jueves, 30 de abril de 2020

RÍO COLORADO


Mi amigo Manu vive ahora en Denver (Colorado). De vez en cuando hablamos o nos escribimos. Y aunque cuando estaba en Madrid nos veíamos poco, alguna que otra ocasión había. Ahora no, pero la amistad sigue, eso sí, con más añoranza. Recientemente me habló de un par de libros que estaba leyendo. Sendos descensos por la cuenca del río Colorado. Uno muy reciente, en pleno siglo XXI y otro pionero, “El Pionero” en descenderlo, en el siglo XIX. Ni corto ni perezoso, tomé nota de ambas referencias y las encargué. Siempre adquiero mis libros en formato físico y lo hago personalmente en la librería de mis amigas. Comercio de proximidad (y en su caso máxima calidad). Excepto cuando se trata de libros extranjeros o descatalogados, en cuyo caso acudo a Internet. En esta ocasión, ambos libros, además de otro buen puñado de ejemplares, la mayoría de ellos relacionados con el piragüismo y las canoas, me fueron llegando por paquetería porque todos eran extranjeros. Y llegaron, todos menos uno, justo a tiempo, pocos días antes de que se decretara el estado de alarma causado por la pandemia de coronavirus. Fue una suerte ya que, aunque he estado tremendamente ocupado durante el confinamiento, el pedido me propició un buen arsenal de lectura extra por si acaso se incrementaba el tiempo libre.

Aquellos dos libros que me recomendó Manu los leí seguidos, pero en orden cronológico inverso. Primero el reciente, seguido del antiguo. Y desde el inicio del segundo, ya decidí que dedicaría una entrada del blog a escribir sobre la cuenca de los cañones del río Colorado. Sin duda se trata de un extenso paraje de fama mundial. Fácilmente evocable casi por cualquier persona, gracias a su frecuente utilización como escenario de gran dramatismo y vistosidad en el cine americano. Es además un destino turístico de primer orden. Uno de esos “spots” que aparecen en las hipotéticas listas de los “Top Ten” que “no te puedes perder”, Torre Eiffel incluida. Pero el caso es que, hasta el momento, yo sí que me lo he perdido, y aunque no descarto poder visitarlo en alguna ocasión, hay muchas probabilidades de que no llegue a hacerlo nunca. Y menos en el plan y con el tiempo que me gustaría, que son, precisamente, las dos condiciones en las que lo visitaron los autores (él y ella) de los dos libros por los que he empezado a hablar. En ambos casos se tomaron sus viajes como largos itinerarios de exploración de los ríos. Viajes nómadas, preferentemente localizados en el lecho fluvial, navegando por las tortuosas aguas de los profundos cañones que por allí tejen toda una laberíntica red de abismos. Así pues, a falta de pan, buenas son tortas, y más durante un periodo de tiempo en el que la obligación de permanecer en casa me impedía, no solo no poder viajar al río Colorado, sino siquiera acercarme a darme un garbeo en kayak por cualquier lámina de agua de los alrededores, no fuera a transmitir (o recibir) el contagio del COVID-19 a alguna nutria, martín pescador, etc.

Total, que me animé a tope y me propuse viajar por el Colorado a través de lecturas, mapas, sueños y consultas. Y logré disfrutar mucho durante varias semanas, y aprender, y acabé plasmando parte de todo ello en esta entrada. La historia que voy a contar es de extremos. Con ello quiero decir que se centra en el primer gran viaje realmente significativo por los ríos Green y Colorado, y en uno de los últimos, prácticamente integral, por el río Green (importante afluente del Colorado). Entre ambos otra experiencia anecdótica.

John Wesley Powell está considerado como el principal explorador del río Colorado y sus cañones. Fue un militar con enorme vocación científica y naturista, a la que se pudo dedicar desde que finalizó el conflicto bélico civil que enfrentó a los estados del norte y del sur de los EEUU. Antes de la guerra ya había hecho sus pinitos explorando por las cuencas del Mississippi y otros cursos del Medio-oeste norteamericano. Pero su gran labor exploradora, su impresionante legado descriptivo llegó después, cuando, habiendo perdido su brazo derecho en una batalla, decidió emplearse en cuerpo y alma a recorrer las inmensidades de los territorios desconocidos del oeste. Por lo que he podido leer de su figura, deduzco que Powell era un hombre adelantado a su tiempo. Un verdadero humanista, interesado en conocer a los indios y convivir con ellos, un auténtico apasionado por la geología y bastante aficionado a la etnografía. Un aventurero amante de la vida al aire libre. Duro, capaz de aguantar condiciones ambientales rudas y que no se amilanaba en absoluto pese a no contar con aquel brazo perdido.

Su libro en cuestión es “The Exploration of the Colorado River and Its Canyons” (1895), que yo adquirí en la versión de National Geographic Adventure Classics. Se trata de una obra que fue publicada con retardo. ¡26 años de lapso! entre el viaje y la primera edición. Y no es que el texto no estuviera escrito al poco de acabar el viaje, sino que inicialmente se consideró que sería una obra de nulo impacto comercial. Principalmente por alejarse del género de aventuras. Estas afirmaciones hay que tomarlas en su contexto. El relato, además de ser real, y no una ficción, tiene muertes violentas, muchos peligros y bastante carga aventurera, pero, probablemente poco, si lo comparamos con las novelas y folletines del “Oeste” que se debían de vender como rosquillas en aquellos tiempos. Por otro lado, hay partes de la obra que resultan muy descriptivas, centrándose en aspectos geomorfológicos, geográficos y etnográficos. Ello confiere al texto cierta connotación de informe, que, en el fondo, era lo que más interesaba al propio Powell, pues era su género vocacional y al que dedicó la mayor parte de su trabajo escrito. Trabajo que aún hoy en día se sigue teniendo bastante en cuenta a la hora de tomar decisiones sobre la gestión de aquel territorio. De hecho, la visión editorial del momento no estaba muy errada ya que, cuando finalmente se publicó, resultó un poco fiasco a nivel de ventas. Sin embargo, todo eso cambia cuando lo percibimos desde una perspectiva actual, pues el texto está publicado por varias editoriales, en diferentes formatos, con o sin anotaciones posteriores, etc. Habiendo acabado convertido en todo un clásico de la literatura de exploradores aventureros.

Desde mi punto de vista, el libro es lo suficientemente ameno para hacer las delicias de cualquier aficionado a este género. Es verdad que se emplea mucho en descripciones geomorfológicas y paisajísticas, pero es que se ubica donde se ubica… además, los momentos en los que el texto se vuelve algo más “científico” (o serio) están claramente localizados en los cuatro primeros capítulos y en el último (de los catorce que lo componen). A favor, además del propio contenido, la aventura y del hecho de que aquella fuera la primera exploración “integral” y navegada del río, el texto tiene dos ventajas añadidas. La primera es que, como suele pasar con muchos de los textos clásicos en inglés, su lectura se me hace mucho más sencilla, al presentar una estructuración gramatical muy clásica, muy al estilo del “inglés” que estudié en el colegio. Y la segunda, que el libro incorpora una generosa cantidad de ilustraciones que, procedentes de grabados o plumillas, ofrecen unas imágenes espectaculares y de inigualable belleza. Son dibujos de la época, aunque no he logrado enterarme de su autoría.

Dibujo del libro de Powell. Una vista de cañones desde el río. (Imagen: vistabooks).

El viaje que cuenta Powell se inicia en Green River, localidad por la que pasaba el Old Spanish Trail que, partiendo de Santa Fe (Nuevo México), llegaba hasta Los Ángles (California). En aquel momento ya contaba con conexión de ferrocarril gracias a la Union Pacific Rail Road. Por ese medio llegó una expedición compuesta por 10 hombres con mucho material y cuatro botes de madera. Tres algo más grandes y pesados dotados de pequeñas cubiertas cerradas a proa y popa, y un cuarto más pequeño y ligero completamente abierto. Las cuatro embarcaciones de remos y construidas en madera. El viaje se desarrolló en 1969, iniciándose el 24 de mayo y finalizando el 29 de agosto. 98 días para recorrer unas 1000 millas de lecho fluvial. Todo ello descendiendo por el río Green (hacia el sur) hasta desembocar en el Colorado, para seguir descendiendo por él hasta donde recibe al Virgin por su derecha. La idea inicial era aprovechar el viaje para explorar también, en la medida de lo posible, muchas de sus múltiples ramificaciones laterales, causadas por sus principales afluentes, algo que fueron haciendo rigurosamente casi hasta el final, hasta que las provisiones comenzaron a escasear de modo tan alarmante que tuvieron que optar por no “entretenerse” tanto.

Fotografía del bote del Major John Wesley Powell. El "Emma Dean", en el Grand Canyon National Park, Arizona. 1871. (Imagen: wikipedia).

El viaje en sí debería de catalogarse como un larguísimo “rafting pionero de madera”. Algo francamente arriesgado. No solo por lo inadecuado del material de navegación, sino, además, por lo desconocido del trayecto. Prueba de ello es que ya en junio perdieron uno de los tres botes grandes, como consecuencia de los violentos embates de uno de los múltiples rápidos que tuvieron que superar. La odisea se vio muy enriquecida por la constante añadidura de excursiones a pie y trepadas a través de acantilados y cumbres, en busca del remonte de afluentes, así como de accesos a las mesetas y niveles superiores de los cañones.

La intentona de Powell fue la primera en conseguir el objetivo, pero no en probar. Previamente, en 1825, William Ashley y un grupo de exploradores se embarcaron río abajo, desde el norte de las Montañas Uintah hasta unos rápidos que Powell bautizó como Disaster Falls, porque fue donde ambas expediciones perdieron embarcaciones (Powell el mencionado bote anterior). En aquel lance se ahogaron todos los acompañantes de Ashley excepto uno. Ambos tuvieron que remontar las paredes del cañón y atravesar las Montañas Wasatch hasta conseguir llegar a Salt Lake City, sobreviviendo por recolección. Finalmente fueron acogidos por mormones que les dieron comida y ropas, y los emplearon en la construcción del templo hasta que ganaron lo suficiente como para poder continuar viaje. El tal Ashley fue todo un personaje: minero, especulador de tierras, fabricante, oficial militar del territorio, político, trampero, tratante de pieles, emprendedor y cazador. Pero sobre todo, fue conocido por ser copropietario de la exitosa compañía Rocky Mountain Fur Incorporated, también conocida como Ashley’s Hundred, por los famosos “mountain men” que trabajaron en ella entre 1822 y 1834. El concepto de Mountain Men sigue vigente en los EEUU, una serie de televisión emitida por Mega muestra un plantel de personas que en la actualidad se afanan, en diferentes variantes, en el tipo de actividades a las que se dedicaban los de entonces, en parajes agrestes de los actuales EEUU y con algo de ayuda mecánica moderna (en algunos casos poca). Por otro lado, existe una asociación trans-estatal denominada “The American Mountain Men” cuyos miembros se empeñan en mantener vigente el estilo de vida de los pioneros, adquiriendo grandes destrezas con la utilización exclusiva de recursos naturales y utensilios de las épocas de los primeros pioneros (finales del siglo XVIII y principios del XIX).

