domingo, 31 de mayo de 2020

“OUTSIDERS” DE LA HISTORIA DEL MOUNTAIN BIKE

Hace tiempo dediqué una larga entrada del blog a los orígenes del Mountain Bike. Disfruté mucho haciéndolo, entre otras cosas, porque parte del contenido me era relativamente cercano por haber coincidido en el tiempo con mi propia vida y mi afición ciclista. En aquella ocasión desarrollé el asunto abordándolo en tres amplitudes de enfoque diferentes: una macro (americana), otra meso (nacional española) y otra micro (cántabra). En todas ellas me dejé, forzosamente, bastantes contenidos en el tintero, y este me parece un buen momento para atender como se merecen a algunos de ellos. En esta ocasión, todos extranjeros. Se trata de una serie de factores que, si bien fueron tan importantes o significativos para el desarrollo y evolución de la bicicleta de montaña como algunos de los narrados entonces, por diversas razones, quedaron algo apartados a la hora de serles concedido el protagonismo que merecían. Por eso los califico de “outsiders”, aunque como iremos viendo, la intervención de algunos de ellos en el proceso de germinación del BTT fue esencial.


John Finley Scott.

Voy a empezar hablando de John Finley Scott. Y para pasar el mal trago cuanto antes, diré que murió asesinado en circunstancias poco claras, al parecer, tras descubrir que un hombre al que contrataba para que le hiciera labores de poda y jardinería en su propiedad, falsificaba cheques suyos para robarle. Aquello fue una tragedia porque John era un hombre entrañable que había hecho mucho en favor del ciclismo no competitivo en su país, y había ayudado a salir adelante a algunos de los jóvenes que, con el paso del tiempo, acabaron convertidos en gurús de la BTT e incluso en empresarios del ramo. Scott era mayor que todos ellos, su afición al ciclismo venía de antes, y de lejos en el tiempo. Era lo que entendemos por un auténtico cicloturista viajero, de los que colocaban sus alforjas en una bicicleta de corredor y partían en busca de largas rutas supuestamente atractivas, ascendiendo pasos de montaña importantes y sin importarles demasiado aventurarse por pistas sin asfaltar. De su caso hay muchas pruebas, fotografías y artículos que nos demuestran que, además de entender el ciclismo como una experiencia viajera, hacía de él una práctica de ciclismo de montaña y del “gravel”, mucho antes de que ambas modalidades vieran la luz.

John Finley Scott. (Imagen: marin mmbhof.org).


Son muchos los cronistas que se empeñan en considerar al señor Scott (que nada tiene que ver con el famoso fabricante de bicicletas) como el verdadero y oculto inventor de la bicicleta de montaña. Para ello se apoyan en un hecho interesante: que en 1953 diseñó una bicicleta para él mismo que presentaba ya muchas de las especificaciones técnicas que, unos 25 años después, caracterizaron a las primeras BTT. A la bicicleta en cuestión la apodó como “Woodsie”, y su génesis tuvo que ver con el evidente afán e interés que Scott sentía por poder internarse en los bosques, las montañas y los terrenos no asfaltados en bicicleta, su gran pasión. Como algunos acertados analistas sugieren, todo aquello sitúa a Scott en un merecido “puesto” de relevancia en el asunto del nacimiento de la bicicleta de montaña. Pero no en un mérito exclusivo o preferente, pues tal honor individual no existe. Ni en su caso, ni en el de nadie. Puestos a buscar personajes que se empeñaron en construir, diseñar o probar bicicletas por terrenos abruptos y poco “civilizados”, podemos encontrar a unos cuantos, a lo largo de la historia de la bicicleta, y bastantes de ellos, entre los pioneros del ciclismo, tanto a finales del siglo XIX como a principios del XX.

Básicamente, “Woodsie” era una bicicleta con el tradicional cuadro en forma de diamante, lo más reforzado posible, con manillar plano y con ruedas de generoso balón para su época. Varias coronas detrás, un plato bastante pequeño delante, freno delantero de zapatas y, probablemente (no estoy seguro de esto) de tambor y contra-pedal detrás. Además, un sillín muy amortiguado.

Foto Woodsie. (Imagen: marin mmbhof.org).


Croquis de la Woodsie. (Imagen: jeff barber).


Por otros documentos de correspondencia, sabemos que, en 1958, encargó un tándem al artesano británico Jack Taylor. Lo que entre ellos denominaban un Curved Tube Touring Tandem, esto es, un tándem con el tubo vertical del segundo pasajero curvado para acortar la distancia entre ejes (una tendencia que ha tenido muchos “novios” queriendo atribuirse la idea, y que fue muy habitual en las bicicletas de carretera en los ochenta). En los cruces de correspondencia se puede comprobar como Scott tenía muy claro lo que quería, y plasmaba con total detalle las especificaciones de todos los componentes. Por ejemplo, que deseaba doble sistema de frenos, tanto delante como atrás. Uno por frenos de zapatas y otro por frenos de tambor. Taylor le pudo ofrecer la solución parcial que entonces se estilaba: zapatas delante y combinado de zapatas y tambor atrás. En cuanto a los cambios, Scott pidió triple plato delante (ya había alguno) y cinco coronas (máximo en aquella época) detrás. Como anécdota, podemos señalar que fue a costa de aquel encargo, por lo que Scott acabó convertido en un “anti-Campagnolo” declarado. Y es que él había pedido cambio Campagnolo detrás, pero Taylor le explicó que para los tamaños de coronas que pretendía montar, el desviador italiano no iba a poder funcionar bien. Le aconsejó decantarse por un Simplex, a los que desde entonces Scott fue muy fiel. Todo este proceso de toma de decisión me resulta especialmente simpático porque a lo largo de las temporadas en las que estuve involucrado a fondo en la participación de eventos de ciclismo “retro”, fui testigo de la excesiva devoción que la mayoría de los aficionados a dicha especialidad manifiestan hacia el fabricante italiano, menospreciando muchas otras marcas y modelos que, en ocasiones, tienen mayor valor histórico, antigüedad e incluso, como en casos como este, eficacia. El caso de Simplex es paradigmático, seguramente porque se trató de un material que abundaba en España y resultaba mucho más económico. Sin embargo, la historia del ciclismo europeo de las grandes y más importantes carreras, y muy en especial en el caso francés, estuvo empapada, en algunos momentos importantes, del material fabricado por Simplex. En lo personal, tengo que decir que tengo bicicletas montadas con desviadores Campagnolo, Simplex y alguno más. Cada cual intentando estar en concordancia con el tipo y origen de la bicicleta en las que los he montado. Tras haberlas utilizado todas mucho, puestos a elegir, tengo una combinación favorita que no es otra que una Razesa de principios de los ochenta, cuyo desviador trasero Simplex lleva conmigo más de treinta y cinco años, sin darme un solo problema, habiendo viajado mucho, compitiendo, pedaleando muchos kilómetros de pistas sin asfaltar y, de unos años para acá, gestionando coronas de más de treinta dientes.

El año en que nací, John Finley Scott hacía tiempo que escribía artículos, algunos de ellos sobre el mundo de la bicicleta, y en concreto, en aquella fecha, publicó uno muy destacado titulado «“Rough Stuff” Ciclyng in the USA» (“Material rudo” ciclismo en los EEUU). En el explicaba su interés por adentrarse en territorios naturales deshabitados y cómo había llegado a la conclusión de que, para hacerlo, en su país, el mejor vehículo posible era una bicicleta. Describía la bici que utilizaba en aquella época. Una hecha a medida por un artesano inglés, con tubería Reynolds de acero y un tubo de pedalier algo elevado. Algunas especificaciones eran similares a las que ya había elegido anteriormente para su tándem. El texto finalizaba con la narración de una ruta en la que había puesto a prueba la bicicleta descrita.

Una de sus bicicletas (de 1961, construida por Jim Guard) "precursor del gravel". (Imagen:


Buscando información sobre el personaje, también he encontrado evidencias de un viaje cicloturista realizado por el centro de Europa en 1971. He visto una foto en la que aparece junto al poste de señalización del Furka Pass en los Alpes. Se trata de un puerto de paso mítico que además vincula mis aficiones ciclista y esquiadora. Y es que, nada menos que Sir Arthur Conan Doyle publicó, en una revista británica, los avatares de una excursión con esquís que llevó a cabo en invierno a través de ese mismo paso. Aquel fue uno de los primeros artículos de prensa publicados en Europa (noruegos aparte) dedicado específicamente al esquí alpino (entonces, realmente de travesía).

Scott posando en uno de sus viajes con alforjas. (Imagen: connorMA en timetoast)


Precisamente, en la década de los años setenta, Scott influyó poderosamente, a través de sus escritos, sus entrevistas y su alianza con algún influyente activista, para que el estado de California considerara a las bicicletas como vehículos, y no las restringiera a los espacios y velocidades de circulación de los peatones. Aquel fue, quizás, el hito más importante de sus aportaciones a la comunidad ciclista, ya que, en aquella época, se estaba barajando qué hacer y cómo regular la presencia de las bicicletas dentro del entramado circulatorio, y de haberse legislado en la dirección opuesta, la historia del ciclismo, al menos la del americano, habría sido muy diferente, no habiendo pasado, quién sabe, de un uso meramente infantil y lúdico. Un factor clave de aquello era la tendencia que en materia de normativa circulatoria caracterizaba a los EEUU: que el resto de los estados se fijaban en, y siguieron, la normativa de tráfico de California.

Hacia el final de la década, Scott se animó a invertir 10.000 dólares en el incipiente negocio puesto en marcha por Gary Fisher. Sin ese dinero la aventura no hubiera sido posible. Gracias a ello se pudieron encargar cuadros a Tom Ritchey e importar componentes de diversos lugares como Japón. El emprendimiento del MTB estaba comenzando.

Aparte de ello, personalmente, encargó una bicicleta a Tom Ritchey en 1977. Más de lo mismo (con las lógicas actualizaciones de material) sobre sus ideas previas.

Esta es la bicicleta que le ancargó a Ritchey. (Imagen: Graham John Wallace retrobike.co.uk).


