viernes, 7 de junio de 2013

23. VIENA (AUSTRIA)

“La mayoría de los hombres poseen escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles; más si un día, ante sus ojos y en una proximidad palpable, acontece algo insignificante, estallan inmediatamente en una pasión desmesurada. Entonces, en cierto modo, su apatía se trueca en vehemencia frenética y extemporánea”

Stefan Zweig ("24 horas en la vida de una mujer")

Para alguien que se ha pasado toda la vida disfrutando del esquí y considerando su práctica no competitiva como la actividad deportiva más placentera para ocupar su tiempo libre, Austria ha supuesto siempre uno de esos destinos idealizados, a los que uno siempre sueña con ir. Lo curioso del caso es que, después de todo, hasta el momento no he estado esquiando allí nunca. Sin embargo sí que he viajado un poco por Austria, pero… en verano.

Hace ya muchos años (más de un par de décadas) cruzamos el país en una Suzuki 500, cargados de maletas y bolsa de depósito, en medio de un largo viaje de bodas que recorría gran parte de Europa en moto. Así comprobamos que se trata de un país con dos territorios completamente diferenciados: la parte alpina y el resto ocupado por extensiones completamente llanas y surcadas por el Danubio con todo su generoso caudal. Nuestras paradas con pernocta se limitaron a las que quizá sean sus tres ciudades más turísticas: Innsbruck, Salzburgo y Viena. De la tercera hablaré después, sobre las otras dos me voy a permitir unos breves comentarios.
Innsbruck es la capital del Tirol austriaco, es una ciudad extensa, alejada del concepto idealizado que pudiéramos tener desde aquí de lo que imaginamos que es una ciudad alpina dedicada a los deportes de invierno. Fue sede de unos Juegos Olímpicos. Aquellos que comenzaron con la medalla de oro en descenso conseguida por su héroe local Franz Klammer (recuerdo que lo vi en directo por la televisión, me pilló en plena adolescencia). Allí visité el museo de los juegos Olímpicos de invierno, la verdad es que es bastante poca cosa; y otro amplio y sorprendentemente interesante, y cargado de contenido, sobre la etnografía propia de los Alpes austriacos, que nos aportó mucho más. Innsbruck tiene un centro callejero muy coqueto, del que además sale una sucesión de tres teleféricos consecutivos que en pocos minutos te dejan realmente alto y en el corazón de los Alpes, muy por encima de los 2000 metros de altitud. Sales de la cabina y estás, si lo deseas, haciendo “trekking”. A la ciudad llegamos atravesando un puerto de montaña muy bonito desde Munich, un pasaje recomendable: bosques alpinos, montañas, enormes casas de madera parcialmente forradas de leña y cristalinos y ajetreados ríos que se precipitan por las laderas, escavan valles y muestran ese azul turquesa característico del deshielo glaciar.
Salzburgo es completamente diferente. Está en las llanuras, no lejos de las montañas, pero no en ellas. Es una ciudad antigua, dominada por un promontorio rocoso vertical sobre el que está edificada su característica fortaleza. Salzburgo tiene mucho ambiente en verano, es un destino turístico habitual y hay mucha gente ociosa por la calle. Es una ciudad vinculada a la música y con oferta de festivales. Pasear con calma por allí es motivo sobrado para su visita, así como tomar el funicular que da acceso a la fortaleza, desde la cual se disfruta de generosas vistas.

Antes de referirme a la capital austriaca, permítaseme una anécdota minúscula. Hace unos pocos años asistí a un curso para docentes, de esos que sostiene la Unión Europea, a través de la Agencia Sócrates, que se celebraba al sur de la República Checa. El curso trataba sobre educación en el entorno natural, aunque resultó bastante pobre, todo hay que decirlo. Era en régimen de semi-campamento, en una especie de albergue de campo. Una tarde nos la dieron libre, y un pequeño grupo de asistentes pedimos prestadas unas bicicletas a la organización y un plano detallado de la zona. Así pertrechados, pedaleamos por llanuras de campos verdes y entramos en zonas boscosas de altos abetos, con alguna que otra loma. Finalmente, accediendo por alguna pista forestal acabamos encontrando una senda balizada, que en un puente de madera sobre un diminuto arroyo en medio del bosque… alcanzaba un paso peatonal y natural a la frontera con Austria, pasé ambos pies y nos hicimos alguna foto antes de regresar. Ese ha sido mi segundo paso por aquel país, hasta el momento.

