lunes, 31 de agosto de 2020

UN ABUELO CICLISTA

En el momento de publicar esta entrada, el blog está a punto de acumular las doscientas. Es mucho trabajo. Miles de páginas, enorme cantidad de información y también muchas imágenes. Nada de ello ha tenido nunca un interés lucrativo. Surgió por afición y como tal se mantiene. Ello no quita que esté suponiendo, en alguna medida, una especie de servicio al público, abierto y gratuito. Prueba de ello es, por ejemplo, que el número acumulado de visitas ya ande en torno a las 130.000. Una cifra insignificante si la comparamos con la cuenta mediática de cualquier “celebridad” (incluidas las “descelebradas”). Pero que se me antoja notable teniendo en cuenta que la temática (mejor dicho temáticas) del blog es muy específica, incluso “friki”. Sin embargo, a pesar de la ausencia total de remuneración (“monetización” publicitaria incluida), ocasionalmente, el blog me reporta algún tipo de “recompensa” de carácter social, informativo o de reconocimiento ajeno. Este verano, casualmente, se han producido algunos de esos “retornos”. Y uno de ellos ha resultado de especial interés.

Gracias al blog, y concretamente a la entrada titulada López-Dóriga, se puso en contacto conmigo Ricardo López-Dóriga, nieto del personaje de idéntico nombre que protagonizó aquel capítulo, acompañando a sus hermanos y padre. Tras el contacto vino un lógico encuentro, del que salió tanto bueno y compartido que, desde entonces, tales citas se están convirtiendo en una buena costumbre. Estoy seguro de que, indirectamente, los lectores del blog irán sacando provecho de nuestra novedosa relación a través de muchas pistas que se podrán ver reflejadas en futuras entradas. Y, precisamente, esta es una de ellas.

A los pocos días de conocernos, Ricardo me habló de su amigo Manuel, que andaba intentando recuperar algo de información sobre el pasado ciclista de su abuelo materno. Sabía poco de él, y menos aún de su relación con el ciclismo. Ricardo nos presentó a ambos, y la cita, en sí misma, se convirtió en otro gran hallazgo, con bastantes puntos de encuentro y una nueva fuente de inspiración e información. Todo ello relacionado con muchos asuntos que me interesan normalmente. Lo que a continuación presento es una modesta semblanza ciclista del abuelo de Manuel. Alguien que, a pesar de su corta vida, tuvo cierta relevancia en el ciclismo regional en Cantabria, un ciclismo que, se hace necesario recalcar, podría considerarse como de los más pujantes de España en aquella época.

Manuel Lavín San Román nació en Santoña en el año 1906 o 1907. Ya de chaval empezó a trabajar en el taller de reparación de barcos de su padre (supongo que pesqueros), cometido que simultaneaba como podía con su gran afición al ciclismo. Debía ser un chiquillo bastante enérgico y rápido, tal y como más tarde demostrarían su práctica ciclista y la buena planta que adquirió de adulto, con un considerable parecido con Errol Flynn. No es que esto último lo diga yo por capricho, sino que incluso he dado con algún comentario al respecto por escrito.

 

Errol Flynn montando en bicicleta. Nos podemos hacer una idea... (Imagen: Ridesabike.com (Warner Bros. Circa. 1938)).

Tal energía, en ocasiones mal dirigida por personas que pudieron influenciarlo, a punto estuvo de meterlo en un buen lío cuando apenas se asomaba a la adolescencia. Prefiero no contarlo para no despertar susceptibilidades, pero, afortunadamente, no llegó la sangre al río, el chaval debió de sacar buena lectura del susto y fue convenientemente cubierto y, seguramente asesorado, por mejores y menos exaltadas compañías. Quizás gracias a eso, y a su incuestionable afición, encontró en la bicicleta una buena manera de dar rienda suelta a sus pulsiones de actividad.

Manuel Lavín inició su carrera formal como ciclista en el año 1925, a los 18 o 19 años de edad. Su debut como “neófito” lo hizo pedaleando sobre una bicicleta Alcyon, una de las marcas más prestigiosas de los años veinte y treinta, gracias al potente equipo que dicho fabricante solía inscribir en el Tour de Francia. El santoñés de presentó al Campeonato Regional que se celebró sobre lo que en aquella época era un recorrido muy clásico: Santander – Laredo – Santander, de 100 km. La prueba, como casi siempre solía ocurrir, experimentó algunas variaciones en su cabeza, pero manteniéndose casi todos los competidores bastante juntos hasta el paso por Laredo. Fue al regreso por Treto donde se rompió el grupo, desatándose las verdaderas hostilidades. Antes de llegar a Jesús del Monte, César Moll, un ciclista curtido, de Colindres, que siempre solía estar entre los puestos destacados y las luchas de cabeza, desfalleció, sin poder seguir la estela de Victorino Otero que, a partir de ese momento, se dirigió hacia la meta en solitario. Fue aquella una jornada ciclista muy dura y sacrificada a causa de la lluvia, el viento en contra durante todo el regreso y el barro acumulado por las carreteras que, según la prensa de la época, en general, presentaban un estado bastante lamentable. Hizo mucho frío y se produjeron muchísimos abandonos a lo largo de la prueba. Como se desprende de la clasificación, las diferencias fueron muy grandes, característica común de las etapas o carreras en las que el clima se empeñaba en castigar a los ciclistas. Lavín, no solo aguantó, sino que compitió y brilló. Más, desde luego, que otros dos neófitos paisanos de Santoña (Luís Ibáñez y Emilio Inestrillas). Gracias a ello logró un meritorio sexto puesto absoluto y, de paso, el Campeonato Regional de Cantabria en la categoría de Neófitos. El chaval apuntaba maneras.

Clasificación:

  • 1º V. Otero  3h 41’ 20”.
  • 2º V. Eguren 3h 48’ 47”.
  • 3º R. Gómez  4h 01’ 37”.
  • 4º C. Moll 4h 02’ 54”.
  • 5º F. Sierra 4h 05’ 08”.
  • 6º M. Lavín campeón neófito 4h 07’ 32”. El siguiente,  Alfonso  Tejerina (un 3ª) a cinco minutos de Lavín.

 

Manuel Lavín enfundado en un Maillot de Alcyon, posa con un compañero y una bicicleta. (Foto: archivo familiar).

En aquella época no todos los corredores disponían de bicicleta propia. Algunos las alquilaban para poder competir. Desde luego, sabemos que en Santoña había disponibilidad de ellas en régimen de alquiler. De todas formas, probablemente debido al rendimiento demostrado en aquel campeonato, para la temporada siguiente, de algún modo, Lavín fue “fichado” por Manuel Muñoz (de Torrelavega) para que compitiera con su “bicicleta”. La historia de las bicicletas Muñoz es confusa y está muy cerca de perderse para siempre. Es muy probable que el establecimiento Manuel Muñoz de aquella época sea el mismo que todavía sobrevive en Torrelavega, aunque no tengo la certeza absoluta de ello.

“Cuatro generaciones de una misma familia han pasado ya por entre los mostradores de la calle José María Pereda, en Torrelavega. Pero sólo una de ellas fue la que escribió la primera página de esta historia, hace hoy más de cien años. La fecha apenas se sabe con exactitud, pues en aquellos inicios de siglo XX los únicos papeles que contaban eran los acuerdos verbales. Manuel Muñoz abría al mundo las puertas de su tienda.

En un principio, fue la calle La Estrella la encargada de dar cobijo a los mil y un objetos que Manuel tenía pensado vender. Desde máquinas de coser a bicicletas Peugeot, pasando por relojes, gafas… Pero si hay algo que le haya dado a esta historia un hilo conductor, es el sonido. Gramófonos y radios se agolpaban en su comercio, dando espacio también a los discos de pizarra, los primeros que se vendieron en toda la región. […].

Los avatares de la vida conducen a Manuel Muñoz a quedar ciego. Tiene que legar el negocio a su hermano. Pero él no quiere abandonar del todo la actividad, máxime porque su hijo, también Manuel y también Muñoz, comenzaba a afrontar la vida en pareja. Es entonces cuando la historia empresarial de la familia se topa de bruces con el comercio que todavía hoy tiene sus puertas abiertas de par en par: Sonido Manuel Muñoz, en la calle José María de Pereda, por aquel entonces conocida como Plaza Mayor.

El calendario marca el uno de mayo de 1946. El día del trabajador de hace hoy más de 60 años. El interior de la tienda se dibuja de una manera muy similar a aquel de la calle La Estrella. Se introducen las novedades de la época. Carritos de niño, bicicletas más modernas, radios en los que el nombre del vendedor está clavado, en forma de chapa metálica, en la parte superior del dial”. (Juan Dañobeitia, en Cantabria Negocios).

 

Escaparate del comercio Manuel Muñoz (ya en su segunda localización). (Imagen: cantabria.negocios.destacada).

Sobre la historia del comercio a partir de 1946, la información existente es bastante más precisa, pero en lo que aquí nos ocupa, lo interesante se corresponde con la década de los años veinte del siglo XX. Que el primer Manuel Muñoz vendiera “de todo” tipo de maquinaria, y eso incluyera bicicletas, máquinas de coser y otras “novedades”, no ha de sonar extraño porque entonces muchos eran los fabricantes que se dedicaban a la manofactura de tales mecanismos. Lo de las máquinas de coser, armas y bicicletas procedentes de una misma factoría ha sido algo muy habitual en la historia industrial del ciclismo. Sin ir más lejos, otro negocio cántabro longevo que ya funcionaba en Santander por aquella época era “Moto – pié- salón”, cuyo nombre ya sugiere que allí se vendía variedad de mercancía del mismo estilo.

En cuanto a su periodo de destacada especialización en artículos de sonido, me cabe la razonable duda de si una pequeña colección de discos de pizarra que nos ha quedado como parte de un legado familiar, procederían del comercio Muñoz o no. La posibilidad está ahí. Se trata de un lote de pesados discos de pizarra, que funcionan a 75 r.p.m., enfundados en papel de estraza (todo bastante casero), con grabaciones de canciones montañesas interpretadas (y la mayoría compuestas) por Aurelio Ruiz. Los discos los escuchaba “El Tío Francisco” (un pariente por parte materna) en una gramola que no ha sobrevivido. Aurelio Ruiz se retiró de la canción folclórica cumplidos los 90 años. Tuvo una fuerte vinculación con Pesquera, el pueblo de mi madre. Por eso mismo, ella y sus hermanas siempre se han dado por aludidas, orgullosamente, cuando se ha mencionado una mítica estrofa de Aurelio:

“Si vas a Reinosa, 
Párate en Pesquera, 
Verás que mozucas, 
Más guapas te esperan”.

En aquellos tiempos, la opción comercial, medianamente sofisticada, por parte de los habitantes de Pesquera para ir a comprar algún tipo de aparato era Reinosa. Y sí allí no lo hubiera (como bien podría ser el caso de la gramola y los discos), Torrelavega o Santander (por ese orden). La vinculación de mi familia materna con Torrelavega ha sido y es muy fuerte, y si Muñoz llegó al nivel de especialización que aseguran, en cuestión de género “audio”, sospecho que esa reliquia de discos proviene de allí.