Cuentan muchos de los implicados en el movimiento “Klunkerz” pionero de California que Scott tenía un autobús londinense de dos pisos (lo he visto al fondo de alguna fotografía pintado en verde), en el que llevaba a sus amigos ciclistas a muchas competiciones de ciclismo de carretera, randonnes, etc. Por todo esto, y por mucho más, en la edición en DVD del documental que Billy Savage dirigió en 2007 sobre los orígenes del MTB (“Klunkerz. A Film About Mountain Bikes”), además de la aparición de Scott en algunos momentos, el director le dedica un apartado complementario (un “bonus”) específicamente centrado en su figura.

El famoso autobus. (Imagen: marin mmbhof.org).


Desde el punto de vista profesional, John Finley Scott era Catedrático de Sociología del Transporte en la Universidad de California. Por lo visto, un docente bastante provocador. Escribió un libro de sociología bastante reconocido y estaba considerado como un auténtico amante de la naturaleza. De joven se había dedicado al montañismo, actividad que se vio obligado a abandonar tras sufrir un accidente. Pero pudo dar continuidad a su pasión aventurera y fotográfica gracias a la bicicleta. En lo que respecta a su beligerancia pro-ciclista, no era ningún radical. Es más, se mostraba muy crítico con aquellos “haters” antimotor, empeñados en luchar por una utopía desmotorizada, a todas luces inviable. Aseguraba que los ciclistas debían ser tratados como vehículos (equiparados a los conductores a motor) con similares derechos y deberes. Nada de plañideras a pedales ante los vehículos más grandes, y a la vez, abusones sobre ruedas ante los débiles peatones. Un concepto avanzado para su época que todavía, hoy en día, hay gente que no acaba de comprender o poner en práctica, y que acaba generando conflictos de convivencia en la movilidad

Una anécdota simpática y, probablemente, ilustrativa de su carácter, es que llegó a ofrecer un premio al primer clasificado de las Davis Double Century que no llevara componentes Campagnolo. Dicho certamen es una de las rutas de doscientas millas más populares de California. Se empezó a celebrar, de modo informal, en 1969, y poco después vio la fundación de un club nacido para poder dar cobertura oficial al evento.

Un cuadro de JF Scott, con declaración de principios. (Imagen: woodfill.com).


El Morrow Dirt Club

El Morrow Dirt Club fue una especie de grano que le salió a la línea del tiempo oficial de la supuesta historia del Mountain Bike. Una espina con la que no contaba ninguno de los supuestos pioneros del condado de Marin, u otros agentes informales, más o menos integrados o absorbidos por aquel emocionante y alternativo proceso. Fundado en 1974, aquel “club” estuvo constituido por diez entusiastas de la bicicleta que quedaban todas las semanas para lanzarse ladera abajo por las pistas forestales de Cupertino (California), en el extremo opuesto (sur) de la bahía de San Francisco. Su nombre, Morrow, proviene del modelo de freno de tambor contra-pedal fabricado por Bendix y muy utilizado por los “Klunkerz” de la época. En realidad, aquella pandilla tuvo una vida muy efímera, ya que sus miembros fueron abandonando Cupertino por diversas causas personales. Y aunque la mayoría de ellos continuaron practicando su pasión sobre ruedas, lo tuvieron que hacer por separado ya que el club, como tal, apenas duró unos dos años. La brevedad de su existencia, su limitado número de componentes y su posterior dispersión, fueron factores que favorecieron que su existencia pasara desapercibida para los principales relatores del movimiento del MTB y acabara siendo ignorada durante, prácticamente, un par de décadas.

Pero el caso es que aquella panda tuvo su importancia, pues provocaron una evolución tecnológica nada desdeñable durante las fases iniciales del desarrollo del actual Mountain Bike.

Los Cupertino Riders (marin mmbhof.org)


“El 1 de diciembre de 1974, los pioneros del Mountain Bike Charles Kelly, Joe Breeze y Gary Fisher empaquetaron sus bicicletas de ciclo-cross y se dirigieron hacia el Campeonato de Ciclo-cross de la Costa Oeste, celebrado en Mill Valley, California. Contrariamente a lo que su elevado título sugería, aquel no era, para nada, un increíblemente importante evento para los anales del ciclismo. Aquel día participaron 26 corredores, y tras 20 vueltas, la carrera fue ganada por un, todo menos legendario, Lawrence Malone. Pero algo histórico ocurrió aquel día, y según el relato, sucedió antes de que Kelly, Breeze y Fisher hubieran abandonado la línea de salida. Los tres vislumbraron una manada de ciclistas con bicicletas de neumáticos gordos evolucionadas radicalmente, algo nunca visto antes. […] El Campeonato de Ciclo-cross de la Costa Oeste permitía a los corredores participar con cualquier bicicleta, lo cual fue la razón principal para que el Morrow Dirt Club apareciera allí. Russ Mahon, el líder del club (y la pista de toda esta historia), portaba una Ward’s Hawthorne de 26 pulgadas, equipada con desviadores que la proporcionaban 10 velocidades, un manillar de cuernos largos y frenos delantero y trasero de tambor. Como aquella prueba no era un descenso, Mahon sustituyó la típica horquilla springer (reforzada y basculante de la época) por una rígida”. (Joel Smith, Marin Museum of Bicycling; traducción propia).

Lo que actualmente parecería arcaico, entonces supuso toda una revolución y marcó la pauta seguida por los “pioneros” a la hora de seguir desarrollando la idea. Era la primera vez que se veían desviadores en bicicletas de rueda de gran balón. Y las palancas de cambio, manetas y manillares sugerían replicar las tendencias de las motos de cross o todo terreno. Algo que enseguida fue tendencia.

Russ Mahon fue uno de los fundadores de aquel escueto grupo, junto con los hermanos Tom y Carter Cox y algunos más. Vivieron ajenos a la efervescencia emprendedora inmediatamente posterior, y únicamente salieron a la luz cuando dos terceras personas (uno de ellos Tom Ritchey), conocidos respectivamente de Fisher y de Mahon, se encontraron e iniciaron una conversación casual sobre sus bicicletas. A partir de ahí, tiempo después, Mahon envió una carta a Ritchey con algunas fotografías de la época en la que el Morrow Dirt Club estuvo activo. En una de ellas se veía a Fisher, en aquel ahora mítico ciclo-cross, mirando la bicicleta de Mahon. A partir de aquello, la “reparación” de su “invisibilidad” se puso en marcha y los de Cupertino fueron inscritos en el Hall of Fame del MTB.

Russ Mahon en la actualidad con una de sus biciletas originales (Imagen: stephenwilde.com).


Ignoro si aquel descubrimiento sentó bien o mal a los pioneros “oficiales” del BTT, pero, pasado tanto tiempo, no era algo que fuera a cambiar el estado de las cosas, ni los itinerarios vitales o profesionales de nadie. En favor de Russ Mahon hay que decir que sus afirmaciones quitan importancia a todo aquello. Refiriéndose a la preparación especial de sus bicicletas comentó que “estaba tratando de salir allí y divertirme, y lo que estábamos haciendo parecía obvio”. Y “no creo fuera muy difícil encontrar a alguien que pusiera un desviador a una bicicleta de ruedas gordas antes que yo”. En realidad, razón no le falta, el mismo John Finley Scott ya se había adelantado en cierta medida. Y muchas décadas antes Velocio (Paul de Vivie), casi-casi un espíritu gemelo al sociólogo americano, había desarrollado ideas similares. Por no hablar por los primeros grandes viajeros de la bicicleta, las de gran rueda, los velocípedos e incluso la Draisiana. Pero eso sí, puestos a considerar el modelo americano primigenio de bicicleta de montaña, aquel sobre el que se insertaron ideas mecánicas procedentes de otras bicicletas, montándolas sobre los típicos cuadros “cruisser”, seguramente el más completo, avanzado y tempranero, fuera el propuesto por Russ Mahon y sus colegas del Morrow Dirt Club.


Muddy Fox

Algunos años después de los momentos en los que sucedieron las historias protagonizadas por nuestros anteriores personajes, las primeras BTT fueron apareciendo en Europa, algunas importadas de los EEUU, pero otras muchas fabricadas por empresas locales. Así ocurrió con fabricantes españoles, franceses, etc. Y uno de ellos, uno que cuajó muy pronto, y acertó a la hora de hacerse un hueco de cierto prestigio entre la incipiente comunidad de aficionados, fue Muddy Fox.

La compañía fue puesta en marcha, allá por 1982, cuando el director artístico Drew Lawson y un contable greco-chipriota llamado Ari Hadjipetrou, que se conocían por trabajar juntos en la empresa financiera S&G (Security & General Finance), regresaron a Londres.

Los dos fundadores de Muddy Fox. (Imagen: webewitch retrobike.co.uk).


Ayudaron financieramente a Manufrance (fabricante de armas, máquinas de coser y bicicletas) y se ofrecieron como distribuidores de sus productos para el Reino Unido, aunque enseguida se percataron de que lo que mejor funcionaba comercialmente eran las bicicletas. Aquella empresa francesa era una verdadera histórica del ciclismo. Manufacture Francaise d'Armes et Cycles de St.Etienne, entre otras marcas, fabricó las bicicletas Hirondelle (toda una referencia del cicloturismo galo pionero) manteniéndolas en producción entre 1899 y 1960. Total, que aquellos dos emprendedores, con aquel vínculo en marcha, abrieron una tienda en Cavendish Street y empezaron a vender bicicletas.

Imagen de la tienda donde empezó todo (Imagen: webewitch en retrobike.co.uk).