Pero de lo que más voy a hablar hoy es de Viena. Y es que muy cerca de esta ciudad es donde se celebrará en próximas fechas la Velo Veritas, una de mis citas “clásicas” de este año. Una cita que por cierto me preocupa un poco, pues su recorrido alcanza la nada despreciable (al menos para mí) cifra de 170 km, distancia que hace siglos que no completo en una jornada. La ruta discurrirá por un territorio de viñedos, una zona rural de la Austria llana, en donde se elaboran sus vinos de mayor fama. Entiendo (quizá me equivoque por ignorancia) que preferentemente se trata de blancos, tal y como ocurre, aún tratándose de cuencas diferentes, con los principales vinos alemanes de la ribera del Rhin. Ya daré cumplida cuenta de mi impresión del paisaje, la zona y a ser posible los vinos. Pero ello será al regreso de la ruta. Ahora, voy a centrarme en Viena.


Viena es una capital europea cargada de historia y de personajes. Sus edificios dan muestras de haber acogido como sede de reinado a algunas de las dinastías monárquicas de mayor influencia en la historia europea. Viena fue el corazón del imperio austro-húngaro y a lo largo de su historia (para bien y para mal) ha estado vinculada o ha sido considerada como un puntal estratégico para la política de algunos otros “imperios”. Por sus amplias calles podemos visitar numerosos palacios y edificios oficiales, salas de conciertos, jardines y museos. De su época clásica hay tres referentes que me llaman poderosamente la atención y me causan gran admiración:

1. WA Mozart. Probablemente el compositor musical más prolífico y genial que haya existido. Su música me hace disfrutar, y aunque la escucho muy de cuando en cuando, no deja de sorprenderme y hacerme gozar de nuevo cada vez. La casualidad hizo que estando allí, pudiéramos visitar una macro-exposición especial sobre Mozart, a través de sus instrumentos, viajes, sonidos, inventos, partituras, etc. Me parece absurdo emplear esfuerzos en hablar sobre el que quizás sea el genio de la música más conocido en el planeta, por lo que el asunto lo doy por zanjado.

2. El concierto de año nuevo de la orquesta filarmónica de Viena. Es una de mis citas televisivas de cada año (¡y tengo muy pocas o casi únicamente esa!). Cada uno de enero, desde hace algunos años, me instalo sólo en casa, y preparo la comida para la familia. Hago un menú degustación a base de crepes. Todos con rellenos salados excepto el último, que es dulce y nos sirve de postre. Para beber, cava rosado muy seco. A mis hijos les encanta esta comida, no puedo librarme de ella. A mitad de los preparativos, paro o trabajo un poco delante de la televisión y me veo entero el concierto. Me fascina todo el espectáculo: la música de la familia Strauss; la realización televisiva; la sala tan barroca, luminosa y palaciega; la elegancia del público; el tradicional protocolo de los momentos típicos del concierto (brindis incluido); las escenas de ballet que lo acompañan o los documentales que incorporan en algunas piezas y en el descanso; hasta el personal estilo que nuestro locutor nacional sostiene durante la retrasmisión. Un placer asequible y positivo para comenzar cada año. ¿Ir allí algún año? Ni me lo planteo… por ahora me conformo con dar las palmas de acompañamiento durante la marcha Radetzky desde casa, y ponerme una chaqueta austriaca para comer en nuestra mesa decorada para la ocasión.




3. La Escuela Española de Arte Ecuestre. Se trata de una de las academias de equitación de doma clásica más famosas del mundo. Su estilo es tan clásico que resulta anterior a lo que en el deporte de la equitación se entiende por doma clásica como disciplina de competición, incluso olímpica. Su origen entiendo que proviene de las escuelas españolas que junto con el arte de la esgrima, y algún otro conocimiento militar, debieron extenderse por Europa en aquella época en la que la cabeza del Imperio la ostentaban nuestros antepasados. Esta Escuela se dedica a la realización de espectáculos de doma con música, en un picadero que no desmerece en absoluto a la sala de conciertos anteriormente aludida. Los jinetes montan o trabajan las monturas en uniforme militar de estilo napoleónico, con trabajadas coreografías y espectaculares cabriolas al son ¡cómo no, en Viena! de la música clásica. Una delicia. Yo sólo lo he podido disfrutar en documentales porque precisamente en verano, cierran. Los caballos utilizados son todos completamente blancos. Son de raza Lipizzano, la cual es criada por la propia escuela y en la que se descartan los ejemplares que al crecer no cumplen este estándar cromático (curiosamente al nacer son todos oscuros).