Pero, lo que desde nuestro punto de vista resulta más interesante ¡y enigmático! Es que cuando Lavín, en la temporada de 1926, fue contactado por Muñoz, empezó a aparecer en las clasificaciones de las carreras en la prensa como ciclista sobre bicicleta “M. Muñoz”, mientras que la mayoría figuraban con Alcyon, Labor, Delage, Thomman, Favor, Peugeot, etc. Aunque pudiera darse el sorprendente caso de que Muñoz fabricara (o encargase fabricar) bicicletas para darlas su propia marca, me parece muy improbable. Otra cuestión es que cediera bicicletas de las marcas que vendía, decoradas con publicidad propia, o que, simplemente, hiciera figurar su nombre como marca en los anuncios de prensa y en las clasificaciones de las carreras.


Insignia frontal de las bicicletas Miguel Muñoz. La que se fijaba en el tubo de dirección. (Imagen: colección particular de Vicente Ferrer).

 

Anuncio de prensa de bicicletas M. Muñoz, aprovechando un triunfo de Lavín en 1926.(Imagen: El Cantábrico).

Volviendo a Manuel Lavín, a lo largo de 1926 demostró que su papel previo como neófito no había sido casual, sino una evidente muestra de calidad. Aquella temporada corrió bastante y lo hizo bien, entrando, con claridad, en el selecto grupo de los mejores corredores de la región, pese a tratarse de su segundo año como ciclista.

En mayo participó en la prueba “El Escritorio”, sobre recorrido Santander-Solares-Sarón-Torrelavega-Santander. En ella, los vascos Cepeda y Suárez mandaban en cabeza, llevando a rueda a Vicente Trueba y a César Moll. Por detrás, Lavín y Madrazo ejercían de pareja perseguidora, mientras que el resto de participantes andaba desperdigado más retrasado. En la Pajosa se produjeron tres ataques sucesivos de Cepeda que únicamente Suárez fue capaz de aguantar. Como consecuencia de ellos, ambos tiraron desde allí, a relevos, hacia Santander. Finalmente ganó Cepeda, Suárez cayó, aunque se reincorporó a tiempo para hacer segundo y por detrás los estuvieron persiguiendo, también a relevos, Moll y Trueba, que acabaron entrando en ese mismo orden. Lavín hizo quinto en solitario.

  • 1º Francisco Cepeda 2h 35’ 24”.
  • 2º Jacinto Suárez 2h 36’ 23”.
  • 3º César Moll 2h 36’ 30”.
  • 4º Vicente Trueba 2h 37’ 51”.
  • 5º Manuel Lavín 2h 38’ 15”. El siguiente llegó a 2’15” y así hasta 26 supervivientes de  53 participantes.

A primeros de junio regresó a la competición en la II Prueba Ignacio Morales, organizada por la Unión Ciclista Montañesa, sobre 65 km de recorrido y con 43 inscritos. En aquella ocasión Moll aguantó a Arrieta hasta Puente Arce, pero por allí “petó” de tal modo que hasta se detuvo, como esperando a Vicente Trueba, que había estado en cabeza con ellos gran parte de la ruta. Entonces siguieron juntos, pero, en la Pajosa, Moll volvió a ceder claramente y Trueba se fue segundo en solitario.

“Trueba, desde la Pajosa, supo guardar la distancia de desventaja sobre el fugitivo y sobre el perseguidor, que si primero fue César (Moll), en Ojaiz y Peñacastillo lo era ya el santoñés Lavín, que el domingo consiguió uno de sus más dorados sueños; vencer al comarcal Moll, consiguiéndolo con todo el valor y el mérito que este muchacho hizo en carretera”. (Pepito Pedal).

  • 1º Domingo Arrieta (3ª) 2h 12’ 8”.
  • 2º Vicente Trueba (3ª) 2h 12’ 30”.
  • 3º Manuel Lavín (3ª) 2h 13’ 24”. A Moll todavía le rebasaron cuatro ciclistas más. En la carrera participaron al menos otros dos santoñeses: Emilio Alonso y Alfonso Tejerina (7º).

Aquel fue un excelente resultado ante un plantel de corredores realmente serio. Como era habitual, durante el transcurso de la carrera se produjeron bastantes averías, aunque no tantas entre los supuestos favoritos, entre los que hubo varios vizcaínos (ellos sí trabajando en equipo).

“Los Montañeses. Vimos en ellos lo de siempre: esa falta de ayuda mutua, que tan necesaria es en todas las pruebas donde participan elementos de otras regiones, Ni aun los mismos compañeros de club se prestaron apoyo en ningún momento […] todos los equipos trabajaron por el triunfo personal y no por el del club cuyos colores defienden”. (Sanroma, El Cantábrico).

Poco tiempo después, todavía en el mes de junio, se celebró el Campeonato Provincial (tengo dudas sobre esto, ya que en agosto hay crónicas del Campeonato Regional). El pelotón rodó tranquilo hasta Laredo, a partir de donde se desataron las hostilidades. Otero se escapó (era muy superior, pero no se jugaba el título por ser nacido fuera de Cantabria). En la disputa fueron cayendo algunos: primero Schuman, luego García, más tarde Liaño, etc. La meta estaba situada en la Alameda, donde José Castanedo se alzó con el título (“un jovenzuelo a quien apadrinaba Sebastián Torcida”) al llegar segundo, con un tiempo de 3h 46’ 40”. Otero había tardado 3h 40’. Prieto fue tercero con un tiempo de 4h 02’ 03”, y Lavín 4º en 4h 10’ 11”.

Ya en julio se celebró el II GP Delage, también, como la mayoría de las carreras, organizada por la Unión Ciclista Montañesa. Contó con 36 inscritos y un recorrido con paso por Santander - Santillana – Cabezón de la Sal – Renedo – Astillero - Santander. A la altura de Requejada, Lavín iba en el grupo cabecero, mientras que César Moll lideraba el de caza. En Barreda se juntaron ambos grupos. Como ejemplo de los avatares menores que solían suceder en aquellas pruebas valga esta muestra:

“Mena sufre caída sin consecuencias subiendo a Viveda. Barredo se apea para amarrar los pantalones de paseo que lleva como equipaje. Moll se apea para una necesidad y vuelve a tomar contacto fácilmente con el grupo director […]”. (Pepito Pedal, La Atalaya).

En Viveda “Pincha Lavín y repara al estilo de los ases, pues lo hace con una rapidez portentosa”. Recupera al grupo cabecero en Oreña, pero, llegando a San Vicente, “El favorito Lavín tiene la desgracia de romper su horquilla y abandona”. Ganó Moll al sprint a Pepe y Vicente Trueba y otros tres más. Leyendo la crónica de aquella carrera comprobamos que el reportero Pepito Pedal (Román Sánchez Acevedo) se declara fan de Lavín. Se nota perfectamente que le agrada el estilo de corredor que demuestra, porque siempre habla bien de él y lo premia con frases y atributos elocuentes. Resulta evidente que lo consideraba como uno de los corredores más brillantes de aquellos momentos. Y Pepito Pedal tenía buen ojo para eso.

En agosto de celebró el Campeonato Regional en Colindres. Lo ganó, por tercera vez, Victorino Otero, y lo hizo dando la cara en cabeza en todo momento. Vicente Trueba, que en aquella época solo era uno más entre los destacados, hizo 5º, mientras que Moll 12º. Lavín no tuvo suerte aquel día, aunque no dejó de demostrar calidad. En Alto Marín (cerca de Hoz de Anero), pinchó. Más tarde:

“Saliendo de la población (Pámanes). Llega Lavín a tren fuerte, y exclama: ¡Creí que no los cogía ya…!. Respiró el muchacho en medio de una densa nube de polvo amarillento y un nuevo pinchazo le detiene. Lavín, el hombre, comprendió que él podría luchar contra aquellos compañeros ciclistas, pero no contra los elementos, y apesadumbrado de su desgracia, anunció que abandonaba. Y así lo hizo este bravísimo santoñés, a quien la carrera del domingo le tenía reservado un puesto de los de honor”. (Pepito Pedal).

Ya en Septiembre se celebró la I Prueba Portus Victoria. Fue organizada por cuatro Santoñeses. Para mí es importante saber que uno de ellos fue un tal Ignacio Oliveri. Los Oliveri son una rama familiar procedente de Sicilia. Una de aquellas sagas que llegaron a Santoña (y otras villas marineras del Cantábrico) para la explotación de la anchoa.

“Aquellos pioneros salazoneros enviados por sus fábricas de origen tenían un mucho de agentes comerciales. Su misión consistía en contratar la pesca o pagar al pescador para que capturara anchoa, en alquilar un almacén (lo decían 'magasin') donde salazonar, y en emplear a las mujeres de los pescadores para realizar el trabajo. También se responsabilizaban de embarcar la salazón en los vapores que recorrían el Cantábrico con destino a Italia.

De hecho, es a aquellos primeros sicilianos a quienes se debe que el bocarte sea objeto de captura en el Cantábrico; fueron ellos los que enseñaron las técnicas de pesca de esa especie, e incluso los que instruyeron sobre la forma de aquellas redes de cerco y el empleo de los aparejos. Y a ellos, a uno de ellos -a Giovanni Vella Scatagliota-, se debe el diseño y elaboración de los filetes de anchoa en aceite en 1883 que hoy conocemos y que revolucionó el sector conservero y la dedicación de la flota pesquera.

Por importar, los sicilianos hasta importaron el modelo de envase para las anchoas en salazón que ellos empleaban en Italia, y que requirió la llegada de maestros barrileros para enseñar su elaboración”. (Teodoro San José, Diario Montañés).

El tal Ignacio Oliveri ¡seguro! Fue miembro de alguna de esas familias. Lo mismo que mi padrino, Pepe Oliveri (no todo el mundo por aquí puede presumir, como yo, de haber tenido un padrino siciliano), ingeniero que, con el tiempo, acabó fundando una empresa que nada tuvo que ver con la anchoa, en Valladolid. Lo que no sé, pero quizás algún día me tome la molestia de averiguarlo, es si Ignacio, el co-organizador de la carrera Portus Victoria, tenía algún parentesco directo con mi padrino. Es más que probable porque, por lo que hasta ahora sé, el padre de mi padrino vino a Santoña a trabajar directamente desde Sicilia, cuando ya era un profesional del ramo de las anchoas.

En aquella ocasión hubo 22 participantes. Manuel Lavín, seguramente espoleado por estar en su localidad, encabezó el grupo y lo lideró hasta Hoz de Anero. Más tarde lo hizo Eguren, pero enseguida, otra vez, Lavín.

“Y de esta suerte se ataca El Bosque en cuyo final se entabla el duelo Trueba-Lavín, ambiciosos ambos por ser ellos los que primero coronaran el famoso alto. Y el santoñés se distingue en primer término, para descender por la retorcida pendiente, camino de Solares, donde el pueblo ovaciona a los guerreros…”.

A mitad de prueba iban abriendo la marcha, indistintamente, Lavín y Eguren, hasta que se produjo un ataque de Gutiérrez y Trueba. Lavín se quedó algo rezagado por detrás (seguramente como consecuencia de los excesos cometidos hasta ese momento). El resultado final fue el siguiente: Antonio García vencedor con Vicente Trueba como segundo clasificado. Pese a todo, Manuel Lavín (que era de 3ª categoría) acabó séptimo, a 9 minutos del primero y a 4 min de Fernando  Sierra (un 2ª)  que fue sexto.

