miércoles, 15 de abril de 2020

EL COVID-19 Y EL DEPORTE (por ahora…).


Recluido en casa, en plena pandemia, y atento al comportamiento colectivo derivado de esa situación, me han venido a la memoria dos obras de José Saramago. Su genial “Ensayo sobre la ceguera” y su también recomendable “Ensayo sobre la lucidez”. En el primero el portugués escribe una ficción apoyada en una supuesta epidemia que asola a la sociedad de forma bastante repentina y prácticamente paralizante, porque va dejando personas ciegas a diestro y siniestro. Durante la trama, el autor se recrea en los comportamientos propios de la condición humana, algunos de los cuales únicamente cristalizan o se destapan cuando las cosas se ponen feas y cuando la pandemia, que no distingue entre estratos sociales, cargos o ideas, se recrea repartiendo suerte por todos lados. Lo que en el relato sucede, muestra bastantes paralelismos con lo que uno puede observar desde su casa, viendo un poco las noticias, demasiado la invasora pantalla del teléfono móvil y asomándose a las ventanas. De modo muy resumido, a nivel civil, me resulta deprimente, triste y preocupante, comprobar la inusitada aceleración del flujo de comunicación telemática entre las personas. Comunicación excesiva, compulsiva y tremendamente hueca. Si atendemos al contenido de la mayor parte de todo ese flujo, despejándolo de las conversaciones normales, las muestras sinceras de cariño y algo de humor, que nunca viene mal, la mayor parte es para echarse a llorar, especialmente si nos da por pensar que los responsables de la “creación”, “lanzado” y “difusión replicante” de la basura (miles o millones de personas) son votantes (contantes, y en este caso también, sonantes, vibrantes o visibles, aunque tengas el grupo silenciado). Tanta tecnología ha demostrado resultar estéril para acabar con un mal de nuestra sociedad, el conocido como rumorología, “dicen”, radio-macuto, etc. según las épocas y soportes por él empleado. En esta ocasión, Internet no está haciendo más que potenciar, exponencialmente, los perniciosos efectos del desarrollo de los bulos, a los cuales ¿cómo no? se les ha bautizado, de paso, con un nombre anglosajón para darlos más caché. Durante este confinamiento los bulos se han disparado, así como sus trasmisores humanos, haciendo crecer, estrepitosamente, la estupidez humana, la cual, por lo visto, se extiende (cual epidemia paralela) sin tampoco distinguir entre niveles de estudios, relevancia de sus puestos de trabajo, edad, dignidad o gobierno. Alucinante. Parece una película de Clint Eastwood: “El malo (quien crea un bulo), el tonto (que se lo cree o da crédito) y el gilipollas (quien lo difunde como un loro de repetición de última generación)”. Además de todo esto, “por lo civil”, en lo referente al comportamiento físico (no telemático) esperado, están los insolidarios, los imprudentes, los canallas, los acaparadores, los que anhelan ocasiones para un oportunista estraperlo, los especuladores de cortísimo espacio de tiempo en bolsa, etc. Una verdadera fauna. ¿Cosas buenas en ella? Sí, claro, y seguramente la mayor parte de la gente, lo que pasa es que en ello ya se recrean las noticias. De hecho, las públicas oficiales, es casi a lo único que se dedican cuando se salen del guion impuesto por los gobernantes. Me refiero al humor, a las variadas conductas de solidaridad (que las hay en abundancia y diferentes niveles de eficacia), también al anecdotario e incluso a la ñoñez. La ceguera en estado puro.

 
Saramago, de joven, remando. (Imagen: Fundación josesaramago.org).

La otra novela de Saramago, que al igual que la anterior, de ensayo no tiene nada (salvo quizás, quién sabe, el todo de la intención y de cierta vocación catalogadora), rasca más directamente en el repugnante mundillo de la clase política. En ese otro caso, la epidemia en cuestión no es fisiológica sino de comportamiento colectivo. La gente, inesperadamente y sin responder a ninguna engañosa o manipulada “quedada”, decide no ejercer su derecho a voto en las elecciones, y la supuesta legitimidad de un sistema tan disfuncional como actual se tambalea para pánico de la clase política. Al acordarme del libro, no he podido evitar reflexionar un poco sobre el comportamiento de mando político en esta crisis. Poquito, muy poquito, porque soy tremendamente escéptico respecto a la clase política, a la cual no dedico, prácticamente, nada de mi tiempo. Poquito, además, porque, aunque no lo parezca, esta entrada va a ir sobre esta pandemia y algunos de sus efectos sobre el mundo del deporte. Pero antes, permítanme unos pocos comentarios. Para ello, como para lo que vendrá más tarde relacionado con el deporte, intentaré utilizar únicamente fuentes primarias, esto es, vividas directamente por mí o mis allegados de confianza y, para atrevido yo, por las noticias de la TV pública. El “Ensayo sobre la lucidez” de Saramago retrata a la clase política y, con sus ligeros sesgos de preferencias personales, castiga con realismo hacia todos lados. En el mundo real, tengo la impresión de que hoy en día, cada vez más, los políticos son menos profesionales y expertos en nada y más provenientes de carreras casi exclusivamente políticas. Forjadas a través de intrigas de partidos (en versiones locales, de “juventudes”, sindicales, etc.) en busca de una progresión de escalafón lo más fulgurante posible. Con qué objetivos, los que sean, aunque siempre acompañados por dos evidentes: conseguir algo de lo que poder vivir (el menos malo) y… poder (nefasto). Una de las consecuencias de todo ello es que, como sociedad, nos encontramos en manos nada adecuadas. La sociedad, que es extensa y por lo general respetable, sensata, trabajadora e incluso muy funcional, suele tener capacidad suficiente para absorber la torpeza política y de gobierno, compensándola y, por lo general (aunque no en todos los ámbitos), sigue avanzando. Lo que pasa es que la clase política, como virus sin control, va avanzando también de manera alarmante, conquistando más territorio, de modo que el mal va contaminando, progresivamente, la asignación de cargos de confianza que, como el virus, cada vez se apoderan de más territorio técnico. Así que los técnicos con mando, los expertos, lo son más por su afiliación, lealtad o relaciones políticas, que por su saber, dominio específico contrastado, etc. La termita política se lo va comiendo todo, resquebrajando la estructura de un país, sin que la apariencia externa muestre demasiados síntomas. Y esto sucede, de manera muy extendida, en los niveles locales, regionales y nacional. Y me temo (vamos, no me cabe la menor duda) que de igual modo a nivel supranacional. Y así pasa lo que pasa. Veamos un par de ejemplos recientes:

¿Quién está al cargo de la gestión de la crisis del Coronavirus? Un experto cabecilla cuya planificación ha sido nefasta. Que pasó de ver (y declarar) con naturalidad la normalidad de la asistencia a manifestaciones masivas, a encargar decretar un confinamiento total de la población, en apenas cuatro días. O quizás, realmente, el puñado de máximos mandatarios políticos que lo rodean en muchas de sus comparecencias.

Otro ejemplo, quizás es más vil, impresentable e inmoral de los que hemos ido pudiendo ver durante todo este culebrón. Un político que es un cáncer y decide, de su mano mayor, saltarse de modo “ejemplar” (pobre Javier Gomá, qué buenas intenciones a la hora de escribir y qué poco efecto logrado) la cuarentena a la que estaba obligado (de forma ratificada), con el clarísimo objetivo de pelear, internamente, hasta conseguir un atril, que le permitiera apoderarse de algo de cuota de pantalla, imagen, representación, etc. Un especialista en fustigar con su verborrea trasnochada a la “casta” política, hasta conseguir ingresar en ella. Este político, en adelante El Cuco, considero que, por lo anteriormente explicado, debería estar cesado desde aquel momento, entre otras cosas por poner en peligro la integridad del gobierno. Su modo de actuar deja a las claras un par de detalles que desvelan su peligrosidad como dictador en potencia. Al saltarse la cuarentena, por un lado, se consideró por encima del resto de la ciudadanía, auto-colocándose en una especie de estrado superior (pura casta). Y, por otro lado, debió de pensar que el gobierno no podía funcionar adecuadamente si su presencia. Es decir, se sintió imprescindible para mandar, incuestionable para ostentar el poder. El Cuco disfruta de diversos motes y apelativos en los modernos mentideros de nuestro país. A mi me gusta lo del Cuco porque me recuerda que viene apuntando maneras de aspirante a dictador absolutista desde sus inicios. Como el pájaro al que debe este mote, aprovechó un nido ajeno de protesta ciudadana “no política” para irrumpir dentro del cesto y acabar utilizando la mayor parte de este para fundar SU partido (porque los hechos demuestran que es suyo). Después, con el paso del tiempo, cada vez que algún otro polluelo ha osado asomar un poquito su pico para pillar algo, el Cuco ha empleado sus alas para propinarle un empujón y echarlo directamente del nido. Lo dicho, un potencial dictador de catálogo histórico.

De todo el asunto relacionado con la emulsión de políticos y supuestos expertos resulta la gestión de la mencionada crisis, durante la cual, como es lógico pensar, se habrán hecho cosas bien, mal y regular. Nadie es perfecto, y menos ante un azote novedoso y sin precedentes de tal dimensión. Así que no voy a entrar en discutir la gestión porque, además, de eso, lo manifiesto así, claramente ¡yo no soy experto!. Sin embargo, hay tres aspectos que me resisto a no criticar pues considero que son de sentido común.

Primero. ¡Planificación cero!. Hemos pasado de “tranquilos, a esto le falta mucho (podéis ir a actos públicos multitudinarios)”, a “preparados, listos, ya (ambiguo el último)”. Y, para colmo, en las fases iniciales, con algunas recomendaciones contradictorias. En la mayoría de mis desempeños laborales trabajamos con planificación y programación. De no hacerlo así, nuestro trabajo sería una chapuza e, incluso, dejadez de funciones. En algunos casos hasta con la denominada planificación estratégica (que, en mi opinión, no deja de ser un eufemismo). Me consta que los empresarios también lo hacen, porque se juegan sus cuartos y los de sus empleados; y, desde luego, los entrenadores deportivos también. Ahí lo dejo…

Segundo. Crónica de unas muertes anunciadas: las de muchos usuarios de residencias de ancianos. El caso resulta sangrante porque no ha habido dirección institucional pese a saber, con meses de antelación, que eran lugares en especial vulnerables y, por el contrario, fáciles de haber “blindado o protegido” mucho antes que todo lo demás. No era cuestión de dinero. Un protocolo bien confeccionado e impuesto normativamente, y un confinamiento específico hubieran, seguramente, reducido la sangría. Sin prevención anticipada, sin dotaciones, sin protocolos, sin formación, el resultado arroja un aligeramiento de pensiones (nada significativo) y la liberación de algunas herencias (tampoco significativo). Siempre me he preguntado por qué hay algunas ideologías y culturas que, presumiendo más que otras del respeto hacia la vida humana, relajan muchísimo tal respeto efectivo cuando consideran las fases iniciales y terminales de dicha vida. En el asunto de cuidar a nuestros ancianos, un modesto médico del entorno rural de Teruel ha dado toda una lección de prevención, planificación, organización, docencia, conocimiento y, lo importante, eficacia salvando la vida a muchas personas mayores, que el supuesto mayor experto del reino, que no sé si ha acabado dando la razón a algún tema musical visionario de Radio Futura.