Pero Viena, al menos para mí, no es sólo clasicismo, ni mucho menos. Los que estén interesados en saber del Danubio, del Prater, de los míticos cafés y de tantas otras cosas, mejor que se lean una guía o consulten páginas web especializadas. Como ya se habrán dado cuenta mis lectores hace tiempo, yo sigo siempre a lo mío. Y en este caso lo mío nos va a llevar a derroteros más modernos. A ello vamos…

Viena fue el escenario vital de Sigmund Freud (pese a que él naciera en la República Checa). El padre del psicoanálisis y el germen de toda una revolución en la forma de pensar de la las personas. No sólo de psicólogos, filósofos, terapeutas o pedagogos; sino de toda la cultura y ciencia mundial. Tal y como pasara con tantos otros personajes ilustres (Darwing, Einstein, Colón…) podemos decir que hubo un antes y un después en el funcionamiento y pensamiento de este mundo como consecuencia de sus aportaciones. A Freud me ha tocado estudiarlo durante años, casi siempre de forma poco profunda por la especificidad de mis diferentes materias de trabajo, pero su obra siempre ha estado ahí. Tal es así, que pese a llevar más de 25 años de vida profesional, me encuentro precisamente ahora sumergido en un curso internacional sobre sociología deportiva, y en él, agazapado en el tema uno, a la mínima oportunidad ya ha saltado a la palestra nuestro personaje con sus teorías, el Eros, el Tánatos y demás.

Freud me sirve además para hilar la ciudad de Viena con la literatura y con la música. Su obra, el descalabro intelectual que supuso y la ruptura moral e intelectual que provocó ha sido homenajeada y referenciada por numerosos artistas. Tal es el caso de la especie de ópera contemporánea compuesta por Alan Parson’s Project: Freudiana. De todas formas me centraré más en los libros y empezaré por una novela de lo más inquietante, en la que sus protagonistas van poco a poco mostrando diferentes tipos de trastornos (o comportamiento públicamente reprobables por nuestra moral estandarizada), al más puro estilo de los casos que parecían interesar a nuestro personaje. Me refiero al “Hotel New Hampshire” de John Irving, narración en la que durante una parte importante de la misma, la historia transcurre en esta ciudad y nos da una visión espacial y temporal muy concretas e interesantes, con connotaciones políticas, revolucionaras y de personajes trastornados.

Lo de las personas caracterizadas por la expresión explícita de sus trastornos o “neuras” no parece algo fuera de lugar en la Viena cultural. Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004), es una autora radical, que relata historias personales en las que las pasiones desbocadas, desajustadas socialmente y faltas de control, aparecen en novelas que llevan un ritmo narrativo poco hilado o conectado sintácticamente, de forma que todo ello se le presenta al lector en forma de sucesivas imágenes, cual si de una película se estuviera tratando. Imágenes que cada lector va reproduciendo en su imaginación, con el acabado y los aderezos que nuestro propio subconsciente va añadiendo. Así pues no es de extrañar que alguna de sus novelas (como La pianista) haya sido llevada al cine. Es un estilo difícil, pero impactante. Aunque puestos a hablar de literatura, no puedo evitar mencionar a uno de los escritores centroeuropeos más destacados del siglo XX. Me refiero a Stephan Zweig, un verdadero talento austriaco, fuertemente vinculado a Viena y a toda Austria, de la que tuvo que salir huyendo, perseguido por el nazismo. Zweig fue un biógrafo magistral, excelente traductor, gran ensayista y autor de unas novelas cortas maravillosas. No me considero apto para detallar su talento, pero desde aquí recomiendo leerse todas y cada una de sus novelas cortas. A partir de ahí, que cada cual decida si seguir o no. Por cierto que su personalidad también acabó más bien atormentada, suicidándose en Brasil en el ocaso de su vida.