No sé en qué fecha, pero también aquel mismo año (1926), se celebró la Prueba Otero-Payan de 69km de recorrido. Aquel fue uno de sus mayores éxitos pues acabó clasificado como primer Montañés y segundo absoluto en la General. El ganador fue, nada menos que, el exitoso Francisco Cepeda (del Athletic Club), que invirtió un tiempo de 2h 44’. Con cinco minutos de ventaja sobre Lavín que, a su vez, aventajó a los tres siguientes en 7 minutos.

Como consecuencia de todos los logros acumulados a lo largo de aquella temporada, a final de año consiguió ascender de categoría (de tercera a segunda), tras haber acumulado seis “puestos” (ignoro lo que significaba exactamente, si directamente pódium o entre cuántos de los primeros clasificados en cada carrera), por decisión de la Asamblea del Comité Regional Ciclista.

Para la temporada siguiente, la de 1927, Manuel Lavín cambió de montura, tomando el manillar de una bicicleta Jean Louvet.

 

Bicicleta Jean Louvet de 1927 bien restaurada. (Imagen:velosvintage.over.blog.com).

 


Detalle de la bicicleta Jean Louvet. Victorino Otero corrió también con bicicletas de esta marca en sus últimas temporadas. En Cantabria las distribuía el Garage Palace, situado en la Calle Calderón de la Barca de Santander. (Imagen:velosvintage.over.blog.com).

 

Interesante detalle de la misma bicicleta: piñón fijo a la izquierda, para dar vuelta a la rueda si se "pasaba" el piñón y poder continuar. Y tres coronas (sin cambio) a la derecha. Se podía cambiar a mano bajándose de la bicicleta, soltando las palomillas y utilizando la longitud de las patillas para poder tensar la cadena. Además de la pérdida de tiempo, la diferencia de número de dientes de las coronas no puede variar mucho. (Imagen:velosvintage.over.blog.com).

 

Maillot de equipo oficial de Jean Louvet. Lo he visto en otras ocasiones con el tono verde notablemente más claro. (Imagen:velosvintage.over.blog.com).

Apenas he encontrado referencias de prensa sobe aquella temporada, y eso que, después de todo, fue entonces cuando logró su mayor éxito deportivo. Allá por el mes de abril ganó el Campeonato de Cantabria absoluto, venciendo incluso la carrera, a pesar de la presencia de Victorino Otero en la misma. Aunque todo hay que decirlo, a tenor de lo comentado por la prensa de la época, al leonés “de Torrelavega” parecía haberle llegado ya la hora de su retirada. Lo hizo al año siguiente a final de temporada.

“Otero apareció en plena decadencia clasificándose décimo […]. Mientras que Otero labraba en derrota viendo cómo se le escapaban irremisiblemente los  jóvenes de ambición y de fuerzas en la plétora, Lavín construía su corona de Iaurel”.

“Poca, pero buena gente, salió de Santoña para correr y disputarse el Campeonato que el Comité de la «Uve» organizó entre Santoña-Santander-Santoña, con unos 100 kilómetros de recorrido.

La primera mitad, hasta Cuatro Caminos, se hizo lentamente, respetando al fuerte viento que acotaba a los «routieres». Y mientras se anduvo poco, Otero pudo seguir en pelotón y hasta ganar una prima en Cajo y virar el primero en Santander. Pero al regreso, cuando las inquietudes se desbordaron en quienes se creían capaces de conquistar el título regional, Victorino se vio traicionado de sus piernas, tantas veces fieles y quedó desbordado, poco menos que a la deriva. Cuatro, seis, hasta nueve, le dieron la espalda. Y así, en esta posición mediocre para cualquiera y para él, de franca derrota, llegó a Santoña.

La villa pescadora, mientras que aplaudía a su ídolo, presentándose victorioso, comentaba apenada la actuación del famoso «routier» que se apaga.

En medio de clamorosa ovación, y en un momento de emoción inmensa, se presentaron a la llegada en la alameda de Manzanedo Lavín y Moll en sprint. Y ocurrió lo inesperado. Que Lavín venció a Moll en el corto esfuerzo final, proclamándose campeón el santoñés.

La clasificación fue como sigue:

  • 1.      Manuel Lavín campeón, que sobre “Jean Louvet” empleó en el recorrido de 96 km 3 horas, 32 minutos y 37 segundos.
  • 2.       Cesar Moll (de Colindres), en 3 horas 32 minutos y 38 segundos. 
  • 3.       José Trueba, en 3 horas 32 minutos y 51 segundos.
  • 4.       Vicente Trueba, en 3 horas 32 minutos y 52 segundos.
  • 5.       Ramón Herrera en 3horas 33 minutos y 14 segundos.
  • 6.       Rufino Herrera 3horas 34 minutos y 28 segundos.

A continuación fueron clasificados Manuel Sierra,  Eleuterio Gómez, Manuel Torre, Victorino Otero, Villegas, G. Quevedo, Antonio Pereda, Daniel Blanco, Andrés Fernández y Severiano Llorente”. (“El Mundo Deportivo”).

Otra crónica nos informa de que, durante la primera parte de la carrera, el propio Lavín sufrió varios pinchazos que le obligaron a tener que remontar posiciones. También de que aquel día el recorrido se vio endurecido por el viento sur reinante, y que el título se dirimió, finalmente, en un emocionante sprint entre Lavín y Moll.

 

Manuel Lavín. Fotografía de prensa en su victoria del Campeonato Regional absoluto de 1927.

Y es que entre Manuel Lavín y César Moll podemos imaginar cierta rivalidad. Una rivalidad que, ya lo hemos visto, los corresponsales de prensa dejaban entrever de vez en cuando. No tenemos más pistas sobre ello, por lo que no hay certezas del grado de intensidad de esa supuesta rivalidad, como tampoco del talante de la misma: si sana y amistosa, o picajosa y mal encarada. Pero podemos jugar a imaginar sobre ello. Para empezar, Moll ya era un corredor consagrado cuando Lavín irrumpe, con temprano éxito, en la escena. Quizás el primero pudiera ver como una amenaza juvenil al segundo, en plan de “los jóvenes que vienen pisando fuerte”. Después está el asunto de su cercanía geográfica de procedencia y vecindario. Moll de Colindres y Lavín de Santoña. El que inicialmente pudiera haber estado representando las aspiraciones de la comarca oriental de la región, quizás pudiera haber sido desplazado por la joven revelación, generando, de paso, un nuevo fenómeno de hinchada, consistente en atomizar el respaldo de la afición. Una evolución desde un apego a ciclistas representantes de comarca, hacia otro vinculado a ciclistas representantes de localidad. Esto del empleo de figuras deportivas para alimentar el corporativismo es un fenómeno muy habitual, y rápidamente “inflamable”, que encontramos en todo tipo de nacionalismos (grandes y pequeños) y localismos.

Pero es que, además de todo lo anterior, ambos ciclistas parecían mantener niveles de rendimiento parecidos, lo cual les hacía coincidir bastante en las disputas. Tanto en momentos clave intermedios durante las carreras, como, muy especialmente, en algunos finales. Así que, la posible rivalidad derivada de causas de edad y geografía veía añadida una razón puramente deportiva. Y, para colmo, corrían con los colores de equipos y/o marcas de bicicletas diferentes.

 

César Moll (de Colindres), rival habitual de Manuel Lavín. (Imagen: "Cien Años de Gloria del Ciclismo Cántabro 1885-1995" Armando González Ruiz).

Pero aquello no se prolongó mucho en el tiempo. Más bien poco o casi nada, pues a partir del año 1928, Lavín parece desaparecer de las crónicas de prensa de la época. Un historiador de Camargo afirma que fue el Servicio Militar el que cortó su prometedora carrera ciclista. Es muy posible porque cuando un periódico anunciaba la inminente celebración del Campeonato Regional de 1928, a celebrar en Torrelavega,  ya explicaba que el vigente poseedor del título, Manuel Lavín, iba a estar ausente por causas sobradamente justificadas. Y es muy probable que, a partir de aquello, Lavín no volviera a la competición, centrándose más en organizar su vida para salir adelante, como enseguida veremos.

Pero antes, merece la pena plantear una breve reflexión valorativa. Si los cálculos no nos fallan, Lavín fue Neófito a los 18-19 años. Demostró estar a la altura de los mejores corredores de Cantabria en su segundo año como ciclista (con 19-20 años) y ganó el campeonato regional a los 20-21. Tanto en 1926 como en 1927 se codeó (y derrotó en ocasiones) con corredores como los dos hermanos Trueba y un ya algo veterano Victorino Otero, andando muy a la zaga de grandes figuras como la de Francisco Cepeda. Con su edad, sus tempranas demostraciones y potenciales años de mejora de rendimiento por delante, no parece exagerado conjeturar que, quizás, podría haber acabado llegando a ser una figura nacional o internacional. No hay que olvidar que algunos de los citados acabaron disputando el Tour de Francia, y Vicente Trueba, en concreto, convertido en una estrella deportiva mediática a escala internacional. Pero la historia es la que es, y una vez que traza un camino, el resto de senderos se quedan en frustrados futuribles.

 

Tour de Francia, tras una etapa: Cardona, Mateu, V. trueba, Cepeda y J. Trueba. (Imagen: "Vicente Trueba Pérez. La Pulga de Torrelavega", Ángel Neila Majada).

 

Los seis españoles que lograron finalizar el Tour de 1930: Mateu, Riera, Cardona, V. trueba, J. trueba y Cepeda. (Imagen: "Vicente Trueba Pérez. La Pulga de Torrelavega", Ángel Neila Majada).

Así que nos vamos a situar ya en la fase vital en la que Manuel Lavín organiza su vida no deportiva, que como en el caso de muchos otros ciclistas de la época, fue planteada vinculándola con la bicicleta. Cuando Lavín tiene que buscarse la vida laboral, recibe la ayuda del omnipresente (en eso de cuidar, mimar, promocionar y sostener el ciclismo) Ricardo López-Dóriga. Sí, los encuentros actuales con los que inicié este relato tuvieron un evidente paralelismo un par de generaciones antes. Ricardo le propone hacerse cargo de un almacén de recambios situado en la “acera de Villalobos” frente al cine (o salón) Romea, en Muriedas Bajo. Sin embargo, Lavín, fiel a su pasión y sus competencias, opta por transformarlo en un taller de bicicletas al que llama “Garaje Lavín”.

“Decir entonces ‘ir a donde Lavín’ era sinónimo de garaje de bicis por antonomasia; tal era la fama que por su seriedad y eficacia adquirió aquel santoñés de pro entre nosotros: amable y perspicaz, al servicio de su numerosa clientela, cuando el medio de transporte más generalizado era la humilde bicicleta, antes de la era de los ciclomotores y lejos aún de los automóviles, entonces sólo para pudientes”. (Manuel Bermejo).

Más que probable refuerzo de la teoría que nos sugiere que Lavín dejó pronto de correr y, seguramente, se puso a trabajar por cuenta propia finalizado su Servicio Militar (que entonces debía de tener una duración activa de dos años) es el hecho de que en 1930 aparezca ya mencionado ofreciendo formalmente primas en algunas carreras ciclistas. Tal fue el caso del Campeonato para Neófitos celebrado en Santoña. Él premió a cada ciclista que coronase en cabeza cada paso por la cumbre del Portillo (se trataba de una prueba con recorrido de circuito de varias vueltas).

Me resulta simpática la anécdota porque ese modesto alto del Portillo, frondoso y tranquilo actualmente, es escenario frecuente de mis paseos ciclistas. Lo incluyo cuando no tengo tiempo para una salida demasiado larga, o cuando escojo un circuito muy variado para probar alguna bicicleta de carretera tras un proceso de restauración.