Un tal Steve, al parecer muy implicado en la empresa en años posteriores, ha comentado en algún foro que las primeras BTT fueron diseños propios fabricados en Francia. Pero el caso es que Manufrance acabó quebrando cuando el gobierno francés le retiró ciertas ayudas, y aquellos dos inversores buscaron un nuevo constructor, encontrándose con el fabricante japonés, especializado en llantas, Araya. Le compraron un lote de unidades entre las que había algunas BTT, y los dos negociantes, animados por Greg Oxenham (co-propietario de la tienda londinense de bicicletas Bike UK), decidieron dejar el resto de líneas de producto para centrarse en las BTT, donde vislumbraban un crecimiento importante, en cuyo mercado podrían situarse como pioneros. Así que hicieron más pedidos de BTTs a Araya y empezaron a comercializarlas como S&G Cycles (made by Araya), prometiéndoles que triunfarían en el Reino Unido. Pero Araya temía perder a Raleigh como cliente de sus llantas si el gigante británico interpretaba que empezaban a hacerle la competencia con bicicletas completas. Así pues, debían de crear una marca nueva y, a ser posible, con unas connotaciones mucho más “grunge”. Entre las denominaciones de modelos de Araya había muchos “suaves” del tipo “Funa Picnic”, pero encontraron el de “Muddy Fox” que les pareció perfecto. Las primeras unidades de 1984 tenían pegatinas con el logo S&G y fueron denominadas "S&G Cycles Muddy Fox". Los primeros modelos se comercializaron con códigos en lugar de nombres comerciales. Eso sí, la nueva denominación de marca se hizo coincidir con campañas de marketing mucho más estimulantes y atrevidas.

Anuncio de la marca en sus inicios. (Imagen: webewitch en retrobike.co.uk).

El símbolo de la huella de la pata fue incorporado muy pronto. Sin embargo, alguien se percató de que faltaba un dedo, por lo que cogieron un Bobtail, lo pasearon primero por un charco y, acto seguido, por un papel, y de dicha operación obtuvieron el logo definitivo.

Las referencias iniciales del mencionado Steve deben recibirse con reservas porque en las primeras épocas era un adolescente que empezó a trabajar para la empresa en el taller. Sin embargo, enseguida llegó a jefe de producto. Él fue uno de los responsables de la comercialización del modelo Courier que, a la postre, puso a Muddy Fox en el mapa global. Aquel modelo y otros coetáneos fueron fabricados en china, dando por finalizada la producción japonesa.

“La Courier tomó su nombre simplemente de eso, de un mensajero. La tienda estaba justo debajo de las oficinas, y recuerdo muy claramente el día que llegó el primer prototipo de muestra y lo monté. Entonces Drew y Ari bajaron por las escaleras. Faltaban apenas dos semanas para el Salón de bicicletas de Wembley y empezaron a decir que la presentaríamos allí como modelo. Me empleé a fondo porque había sido mi diseño y mis especificaciones. Ari estuvo de acuerdo en presentarla en el Salón, pero necesitábamos un nombre. En ese momento entró un mensajero llamado Jim y así surgió el nombre del modelo. La expusimos en el Salón y tuvimos pedidos de unas 1000 unidades, pero con un periodo de espera de cuatro meses o más. Fue la primera bicicleta en que utilizamos un set de dirección autoblocante, tenía un muelle helicoidal incorporado”. Steve (traducción propia).

La Courier, en una salón de la bicicleta en 1989. (Imagen: bicisport).

Durante dos años estuvieron muy bien posicionados en el mercado, pero al cabo de dicho periodo de tiempo Steve dejó la empresa, las ventas empezaron a decaer y el negocio fue vendido varias veces en poco tiempo. Steve montó una tienda de bicicletas en Peckham (Londres) y Ari (el fundador griego) se fue, primero a Ciclos Daewoo, y más tarde a otros asuntos. Tan fugaz historia fue muy representativa de los tiempos que corrían: una globalización ya bastante instaurada (aun a falta del fenómeno de Internet), en la que las nuevas tendencias deportivas colonizaban nuevos países con rapidez, los emprendedores estaban de moda y los negocios rápidos brotaban por todas partes. Lo mismo que la deslocalización de la producción hacia Asia, dejando en “occidente” los asuntos del diseño, la comercialización y el marketing. Lo que sucedía es que muchos de aquellos negocios resultaban frágiles a largo plazo, y en cuanto sus dueños o inversores anticipaban una posible recesión de beneficios, si eran despiertos, plegaban y vendían al mejor postor. Así pues, Muddy Fox tuvo su momento de gloria que, aunque fue fugaz, mostró presencia significativa en España.

Como su existencia fue breve, se centraron en el BTT, y el modelo empresarial se basaba más en una integración de oportunidades que en un desarrollo de sistemas de fabricación actualizados, gran inversión en la innovación y mucho trabajo de diseño técnico. Así que Muddy Fox sacó al mercado pocos modelos: Adventure, Explorer, Pathfinder, City o City Two y poco más. Algunos de ellos con referencias indicativas de S&G, SGH 18, etc. Más tarde el Rambler (casi idéntico al Pathfinder, pero con la horquilla en diferente curvatura) y el Monarch (bicicleta más cara, pintada en dorado, e incluso con una edición limitada en verde con las soldaduras pulidas). Finalmente sacaron la Courier Comp y algunas variaciones más. E incluso un par de prototipos que no llegaron a entrar en producción.

Catálogo de la Pathfinder. Primer gran éxito en GB, adelántandose unos años a la irrupción del BTT en España. Ese tipo de manillar es una pista de ello. (Imagen: webewitch en retrobike.co.uk).

Muddy Fox Adventure (1990) con detalles interesantes y similares a la Courier, aunque componentes más económicos (buena relación calidad precio en gama media). (Imagen: bicisport).


Otro modelo posterior con amortiguación en dirección, al estilo de Cannondale. Presentado en un salón de la bicicleta en 1991. (Imagen: bicisport).


Uno de aquellos prototipos pudo haberse convertido en un hito de la revolución tecnológica de las bicicletas de montaña. Me refiero a la “Interactive”. Un modelo extremadamente avanzado para la época. Tanto, que de haberse fabricado y comercializado respetando su diseño inicial, aún lo sería, pues en vez de marcar el camino de los sistemas de suspensiones tradicionales, apostó por un sistema integral en el que el cuadro asumía el protagonismo de la absorción de las irregularidades del terreno. Algo parecido al sistema Telelever que BMW creó para sus motos. El problema es que aquello surgió como un proyecto diseñado por Dave Smart para Harris Performance Products, y acabó en un desacuerdo entre dicha empresa y Muddy Fox. Desacuerdo económico, y supongo que de inversión, derechos, etc. Al final, en Muddy Fox cambiaron los dos diseños previstos del sistema original, y lo que sacaron al mercado no funcionó nada bien porque, pese a su modernidad de aspecto, no respetaba los principios funcionales inicialmente planteados. Así que fracasó y desapareció casi de inmediato.

Prototipo de Muddy Fox Interactive (1997). (Imagen: christian rodrigo en pinterest).

Lo de incluir a Muddy Fox en este capítulo dedicado a algunos “outsiders” del BTT que me había dejado por el camino en ocasiones anteriores, tiene sentido por méritos propios de la marca. Ya he dicho que tuvo un periodo breve, pero muy significativo, y durante un momento clave del lanzamiento de este tipo de ciclismo en Europa. Además, en este caso hay un doble motivo: el tener la oportunidad de recuperar su modelo más emblemático y poderme dar un garbeo por el monte con él. La bicicleta en cuestión es de mi hermano Jorge, y ha estado abandonada en una casa durante más de dos décadas. Un día me pasé por allí, la cogí y me la llevé a casa pensando en ponerla al día, darme una vuelta, escribir sobre ella y devolvérsela.

En realidad, Jorge empezó a practicar ciclismo bastante más tarde que Guti y yo, que éramos los verdaderos aficionados de la casa. Luego, con el tiempo, nos ha ido dando mil vueltas en cuestión de rendimiento sobre los pedales, pero eso es otra cuestión. Él se compró esta bicicleta de segunda mano, porque nosotros le animamos, ya que llevábamos varios años disfrutando de excursiones por Cantabria. En aquella época había muchas menos pistas trazadas, no existía Google Earth, nadie tenía GPS (y aunque lo hubiera tenido no hubiera servido de mucho, porque entonces, todavía, el gobierno estadounidense tenía “capado” el sistema, restándole muchísima precisión) y únicamente tirábamos de los viejos mapas del ejército y de las referencias aportadas por las gentes de los pueblos. Así pues, investigábamos, improvisábamos, nos perdíamos y nos “enhuertábamos”. Eso sí, íbamos registrando cada nuevo recorrido para ir ampliando nuestra cartografía del territorio cántabro, entonces muy poco descubierto por la población deportista. No éramos muchos los practicantes del BTT en los inicios, y unos por otros acabábamos conociéndonos casi todos. Y así fue como dimos con Lanti (Mariano Lantada) y su Muddy Fox Courier.

En una excursión de varios días por la Sierra de la Demanda. Eduardo No, Lanti (en el centro) y Tonino (comiendo una manzana y con una MBK; quizás algún día dedique una entrada a esa bicicleta).


Días después por la Reserva del Saja. Los tres protagonistas de la foto anterior y Guti mirando a la cámara. En primer plano, la Muddy Fox de Lanti.

Lanti participó en algunas excursiones con nosotros, y fue a él a quién mi hermano Jorge le compró la bicicleta. De todas formas, Lanti pedaleaba más con otros grupos. Por ejemplo con el de Gloria Macías, quien estuvo compitiendo a nivel nacional algunas temporadas. Ella y su pareja, Cano, además, publicaron alguna que otra guía de itinerarios de BTT por territorio cántabro. Lanti ha continuado practicando el ciclismo de montaña, como yo, de forma errática, a veces más y otras poco. Y como también hago yo, lo alterna con otras aficiones: la piragua… y, en su caso, el motociclismo de trail. Aun así, creo que incluso estuvo involucrado en un negocio relacionado con la BTT, localizado en la comarca del río Saja. No estoy del todo seguro, porque la verdad es que hace mucho que no me encuentro con él.

