lunes, 11 de septiembre de 2023

UN DÍA EN AMPUERO CON TARZÁN

Tenía una deuda pendiente con Ampuero desde mis veinte años. En aquella época fui un par de veces a sus fiestas. Una vez acampando cerca del río y otra en coche con desplazamiento de regreso de madrugada. Entonces, ni encierro, ni toros, ni nada… noche, alcohol y, si se terciaba, chavalas. Errores de juventud y testosterona que hacen que uno se pierda lo mejor, la esencia de la fiesta, lo que justifica la visita, porque lo otro, en realidad, lo hay en cualquier parte, no hace falta moverse de casa.

Así que unos cuarenta años después me planté en Ampuero a vivir un día completo de sus fiestas con la mejor compañía posible: Tarzán. Este Tarzán es uno de los Tarzanes de Ampuero, esos hermanos Aja cuyo primogénito fue de los primeros en correr los toros por delante de la manada. Enamorados de su fiesta, a la que llevan acudiendo décadas con entusiasmo. Nuestro anfitrión, que no es el mayor de los hermanos, ya no corre el encierro. Recientemente octogenario (nadie lo juraría al verle moverse) lo dejó hace pocos años, tras un lance algo comprometido con el vallado. Pero allí vuelve, año tras año, a vivir la fiesta al completo. Y fue él a quién tuvimos por suerte como cicerone.

Myriam posando con Tarzán.

Ya en busca del café matinal, con las calles mostrando la tímida y limpia animación de la gente más madrugadora, nos topamos con una memoria local viviente. Nos explicó el origen de los encierros. En 1940, hubo que mover unas reses por culpa de una crecida del río, y lo hicieron montando un recorrido por las calles. A raíz de aquello, a alguien se le ocurrió la idea de organizar un encierro anual, por lo que, en 1941 se llevó a cabo el primero, que resultó muy localista: con monchinas (esa raza tan montaraz, caliente y poco de fiar, que los ganaderos prefieran que muevan sus perros) y un entramado de trazado levantado a base de ucálitos (mis hijos, a quienes criamos durante tres años en una casa de labranza, en un claro de monte de eucaliptos de Ribamontán, les encanta escuchar esa expresión. No en vano, el grupo de teatro de nuestro municipio se apoda Ucálito).

Paseamos parte de la mañana disfrutando de los detalles de arquitectura de la villa. Abundan en ella las grandes casas de indianos, algunas fachadas de solana abalconadas, tan típicas de la cuenca del Asón, y algunos singulares edificios de pisos de época modernista. Tarzán vivió algún tiempo en el abuhardillado de una imponente casona de indiano, y otro tiempo, en el último piso de un edificio de transición situado en un extremo de la plaza. Como no soy experto en el asunto, he preguntado al respecto del edificio a mi amigo Pedro, arquitecto, y me ha ilustrado con la siguiente información.

«Es una manera de hacer que tiene varias denominaciones porque mezcla elementos y no se adscribe a un movimiento concreto. Racionalismo, cubismo, Decó… Después del regionalismo de los años 20, las nuevas influencias europeas se incorporan a veces de una manera ecléctica, algunas veces solo en la decoración. Bandas que remarcan lo horizontal con ideas expresionistas frente a la verticalidad, ornamentación geométrica frente a la clasicista, ausencia de alero, cubierta plana (al menos en apariencia), paños planos, ventana en esquina, etc.».

Versión urbana de una casa de solana del Asón.

Casa de indiano pariente de los Tarzanes, ahora de otros propietarios.

Los dos Tarzanes mayores posando para el hijo de Chus en el jardín de la casa del indiano. (Imagen: reducida de copia de Bernardo Aja Maruri).