Manuel encontró novia en Maliaño y se casó. Su mujer se llamaba Eusebia Rivas Valle. Del matrimonio nació Mª del Carmen Lavín Rivas, madre del actual Manuel. Desgraciadamente, Eusebia falleció muy joven, cuando su única hija apenas tenía dos años de edad. A pesar del infortunio, Manuel Lavín se mantuvo aferrado a su negocio y pendiente del ciclismo regional. Cuentan que, de vez en cuando, hacía una especie de apuesta-alarde, consistente en ascender la cuesta del Alto Maliaño pedaleando de espaldas. Y en 1933, cuando se produjo un masivo y celebrado homenaje a Vicente Trueba por sus hazañas en el Tour de Francia, Lavín figuró entre las celebridades ciclistas que acompañaron al “Rey de la Montaña”.

 

Este no es Errol Flynn, sino el auténtico Manuel Lavín, con su primera hija Mª del Carmen (la madre del Manuel actual). (Imagen: archivo familiar).

Bermejo menciona las delicadas labores de fileteados y pintura en los cuadros de los ciclistas que acudían al taller, donde estuvieron como pinches “Dito” Santamaría y “Chito” Álvarez, siendo el primero de ellos sustituido más tarde por “Chus” Martín, sobrino de Fe Castillo Solana, segunda esposa de Lavín. Ella era de Galizano, donde el matrimonio iba a pasar algunos fines de semana a una finca que tenían en la que, además, plantaban patatas. De las antiguas patatas de Galizano yo ya tenía noticias porque el bisabuelo de mi mujer, que también procede de Galizano, fue pionero en su época en la plantación de patatas por allí, algo que, por lo visto, fue objeto de algunas críticas locales por parte de gentes de menor visión de futuro, tal y como posteriores periodos se encargaron de demostrar.

“Novedad también en Ribamontán al Mar es el cultivo de la patata. Muy reducido su cultivo, hasta el punto de recibirla de Reinosa en Invierno, se extiende considerablemente a partir de 1931, coincidiendo con la repartición de uno de los montes comunales.

El cultivo se hace en el monte con preferencia al llano. Roturando el suelo, se planta de patatas dos o tres años, y después, agotada la tierra, se deja crecer la hierba y se convierte en prado cuatro o cinco años, pasados los cuales se vuelve a sembrar de patata. La elevación de los precios explica el acierto de su cultivo, cuya producción en 1948 llega a las 1500 toneladas”. (José Luis Sánchez Landeras: “Ribamontán al Mar en su historia”. Ed. Tantín. Santander, 1986).

Así pues, aquí los vínculos emocionales vuelven a hacerse insistentes, porque durante aquellos fines de semana Lavín se movía por Galizano en bicicleta, el pueblo en el que resido desde hace ya más de veinte años. La vinculación del ciclista con Galizano procedía ya de su primera esposa que, recordémoslo, incluía Rivas entre sus apellidos. La familia Rivas continúa siendo vecina del pueblo. Lo es desde hace generaciones. Fui prácticamente vecino de los actuales Rivas hace años, casi cuando empecé a residir allí. Aunque la familia se dedica ahora a otros negocios, la estirpe familiar estuvo siempre vinculada al trabajo con el metal: forjados y herrería. A eso se dedicó Lorenzo Rivas y, posteriormente, quien para mi familia política es Paco “El Herrero”. Uno de ellos, no tenemos del todo claro quién, fue el artífice de unas piñas de fundición que decoran las verjas y el balcón de la casona de la familia.

 

Una de las piñas de fundición que decoran la casona de Galizano.

Para ir acabando esta historia, no está de más añadir que “Aquel famoso garaje era punto de reunión de corredores y aficionados al ciclismo, deporte en el que su dueño seguía activo como asesor muy solicitado en la organización de carreras, hasta que él mismo empezó a montar la competición anual de realce de las fiestas de San Juan […]. Los mejores corredores de entonces (Calva, Covarrubias y Sánchez entre los más destacados, junto con otros que no llegamos a nivel tan alto) por parte local, y los hermanos Expósito, San Miguel, Marotías, Gutiérrez y El Cholo y El Chato entre los montañeses famosos de la época, aparte de los llamados “ases”, participaban, año tras año, en aquella prueba incluida en el calendario provincial como fija”. (Manuel Bermejo).

Parece que la edición más sonada fue la de 1949, pues en ella tomó parte el mismísimo Loroño, toda una “vedette” nacional. Fue además la última prueba que Lavín pudo organizar y disfrutar, pues falleció un mes después de la misma, a los 42 años, a causa de una afección estomacal. Aunque un vecino de Muriedas me ha comentado que la causa del fallecimiento fue un ataque de apendicitis no atajado a tiempo.

“El héroe de la prueba fue mi gran amigo el astillerense Gutiérrez, quien de entre un grupo de notables y pasivos contrincantes salió sólo a cazar a un escapado Loroño, dándole alcance en el alto de la Venta de la Morcilla cuando el vasco iba tocado por una monumental “pájara”. Solamente le aguantó Jesús Morales, para batirle en la meta de Muriedas Bajo a la que llegaron ambos destacados”. (Manuel Bermejo García. “Mi Camargo de ayer”. Muriedas, 2007).

Aparte de este pedazo de buena historia ciclista y de haber protagonizado un papel más que relevante durante una época muy interesante del ciclismo de Cantabria, el legado de Lavín siguió su curso. En lo que respecta a la supervivencia del taller de bicicletas el relevo vino de la mano de los hermanos Pedro y “Carlines” Fernández. El segundo de los cuales, incluso, instaló un torno para la fabricación de piezas industriales más allá de lo relativo a la mecánica ciclista. En cuando a lo familiar, su viuda fue educando a los hijos (cuatro más del segundo matrimonio) hasta consolidar lo que posteriormente se fue convirtiendo en una familia progresivamente más ramificada. Una parte de la misma la representa Manuel, quien, mostrándose orgulloso, interesado y apegado a la historia de sus antepasados, me pidió, por favor, que intentase escarbar algo en su pasado ciclista. El ejercicio indagador ha resultado entretenido y me ha premiado, además, con algunas pinceladas de recuerdos familiares propios. Entretanto, la saga familiar del ciclista es prometedora porque hace ya tiempo que “cabalgan” por ahí bisnietos de Manuel Lavín, algunos de los cuales, por cierto, decidieron sustituir los sillines de cuero sobre los que acostumbraba a sentarse su antepasado, por las, también dinámicas, sillas de montar de los ponis de raza Welsh Mountain (inicialmente) y los caballos de competición cuando los chavales fueron creciendo.

sábado, 15 de agosto de 2020

DESCENSO DEL SIL-MIÑO

El viaje de aproximación en coche fue una especie de embudo vial. Varias horas de autovía desembocaron en una carretera nacional ancha, relativamente rápida y flamantemente señalizada hasta que, de repente, el utilitario y yo nos encontramos enfrentados a una estrechísima y retorcida cinta de asfalto. No soy una persona amante de las fronteras y este viaje ya anunciaba que, a pesar de lo que las convenciones regionales e internacionales se empeñen en asegurar, no iba en absoluto de fronteras. Y si alguien pretendía experimentarlas, lo iba a tener bastante crudo. Adentrarse en la Galicia profunda no había sido un cruce de línea, sino una progresión paulatina.

Y es que a partir de Montefurado, el viaje por el Miño parecía entrar en harina. Allí tomé la comarcal OU-536, toda una experiencia única de conducción que recomiendo a cualquier aficionado al manejo de volantes o manillares. Eso sí, vayan ustedes con mucha atención (el trazado lo requiere), sin prisa, sin vértigo y con cuidado, ya que en el caso de los coches, malamente caben dos al cruzarse, durante la mayor parte del kilometraje de la ruta. En el mío sonaba un disco instrumental muy viejo de Milladoiro, de lo más apropiado para los paisajes por los que me iba internando. La aproximación a mi destino ya estaba resultando fluvial ya que esta carretera va remontando el río Bibey, que está embalsado y encañonado, seguido un poco más adelante por otro embalse de un afluente suyo: el Navea. Ambos, una vez reunidos, tributarios del Sil. La carreterilla subía y bajaba desde el nivel del curso de agua hasta las romas cimas de las montañas circundantes. Descendía para cruzar el agua por las presas y ascendía de nuevo ofreciendo unas panorámicas impresionantes. Tanto, que la adormecida excitación de pensar en montarse en un kayak para navegar por el fondo de los cañones del Sil se vio espoleada de repente, sin todavía haber llegado a mi destino.

Y es que el destino se hizo esperar algunos kilómetros más. Con una infinita sucesión de curvas rodeadas de fronda atlántica, en las que la palanca de cambios no paraba de pasar de segunda a tercera y viceversa, rememorando un estilo de conducción que ya casi no recordaba desde los tiempos de utilización prestada del Mini de mi madre. Aquel final discurrió por la OU-0652 y OU-0605, hasta que alcancé el destino apalabrado de antemano, un albergue escondido en la garganta del río Mao, otro afluente del Sil. Aquella tarde todavía quedaba gente que andaba disfrutando del fin de semana, aunque ya se les notaba de recogida por lo que, los que tenían actitud de quedarse, seguramente serían probables compañeros de mi viaje en kayak. Me instalé y aproveché para darme un paseo fotográfico por una ruta senderista trazada a base de tarimas y pasarelas de madera, colgadas en una de las dos escarpadas riberas del río. El Mao es muy frondoso, bajaba con muy poco agua y ofrecía restos de terrazas en sus flancos. El paseo era francamente bonito, lo disfruté mucho, antes de ponerme a leer al aire libre, mientras esperaba la cena comunitaria con mi grupo de “expedicionarios”.

Aquel albergue fue nuestro campamento base durante dos noches. Allí celebramos dos cenas y dos desayunos. Que estábamos en Galicia quedó claro por muchos detalles, pero, en especial, a través de una presencia femenina: una de las camareras y encargadas del albergue. Aquella joven desprendía un aura especial. A pesar de su mascarilla, unos ojos claros y melancólicos sugerían una ternura maternal que concordaba totalmente con su voz melosa y cantarina, en acusado acento local. Aunque era joven, su conjunto corporal dinámico, no su figura sin más, sino los ademanes de sus movimientos, sus caderas y andares, envueltos en una especie de vestido delantal, hacía que la chica transmitiera mucha feminidad tradicional. Mo me refiero a cuestiones eróticas o sexuales, sino maternales, como si su lenguaje corporal, integrado con su voz, se empeñaran en dejar claro que allí iban a cuidarnos, tratarnos y alimentarnos bien. Y doy fe de que así lo hicieron, aunque conservando lo que ya sería una constante en el viaje: un estilo de incertidumbre característico de Galicia. Basado en muy poca información previa y mucha experiencia a tiempo real. Cada vez que nos sentábamos a la mesa del albergue no sabíamos sí íbamos a comer suficiente o no. Era imposible calcular o dosificar cuánto comer de cada plato, por miedo a quedarse corto o pasarse ante lo que pudiera venir después. El resultado fue evidente (desde una perspectiva gallega): comimos suficiente y bueno ¿cuánto y qué? No hagan ustedes preguntas, por favor, vivan la experiencia por sí mismos.