Por fin un día me acerqué a por la Muddy Fox. La encontré sucia, pegajosa y sin pedales. La cargué en al coche y me la llevé a casa. No sabía el tiempo que me llevaría adecentarla lo suficiente como para disfrutarla unos días, hacerle unas fotos para este artículo y devolvérsela a mi hermano en orden de marcha. Y la verdad es que fue muy poco, ya que la bicicleta estaba mejor de lo que parecía, y porque en aquella época, Muddy Fox, al igual que otros fabricantes serios, hacían las cosas bien: sólidas, eficaces y con intención de que durasen. La sometí a un repaso de limpieza completo. No exquisito, ni mucho menos, pero sí laborioso y suficiente. Con ello me percaté de un par de cosas. Primera, que debajo de la capa de roña acumulada se encontraba una bicicleta muy bonita y en bastante buen estado. Y segunda, que eran muy pocas las partes oxidadas: la cadena, alguna “capucha” de los cierres rápidos de las ruedas y el sillín, y algo, pero menos, las cazoletas o tuercas de la dirección y un trozo del desviador delantero. El resto se conservaba bastante bien. También me di cuenta de que la bicicleta montaba un “completo” de Shimano, combinando el irrepetible y eterno Deore XT (con palancas de cambio por encima del manillar) con componentes del LX. Todo gama media y alta de la época. Una llanta era original (Araya), mientras que la otra era una Mavic. Supongo que consecuencia de algún montaraz percance. La bicicleta conserva una pegatina del lugar donde, imagino, fue adquirida: la tienda de bicicletas que regentaba el exciclista Gonzalo Aja en Santander.

Una vez limpia, decidí cambiarla en sillín porque venía con una especie de imitación de Rolls de remaches que estaba totalmente desguazado. Me acordé de que tenía por casa un Turbo 2 con detalles amarillos y se lo doné. También di con unos pedales Shimano de la época que, aunque con algo de óxido en sus flancos y mucha historia encima, le vendrían como anillo al dedo. Cepillé la cadena, la “petroleé” y la engrasé. Tras tan sencillo proceso, cambio y transmisión empezaron a funcionar perfectamente ¡Bendito Shimano de los ochenta!. La rueda trasera estaba pinchada, así que le cambié la cámara. Al hacerlo comprobé que la cubierta, que tenía el dibujo casi nuevo, mostraba los flancos destrozados y casi desintegrados, así que monté una que, recientemente, había descartado de mi BTT: dibujo ya justito, pero propiedades generales en buen estado. Tenía claro que, aunque le iba a regalar algunas piezas a la bicicleta, no pensaba gastar dinero en ella, salvo que fuera imprescindible. Hubo un detalle que si tuve que arreglar: la rueda trasera se quedaba frenada porque una de las zapatas no recuperaba tras accionar el freno. Así pues, muchos años después, pasé un buen rato “negociando” con un cantiléver. Lo desmonté, limpié, engrasé y, aun así, tuve que reglar los cables. La bicicleta quedó, de este modo, casi lista para viajar un poco al pasado. Únicamente quedaba sustituirle los puños del manillar pues uno de ellos estaba podrido, de manera que, cada vez que lo agarrabas, la mano se te quedaba manchada de una especie de pegajoso fluido negro procedente de material esponjoso en descomposición. Esos sí los tuve que comprar, en la tienda de BTT más cercana. Y me permití el lujo de cometer una mínima frivolidad: los escogí amarillos, para incrementar la presencia de ese color en múltiples pequeños detalles del conjunto.

La Muddy Fox Courier Comp, preparada para rodar de nuevo.


Detalle del triángulo trasero, inicialmente monobrazo. También de la referencia de tubería Tange. Como se puede observar, el cuadro iba pintado en una especie de efecto agrietado en rojo sobre negro. Dicho efecto, en esta bicicleta, también se da en la potencia del manillar, aunque cuesta verlo porque la diferencia de acabado de pintura ha hecho que en la potencia se vaya perdiendo. Prueba del éxito que tuvo está bicicleta, fue que fabricantes como GAC u Orbea imitasen tipos de decoración similares para algunos de sus modelos.


Vistosa perspectiva trasera con las calcas amarillas.


Muddy Fox Corier Comp, más de treinta años después.


Tan solo quedaba salir a dar una vuelta con ella. Poner un poco de práctica del Mountain Bike de la vieja escuela. Al menos de nuestra vieja escuela de aquí. Un poco de postureo estético en la indumentaria y a enredar por ahí. ¡Qué recuerdos! Dirección de reacción muy rápida. Y, pese a ser una talla aparentemente pequeña para mí (obligándome a subir bastante el sillín), la bicicleta me queda larga, colocándome en una posición bastante “aerodinámica”, muy al estilo de lo que se llevaba entonces. Por supuesto, nada de amortiguación y bastante menos eficacia de frenada. A cambio, una nítida sensación de rigidez, de gran transmisión de la fuerza ejercida sobre los pedales hacia la rueda. Quizás subjetivo, aunque sospecho que no, porque me llama la atención. Para probarla bastante a fondo, escogí un circuito de unas dos horas que se inicia y finaliza en casa: costa, montaña costera, pista, senderos, carreteras rurales degradadas, etc. Muy variado, bastante exigente y precioso. Con muchas subidas y bajadas, firmes de barro seco, tierra de eucaliptales, tramos de grijo, zarzas y hasta algún corto banco de arena. La extrañeza inicial de la bicicleta me duró poco más de un cuarto de hora, pronto me olvidé de la posición, del diferente manejo del cambio, del tacto de los frenos y hasta del hecho de llevar los pies sueltos. Una especie de vuelta a los orígenes que, a pesar del evidente retraso tecnológico, me resultó tan familiar, que creo que hizo despertar cierto automatismo de recuerdos corporales gracias a los cuales me adapté a la montura y, lo que es más importante ¡disfruté enormemente del recorrido!. Fournel explicó muy claramente, hace años, como notaba esa memoria corporal de su cuerpo con respecto al montar en bicicleta. Para completar la faena me puse un viejo maillot Shimano de la época de la bicicleta, un culote (bastante pasado) de la misma edad, estampado en efecto “vaquero”, y hasta unas viejas zapatillas Shimano de BTT. Tentado estuve de disfrazarme de Clunkerz, pero hacía demasiado calor y, además, esta otra pinta ochentera resultaba más congruente. El resultado final: una divertida manera de vivir de modo diferente, el que ha sido mi circuito más habitual de BTT durante las “Fases 0 y 1”.


No vivo en Cupertino ni en las inmediaciones de la Bahía de San Francisco... ¡Ni falta que me hace!


Equipado con retales de la época. En cualquier caso, la bicicleta, como si no hubiera pasado el tiempo por ella.

viernes, 15 de mayo de 2020

¡RODANDO! (CINE Y BICICLETA)


Desde hace mucho tiempo tengo el anhelo de poder organizar y dirigir un ciclo de cine deportivo. Sería de carácter anual, entrada gratuita y dedicado, en cada edición, a una modalidad o temática deportiva concreta. Este año estuve a punto de ponerlo en marcha. Lo intenté por tres vías: municipal, educativa y regional. Por la tercera de ellas, no tuve respuesta. Ni a favor ni en contra, directamente pasaron de mí “olímpicamente”. Todo lo contrario que la concejalía de cultura de mi pueblo, que estaba por la labor, pero me advirtió de las dificultades y el engorro de conseguir las autorizaciones, y me pidió por favor que valorara la repercusión de audiencia, porque sabían que les iba a salir bastante caro. Así que me centré en la vía educativa, pensando, inocente de mí, que, considerando que iba a ser una actividad cultural sin ánimo de lucro y enfocada directamente hacia la comunidad educativa, la organización estaría exenta del pago de derechos de exhibición. Pues de eso nada monada. Me tuve que estudiar la ley de protección intelectual, la cual, por cierto, digan lo que digan los “artistas”, se quejen de lo que quejen, presuman de lo que presuman y abanderen las ideologías que abanderan, es, en sí misma, un acto abusivo de capitalismo exacerbado. Especialmente, si tenemos en cuenta cómo trata cualquier intento de utilización de bienes culturales (sobre todo audiovisuales) para fines educativos sin ánimo de lucro en el seno de la enseñanza pública. A los “artistas” se les olvida que parte de su formación se gestó, de forma gratuita, en el sistema educativo (público o concertado-subvencionado). También, que han obligado a sucesivos gobiernos a que alumnos y profesores hayamos tenido que pagar un canon para poder utilizar CDs para grabar archivos de estudio y trabajo educativo (escritos o diseñados por nosotros mismos), únicamente “por si acaso…”. El atraco ha sido histórico, pero en este país, informado a base de grupos de interés y camarillas posicionadas ante los medios, hay causas que tenemos perdidas. Me considero un defensor a ultranza de la sanidad y la enseñanza públicas. Pero uno de verdad, no uno de estrategia política y camiseta verde. Y considero que la utilización de todo tipo de bien cultural para fines claramente educativos, en nuestro país, debería ser totalmente gratuita. Me hace gracia la hipocresía que muestran algunos “artistas” al respecto de todo esto. He visto un ejemplo muy reciente. Cuando hace pocas semanas la televisión pública promocionaba (en forma de noticia) la inminente nueva temporada del “Ministerio del Tiempo” (serie que considero de bastante interés y calidad), varios de sus creadores e intérpretes se declaraban muy orgullosos de saber que algunos capítulos de la serie se utilizan como recursos educativos para las clases de historia en la enseñanza secundaria. Sí, muy bonito todo, pero resulta que eso, con la ley en la mano, es completamente ilegal.

Así que anduve varias semanas estudiándome la ley, contactando con varias asociaciones gestoras de derechos, con la SGAE (que cada día parece caer más bajo en cuestiones de espionaje, rapiña, falta de transparencia y desaguisados internos de poder) a la cabeza, para no conseguir enterarme de mucho, ya que todas las entidades contactadas me respondían con un estilo común: “danos los datos de lo que quieres hacer (para poderte vigilar bien) y ya te diremos lo que nos tienes que pagar”. Cuando resulta que, pasando por caja con ellos, no has solucionado prácticamente nada del asunto. No, porque en realidad el montante más elevado es lo que pueda exigir la productora o la distribuidora de cada película por exhibirla (aunque lo hagas con una copia tuya comprada legalmente). Y en esto de las productoras me encontré de todo: las que te dan permiso sin cobrarte porque entienden el fin, las que no te contestan o no son fáciles de identificar, una que estaba en suspensión de pagos y no operaba, y otra que se subía a la parra para poder proyectar una película en blanco y negro, de cine mudo, de principios de siglo. Sin comentarios.