Tercero. Tanto hablar de la España Vacía (para la mayoría de los advenedizos de última hora: vaciada), y a la hora de regular el confinamiento (vigilarlo y sancionar su puesta en práctica) nadie se acuerda de que no es lo mismo llevarlo a cabo (de manera lógica, realista, científica y sensata) en un pueblo pequeño, en los caseríos, en las masías, en un cortijo… que en cualquier ciudad. La generalidad de los decretos publicados está pensada por y para gente de ciudad. El resto: el campo, las montañas, las costas salvajes (aún queda algún que otro kilómetro), los pueblos semiabandonados o los estacionalmente fantasmas, etc. Parece no existir, o parece tener idénticas características espaciales y demográficas que las abarrotadas calles de las ciudades. Pero no es así, ni mucho menos, así que las normas deberían haber sido muy diferentes. Pero no es de extrañar, estaba claro que lo de la España Vacía era un detalle propagandístico temporal que todos los partidos políticos se vieron obligados a incluir en sus mensajes, así como un tema de moda en la agenda periodística que hace el juego a los políticos.

Cerrada ya esta larga introducción catártica general, entramos ya en el asunto de algunos de los efectos que la irrupción global del COVID-19 ha ido teniendo sobre el mundo del deporte. Para empezar, según las especulaciones que se barajan en Italia, la principal irrupción o propagación inicial masiva en Europa se produjo en Milán, según sospechan, a causa de un partido de fútbol disputado allí dentro del calendario de la Champions. No es que “entrara” allí, sino que, durante sus prolegómenos, partido propiamente dicho y “tercer tiempo”, los contactos fueron multitudinarios. De allí, directamente, el virus pudo irse trasladando a otros lugares, como por ejemplo Valencia, que fue una de las primeras localizaciones en las que se hizo notar en España. Zona en la que, por cierto, ha causado un severo castigo en las residencias de mayores a través de su introducción por mediación de empleados. Esto no es una búsqueda de culpables, sino una muestra de que el deporte, como espectáculo de masas, se ha erigido en un ecosistema de trasmisión nada desdeñable en el actual mundo globalizado. De hecho, la pasión deportiva y la coincidencia de partidos europeos importantes, quiso que los emparejamientos hispano-italianos fueran múltiples en fútbol y baloncesto, a la vez que las reticencias a celebrarlos a puerta cerrada o suspenderlos eran manifestadas por los principales interesados en su celebración (las entidades organizadoras de los eventos y los propios clubes). Los aficionados, por su parte, en una nueva muestra de que la gente, cuando asume el rol de masa, suele comportarse con mayor estupidez que cuando actúa como individuo, en algunos casos, ante la imposibilidad de poderse reunir en las gradas, optó por hacerlo a las afueras del estadio. Todos juntitos en alegre e irresponsable comunión y a grito pelado. En modo aspersor. Y el gobierno, mientras tanto, titubeando a la hora de imponer restricciones y de cerrar vuelos procedentes de Italia.
En esto de los intereses de club, hay un caso muy interesante que es el del FC Barcelona que, como la mayoría de ustedes sabrá, es más que un club. En los inicios de todo este asunto, el Barcelona fue noticia en el Telediario varios días seguidos por mantener una postura muy escéptica y tajante frente a la amenaza vírica. No recuerdo ante qué partido era, pero inicialmente habían respondido a las recomendaciones asegurando que el partido en cuestión se celebraría ¡y con público!. Unas declaraciones muy al estilo de las que inicialmente soltaron los principales dirigentes anglosajones: Trump y Boris Johnson (que por cierto ahora mismo está ingresado en la UCI), quienes enseguida se vieron obligados a recular. También el Barcelona, pues a medida que la presión y los datos los fueron acorralando, pasaron a manifestar que se podría celebrar con “su” público, dejando sin entrar a los que vinieran de fuera (una postura excluyente que no parece sorprender mucho viniendo de donde viene). Al final, ante la evidencia de la situación, tuvieron que claudicar, pero el “recado” para los que mantenemos un mínimo de memoria de prensa, ahí había quedado. Ahora, en el momento en que escribo el párrafo (no sé cuándo lo publicaré) está negociando con sus jugadores una reducción de sueldo (que ya ha aplicado a sus empleados y otras secciones deportivas). El acuerdo no está siendo fácil, algo que no me preocupa en absoluto. Pero me llama poderosamente la atención que una entidad que presume de ser uno de los clubes de fútbol más ricos del mundo, ande racaneando de esa manera en tan breve espacio de tiempo (algunos tienen fama de lo que tienen). Conviene recordar que hacía apenas unas semanas, el club “levantaba” un jugador fundamental a un equipo modesto (de su misma competición), a base de talonario y por negociación directa con el agente del jugador, saltándose a la torera al club propietario. Se ve que entonces le sobraba el dinero que ahora, dice, que le falta. Aquella operación se ejecutó con el beneplácito de una federación que, mientras dejaba al Barcelona rearmar su plantilla por haber tenido un lesionado, prohibía al modesto hacer lo mismo ante la fuga de su estrella. Tal proceder se encuentra dentro de algo denominado “fair-play financiero”, una perversa normativa federativa que daría para escribir un libro completo. El caso es que por mucho fair-play y por mucha regulación de las finanzas del fútbol, ahora mismo el Barcelona, tras décadas acaparando estrellas futbolísticas (alguna de ellas para no utilizarlas, pero que no puedan disfrutar de ellas sus contrincantes), dice que no puede pagarles el sueldo. ¡Ojo! Y no es el único, son varios los clubes que se están animando a tomar medidas similares.

Continuando con una perspectiva “macro” del deporte en relación con la pandemia, se han ido viendo otras implicaciones interesantes. Una de ellas es la de los aplazamientos (o incluso suspensiones definitivas) deportivos… ¿Y?. Personalmente, considero que ese debería ser el menor de nuestros problemas, salvo porque también generan su propio drama económico. Nos debería preocupar (pero no más que otros muchos casos más crudos y sangrantes) el efecto que tales aplazamientos y suspensiones puedan tener sobre los trabajadores que se vean afectados, pero no por el hecho deportivo en sí mismo. El cual, por mucho que nos guste, apetezca o ilusione, no se trata más que de un fenómeno de ocio y entretenimiento. O así debería de ser. Pero no siempre lo parece. Entonces, cabe preguntarse: ¿No es más que deporte, o es que afecta ¡nada menos! que al deporte?.

“Ignorar ‘MediaSport’ hoy en día sería como ignorar el rol de la iglesia en la Edad Media o ignorar el rol del arte en el Renacimiento; amplias partes de la sociedad están inmersas en el Deporte Mediático hoy y, virtualmente, ningún aspecto de la vida se mantiene intocable por él”. (Michael R. Real).

“[…] para Brohm, los efectos de este espectáculo mítico son socialmente represivos; con su enervante énfasis, el deporte, como la religión para Marx, es ‘un sustituto libidinoso y una sublimación de agresividad’ que deja a los espectadores agotados de energía revolucionaria, drogados y satisfechos con el intolerable status quo social”. (Bruce Bennett).

Hilando con este tipo de pensamientos, que hoy en día son minoritarios, además de pasar desapercibidos de modo interesado, no está de más atender un poquito a la postura inicialmente tomada por el COI ante la amenaza de la pandemia. La postura oficial se mantuvo, desde el principio, aferrada al mantenimiento de las fechas de celebración de los JJOO de Tokyo, cayera quien cayera. Samaranch II (escrito así parece ganar empaque, con reminiscencias papales, monárquicas o imperiales), ya vicepresidente del organismo olímpico internacional (tras una fulgurante y peculiar carrera), hizo, para TVE, unas declaraciones totalmente irresponsables una vez que en España ya se había decretado el confinamiento. Lo vi por la televisión, y vino a decir que recomendaba (casi en tono amenazante) a los deportistas olímpicos que entrenasen, que los JJOO se iban a celebrar y ellos lo que tenían que hacer era prepararse para ello. Como si el deporte olímpico, tan cercano a los dioses del Olimpo, estuviera por encima del bien y del mal y, desde luego, de tantas mundanas pamplinas como esa del coronavirus. Por su parte, Alejandro Blanco, bastante más sensato, lo que manifestaba eran quejas ante la injusticia que supondría que los JJOO se celebrasen en las fechas previstas, pues generaría una enorme desigualdad de posibilidades de preparación para los deportistas españoles. Que se lo digan a los deportistas sirios, si es que hay alguno, o a los de cualquier otro lugar del mundo en conflicto, víctima de alguna catástrofe natural, etc. El rasero olímpico, lo reconozcamos o no, sigue siendo preferentemente occidental y rico. Mientras tanto, el COI seguía insistiendo, empecinadamente, en la celebración inamovible de los JJOO. Pero, las federaciones estadounidenses de Atletismo y Natación anunciaron su incomparecencia y, enseguida, Australia y otros países se sumaron a su posicionamiento. Ante tal panorama, el 22 de marzo, el COI, por fin, se doblegaba (levemente) y anunciaba que se daba un mes de plazo para decidir sobre un posible aplazamiento. Efectivamente, el olimpismo internacional respondía a las presiones occidentales y ricas. ¡Al día siguiente!, no hizo falta un mes, el 23, anunciaban que se aplazarían un año. Se celebrarán en 2021, aunque se denominarán ¡faltaría más! Tokyo 2020. Aun así ¡que nadie se relaje! Porque un día después comparecía su presidente, advirtiendo de que la última palabra del organismo está por decir.

Entre tanto, el país europeo más castigado por el virus en aquel momento (Italia) permitía entrenar a los deportistas de élite. En pleno confinamiento civil… ¿es una incongruencia? ¿se trata de un servicio vital (si efectivamente es la religión del siglo XXI, desde luego estaría por encima de lo mundano). El debate, como los contagios, traspasa las fronteras y se reproduce en otros países en los que hay confinamiento, y el nuestro no es una excepción. Algunos deportistas argumentan que entrenar es su trabajo. Según eso, ¿debería dejarse entrenar a los deportistas profesionales?. Sospecho que bastantes de los que aseguran que su trabajo es entrenar, no tienen estatus profesional… ¿acaso hay falso amateurismo en España, que en realidad es profesionalismo encubierto? ¿Y economía deportiva sumergida? ¡Desde luego! De todo. Por otro lado, porque todo hay que decirlo, abundan las voces de deportistas (profesionales o famosos) que recomiendan públicamente el confinamiento y piden responsabilidad en al cumplimiento a la ciudadanía, entre la que se incluyen ellos mismos. Y es que, en realidad, en todos los gremios hay muchas más buenas personas que indeseables. Gracias campeones, vosotros sí que lo sois.