Todo eso de las comidas iniciales vino muy bien para refrescarnos lo que supone embarcarse en una expedición liderada por Zamora Natural. Con Antonio a la cabeza, cada participante debe relajarse de antemano y olvidar convencionalismos propios de la vida diaria como son los horarios, la planificación precisa, las previsiones, etc. Todo ello no son más que vulgaridades una vez nos metemos en el viaje por el río, durante el cual son el curso fluvial y su contexto los que marcan la pauta, el ritmo y el devenir de las cosas. Su estilo de organización hace del viaje un proceso. Abierto y vivo. Y a quien pretenda tener controlado dicho proceso de antemano, le recomiendo que se busque otro proveedor, aunque, directamente, le recomiendo que no viaje por un río, salvo que sea en formato de crucero donde, ahí sí, todo está escrupulosamente programado. En esta especie de inmersión radical en un “dejarse llevar”, una especie de “El río que nos lleva” contemporáneo y ocioso, hay un mecanismo psicológico que resulta especialmente difícil de desactivar para las personas que, como yo, somos muy pro-activas, algo aventureras y bastante viajeras, me refiero a un desertar de la función de toma de decisiones. La toma de decisiones es un tema estrella en la teoría del emprendimiento, de la gestión directiva, de las competencias deportivas y de la solvencia aventurera. Pues bien, si te embarcas con Zamora Natural deberías concienciarte antes de que, viajando con ellos, podrás prescindir de tan fatigante y estresante trabajo, serán unas auténticas vacaciones en ese sentido. Y fue aquella especie de joven madraza “galega” la primera en “educarnos” en dicha línea. No sé los demás, pero yo, a la mesa, me sentí como un chiquillo bien criado, aunque, probablemente, la doblara la edad.

Pasarela senderista sobre el río Mao.

Etapa 1. El Sil. (21,5 km).

Sobre el clima no creo que hable mucho más, porque fue estable. Lo adelanto, salvo detalles concretos que podrán aparecer en los momentos pertinentes del relato, todos los días fueron iguales: sin nubes, con sol radiante, mucho calor y viento a favor durante la navegación. Por las noches se estaba muy bien al aire libre, se acostaba uno con calor tolerable, con una cobertura de abrigo cerca para poder taparse a partir de alguna hora de madrugada. Al levantarnos podíamos incluso disfrutar de un ligero frescor matinal. Las horas centrales fueron de mucho calor. Llevaderas cuando estábamos en el río, pero abrasadoras si nos alejábamos de sus orillas.

La primera etapa requirió un traslado en furgonetas. Nos embarcamos junto a un pantalán de barcos turísticos en Abeleda. El Sil ya está embalsado en esa zona, la cual representa el tramo más característico y afamado de la Ribera Sacra. Así que desde el principio empezamos a palear rodeados de viñedos, todos ellos encaramados sobre las fuertes pendientes de la cuenca. Por algo lo llaman “enología heroica”, porque la vendimia resulta extenuante, la producción es moderada (especialmente de las variedades de vino blanco; Godella), por cultivar vides autóctonas, y por no poder regar para no desvirtuar el contexto. En definitiva, por tratar de sobrevivir económicamente en los tiempos actuales. Algunas de las parcelas disponen de unos railes muy empinados que sirven para poder descender y ascender unos carros en los que los vendimiadores puedan ir depositando las cajas de uva recolectadas de cada terraza. Comparado con los viñedos que he podido visitar anteriormente en kayak, los del Duero, estos parecen mucho más “primitivos”, irregulares, mucho menos dimensionados pero… encantadores.

En un momento dado, en la margen izquierda del río, a la sombra del arbolado, hicimos una parada en la que, sin bajarnos de las piraguas, disfrutamos de una cata y una charla, concedidas por la dueña de la bodega Rosen do Sil. A la mujer se la notaba apasionada con su labor, defensora de las tradiciones y del legado vitícola heredado de sus antepasados. De su discurso parecía desprenderse cierta influencia formativa francesa, y nos puso en antecedentes con respecto a la elaboración de vino en la Ribera Sacra por parte de los Romanos. Labor continuada posteriormente por órdenes religiosas como la de los benedictinos. Recalcó la función preventiva y sanitaria del vino en aquellas épocas, como sustituto de un agua sin tratar, proclive a la transmisión de enfermedades. Probamos un blanco godella y un tinto mencía. Y, aprovechando que las furgonetas andaban por allí cerca, algunos decidimos comprar algo de vino.

Por la tarde seguimos remando, en constante intercambio de agrupamientos o aislamientos. Nos íbamos conociendo poco a poco. Salvo un grupo de seis personas (montañeros aguerridos) procedentes de Zaragoza (aunque una de ellas fuera donostiarra), y un trío de varones (dos baleares y un madrileño) que venían también juntos, el resto, hasta completar quince, nos habíamos enrolado individualmente, sin conocer a nadie previamente, a excepción de una pareja. Todos menos dos habíamos realizado anteriormente la travesía del Duero con Zamora Natural. El proceso de acercamiento, socialización y crecimiento como grupo fue progresivo y no planteó fricciones o problemas a lo largo del viaje. Buena gente, tolerante, adaptable y cooperadora.

Durante la parte final de la etapa las viñas fueron desapareciendo, “asustadas” por la verticalidad y desnudez de las formaciones rocosas que empezaban a jalonar el cauce del estrecho embalse. Estábamos en los Cañones del Sil. Prueba de su espectacularidad era la aparición de alejadas plataformas instaladas en los riscos más elevados sobre nuestro paso. Eran los llamados miradores de Madrid. Parada habitual de los turistas que visitan este paraje en coche. Más tarde, al regresar en las furgonetas al albergue, pudimos parar en uno de aquellos miradores y contrastar la perspectiva del lugar comparando la visión desde las alturas, con la experimentada a ras de superficie. El río iba dando curvas que cambiaban la orientación de la luz. Los farallones nos daban sombra en alguna de las márgenes y, hacia el final de la remada, pudimos acercarnos hasta puntos en los que arroyos de montaña desaguaban sobre el río formando alguna modesta cascada. Nuestro esfuerzo finalizó en Santo Estevo, junto a otro pantalán turístico. Los últimos kilómetros con evidente viento en contra, aunque nada exagerado. Caía la tarde y el enclave resultaba encantador. Transmitía mucha calma y vaticinaba una apetecible singladura. Aquello no había hecho más que empezar.

Momento de iniciar la primera etapa.


El grupo avanzando por el Sil.


Rocío y Mix en primer plano. Remamos rodeados de viñedos.


En plena Ribera Sacra.


Nuestra especialista conduciendo una cata fluvial.


Panorma desde la bodega.


Los Cañones del Sil desde el agua.

Voy remando por los Cañones (Imagen: Antonio).


Galicia mágica, enigmática y misteriosa.


Arroyo que alimenta al Sil.
Los Cañones del Sil desde el Miradoiro de Cabezoas.

Etapa 2. El Miño. Orense-Presa del embalse de Castrelo. (26 km).

La logística del viaje nos obligaba a trasladar nuestros coches desde el albergue hasta Orense. A partir de aquel momento ya dormiríamos siempre en tiendas de campaña. Los vehículos se quedarían aparcados en Orense hasta el final del viaje, tras el cual, las furgonetas nos devolverían allí. En mi caso el traslado fue individual. Una nueva sesión de conducción territorial por una Galicia escondida y apartada, aunque en este caso, ajeno al concepto fronterizo, y quizás para ir entrando en ambiente, opté por los fados de Nuno da Camara Pereira.

Embarcamos en la Oira Praia de Orense, un poco más abajo de la presa de Velle. La jornada se presentaba divertida porque el río nos iba a deparar el paso por algunos rápidos de intensidad moderada. Hay que tener en cuenta que llevábamos kayaks de mar de más de 5 metros de eslora y con quilla posterior bastante marcada. Embarcaciones muy apropiadas para navegar grandes distancias en línea recta, en aguas tranquilas o con oleaje, pero difíciles de gobernar en flujos de corriente descendente. Los rápidos no presentaban dificultad, pero si generaban emoción, y propiciaron algún que otro vuelco. Como el río bajaba con el caudal algo bajo, aparecieron más secciones de rápidos de las esperadas, lo cual, a la postre, nos fue retrasando bastante, ya que los negociábamos de uno en uno y aprovechábamos para tomarnos fotos unos a otros.

Gran parte del Miño, Orense abajo, presenta termas naturales que han sido acondicionadas como lugares públicos de baño. En este caso había un par de inconvenientes para su disfrute. Por un lado un calor que no invitaba en absoluto a ponerse “a caldo”, y por otro que las restricciones debidas a la COVID-19 habían decretado el cierre de todas las instalaciones. Sin embargo, debajo de una de aquellas instalaciones termales, en las rocas por las que el agua se vertía sobre el río, encontramos una bañera de agua muy caliente, por debajo de la cual se generaban algunos chorros más templados, directamente sobre el río. Aprovechamos para bañarnos allí mismo y disfrutar del contraste del agua fresca con los chorros calientes sobre la espalda.

Tras el relajo llegó el trabajo. Sin olvidar el estilo ambiguo y poco preciso propio del lugar en donde estábamos, se nos indicó que pararíamos a comer pasado el puente, a mano derecha. Y, efectivamente llegó un puente, tras el cual, por la derecha, no había rastro de nada. Pero desde ese puente ya se veía otro más alejado. En aquel momento remaba yo con un valenciano de Badajoz (ya digo que aquí no había fronteras) que se llamaba Eugenio. Hacía largo tiempo que se había pasado cualquier hora convencional para comer. Así que seguimos remando hasta pasar bajo aquel segundo puente, tras el cual, a la derecha, tampoco había señales de nuestro apoyo motorizado. Pero desde allí intuimos un puertito… nada; y después un embarcadero. Y así, siguiendo una especie de juego de pistas falsas, acabamos viendo a lo lejos los dinámicos puntos fosforito de las camisetas de nuestras estimadas Sofía y Beatriz. Así que comimos muy tarde y muy bien en un área recreativa de unas termas cerradas (Barbantes), donde, a falta de serial televisivo de sobremesa, un ejército de señoras locales en bañador nos deleitó con la representación improvisada de una discusión femenina colectiva tradicional de la zona. “Etnografía viajera” para la cual, en algún momento, no hubiera venido mal el apoyo de subtítulos.

 La tarde resultó especialmente agradable, entre otras cosas porque sopló viento de popa. Por la derecha dejamos un complejo hostelero del que salían embarcaciones de remo de banco móvil con algunas chicas entrenando. Tenían balizada una calle de 500 metros en mitad del río. Poco después, un piragüista local pegó la hebra con alguno de nuestro grupo, y se mantuvo el resto de la tarde remando con él hasta nuestro final de etapa. Poco a poco íbamos acumulando kilómetros, y al salir de una curva nos encontramos con un auténtico campo de regatas de varias calles y dos mil metros de longitud. Hubo quién “se probó” a lo largo del mismo. Yo lo que hice fue jugar un sprint final con Dani y echar unas risas.

Pero el día me deparaba una agradable sorpresa más, tanto o más estimulante que los rápidos matinales. Y es que, al encarar el último largo antes del destino (el Parque Náutico de Castrelo), el viento arreció y apuntó casi directamente a favor, generando cierto oleaje constante. El suficiente como para, una vez lanzado el kayak, poder mantener la velocidad a costa de las olas, con apenas algo de palada ligera pero con cierta cadencia (¡qué ambiguo me he vuelto desde mi paso por el Miño!) y alguna palada asimétrica para no perder el rumbo. Total, que me lo pasé bomba “surfeando” el oleaje y viendo acercarse el pantalán de desembarco a más velocidad de lo habitual.