Otro asunto de lo más peculiar, ilógico e inhumano es el de la caducidad de los derechos de las películas, que, si no recuerdo mal, duran hasta 75 años después del fallecimiento del creador (entiendo que se refiere al director). De ahí se deduce que, para el sistema educativo, sería buena noticia que el artista se muriera lo más joven posible, eso sí, habiendo dejado buena obra suficiente. Es alucinante parase a pensar que, desde la perspectiva del heredero, el sistema premia la longevidad de sus progenitores o abuelos, porque cuanto más duren, más tiempo van a poder disfrutar de los derechos generados por sus antepasados, mientras que aquellos que hayan tenido la mala fortuna de que sus abuelos o padres hayan fallecido tempranamente, además de su pérdida emocional, van a ver menguados sus ingresos en proporción temporal directa con la premura (y por tanto, la dimensión anticipada) de la desgracia. A medida que me voy haciendo mayor, la sociedad cada vez me deja más perplejo.

Al final, todo el aprendizaje necesario para entender el proceso de funcionamiento y los costes aproximados lo encontré muy claramente expuesto en la página web de una empresa gallega dedicada a la organización de todo este tipo de cosas. Muy transparentes y directos, algo que agradecí. La conclusión fue evidente: ¡que el den al cine! ¡que les den a mis inquietudes altruistas difusoras de cultura en el mundo educativo! Renuncié definitivamente a organizar el ciclo. Seguiré con mi afición a nivel personal (como hasta ahora) o en un círculo privado de amistades.

Pero la acumulación y archivo de contenidos ahí está, decenas de películas de temática deportiva que tengo organizadas y con las que proyectaba ya, para empezar, una década de programación del mencionado ciclo. ¡Qué le vamos a hacer!

Poco después de haber tomado la decisión, y de haber frustrado una primera edición dedicada al mundo del esquí, leyendo un artículo bastante interesante encontré una referencia a la que no me pude resistir. Se trataba de un ensayo titulado “Cycling and Cinema”, escrito por Bruce Bennett y publicado por Goldsmiths Press (University of London) en 2019. No esperé prácticamente nada para encargarlo, y fue uno de esos libros que me llegaron justo antes de la reclusión hogareña decretada ante la Coronavirus. Así pues, lo recibí en un momento ideal para combinar la lectura y el visionado de algunas de las muchas películas a las que hace referencia.  El texto es un magnífico ensayo centrado, tal y como su título adelanta, en el tratamiento que el cine, a lo largo de toda su historia, ha dado a la bicicleta. Y digo bien la bicicleta, y no el ciclismo. Advierto esto porque me consta que este blog es visitado por bastantes aficionados al ciclismo deportivo, y el libro en cuestión, aunque incorpora el ciclismo de competición a su temática, lo hace como parte de un todo bastante más amplio. Por eso considero adecuado reflejar un poco por encima su índice de contenidos. Vayamos capítulo a capítulo.

 
Portada del libro. (Imagen: MIT.press).

Uno. Empieza por establecer un paralelismo sorprendentemente evidente entre la irrupción de dos nuevas tecnologías que marcarían el inicio de una nueva era: la bicicleta y el cine. Ambas basadas en un dinamismo de ruedas. El autor considera el momento clave de la implantación globalizada de la bicicleta cuando ésta toma la forma definitiva de bicicleta “de seguridad” e incorpora el neumático de aire a las ruedas. En ambos campos de desarrollo innovador, el cine y la bicicleta, se fusionan dos conceptos fundamentales para la época: la tecnología y el movimiento. Todo esto, y mucho más, va tratando ese primer capítulo en el que, incluso, se hace un guiño hacia un concepto algo primitivo, pero ya visionario, del cyborg, resultado de la integración humano-máquina. También aborda el interesantísimo concepto del “aceleracionismo” (pero algo tengo que ir dejando para sus potenciales lectores). Por su puesto, todo ello, con constantes referencias bibliográficas y, sobre todo, cinematográficas. De entre ellas, una primera referencia histórica, un punto de partida desde el cual el autor arranca su discurso: “La sortie de l’Usine Lumière à Lyon”. Lumière, 1895). Al parecer, la primera aparición de bicicletas en una película.

Dos. Se trata de un capítulo más ligero o, mejor dicho, mucho menos trascendente. Aborda el papel cinematográfico de la bicicleta como recurso para la comedia, para el ridículo y para el virtuosismo como fuente de espectáculo, algo que fue muy utilizado durante la primera mitad del siglo XX.

Tres. El siguiente capítulo se centra en la bicicleta como elemento, símbolo y testigo de las consecuencias maduradas de la revolución industrial, convertidas en proliferación de un tejido fabril que cubrió Europa, creando una clase social trabajadora de tipo industrial. Aquí se abordan temas como el trabajo, la alienación, el impulso capitalista, etc. La bicicleta puede verse convertida en bien imprescindible para la supervivencia, o en un producto industrial en sí mismo, etc. Todo ello se articula partiendo de “Ladrón de bicicletas” (Vittorio de Sica, 1948), pero acaba indagando en la situación laboral y vital de los actuales mensajeros. Y con cine, mucho cine.

Cuatro. ¡Ahora sí! Aquí llega la competición ciclista como asunto principal. Pero esto me lo voy a saltar porque como más adelante voy a hablar de películas concretas, especialmente de temática “deportiva”, creo que no hará falta darle ahora muchas vueltas.

Cinco. El feminismo se convierte en un tema propio. Y no porque recientemente parezca un asunto de obligada inclusión para cualquier tentativa de venta, edición, salida pública, etc. Sino porque la bicicleta y el feminismo tienen muchísimo que ver. Lo tuvieron desde la irrupción de la bicicleta como recurso emancipador, pero también lo ha tenido y sigue teniendo, en algunos casos concretos, como área de discriminación evidente. El capítulo es muy interesante, y siendo mucho más breve que algún texto estricta y concienzudamente feminista que he podido leer hace relativamente poco, resulta bastante más sensato, esclarecedor, fresco y convincente. Tanto es así, que he tomado nota de dos referencias bibliográficas en las cuales, espero que, a no mucho tardar, pienso sumergirme.

Seis. La infancia y adolescencia son un asunto inevitable para cualquier tratado relacionado con la presencia social de las bicicletas. Lo es aquí y, como se demuestra, lo ha sido en el cine. Salen muchas referencias, algunas reflexiones y, muy especialmente, la presencia de las bicicletas de BMX.
Siete. El último capítulo lo dedica al autor al futuro. El del cine, el de la bicicleta, el de su relación mutua y el de algunas cosas más. Vuelve a repasar un poco lo anterior y ejerce de conclusión de la lectura completa, por lo que tampoco tiene mucho sentido tratarlo aquí.

Expuesto brevemente el contenido de tan magnífico ensayo, llega el momento de manifestar mi personal repaso ante la extensa oferta de películas que el texto va desplegando a través de sus páginas. La primera conclusión a la que pude llegar es que, antes de leerlo, ya había visto muchas de las “importantes”, lo cual, por un lado, reconfortaba un poco mi vanidad, pero reducía el potencial yacimiento de nuevos hallazgos. Sin embargo, me ha descubierto bastantes películas. Es cierto que voy a prescindir del visionado de varias de ellas (por simple suposición derivada de los comentarios que sobre ellas arroja el libro), pero me he lanzado a ver algunas que sí se me antojaban interesantes. Por otro lado, aunque muy pocas, sí que le han faltado algunas películas destacables. En otro orden de cosas, el autor menciona filmes con breves apariciones de bicicleta si las considera muy significativas, ya sea por su potencia simbólica o por otra causa. Y aunque coincido con él en la importancia y valor que otorga a algunas cintas, no comparto el casi inapreciable tratamiento al que somete a otras que para mí son piezas casi maestras del ¿género?. Pero eso es bueno, encontrar un trabajo que, aportándote mucho y alcanzando un nivel de calidad elevado, no coincida con tu parecer en unos cuantos aspectos. Eso sirve para avanzar y enriquecerse, lo contrario fomenta el sectarismo.

Y hasta aquí el asunto del libro. A partir de ahora, cine y ciclismo desde mi punto de vista. Y digo bien, cine y ciclismo, porque voy a sesgar el contenido (preferentemente) hacia el ciclismo deportivo. Y empiezo disparando la primera en la frente, poniendo encima de la mesa el trío de mis películas de ciclismo favoritas: “La bici de Ghislain Lambert”, “Breaking Away” y “El prado de las estrellas”.

“La bici de Ghislain Lambert”. Philippe Harel (2001). Se trata de una película franco-belga muy al estilo del cine francés independiente actual, por el que personalmente siento gran devoción. Aparte de eso, la considero, sin ninguna duda, como la película de referencia para cualquier ciclista “retro”. Es un largometraje que, además de resultar muy divertido, refleja perfectamente el ciclismo de carretera de los años 60-70. Y lo hace con profusión de imágenes de acción ciclista y con un atrezzo y ambientación irreprochables.

 
Fotograma de la película. (Imagen: sospechososcinefagos).

“Breaking Away”. Peter Yates (1979). Aun tratándose de una historia juvenil, o de transición adolescente hacia la edad adulta, esta película de aspecto independiente sabe dar con muchas de las pistas clave que caracterizan a todo verdadero “friki” del ciclismo de carretera “esencial” (de tradición). Aquí lo hace a través de la presencia de un personaje en forma de joven fascinado por todo lo italiano, como efecto colateral derivado de su pasión por el ciclismo europeo, especialmente el transalpino. El hecho de que la historia se desarrolle en los EEUU, lejos de restar interés a la misma, la enriquece, pues muestra un sano contraste entre la cultura estudiantil americana de “interior”, con la existencia individual de un fanático de algún aspecto propio de la cultura europea. Francamente merece la pena. De nuevo, los ciclistas “retro” disfrutarán más que los contemporáneos.