 
Preciso mapa esquemático de la ruta completada por Powell. (Imagen: Ron Watters).

La ruta navegada del grupo de Powell se inició en el estado de Wyoming, para, al cabo de poco tiempo, entrar en el estado de Utah, y poco después hacer una breve incursión en forma de gran curva por el estado de Colorado navegando por el famoso Cañón de Lodore. De vuelta a territorio de Utah, el río Green los fue llevando de norte a sur. Fueron empalmando cañones y gargantas, remando, dejándose llevar por la corriente, tratando de negociar rápidos, teniendo que practicar costosos porteos o pasando algunos tramos conflictivos del río mediante el manejo de cuerdas con las que hacer descender los botes vacíos de tripulación. Todo ello, maniobras que me ha tocado hacer en ocasiones con las piraguas, pero en escala micro, comparándolo con las dificultades, dimensiones y pesos del viaje de aquellos aventureros. Pero esa experiencia miniaturizada me ha ayudado a comprender mejor el verdadero calado de lo que describe el relato de Powell. El regreso a Utah se produjo aproximadamente al pasar por el paraje denominado Echo Park, y a lo largo del estado fueron dejando atrás cañones como el Desolation y Labyirinth, así como el territorio de la Reserva Uinta. Aún en Utah, acabaron desembocando en el río Colorado, por el cual siguieron avanzando por una continua sucesión de cañones como el Catarat y el especialmente famoso Glen. En este último, por su margen derecha, desagua el afluente Escalante.

El nombre del río procede del apellido de uno de los primeros exploradores de la zona, el Padre Escalante, que pasó por allí en 1776.

“La expedición de Domínguez y Escalante, o Domínguez-Escalante, fue una expedición de exploración española que se llevó a cabo en 1776 para encontrar una ruta por tierra desde Santa Fe (hoy Nuevo México) hasta las misiones católicas en California, en particular a la de Monterey. Francisco Atanasio Domínguez y Silvestre Vélez de Escalante, sacerdotes franciscanos, y Bernardo Miera y Pacheco, un cartógrafo, viajaron con ocho hombres desde Santa Fe a través del oeste del actual estado de Colorado hasta el Valle de Utah, ahora en el estado de Utah. A lo largo de la travesía fueron ayudados por tres guías timpanog ute. Debido a las dificultades experimentadas durante el viaje, el grupo no alcanzó las Californias, pero regresó a Santa Fe a través de Arizona. Los mapas y la documentación de su expedición fueron de gran ayuda para futuros viajeros. Con el tiempo, su ruta se convirtió en parte del Viejo Sendero Español”. (Wikipedia).

Mapa con las rutas de ida (amarillo) y vuelta (verde) de Dominguez y Escalante. (Imagen retocada de: https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=404482)

Su itinerario de ida configuró el ramal norte de la ruta, el que pasaba por Green River. El regreso decidieron hacerlo más al sur, intentando una vía más directa que los llevó a cruzar el Colorado por el desde entonces llamando Vado de los Padres, al que hace referencia Powell. El papel español en la exploración del oeste americano fue francamente importante y especialmente tempranero. Me interesa aquí hacer mención del cartógrafo que acompañó a los Padres. Bernardo de Miera y Pacheco, reconocido como:

“«quizás el más prolífico e importante cartógrafo de la Nueva España»​ así como un artista, particularmente como santero (tallista de imágenes religiosas).​ Se le ha considerado un polimata, siendo «competente en astronomía, cartografía, matemáticas, geografía, geología, geometría, tácticas militares, comercio, ganadería, enología, metalurgia, idiomas, iconología, iconografía, liturgia, pintura, escultura y dibujo»”. (Wikipedia).

Nada más saber de él quise conocer su origen porque su apellido no engaña. El Miera es un río cántabro. En concreto, el que descendiendo por las laderas del puerto de Lunada conforma uno de los principales valles pasiegos y acaba desembocando, como río principal, en la Bahía de Santander. El Miera, cuando se convierte en ría, cambia de nombre, lo llamamos Cubas, y es uno de mis espacios más frecuentes de práctica del piragüismo. Por otro lado, Miera es una localidad cántabra situada el referido valle. También un apellido pasiego característico, por lo que empecé a sospechar que el gran cartógrafo, siguiendo (conscientemente o no, los pasos de Juan de la Cosa), pudiera ser originario de allí. Y efectivamente, nació en el Valle de Carriedo, comarca igualmente pasiega, recibiendo formación militar por ser hijo de un capitán de caballería.

“Sus mapas fueron examinados por Alexander von Humboldt en 1803 para ayudar a preparar sus propios mapas. Humboldt a su vez compartió la información con el presidente americano Thomas Jefferson un año más tarde y el trabajo de Miera fue copiado por los cartógrafos estadounidenses”. (Wikipedia).

Mapa de aquel territrio trazado por Bernando de Miera y Pacheco. Aunque contenía algún error, resultó fundamental para las posteriores exploraciones y cartografías. (Imagen: Library of Congress, https://www.loc.gov/exhibits/lewisandclark/images/ree0012.jpg)

El itinerario del Powell continuó río Colorado abajo y pasó al estado de Arizona, introduciéndose en el mítico Gran Cañón. Allí acometieron el sector del Cañón Marble. Estaban cerca de su destino, lo suponían, pero ignoraban cuánta distancia quedaba, así como qué tipo de dificultades. Estaban ya en una situación especialmente difícil porque se iban encontrando muchos tramos de gran dificultad y peligro, y se habían quedado prácticamente sin comida. El hambre ya apretaba y el tiempo se acababa. Tres miembros del grupo tomaron un plan alternativo por tierra. El resto continuaron abandonando ya el bote ligero, quedándose con los dos grandes. El destino de aquellos tres lo dejo en el aire, para evitar contar detalles del final de la historia. El resto continuó río abajo. Muy poco antes del final, una noche, acamparon en Grand Wash. A partir de allí pudieron disfrutar de las ventajas de tener algunas referencias para la navegación, ya que contaban con notas procedentes de un grupo de mormones que pocos años antes habían viajado desde St. George (Utah), cargando con un bote. Al llegar a este paraje, aquella partida se había separado. Un grupo había cruzado el río para reconocer las Montañas San Francisco, mientras que tres hombres echaron el bote al gua para llegar hasta Callville, algunas millas por debajo de la desembocadura del río Virgen (Nevada).

Esa desembocadura fue la meta del descenso de la expedición de Powell, la cual, finalmente, tras muchas penalidades, lograron completar con éxito. Incluso desde allí, una vez recuperados, bien alimentados y renovando sus pertrechos, un grupo de cuatro hombres (Sumner, Bradley, Hawkins y Hall, tomaron los dos botes supervivientes y se dispusieron a seguir navegando río abajo con la intención de llegar a Fort Mojave, y quién sabe si, incluso, Los Ángeles. En realidad, creo que Bradley y Hawkins llegaron hasta Ehrenberg (más de 150 km río debajo de Fort Mojave), pero eso es otra historia.

Por su parte, Powell regresó a la civilización, pero volviendo un año más tarde al mismo punto, para iniciar una exploración concienzuda del Río Virgen (Nevada) y de las montañas Uinkaret (Arizona). Lo hizo guiado y apoyado por indios. Empleando caballos como monturas y mulas para acarrear la carga. También caminaron y escalaron mucho, e incluso llevaron a cabo un auténtico descenso acuático (nadando, saltando, caminando…) de cañones. Lo dicho, todo un pionero de los deportes de las aguas salvajes. En la segunda parte de este otro viaje, con caballos y un carro para el material, se centró más en la convivencia con los indios y acometió (caminando) un descenso al pie del Cañón del Colorado. Una especie de sentimental cierre de círculo.

Todavía continuó explorando durante su regreso montado desde el Kanab, y hacia el este, a través de Arizona hasta Nuevo México. Lo narra en los últimos capítulos del libro. Aun centrado en la geografía, pero cada vez más en el estudio etnográfico (de campo) de los indios de varias tribus, aunque entonces, sobre todo navajos y, muy especialmente, indios Pueblo (Zuñi).

John Wesley Powell a caballo, hablando con un Nativo Americano. (Fotografía realizada en 1873 por John K. Hillers).

Como ya he comentado, el libro de Powell contiene unos dibujos francamente buenos. Ignoro si en su expedición, en la que cargaban con barómetros, sextantes, cronómetros y demás aparatos de medida y observación científica, alguno de los miembros de la expedición era dibujante. Powell no habla demasiado de ellos. El relato es un poco personalista. Aunque no los he leído, me consta que hay textos contemporáneos fruto de la investigación de otros relatos relativos a aquel viaje, y alguno de ellos muestra ciertas críticas hacia la figura de Powell. Lo que si queda claro en su texto original es que viajó con algún pintor e ilustradores en otras exploraciones posteriores por la zona. Escribiendo sobre la dificultad de describir la belleza de los paisajes con palabras, menciona a tres pintores: Church, Bierstadt y Thomas Moran. Todos ellos formados en Europa, y miembros destacados de la denominada Escuela del Río Hudson. Igualmente confirma que, tiempo después, viajó con Moran al Gran Cañçon. Él fue el autor de “The Chasm of the Colorado”, lienzo que estuvo colgado en el vestíbulo del ala del senado en el Capitolio.

"The Chasm of the Colorado", por Thomas Moran. (Imagen: Smithsonian American Art Museum)

Frederic Edwin Church pintó paisajes por todo el país, aunque es difícil dar con estampas del río Colorado porque viajó muchísimo, primero por todo el país, y más tarde siguiendo los pasos de su idolatrado Alexander von Humboldt. De hecho, las obras inspiradas en el continente iberoamericano son las que más se suelen destacar de su carrera artística.

Un paisaje cercano a la Bahía del Hudson, pintado por FE Church. (Imagen: Passionforpaitings.com)

En cuanto a Albert Bierstadt, tras formarse recorriendo Alemania y Suiza, en 1859 viajó al Oeste con un equipo de topografía, aquello le sirvió para desarrollar sus estudios de amplias y majestuosas panorámicas de las Montañas Rocosas. Fue un pintor muy centrado en recrear los escenarios de la “conquista del Oeste”, algo que le dio éxito inicial, pero acabó pasándole factura cuando el público empezó a interesarse por otro tipo de temáticas y estilos pictóricos. La parte principal de su obra se centra en la zona de Yosemite y las Rocosas.