Como acabo de comentar, la relación literatura-cine es en ocasiones muy estrecha. Todos conocemos numerosos casos de adaptaciones literarias llevadas a la gran pantalla. Así ocurrió también en la película “El tercer hombre”, de Carol Reed, cinta que basada en una novela de Graham Greene, nos introduce en una compleja y oscura historia de espías en una Viena nocturna, oscura y sospechosa, de la mano de un magistral Orson Welles. Por cierto que ya que estamos en lo visual permítaseme recordar que hace pocos años se celebró algún tipo de aniversario sobre el pintor Gustav Klimt. Artista austríaco de estilo bastante singular, autor de un cuadro realmente famoso y replicado estéticamente en muy diversos ámbitos: El beso. Una obra maestra en mi opinión, de la que destaca su tonalidad dorada, su textura tan especial y diferente, y la expresividad conseguida en sus dos personales a base de una logradísima contorsión corporal. El cuadro se expone en la Galería Belvedere de Viena.

Parece que hoy vamos de arte. Sigo sin referirme a los cafés vieneses, ni al empinado mosaico de la cubierta de la catedral, ni a otros posibles atributos turísticos que la capital austriaca muestra o esconde. Pero ya que estoy en ello, voy a dar un paso más para entrar de golpe en el mundo de la arquitectura y si se me apura, hasta del urbanismo. En Viena encontramos el museo del arquitecto Hundertwasser. Lo visité en aquel lejano viaje en moto y me impresionó gratamente. Tanto el museo, como especialmente sus aparentemente descabelladas propuestas de eco-arquitectura, mediante las que este creativo personaje pretendía re-naturalizar un poco los entornos habitados de las personas. Todo ello a base de arbolado y plantación en balcones, ventanas, fachadas y azoteas. Algunos de sus ejemplos de urbanización debieron ser fuente de inspiración para los creadores de los Tele-Tubies, porque la fantasiosa residencia de estos personajes infantiles recuerda mucho a varios de los diseños del arquitecto. Autopistas semi-soterradas, suelos irregulares, mucho colorido alegre y la proliferación del césped por doquier, constituyen algunas de las señas de identidad de este espíritu creador que personalmente me impactó de manera muy positiva, pese a encontrarlo en medio de una ciudad de corte eminentemente clásico.

Siempre me acaba pasando igual. Hay días que me siento ante el teclado y parece que con excesiva facilidad me olvido del sillín, y como consecuencia de ello de los pedales y de toda la bicicleta. Me muevo entre libros, imágenes o pensamientos y me olvido de los recorridos. Así ha vuelto o ocurrir en esta ocasión, pero intentaré compensarlo, una vez más, con un cierre “ciclable”. La referencia a una de las rutas de turismo ciclista más largas de Europa: La ruta del Danubio en bicicleta. Se trata de un recorrido de 2874 kms, preferentemente llanos o incluso en ligerísimo descenso, ya que sigue el río desde su nacimiento en Donaueschingen (Alemania) hasta su desembocadura en Sulina (Rumanía). La ruta está trazada mayormente por carriles-bici, aunque ante tanta longitud y el paso por diferentes países, debe de haber todo tipo de tramos diferentes. Pasa por Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Servia y Rumanía, y evidentemente Viena aparece en mitad del recorrido. A la ruta se la supone señalizada. Yo tengo una guía de la misma, especial para cicloturismo, en cuatro tomos (me gustan los libros y los mapas…), y lo que es más importante: las ganas y el convencimiento de que si llego con salud suficiente, este trayecto sea una de las primeras actividades que llenen mi bien merecida jubilación (a la que aún le falta un rato largo…).

viernes, 31 de mayo de 2013

22. LA HISTÓRICA 2013

“Rodamos y rodamos y rodamos, con la agricultura a la espalda y las montañas al frente, y entramos en una pequeña ciudad. Por una puerta de la Edad Media con arco ojival. Abandonad toda esperanza, grito, y me veo acribillado por las miradas asombradas de los habitantes de la ciudad, cargados con las compras del sábado. No tan rápido, Bai Dan, es una zona peatonal. Y nos bajamos del tándem. Café con terraza en la plaza mayor, muchas mesas y sillas y sombrillas. Buen sitio para recobrar fuerzas”.