El proceso de porteo (recoger las piraguas, montarlas en los remolques, tomar una cerveza y partir) se demoró bastante, así que llegamos ya de noche al lugar de acampada, una agradable pradería de ribera cerca de Os Chaos (Balneario Arnoia Caldaria, debajo de Ribadavia). Cenamos de buffet en el restaurante de un balneario inmediatamente después de montar las tiendas. Al acostarnos, la noche mostraba un cielo estrellado muy intenso.

Dani


Un descanso entre rápidos.


Javier (Imagen: Antonio).


Carola (Imagen: Antonio).


Rocío (Imagen: Antonio).


Beatriz (Imagen: Antonio).


Carlos (Imagen: Antonio).


Cristina (Imagen: Antonio).


Lorenzo (Imagen: Antonio).


Teresa (Imagen: Antonio).

A punto de pasar bajo el Puente Viejo de Orense. Construido inicialmente por los Romanos, fue reconstruído en el siglo XIII, de ahí sus arcos algo apuntados.


Marian.

Un vuelco sin consecuencias.

Mix y Jaime.

Cefe.

El grupo aproximándose a las termas.

Etapa 3. Os Chaos-Presa de Frieira. (23 km).

Al día siguiente volvimos al buffet para desayunar. Tocaba desmontar campamento y empezar a descargar barcos hacia la orilla. Me puse a ello con Cefe. Es un colega de profesión con el que había coincidido anteriormente en una expedición similar por el Duero portugués, y otra vez más en el cuadriatlón de Cazalegas. Un buen tipo con el que espero no perder el contacto. La remada comenzó río arriba, un paseo previo para “recuperar” parte del río perdido con el porteo motorizado. Jaime (el simpático madrileño, de característico acento y sentido del humor castizo, que pertenecía al trío balear; insisto, no hubo fronteras) aprovechó para hacer unas tomas con su DRON. Aquel día hubo cambio de roles entre nuestros organizadores. Beatriz sustituyó a Antonio como guía en kayak. Resulta que había sido piragüista del mismo club de Zamora en el que mi amigo Keko Calderón estuvo enrolado en su etapa como deportista de élite. Conservaban un buen recuerdo mutuo, tal y como me fue asegurando cada uno de ellos.

Ya río abajo, el paisaje circundante estaba cubierto de pinos, y un potente aroma vegetal que no acabé de identificar nos estuvo acompañando con intensa presencia a lo largo de todo la jornada. El día estaba muy tranquilo y pudimos remar muy a gusto, aunque el calor fue aumentando hasta hacerse excesivo. Nos detuvimos en un pantalán para comer a la sombra de un puente bajo la línea del ferrocarril. Fue un acierto porque además de la sombra, el túnel generaba cierto efecto de corriente de aire. Antes de comer pudimos visitar Filgueira, una aldea que nos dejó varias estampas características. De esas que integran buenas fachadas con ruinas esparcidas. Casitas y casonas. Diminutos huertos aparecidos en cualquier rincón. Lavadero, santoral figurativo y magia escondida… Galicia profunda una vez más. La comida discurrió con mucho cachondeo, bastante charla, buen apetito y mucha vagancia posterior.

La remada vespertina continuó por el serpenteante embalse de Frieira, con la persistencia aromática y los pinos alrededor. La mayoría fuimos intercambiado nuestras posiciones y agrupamientos, para ir charlando y conociéndonos algo mejor. El grupo era diverso, así que cualquier conversación siempre resultaba interesante. Salvo la calma chicha del remonte inicial, disfrutamos todo el día de viento a favor. En las orillas, especialmente cuando nos deteníamos para darnos un baño, veíamos peces. El río da muestras de vida. También hay muchos troncos de árboles secos que se mantienen erguidos. Están blanquecinos por efecto del sol y se agrupan en bosquecillos orilleros fantasmagóricos a través de los cuales, en ocasiones, nos internábamos para jugar con el kayak rompiendo la rutina del avance. La tarde iba virando su color y, pese al calor, se iba haciendo cada vez más agradable visualmente.

Aquel día Mix debía desembarcar antes. Mix es, probablemente, el miembro más carismático de la expedición. Un hombre muy agradable que siempre está de buen humor, que encaja todo con optimismo y positividad, atiende a todo el mundo y ofrece interesantes temas de conversación. Era el único que remaba siempre en la proa del único kayak doble de la flota. Se sentaba allí durante las etapas y en su silla de ruedas cuando desembarcábamos. Esa era, precisamente, la causa de que en la etapa tuviera que bajarse antes, porque el lugar de desembarco final resultaba bastante inaccesible por la maleza, lo resbaladizo del terreno, etc.

El resto desembarcamos algunos kilómetros después. La etapa no resultó dura, quizás la más tranquila  del viaje. El porteo fue complicado y me supo mal no poder ayudar mucho en esa ocasión porque a la hora de desembarcar me tocó hacerlo de los últimos. Ya en terreno estable, junto a la presa, procedimos a cargar todos los kayaks porque nos tocaba un nuevo porteo motorizado. A partir de esta presa, el río ejerce de frontera entre España y Portugal. No debe de tomárselo demasiado en serio cuando a lo largo de los días siguientes algunos de nosotros, prácticamente, no nos dábamos cuenta de cuándo estábamos en un país o en el otro, lo mismo que les pasó a nuestros teléfonos. En los kayak, a partir de allí, pararíamos donde nos conviniera y buscaríamos la sombra donde la hubiese. No habría frontera para nosotros y tampoco parecería haberla para la gente con la que nos encontraríamos.

También a partir de allí los viñedos se apoderan del paisaje circundante. Lo comprobamos mientras nos llevaban por carretera desde la presa de Frieira hasta Melgaço, cuyo camping utilizamos como campamento base por dos noches. Habíamos entrado en la zona del Albariño (en  Portugal) y Rias baixas (actualmente, en Galicia).

Una vez instalados nos dimos una pantagruélica y tardía cena en el pueblo. Bacalao, exquisito y abundante. Y ¿cómo no? Regado con Albariño.

José Saramago, en su “Viaje a Portugal”, recorrió algunos tramos del Miño en el sentido opuesto a como lo hacíamos nosotros. Y llegó también a Melgaço.

“Hasta Melgaço se disfruta de un paisaje agradable, pero que no sobresale particularmente de lo que es común hallar en el Minho. Cualquiera de estos rastrojales serviría como preciosidad paisajística en tierras menos galanas, pero aquí los ojos se vuelven exigentes, no todo los contenta”.

Troncos secos.


Agrupados.


Piedras en una aldea gallega.


"Encuentros en la tercera fase (etapa) I": con nuestra guía Beatriz. Recuerdos para Keko.


"Encuentros en la tercera fase (etapa) II": con Cefe. Recuerdos para Javier.


Literalmente... debajo de un puente. (Imagen: Lorenzo).


Entre los bosques de pinos.

Etapa 4. Melgaço – A Chan Fondevilla.

Sin tener que desmontar el campamento nos trasladamos hasta la base de una empresa de actividades acuáticas en el lado español de la cuenca. Allí nos equiparon con casco, chaleco y traje corto de neopreno. Nos montaron en unos vetustos vehículos para acceder al punto de partida de lo que iba a ser un descenso en la modalidad de rafting. A mí me tocó un veterano Land-Rover conducido por un genuino exponente del carácter autóctono. Era un hombre de edad avanzada (como yo) pero indeterminada (como casi todo por allí). Delgado, fibroso, canoso y tostado por el sol. De semblante serio pero confiable, derrochaba misterio con su presencia. Se le hicieron dos preguntas indagatorias y ofreció dos respuestas dignas del enigmático carácter regional. La primera fue sobre qué tal estaba el río de caudal para la práctica del rafting. La contestación fue rápida y directa: “bien”. Incluso con ampliada documentación: “ni demasiado alto, ni demasiado bajo”. Y en un alarde de generosidad informativa añadió: “buena para el rafting”. Ante tal muestra de derroche informativo, el grupo no tuvo más preguntas hasta que algunos empezamos a hablar sobre los Land-Rover en general y aquel en particular. Y alguien se atrevió a preguntar cuántos años tenía aquel. Como respuesta obtuvimos todo un máster en utilización gallega del lenguaje en el ámbito de la información y los procesos comunicativos: “bastantes”. A partir de ahí, ya sí que no hubo más preguntas.

Tras bajar al río se prepararon las dos balsas neumáticas en las que nos ajustaríamos. Mix con seis compañeros y un patrón de la empresa irían en una, y otros ocho, con otro patrón, en la otra. A mí me tocó en la segunda. Las balsas pueden con tal cantidad de gente, aunque, a la hora de remar, se notaba que hubiera sido mejor con seis (o incluso cuatro palistas por bote), pues con cuatro en cada banda la amplitud de palada se veía reducida y encajonada. De todas formas aquello era lo de menos, ya que durante los remansos aprovechábamos para comentar las incidencias, establecer batallas de agua con los otros botes o intercambiar posiciones entre nosotros. La experiencia fue muy divertida. Esa parte del río hubiera sido intransitable para nosotros en piragua. Y hubiera sido una pena, ya que el curso por allí es francamente bonito y diferenciado. Es muy estrecho porque no está embalsado, y presenta multitud de rocas a los lados y en medio de la corriente. El agua corre alternando remansos placenteros con pequeños saltos que forman rápidos con olas importantes, rebufos y remolinos. El patrón jugaba a disfrutarlos, tanto bajándolos, como aprovechando algunas contracorrientes para volver a aprovecharlos en posiciones diferentes. Además, a lo largo de gran parte del trayecto, las orillas estaban repletas de muros oblicuos, levantados mucho tiempo atrás para canalizar el remonte de la lamprea cuando desova en verano. Buscando el pez la ventaja de la contracorriente orillera, se mete por esos muros, donde los pescadores colocan sus redes con forma de conos sucesivos, de las cuales las lampreas no pueden ya salir. Tan peculiar pez, que recuerda a las anguilas y que no suele despertar reconocimiento estético entre el público general, representa todo un patrimonio cultural y antropológico en la comarca. No sé si me hubiera satisfecho su ingesta o no, pero la verdad es que no tuvimos ocasión de probarlo. ¡Una lástima!.

Nos dimos varios baños voluntarios durante el descenso con las balsas. Incluso en los remansos, la corriente nos iba trasladando placenteramente río abajo. En uno de ellos la gente aprovechó para saltar desde una peña de cierta altura. Ante la llegada del último rápido, los patrones nos propusieron experimentar un vuelco premeditado. Los voluntarios nos sentamos muy agrupados en la popa de una balsa, dejando a Mix con algún que otro compañero en la otra balsa. El asunto consistía en afrontar un rápido de dos grandes badenes consecutivos, intentando acumular el mayor peso posible atrás. Tras el primero muchos pensábamos que la lancha no volcaría. Sin embargo, con la inercia y bamboleo provocados, el segundó generó un efecto potenciado, puso la balsa vertical y todos caímos al agua entre risas y jolgorio. Fue una despedida divertida de la actividad.