Albert Bierstadt: "The Kern River Valley" (California). (Imagen: Wikipedia)

La obra exploradora y geográfica de Powell es una referencia nacional en los EEUU. Su lectura, total o parcial, directa o indirecta, obligada para gran parte de los visitantes que se acercan al Gran Cañón o para quienes se embarcan en la navegación deportiva de algún tramo del Green o del Colorado. Lo fue para Heather Hansman, autora del libro contemporáneo que me había recomendado Manu. Sin embargo, entre los viajes de sendos escritores, entre las cientos o miles de personas que recorrieron parte de estos ríos, hubo uno del que tuve referencia unos cuantos años atrás. Se trata de una anécdota poco o nada significativa para la historia de los viajes por la cuenca del Colorado, pero lo suficientemente curiosa como para dar cuenta de ella aquí.

Allá por los años noventa, más bien al principio de la década, dando clase de EF en un instituto, confeccioné un proyecto educativo consistente en dar cuerpo a una asignatura del entonces todavía vigente BUP. Se trataba de la denominada EATP (Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales) una especie de “maría” de dos horas semanales que pretendía acercar al alumnado a cierta escueta visión del mundo profesional, a través de la elección de alguna rama concreta. Yo le eché imaginación al asunto y planteé un proyecto de asignatura titulado Actividades Deportivas en la Naturaleza. Tuve que tramitarlo ante el Ministerio porque en aquella época aún no le habían transferido a Cantabria las competencias en materia de Educación. Me lo aprobaron y, durante los últimos cursos de vida del BUP (creo que fueron dos), la estuve impartiendo en el centro. La organización era la siguiente. Cada mes de curso escolar nos centrábamos en algún tipo de modalidad (montañismo, vela, piragüismo, BTT, cicloturismo de alforjas, espeleología, turismo ecuestre, etc.). Las dos horas semanales en el centro las dedicábamos a conocer y familiarizarnos con el material, trabajar la cartografía, ver algún documental al respecto, e incluso prepararnos motrizmente para la práctica. Después, un fin de semana, acometíamos una excursión de la modalidad correspondiente. Cuando llegó el momento del piragüismo, no recuerdo cómo ni de dónde lo saqué, disponía de un documental en el que un grupo de expedicionarios acometía un descenso de varios días por las aguas del Colorado. La mayor parte de ellos descendían en embarcaciones neumáticas de rafting, aunque había expertos que lo hacían en kayaks de aguas bravas. Uno de ellos, incluso, llevaba un barco muy especial, que apenas tenía calado y navegaba semihundido. La destreza para el control y esquimotaje del palista era tal que, en algunos tramos, incluso prescindía de llevar pala, navegaba con las manos. Pero el que más me impresionó, y más envidia sana me provocaba, era un hombre que viajaba en una canoa canadiense abierta y de generosa capacidad de carga, con la cual controlaba perfectamente los rápidos y hacía también esquimotajes sin problemas.

Perdí aquella cinta de video. Incluso me olvidé por completo del documental, hasta que la lectura de estos libros me lo recordaron. Para recuperar parte de la información apenas recordaba una pista: que el patronazgo y liderazgo mediático de la aventura había corrido a cargo de Glenn Frey, el músico de los Eagles. Así que me puse a buscar por Internet, y aunque reconozco que me costó bastante, al final di con una somera información sobre todo aquello. Lo denominaron “Expedition Earth”, quedando asociado a la canción "Grand Canyon: River of Dreams" (1991). El viaje duró 18 jornadas y aprovecharon la película para subrayar las bondades naturales y ecológicas del Cañón y, sobre todo, hacer causa ecologista ante temas controvertidos como la presa del Cañón Glen, la estación energética Navajo y la minería de uranio. Frey participó remando, ejerciendo de narrador y dotó de música a la película.

Carátula de la cinta de video del documental "Grand Canyon: River od Dreams". (Imagen: glennfreyonline).


 Captura de pantalla de la cinta. Glenn Frey en primer plano afanándose con una pala en los rápidos del río. (Imagen: glennfreyonline).

La película tiene mucha acción deportiva extrema. Y para aquella época resultaba impactante y entretenida. La variedad de embarcaciones amenizaba mucho y todo ello se mezclaba con el tratamiento de asuntos etnográficos (canoas antiguas), geográficos, históricos y de problemática medioambiental.

"Una solución a largo plazo para algunos de estos problemas es iniciar el surgimiento de una generación de niños con conciencia ambiental, y hacer de la conservación y el ambientalismo una parte tan importante de la educación de la infancia como las matemáticas o la lectura”. (Glenn Frey).

Aquel mensaje u otros similares, la película misma o el tipo de educación al que hacía referencia la cita, debieron influir profundamente sobre nuestra siguiente protagonista, Heather Hansman, la autora de “Down River. Into the future of water in the West”. University of Chicago Press. 2019. Lo digo porque es un libro que combina permanentemente el análisis ambiental multifactorial del río Green (y por extensión toda la cuenca del Colorado) con su descenso por medios deportivos de aventura.

En el fondo, lo que expresa Hansman a lo largo de sus páginas es una pormenorizada y compleja visión de muchos de los aspectos de interacción que ya eran puestos encima de la mesa en el documental de Frey. Lo hace treinta años después, pero la mayoría de los puntos de conflicto siguen siendo los mismos y ya fueron expuestos entonces. A favor de esta joven aventurera está su metodología al proceder, pues lo que hace es ir visitando y entrevistando a muchas personas que representan a un amplio espectro de partes implicadas. Ella centra el estudio en el río Green, poderoso afluente del Colorado que viene del norte. Aquel por el que inició Powell su descenso. El Green es una especie de encrucijada de tres estados míticos desde el punto de vista del paisaje natural: Wyoming, Colorado y Utah. Durante la mayor parte de su recorrido, el curso fluvial es un verdadero río que atraviesa, a gran profundidad, el desierto. La autora hace el viaje combinando tramos en Raft-pack con escapadas en coche para poder portear las presas ahora existentes, así como para visitar algunos lugares y a personas de interés (ranchos, plantas de energía, etc.). Hay tramos en los que incluso practica el rafting (en el Yampa, o en un tramo del Green acompañada por sus padres), así como el remo en canoa (en el curso bajo, hacia el final del viaje). Hasta en algún momento monta en bicicleta o, desde luego, enriquece la exploración mediante el senderismo.

En cuanto al estudio “socio-hidrográfico” que la autora hace del río, es bastante completo y complejo. En el sentido de incorporar muchos elementos que interactúan entre sí. Tanto, que no pueden establecerse conclusiones cerradas en forma de soluciones claras a los diferentes problemas existentes. Tras su lectura, para ordenar un poco mis ideas, me permití el lujo de componer un mapa conceptual al respecto. Mapa que no voy a explicar aquí para no alargarme y porque es uno de los contenidos esenciales del libro.

Mapa de la problemática sistémica del río Green + Colorado. Elaboración propia.

Parte del problema radica en las dificultades de acuerdos y cesiones de las partes interesadas. Sobre todo, en opinión de la escritora, no solo por el cruce directo de intereses, sino también por temor a que cesiones temporales deriven en pérdida posterior sobre derechos en el reparto de agua. Tales derechos (algunos de ellos históricos), las preferencias sectoriales con respecto a los diferentes regímenes de caudal, los efectos de los cambios climáticos (con sus sequías y sus precipitaciones repentinas), etc. Lían más y más la madeja de un sistema que, además es local, comarcal e interestatal.

Otra cuestión interesante que Hansman señala hacia el final de su relato es el concepto de río original. Algo que considera muy difícil de definir e irrecuperable. Comenta, por ejemplo, que, aunque actualmente se decidiera destruir las presas, el río no volvería a ser el mismo que supuestamente sería ahora si no las hubiera habido nunca. No lo sería porque, evoluciones biológicas y de erosión aparte, los miles de toneladas de sedimento acumulado en el fondo de los pantanos romperían todo el sentido dinámico del conjunto. En parte permaneciendo en el fondo (habiendo cambiado el perfil del curso) y en parte viéndose liberados repentinamente (causando un efecto impredecible en su huida a través de la cuenca). 

Toda esta problemática y constante fuente de debate es algo que conozco bien porque es fácilmente trasladable a nuestros ríos. Es el caso de las presas de los Arribes del Duero, los trasvases del Tajo, etc. Desde hace unos pocos años, en un proyecto que voy realizando por partes, voy viajando por los cursos completos de algunos de los grandes ríos peninsulares, empezando por el Duero y el Ebro. Y en ambos me he encontrado, de forma latente, muchos de los conflictos que esta escritora plantea para el Green. Una diferencia que si he visto en su libro tiene que ver con cierta clasificación gubernamental que los EEUU aplica a sus cursos fluviales. Afecta a su nivel de protección, y los más protegidos son los calificados como ríos “escénicos” (de interés natural pero que cuentan con algún que otro acceso por carretera) y “salvajes” (que únicamente tienen acceso a través de la naturaleza virgen).

Tal y como he comentado antes. Gran parte del viaje protagonizado por Heather Hansman lo realiza con una embarcación de “raftpack”. Este tipo de botes están bastante de moda actualmente. Básicamente, son una especie de bote neumático de muy cortas dimensiones, que son manejados en modo de kayak y disponen de un cubrebañeras integral. Son ligeros y fácilmente desmontables, de manera que resultan adecuados para poderlos combinar con otras formas de progresión en la naturaleza. Especialmente meterlos en la mochila para llevarlos de trekking. Mi amigo Manu está muy animado a iniciarse en su utilización. A mí también me resulta apetecible, pero le encuentro varias pegas. Una es que sus propiedades de navegación resultan muy buenas para aguas muy movidas, pero desesperantes para aguas tranquilas o lentas. No son aptas para jornadas de bastante kilometraje. Otra es que son muy sencillas de portar plegadas, pero, por el contrario, dificultan la mayoría de las opciones de poder llevar en ellas otro medio de transporte combinando (hay quien carga la bicicleta, pero analizándolo bien, es más para filmar videos sugerentes, que algo realmente operativo). El asunto de tratar de combinar de forma eficaz (y sin apoyo externo) los viajes de “piragüismo” con el ciclismo, turismo ecuestre, u otros medios que impliquen “material duro”, todavía no está verdaderamente resuelto. Una lástima.

Heather Hansman (probablemente durante la parte final del viaje) a bordo de una canoa candiense. El último tramo lo completó con unas amigas en canoas. (Imagen: newsweek).


Ella misma, posando con un raft-pack. (Imagen:
soundcloud).

Un detalle que no se me escapó durante la lectura de este último libro fue que la protagonista comentase que, durante algunos tramos, sufriera un molesto y extenuante viento en contra. Es algo que he me resulta familiar porque lo he experimentado tanto en el Duero como en el Ebro y en ambos casos, como en el suyo, muchas veces tiene que ver con planificar los viajes para el verano. Entonces, la temperatura interior es muy elevada, puede que bastantes grados más que en la costa, generando un efecto térmico por el cual el aire caliente interior se eleva, haciendo que por la cuenca del río ascienda una corriente de aire algo más fresco procedente de la desembocadura. Pero claro, todos preferimos viajar por el agua en verano.