Un efecto menor que el aplazamiento podría tener sobre varios de los deportistas olímpicos es que a algunos de ellos la fecha inicial ya los pillaba al borde del retiro. El Telediario, que parece aburrirse y aburrirnos, sin capacidad para encontrar una buena diversidad de noticias, y viéndose obligado a tener que ocultar otras, recurre a ese tipo de ocurrencias de detalle. La mayoría de los que menciona han tenido prolongadas carreras de éxito por lo que, personalmente, no me siento especialmente preocupado por tan casuístico “drama”. Es más, puestos a pensar, me he acordado de los karatekas olímpicos españoles que, sin haberlo sido nunca hasta ahora, y no pudiendo volver a serlo más (porque el kárate, que está por estrenarse como deporte olímpico, se “ha caído” del programa de deportes olímpicos para los siguientes JJOO en París en 2024), van a ver alargado, un año más, su régimen de becas ADO. Me alegro por ellos.

Pasando ya a un enfoque más mundano, más de andar por la calle, el que nos afecta a todos nosotros como practicantes de deporte, el confinamiento ha tenido unos efectos directos de impacto inmediato. La gente no puede practicar deporte indoor en ninguna instalación deportiva (que no sea su casa) por razones obvias; y tampoco puede practicar deporte al aire libre, por razones no tan obvias. En este sentido, algunas de las recomendaciones de confinamiento (obligaciones reales) resultan ilógicas o incoherentes. Personalmente las cumplo, como buen ciudadano, pero no por ello las considero bien planteadas. Simplemente no entiendo por qué una actividad deportiva individual, que no sea de riesgo (hay muchas), practicada al aire libre, que no exija un traslado añadido a quién la realice, en entorno apartado o no urbano e iniciada y culminada en o desde y hasta el propio hogar, no pueda realizarse. Me cuesta comprender como, comparando los riesgos de contagio inherentes a visitar una tintorería o una peluquería al principio (por ejemplo), o una panadería ahora mismo, con los que generaría una actividad deportiva que reuniera los condicionantes que acabo de exponer, la decisión salga a favor de los mencionados negocios. Según el planteamiento expuesto, reflexionando sobre mis propias prácticas deportivas, yo no podría (o debería) esquiar, montar a caballo, patinar, remar en trainera ni practicar nada indoor fuera de casa, pero podría salir a correr o a montar en bicicleta, por ejemplo. Ambas actividades garantizando total ausencia de contacto con cualquier otra persona, manteniendo, no metro y medio de distancia de seguridad, sino, decenas o cientos de metros. De hecho, son varios los países europeos en los que tales actividades están permitidas (Francia, Bélgica, etc.), aunque eso sí, las restricciones, tal y como está el panorama, van cambiando de un día para otro. Ignoro si realmente la permisividad descrita aumentaría el riesgo de contagio o no, pero lo que me cuesta es comulgar con la falta de razón y coherencia cuando me obligan a mantener determinadas conductas. No puedo con las dictaduras normativas sesgadas o caprichosas, y de un tiempo a esta parte, tanto en Europa como en nuestro país, cada vez abundan más. Seguramente nadie sepa con certeza el nivel de aislamiento que convenga mantener. Unos países han sido o están siendo más radicales que otros, el tiempo dirá cuáles acaban acertando más. Pero, lo que no se debería hacer es tolerar ciertas prácticas de riesgo que no aportan nada y, por el contrario, perseguir otras que, aunque tampoco aporten mucho al bien común, no sean realmente de riesgo. Y, de nuevo, no legislar igual para todo el territorio nacional, equiparando el Páramo de Masa con la Puerta del Sol.

Quizás el problema tenga otro origen intencional. Un modo de proceder que me empieza a preocupar casi tanto como los efectos del virus. Y es que me da la impresión de estar asistiendo, en cierto modo, a una especie de ensayo colectivo de la Autoridad en esto de restringir las libertades de las personas. Como le cojan afición, vamos a ir dados. Durante los primeros días de confinamiento me pareció percibir cierta exacerbación de un sentimiento nacionalista o patriótico. Desde el primer momento se le ha dado a gran parte del proceso una especie de revestimiento estético y escénico de claros tintes militares. Hay una constante obsesión por convertir un problema, acción y proceso claramente sanitarios, en una guerra, en un asunto militar. No tengo nada contra el Ejército, al contrario, hacen muy buena labor, pero, independientemente de que su ayuda resulte imprescindible y bienvenida, este es un problema de todo el sistema, aunque, por encima de todo, sanitario. Desde la óptica deportiva, integrándose en esa corriente de espíritu patriótico que me da bastante grima, algunos medios de comunicación se han sumado desempolvando y retrasmitiendo eventos deportivos gloriosos de nuestro pasado. Algunas hazañas míticas no las programan porque no hay grabaciones tan antiguas y otras porque en la época de los conquistadores del Nuevo Mundo no se practicaba deporte de masas, que si no…

Mis preocupaciones van en dos sentidos. Uno, que la clase política vea, a través de este ensayo forzoso, una nueva oportunidad de despliegue de estrategias de acceso al poder o de gobierno más directo y menos deliberativo. Ya se han ido aferrando a otras, así que no descarto que esta les tiente en el futuro. Y dos, que, en procesos como este, a determinados cuerpos de seguridad del estado (que ahora hay muchos, con extensa variedad de uniformes, jurisdicciones y talantes) les da por “venirse arriba” y recuperar, en algunos casos (que espero estén siendo contados) modales y actitudes tirando a represoras. No se trata de un problema de los cuerpos de seguridad, sino de algunos “ejemplares” en ellos enrolados. Cretinos hay en todos los gremios, taxistas, docentes, ingenieros, psicólogos, barrenderos, escritores, cantantes, futbolistas, abogados, periodistas… ¡en todos!, algún sociólogo de prestigio hasta escribe con ironía que se trata de una constante existente casi en cualquier tipo de grupo humano. El problema se incrementa cuando a algunos de ellos se les da poder o autoridad supuestamente no discutible. Entonces, el más cretino, en ocasiones además ignorante, se crece y abusa. En este sentido, me han llegado ejemplos de acción de fuerza policial (no necesariamente física) incoherente pero autoritaria. A un amigo personal le pararon por ir a trabajar (con justificante) en bicicleta, vestido de calle y por la ciudad, y le dijeron que no se “volviera a repetir”. A otro, sin embargo, que lo hace a diario, le saludan y le dejan circular. El asunto de los desplazamientos en bicicleta está ahí, prueba de ello es que la asociación nacional Conbici llegó a publicar una opinión al respecto en su página web, resaltando que, ante esta novedosa situación, algunos ámbitos públicos estaban reactivando los prejuicios hacia las bicicletas. ¿Se convertirá la crisis del COVID-19 en una nueva oportunidad para regresar a nuestra cultura de coche (y además, ahora, de nuevo más individual)?. ¿Por qué el transporte público, que en este momento es el más contagioso de todos y el más ineficaz para luchar contra el virus, resulta más respetable y menos sospechoso que la bicicleta, la cual, sin duda, es el más individual de todos?. El diario El País, profundizaba más aún en todo este asunto y aportaba más argumentos en un artículo publicado el 26 de marzo en su web. Y se preguntaba por qué, de la noche a la mañana, los desplazamientos de movilidad (laboral o permitida) en bicicleta se habían convertido en sospechosos, casi-casi delictivos, sin que la normativa aprobada los hubiera desaconsejado o señalado.

El confinamiento, dentro de la enorme incertidumbre que se tiene, a todos los niveles, ante la irrupción global de este virus, parece una medida imprescindible que todos debemos asumir con responsabilidad, sacrificio y criterio. Pero no debería convertirse, paralelamente, en una oportunidad para que algunas “piezas” del sistema (políticos, brazos ejecutivos de la ley, delatores, etc.) aprovechen para desenterrar determinadas conductas del pasado, tan criticadas hasta hace bien poco y, ahora mismo, con las que algunos (la mismísima izquierda) flirtea sin disimulo. Pero es lo que tienen las situaciones de alarma, los estados de alerta, el miedo y el hacinamiento social aislado. Lo dicho, como en las novelas de Saramago.

Por lo que he visto, mi preocupación personal ante la posibilidad, aparentemente distópica, de que salgamos de todo este proceso con un recorte importante de nuestras libertadas y una mayor proximidad latente hacia repentinos estados de control institucional, no es solitaria. Hay más gente que anda mostrando su preocupación en diferentes medios, y lo que es peor, ya hay debate al respecto, lo cual indica, necesariamente, que el avance en una nueva dirección de control estatal tiene sus seguidores (los “camisas negras”, la Gestapo, Stasi, CIA, KGB, etc. Estarían relamiéndose de gusto). Yuval Noah Harari, en “The world after coronavirus”, publicado el 20 de marzo en el Financial Times, ya presentaba algunas reflexiones sobre el asunto, mostrando incluso ejemplos reales sufridos por sus compatriotas israelitas en tiempos pasados. Por lo que hemos podido ir viendo por aquí, algunos detalles resultan verdaderamente elocuentes, por ejemplo, el procedimiento establecido inicialmente (¡tres semanas!) por el gobierno para dar acceso (básicamente reducírselo a tope) a los periodistas a sus ruedas de prensa. O el extraordinario filtrado que un espectador cualquiera puede notar atendiendo a los telediarios públicos. Eso para empezar, pero es que esta semana ya estamos estrenando la geolocalización, el geo-rastreo y el acopio de datos de nuestros dispositivos electrónicos de comunicación. Y, en breve, parece que se pondrán en marcha las denominadas Arcas de Noé (que con ambigüedad se comenta que podrán no ser obligatorias para aquellos casos que se determine). En fin, que empezamos con el Orgasmatrón de Woody Allen, en el “hagan el favor de no tocarse” de las primeras tres semanas, y vamos a acabar como con las colmenas de Matrix.

 
Escena de "sexo" en la película "El Dormilón" de Woody Allen (Imagen:  Taylor Ederhart en pinterest).

Pero volvamos al deporte que me salgo del redil. Repasemos ahora algunas consecuencias del confinamiento a nivel deportivo personal. Voy a tratar dos: las relaciones sociales vinculadas al deporte y la práctica en cautiverio. Ambos asuntos voy a tratarlos desde una perspectiva y casuística personal.

Las primeras, las relaciones, se manifiestan y desenvuelven, preferentemente, a través de los grupos de Whatsapp de aquellos círculos de practicantes en los que cada uno estamos. En mi caso pertenezco a seis grupos deportivos y un séptimo que, a su vez tiene varios subgrupos para cuestiones concretas. Ese último, afortunadamente, está tan disperso que se mantiene inactivo casi por completo. En cuanto a los demás, hay una clara clasificación informal: los de poca gente que además puede considerarse verdaderamente amiga, y los de mucha gente, en los que incluso hay miembros que no conoces de nada. Los primeros, uno de esquí de travesía y otro de patinaje en línea, apenas tienen actividad comunicativa y, cuando la muestran, es concisa, siempre relacionada con el deporte en cuestión y, por lo general, interesante.