Creo que el tramo de río que descendimos mediante el rafting, sería entre Cequeliños pocos kilómetros por debajo de la presa de Frieira, y Barcela. El regreso en los Land-Rover fue ya mucho más corto. Pudimos ducharnos allí mismo, cambiarnos de ropa y regresar a nuestro campamento en Portugal. Ese día celebramos una contundente barbacoa que fue imposible de terminar. Corrió el vino e incluso el Oporto. Después, y con una sobremesa excesivamente calurosa, llegó la siesta para algunos, y el único momento de lectura del que tuve posibilidad en todo el viaje para mí. Más tarde se produjo la dispersión. Diferentes grupos tomaron distintas decisiones para pasar el resto del día, la tarde y la cena. Yo me uní a quienes optaron por ir a bañarse al río. El paseo fue un pelín excesivamente largo para mi gustó, aunque atravesaba los jardines de un regio balneario clásico y los viñedos de albariño de una hermosa quinta, hacía demasiado calor a esas horas. Llegados al río, el grupo sufrió una nueva escisión. Mientras unas decidieron cruzar a España a través de un puente elevado, en busca de una playa mucho más cómoda, otros nos quedamos en la orilla portuguesa, metiéndonos inmediatamente en el agua para refrescarnos. Enseguida reconocimos el lugar como uno de nuestros pasos del rafting matinal. El baño era posible, con precauciones, entre dos rápidos. Había mucha corriente aparente en el remanso, pero la distancia entre ambas orillas (y países) apenas alcanzaba los diez o quince metros. Javier no dejaba de pensar en cruzar a nado. Lo veía factible. Yo también lo veía posible, sin embargo, ante la duda, me parecía oportuno evitar riesgos que comprometieran a terceros. Unos chavales nos sacaron de dudas al tirarse desde la otra orilla, cruzar nadando sin problemas y repetir la misma operación desde la nuestra. Ante tan fácil maniobra, nuestro amigo balear no lo dudó, y poco después lo replicamos Dani y yo. Nadando y cambiando de país en las dos direcciones. Primero la ida y más tarde, tras un salto desde una roca, el regreso. Desde luego que allí, a remojo, en bañador, bajo un largo y generoso puente señalizado con elocuentes símbolos fronterizos, no se sentía frontera alguna. Una prueba más de que, en demasiadas ocasiones, las convenciones y los sistemas organizativos humanos encorsetan nuestras vidas y se alejan del sentimiento y el comportamiento natural de las personas.

El retorno paseando fue ya más llevadero por lo avanzado de la hora. El colectivo seguía disperso y algunos fuimos al pueblo para repetir cena en el restaurante de la noche anterior aunque, en esta ocasión, en plan muy ligero. El día culminó con una noche bastante ventosa.

El grupo al completo antes de iniciar el descenso de la cuarta etapa. (Imagen: Arrepions).

Aquí disfruto en proa. (Imagen: Arrepions).

El resto del grupo en la otra balsa. (Imagen: Arrepions).

Nuestra embarcación. (Imagen: Arrepions).

¡Splash!. (Imagen: Arrepions).

Buscando el vuelco final. (Imagen: Arrepions).

Constante ambiente termal. Esto es en Melgaço.

Etapa 5. (Santa Mariña) As Neves – Amorín. (27 km).

Tras el desayuno vino el consiguiente porteo motorizado, que, por cierto, sería el último. Este tipo de porteos no son la mejor opción en un descenso de varios días, pero, en el caso del Miño no queda otro remedio. En parte debido al tramo de rápidos intermedios, pero, sobre todo, por culpa de las presas existentes, las cuales no disponen de esclusas.

Embarcamos en un área recreativa de fácil acceso y empezamos a remar. El río nos sorprendió gratamente con algo de corriente a favor y hasta algún rápido sencillo. Algunos kilómetros aguas abajo hubo un conato de parada que el grupo no acabó de asumir. Fue a la altura de Monçao. Ante la duda permanecí atrás en la orilla portuguesa, donde Antonio hubiera pretendido una parada con visita a la localidad. Aproveché la ocasión para pedir permiso para hacerlo por mi cuenta, y ante su respuesta afirmativa le sugerí que no haría falta que me esperaran.

Monçao es una típica localidad portuguesa de tamaño relativamente pequeño, enmarcada en una sólida y angulosa fortaleza formada por diferentes secciones amuralladas, algunas de ellas concéntricas. La localidad recibió, en 1261, un fuero de parte de Alfonso III de Borgoña, hijo de Doña Urraca, de quien se cuentan varias historias apócrifas de su paso por mi tierra y los pueblos de mis padres en la cuenca del Besaya. Y fue otra mujer, Deu la Deu Martins, en su día esposa del alcalde de la ciudad, el personaje histórico más relevante de Monçao. Se cuenta que en pleno sitio castellano, cuando la población ya penaba a causa del hambre, mandó cocer unos panes con la escasa harina que quedaba, y con varios de ellos en los brazos ascendió hasta una torre espetando a los castellanos:

“Vosotros, que no podéis conquistarnos por la fuerza de las armas, habéis querido entregarnos por hambre. Nosotros, más humanos y porque, gracias a Dios, estamos bien provistos, al ver que no estáis hartos, os enviamos esta ayuda y os daremos más si lo pedís”. (Wikipedia).

Dicen que ante la supuesta evidencia, los castellanos decidieron abandonar el sitio. Y la verdad es que desde las murallas hay un buen panorama, al menos del Miño y sus proximidades. Me dio tiempo para pasear un rato por alguna de sus murallas, aproximarme a fotografiar un monasterio de fachada encalada y esquinas de sillería, y dar una vuelta en torno a una de las iglesias del casco antiguo. Después, sin perder tiempo, regresar a la piragua y remar con ganas y sin paradas para tratar de unirme al grupo sin provocarle esperas. Tengo que reconocer que, en la persecución, se me planteó una duda ante lo que frontalmente aparentaba ser una isla. No sabía muy bien por donde enfilar mi proa y tiré de intuición, lectura del paisaje y, no sé si llamarlo así, sentido de la experiencia. Opté por el canal izquierdo y acerté. Algo de tiempo después, entre meandro y meandro acerté a vislumbrar las lejanas figuras de los más rezagados del grupo. Finalmente me uní a ellos en el preciso momento en el que desembarcaban bajo la torre de Lapela.

El torreón está completamente restaurado por dentro y se puede visitar. Hay en él algunas infografías luminosas con información histórica, y permite el acceso a su planta superior exterior, desde donde hay un magnífico panorama del Miño. La torre es el único vestigio de una fortaleza más amplia que se erigió como punto estratégico de control de la “Raya” (¡fronteras!). Sin embargo, en diferentes fases de abandono, el conjunto se fue deteriorando y parte del resto de sus paredes fue utilizado en la construcción de algunas casas de la localidad. El pueblo bajo sus pies es modesto, tranquilo y encalado en blanco. Visitamos su único bar para refrescarnos antes de seguir. Aunque la torre se ha quedado prácticamente sola con respecto a otros inmuebles anejos de su misma época o cierta apariencia antigua, no pude evitar acordarme de la novela “La ilustre casa de Ramires”, que, como todo lo que he leído de José María Eça de Queirós, me gustó y divirtió mucho. La torre de la novela es de ficción, aunque era costumbre del autor escribir basándose en enclaves geográficos locales, tornándoles los nombres ligeramente, o desplazándolos algo de sitio. En el caso de la torre de la novela, podría estar situada en algún punto ubicado entre el curso del Duero y del Miño. En ocasiones, durante la lectura, da la impresión que bastante más cercana hacia la costa, mientras que en otras, tratando de imponerse sobre tierras zamoranas. La novela transcurre combinando dos épocas paralelas vividas dentro de una misma familia portuguesa de abolengo. A ratos en plenas escaramuzas medievales, en otros planteando maniobras políticas regionales a finales del siglo XIX.

Volviendo al viaje, al agua y a las palas, nosotros seguimos nuestro camino, río abajo. Comimos, como casi todos los días, en las mesas de camping, dispuestas alrededor de las furgonetas y con un puesto de servicio que nuestros organizadores (Antonio, Sofía y Beatriz) habían adaptado cuidadosamente para cumplir con los protocolos de prevención ante la pandemia. A estas alturas ya se me va olvidando cada vino de acompañamiento al menú. La mayoría de ellos locales, aunque un día fue un buen tinto de Toro. Aquel día, la sombra nos la proporcionaron unos árboles muy altos, y bien poblados de hojas, que daban cobertura a un parque con abundancia de mesas y bancos de sólida piedra. En Galicia no se escatima con la piedra. Creo que, preferentemente, el granito. Al menos a lo largo de toda la cuenca de nuestro viaje. Hay casas construidas con mucha piedra, ruinas en las que la piedra parece permanecer para siempre, bancos y mesas públicas de piedra, y hasta “estacas” de piedra pinadas a modo de cerramientos, o levantadas verticalmente sin más, formando misteriosas hileras, a saber con qué enigmático sentido. No es cosa de preguntar, es Galicia, magia, enigma y misterio por cualquier esquina o rincón. Después de comer, algunos nos fuimos a tomar un café al bar del pueblo. A continuación me bañé durante largo tiempo porque, realmente, hacía muchísimo calor. Incluso tuvimos tiempo de sestear encima de alguna de las mesas. Tras la sobremesa y sobre un cauce cada vez más ancho, afrontamos algunos tramos rectos hasta alcanzar, por la orilla derecha, la localidad de Tuy.

No hubo tiempo para visitarla, y es una pena porque su catedral tiene fama, y la apariencia de la ciudad desde su ribera es atractiva. Había allí pantalanes con algunos barcos de recreo y cierto ambiente callejero. Tuy tiene mucha historia a cuestas, y algunas secciones amuralladas que datan de épocas bien diferentes. Parece ser que nació como un conjunto de castros vinculados a un recinto amurallado algo mayor. Fue invadida por romanos, árabes y normandos a lo largo de diferentes épocas y mantuvo una severa actividad bélica con Portugal como punto fronterizo estratégico. Ahora, que somos (o parecemos) más civilizados, está hermanada con su vecina Valença do Minho constituyendo un proyecto de lo que se denomina eurociudad. Aquí también, como ocurría en Cantabria, los últimos habitantes asediados por los romanos, optaban por envenenarse por métodos vegetales, antes de dejarse capturar como esclavos.

Caía la tarde y el recorrido se hacía entretenido porque saliendo de Tuy ya podíamos ver Valença en la otra orilla. Y de frente, un elegante puente sobre el río. Como cada jornada, a medida que la tarde avanzaba, la luz se hacía más cálida, mientras que la temperatura iba siendo más soportable. El colorido se enriquecía, se hacía menos duro y sin el brutal contraste entre las sombras y las luces que se produce durante las horas centrales del día.

“Falta ya poco para acabar el día. El viajero sigue a lo largo del Miño, pasa por Vila Nova de Cerveira sin pararse, y es una lástima, y por Valença, quiere ganar lo que queda de luz y de aire libre. Ahí está el muro de la terraza del mayorazgo de Pias, con su cruz inclinada, y más allá se toca el río casi con la mano entre un bajo de vides enramadas. Cerca de Monçao, el viajero toma la carretera que lleva a Pinheiros, sólo para ver, por fuera una vez más, como un pobre de pedir, el Palacio de la Brejoeira, con su amplia explanada, tan inaccesible como el Himalaya, con avisos de que la policía vigila ojo avizor la propiedad. Planteada la cuestión en estos términos, y vista la desproporción de fuerzas, el viajero emprende la retirada. Más allá tendrá su premio, cuando al borde de la carretera encuentre un plátano todo amarillo. El sol bajo atraviesa las hojas como un cristal, y entonces, sin temer ataques por la espalda, el viajero se queda contemplando el árbol gratuito, mientras la luz aguanta. Cuando entra en Monçao se encienden las primeras farolas”. (José Saramago).