Contemplamos también la iglesia levantada junto a un río y supimos que ha sido rehabilitada y reparada gracias al enamoramiento que Michael Nyman experimentó por Ampuero, sus costumbres, ambiente y cementerio. Para ayudar en tales labores, el compositor dio conciertos benéficos cuya recaudación se empleó en diversos arreglos del templo. Conocí la música de Nyman en los ochenta porque la coreógrafa y bailarina Carmen Werner[1], con quien tuve cierta amistad, utilizaba algunas de sus composiciones para sus montajes de danza contemporánea. Su marido de entonces me regaló algunos vinilos tempraneros, por lo que yo, con el paso de los años, seguí parte de la obra de Nyman en la época de los CDs. La relación de Nyman con Ampuero se vuelve algo más cercana en el caso de Tarzán, pues su hijo fotógrafo-artista, residente en México, conoce personalmente al músico.

Iglesia de Ampuero.

 
Mi primer vinilo de Michael Nyman, todo un descubrimiento.

A medida que se acercaba la hora del encierro, nuestros paseos ya discurrían por el recorrido, donde el ambiente se animaba por momentos y las charangas iban y venían constantemente cruzándose por la misma calle, aportando colorido y musicalidad al epicentro de la fiesta. Nosotros, como la mayoría, ataviados de blanco y pañoleta, como mandan los cánones. Son minutos de jolgorio, alegría y saludos, porque, aun no siendo de allí, siempre se encuentran caras conocidas con las que hay que detenerse. Por ejemplo Adrián, seguro que el más rápido de todos los corredores allí presentes, lo digo porque el castreño es atleta especialista en 100 y 200m, poseedor eventual de récords de la región, y actualmente nuestro mejor exponente internacional en competiciones de skeleton… sí, esos locos que se tiran en trineo por una especie de tubería de hielo.

Charangas cruzándose constantemente.

Por si la sonoridad festiva fuera insuficiente (para nada era así) allí rondaba una pareja al pito y al tambor, acometiendo tonadas muy de la tierra, y claro, como no pueden evitarlo, porque lo llevan en los genes, las cuatro mujeres que nos acompañaban a Tarzán y a mi durante toda la jornada, se lanzaron a bailar jotas montañesas.

 

Bailoteo irresistible.

Los "culpables" del arranque.



Llegado el momento preciso, tuvimos el privilegio de acompañar a unos familiares de Tarzán a subir a su piso para disfrutar desde allí de una vista privilegiada del encierro. El edificio es imponente. Ya el portal le deja a uno impresionado con un enorme mamparo de varios vidrios transparentes, enmarcados todos ellos en molduras de madera que dibujan arabescos y perfiles de estilo modernista o Art Noveau. Ascendimos dos plantas por una hermosa y generosa escalera con amplio patio central, y nos invitaron a pasar a un inmueble que, entre galerías y balcones, tenía vistas hacia tres de las orientaciones cardinales. Así pues, miradores para la recta inicial (y final) del recorrido del encierro, su curva esquinera de 90 grados, y parte de la recta principal. Todo ello multiplicado por dos, ya que el de Ampuero parece que es el único encierro con trazado que se transita en ida y vuelta. Así que allá que nos instalamos, en un balcón sobre la angulosa curva y vista preferente al paso del puente.

El encierro se resolvió con rapidez y, suponemos, bastante limpieza. Hacía buen tiempo y el espectáculo resultó radiante y muy animado. Agradecimos el favor a la familia extendida propietaria del piso y nos fuimos con algunos de ellos a tomar el vermú a un bar de su preferencia. Y es que no hay como ir con los que saben, en este caso locales, porque suelen decantarse por lugares agradables. Este era un bar tranquilo, con sombra, a orillas del río y animación sin exceso. Prefiero no dar nombres para evitar esa actual plaga de influencers que, faltos de imaginación y personalidad, tienden a fagocitar los disfrutes de los demás y a hacerlos públicos a gran escala, contaminando todo aquello que tocan y, en la mayoría de los casos, echándolo a perder.

Con nuestros magníficos anfitriones.