 
No hay que perderse ni a este chával (alma de la película) ni a su familia. (Imagen: allposters.com).

“El prado de las estrellas”. Mario Camus (2008). Aunque la localización de la historia que cuenta y el origen natal del director sean mi tierra, creo que no me he dejado seducir por el localismo a la hora de posicionar esta película entre mis favoritas. Reconozco los paisajes y he tenido el gusto de conocer al actor no profesional que hace de ciclista protagonista, pero nada de eso me ha influido. Tampoco el hecho de considerar (con conocimiento de causa) que el carácter, comportamiento y hechos mostrados por los personajes durante el transcurso de la película me resultan familiares y totalmente factibles (algo que a cualquiera que no conozca bien mi tierra y “su” ciclismo le pudiera parecer irreal). No, lo que me más me enamora de esta película son sus escenas de ascensos montañosos. Todo un regalo de belleza, luz y paisaje.

Ventilado el asunto, mis recomendaciones van a seguir, aunque clasificadas en tres grupos de estilo o temática (no tengo del todo claro como calificarlo). Voy a tratar un gran grupo de películas dirigidas a los aficionados al ciclismo “retro”. Esto está justificado por varios motivos de los que destaco dos: uno, el ciclismo fue un género muy inspirador para el cine documental en tiempos pasados; dos, estamos en un espacio divulgativo que nació centrado en el ciclismo “retro”. Seguiré haciendo referencia a un par de películas ciclistas de animación. Y acabaré soltando algunas referencias más sobre películas de ciclismo en general.

El apartado de cine de ciclismo al que he calificado como de interés o temática “retro” está totalmente formado por documentales, y hay unos cuantos que merecen la pena.

El primero de ellos es “Vive le Tour” (Louis Malle, 1962). De 18 minutos de duración, lo considero una obra de arte del cine ciclista documental en dosis moderada. Se presenta desde una doble óptica ambivalente de curioso e iniciado. De espectador ingenuo y de aficionado que sabe del tema. La carrera, como proceso, protagoniza el documental. Después la gente, el paisanaje. El Tour como patrimonio nacional. Pasan cosas, muchas cosas. Simpáticas, curiosas, dramáticas e insospechadas. Da tiempo a tocar temas escabrosos. Muestra una estética ciclista de una época sublime, una de las más rememoradas por las bicicletas y maillots del ciclismo retro actual. Una estética muy plástica y colorida. Como nota curiosa, en lo personal, se puede contemplar parte de la caravana del Tour. Un elemento socio-motorizado del que tuve la suerte superlativa de disfrutar, en ocasión probablemente única, en mi primera participación en el evento Anjou Velo Vintage, coincidiendo con el centenario del Tour. Con este documental, Mallé marcó un estilo que acabó convertido en pauta de lo que fue llegando después. A continuación, presento sus principales muestras.

“La Course en Tête” (Joël Santoni, 1974). (1h 41 min). Es un documental centrado en la figura de Eddy Merckx. Es largo, pero un buen trabajo en el que las imágenes con música o con sonido ambiente (mucho) cobran importancia. Hay buenas tomas del ciclista, muy cercanas y metidas en el espacio personal de Merckx sobre la bicicleta. La película, efectivamente, gira en torno al irrepetible campeón belga, pero de una forma poliédrica, mostrándonoslo desde varias ópticas diferentes. Como ciclista, como campeón, como maniático de las medidas de la bicicleta, como doliente perdedor (algo que representa casi una exclusiva), como entregado esforzado (que no forzado) de la ruta… y como miembro de una familia que vive todo de un modo distinto al resto de la gente, pero una familia, al fin y al cabo, con esposa e hijos. El filme parte de un prólogo rápido, pero muy elocuente, sobre la evolución del ciclismo (blanco y negro). Luego podría, casi, clasificarse en partes: una más centrada en la figura-persona de Merckx y otra de repaso informal, pero cronológico, de algunos de sus éxitos. Como detalle de interés regional, quiero comentar que viendo una escena de CRI, el paisaje que iba atravesando el corredor se me hacía francamente familiar. Carreteras estrechas, verdes prados y… una “atmósfera” muy cercana. A mi yo actual y, sobre todo, al compuesto por mis recuerdos. Y además estaban las casas, esas casas típicas de los pueblos de Cantabria. No necesariamente de las conservadas en plan de exposición, sino de las que había normalmente y que, en su mayoría, en los pueblos, siguen en pie. ¡Efectivamente! Durante unos minutos, las imágenes nos trasladan al 11 de mayo del 1973. A la CRI de 17,8 km de la Vuelta a España, celebrada en Torrelavega. Por supuesto que entonces Merckx ganó la crono, y además 6 etapas y la clasificación general. La película incorpora tomas de muchas carreras diferentes y, siguiendo la estela marcada por Mallé, secuencias de descripción interna de las mismas, atendiendo en ellas a los demás corredores, a la gente y a quienes trabajan alrededor. Escenas de momentos de gran dificultad y sacrificio (también de Merckx). En cierto modo, este documental, aunque muy al estilo del director anterior, quizás marcó la línea en la que posteriormente se estableció Leth, del que pronto hablaremos. La cara privada del ciclista belga se alterna con la pública durante el largometraje. Se repasa también su récord de la hora en México. No está demás ser testigo de aquello en diferido: 49 km con aquella bici, aquellas ruedas de aerodinámica convencional, ausencia casi total de ciencia, una postura muy erguida, etc. ¡Increible!. Hacia el final del documental hay un buen rato de muestra de la capacidad de convocatoria masiva que generaba el campeón. Masa rendida, masa respetuosa… o no, como un detalle que se repite de rápidos ladrones de gorras, que se las quitan a Merckx de la cabeza mediante una acción fugaz de la mano, siendo evidente que a él no le gusta nada. Ante tal gentío, las imágenes me hacen pensar que menos mal que era belga y no flamenco, ni prácticamente valón.

Eddy Merckx victorioso en Torrelavega en 1973. (Imagen: EFE).

Desde una perspectiva cronológica, casi inmediatamente después del documental anterior surgió el fenómeno Jorgen Leth. Este director danés tiene una larga filmografía muy peculiar, en la que abundan los “estudios” sobre el ser humano, en varios casos a través de la mirada al deporte o al movimiento (“The Perfect Human”, “Chinese Table-tennis”, “Peter Martins - A Dancer”, “Pelota”, “Moments of Play”, “Michael Laudrup - A Football Player”, etc.). En la década de los setenta, en realidad en un intervalo situado entre 1973 y 1976, esa búsqueda, curiosidad u obsesión le llevó a tratar de filmar el ciclismo. Su trabajo nos dejó, nada menos que, cuatro documentales que podrían ser considerados de “su propia escuela”, sino tenemos en cuenta que siguen parte del estilo de los dos directores anteriores, aunque eso sí, con toques propios. Por eso me atrevo a considerar a Leth como “El director de los documentales de ciclismo”. Al menos en lo que respecta a la segunda mitad del siglo XX. Una verdadera mina para los aficionados al ciclismo retro. Indispensable, por añadidura, para aquellos que sientan especial predilección por la década de los años setenta. En sus cuatro trabajos planteó una visión cercana, observadora y voyerista, pero con apariencia desapasionada. Ocultando su más que probable pasión por este deporte. Puedo recomendar tres de estas obras, porque hay una que no he visto todavía. Un cortometraje titulado “Eddy Merckx in the Vicinity of a Cup of Coffe” (1973). Bennett habla algo de él en su libro, pero yo no puedo aportar nada, aunque sí que lo puedo hacer sobre los otros tres.

 
Primer plano del director. (Imagen: @jorgenleth.twitter).

“Stars and water carriers” (1974). 1h 27 min. Estamos ante un magnífico documental que narra el Giro de Italia de 1973. Lo hace recopilando el punto de vista (literalmente visual, no de opinión) de diferentes protagonistas de este. Las estrellas y muchas otras personas, algunas de las cuales ni siquiera eran ciclistas. Repasa las etapas sin empacho y, al igual que ya hizo Mallé, resta protagonismo al resultado y a los vencedores. También a Leth le interesa más el proceso. Lo que va pasando. Las situaciones y los contrastes entre las montañas y los llanos. Merckx, el Bianchi y un pendenciero JM Fuente, no pueden evitar protagonizar muchas de las escenas. Su visionado no solamente es recomendable para el ciclista “retro”, debería ser obligado, pues tanto esta película como la siguiente, forman parte importante del acervo cultural de una de las épocas doradas de este deporte.

“Sunday in hell” (1976). 1h 45 min. Sigue la misma línea (incluso óptica, podríamos decir) que la anterior. En este caso el director vive, cuenta y transmite una azarosa y mítica carrera en línea de un día. Un monumento: la París-Roubaix. Una edición plagada de estrellas del pedal, en la que la emoción se mantiene hasta el final. Una edición que podría calificarse como de transición entre el reinado de los Belgas Merckx y Roger de Vlaemick, además de otros, y la irrupción de jóvenes valores, entre los que destaca Francesco Moser. El largometraje describe muy bien lo que es esa carrera. Lo que fue aquella edición en concreto, y lo que es siempre, en cualquiera de sus ediciones. Además, por caprichos del destino, durante el transcurso de la prueba surgen una serie de acontecimientos ajenos al ciclismo que hacen que, en determinados momentos, el reportaje informe sobre la actualidad reinante desde un punto de vista civil. El final del documental, con las imágenes de los corredores en las míticas duchas del velódromo de Roubaix, los vuelve terrenales. Los hace desprenderse del polvo del camino, de su sudor atlético y de su aureola de dioses. Recuerdo aquellas duchas porque tuve el singular privilegio de utilizarlas tras haber pedaleado durante más de cien de los últimos kilómetros del recorrido de la carrera. Incluyendo la mayor parte de sus famosos tramos de brutal pavés. Finalizando con una vuelta al velódromo. Duchas espartanas, con aspecto de campo de concentración, pero con el detalle de atesorar una inmejorable colección de placas grabadas, poniendo el nombre y la fecha de cada vencedor de la prueba a los múltiples cubículos allí dispuestos para que los corredores puedan cambiarse de ropa.