El problema viene con los otros, los grandes grupos (me afecta en varios deportes). En tales casos el chat se ha convertido en un desparrame de bulos, chorradas, memes, jueguecitos, enlaces, videos, fotos, discusiones, opiniones políticas, etc. Que, en la mayoría de los casos, no tienen nada que ver con el deporte para el que se crearon, ni para las funciones para las que se decidió ponerlos en marcha. Algunos ya eran así antes, lo que pasa es que en este momento su polución comunicativa se ha disparado. Pero peor es el caso de otros en los que siempre se había respetado el ceñirse exclusivamente a su temática, y, de la noche a la mañana, muchos de sus miembros han considerado, unilateralmente, que se ha declarado una especie el estado de “barra libre”, convirtiéndolos en unos entornos comunicativos pesados, repetitivos, constantes, etc. ¡Horroroso! Me da la impresión de que hay mucha gente que “está muy mal”, o muy sola, o con grandes carencias afectivas o sociales, así como otra que se aburre, no tiene nada que hacer, ni imaginación o recursos en los que emplear su tiempo. Igual el raro soy yo, pero la verdad es que, pasadas las primeras tres semanas de confinamiento, entre el trabajo, el entrenamiento, las relaciones familiares presenciales directas y a distancia, los quehaceres del hogar, alguna afición cultural, etc. ¡No me dan los días para poder hacer todo lo que pretendo!. Cuando critico estos comportamientos siempre hay gente que se da por aludida y me sugiere que silencie el grupo. Con todos mis respetos tengo que decir que dicho argumento es una simpleza porque el problema es que estos grupos funcionan por comunicación lineal cronológica, lo cual hace que cuando se aporta una información pertinente, si inmediatamente después hay gente que inunda el canal con sus chuminadas, la información útil se esconde en el pasado y pasa desapercibida para la mayoría de los usuarios, en especial para aquellos poco o nada interesados en reírle las gracias al payaso de turno, o al crédulo perenne. Cada grupo debería ser para lo que es.

Y con eso doy paso al asunto de la práctica deportiva en cautiverio. En este sentido me considero un privilegiado. En realidad, todo este asunto se ha cargado un viaje de ensueño que tenía planificado y reservado, para practicar esquí de travesía con mis amigos en un destino muy apetecible pero ¡qué le vamos a hacer!. Lo importante será salir vivo de la pandemia. Lo del privilegio tienen que ver con los medios de los que dispongo para hacer deporte en casa, especialmente si los comparo con lo que supongo pueda tener la mayor parte de la gente que vive en un piso. Aquí hay jardín. No demasiado grande, pero lo suficiente como para poder hacer ejercicios al aire libre e incluso jugar un poco a las palas o al maxi-badminton si no sopla el viento.

Gracias al jardín, en casa estamos recuperando una actividad deportiva que habíamos ido dejando pasar paulatinamente hasta quedar totalmente olvidada hace aproximadamente una década: la esgrima. Aprendí a practicar esgrima bajo la tutela del maestro Martin Kronlund (y sus ayudantes) en el INEF de Madrid. Años después, adquirimos unas chaquetillas, unos guantes, caretas y un par de floretes para practicar en casa. Y ahora, quién lo iba a pensar, con esto del confinamiento, pues hemos vuelto a ello. Tiramos en el jardín, y hacemos rutinas de desplazamientos y ejercicios de técnica. Me lo paso bien y estoy encantado de haber recuperado su práctica. Y todo ello gracias al maldito virus.

Tirandocon floretes en el jardín.

Desde dos días antes del inicio del confinamiento me propuse entrenar diariamente y no he fallado nada más que un día hasta ahora. Alterno tres actividades consecutivamente, repitiendo ese ciclo de tres días constantemente. Un día es dedicado a la esgrima y un circuito de acondicionamiento físico a base de ejercicios de suelo y un circuit-training de 12 estaciones, seguido todo ello de trabajo de flexibilidad. Una de las consecuencias es que estoy recuperando mucha de la flexibilidad que ya llevaba demasiado tiempo sin trabajar. Además, a diario, aprovecho un reto para estirar en reposo con una de mis hijas.

Los otros dos días entreno con simuladores, esto es, con máquinas específicas para parcticar sendos deportes: ciclismo y remo. Para la bicicleta utilizo un rodillo que tiene más de treinta años, pero que funciona perfectamente. Su compra fue un acierto total porque fue barato y perfectamente funcional para lo que lo quería entonces: realizar pruebas de valoración del rendimiento de ciclistas y triatletas. Hoy en día se podría considerar como un auténtico rodillo “retro”, y, tal y como les pasa a algunas buenas bicicletas antiguas, funciona perfectamente y me da un excelente servicio para entrenar. Puedo hacerlo tanto en llano como “subiendo” cuestas de hasta un 10% y me ofrece datos de tiempo, velocidad, kilometraje e incluso watios. Es un Cateye CS-1000 y, ahora más que nunca, me alegro de haberlo conservado durante tantos años. Le he colocado una Colnago que restauré hace pocos años y que ya ha aparecido ocasionalmente por mi blog, y entreno viendo películas y documentales de ciclismo en la pantalla del ordenador.

Buena combinación Cateye-Colnago para solventar el confinamiento.

Pantalla informativa (a), para mí, más que suficiente.

El remo lo practico en modalidad de banco móvil. Lo hago con “El Remoergómetro” lo escribo así porque hay un fabricante de referencia que tiene prácticamente copado el mercado internacional y ha logrado un aparato muy bien concebido. Me refiero al Comcept 2, del cual nosotros tenemos el modelo PM3. El aparato permite un ejercicio muy exigente, combinando trabajo de fuerza y de resistencia y pudiendo plantear entrenamientos muy variados. Su pantalla ofrece información más que suficiente (bastante más amplia que mi rodillo) y exige cierta atención para controlar la técnica, la intensidad de trabajo y la cadencia de remada. Es por eso por lo que cuando lo utilizo no veo películas, me basta con ponerme música de ambiente que me ayude a que el rato de entrenamiento se me pase de forma más agradable.

"Remando", al aire libre si hace bueno, bajo techo cuando llueve.

Una de las múltiples opciones de pantalla del remoergómetro.

Y es que no me gusta hacer deporte indoor, ni tampoco entrenar en simuladores. Resulta especialmente duro mentalmente, es aburrido y no recrea muchas de las agradables sensaciones que se disfrutan con la práctica deportiva real. Al hacerlo, como las pocas veces que he entrenado levantando pesas, me da por pensar que estoy trabajando en balde. En vez de cortar leña, segar el césped, etc. Al menos, cuando remo o pedaleo realmente voy a sitios, me desplazo o incluso viajo. Ahora bien, tal y como está la cosa ahora mismo, que no podemos ni debemos salir de casa, es una maravilla disponer de dos buenos simuladores para poder entrenar en dos de mis modalidades deportivas favoritas. Y de paso, librarme del Whatsapp. Suerte y ánimo que ya quedará menos.
 

Pensaba cerrar la entrada ahí, sin embargo, después de meterme tanto con el fenómeno de la “bulería” y con el del filtrado y censura de la información, no me resisto a insertar un par de referencias científicas relacionadas con el deporte y la actividad física, que discuten algunas de las decisiones de obligado cumplimiento impuestas unilateralmente por nuestro gobierno, según ellos, siguiendo las directrices de los expertos (los suyos, claro).

La primera es el estudio “Towards aerodynamically equivalent COVID19 1.5 m social distancing for walking and running” (Hacia una equivalencia aerodinámica de la distancia social COVID19 de 1,5 m para caminar y correr”. B. Blocken, F. Malizia, T. van Druenen, T. Marchal. De las Universidades de Eindhoven y Lovaina, y otro centro de investigación belga, respectivamente. El trabajo, totalmente científico y riguroso, investiga a través de simulaciones computacionales y pruebas de túnel de viento para detectar las dinámicas de persistencia en el aire de las partículas expulsadas por las personas, a través de la saliva, durante su respiración. Viene a concluir varias cosas: que las posibilidades de recibirlas, además de la distancia, dependen de la posición en que se esté y del tiempo que otra persona tarde en pasar por allí. Por eso explican que, si dos personas van caminando o corriendo juntas, sería mejor que lo hicieran lado con lado y no en fila. O, cómo no, pura lógica, que, si se corre o se pedalea detrás de alguien, la distancia de seguridad debería irse incrementando en función de la velocidad de desplazamiento. Diez, catorce metros, etc. De nuevo estamos ante una cuestión (la real) de distancia social, y no de tipo de actividad humana (la que se ha regulado, se vigila y persigue). Vamos que no se controlan las posibilidades de contagio, sino el comportamiento de la gente. En principio, aquí en España, este estudio nos debería dar un poco igual. Pero no, no debería ser así. Resulta que entre los “vapores” exhalados durante nuestra respiración hay diferentes gamas de carga viral, tal y como los autores del estudio ilustran en el siguiente gráfico:

 
Gráfico del estudio (aporta muchos) que recrea la carga de particulasen su origen y dinámica. Las rojas son las mayor carga viral, caen antes. (Imagen: medium).

Según afirman, las gamas rojas son las que contienen las partículas más grandes, y las que producen la mayor oportunidad de contagio. Pero, también, caen antes. ¿Y? aquí quería llegar yo: ¡caen! Las deprenden los “soplones” de balcón, las fiestas urbanas improvisadas asomadas en los bloques y las urbanizaciones. Todas las manifestaciones públicas de “balconing” artístico, solidario, etc. según estas explicaciones aerodinámicas (física pura), son una fuente de contagio vertical de arriba hacia abajo. Cuanto más abajo vivas peor. Que no se preocupe nadie, porque ninguna persona en su sano juicio “social” se va a poner a denunciar o criticar esto. Pero, si es usted de los miedosos, salga al balcón con paraguas e impermeable. Y si es población de riesgo, mejor no salga, especialmente si escucha que la gente canta y grita mucho, más que nada porque el chorreo salivar será mucho mayor. ¡Ole, ole y ole! ¡Y muerte al invasor, y al ciclista, y a aquel que va por allí! ¡y viva España y la fiesta!