 

A la hora de comer, buscando descanso y calma, nos acercamos a recoger nuestras bolsas y nos plantamos en el parque de arbolado que está situado en la ribera del Asón, cerca de la presa. Instalados a la sombra, algunos aprovechamos para darnos un refrescante baño en la presa, dejando que los chorros de agua nos masajearan toda la espalda. Acto seguido, mantas desplegadas y a comer: bocadillos, jamón, ensalada de tomate propio, patatas fritas, pechugas de pollo, melón… bota con syrah arreglado con moscatel, y unas copas de clarete de Toro bien frío. ¿Y después? La duda ofente… ¡siesta en la hierba!

De picnic

Cambiando el kit de picnic por el de corrida (almohadillas e impermeables), nos tomamos un café en un bar y rondamos por los alrededores de la plaza admirando de cerca el plantel de lusitanos de Guillermo Hermoso. Un rato después, acceso a la plaza y cierta espera de más (9 minutos) para que diera comienzo la corrida.

El rejoneo resultó regular. No malo, pero he visto muchos mejores, y al propio Guillermo Hermoso en faenas notablemente más meritorias. El primero lo resolvió sin grandes florituras y muy trabado en los lances de regate frontal porque el toro no arrancaba y el jinete tuvo que rehacer la maniobra repetidas veces. Mató a la tercera. Su segundo, excesivamente premiado, resultó más vistoso. Muerte inmediata, aunque, quizás, causada por cierto desvío pulmonar, a juzgar por las llamativas emanaciones de sangre por la boca del animal. Aquí Guillermo se lució algo más con un par de piruetas de caballo tordo ante el galope del astado y, sobre todo, con una larga y precisa secuencia cambios de grupa nítidos, claramente marcados y muy bien ejecutados por parte de uno de sus caballos azabaches. Su lance a dos manos no fue lucido, pero el chaval cumplió en general, porque ya tiene oficio más que suficiente y buenas monturas.

El Cordobés pasó por Ampuero sin pena ni gloria. Hay que agradecerle que nos regalara una serie de capote con cada uno de sus toros, aunque ambas pudieron haberse prolongado más, de no haber sido por la intervención de su cuadrilla. En el primero, porque fue un subalterno quien quiso lucirse algo más de lo debido y, aunque apuntaba maneras, el respetable enseguida le puso en su sitio a base de improperios. En el segundo, porque un capotazo absurdo de otro ayudante le robó el toro al torero antes de lo debido, cuando ambos, diestro y morlaco, estaban funcionando bien. Lo de la cuadrilla del Cordobés rozó el patetismo en el tercio de banderillas (sin comentarios). En cuanto a la muleta, su primer toro tenía concentrada fijación con el trapo, pero apenas embestía, por lo que el maestro enlazó pocos muletazos y abuso en exceso de alardes de valentía estática, plantándose delante de su cara y haciéndolo seguir al trapo con la mirada. No estuvo acertado con la estocada y la faena resultó pobre en conjunto. Su segundo toro era más espabilado. Demasiado, cara alta y disperso en su atención, así que con él no hubo chulería ante los pitones. A cambio, el torero supo bajarle la cara con la muleta y lo lidió a cierta distancia, pues el animal amagaba con pararse a media embestida. Pero el problema principal lo puso el torero no sabiendo componer, es decir, dar por finalizadas, de forma clara, cada serie. Después de enlazar algunas embestidas fluidas, parecía cerrar con un pase y… ¡no! Pretendía rematar con otro, pero ya no salía, y entonces intentaba más acciones, y aquello perdía fluidez y esa artística alternancia entre acción y pausa que algunos grandes maestros manejan tan bien. No me gustó. Ese lo mató bien, y un miembro de la cuadrilla, por fin, ejecutó un impecable, fulgurante y limpio descabello.