Ilija Trojanow (“El mundo es grande y la salvación acecha por todas partes”)

La Challenge Retro 2013 va avanzando poco a poco, pedalada a pedalada. Los paisajes y los personajes se van sucediendo, enriqueciendo la experiencia y construyendo etapa tras etapa, evento tras evento, un patrimonio inmaterial de vivencias enriquecedoras que con lo ya disfrutado hasta ahora justifica de sobra el haberme embarcado en tan singular aventura.

España tiene la suerte de disfrutar de un territorio interior muy peculiar que ocupa una buena parte de su espacio. Me refiero a la Meseta, esa enorme extensión de paisajes y parajes elevados unos cuantos cientos de metros sobre el nivel del mar y separados de él, en la mayoría de los casos, por abruptas cordilleras. En la Meseta el clima es diferente: seco, y frío o caluroso en función de la estación. Guarda una diversidad de paisajes y ecosistemas insospechada. Y una riqueza histórica y cultural envidiable. Y como no podía ser de otra manera, nuestro viaje itinerante y caprichoso, nos llevó en esta ocasión a una de las provincias que la ocupan en su zona norte: Soria.
Ya escribí sobre dicha provincia hace poco, por lo que hoy me centraré en la crónica del viaje y participación en La Histórica 2013, una experiencia estupenda. Puestos a aprovechar el desplazamiento, Myriam y yo viajamos el viernes en el coche. Y para ambientarnos y centrarnos en el “turismo interior” y aprovechando una bonita tarde, elegimos la ruta sin autovías: la que atravesando los puertos del Escudo, Carrales y el Páramo de Masa, alcanza Burgos, para después por la carretera de Salas de los infantes, acercarnos hasta Abejar. Si alguien no conoce esta forma de comunicarse con Cantabria, que no deje de probarlo, porque el paisaje es fascinante. En especial los cañones burgaleses y el vertiginoso descenso verde hacia el territorio cántabro. Además, en la actualidad presenta muy poco tráfico, lo que hace el viaje tranquilo y placentero.
Tal y como teníamos previsto, el sábado lo dedicamos a caminar por la montaña. Amaneció un día fresco pero soleado, ideal para esfuerzos de altitud. Atravesamos el embalse de la Cuerda del Pozo, que estaba a rebosar a causa de todas las nevadas invernales y de esta primavera tan generosa en cuanto a precipitaciones, y poco a poco nos fuimos acercando al aparcamiento inferior de la Laguna Negra. Desde allí caminamos hasta la famosa laguna, y una vez más (hacía más de 20 años que no regresaba hasta allí) me fascinó. Es un rincón natural realmente bello, rodeado de bosques de pinos, con la laguna encajada bajo unos farallones de granito, por los que baja alguna que otra cascada bien “nutrida”. El paraje está ligeramente acondicionado (pero con gusto) con una pasarela de madera discreta que te permite bordear una parte del lago. Aquello se asemeja a las imágenes idílicas que podemos todos evocar del Canadá (ya sea por haber estado allí o por haberlo visto en fotografías, películas o documentales). A esa hora no había mucha gente, por lo que pudimos disfrutar de ello y empezar nuestro ascenso montañero sin tumultos. Por la izquierda tomamos un sendero entre rocas, y un puente de madera nos dio acceso a una canal bastante vertical que ascendía en zig-zag por entre dos paredes de roca. Algunas manchas de nieve aún aferrada a la umbría, nos mantuvieron alerta para no resbalar, pero poco a poco ganamos altura hasta alcanzar los bloques de roca superiores, una especie de balcones naturales hacia la laguna. Desde allí la vista es grandiosa, y se puede hacer uno mejor idea de lo que supone la extensión forestal de esta comarca. A partir de allí continúe sólo. Con paso ligero alcancé los pastos superiores, mucho más llanos o de pendiente ligera, con un arbolado poco a poco menguante a causa de la altura y con cristalinos arroyos llenándolo todo de agua y sonoro gorgoteo. Durante un buen rato caminaba alternando el terreno firme con cada vez más amplias manchas de nieve. Todo el falso llano estaba rodeado de por un cordal de cumbres suaves dibujando una especie de arco por el oeste. Todas sus laderas estaban bastante cargadas de nieve, incluso había restos de aludes en las más empinadas y una cornisa volada en algunos tramos entre cumbres. A partir de determinado momento la marcha era ya completamente sobre nieve, bastante blanda, pero aún así algo resbaladiza. Ascendí hasta los 1993 metros de altura, hasta alcanzar un collado desde el que se veía el boscoso valle de Revinuesa, y de frente el pico Urbión. Allí encontré a los rezagados de un gran grupo de excursionistas que pretendían coronar la cumbre. A lo lejos se veía a unos pocos cerca de la misma, el resto aún a medio camino y bastantes dándose la vuelta por problemas de “falta de adherencia”.
 