La protagonista da muestras de cierta aprensión, incluso miedo, en algunos momentos. Y suele tener más que ver con el escaso entorno social con el que se fue encontrando (hubo periodos de absoluta soledad) que con los peligros puramente físicos de la navegación. En ocasiones sintió preocupación por viajar sola, y en algún momento eludió el encuentro con una persona cuya apariencia la preocupaba.

Esta entrada y las lecturas que la han motivado han ocupado parte de mi confinamiento provocado por el coronavirus. Me han entretenido mucho y me han ayudado a pasarlo mejor. Pero también han espoleado mis ganas de volver al agua y a las palas. De viajar en kayak. Pero es que, además, con el añadido de algunos otros libros adquiridos que aun están por leer, me han recordado otra forma de práctica que disfruté tiempo atrás, que fui abandonando por su mayor lentitud, pero que, para determinados planteamientos, resulta ideal. Me refiero a la navegación en canoa canadiense turística. Embarcación ideal para duetos, con buena relación de avance-estabilidad, muy polivalente y excepcional capacidad de carga. Ahora mismo me siento con muchas ganas de recuperar su práctica. Ya veremos.


miércoles, 15 de abril de 2020

EL COVID-19 Y EL DEPORTE (por ahora…).


Recluido en casa, en plena pandemia, y atento al comportamiento colectivo derivado de esa situación, me han venido a la memoria dos obras de José Saramago. Su genial “Ensayo sobre la ceguera” y su también recomendable “Ensayo sobre la lucidez”. En el primero el portugués escribe una ficción apoyada en una supuesta epidemia que asola a la sociedad de forma bastante repentina y prácticamente paralizante, porque va dejando personas ciegas a diestro y siniestro. Durante la trama, el autor se recrea en los comportamientos propios de la condición humana, algunos de los cuales únicamente cristalizan o se destapan cuando las cosas se ponen feas y cuando la pandemia, que no distingue entre estratos sociales, cargos o ideas, se recrea repartiendo suerte por todos lados. Lo que en el relato sucede, muestra bastantes paralelismos con lo que uno puede observar desde su casa, viendo un poco las noticias, demasiado la invasora pantalla del teléfono móvil y asomándose a las ventanas. De modo muy resumido, a nivel civil, me resulta deprimente, triste y preocupante, comprobar la inusitada aceleración del flujo de comunicación telemática entre las personas. Comunicación excesiva, compulsiva y tremendamente hueca. Si atendemos al contenido de la mayor parte de todo ese flujo, despejándolo de las conversaciones normales, las muestras sinceras de cariño y algo de humor, que nunca viene mal, la mayor parte es para echarse a llorar, especialmente si nos da por pensar que los responsables de la “creación”, “lanzado” y “difusión replicante” de la basura (miles o millones de personas) son votantes (contantes, y en este caso también, sonantes, vibrantes o visibles, aunque tengas el grupo silenciado). Tanta tecnología ha demostrado resultar estéril para acabar con un mal de nuestra sociedad, el conocido como rumorología, “dicen”, radio-macuto, etc. según las épocas y soportes por él empleado. En esta ocasión, Internet no está haciendo más que potenciar, exponencialmente, los perniciosos efectos del desarrollo de los bulos, a los cuales ¿cómo no? se les ha bautizado, de paso, con un nombre anglosajón para darlos más caché. Durante este confinamiento los bulos se han disparado, así como sus trasmisores humanos, haciendo crecer, estrepitosamente, la estupidez humana, la cual, por lo visto, se extiende (cual epidemia paralela) sin tampoco distinguir entre niveles de estudios, relevancia de sus puestos de trabajo, edad, dignidad o gobierno. Alucinante. Parece una película de Clint Eastwood: “El malo (quien crea un bulo), el tonto (que se lo cree o da crédito) y el gilipollas (quien lo difunde como un loro de repetición de última generación)”. Además de todo esto, “por lo civil”, en lo referente al comportamiento físico (no telemático) esperado, están los insolidarios, los imprudentes, los canallas, los acaparadores, los que anhelan ocasiones para un oportunista estraperlo, los especuladores de cortísimo espacio de tiempo en bolsa, etc. Una verdadera fauna. ¿Cosas buenas en ella? Sí, claro, y seguramente la mayor parte de la gente, lo que pasa es que en ello ya se recrean las noticias. De hecho, las públicas oficiales, es casi a lo único que se dedican cuando se salen del guion impuesto por los gobernantes. Me refiero al humor, a las variadas conductas de solidaridad (que las hay en abundancia y diferentes niveles de eficacia), también al anecdotario e incluso a la ñoñez. La ceguera en estado puro.

 
Saramago, de joven, remando. (Imagen: Fundación josesaramago.org).

La otra novela de Saramago, que al igual que la anterior, de ensayo no tiene nada (salvo quizás, quién sabe, el todo de la intención y de cierta vocación catalogadora), rasca más directamente en el repugnante mundillo de la clase política. En ese otro caso, la epidemia en cuestión no es fisiológica sino de comportamiento colectivo. La gente, inesperadamente y sin responder a ninguna engañosa o manipulada “quedada”, decide no ejercer su derecho a voto en las elecciones, y la supuesta legitimidad de un sistema tan disfuncional como actual se tambalea para pánico de la clase política. Al acordarme del libro, no he podido evitar reflexionar un poco sobre el comportamiento de mando político en esta crisis. Poquito, muy poquito, porque soy tremendamente escéptico respecto a la clase política, a la cual no dedico, prácticamente, nada de mi tiempo. Poquito, además, porque, aunque no lo parezca, esta entrada va a ir sobre esta pandemia y algunos de sus efectos sobre el mundo del deporte. Pero antes, permítanme unos pocos comentarios. Para ello, como para lo que vendrá más tarde relacionado con el deporte, intentaré utilizar únicamente fuentes primarias, esto es, vividas directamente por mí o mis allegados de confianza y, para atrevido yo, por las noticias de la TV pública. El “Ensayo sobre la lucidez” de Saramago retrata a la clase política y, con sus ligeros sesgos de preferencias personales, castiga con realismo hacia todos lados. En el mundo real, tengo la impresión de que hoy en día, cada vez más, los políticos son menos profesionales y expertos en nada y más provenientes de carreras casi exclusivamente políticas. Forjadas a través de intrigas de partidos (en versiones locales, de “juventudes”, sindicales, etc.) en busca de una progresión de escalafón lo más fulgurante posible. Con qué objetivos, los que sean, aunque siempre acompañados por dos evidentes: conseguir algo de lo que poder vivir (el menos malo) y… poder (nefasto). Una de las consecuencias de todo ello es que, como sociedad, nos encontramos en manos nada adecuadas. La sociedad, que es extensa y por lo general respetable, sensata, trabajadora e incluso muy funcional, suele tener capacidad suficiente para absorber la torpeza política y de gobierno, compensándola y, por lo general (aunque no en todos los ámbitos), sigue avanzando. Lo que pasa es que la clase política, como virus sin control, va avanzando también de manera alarmante, conquistando más territorio, de modo que el mal va contaminando, progresivamente, la asignación de cargos de confianza que, como el virus, cada vez se apoderan de más territorio técnico. Así que los técnicos con mando, los expertos, lo son más por su afiliación, lealtad o relaciones políticas, que por su saber, dominio específico contrastado, etc. La termita política se lo va comiendo todo, resquebrajando la estructura de un país, sin que la apariencia externa muestre demasiados síntomas. Y esto sucede, de manera muy extendida, en los niveles locales, regionales y nacional. Y me temo (vamos, no me cabe la menor duda) que de igual modo a nivel supranacional. Y así pasa lo que pasa. Veamos un par de ejemplos recientes:

¿Quién está al cargo de la gestión de la crisis del Coronavirus? Un experto cabecilla cuya planificación ha sido nefasta. Que pasó de ver (y declarar) con naturalidad la normalidad de la asistencia a manifestaciones masivas, a encargar decretar un confinamiento total de la población, en apenas cuatro días. O quizás, realmente, el puñado de máximos mandatarios políticos que lo rodean en muchas de sus comparecencias.

Otro ejemplo, quizás es más vil, impresentable e inmoral de los que hemos ido pudiendo ver durante todo este culebrón. Un político que es un cáncer y decide, de su mano mayor, saltarse de modo “ejemplar” (pobre Javier Gomá, qué buenas intenciones a la hora de escribir y qué poco efecto logrado) la cuarentena a la que estaba obligado (de forma ratificada), con el clarísimo objetivo de pelear, internamente, hasta conseguir un atril, que le permitiera apoderarse de algo de cuota de pantalla, imagen, representación, etc. Un especialista en fustigar con su verborrea trasnochada a la “casta” política, hasta conseguir ingresar en ella. Este político, en adelante El Cuco, considero que, por lo anteriormente explicado, debería estar cesado desde aquel momento, entre otras cosas por poner en peligro la integridad del gobierno. Su modo de actuar deja a las claras un par de detalles que desvelan su peligrosidad como dictador en potencia. Al saltarse la cuarentena, por un lado, se consideró por encima del resto de la ciudadanía, auto-colocándose en una especie de estrado superior (pura casta). Y, por otro lado, debió de pensar que el gobierno no podía funcionar adecuadamente si su presencia. Es decir, se sintió imprescindible para mandar, incuestionable para ostentar el poder. El Cuco disfruta de diversos motes y apelativos en los modernos mentideros de nuestro país. A mi me gusta lo del Cuco porque me recuerda que viene apuntando maneras de aspirante a dictador absolutista desde sus inicios. Como el pájaro al que debe este mote, aprovechó un nido ajeno de protesta ciudadana “no política” para irrumpir dentro del cesto y acabar utilizando la mayor parte de este para fundar SU partido (porque los hechos demuestran que es suyo). Después, con el paso del tiempo, cada vez que algún otro polluelo ha osado asomar un poquito su pico para pillar algo, el Cuco ha empleado sus alas para propinarle un empujón y echarlo directamente del nido. Lo dicho, un potencial dictador de catálogo histórico.

De todo el asunto relacionado con la emulsión de políticos y supuestos expertos resulta la gestión de la mencionada crisis, durante la cual, como es lógico pensar, se habrán hecho cosas bien, mal y regular. Nadie es perfecto, y menos ante un azote novedoso y sin precedentes de tal dimensión. Así que no voy a entrar en discutir la gestión porque, además, de eso, lo manifiesto así, claramente ¡yo no soy experto!. Sin embargo, hay tres aspectos que me resisto a no criticar pues considero que son de sentido común.