Lo mejor de la corrida, de largo, fue la actuación de Manuel Escribano. Profesional, completo y estiloso.  En orden inverso a tales calificativos, se puede explicar que el diestro se mueve con arte de bailarín, no hace aspavientos ni muestra brusquedades, lleva el salón a la plaza; es completo porque trabaja el capote (algo que, actualmente, se echa bastante de menos en demasiadas corridas), tiene repertorio de muleta y sabe matar, pero es que además fue él quien despachó los seis pares de banderillas de sus dos toros, y lo hizo con elegancia, clase, repertorio y excelente puntería ¡sí señor!; dicho todo lo anterior, la profesionalidad no hace falta comentarla, pero quedó subrayada con la paciencia mostrada en la furgoneta, a la salida de la plaza, atendiendo con eterna sonrisa a la afición. En conjunto fue mejor su primer toro que el segundo. En todo menos en la estocada que, aunque profunda y a la primera, provocó una hemorragia de boca excesiva. La segunda faena se vio ligeramente penalizada por la falta de arranque del toro en distancia (caso de las banderillas, aunque Escribano supo adaptarse con calidad) y por la pérdida de concentración de parte del público, más preocupado por algo de lluvia y por salir de la plaza con descortés antelación y prisa. Aún así Escribano fue doblemente premiado en ambos toros.

Un lance del rejoneo.

 
Salida a hombros.

El triunfador atendiendo a nuestra cazadora de famosos.

La plaza de Ampuero es generosa en espacio para el asistente, y su diseño garantiza perfecta visión aunque haya gente delante. No se llenó (serían tres cuartos) y el ambiente lo levanta una animosa banda a la que felicito desde aquí, porque el público, de media de edad bastante avanzada, se mostró poco elocuente (salvo para pedir premios). Lo que falló fue la solidaridad y el respeto hacia los demás cuando empezó a llover (último toro). Fue entonces cuando a algunas señoras se las notó mucha más preocupación por su inversión reciente en peluquería, que por el disfrute de los demás, y se abrieron algunos paraguas. ¡A ver si los prohíben de una vez en las plazas, que hay medios sobrados para no mojarse si uno es prevenido!

Tras el festejo taurino, aún tuvimos ganas y energía para volver a tomar algo a la plaza del pueblo e incluso para bailar un ratito. Después, nos despedimos de Tarzán y su compañera, les agradecimos cariñosamente sus atenciones y allí les dejamos dándole al baile. Mi jornada en las fiestas de Ampuero fue memorable. La deuda queda saldada y me alegro de haberlo hecho. Merecen la pena si se afrontan como se debe. Las fiestas populares son un patrimonio cultural valiosísimo que debemos cuidar y, en lo posible, tratar de disfrutar respetando sus esencias más arraigadas. Su valor no se alcanza por la cantidad (de gente, presupuesto, etc.) sino por la calidad de lo propuesto, el arraigo popular y cultural, etc. Y, desde luego, no me cabe duda, ya lo he experimentado en numerosas ocasiones, el mejor modo de conocer y disfrutar de una fiesta de estas características es hacerlo con algún asiduo o agente local infiltrado. El nuestro fue Tarzán, uno de su estirpe.

A la estirpe, al completo, Salvador, Jesús y Chencho Aja, les fue concedido el galardón Encerrona de Oro (otorgado por la revista del mismo nombre) en 2012, por su larga trayectoria como corredores en los encierros de Ampuero. Desde los años sesenta hasta los noventa.

Chus, de rojo, nuestro anfitrión, corriendo en 1981.

Chencho, el más joven, en los ochenta.

Salvador, el pionero de la familia, en el centro de la imagen con camisa blanca. Años sesenta.

Los tres hermanos, alineados horizontalmente delante de los toros. De izquierda a derecha: Salvador, Chus y Chencho.



[1] Carmen Werner obtuvo la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes 2020, y fue Premio Nacional de Danza, otorgado por el Ministerio de Cultura en 2007.