Y ya que he mencionado el asunto de la población de riesgo, me he enterado, por fuentes médicas contrastadas, de que la obesidad está considera como un factor de riesgo añadido para que la enfermedad del Coronavirus se cebe más en quienes la padecen. Buena noticia para los deportistas que entrenan mucho y se mantienen livianos, y para los delgados en general. No lo es para los obesos, quizás por eso no se ha hecho demasiado eco de ello en los medios. En cualquier caso, no hay que tomárselo a la tremenda, porque ni es el único factor de riesgo, ni se tienen todavía demasiadas certezas completas sobre el funcionamiento de este virus. Pero el dato está ahí. En un informe transferido por la UCI de Lombardía (Milán, Bérgamo, etc.) el 10 de marzo, los tres factores de prevalencia más destacados en relación con la necesidad de ingresar en la UCI eran la edad (> 65 años), el género (varones) y la obesidad. Como el documento que recibí era una prepublicación (esto va tan deprisa que a las revistas científicas no les da tiempo a ponerse al día), y para evitar caer, también yo, en lo de fiarse de cualquiera, busqué contrastar la información, encontrando muchas corroboraciones: Centers of Disease Control and Prevention (consideran in IMC por encima de 40 como factor de alto riesgo); Britain's independent Intensive Care National Audit and Research Centre (confirma que el 73,4 % de la gente tratada en cuidados intensivos por el Coronavirus está clasificado como de sobrepeso); etc. Además, visité la página web de World Obesity para ver si había algo relacionado. Y sí, lo había:

“La OMS ha declarado […]. Los Coronavirus pueden causar síntomas más severos y complicaciones en gente con condiciones de obesidad. […] además, las personas con obesidad que enfermen y requieran cuidados intensivos presentan retos de su manejo como pacientes […].

Esta pandemia está convirtiéndose rápidamente en una crisis económica global, la cual afecta desproporcionadamente a la población mundial más vulnerable. En muchos países este mismo segmento de la población es también en de mayor riesgo de obesidad, lo cual podría empeorar la crisis de obesidad en el futuro.

Además, esta pandemia podría contribuir a un incremento en las cifras de obesidad ya que los programas de pérdida de peso (que muchas veces son dirigidos en grupo) e intervenciones como las cirugías están siendo severamente limitados ahora mismo – y esto parece que podrá continuar así por un largo periodo de tiempo. Las medidas introducidas en algunos países (por ejemplo, no abandonar el hogar durante varias semanas, incluidos quienes no estén enfermos) tendrán un impacto sobre la movilidad, y el refuerzo de la inactividad física, aunque sea por cortos periodos de tiempo, incrementa el riesgo de enfermedades metabólicas.

Finalmente, la actual crisis y la necesidad de auto-aislamiento, están incitando a que muchos consuman comida procesada de mayor vida útil (en vez de comida fresca) y comida enlatada (con cantidades de sodio más elevadas) y podríamos ver un incremento de peso si esto persiste por un largo periodo de tiempo”. (World Obesity).

Como puede verse, no se trata, únicamente, de una crisis viral seguida de otra económica. Habrá más tipos de crisis. El problema es sistémico. Y como se deduce de los párrafos anteriores, cada sector se queja, y advierte, de lo suyo. Y las medidas genéricas, centrales, unidireccionales, pueden, en algunos casos, tener efectos colaterales graves e incluso generar importantes errores de detalle. Pero no pasa nada, ayer (el 8 de abril) el CSD ponía en marcha el denominado “Grupo de Tareas de Impulso al Deporte (GTID)”, con la intención se reunirse semanalmente para “salir de la crisis de la COVID-19 con soluciones sobre la mesa, especialmente en el terreno socioeconómico”. No me cabe la menor duda de que eso es lo que les preocupa, los aspectos socioeconómicos y no la práctica deportiva de la gente. La propia página del CSD declaraba que:

“Estaban miembros de las federaciones de fútbol, baloncesto, natación, atletismo, automovilismo, motociclismo y deportes de invierno, además de la Asociación del Deporte Español (ADESP), que engloba a muchas otras entidades; también La Liga, Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), Comité Olímpico (COE) y Paralímpico Español (CPE); y los clubes Real Madrid, FC Barcelona, Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao”. (CSD).

En definitiva, el GTID, que parece tener acrónimo de coche deportivo, es en realidad un grupo de negocios. A costa del deporte, pero, por encima de todo, de negocios. Y la presidenta del CSD no lo niega:

“Es evidente que el mundo Post-Covid será un mundo distinto. Hemos creado este grupo de tareas para estar más cerca de vuestras inquietudes, conocer de primera mano los problemas que está dejando el confinamiento especialmente en el terreno económico. Todo ese conocimiento, y vuestra ayuda, nos servirá para anticiparnos a lo que viene, a la futura vuelta, con soluciones que sirvan para paliar los efectos más devastadores de este mal momento”. (CSD).

Los intereses deportivos del estado parecen claros y no son los mismos que los de una gran parte de la ciudadanía o los de los organismos internacionales de salud. Lo importante ahora es que todo el mundo se quede quieto-parado en su casa, pero cuanto antes, pueda salir para juntarse con cuantos más miles de personas mejor, para gritar todos juntos en el Camp Nou, San Mamés o el Bernabéu.

Como decía aquel eslogan de los setenta: ¡Contamos contigo!

 
Uno de los carteles de aquella popular campaña. (Imagen: todocoleccion). 

¡Última hora! Empecé a escribir este texto coincidiendo, con el inicio del estado de alarma en España y lo publico cuando se cumple un mes. La mayor parte de él no ha sufrido variaciones, aunque ha ido evolucionando algo e incorporando datos y comentarios hasta la víspera de publicarlo. La coletilla de su título “por ahora”, ya preveía que iba a ser así, debido al enorme desconocimiento e impredecibilidad del funcionamiento de esta patología. Por eso es por lo que parte importante de su contenido tendrá una validez de vida efímera. Aunque hay algunas cosas que no, hay cosas que parecen no cambiar nunca… La novedad viene de la mano de la ciencia. Circula por ahí, por los grupos de discusión médica, en especial entre los neumólogos y, sobre todo, en las esferas española y estadounidense, una reciente teoría que algunos asocian a cierto apadrinamiento divulgativo por parte del prestigioso doctor Hany Mahfouz Helal. La teoría, en realidad, se apoya en un estudio preliminar (no un artículo de investigación validado, porque todavía es imposible que lo sea), firmado por los autores chinos Wenzhong Liu y Hualan Li (Sichuan University y Yibin University), titulado: “COVID-19: Attacks the 1-Beta Chain of Hemoglobin and Captures the Porphyrin to Inhibit Human Heme Metabolism” (El COVID-19 ataca la cadena 1-Beta de hemoglobina y captura el porphyrin para inhibir el metabolismo heme humano”). La importancia de esta teoría es doble. Por un lado, resulta tremendamente compatible con las observaciones del funcionamiento de la enfermedad (incluidos los factores predictivos de riesgos, el funcionamiento parcial de algunas terapias y no de otras, etc.). Por otro, explica el mal de un modo muy diferente al supuesto hasta ahora, convirtiendo en ocasionalmente inútiles algunos modos de proceder e incluso ampliando posibles vías de contagio y demás cuestiones relacionadas con todo este nudo gordiano. Pero conviene recordar que estamos tan solo ante una teoría más. Lo que me llama la atención de esta, y es por lo que no me he resistido a mencionarla aquí, es que se explica a través del ataque directo del virus a la hemoglobina en sangre, la cual inutiliza, provocando algunas consecuencias indirectas. Las podemos resumir (burda y simplificadamente) en una progresiva incapacidad para transportar oxígeno (por mucho que nos ayude un respirador), resultando un “exceso” contaminante de hierro no operativo que puede dañar sistémicamente a nuestro organismo, y una respuesta adaptativa consistente en provocar más hemoglobina no útil, más liberación de hierro, etc. Insisto, todo esto explicado coloquialmente. El asunto me parece interesante o llamativo, para la perspectiva del deporte, porque tiene mucho que ver con todo el sistema de transporte y consumo de oxígeno, Santo Grial de los deportes de resistencia. Parece que una de las causas de que la enfermedad se cebe más en los varones es la mayor tasa de hemoglobina de estos. Lo cual, inevitablemente, me hace preguntarme por el riesgo que pudieran tener los deportistas con hematocritos que rozan o superan el límite permitido por la lucha antidopaje, así como aquellos consumidores de sustancias como la EPO, etc. Tampoco he encontrado, ni soy capaz de adelantar, cómo afectaría todo este cúmulo de cadenas causa-efecto a las personas de vida deportiva que disfruten de capacidades de consumo de oxígeno tirando a elevadas. Se me amontonan muchas preguntas al respecto. Si esta teoría es (aunque sea aproximadamente) acertada ¿es bueno estar entrenado, o al contrario? ¿cómo le afectaría una anemia?; sufriéndo la enfermedad de manera asintomática o con síntomas leves ¿sería bueno o contraproducente entrenar?; ¿es más seguro pasarla a nivel del mar o en altura?; si como vaticinan algunos, hibiera repunte en otoño ¿nos convendría estar entrenados arobicamente, o no, o daría igual? En fin, un montón de cuestiones bastante interesantes desde la perspectiva de la fisiología deportiva. Personalmente me encuentro bastante tranquilo al respecto y, desde luego, con ganas de aprender. Pero eso sí, aun considerando este extenso texto como “provisional” de contenido, no pienso regresar a él para actualizarlo. Ni espero volver a tratar el tema en este espacio.

domingo, 29 de marzo de 2020

THE BOAT RACE


No es ningún secreto mi pasión por los eventos deportivos de larga tradición. Cualquier lector de este blog, casual o habitual, enseguida se da cuenta de mi interés por las versiones “retro” de diversas modalidades deportivas, por la historia deportiva en general, así como por el origen y evolución posterior de algunas competiciones que, con el paso de los años, han acabado convertidas en emblemas casi tanto o más culturales que deportivos. Algunas de esas celebraciones ya han sido tratadas en este espacio, pero la de hoy lo hace con méritos que nadie puede poner en duda, porque estamos hablando de una regata de remo que en 2020 alcanza su 166ª edición ¡casi nada!. Me refiero al desafío que anualmente, desde 1829, celebran los equipos de remo de las universidades de Oxford y Cambridge en aguas del río Támesis. Un acontecimiento que en su escenario físico, las riberas y los puentes del curso fluvial, reúne a unos 250.000 espectadores, y que algunos millones siguen por la retrasmisión televisiva de la BBC.