Primero. ¡Planificación cero!. Hemos pasado de “tranquilos, a esto le falta mucho (podéis ir a actos públicos multitudinarios)”, a “preparados, listos, ya (ambiguo el último)”. Y, para colmo, en las fases iniciales, con algunas recomendaciones contradictorias. En la mayoría de mis desempeños laborales trabajamos con planificación y programación. De no hacerlo así, nuestro trabajo sería una chapuza e, incluso, dejadez de funciones. En algunos casos hasta con la denominada planificación estratégica (que, en mi opinión, no deja de ser un eufemismo). Me consta que los empresarios también lo hacen, porque se juegan sus cuartos y los de sus empleados; y, desde luego, los entrenadores deportivos también. Ahí lo dejo…

Segundo. Crónica de unas muertes anunciadas: las de muchos usuarios de residencias de ancianos. El caso resulta sangrante porque no ha habido dirección institucional pese a saber, con meses de antelación, que eran lugares en especial vulnerables y, por el contrario, fáciles de haber “blindado o protegido” mucho antes que todo lo demás. No era cuestión de dinero. Un protocolo bien confeccionado e impuesto normativamente, y un confinamiento específico hubieran, seguramente, reducido la sangría. Sin prevención anticipada, sin dotaciones, sin protocolos, sin formación, el resultado arroja un aligeramiento de pensiones (nada significativo) y la liberación de algunas herencias (tampoco significativo). Siempre me he preguntado por qué hay algunas ideologías y culturas que, presumiendo más que otras del respeto hacia la vida humana, relajan muchísimo tal respeto efectivo cuando consideran las fases iniciales y terminales de dicha vida. En el asunto de cuidar a nuestros ancianos, un modesto médico del entorno rural de Teruel ha dado toda una lección de prevención, planificación, organización, docencia, conocimiento y, lo importante, eficacia salvando la vida a muchas personas mayores, que el supuesto mayor experto del reino, que no sé si ha acabado dando la razón a algún tema musical visionario de Radio Futura.

Tercero. Tanto hablar de la España Vacía (para la mayoría de los advenedizos de última hora: vaciada), y a la hora de regular el confinamiento (vigilarlo y sancionar su puesta en práctica) nadie se acuerda de que no es lo mismo llevarlo a cabo (de manera lógica, realista, científica y sensata) en un pueblo pequeño, en los caseríos, en las masías, en un cortijo… que en cualquier ciudad. La generalidad de los decretos publicados está pensada por y para gente de ciudad. El resto: el campo, las montañas, las costas salvajes (aún queda algún que otro kilómetro), los pueblos semiabandonados o los estacionalmente fantasmas, etc. Parece no existir, o parece tener idénticas características espaciales y demográficas que las abarrotadas calles de las ciudades. Pero no es así, ni mucho menos, así que las normas deberían haber sido muy diferentes. Pero no es de extrañar, estaba claro que lo de la España Vacía era un detalle propagandístico temporal que todos los partidos políticos se vieron obligados a incluir en sus mensajes, así como un tema de moda en la agenda periodística que hace el juego a los políticos.

Cerrada ya esta larga introducción catártica general, entramos ya en el asunto de algunos de los efectos que la irrupción global del COVID-19 ha ido teniendo sobre el mundo del deporte. Para empezar, según las especulaciones que se barajan en Italia, la principal irrupción o propagación inicial masiva en Europa se produjo en Milán, según sospechan, a causa de un partido de fútbol disputado allí dentro del calendario de la Champions. No es que “entrara” allí, sino que, durante sus prolegómenos, partido propiamente dicho y “tercer tiempo”, los contactos fueron multitudinarios. De allí, directamente, el virus pudo irse trasladando a otros lugares, como por ejemplo Valencia, que fue una de las primeras localizaciones en las que se hizo notar en España. Zona en la que, por cierto, ha causado un severo castigo en las residencias de mayores a través de su introducción por mediación de empleados. Esto no es una búsqueda de culpables, sino una muestra de que el deporte, como espectáculo de masas, se ha erigido en un ecosistema de trasmisión nada desdeñable en el actual mundo globalizado. De hecho, la pasión deportiva y la coincidencia de partidos europeos importantes, quiso que los emparejamientos hispano-italianos fueran múltiples en fútbol y baloncesto, a la vez que las reticencias a celebrarlos a puerta cerrada o suspenderlos eran manifestadas por los principales interesados en su celebración (las entidades organizadoras de los eventos y los propios clubes). Los aficionados, por su parte, en una nueva muestra de que la gente, cuando asume el rol de masa, suele comportarse con mayor estupidez que cuando actúa como individuo, en algunos casos, ante la imposibilidad de poderse reunir en las gradas, optó por hacerlo a las afueras del estadio. Todos juntitos en alegre e irresponsable comunión y a grito pelado. En modo aspersor. Y el gobierno, mientras tanto, titubeando a la hora de imponer restricciones y de cerrar vuelos procedentes de Italia.
En esto de los intereses de club, hay un caso muy interesante que es el del FC Barcelona que, como la mayoría de ustedes sabrá, es más que un club. En los inicios de todo este asunto, el Barcelona fue noticia en el Telediario varios días seguidos por mantener una postura muy escéptica y tajante frente a la amenaza vírica. No recuerdo ante qué partido era, pero inicialmente habían respondido a las recomendaciones asegurando que el partido en cuestión se celebraría ¡y con público!. Unas declaraciones muy al estilo de las que inicialmente soltaron los principales dirigentes anglosajones: Trump y Boris Johnson (que por cierto ahora mismo está ingresado en la UCI), quienes enseguida se vieron obligados a recular. También el Barcelona, pues a medida que la presión y los datos los fueron acorralando, pasaron a manifestar que se podría celebrar con “su” público, dejando sin entrar a los que vinieran de fuera (una postura excluyente que no parece sorprender mucho viniendo de donde viene). Al final, ante la evidencia de la situación, tuvieron que claudicar, pero el “recado” para los que mantenemos un mínimo de memoria de prensa, ahí había quedado. Ahora, en el momento en que escribo el párrafo (no sé cuándo lo publicaré) está negociando con sus jugadores una reducción de sueldo (que ya ha aplicado a sus empleados y otras secciones deportivas). El acuerdo no está siendo fácil, algo que no me preocupa en absoluto. Pero me llama poderosamente la atención que una entidad que presume de ser uno de los clubes de fútbol más ricos del mundo, ande racaneando de esa manera en tan breve espacio de tiempo (algunos tienen fama de lo que tienen). Conviene recordar que hacía apenas unas semanas, el club “levantaba” un jugador fundamental a un equipo modesto (de su misma competición), a base de talonario y por negociación directa con el agente del jugador, saltándose a la torera al club propietario. Se ve que entonces le sobraba el dinero que ahora, dice, que le falta. Aquella operación se ejecutó con el beneplácito de una federación que, mientras dejaba al Barcelona rearmar su plantilla por haber tenido un lesionado, prohibía al modesto hacer lo mismo ante la fuga de su estrella. Tal proceder se encuentra dentro de algo denominado “fair-play financiero”, una perversa normativa federativa que daría para escribir un libro completo. El caso es que por mucho fair-play y por mucha regulación de las finanzas del fútbol, ahora mismo el Barcelona, tras décadas acaparando estrellas futbolísticas (alguna de ellas para no utilizarlas, pero que no puedan disfrutar de ellas sus contrincantes), dice que no puede pagarles el sueldo. ¡Ojo! Y no es el único, son varios los clubes que se están animando a tomar medidas similares.

Continuando con una perspectiva “macro” del deporte en relación con la pandemia, se han ido viendo otras implicaciones interesantes. Una de ellas es la de los aplazamientos (o incluso suspensiones definitivas) deportivos… ¿Y?. Personalmente, considero que ese debería ser el menor de nuestros problemas, salvo porque también generan su propio drama económico. Nos debería preocupar (pero no más que otros muchos casos más crudos y sangrantes) el efecto que tales aplazamientos y suspensiones puedan tener sobre los trabajadores que se vean afectados, pero no por el hecho deportivo en sí mismo. El cual, por mucho que nos guste, apetezca o ilusione, no se trata más que de un fenómeno de ocio y entretenimiento. O así debería de ser. Pero no siempre lo parece. Entonces, cabe preguntarse: ¿No es más que deporte, o es que afecta ¡nada menos! que al deporte?.

“Ignorar ‘MediaSport’ hoy en día sería como ignorar el rol de la iglesia en la Edad Media o ignorar el rol del arte en el Renacimiento; amplias partes de la sociedad están inmersas en el Deporte Mediático hoy y, virtualmente, ningún aspecto de la vida se mantiene intocable por él”. (Michael R. Real).

“[…] para Brohm, los efectos de este espectáculo mítico son socialmente represivos; con su enervante énfasis, el deporte, como la religión para Marx, es ‘un sustituto libidinoso y una sublimación de agresividad’ que deja a los espectadores agotados de energía revolucionaria, drogados y satisfechos con el intolerable status quo social”. (Bruce Bennett).

Hilando con este tipo de pensamientos, que hoy en día son minoritarios, además de pasar desapercibidos de modo interesado, no está de más atender un poquito a la postura inicialmente tomada por el COI ante la amenaza de la pandemia. La postura oficial se mantuvo, desde el principio, aferrada al mantenimiento de las fechas de celebración de los JJOO de Tokyo, cayera quien cayera. Samaranch II (escrito así parece ganar empaque, con reminiscencias papales, monárquicas o imperiales), ya vicepresidente del organismo olímpico internacional (tras una fulgurante y peculiar carrera), hizo, para TVE, unas declaraciones totalmente irresponsables una vez que en España ya se había decretado el confinamiento. Lo vi por la televisión, y vino a decir que recomendaba (casi en tono amenazante) a los deportistas olímpicos que entrenasen, que los JJOO se iban a celebrar y ellos lo que tenían que hacer era prepararse para ello. Como si el deporte olímpico, tan cercano a los dioses del Olimpo, estuviera por encima del bien y del mal y, desde luego, de tantas mundanas pamplinas como esa del coronavirus. Por su parte, Alejandro Blanco, bastante más sensato, lo que manifestaba eran quejas ante la injusticia que supondría que los JJOO se celebrasen en las fechas previstas, pues generaría una enorme desigualdad de posibilidades de preparación para los deportistas españoles. Que se lo digan a los deportistas sirios, si es que hay alguno, o a los de cualquier otro lugar del mundo en conflicto, víctima de alguna catástrofe natural, etc. El rasero olímpico, lo reconozcamos o no, sigue siendo preferentemente occidental y rico. Mientras tanto, el COI seguía insistiendo, empecinadamente, en la celebración inamovible de los JJOO. Pero, las federaciones estadounidenses de Atletismo y Natación anunciaron su incomparecencia y, enseguida, Australia y otros países se sumaron a su posicionamiento. Ante tal panorama, el 22 de marzo, el COI, por fin, se doblegaba (levemente) y anunciaba que se daba un mes de plazo para decidir sobre un posible aplazamiento. Efectivamente, el olimpismo internacional respondía a las presiones occidentales y ricas. ¡Al día siguiente!, no hizo falta un mes, el 23, anunciaban que se aplazarían un año. Se celebrarán en 2021, aunque se denominarán ¡faltaría más! Tokyo 2020. Aun así ¡que nadie se relaje! Porque un día después comparecía su presidente, advirtiendo de que la última palabra del organismo está por decir.