Hasta aquí los dos documentales preferentes y más ambiciosos (sobre ciclismo) del director danés. Pero hay otro de menor interés y cierta apariencia de estudio preliminar, más que de película terminada. Me refiero a “The Impossible Hour” (1974) 43 min. Desde luego parece mucho más sencillo. Más naif. Como igualmente naif resulta el montaje que rodea a Ritter en el velódromo olímpico de México, en su intento de recuperar el récord de la hora que le había arrebatado Merckx. Al verlo me recordó una película apócrifa sobre el de Indurain. Una cinta de video que me dejó pasmado por lo poco científico y riguroso de su proceso de preparación (y aquello era ya 1994). En el caso de Ritter, todo sucedía décadas antes, cuando aquel modo de llevar a cabo las cosas era lo normal. El problema, realmente, estaba en la marca que, poco tiempo antes, había establecido el Caníbal. Resultaba realmente imposible, inalcanzable, a pesar de que a Ritter hay que reconocerlo como un excepcional contrarrelojista.

Cerramos el apartado centrado en Jorgen Leth, para dar un importante salto cultural, aunque, geográficamente hablando, apenas nos desplacemos algunos pocos cientos de kilómetros. “Wyscig Pokoju 1952. Warszawa-Berlin-Praga” (Joris Ivens). (48 min).  En la línea de los grandes documentales del ciclismo de carretera, el cine polaco tuvo el suyo. Y en el caso de su versión original, esa de 1952, se adelantó a todos los documentales anteriores al narrar (con un prisma bastante institucional y nacionalista) la carrera de la Paz Varsovia-Berlin-Praga de 1952. No la he conseguido ver completa, pero parte de su contenido fue utilizado, en 1998, para que otro equipo polaco preparase un segundo documental para la televisión, recuperando mucho metraje del anterior, así como retales de imágenes de la carrera en diferentes épocas. El resultado “Kulisy Wyścigu Pokoju” es muy recomendable. Repasa la Carrera de la Paz desde, aproximadamente, 1946 hasta 1986. Cuarenta años de ciclismo. Pero lo hace dando saltos, no es un catálogo cronológico. Es algo mucho mejor. Mis alabanzas son parciales porque la he visto en polaco sin subtitular, y claro, no he entendido nada de nada de lo hablado. Entre ello, la intervención de varios antiguos corredores del pasado. Sin embargo, aun así, el documental me atrapó a través de sus imágenes y montaje. A lo largo del mismo vemos evolucionar la historia de la Europa del Este. La general y la ciclista. Y se ven cosas increíbles. Pobreza institucional de postguerra. Movimiento de masas ingentes. Montaje de pruebas “con lo puesto”. Muchos finales al sprint en pistas de atletismo de tierra o ceniza. Material y cultura de la parte de allá del “Telón de Acero”. También una progresiva modernización e internacionalización de la prueba con presencia de ciclistas occidentales. Merece la pena. Verlo, y con atención, porque en determinado momento, durante un instante en una de las ediciones antiguas, se ve un solitario cartel publicitario a un lado de la carretera. Un cartel anunciando… ¡CIL!. Alucinante ¿una empresa de la España de Franco pudiendo publicitarse en la carrera ciclista más importante del universo comunista?. En realidad no. Esa especie de tilde delata que el cartel tiene que ver con algo muy diferente de la ruta, meta o algo por el estilo. En todo caso, no sería esta, si lo fuera, que no lo es, ni mucho menos, la única interconexión deportiva que con que me he topado, en otras ocasiones, relacionando al régimen franquista con el bloque del Este.

 
¿Publicidad CIL más allá del Telón de Acero?. Lo parece, pero no...  (Imagen: captura del documental).

Toca ahora cambiar de tercio (radicalmente) y prestar atención a un par de películas ciclistas de animación. En realidad, las dos, de dibujos animados. “Andalusia no Natsu” (Nasu, verano en Andalucía) (Kosaka, 2003) 45’, es una película “manga”, esto es, del típico estilo japonés de hacer dibujos animados. Algo que en España descubrimos hace décadas de la mano de Heidi, y que posteriormente ha ido invadiendo casi todos los géneros e intereses posibles del público: deportivo, histórico, fantástico, infantil, pornográfico, etc. Como en la mayoría de los casos, este ejemplo muestra una excelente calidad de dibujo. Fiel y realista. Sitúa la historia en la época “post Indurain”, con el Mapei, Kelme, Banesto, Saecco, Telekom… perfectamente identificables por sus uniformes y tipografías, pero con los nombres ligeramente cambiados. Los dibujos son dinámicos, no como la distorsión de tiempo y espacio a la que nos sometían los responsables de producir los capítulos de Oliver y Benji. Únicamente se nota cierto exceso de parsimonia en el último kilómetro de la única etapa que narra la película. Se ve que a los nipones les resultó imposible evitarlo. El guion abarca una etapa de, imagino, la Vuelta a España. Es lo que cuenta, lo principal, aunque hay cierta historia paralela de carácter más emocional, más personal. Pero el interés (nada despreciable) está en el magnífico retrato que hace de una carrera ciclista profesional en la segunda mitad de la década de los 90, así como de su ambientación en tierras andaluzas. Entretenida para frikis del ciclismo.

Muy diferente es “Las Triplettes de Belleville” (Sylvain Chomet, 2008). Puede que una obra maestra de los dibujos animados, pues lo son buenos y originales. La película no imita a nada, su estética es muy singular y alejada de fáciles parecidos o referencias. Y la trama tampoco parece manida. Me gustó mucho, pero no me atrevo a recomendarla porque su apuesta es bastante radical en aspecto, ritmo, etc. volviéndose, en ocasiones, desmesurada o, puede que, hasta algo surrealista. Desde luego que el resultado pinta más para adultos que para niños. ¡Y sí! hay ciclismo, bastante y terrible. ¡Y los autores saben de ciclismo! Lo demuestran en su sonido, en la exageración del dibujo de los cuerpos de los corredores, en las caras y en algunos detalles más. En cualquier caso, una película sorprendente. Y no solo saben de ciclismo, seguramente también hayan sufrido en sus carnes lo terrible que resulta entrenar en rodillo…

Ahora abordo un cajón de sastre de películas que tratan también el ciclismo de competición, pero desde diferentes ópticas y con distintos niveles de acierto (siempre desde mi punto de vista). “Le Grande Boucle” (Laurent Tuel, 2013) es una divertida comedia francesa moderna, centrada completamente en el Tour de Francia, a través de una aventura paralela protagonizada por un hombre común, bastante desesperado, que decide completar su propio Tour de Francia con un día de diferencia con respecto al oficial. Aquello acaba captando la atención de los medios de comunicación y del público. Imagino que, con el tiempo, no acabará convertida en película de culto. Pero es divertida y recrea el ambiente del escenario en el que sitúa la acción.
 
“Les Cracks” (Alex Joffé, 1968) también es una comedia ciclista francesa, pero tiene muy poco que ver con la anterior. Tiene el ritmo y el tipo de humor inocente de su época, bastante más infantil para nuestros tiempos actuales. Es muy colorida y muestra la vistosidad de una película del tipo de las de Walt Disney de aquella época. Los personajes son muy exagerados, tanto de aspecto como de comportamiento. Pese a todo, la película tiene cierto interés porque cuenta una Milán – San Remo por etapas, ubicada temporalmente en 1901. Es como una versión ciclista de “La carrera del siglo” o “Aquellos chalados en sus locos cacharros”. Por eso es atípica dentro del “genero” ciclista, porque presenta un atrezzo y ambientación de lo que muchos ciclistas retro llamamos “pioneras” (carreras o bicicletas). Por cierto, hace pocos años, anduvo por ahí un corto de animación, creo que español, totalmente inspirado en escenas y situaciones de esta película.

Y ya que nos hemos acercado hasta los pioneros, no puedo pasar por alto una discreta joya del cine de temática ciclista titulada “Six day bike rider” (Bacon, 1934). Teniendo en cuenta su edad, es una buena película. Una comedia con lucimiento ciclista por encima de todo. De ciclismo cotidiano, de ciclismo-espectáculo circense y de ciclismo competición (de pista), que fue el que inicialmente triunfó en la mayoría de los países y, especialmente, en los EEUU. Es una comedia. De las de trompazos, desafortunadas coincidencias y vergüenza ajena. Todo ello en blanco y negro. Pero la bicicleta permanece durante toda la película como elemento social, como escenario, como razón de ser. Durante su segunda mitad, una competición de pista de formato de “seis días” acapara el argumento. Conviene recordar que no se trata de ninguna exageración, sino del reflejo de un tipo de espectáculo que cuajó totalmente en el mundo occidental, movilizando mucho público y mucho dinero. No fue casual su posterior evolución hacia los posteriores y diferentes formatos de competiciones de pista en seis días, así como su posterior minimización hacia los de “seis horas”. Los interesados la podrán encontrar en Internet con acceso libre.

Cierro un listado que se está dilatando peligrosamente con otra referencia más: “American Flyers” (John Badham, 1985) con un jovencito Kevin Costner en acción. No es una película importante ni destacada, pero a mí me gusta. Quizás porque sus imágenes se quedan muy parcas en los medios materiales y cantidad de gente mostrados, algo que se me antoja muy parecido a lo que debía ser el ambiente ciclista americano del sur de los Grandes Lagos, del entorno de Colorado e incluso de California en los años ochenta. Aquel ciclismo fue el embrión del posterior (desde el de LeMond hasta el de Armstrong) y era un ciclismo modesto, de poca gente, carreras sin apenas pelotones, sin el peso subcultural de la tremenda inercia europea y muy amateur. Y todo ello, soviéticos de caricatura aparte, queda bastante reflejado en la película. Que cada cual juzgue. El guion es lo de menos.