Todo empezó cuando dos amigos, Charles Wordsworth (sobrino del poeta William Wordsworth) y Charles Merrivale, se reunieron unas vacaciones en Cambridge y, entre otras cosas, se entretuvieron remando. Cada Charles era estudiante de un “college” perteneciente a cada una de las dos prestigiosas universidades, Worsdworth de Oxford y Marrivale de Cambridge. El caso es que se les ocurrió una disputa deportiva entre sus respectivas universidades y consiguieron que, aquel año, Cambridge retara formalmente a Oxford a una regata de remo en las aguas del río cerca de Londres, con la idea de que ambas universidades estuvieran representadas con sendos botes de ocho remeros. Las personas encargadas de formalizar el reto, Mr Snow (Cambridge) y Mr Staniforth (Oxford), se conocían bien porque habían sido compañeros de escuela ¡y de remo! En el prestigioso colegio de Eton, cuando eran más jóvenes. Así que todo esto “apesta” (en una apreciación positiva de la palabra) a efervescencia del desarrollo pionero del “deporte moderno” en la Gran Bretaña académica. La escolar y la universitaria. Herencia directa (en realidad más bien indirecta) de las metodologías de organización escolar de Thomas Arnold. Aquel primer desafío se llevó a cabo en Henley on Thames en junio, y Oxford lo ganó de calle. Quizás por ello, durante los siguientes 25 años, la prueba se desarrolló de forma bastante irregular. La segunda edición, en 1836, se mudó a Londres, lo cual generó cierta disputa de preferencias, pues Cambridge sentía querencia por Londres, mientras que Oxford por Henley. El recorrido experimentó algunos traslados y variaciones durante las primeras épocas de la regata. Incluso hubo ediciones en las que se remó en el sentido contrario al actual, es decir, descendiendo río abajo. Pese a ello, el recorrido actual, sobre el que más adelante volveremos, parece definitivo, pues lleva decenas y decenas de ediciones de consolidada reiteración. En este sentido, ni mucho menos se rema contracorriente, porque siempre se programa un horario coincidente con los momentos de marea ascendente.

La edición de 2020 es la número 166 en el caso de los hombres y 75 en el de las mujeres. Más tarde haré alguna referencia a los avatares sufridos por la prueba femenina. Por el momento baste señalar que esta es la quinta vez, en toda la historia, en la que las regatas femenina y masculina comparten el mismo día y el mismo recorrido.

Como no podría ser de otro modo, en un evento con una trayectoria tan longeva, la historia de la regata está cargada de anécdotas. Sufrió algunas interrupciones por causas diversas, principalmente por sendas guerras mundiales. Y también llegó a celebrarse en versión “no oficial” hasta en cuatro ocasiones. En 1912, con un tiempo de perros, naufragaron ambas embarcaciones. Oxford iba ganando y pudo orillarse para achicar y continuar, pero no hizo falta porque Cambridge, retrasado, no podía continuar, ¡victoria para los de azul oscuro!. Naufragios ha habido varios por parte de sendos bandos, aunque creo que más en el caso de Cambridge. Y también alguna que otra colisión.

Las chicas de Cambridge en pleno esfuerzo en aguas bastante revueltas. (Imagen: Mathew Childs - Reuters).

Únicamente en una ocasión el asunto quedó en tablas. Fue en 1877, cuando el árbitro principal (entonces único) decretó un polémico empate. Aquel día se reunieron muchos inconvenientes: mal día con escasa visibilidad, ausencia de unos ya clásicos puntos de referencia para facilitar la alineación visual en la línea de meta, y el hecho de que aquel juez había cumplido ya los 70 años y era tuerto. Parece un chiste pero no lo es, el caso es que Oxford se sintió claramente perjudicado y fueron muchas, y de lo más variopintas, las historias e interpretaciones que corrieron al respecto. La polémica regresó a los medios hace relativamente poco, en 2012, cuando un manifestante australiano interrumpió la carrera como protesta contra los recortes, el elitismo, etc. El juez principal tuvo que detener la regata en determinado punto del recorrido y la prueba se reanudó un tiempo después, desde aquel punto, pero con los botes saliendo sin diferencias. Lo que no pudo haber, fue cronometraje. No se decidía la regata sin cronómetro desde sus épocas pioneras. Una vez reanudada la competición hubo un contacto entre las parlamentas, a causa de la cual Oxford partió un remo. El árbitro interpretó que aquel incidente había sido culpa del propio Oxford y se debía seguir adelante. Finalmente, Cambridge se adjudicó la victoria, mientras que el proa de Oxford sufrió un colapso por sobre-esfuerzo y debió ser trasladado de urgencia. Ante tal panorama, la celebración de los vencedores fue, probablemente, la más discreta de la historia.

Parlamentas en contacto. (Imagen: universityrooms.com).

Las traineras de Pedreña y Orio en plena disputa. También hay roces ocasionales en banco fijo.

Ya que hablamos de embarcaciones podemos hacerlo de motines. Que se sepa, en la historia de ambos equipos ha habido dos. Ambos en Oxford. No es que fueran motines surgidos a bordo ni en plena regata, sino una especie de intentos de golpes de estado por parte de los integrantes del equipo durante su periodo de preparación. El primero ocurrió en 1959, cuando parte de la tripulación quiso remplazar, finiquitar o sustituir a su presidente. La figura del presidente de cada equipo es parecida a la del capitán, es un remero designado por cada universidad que finalmente tiene la potestad de configurar la alineación titular (aunque para ello tienda a respetar la que proponga el entrenador). Presidente del equipo, juntas de los clubes, representantes de diferentes equipos de remo de cada una de las dos universidades, etc. Son todas figuras y cargos que ostentan funciones y roles complejos, relacionados con protocolos que se han ido acuñando a lo largo de más de un siglo de tradición deportiva. De hecho, en aquella ocasión, ciertos representantes de Cambridge resolvieron salvar al presidente de Oxford, lo cual acabó disolviendo el motín. Curiosamente, al final, Oxford, sin algunos de los amotinados, acabó ganando el desafío.

Pero en 1987 volvieron los nubarrones para oscurecer el ambiente de entrenamiento de Oxford. Tras haber sufrido una severa derrota el año anterior, a través de un remero norteamericano, el equipo consiguió enrolar a otras cuatro figuras del equipo nacional de los EEUU. Durante el largo proceso de entrenamiento fueron surgiendo varias desavenencias entre los “yanquis” y el entrenador, del que criticaban unos métodos de entrenamiento excesivamente extenuantes, en su opinión anticuados, y con exceso de trabajo de “tierra”. Para colmo, quisieron sacar del barco al presidente, quien disputaba el puesto a uno de los suyos. Su pedigrí deportivo y otros factores hicieron que parte importante del resto del equipo se dejara llevar por el motín. Pese a ello, el desenlace trajo consigo la expulsión de los americanos y la victoria de Oxford en la regata contra todo pronóstico. Del asunto, no mucho tiempo después, surgieron libros defendiendo sendas versiones. Uno de ellos, ofreciendo la versión del entrenador, fue publicado como respuesta a otro que abogaba por la razón de los amotinados. Aquel libro, el de respuesta, parece que fue bastante duro, contundente y crítico, y sirvió de base argumental de la película “True Blue” (dirigida por Ferdinand Fairfax), una cinta bonita de ver, y entretenida para los amantes de este deporte.

El asunto de los motines en el remo no debe tomarse a la ligera. En mi trayectoria como preparador físico de traineras, he llegado a ver hasta tres. Y no es que los remeros puedan ser considerados como piratas o galeotes encadenados al remo por algún pasado delictivo. No, lo que pasa es que se trata de un deporte que integra, como ningún otro, el esfuerzo individual con el colectivo. Entrenando y compitiendo en remo se sufre mucho. Muchísimo. Es una actividad tremendamente exigente y dura. Y el proceso de montar un equipo numeroso (ocho remeros en el caso de esta regata, y trece para una trainera) es a la vez selectivo y plagado de tantas variables intangibles que puede acabarse interpretando como oscuro. Cada remero quiere lograr un puesto individualmente, mientras que cada entrenador busca que el barco rinda como unidad colectiva. El estilo de palada, la frecuencia, el ritmo, son factores que van mejor o peor a las cualidades de cada miembro del equipo. Unas favorecen a unos y otras a otros. Los remeros, además, tienen sus amistades, sus vinculaciones emocionales y se alían o enfrentan a través de diversas dinámicas sociales internas nunca declaradas. Esto último hace que cualquier intento de comprobación de rendimiento entre dos remeros de un mismo equipo resulte imposible, salvo que se haga por vía menos específica (remoergómetro o bote individual), porque de otro modo, sus compañeros de tripulación durante el test, se esforzarán, más o menos, en función de su mayor o menor apego a los evaluados. Por otro lado, se sabe que la suma de figuras excelentes no garantiza la mejor combinación de tripulación. Aquí, tanto o más que en la “sogatira” o en muchas otras tareas colectivas, el denominado efecto Ringelmann causa estragos. Maximilien Ringelmann fue un ingeniero francés que entre los años 1882 y 1887 estudió el rendimiento grupal, precisamente, mediante ejercicios de tirar de una cuerda. Hizo pruebas con equipos que iban desde uno hasta ocho miembros, concluyendo que: a medida que el número de miembros que tiraban de la cuerda era mayor, el esfuerzo de los componentes del grupo disminuía progresivamente. Este fenómeno, que otros llaman efecto polizón, parece explicarse por dos tipos de causas: primero, motivacionales, la combinación de la desmotivación ante tareas esforzadamente repetitivas, con la confianza en que los demás cubrirán el aporte necesario (piensen ustedes en el asunto de los impuestos, por ejemplo); segundo, problemas relacionados con la coordinación de los desempeños individuales durante la acción grupal (algo fundamental para que un bote a remo navegue fino y bien). Como decía, aunque no me afectaron directamente a mí, pude ver crecer de cerca, incluso evaluar, tres motines de equipo de remo: uno contra el entrenador, y otros dos, contra sendos entrenadores-remeros. Nada agradable, aunque todo hay que decirlo, si eres una persona interesada en la observación de la condición humana… interesante.

Pedreña en una de las épocas en las que formé parte de su equipo técnico.

Actualmente, el asunto de “The Boat Race” (como se denomina la regata Oxford-Cambridge) es cosa de cuatro clubes: OUWBC, OUBC, CUWBC y CUBC. O lo que es lo mismo: OXFORD WOMEN UNIVERSITY BOAT CLUB, etc. El OUBC (hombres) se creó en 1829 con el único objetivo de ganar la primera regata.  Su presidente (remero) es elegido anualmente siguiendo unas bases. Su color corporativo es el azul oscuro. Ambos clubes nutren sus equipos con una selección de remeros de los diferentes centros de remo de todos aquellos Colleges pertenecientes a sus respectivas universidades. El color de Cambridge es un azul celeste muy pálido (casi verde), en cuyo origen parece tener algo que ver su fusión con Eton, pues se sabe que, en un primer momento, Cambridge compitió de rosa. El Club fue fundado en 1928. Ambos equipos tienen un barco titular y otro de reserva. De hecho, los de reserva también se enfrentan entre sí cada año. Los botes de Cambridge son Cambridge y Goldie, mientras que los de sus oponentes son Oxford e Isis. A los remeros se les supone un estatus de deportistas amateur, ya que han de ser estudiantes realmente matriculados en sus respectivas universidades. Ello no es impedimento para que se den casos de que haya algunos remeros olímpicos enrolados y se sigan programas de entrenamiento muy próximos a lo que podríamos considerar como dedicación profesional.  Sin embargo, el estatus académico ha de ser real, y en ninguno de los dos casos las respectivas universidades ofrecen ventajas para matricularse a potenciales remeros de interés, o facilidades especiales para entrar y cursar estudios que, además, han de ser de al menos dos años de duración. Este es un asunto que ha estado cerca de irse al carajo en algunas ocasiones, tal es la rivalidad deportiva entre ambas entidades. Afortunadamente, el evento y la tradición no han sucumbido, tal y como viene ocurriendo con casi todas las demás manifestaciones deportivas de alto impacto, en las que el máximo nivel competitivo acaba infiltrándose, acaparándolo todo y arrasando con el espíritu de muchas de las competiciones con más abolengo.