Entre tanto, el país europeo más castigado por el virus en aquel momento (Italia) permitía entrenar a los deportistas de élite. En pleno confinamiento civil… ¿es una incongruencia? ¿se trata de un servicio vital (si efectivamente es la religión del siglo XXI, desde luego estaría por encima de lo mundano). El debate, como los contagios, traspasa las fronteras y se reproduce en otros países en los que hay confinamiento, y el nuestro no es una excepción. Algunos deportistas argumentan que entrenar es su trabajo. Según eso, ¿debería dejarse entrenar a los deportistas profesionales?. Sospecho que bastantes de los que aseguran que su trabajo es entrenar, no tienen estatus profesional… ¿acaso hay falso amateurismo en España, que en realidad es profesionalismo encubierto? ¿Y economía deportiva sumergida? ¡Desde luego! De todo. Por otro lado, porque todo hay que decirlo, abundan las voces de deportistas (profesionales o famosos) que recomiendan públicamente el confinamiento y piden responsabilidad en al cumplimiento a la ciudadanía, entre la que se incluyen ellos mismos. Y es que, en realidad, en todos los gremios hay muchas más buenas personas que indeseables. Gracias campeones, vosotros sí que lo sois.

Un efecto menor que el aplazamiento podría tener sobre varios de los deportistas olímpicos es que a algunos de ellos la fecha inicial ya los pillaba al borde del retiro. El Telediario, que parece aburrirse y aburrirnos, sin capacidad para encontrar una buena diversidad de noticias, y viéndose obligado a tener que ocultar otras, recurre a ese tipo de ocurrencias de detalle. La mayoría de los que menciona han tenido prolongadas carreras de éxito por lo que, personalmente, no me siento especialmente preocupado por tan casuístico “drama”. Es más, puestos a pensar, me he acordado de los karatekas olímpicos españoles que, sin haberlo sido nunca hasta ahora, y no pudiendo volver a serlo más (porque el kárate, que está por estrenarse como deporte olímpico, se “ha caído” del programa de deportes olímpicos para los siguientes JJOO en París en 2024), van a ver alargado, un año más, su régimen de becas ADO. Me alegro por ellos.

Pasando ya a un enfoque más mundano, más de andar por la calle, el que nos afecta a todos nosotros como practicantes de deporte, el confinamiento ha tenido unos efectos directos de impacto inmediato. La gente no puede practicar deporte indoor en ninguna instalación deportiva (que no sea su casa) por razones obvias; y tampoco puede practicar deporte al aire libre, por razones no tan obvias. En este sentido, algunas de las recomendaciones de confinamiento (obligaciones reales) resultan ilógicas o incoherentes. Personalmente las cumplo, como buen ciudadano, pero no por ello las considero bien planteadas. Simplemente no entiendo por qué una actividad deportiva individual, que no sea de riesgo (hay muchas), practicada al aire libre, que no exija un traslado añadido a quién la realice, en entorno apartado o no urbano e iniciada y culminada en o desde y hasta el propio hogar, no pueda realizarse. Me cuesta comprender como, comparando los riesgos de contagio inherentes a visitar una tintorería o una peluquería al principio (por ejemplo), o una panadería ahora mismo, con los que generaría una actividad deportiva que reuniera los condicionantes que acabo de exponer, la decisión salga a favor de los mencionados negocios. Según el planteamiento expuesto, reflexionando sobre mis propias prácticas deportivas, yo no podría (o debería) esquiar, montar a caballo, patinar, remar en trainera ni practicar nada indoor fuera de casa, pero podría salir a correr o a montar en bicicleta, por ejemplo. Ambas actividades garantizando total ausencia de contacto con cualquier otra persona, manteniendo, no metro y medio de distancia de seguridad, sino, decenas o cientos de metros. De hecho, son varios los países europeos en los que tales actividades están permitidas (Francia, Bélgica, etc.), aunque eso sí, las restricciones, tal y como está el panorama, van cambiando de un día para otro. Ignoro si realmente la permisividad descrita aumentaría el riesgo de contagio o no, pero lo que me cuesta es comulgar con la falta de razón y coherencia cuando me obligan a mantener determinadas conductas. No puedo con las dictaduras normativas sesgadas o caprichosas, y de un tiempo a esta parte, tanto en Europa como en nuestro país, cada vez abundan más. Seguramente nadie sepa con certeza el nivel de aislamiento que convenga mantener. Unos países han sido o están siendo más radicales que otros, el tiempo dirá cuáles acaban acertando más. Pero, lo que no se debería hacer es tolerar ciertas prácticas de riesgo que no aportan nada y, por el contrario, perseguir otras que, aunque tampoco aporten mucho al bien común, no sean realmente de riesgo. Y, de nuevo, no legislar igual para todo el territorio nacional, equiparando el Páramo de Masa con la Puerta del Sol.

Quizás el problema tenga otro origen intencional. Un modo de proceder que me empieza a preocupar casi tanto como los efectos del virus. Y es que me da la impresión de estar asistiendo, en cierto modo, a una especie de ensayo colectivo de la Autoridad en esto de restringir las libertades de las personas. Como le cojan afición, vamos a ir dados. Durante los primeros días de confinamiento me pareció percibir cierta exacerbación de un sentimiento nacionalista o patriótico. Desde el primer momento se le ha dado a gran parte del proceso una especie de revestimiento estético y escénico de claros tintes militares. Hay una constante obsesión por convertir un problema, acción y proceso claramente sanitarios, en una guerra, en un asunto militar. No tengo nada contra el Ejército, al contrario, hacen muy buena labor, pero, independientemente de que su ayuda resulte imprescindible y bienvenida, este es un problema de todo el sistema, aunque, por encima de todo, sanitario. Desde la óptica deportiva, integrándose en esa corriente de espíritu patriótico que me da bastante grima, algunos medios de comunicación se han sumado desempolvando y retrasmitiendo eventos deportivos gloriosos de nuestro pasado. Algunas hazañas míticas no las programan porque no hay grabaciones tan antiguas y otras porque en la época de los conquistadores del Nuevo Mundo no se practicaba deporte de masas, que si no…

Mis preocupaciones van en dos sentidos. Uno, que la clase política vea, a través de este ensayo forzoso, una nueva oportunidad de despliegue de estrategias de acceso al poder o de gobierno más directo y menos deliberativo. Ya se han ido aferrando a otras, así que no descarto que esta les tiente en el futuro. Y dos, que, en procesos como este, a determinados cuerpos de seguridad del estado (que ahora hay muchos, con extensa variedad de uniformes, jurisdicciones y talantes) les da por “venirse arriba” y recuperar, en algunos casos (que espero estén siendo contados) modales y actitudes tirando a represoras. No se trata de un problema de los cuerpos de seguridad, sino de algunos “ejemplares” en ellos enrolados. Cretinos hay en todos los gremios, taxistas, docentes, ingenieros, psicólogos, barrenderos, escritores, cantantes, futbolistas, abogados, periodistas… ¡en todos!, algún sociólogo de prestigio hasta escribe con ironía que se trata de una constante existente casi en cualquier tipo de grupo humano. El problema se incrementa cuando a algunos de ellos se les da poder o autoridad supuestamente no discutible. Entonces, el más cretino, en ocasiones además ignorante, se crece y abusa. En este sentido, me han llegado ejemplos de acción de fuerza policial (no necesariamente física) incoherente pero autoritaria. A un amigo personal le pararon por ir a trabajar (con justificante) en bicicleta, vestido de calle y por la ciudad, y le dijeron que no se “volviera a repetir”. A otro, sin embargo, que lo hace a diario, le saludan y le dejan circular. El asunto de los desplazamientos en bicicleta está ahí, prueba de ello es que la asociación nacional Conbici llegó a publicar una opinión al respecto en su página web, resaltando que, ante esta novedosa situación, algunos ámbitos públicos estaban reactivando los prejuicios hacia las bicicletas. ¿Se convertirá la crisis del COVID-19 en una nueva oportunidad para regresar a nuestra cultura de coche (y además, ahora, de nuevo más individual)?. ¿Por qué el transporte público, que en este momento es el más contagioso de todos y el más ineficaz para luchar contra el virus, resulta más respetable y menos sospechoso que la bicicleta, la cual, sin duda, es el más individual de todos?. El diario El País, profundizaba más aún en todo este asunto y aportaba más argumentos en un artículo publicado el 26 de marzo en su web. Y se preguntaba por qué, de la noche a la mañana, los desplazamientos de movilidad (laboral o permitida) en bicicleta se habían convertido en sospechosos, casi-casi delictivos, sin que la normativa aprobada los hubiera desaconsejado o señalado.

El confinamiento, dentro de la enorme incertidumbre que se tiene, a todos los niveles, ante la irrupción global de este virus, parece una medida imprescindible que todos debemos asumir con responsabilidad, sacrificio y criterio. Pero no debería convertirse, paralelamente, en una oportunidad para que algunas “piezas” del sistema (políticos, brazos ejecutivos de la ley, delatores, etc.) aprovechen para desenterrar determinadas conductas del pasado, tan criticadas hasta hace bien poco y, ahora mismo, con las que algunos (la mismísima izquierda) flirtea sin disimulo. Pero es lo que tienen las situaciones de alarma, los estados de alerta, el miedo y el hacinamiento social aislado. Lo dicho, como en las novelas de Saramago.

Por lo que he visto, mi preocupación personal ante la posibilidad, aparentemente distópica, de que salgamos de todo este proceso con un recorte importante de nuestras libertadas y una mayor proximidad latente hacia repentinos estados de control institucional, no es solitaria. Hay más gente que anda mostrando su preocupación en diferentes medios, y lo que es peor, ya hay debate al respecto, lo cual indica, necesariamente, que el avance en una nueva dirección de control estatal tiene sus seguidores (los “camisas negras”, la Gestapo, Stasi, CIA, KGB, etc. Estarían relamiéndose de gusto). Yuval Noah Harari, en “The world after coronavirus”, publicado el 20 de marzo en el Financial Times, ya presentaba algunas reflexiones sobre el asunto, mostrando incluso ejemplos reales sufridos por sus compatriotas israelitas en tiempos pasados. Por lo que hemos podido ir viendo por aquí, algunos detalles resultan verdaderamente elocuentes, por ejemplo, el procedimiento establecido inicialmente (¡tres semanas!) por el gobierno para dar acceso (básicamente reducírselo a tope) a los periodistas a sus ruedas de prensa. O el extraordinario filtrado que un espectador cualquiera puede notar atendiendo a los telediarios públicos. Eso para empezar, pero es que esta semana ya estamos estrenando la geolocalización, el geo-rastreo y el acopio de datos de nuestros dispositivos electrónicos de comunicación. Y, en breve, parece que se pondrán en marcha las denominadas Arcas de Noé (que con ambigüedad se comenta que podrán no ser obligatorias para aquellos casos que se determine). En fin, que empezamos con el Orgasmatrón de Woody Allen, en el “hagan el favor de no tocarse” de las primeras tres semanas, y vamos a acabar como con las colmenas de Matrix.

