circular sobre él. La otra consiste en utilizar cubiertas algo más gruesas y con dibujo bastante marcado. El tiempo dirá cómo evoluciona el trazado de esta marcha, tanto en cuanto a recorrido, como al estado de sus tramos más exigentes.

Mi amigo  Carlos Cobo, Iñaki Gastón y yo.

Tras mis pinchazos, y escoltado por varios amigos como Edu, Carlos (Gijón), Carlos (Cobo), Carlos (Peugeot), Javier y mi benefactor Roberto, continuamos dando cuenta de algunos kilómetros de concentración, hasta que finalmente llegamos a las sirgas del Canal, las cuales para mí resultan irrenunciables, porque además de ser entretenidas, diferenciadoras y con sombra, marcan la esencia del evento, se erigen en su característica principal, y casi-casi en su razón de ser. No me preguntéis porqué pues no sabría explicarlo, pero algún magnetismo no detectado debe darse por allí, pues el caso es que cada vez que he llegado a ese tramo, haya sido en la modalidad de marcha que haya sido (cicloturista o retro), siempre acabamos circulando por las sirgas a todo meter, rodando embalados y moviendo desarrollo como si jugáramos a ciclistas del pavés atlántico. Esta vez fue más de lo mismo, nos agarramos al manillar, perfilamos una fila india y pedaleamos como posesos sorteando baches y algunas piedras más gordas que las demás. Ni siquiera los cambios de ritmo obligados por la superación de puentes, o algunos giros delicados, redujeron nuestro afán, de forma que acelerados alcanzamos la dársena en la que ya nos esperaban las elegantísimas damas, galantemente acompañadas por algún que otro distinguido caballero.

Precisamente sobre el asunto del Tweed-ride, se me antoja hacer un apunte. Por coincidencias extrañas y comportamientos colectivos más inexplicables aún, el caso es que la presente edición la cita se vio muy reducida en cuanto a número de participantes. Al parecer, aquello no tuvo un desenlace negativo, sino en cierto modo, puede que hasta positivo, se echaron de menos algunos agradables participantes habituales, aunque se vivió con alivio la ausencia de determinados personajes que, a modo de “machos-alfa”, casi siempre intentan ejercer de protagonistas o líderes nada naturales del grupo de época. Precisamente por ello, la concentración no fue tan escandalosa y ruidosa como en las últimas ocasiones, en las que había momentos en los que más que una amistosa reunión de apasionados por las bicicletas y las prendas de otras épocas, aquello parecía una cacerolada reivindicativa. Esta vez, la mayoría de los participantes eran parejas o acompañantes de ciclistas retro, personas que en algunos casos se acercaba por primera vez a este tipo de reuniones, gente que cumplió con discreción y buen humor con su papel y que, según parece, quedó bastantemente satisfecha y dispuesta a repetir. Hasta ahora solía darse cierto divorcio entre un grupo y el otro, pero si el ciclismo retro crece, paralelamente puede hacerlo el de época y nutrirse de allegados de participantes del primero, o incluso permitir un esporádico trasvase de inscritos entre ambos. Es algo sobre lo que quizá deban reflexionar, poco a poco y sin prisas, algunos organizadores. El “Efecto” y éxito de “Anjou” reside en ello, y al final, las culturas francesa y española no son tan diferentes como aparentemente pudieran parecer, especialmente en cuestiones de ocio y de pasarlo bien. De producirse este cambio, la cultura Tweed-ride nacional puede verse favorecida, generando cierto cambio de actitud, ampliando, renovando y diversificando su grueso de practicantes, y erradicando ciertas tendencias, poco solidarias, que parecen estar más pendientes del “postureo” y de la rapiña gorrona que del disfrute social, la apertura popular y el goce de un pedaleo paisajístico, pero pedaleo al fin y al cabo.

Tras las duchas de rigor, y ya guardadas las bicicletas (por cierto, enormemente satisfecho del funcionamiento de la Super Cil), vinieron los mutuos cambios de impresiones entre los participantes de uno y otro “bando”. Primero tomando unas cañas y después gozando de una comida integradora e idealmente organizada para fomentar la confraternización. Y precisamente en ese momento tuvo lugar otra de estas actividades programadas por la organización para complementar lo deportivo con lo cultural, pues se procedió al homenaje de una personalidad vinculada al ciclismo de hace años. Si el año pasado la elección recayó sobre mi admirada Dori Ruano, en esta ocasión la organización del GPCC dio toda una lección de reconocimiento y agradecimiento cívico, al seleccionar al periodista Ángel Mª de Pablos como protagonista del homenaje. Autor de un interesantísimo libro de ciclismo que en breve será re-editado por La Biciteca, de Pablos desarrolló un estilo personal inimitable en la retransmisión televisiva de las Grandes Vueltas. Fue un reportero con carisma, muy querido por la sociedad española y, simultáneamente, tremendamente respetado y también querido por toda aquella generación de ciclistas a los que ayudó a darse a conocer. A de Pablos nos lo arrebataron con nocturnidad y alevosía. Ignoramos las razones, pero algún directivo de la TVE de entonces actuó con cobardía y ocultismo. Al menos, los que estuvimos en la comida de despedida del GPCC, pudimos disfrutar de un momento entrañable y salpicado de anécdotas ciclistas de entonces, aportadas por el homenajeado y varios de los personajes que lo arroparon en el acto, entre los que por supuesto estuvieron los ex-ciclistas que anteriormente ya mencioné. Así pues, además de un acto con cierto aire institucional, el momento nos aportó información añeja, chascarrillos de la memoria de los protagonistas y en definitiva, pinceladas añadidas de la cultura ciclista del pasado.

Quiero felicitar a todos los organizadores del GPCC (con mi amigo Víctor a la cabeza), por todo lo realizado, y muy especialmente por esa atención que siempre prestan al componente cultural añadido a su evento. Me consta que es algo que pudiera parecer accesorio para gran parte de los participantes, pero no para mí. Sin ello, el evento no sería lo mismo, y en lo que a mí respecta perdería bastante valor y no se diferenciaría tanto de otros muchos. Prefiero los planes de fin de semana que las pruebas “de día” (en esto me pasa justo al revés que con los hospitales). Y prefiero disfrutar de experiencias integrales que de actividades monotemáticas, aunque participe en algunas de ellas de vez en cuando. Desde aquí les deseo mucha suerte y continuidad para el futuro.