El balance actual arroja una ligera ventaja a favor de Cambridge y lo hace en todas las categorías: 84 victorias en hombres contra 80; 44 contra 30 en mujeres; 31 – 24 en el barco de reserva masculino; y 27 – 20 en el de reserva femenino. Pero no hay que fiarse, porque la disputa permanece y experimenta flujos y cambios de tendencia, tal y como demuestra el siguiente gráfico:

Evolución de victorias de los cuatro botes implicados en la regata. (Imagen: wikipedia).

En lo que respecta a la regata femenina, es un claro ejemplo de conquista progresiva no exenta de dificultades. Su trayectoria se inició en 1927, prácticamente un siglo más tarde. Desde entonces sufrió una cambiante evolución, tanto en saltos de fechas de celebración, como en localización del recorrido e incluso en distancias sobre las que competir. Su estabilidad real se consolidó a partir de 1964. Aún entonces, la regata femenina se encontraba una manifiesta y masiva oposición por parte del público, que consideraba que no se debía permitir a las mujeres participar en tal evento. Todo un nefasto comportamiento clásico que ya conocemos de la evolución histórica de otras disciplinas deportivas y muchos otros campos de la civilización humana. En los años setenta, su regata se trasladó a la zona de Henley. Desde entonces, sus estándares de rendimiento no han hecho más que crecer y ahora, desde 2015, la prueba se celebra en el mismo escenario y recorrido que la de los hombres. Los barcos de reserva de las chicas con el Osiris (Oxford) y Blondie (Cambridge).

Una de las primeras regatas femeninas. (Imagen: theboatrace.org).

Los primeros años, las chicas se disputaban el trofeo en desempeños separados, en los que se valoraba el tiempo empleado y el estilo de remada. A partir de 1935 empezaron a competir simultáneamente, sobre distancias de 500 yardas o media milla, celebrándose en diversos lugares, tanto en zonas de remo de Oxford o Cambridge, como en diferentes tramos del Támesis. El OUWBC fue fundado en 1927, un año antes de la primera regata y aunque su historia está cargada de derrotas, en la actualidad está mostrando una excelente racha de victorias. El CUWBC fue fundado bastante más tarde, en 1941. Hasta entonces, quien representaba a la universidad en la regata era el club de remo del College Newnham. En la edición de 2019, en la confrontación entre los barcos de reserva, el Blondie de Cambridge, como viene siendo habitual, derrotó al Osiris de Oxford. En el de color azul claro iba enrolada una remera española: Adriana Pérez Rotondo, madrileña que está cursando en dicha universidad un doctorado en neurociencia computacional. Ganaron, y a Adriana, que calcula permanecer allí unos tres años más, le gustaría acabar formando parte de la tripulación del primer barco. Fácil no será, ya que, tradicionalmente, el CUWBC viene siendo un yacimiento casi permanente de remeras para el equipo olímpico británico. Su caso tiene mucho mérito porque Adriana nunca antes había remado hasta llegar allí. Había practicado triatlón a nivel de aficionada.

Adriana Pérez Rotondo a bordo del Blondie. (Imagen: Marca).

Entre los hombres, históricamente, destaca la figura de Boris Rankov, que ganó seis veces con Oxford (entre 1978 y 1983). En tres de esas ocasiones remando como “cuatro” y en las otras tres como “cinco”. Su destacado caso llevó al establecimiento de la llamada regla “Rankov”, según la cual ningún remero podrá competir más de cuatro veces como estudiante no graduado y otras cuatro como postgrado. Rankov ha sido el juez de la prueba en cuatro ocasiones, y es profesor de historia clásica en la Royal Holloway University of London. Entre sus investigaciones prácticas, destaca una en la que lideró la reconstrucción de una galera trireme, a modo de estudio práctico de las utilizadas en el Mediterráneo por los fenicios, griegos y romanos. El barco construido en su proyecto de arqueología práctica es una versión ateniense, se llama Olympias y tuvo a la mismísima Armada Griega como entidad asociada al proyecto.

Boris Rankov. (Imagen: Katie Chan - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=39678563).

La espectacular trireme Olympias. (Imagen: ekathimerini.com).

Más popular actualmente, pero menos meritorio en cuanto a resultados, es el caso del actor Hugh Laurie (Doctor House) que trató de seguir los pasos de su padre, quien ya había logrado la victoria con Cambridge e incluso se adjudicó una medalla de oro en los JJOO de Londres en 1948. El hijo participó en la regata en una única ocasión, en 1980, y perdieron.

El actor hecho un chaval (Imagen: telocuentodecamino.com).

Otro caso peculiar fue el de los gemelos Cameron y Tyler Winklevoss, que remaron para los EEUU en los JJOO de 2008 (quedando sextos) y compitieron en el equipo de Oxford de 2010. Su fama les vino, posteriormente, por haber sido co-fundadores de Facebook (en realidad lo que hicieron fue crear una red social con otro nombre, en la que “el otro” se basó para desarrollar la suya. Tras la correspondiente demanda, los hermanos se embolsaron 65 millones de dólares). Sin embargo, no se puede tener todo en la vida, en la regata, con Oxford, perdieron.

Los hermanos Winklevoss remando para Oxford. (Imagen: Richard Heathcote - Getty).

El recorrido de la regata tiene una longitud de 6,8 km, río arriba. Desde Putney a Mortlake. Al equipo que gana el sorteo de moneda previo le corresponde elegir por qué lado (o “estación”) del río disputar la regata. Dichas estaciones son denominadas Middlesex y Surrey (norte, orilla izquierda del río, pero derecha en el sentido de la regata, y viceversa, respectivamente) y ambas presentan ventajas e inconvenientes ya que el recorrido dibuja varios meandros. La salida se da en Putney Bridge. Más adelante reman bajo Hammersmith Bridge y Barnes Bridge, para finalizar poco antes de Chiswick Bridge. Este trazado se ha venido empleando para la regata desde 1845 hasta ahora. Excepto en tres ediciones: 1846, 1856 y 1863, en las que pese a recorrer el mismo itinerario, se disputó en sentido contrario. Los puntos exactos de alineamiento de las líneas de salida y llegada están marcados por sendos mojones de piedra, levantados en el paseo de ribera. Son las denominadas University Race Bone Stones (URB). La primera se alinea con un par de barcos que se colocan a su altura en el río. La segunda con respecto a un poste colocado en el lado opuesto (Middlesex).

Primeros lances de la regata. (Imagen: menzig).

A la altura del puente de Hammersmith la ventaja de remar por el lado de Surrey puede manifestarse. Según las estadísticas, el 80% de los barcos que han encabezado la prueba al pasar por allí, han acabado venciendo la regata. Sin embargo, si tales estadísticas se filtran, centrando su revisión en las últimas dos décadas, esa previsión se tambalea. Si las embarcaciones van lo suficientemente parejas, el patrón del lado de Surrey puede intentar trazar un rumbo que vaya obligando al otro bote a tener que irse abriendo mucho, sumando más metros a su recorrido. Pero la estrategia tiene que andar jugando con cuidado con el nivel de permisividad que aplique el árbitro. Al acercarse a Chiswick Eyot, donde hay una pequeña isla, se presenta un tramo recto en el que la disputa puede resultar muy directa y decisiva. Antes, durante y después de esa zona, los vientos pueden tener mucha influencia sobre el rumbo a trazar. Los dos récords de la prueba, el de hombres y el de mujeres, actualmente están en poder de Cambridge, pero como las condiciones son cambiantes de un año para otro, y la evolución del rendimiento de los remeros, la tecnología de los botes, los sistemas de entrenamiento, etc. también van mejorando, no es esta un competición en la que la marca sea importante. Lo relevante es quién gana en cada edición. En cualquier caso, las mejores marcas vigentes son: 16 min 19 seg para el barco masculino y 18 min 33 seg para el femenino. Establecidos en 1998 y 2017 respectivamente. Sin duda, se trata de una prueba muy larga para lo que se estila en el remo de élite, el cual vive a la sombra de los JJOO, en los que todas las pruebas de todas las modalidades, categorías, número y género de los remeros, y modelos de barco se disputan en calles rectas no invasivas y sobre una distancia fija de 2000 metros.

Mapa del recorrido. (Imagen: theboatrace.org).

La prueba es arbitrada por un “viejo Azul”, que provine, alternativamente, año tras año, de Oxford o de Cambridge. Básicamente, el reglamento dicta que cada bote ha de remar por su lado, aunque disfrutando de agua libre (sin molestar al otro) puede acercarse a la orilla opuesta a conveniencia. Si esa distancia se corresponde con un largo de barco, el de delante puede incluso cruzar su rumbo con el del perseguidor. En cualquier caso, ambas tripulaciones deben remar bajo los arcos centrales a su paso por los puentes de Hammersmith y Barnes. Como toda persona que haya remado en casi cualquier tipo de embarcación sabe, cuando no hay calles precisas por las que se esté obligado a avanzar, en aguas más o menos abiertas, siempre hay un rumbo concreto por el que resulta más ventajoso desplazarse. Puede ser a causa del viento, la corriente, la distancia geométrica, el calado… los patrones expertos lo saben y lo notan enseguida, y ello hace que los barcos pretendan ir, muchas veces, por el mismo lugar, disputándose la preferencia y acercándose entre sí peligrosamente. Ahí es cuando el árbitro tiene que emplearse a fondo, intentando mantener a raya al bote que pretenda lograr ventaja mediante alguna “falta”. Podría llegarse incluso a la descalificación de uno de los dos contendientes, pero, en tiempos modernos, esto únicamente sucedió en 1990 y fue en la regata de los barcos de reserva. En ocasión más reciente, 2001, el árbitro ordenó detener la competición tras un choque de palas, para reiniciarla acto seguido. El resultado fue una edición muy controvertida, y desde entonces se ha ido creando un panel de árbitros expertos en el que hay cuatro miembros procedentes de cada universidad, para ayudar al juez principal.

Equipo de Cambridge, La Revue des sports, 2 avril 1890, p.1027. (Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61934516).

Equipo de Oxford, La Revue des Sports (Paris), 29 mars 1890, p.1019. (Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61934546).