 
Escena de "sexo" en la película "El Dormilón" de Woody Allen (Imagen:  Taylor Ederhart en pinterest).

Pero volvamos al deporte que me salgo del redil. Repasemos ahora algunas consecuencias del confinamiento a nivel deportivo personal. Voy a tratar dos: las relaciones sociales vinculadas al deporte y la práctica en cautiverio. Ambos asuntos voy a tratarlos desde una perspectiva y casuística personal.

Las primeras, las relaciones, se manifiestan y desenvuelven, preferentemente, a través de los grupos de Whatsapp de aquellos círculos de practicantes en los que cada uno estamos. En mi caso pertenezco a seis grupos deportivos y un séptimo que, a su vez tiene varios subgrupos para cuestiones concretas. Ese último, afortunadamente, está tan disperso que se mantiene inactivo casi por completo. En cuanto a los demás, hay una clara clasificación informal: los de poca gente que además puede considerarse verdaderamente amiga, y los de mucha gente, en los que incluso hay miembros que no conoces de nada. Los primeros, uno de esquí de travesía y otro de patinaje en línea, apenas tienen actividad comunicativa y, cuando la muestran, es concisa, siempre relacionada con el deporte en cuestión y, por lo general, interesante.

El problema viene con los otros, los grandes grupos (me afecta en varios deportes). En tales casos el chat se ha convertido en un desparrame de bulos, chorradas, memes, jueguecitos, enlaces, videos, fotos, discusiones, opiniones políticas, etc. Que, en la mayoría de los casos, no tienen nada que ver con el deporte para el que se crearon, ni para las funciones para las que se decidió ponerlos en marcha. Algunos ya eran así antes, lo que pasa es que en este momento su polución comunicativa se ha disparado. Pero peor es el caso de otros en los que siempre se había respetado el ceñirse exclusivamente a su temática, y, de la noche a la mañana, muchos de sus miembros han considerado, unilateralmente, que se ha declarado una especie el estado de “barra libre”, convirtiéndolos en unos entornos comunicativos pesados, repetitivos, constantes, etc. ¡Horroroso! Me da la impresión de que hay mucha gente que “está muy mal”, o muy sola, o con grandes carencias afectivas o sociales, así como otra que se aburre, no tiene nada que hacer, ni imaginación o recursos en los que emplear su tiempo. Igual el raro soy yo, pero la verdad es que, pasadas las primeras tres semanas de confinamiento, entre el trabajo, el entrenamiento, las relaciones familiares presenciales directas y a distancia, los quehaceres del hogar, alguna afición cultural, etc. ¡No me dan los días para poder hacer todo lo que pretendo!. Cuando critico estos comportamientos siempre hay gente que se da por aludida y me sugiere que silencie el grupo. Con todos mis respetos tengo que decir que dicho argumento es una simpleza porque el problema es que estos grupos funcionan por comunicación lineal cronológica, lo cual hace que cuando se aporta una información pertinente, si inmediatamente después hay gente que inunda el canal con sus chuminadas, la información útil se esconde en el pasado y pasa desapercibida para la mayoría de los usuarios, en especial para aquellos poco o nada interesados en reírle las gracias al payaso de turno, o al crédulo perenne. Cada grupo debería ser para lo que es.

Y con eso doy paso al asunto de la práctica deportiva en cautiverio. En este sentido me considero un privilegiado. En realidad, todo este asunto se ha cargado un viaje de ensueño que tenía planificado y reservado, para practicar esquí de travesía con mis amigos en un destino muy apetecible pero ¡qué le vamos a hacer!. Lo importante será salir vivo de la pandemia. Lo del privilegio tienen que ver con los medios de los que dispongo para hacer deporte en casa, especialmente si los comparo con lo que supongo pueda tener la mayor parte de la gente que vive en un piso. Aquí hay jardín. No demasiado grande, pero lo suficiente como para poder hacer ejercicios al aire libre e incluso jugar un poco a las palas o al maxi-badminton si no sopla el viento.

Gracias al jardín, en casa estamos recuperando una actividad deportiva que habíamos ido dejando pasar paulatinamente hasta quedar totalmente olvidada hace aproximadamente una década: la esgrima. Aprendí a practicar esgrima bajo la tutela del maestro Martin Kronlund (y sus ayudantes) en el INEF de Madrid. Años después, adquirimos unas chaquetillas, unos guantes, caretas y un par de floretes para practicar en casa. Y ahora, quién lo iba a pensar, con esto del confinamiento, pues hemos vuelto a ello. Tiramos en el jardín, y hacemos rutinas de desplazamientos y ejercicios de técnica. Me lo paso bien y estoy encantado de haber recuperado su práctica. Y todo ello gracias al maldito virus.

Tirandocon floretes en el jardín.

Desde dos días antes del inicio del confinamiento me propuse entrenar diariamente y no he fallado nada más que un día hasta ahora. Alterno tres actividades consecutivamente, repitiendo ese ciclo de tres días constantemente. Un día es dedicado a la esgrima y un circuito de acondicionamiento físico a base de ejercicios de suelo y un circuit-training de 12 estaciones, seguido todo ello de trabajo de flexibilidad. Una de las consecuencias es que estoy recuperando mucha de la flexibilidad que ya llevaba demasiado tiempo sin trabajar. Además, a diario, aprovecho un reto para estirar en reposo con una de mis hijas.

Los otros dos días entreno con simuladores, esto es, con máquinas específicas para parcticar sendos deportes: ciclismo y remo. Para la bicicleta utilizo un rodillo que tiene más de treinta años, pero que funciona perfectamente. Su compra fue un acierto total porque fue barato y perfectamente funcional para lo que lo quería entonces: realizar pruebas de valoración del rendimiento de ciclistas y triatletas. Hoy en día se podría considerar como un auténtico rodillo “retro”, y, tal y como les pasa a algunas buenas bicicletas antiguas, funciona perfectamente y me da un excelente servicio para entrenar. Puedo hacerlo tanto en llano como “subiendo” cuestas de hasta un 10% y me ofrece datos de tiempo, velocidad, kilometraje e incluso watios. Es un Cateye CS-1000 y, ahora más que nunca, me alegro de haberlo conservado durante tantos años. Le he colocado una Colnago que restauré hace pocos años y que ya ha aparecido ocasionalmente por mi blog, y entreno viendo películas y documentales de ciclismo en la pantalla del ordenador.

Buena combinación Cateye-Colnago para solventar el confinamiento.

Pantalla informativa (a), para mí, más que suficiente.

El remo lo practico en modalidad de banco móvil. Lo hago con “El Remoergómetro” lo escribo así porque hay un fabricante de referencia que tiene prácticamente copado el mercado internacional y ha logrado un aparato muy bien concebido. Me refiero al Comcept 2, del cual nosotros tenemos el modelo PM3. El aparato permite un ejercicio muy exigente, combinando trabajo de fuerza y de resistencia y pudiendo plantear entrenamientos muy variados. Su pantalla ofrece información más que suficiente (bastante más amplia que mi rodillo) y exige cierta atención para controlar la técnica, la intensidad de trabajo y la cadencia de remada. Es por eso por lo que cuando lo utilizo no veo películas, me basta con ponerme música de ambiente que me ayude a que el rato de entrenamiento se me pase de forma más agradable.

"Remando", al aire libre si hace bueno, bajo techo cuando llueve.

Una de las múltiples opciones de pantalla del remoergómetro.

Y es que no me gusta hacer deporte indoor, ni tampoco entrenar en simuladores. Resulta especialmente duro mentalmente, es aburrido y no recrea muchas de las agradables sensaciones que se disfrutan con la práctica deportiva real. Al hacerlo, como las pocas veces que he entrenado levantando pesas, me da por pensar que estoy trabajando en balde. En vez de cortar leña, segar el césped, etc. Al menos, cuando remo o pedaleo realmente voy a sitios, me desplazo o incluso viajo. Ahora bien, tal y como está la cosa ahora mismo, que no podemos ni debemos salir de casa, es una maravilla disponer de dos buenos simuladores para poder entrenar en dos de mis modalidades deportivas favoritas. Y de paso, librarme del Whatsapp. Suerte y ánimo que ya quedará menos.
 

Pensaba cerrar la entrada ahí, sin embargo, después de meterme tanto con el fenómeno de la “bulería” y con el del filtrado y censura de la información, no me resisto a insertar un par de referencias científicas relacionadas con el deporte y la actividad física, que discuten algunas de las decisiones de obligado cumplimiento impuestas unilateralmente por nuestro gobierno, según ellos, siguiendo las directrices de los expertos (los suyos, claro).

La primera es el estudio “Towards aerodynamically equivalent COVID19 1.5 m social distancing for walking and running” (Hacia una equivalencia aerodinámica de la distancia social COVID19 de 1,5 m para caminar y correr”. B. Blocken, F. Malizia, T. van Druenen, T. Marchal. De las Universidades de Eindhoven y Lovaina, y otro centro de investigación belga, respectivamente. El trabajo, totalmente científico y riguroso, investiga a través de simulaciones computacionales y pruebas de túnel de viento para detectar las dinámicas de persistencia en el aire de las partículas expulsadas por las personas, a través de la saliva, durante su respiración. Viene a concluir varias cosas: que las posibilidades de recibirlas, además de la distancia, dependen de la posición en que se esté y del tiempo que otra persona tarde en pasar por allí. Por eso explican que, si dos personas van caminando o corriendo juntas, sería mejor que lo hicieran lado con lado y no en fila. O, cómo no, pura lógica, que, si se corre o se pedalea detrás de alguien, la distancia de seguridad debería irse incrementando en función de la velocidad de desplazamiento. Diez, catorce metros, etc. De nuevo estamos ante una cuestión (la real) de distancia social, y no de tipo de actividad humana (la que se ha regulado, se vigila y persigue). Vamos que no se controlan las posibilidades de contagio, sino el comportamiento de la gente. En principio, aquí en España, este estudio nos debería dar un poco igual. Pero no, no debería ser así. Resulta que entre los “vapores” exhalados durante nuestra respiración hay diferentes gamas de carga viral, tal y como los autores del estudio ilustran en el siguiente gráfico:

 
Gráfico del estudio (aporta muchos) que recrea la carga de particulasen su origen y dinámica. Las rojas son las mayor carga viral, caen antes. (Imagen: medium).