 
 
En ese momento reconocí mi error: ¡teníamos que habernos traído las raquetas para la nieve (y por si acaso unos crampones)! Pero ¿quién lo iba a pensar? Probablemente hubiera podido coronar la cumbre de igual modo, pero yendo sólo y con Myriam esperándome más abajo, tampoco era cuestión de empeñarse en ello. Disfruté de la excursión e inicié el regreso hasta el punto de encuentro. Más tarde descendimos juntos la canal hasta la laguna, donde ya había bastante gente (mucha en realidad), así que poco a poco fuimos desandando la carretera y nos trasladamos con el coche hacia las llanuras boscosas de los alrededores de Vinuesa, para comernos el bocadillo tranquilamente. Vinuesa nos sirvió para tomar el café de sobremesa y hacer tiempo hasta la hora de apertura del Museo del Bosque. Se trata de un moderno edificio de arquitectura interesante en la que la madera y el hierro oxidado predominan. De poca altura y planta con algunos recovecos. Su contenido está dedicado completamente los pinares de la zona: al paisaje, explotación, cultura derivada, fauna, etc. Todo ello ilustrado con fotografías, algunos videos, materiales antiguos, etc. Objetivamente hay que decir que no tiene gran cantidad de material, pero su visita se hace interesante, agradable y nada cansada. Hay una especie de hall que simula el propio bosque con un grupo de columnas de tronco de árbol, que le dan un toque muy atractivo. Nos gustaron especialmente las referencias a las fiestas populares de la zona: la Pinochada (en la que cofradías de mujeres y hombres, casados y solteros bailan y se enfrentan azotándose con ramas de pinos siguiendo un protocolo tradicional). Y sobre todo la Pingada del Mayo, durante la cual el pueblo colabora para levantar un pino en el centro de la plaza, utilizando para ello sogas y un armazón de troncos finos que van apuntalando progresivamente. En otra estancia, al ver una máquina de serrar y toda la información referida a las carretas de transporte con bueyes, no pude evitar recordar a mi abuelo Toribio (a quien no llegué a conocer), dedicado precisamente (o fundamentalmente entre otros negocios rurales) al serrado de madera, fabricación de muebles y comercio maderero en general. Y no debía dársele mal en la vieja Ferrería, pues pese a morir a los cincuenta años de edad, con el patrimonio por él conseguido pudo mi abuela vivir otros cincuenta años más y acabar de dar sendas carreras universitarias en Madrid a sus dos hijos, todo ello a base de las rentas por él generadas.
 
 