Ante eventos deportivos de este tipo, enormemente prestigiosos pero muy alejados de los formatos y estándares olímpicos o federativos, siempre ronda la duda sobre cuál sería el rendimiento comparado entre los remeros de los botes de la élite de estas universidades y los de las mejores tripulaciones del mundo del remo de pista. Las comparaciones son odiosas y en realidad estériles, salvo para algunos periodistas a los que a veces les da por alimentarlas, recurriendo a métodos de evaluación frecuentemente chapuceros y faltos de rigor técnico y científico (soy crítico en esto porque hace poco vi un disparate de “comparativa” entre un jugador de fútbol en pleno partido y un atleta de velocidad de la élite mundial, cuyo tratamiento era como para llorar). En este caso, además, son doblemente odiosas. Para empezar, por toda una batería de argumentos de tipo técnico que hacen poco comparables ambos tipos de rendimiento:

  • Por mucho que entrenen y se dediquen al remo los tripulantes de ambas universidades, cosa que hacen, no llegan a la dedicación exclusiva y profesional que empeñan los remeros olímpicos. Lo mismo que tampoco el nivel de apoyo suministrado por sendas universidades se corresponde con el disponible por parte de los equipos nacionales de las principales potencias mundiales del deporte (bioquímica incluida).
  • Tampoco la selección de partida es equiparable. Con mayor o menor flexibilidad, los remeros de Oxford y Cambridge han de ostentar cierto nivel académico, mientras que para la selección de talentos deportivos los equipos nacionales disponen de total libertad, ampliando enormemente sus yacimientos. Sabemos que ha habido remeros olímpicos enrolados en las tripulaciones universitarias, pero han sido casos concretos, en los que han coincidido muchos factores para que fuera así.
  • Las temporadas de entrenamiento y competición son completamente diferentes entre ambos ámbitos. La de esta gran regata es una temporada más invernal y bastante más corta. Con menos competición de calidad y separada del “circuito” del Alto Rendimiento mundial.
  • Estos universitarios han de aprender a remar en condiciones muy adversas, con oleajes que, en ocasiones, provocan naufragios o llegan a estar cerca de hacerlo. Condiciones para las que hay que prepararse y que jamás se dan en las otras competiciones, en las que si la meteorología es adversa, se suspenden las regatas. Esto mediatiza la preparación y el entrenamiento, porque en el segundo caso se entrena para ir muy rápido en condiciones bastante ideales, mientras que en el primero se entrena para remar casi en cualquier condición. Lo cual a veces implica ser capaz de avanzar lentamente, pero más rápido que el barco contrario.
  • Y por último está el tema de la distancia. Casi 7 km contra 2, de aguas algo abiertas y pista, respectivamente. Ello supone un tiempo de esfuerzo de algo menos de seis minutos para los “ochos” olímpicos (todos los barcos de hombres ganadores bajan de los siete minutos, incluso los de un remero), comparado con los 16 minutos largos de la regata del Támesis. Ello implica demandas fisiológicas suficientemente alejadas como para requerir preparaciones diferentes e, incluso, hasta perfiles deportivos algo distintos. Básicamente, el componente aeróbico cobra más importancia relativa en el río, mientras que en la pista el componente anaeróbico, sin ser predominante se hace bastante más presente. Todo ello tiene que ver con la fuerza específica aplicable y algunas cosas más.
  • Independientemente de todo lo anterior, que a nadie le quepa duda, los remeros de élite son mejores que los de las dos universidades británicas. ¡Claramente mejores! No hay ninguna discusión al respecto. Si alguien se empeña en escarbar más en la cuestión es porque quiere establecer algún tipo de ambigua medición del tipo de: un poco mejores, muchísimo mejores, etc. Ha habido épocas en las que, para los remeros olímpicos, esta regata estaba considerada como una especie de manifestación folclórica, rayando en cierto desprecio hacia ella. La verdad es que el nivel de empeño que actualmente invierten los equipos en su preparación está consiguiendo que, en los últimos tiempos, de cara al público, entendido o no en el asunto, muestren un nivel más que suficiente como para darle emoción, prestancia deportiva y justificación de la atención.


Estas últimas reflexiones tienen que ver con la segunda odiosa naturaleza comparativa que habíamos dejado aparcada, la cual surge de la manía de pretender medir, generalizar, simplificar y someter toda manifestación deportiva a unos patrones globales habitualmente marcados por las esferas olímpica o federativa. Lo han intentado con el tenis, el golf, el baloncesto y casi cualquier tipo de disciplina deportiva. Pero la NBA no se achica, ni el Masters de Augusta, ni Roland Garros, ni un largo etc. de eventos con gancho, tradición o buen hacer. Hace años que en España se cargaron los verdaderos Juegos Escolares, los cuales fueron fagocitados por la organización federativa con el beneplácito (y alivio) de las administraciones públicas. Para eso, los anglosajones (en este caso los británicos, y en otros muchos los norteamericanos con su imponente sistema deportivo universitario) son muy mirados. Probablemente por cuestiones de tradición pionera, el sentido de la competición vinculada a los sistemas académicos cobra especial relevancia para ellos. Esta regata del Támesis es un buen ejemplo de ello, por lo que, el nivel comparado de estos remeros con los otros está completamente fuera de lugar. Esto es una competencia universitaria, y parte de su mérito está en que, pese a ello, es capaz de movilizar e interesar a millones de personas. Por eso mismo me declaro fan de la regata escolar de traineras Galerna del Cantábrico, de la que ya di referencias en alguna ocasión anterior. En su caso, con gran acierto, se recupera parte de ese sentimiento académico-corporativo que, bien empleado, acaba convertido en un magnífico recurso educativo. En su caso no promueve una competencia bilateral entre dos instituciones académicas rivales, sino que tal rivalidad se distribuye mucho más y acaba fluctuando con el paso del tiempo, lo cual, todo hay que decirlo, resulta incluso más sano.

Salida de una final en una edición del Memorial Galerna de Cantabria para estudiantes.

Ya he contado alguna vez que la pasada temporada estuve remando un poco en trainera. A causa de ello, este año me he involucrado en algunos de los proyectos que tiene en marcha la asociación Navigatio. Uno de ellos consiste en un proceso continuado de entrenamiento de una tripulación de veteranos que anda barajando una corta lista de objetivos muy sugerentes. Para ello, aparte de la preparación individual que cada uno pueda llevar a cabo por su cuenta, como colectivo, nos reunimos un par de veces a la semana para remar juntos. Un día de labor para ejercitarnos en un foso, y una sesión de fin de semana saliendo a remar en la trainera. Como actividad complementaria, con un carácter más social y cultural, a uno de nuestros “directivos” (Chepe) se le ocurrió que podíamos quedar para celebrar una comida y, de paso, ver juntos la retrasmisión de la regata Oxford-Cambridge (The Boat Race) emitida por la BBC. Para ello buscó un local muy especial: el centro de estudios de inglés Queensgate International College de Santander, donde dispondríamos de un acogedor salón, pantalla grande y hasta un taller de cocina en la que organizar nuestro propio almuerzo. Ni que decir tiene que me pareció una propuesta de lo más apetecible, por lo que me sumé a ella con ganas.

De inmediato, me acordé de un polo de rugby de manga larga que sería ideal para llevar puesto ese día. Hace años (demasiados), uno de mis cuñados viajó al sur de Inglaterra y a Gales en una especie de gira amateur de rugby. Le encargué que me comprara una camiseta de la selección de rugby de Gales pero no cumplió con mi encargo exactamente. Lo que me trajo fue otra bien distinta. Era una de tipo conmemorativo que se había diseñado para celebrar el tradicional encuentro entre los equipos de rugby de Oxford y Cambridge. Tenía un escudo del “match”, una pequeña leyenda, e integraba los colores de sendos equipos, combinados con el blanco. La prenda estaba muy bien y tenía un simbolismo deportivo-histórico muy interesante. El problema es que, tras décadas de uso, llegado este momento, hacía poco que me había desprendido de ella por su mal estado. ¡Qué lástima! Ahora sí que la iba a echar de menos.

Foto de archivo familiar con el viejo polo conmemorativo Oxford-Cambridge de rugby.

Tanto, que no pude evitarlo y me pasé, virtualmente, por la tienda oficial de la regata y… ¡pequé! Repuse mi prenda conmemorativa con otra de distinto diseño, mismas connotaciones, pero específicamente dedicada a la confrontación de remo. Y eso iba a ser lo que decidí que me pondría para ir a nuestro evento social.

Foto actualizada con los nuevos polos de The Boat Race.

Nuestro uniforme (de pareja) era neutral, integraba equivalente referencia a sendas tripulaciones, lo cual representaba bastante bien mi preferencia para esta regata: ninguna. Sin embargo, tengo que reconocer que, de pequeño, recuerdo que cuando la cultura popular española importaba binomios anglosajones (algo que era frecuente), de manera inconsciente e irracional, tendía a inclinarme en favor de alguno de ellos. Oxford-Cambridge, Beatles-Rolling Stones, Liverpool-Manchester, etc. fueron algunos ejemplos, y en todos ellos opté, en aquel momento, por la primera opción, sentimiento de afiliación que, con el tiempo, se ha desvanecido totalmente. Ahora bien, por eso de velar por el eterno interés del evento y el ingrediente que una sostenida rivalidad en el mismo representa, en esta ocasión prefería que Oxford se llevase el gato al agua. A ser posible en las cuatro regatas: las masculinas y las femeninas. Por eso de acercar las cifras de victorias acumuladas, que por el momento sonríen más a Cambridge.

A medida que el evento se ha ido aproximando, el efecto de un fenómeno global no previsto sobre la regata se fue haciendo más drástico. Me refiero, cómo no, al COVID-19. A un  mes vista de la regata, nuestros planes eran los explicados para su celebración (fechada el 29 de marzo). El 10 de marzo ya tenía en mi poder nuestra vestimenta conmemorativa. El 14 de marzo ya quedaba "normativamente estipulado" que no podríamos reunirnos con el resto de miembros de Navigatio, por tener que cumplir con las directrices de confinamiento. Todavía nos quedaba la opción de verlo por nuestra cuenta en casa, a través de Internet, para posteriormente comentarlo por mensajes con los demás y poder rematar esta entrada con algún resultado. Pero, tal y como pintaba el asunto, definitivamente, el 16 de marzo (por la tarde), el comité organizador daba por suspendida la regata.

“Dada la situación sin precedentes que encara nuestro país y cada uno de nosotros como individuos, el bienestar público supera con creces el resto de consideraciones. La cancelación de The Boat Race es con claridad la decisión correcta, pero no sin tristes consecuencias. Nuestro pensamiento está muy cercano a los deportistas que han trabajado muy duro y han hecho inmensos sacrificios para representar a su universidad y ahora no pueden hacerlo”. Robert Gillespie.

No es la primera vez en su larga historia, puede que tampoco sea la última en la que la regata se ve suspendida. En cualquier caso, tras 165 ediciones celebradas, parece evidente que sobrevivirá. Confío en que el año próximo la podamos volver a disfrutar, y que sea por muchas décadas.