Según afirman, las gamas rojas son las que contienen las partículas más grandes, y las que producen la mayor oportunidad de contagio. Pero, también, caen antes. ¿Y? aquí quería llegar yo: ¡caen! Las deprenden los “soplones” de balcón, las fiestas urbanas improvisadas asomadas en los bloques y las urbanizaciones. Todas las manifestaciones públicas de “balconing” artístico, solidario, etc. según estas explicaciones aerodinámicas (física pura), son una fuente de contagio vertical de arriba hacia abajo. Cuanto más abajo vivas peor. Que no se preocupe nadie, porque ninguna persona en su sano juicio “social” se va a poner a denunciar o criticar esto. Pero, si es usted de los miedosos, salga al balcón con paraguas e impermeable. Y si es población de riesgo, mejor no salga, especialmente si escucha que la gente canta y grita mucho, más que nada porque el chorreo salivar será mucho mayor. ¡Ole, ole y ole! ¡Y muerte al invasor, y al ciclista, y a aquel que va por allí! ¡y viva España y la fiesta!


Y ya que he mencionado el asunto de la población de riesgo, me he enterado, por fuentes médicas contrastadas, de que la obesidad está considera como un factor de riesgo añadido para que la enfermedad del Coronavirus se cebe más en quienes la padecen. Buena noticia para los deportistas que entrenan mucho y se mantienen livianos, y para los delgados en general. No lo es para los obesos, quizás por eso no se ha hecho demasiado eco de ello en los medios. En cualquier caso, no hay que tomárselo a la tremenda, porque ni es el único factor de riesgo, ni se tienen todavía demasiadas certezas completas sobre el funcionamiento de este virus. Pero el dato está ahí. En un informe transferido por la UCI de Lombardía (Milán, Bérgamo, etc.) el 10 de marzo, los tres factores de prevalencia más destacados en relación con la necesidad de ingresar en la UCI eran la edad (> 65 años), el género (varones) y la obesidad. Como el documento que recibí era una prepublicación (esto va tan deprisa que a las revistas científicas no les da tiempo a ponerse al día), y para evitar caer, también yo, en lo de fiarse de cualquiera, busqué contrastar la información, encontrando muchas corroboraciones: Centers of Disease Control and Prevention (consideran in IMC por encima de 40 como factor de alto riesgo); Britain's independent Intensive Care National Audit and Research Centre (confirma que el 73,4 % de la gente tratada en cuidados intensivos por el Coronavirus está clasificado como de sobrepeso); etc. Además, visité la página web de World Obesity para ver si había algo relacionado. Y sí, lo había:

“La OMS ha declarado […]. Los Coronavirus pueden causar síntomas más severos y complicaciones en gente con condiciones de obesidad. […] además, las personas con obesidad que enfermen y requieran cuidados intensivos presentan retos de su manejo como pacientes […].

Esta pandemia está convirtiéndose rápidamente en una crisis económica global, la cual afecta desproporcionadamente a la población mundial más vulnerable. En muchos países este mismo segmento de la población es también en de mayor riesgo de obesidad, lo cual podría empeorar la crisis de obesidad en el futuro.

Además, esta pandemia podría contribuir a un incremento en las cifras de obesidad ya que los programas de pérdida de peso (que muchas veces son dirigidos en grupo) e intervenciones como las cirugías están siendo severamente limitados ahora mismo – y esto parece que podrá continuar así por un largo periodo de tiempo. Las medidas introducidas en algunos países (por ejemplo, no abandonar el hogar durante varias semanas, incluidos quienes no estén enfermos) tendrán un impacto sobre la movilidad, y el refuerzo de la inactividad física, aunque sea por cortos periodos de tiempo, incrementa el riesgo de enfermedades metabólicas.

Finalmente, la actual crisis y la necesidad de auto-aislamiento, están incitando a que muchos consuman comida procesada de mayor vida útil (en vez de comida fresca) y comida enlatada (con cantidades de sodio más elevadas) y podríamos ver un incremento de peso si esto persiste por un largo periodo de tiempo”. (World Obesity).

Como puede verse, no se trata, únicamente, de una crisis viral seguida de otra económica. Habrá más tipos de crisis. El problema es sistémico. Y como se deduce de los párrafos anteriores, cada sector se queja, y advierte, de lo suyo. Y las medidas genéricas, centrales, unidireccionales, pueden, en algunos casos, tener efectos colaterales graves e incluso generar importantes errores de detalle. Pero no pasa nada, ayer (el 8 de abril) el CSD ponía en marcha el denominado “Grupo de Tareas de Impulso al Deporte (GTID)”, con la intención se reunirse semanalmente para “salir de la crisis de la COVID-19 con soluciones sobre la mesa, especialmente en el terreno socioeconómico”. No me cabe la menor duda de que eso es lo que les preocupa, los aspectos socioeconómicos y no la práctica deportiva de la gente. La propia página del CSD declaraba que:

“Estaban miembros de las federaciones de fútbol, baloncesto, natación, atletismo, automovilismo, motociclismo y deportes de invierno, además de la Asociación del Deporte Español (ADESP), que engloba a muchas otras entidades; también La Liga, Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), Comité Olímpico (COE) y Paralímpico Español (CPE); y los clubes Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao”. (CSD).

En definitiva, el GTID, que parece tener acrónimo de coche deportivo, es en realidad un grupo de negocios. A costa del deporte, pero, por encima de todo, de negocios. Y la presidenta del CSD no lo niega:

“Es evidente que el mundo Post-Covid será un mundo distinto. Hemos creado este grupo de tareas para estar más cerca de vuestras inquietudes, conocer de primera mano los problemas que está dejando el confinamiento especialmente en el terreno económico. Todo ese conocimiento, y vuestra ayuda, nos servirá para anticiparnos a lo que viene, a la futura vuelta, con soluciones que sirvan para paliar los efectos más devastadores de este mal momento”. (CSD).

Los intereses deportivos del estado parecen claros y no son los mismos que los de una gran parte de la ciudadanía o los de los organismos internacionales de salud. Lo importante ahora es que todo el mundo se quede quieto-parado en su casa, pero cuanto antes, pueda salir para juntarse con cuantos más miles de personas mejor, para gritar todos juntos en el Camp Nou, San Mamés o el Bernabéu.

Como decía aquel eslogan de los setenta: ¡Contamos contigo!

 
Uno de los carteles de aquella popular campaña. (Imagen: todocoleccion). 

¡Última hora! Empecé a escribir este texto coincidiendo, con el inicio del estado de alarma en España y lo publico cuando se cumple un mes. La mayor parte de él no ha sufrido variaciones, aunque ha ido evolucionando algo e incorporando datos y comentarios hasta la víspera de publicarlo. La coletilla de su título “por ahora”, ya preveía que iba a ser así, debido al enorme desconocimiento e impredecibilidad del funcionamiento de esta patología. Por eso es por lo que parte importante de su contenido tendrá una validez de vida efímera. Aunque hay algunas cosas que no, hay cosas que parecen no cambiar nunca… La novedad viene de la mano de la ciencia. Circula por ahí, por los grupos de discusión médica, en especial entre los neumólogos y, sobre todo, en las esferas española y estadounidense, una reciente teoría que algunos asocian a cierto apadrinamiento divulgativo por parte del prestigioso doctor Hany Mahfouz Helal. La teoría, en realidad, se apoya en un estudio preliminar (no un artículo de investigación validado, porque todavía es imposible que lo sea), firmado por los autores chinos Wenzhong Liu y Hualan Li (Sichuan University y Yibin University), titulado: “COVID-19: Attacks the 1-Beta Chain of Hemoglobin and Captures the Porphyrin to Inhibit Human Heme Metabolism” (El COVID-19 ataca la cadena 1-Beta de hemoglobina y captura el porphyrin para inhibir el metabolismo heme humano”). La importancia de esta teoría es doble. Por un lado, resulta tremendamente compatible con las observaciones del funcionamiento de la enfermedad (incluidos los factores predictivos de riesgos, el funcionamiento parcial de algunas terapias y no de otras, etc.). Por otro, explica el mal de un modo muy diferente al supuesto hasta ahora, convirtiendo en ocasionalmente inútiles algunos modos de proceder e incluso ampliando posibles vías de contagio y demás cuestiones relacionadas con todo este nudo gordiano. Pero conviene recordar que estamos tan solo ante una teoría más. Lo que me llama la atención de esta, y es por lo que no me he resistido a mencionarla aquí, es que se explica a través del ataque directo del virus a la hemoglobina en sangre, la cual inutiliza, provocando algunas consecuencias indirectas. Las podemos resumir (burda y simplificadamente) en una progresiva incapacidad para transportar oxígeno (por mucho que nos ayude un respirador), resultando un “exceso” contaminante de hierro no operativo que puede dañar sistémicamente a nuestro organismo, y una respuesta adaptativa consistente en provocar más hemoglobina no útil, más liberación de hierro, etc. Insisto, todo esto explicado coloquialmente. El asunto me parece interesante o llamativo, para la perspectiva del deporte, porque tiene mucho que ver con todo el sistema de transporte y consumo de oxígeno, Santo Grial de los deportes de resistencia. Parece que una de las causas de que la enfermedad se cebe más en los varones es la mayor tasa de hemoglobina de estos. Lo cual, inevitablemente, me hace preguntarme por el riesgo que pudieran tener los deportistas con hematocritos que rozan o superan el límite permitido por la lucha antidopaje, así como aquellos consumidores de sustancias como la EPO, etc. Tampoco he encontrado, ni soy capaz de adelantar, cómo afectaría todo este cúmulo de cadenas causa-efecto a las personas de vida deportiva que disfruten de capacidades de consumo de oxígeno tirando a elevadas. Se me amontonan muchas preguntas al respecto. Si esta teoría es (aunque sea aproximadamente) acertada ¿es bueno estar entrenado, o al contrario? ¿cómo le afectaría una anemia?; sufriéndo la enfermedad de manera asintomática o con síntomas leves ¿sería bueno o contraproducente entrenar?; ¿es más seguro pasarla a nivel del mar o en altura?; si como vaticinan algunos, hibiera repunte en otoño ¿nos convendría estar entrenados arobicamente, o no, o daría igual? En fin, un montón de cuestiones bastante interesantes desde la perspectiva de la fisiología deportiva. Personalmente me encuentro bastante tranquilo al respecto y, desde luego, con ganas de aprender. Pero eso sí, aun considerando este extenso texto como “provisional” de contenido, no pienso regresar a él para actualizarlo. Ni espero volver a tratar el tema en este espacio.