El resto del día lo dedicamos a encontrarnos con nuestros compañeros clásicos y amigos. En el hotel fueron apareciendo ciclistas. Algunos desconocidos, otros, como Carles Soler y su mujer (organizador de La Pedals de Clip) “reconocidos”. Por nuestra parte por fin habíamos conseguido “liar” a gente de nuestro entorno: Marcos (compañero de fatigas deportivas ciclistas, patinadoras o lo que haga falta) que traía la Corbetta de su padre; Rogelio (amigo zaragozano conocido en anteriores proyectos de trabajo) con una Rehynol de los años 40 prestada por un coleccionista de su ciudad; Rosa (gran amiga, siempre con propuestas laborales inquietas y descabelladas) con su GAC “fashion-rosa” (antigua pero a estrenar) y Javier, quién sustituía los palos de golf por una Special que yo mismo había recuperado y restaurado a toda velocidad para que llegara a tiempo aquí; y finalmente Domi y Fernando, que con gran entusiasmo se apuntaron como acompañantes, y todo hay que decirlo, además de pasárselo genial, nos han hecho un reportaje de fotos y de vídeo fabuloso. El resto del día transcurrió con tareas de recogida de dorsales, unas cervezas, la consabida cena en el hotel y una copa posterior (de la que me abstuve por acumulación de falta de sueño).
A la mañana siguiente el sol volvía a lucir y la temperatura era algo más elevada que la víspera. Todo apuntaba a que iba a ser una excelente jornada ciclista. Mientras preparábamos las bicicletas la gente iba apareciendo por los rincones. Puede saludar a José Joel (el cubano de Alcorcón), con quién había intercambiado algún correo hace tiempo y que en la Pedal tan sólo vi de refilón. En la zona de salida ya lucían radiantes los coches antiguos, y podíamos empezar a admirar unos a otros nuestras bicicletas. El grupo fue de nuevo nutrido, alcanzando también una cifra cercana a las 150 personas. Se sucedían las fotos y los agrupamientos informales, hasta que se dio la salida. La ruta nos pareció muy bonita, con un trazado casi totalmente ausente de tráfico y de carreteras rápidas, un equilibrio muy adecuado (esto sé que es una opinión muy personal) entre tramos asfaltados, tramos de tierra y hasta algunos metros de adoquines (pavés). En casos así siempre pienso lo complicado que sería insertar tramos no asfaltados en nuestra tierra, ya que no existen pistas que se mantengan en tan buen estado de rodadura, a causa de la lluvia, tan habitual y tan rebelde a los pronósticos. Salvo un tramo con numerosos boquetes que debían ser sorteados dando espacio al de delante, el resto de pistas eran buenas para pedalear, anchas y daban un toque muy clásico al trayecto. La ruta discurría toda ella alternando campos castellanos, especialmente verdes este año, con kilómetros de pinares. Hubo algunos desniveles llevaderos y curvas serpenteando entre la masa de árboles.
 
Foto: Domi Viñas.


Foto: Domi Viñas.
 

Otro detalle que realmente me gustó mucho fue que hubiera un “carnet” o “libro” de ruta en el que sellar algunos controles de paso. Es algo que le da un toque “pionero” y “randoneur” muy simpático. Se hicieron varias paradas de reagrupamiento, y en algunos puntos estratégicos nos encontrábamos con el dispositivo de acompañantes que nos esperaban con sus cámaras dispuestas, su algarabía y sus ánimos entusiastas. Es difícil destacar detalles del recorrido. Todo él resultó agradable. Quizás algunos tramos de bosque con toboganes sucesivos, la llanura previa a Calatañazor (con un inglés de San Sebastián a rueda con su Orbea de paisano y compartiendo bota de vino), el tramo de tierra al borde del río… o desde luego, la rampa de ascenso de regreso en la que los desarrollos más clásicos hicieron que una parte importante del pelotón tuviera que echar pié a tierra.

El avituallamiento en Calatañazor fue muy festivo. El pueblo es francamente bonito y acogedor. Allí degustamos los torreznos, tortilla, cerveza, un chorizo que pese a mi abuso no ha vuelto a hacer acto de presencia “evocadora” (lo cual es síntoma indudable de su calidad) y un contundente dulce local que ríete tu de las barritas energéticas. De nuevo al conversación afloraba aquí y allá, y las fotos y las risas. Había hambre, sin duda, o ganas de comer, lo digo porque a más de uno se le pasó el control de sellado, aunque no los torreznos…
Igual que podría recordar detalles del recorrido podría enumerar personajes o bicicletas, pero entonces esto no acabaría nunca y se convertiría en un catálogo (catálogo no exento de interés y simpatía). Sin embargo no puedo evitar mencionar a dos participantes que me llamaron poderosamente la atención: por una lado una “dama” que ataviada con botines victorianos,  medias de fantasía decimonónica, bombachos (no, no es que la mirara debajo de las faldas, es que el viento y la velocidad lo muestran todo…), vestido de pic-nic y pamela; y montando una bicicleta deportiva “de mujer” de los 70-80, nos acompañó con entereza, simpatía y gran remango a lo largo de toda la ruta. Por otro lado, un joven ciclista que ni corto ni perezoso puso en funcionamiento la bicicleta de su abuelo: una auténtico “hierro sin cambios” de hace unos 80 años, en perfecto orden de marcha pero sin retoque estético ni “manicura” alguna y con una horquilla de esas cuyas curvaturas de puntas eran similares a las de los bigotes de quienes las conducían en su época.
 