Lo dicho, en los tramos que coincidimos con el escritor, lo hicimos en sentido opuesto. Él viajaba en coche buscando arte y patrimonio portugués. Nosotros remando, al acecho de aventura natural. Pero coincidimos en más de un aspecto. En la atención a las eventuales sorpresas deparadas por el paisanaje local y, muy especialmente, en la falta de tiempo para poder contemplar y visitar todo. ¡Demasiado Portugal, demasiado Miño y demasiada riqueza para un único viaje que no se detiene!.

Estuvimos remando así bastante tiempo, avanzando durante algunos kilómetros, muy atentos a nuestra orilla derecha, para evitar saltarnos el punto de encuentro con nuestra asistencia. Tras un buen rato de ribera boscosa, encontramos una rampa de hormigón por la que se accedía a una zona de esparcimiento en la que todavía había gente pasando el día. Esperamos a que se fuera desalojando para montar las tiendas de campaña. Una vez instalados nos dimos un buen paseo ascendente hasta llegar a una tapería local en la que habían encargado nuestra cena. Nos instalaron en una larga mesa en un patio. Dos mujeres se encargaron de darnos muy bien de comer. La mayor de ellas parecía ser la dueña del local. Una señora baja y de edad avanzada aunque indefinida. Canosa y de práctico pelo corto. Con cara de muy lista, atenta, observadora y trabajadora. ¿El acento? Muy marcado. La ayudaba otra mujer bastante más joven, de aspecto mucho más contemporáneo en su atuendo colorido y con su melena rizada. Se movía de forma menesterosa entre el fuego cruzado de nuestras solicitudes y las más que probables instrucciones de su jefa de puertas adentro. Fue amable y servicial, y entre una y otra supieron proporcionarnos una cena generosa, variada y entretenida, con mejillones, una excelente tortilla de auténtica patata gallega y bastantes variantes de carne de cerdo. Mención especial merece el vino, un Rias Baixas sin etiqueta, de producción local, del que acabamos comprando algunas botellas para llevarnos a casa. Todo, cena y vino blanco, a precios francamente contenidos.

El paseo de regreso, ya cuesta abajo, sentó bien, se hizo con el grupo completo y el apoyo lumínico de nuestras linternas y frontales.

Un rincón de Monçao.


Viñedos Rias Baixas y el Miño desde la torre de Lapela.


Viñedos de Albariño y el Miño que se dirige hacia el Atlántico.


Hórreos "gallego-portugueses" al pié de la torre.


La torre de Lapela.


Remando por Tuy al caer la tarde.


Observo Valença casi desde Tuy. (Imagen: Cefe).

Etapa 6. Amorin – Desembocadura del Miño. (24 km).

No tocaba recoger campamento porque el equipo de apoyo iba a aprovechar para desinfectarlo todo, así que repetimos el paseo de la víspera para ir a desayunar a la tapería. De regreso, piraguas al agua e inicio de lo que acabó siendo la etapa más dura de todo el viaje. Todo fue bien durante la primera mitad de la mañana. Remamos bastante sin que apenas afectase la marea, con las aguas muy tranquilas y sin viento. Gracias a ello, avanzamos varios kilómetros casi sin descanso, hasta que Beatriz nos sugirió detenernos para reagruparnos y darnos un baño a la altura de O Pazo, bajo el pilar del último puente sobre el río. Ya estábamos finalizando el chapuzón cuando me sorprendió ver la bandera de popa de una motora mostrándose plenamente estirada a causa de un viento que, por primera vez en mucho tiempo, soplaba en dirección opuesta a nuestra marcha. Fue comentarlo un poco entre nosotros y transformarse aquello en una corriente de aire bastante poderosa. Al reiniciar la remada, Beatriz comentó que, en un ligero estrechamiento algo más adelantado, nos fuéramos pasando hacia la orilla portuguesa porque sería en ella donde finalizaría la ruta.

El viento era cada vez más fuerte y no había estrategia de rumbo posible para librarse de él. Me puse en modo “trabajo sin descanso + mente centrada en la tarea” y fui remando tras la estela de tres compañeros que iban por delante, aunque todos bastante separados, cada cual negociando el oleaje y la lucha contra el viento como podía o creía oportuno. La comunicación, entre el viento reinante y las distancias de kayak a kayak, resultaba imposible. Después de bastante esfuerzo y poco avance, alcanzamos ¡por fin! Un recodo con arbolado que marcaba el mencionado estrechamiento. En realidad el río se mantenía bastante ancho, pero es que, a partir de aquel punto, el estuario se iba a ir abriendo progresivamente, separando más y más ambas orillas. Yo seguí a lo mío superando, muy lentamente, una isla fluvial. Las referencias frontales parecían no llegar nunca, y había momentos en los que, al mirar hacia la orilla, daba la impresión de que apenas se avanzaba pese al esfuerzo. Perdí de vista a otros compañeros y continúe remando y ajustando el kayak con las caderas ante el oleaje.

El tiempo corría en contra nuestro. En el horizonte se iban sucediendo pequeños “cabos” que tardaban mucho en ser alcanzados. Y después de cada uno de ellos surgía otro más. Interminable. Hubo momentos en los que se echaba un poco de menos el cubrebañeras, pero no tenía ganas de detenerme y bajarme del kayak para sacarlo del compartimento estanco y ponerlo, porque cualquier parada o maniobra no propulsora implicaba generar bastantes metros de retroceso. En un momento dado, enfilando hacia el “cabo” de turno, distinguí el paso de una de nuestras furgonetas con el remolque. Aquello significaba que no me había pasado y que quizás finalizásemos allí. Así que seguí remando. Al llegar a aquella referencia, que era Caminha, desembarqué en un rampa junto al punto de atraque del ferry que da constante servicio entre aquella localidad y Camposancos. Subí al paseo marítimo y lo recorrí un buen trecho atendiendo para ver si veía aparcada la furgoneta. Tras un rato parecía evidente que aquel no era el destino final, así que me di media vuelta, saqué algunas fotos y me fui a comprar una Coca-cola a un bar del puerto. Me la bebí mientras veía una maniobra de arribada del ferry, y esperaba a que dos compañeros llegaran hasta allí. Eran Carlos y Dani, dispuestos a continuar. Cuando ya estaba de nuevo sentado en la bañera llegó también Lorenzo. Traía noticias: Sofía esperaba en el chiringuito del puntal de arena de la desembocadura final, pero él no tenía intención de continuar, y la furgoneta había iniciado ya una ronda de recogidas en distintos puntos del estuario de desembocadura.

Así que nosotros tres seguimos remando para comprobar, gratamente, que, a medida que nos acercábamos al puntal de arena, el viento iba amainando progresivamente. De hecho, cuando alcanzamos la playa apenas soplaba. Se ve que era un fenómeno más propio del estuario y del río, que del borde marítimo de la costa. Por recomendación de Sofía, remamos bordeando el arenal para salir del todo al Oceáno Atlántico, donde ya no había ni brisa. Desde allí se veía la isla amurallada de Ínsua. Estábamos contentos. Cansados pero satisfechos. Disfrutamos del momento antes de regresar a la parte interior del arenal, desembarcar, dejar los kayaks en un punto accesible y ducharnos en la playa. Más tarde llegó el reencuentro colectivo y una última comida conjunta a base de pollo. La comida se celebró realmente tarde y, entre pitos y flautas, no logramos volver a Orense hasta las diez de la noche. Así que allí las despedidas fueron demasiado cansadas y atropelladas, porque cada cual tenía en la cabeza como resolver sus problemas o cambios de planes para regresar a casa.

Entre islas, afrontando la última etapa.


Un detalle de Caminha.


El ferry entre España y Portugal.


Momento de salida al Atlántico. (Imagen: Sofía).


Posando en el océano con la isla Ínsua a la izquierda. (Imagen: Sofía).

Hacía bastante tiempo que tenía ganas de descender el Miño. Un año estuve tentado de hacerlo por mi cuenta con un amigo. Al final lo descartamos porque a la hora de buscar información nos encontramos con muchas dudas con respecto a sus tramos de rápidos y a sus presas. También llegó a mis manos una publicación del Ministerio de Cultura titulada “Conoce el Miño”. Es una guía de navegación pensada para su descenso en piraguas o canoas. Pertenece a una serie que, en 1988, el ministerio publicó con la fantástica idea de tratar de promocionar los viajes fluviales de aventura. De hecho, en todas ellas figura el eslogan “Deporte para todos”. Lamentablemente, aquella iniciativa no tuvo, prácticamente, eco alguno ni continuidad. Los ríos no suelen resultar demasiado accesibles en España para su descenso turístico. Presentan pocos recursos-servicios asociados, muchas limitaciones normativas, bastantes barreras burocráticas y muy poca información de navegación fiable y actualizada. Como no podíamos fiarnos de una guía publicada treinta años antes, desechamos la idea. Sin embargo, tras una experiencia previa con Zamora Natural, y al enterarme más tarde que ofertaban este viaje combinando el Sil y el Miño, quise aprovechar la oportunidad. La experiencia no solo no me ha defraudado, sino que me ha encantado.

Pero, además del río, hay otros aspectos que son inseparables de la experiencia viajera. Uno de ellos es el componente humano, que en este caso ha estado a la altura del magnífico viaje. Cuando en un colectivo aparece un grupo amplio ya formado, que se encuentra con otros individuos que acuden allí solos o en pareja, es fácil que el grupo mayoritario, inconscientemente, se haga dominante y mediatice la dinámica colectiva. No ha sido ese el caso con nuestros compañeros de Zaragoza (y San Sebastián), lo cual dice mucho en su favor. Encontré en ellos gente abierta, comunicativa y colaboradora. Fue un placer. Y así ocurrió con todos los demás, con los que he ido nombrando en el relato, y con Rocío, Marian, etc. Aprendí mucho de todos ellos. Desde aquí muchas gracias. Lo mismo que a nuestro equipo de dirección y asistencia.

Otro aspecto importante es la inmersión cultural y social que el viajero hace por allí por donde pasa. Cuando es viaje es nómada, como en este caso, la profundización en las relaciones con los habitantes de los lugares resulta muy leve, es pasajera. En nuestro caso tuvimos muy poco contacto con los habitantes de las riberas del Miño. Pero vimos sus casas, sus aldeas, algunas pistas sobre la (escasa) utilización del río, probamos su comida, contemplamos su paisaje, sus termas, sus áreas recreativas, admiramos sus viñedos y bebimos sus vinos, preguntamos ocasionalmente y nos contestaron (más ocasionalmente aún), escuchamos su voces, sus lenguas y sus acentos. Creo que acertamos a percibir sus ritmos vitales y comprobar a qué dan importancia y a qué no respecto a la estética de su entorno. Sé que hubiera hecho falta mucho más tiempo y conexión, pero mejor esto que nada. Una triple conclusión me queda clara: me agrada Galicia, me encuentro muy a gusto en Portugal y me entusiasma viajar río abajo.

Final del viaje. (Imagen: Marian).