Foto: Domi Viñas.
 

A lo largo de la ruta pudieron verse también bastantes averías. Algunas con solución, otras no. La más temprana sucedió en el kilómetro 3 aproximadamente, la víctima compensó el disgusto con cerveza y parada tras parada le fuimos viendo cada vez menos triste, ignoro si esto se debía al efecto de la “birra” o al vernos cara de cansados a los demás. Nuestro compañero Rogelio tuvo que retirar preventivamente su antigua bicicleta prestada porque la banda de rodadura de la cubierta trasera se fue desprendiendo de la rueda, y la llanta (original de los años 40) empezaba a correr serios riesgos; son cosas que pasan a veces también a día de hoy en la Fórmula 1, es lo que tiene rodar tan rápido, o salir con neumáticos originales de hace… ¡50 años!. Pero esto de las averías es parte del encanto, algo inevitable al sacar clásicas a rodar por terrenos rudos. Lo único que hay que hacer es preparar bien las bicicletas y portar recursos suficientes para intentar resolver los avatares. Como Marcos apretando el pedalier a mano cada poco o Javier y su “tratamiento” de manos a base de grasa consistente y lubricante de cadena.

La jornada acabó en comida multitudinaria en un frontón cubierto, con sorteo de regalos y una repentina lluvia torrencial en el exterior (que sólo empezó cuando todos estábamos dentro protegidos). A partir de ahí, despedidas y regresos. El nuestro fue muy tranquilo y sosegado, sin prisa, deleitándonos en el recuerdo de otro fantástico fin de semana ciclista, de otro viaje en el tiempo, casi con pena de abandonar la Meseta, sus campos, sus paisajes, sus gentes y sus pueblos. Afortunadamente en el maletero del coche venían botellas de Ribera del Duero (con vitola personalizada del evento ciclista), endivias, mouse de foie, y algunos botes de hongos deshidratados. Parte regalos de la organización, parte compras nuestras. Todo ello para que se nos haga más breve la espera hasta poder volver por allí.
De mis amigos ¿qué más puedo decir? Que les agradezco que nos hayan acompañado, que los considero unos valientes por haber sido los únicos hasta ahora en dejarse convencer por esta “locura” del ciclismo clásico, y que no han hecho más que corroborar lo que se están perdiendo tantos otros que aún no se han decidido, o no han podido y para los que me consta que este tipo de eventos resultaría algo francamente inolvidable. En cualquier caso tengo el firme convencimiento de que quienes nos han acompañado en esta ocasión, ya están comprometidos para la causa.
 

 
No quiero cerrar este relato sin mencionar el verdadero “secreto ibérico”. No, no me refiero al conocido plato de cerdo que sirven en numerosos restaurantes. No, de lo que hablo es de un fenómeno paranormal que ocurre de forma cotidiana en Abejar. Y más concretamente en el Hotel Puerta Pinares (donde por cierto estuvimos muy a gusto). Allí encontramos a un atento empleado que así, como quien no quiere la cosa y disimuladamente, pasea el don de la ubicuidad. Tan pronto le tenías de recepcionista como te servía una caña en una barra, te decía adiós desde el hotel o te le encontrabas dos curvas más allá animándote durante el pedaleo con unos platillos… te dabas la vuelta en el avituallamiento y allí estaba él degustando un torrezno como si tal cosa. Pero es que volvía a estar en la recepción cuando te hacía falta. Quizás en Soria hay gente que sin hacer alarde de ello es capaz de plegar el espacio como hacían los pilotos espaciales de Dune en las novelas de Frank Herbert. Cualquier cosa en esta reserva de la Humanidad, donde el tiempo es relativo.
 
 
Y para el que quiera entretenerse unos minutos, aquí va le película que rodó mi amigo Fernando. Esta centrada en nuestro grupo, pero se puede percibir bien el ambiente general.