¿He dicho Armstrong? ¿Qué pasa con Armstrong? Pues que su caso ha generado, por sí solo, bastante filmografía. Tanto dramática como documental. A mí no me interesa mucho. Para empezar porque su personalidad como deportista, al menos la aparente, me resultaba bastante desagradable. También porque, por lo general, como espectador deportivo, no me gustan los monopolios victoriosos, así como tampoco los abusos logrados por motivos presupuestarios. Y como tampoco me gusta la crónica negra o amarilla del deporte, esa que busca y se recrea en lo oscuro, lo miserable, el cotilleo, etc. Pues la conclusión es que Armstrong, como tema, me trae al pairo. Pero no puedo negar la evidencia de que ha provocado bastante producción. Una vez vi un documental al respecto en casa de mi amigo Javier en San Sebastián, en una especie de sala de cine de pantalla enorme que tiene instalada en su sótano-txoco. Me entretuvo y me dio una visión bastante completa de un proceso que ya conocía “por partes”. Estuvo bien, pero no era mi estilo. Bruce Bennett, en su libro, utiliza la película (con actores) “The program” (El ídolo, Stephen Frears, 2015) como fundamento principal de su capítulo dedicado al cine y el ciclismo deportivo. Me propuse ver esa película, tanto por su insistencia, como porque conozco parte del trabajo de su director, a quien tengo en muy buena consideración. Pero todavía no lo he hecho, como tampoco una pieza alternativa de contraste, mucha mala leche, exageración histriónica, caricatura cómica, etc. titulada “The Tour of Pharmacy” (Ruta adulterada, Jake Szymanski, 2017). Ya veremos si la encuentro algún día a mano (en español, porque imagino que, para seguirla bien, en su caso, me hará falta).

Cerradas las tres “categorías” prestablecidas, voy a ir acabando este “especial” incluyendo algunas referencias de películas en desorden o capricho. Hay algunas que no he visto pero me interesaría hacerlo y otras que sí. Algunas me han gustado y otras no me parecen tan meritorias como las que he presentado antes. Incluso me salto varias a las que ya hice referencia en entradas antiguas del blog, cuando venían a cuento del tema tratado.

Antes de empezar con ellas, aunque quede feo decirlo, quiero mencionar que incluso a mí me ha dado por hacer algún pinito cinematográfico con el ciclismo como tema. Mis películas son siempre documentales y artesanales, Nada profesional, sino casero. Tengo varias, algunas de esquí y otras de temáticas algo variadas, entre ellas el ciclismo. Que me vengan a la memoria ahora, dos cortos y otra de una hora de duración. Uno de los cortos es una especie de homenaje al Tour de Flandes, nada demasiado especial. Me siento más orgulloso del otro: un homenaje al Barón Drais y su invento. Pero lo que más gente ha podido ver es mi documental largo sobre el fenómeno del ciclismo retro en sus inicios. Lo titulé “Retrovisión”. Nunca me he atrevido a publicar mis documentales porque para su montaje utilizo muchas imágenes y fragmentos de audio ajenos, por eso siempre los proyecto en actos de pequeña audiencia. Lo gracioso del asunto es que, gracias al esfuerzo de estudio que hice sobre la ley de protección de la propiedad intelectual que  comenté antes, recientemente he sido consciente de que mi modo de utilizar ese material ajeno es perfectamente legal si lo proyecto sin cobrar por ello, en ámbitos educativos o de investigación (en este caso, claramente, de sociología e historia del deporte).

Volviendo ya a los cineastas de verdad, me gustaría ver “Saturday night and Sunday morning” (Reisz, 1960). Relata, en blanco y negro, el contraste del mundo laboral industrializado del operario en una fábrica de bicicletas británica (Raleigh), cuando se libera y desinhibe durante el fin de semana. Está protagonizada por Albert Finney, actor principal de algunas películas que guardo con aprecio en mi memoria.

“Sky bike” (Frend, 1967) es una película infantil (o juvenil de época) que hubiera dado juego en su trama para una producción de calidad y buenos efectos especiales, pero que hoy en día se queda en muy poquita cosa. Tiene que ver con un certamen de bicicletas voladoras.
Hasta en Bollywood han producido largometrajes (esos sí que son largos) con las bicicletas como hilo conductor. “Jo Jeeta Wohi Sikandar” (Khan, 1992) es una película juvenil de estudiantes buenos y pobres, pugnando contra otros malos y ricos, con desenlace de lucha entre clases y centros educativos a través de una carrera ciclista. No pasa de la anécdota. Al parecer, hay otra titulada “Main Hoon Na” (Khan, 2004), mucho más contemporánea, pero esta no la he visto.

El icono del humor cinematográfico clásico, Jacques Tati, utilizó muchísimo la bicicleta en su extensa obra cinematográfica. Lo he podido ver tanto en escenas sueltas como en algunas de sus películas. Ahí está para quien desee curiosear, aunque no es una recomendación específica para quien busca ciclismo cinematográfico.

Aunque “la película” de la bicicleta como vehículo de libertad y autonomía de la chavalería es, sin duda, “ET el extraterrestre” (S. Spielberg, 1982), para los fanáticos de la BMX quizás sea más “de culto” la australiana “BMX Bandits” (Brian Trenchard-Smith, 1983), aventura juvenil de buenos y malos, con ese tipo de bicicletas y una Nicole Kindman adolescente, con aquella exuberante mata de pelo rizado. La película es muy básica de argumento, así como de alarde técnico sobre las monturas. Nada comparado a cómo fue pronto evolucionando ese deporte en cuanto a espectacularidad aérea y de trucos. Es la típica cinta por la que “sí han pasado los años”. Sin embargo, hay un detalle que parece recurrente en varias películas ciclistas, y que es común a algunas de mensajeros. Cerca de su momento culminante, los amenazados ciclistas se organizan como tribu y logran neutralizar al enemigo motorizado. Este efecto, frecuentemente utilizado, parece que, de algún modo, evoca un concepto paralelo de las reivindicaciones ciclistas urbanas, que es en el que se basa el movimiento Masa Crítica. La unión hace la fuerza. Aunque simpatizo con tal movimiento, le encuentro algunas pegas. Una, habitualmente rezuma cierto sentimiento de revanchismo y de enemistad irreconciliable con el transporte motorizado. Dos, se fundamenta en el efecto rebaño, algo que no me gusta nada y que le hace mantener dos incoherentes causas derivadas: las siguientes pegas. Tres, que muchos usuarios de la bicicleta se caracterizan por ser muy individualistas, y su vinculación a la Masa Crítica no deja de ser una anécdota, pues el resto del tiempo se comportan de modo indisciplinado e irrespetuoso con normas que “no van con ellos”. La película de BMX es un buen ejemplo en el que los protagonistas someten a muchos peatones a una amenaza similar a la que ellos sufren del automóvil. Y cuatro, las manifestaciones del tipo masa Crítica y los días de la bicicleta, me recuerdan mucho a las de la liberación de la mujer o a las carreras populares femeninas, en el sentido de que logran una representación poderosa puntual, pero no parecen muy eficaces a la hora de garantizar la protección concreta diaria de las personas (ciclistas y mujeres respectivamente). Eso sí resultan de lo más fotogénico para los Medios y los políticos que saben aprovecharlas.

 
Los tres protagonistas de esta película australiana. (Imagen: reddit).

Mención especial otorgo a “Parpaillon” (Luc Moillet, 1993), para mí todo un ensayo experimental socio-cinematográfico sobre el ciclismo popular. La cinta es muy básica en medios y calidad de película, y más aún en trama o guion. Sin embargo, lo dice casi todo, muy al estilo francés, retratando la “fauna” humana de participantes en un evento de cicloturismo popular consistente en ascender a un puerto tremendamente largo y duro. Por allí desfilan cicloturistas competitivos, excursionistas, ligones, frikis, tramposos, políticos en busca de la foto, figuras atemporales simbólicas, etc. Aunque la perspectiva francesa, para esto del deporte popular, suele ser, incluso, más bizarra y menos acomplejada que la española, permite identificar fácilmente muchos estereotipos comunes en ese tipo de saraos.

 
¡Auténtica Francia ciclodeportiva!. (Imagen:gijonenbici).

También hago mención honorífica a “A Day Out” (Stephen Frears, 1972). Efectivamente, del mismo director que “El Programa”, pero retratando una historia completamente diferente, y haciéndolo al principio de su fresca carrera como cineasta. En esta historia de media duración y en blanco y negro, recrea una excursión de “pioneros” británicos durante la primavera de 1911, proyectando una visión idílica de la Inglaterra eduardiana. Todo eso teóricamente, porque en realidad, durante el rodaje hizo muy malo, pasaron frío y perdieron días a causa de la lluvia, pero es algo que “la escala de grises” logró camuflar. Por otro lado, el idilio no parece tal cuando vemos la relación manifestada entre algunos miembros del grupo de ciclistas durante la excursión. La película me encanta por su ambientación y por la estética con la que recrea a los ciclistas de principio del siglo XX, así como el placer de rodar por la campiña británica. Esto último sigue vigente, pues he podido disfrutarlo en varias ocasiones. La atmósfera que se desprende de la excursión me recuerda mucho a un magnífico documental semi-publicitario que, a mediados del siglo XX, se produjo con el patrocinio del Cyclists Touring Club y la compañía nacional de ferrocarriles. Es otra cinta muy recomendable para los apasionados de lo vintage. Frears rodó la suya por encargo del dramaturgo Alan Bennett para una exitosa serie de trabajos para la televisión británica. Más allá del “encanto” visual de la película, posee también mucha ironía (si sabe detectarse) y algo que todavía me parece mejor: y es que, pese a narrar una sencilla salida ciclista dominical en grupo, de hace más de un siglo, ¡hay muchos detalles que apenas han cambiado!. El trabajo de los actores es magnífico, con muy poco diálogo, se expresan de maravilla con sus rostros.

Finalizo haciendo mención del cine de mensajeros en bicicleta. Hay varias películas al respecto y Bennett, en su libro, las atiende en dos de sus capítulos, en el dedicado a la mujer y en el que trata el ámbito laboral. Creo que he visto tres o cuatro, y la memoria me traiciona confundiendo unas con otras. Se me parecen mucho en bastantes aspectos relacionados con las tramas, la estética, los guiones y, sobre todo, el escenario y el tratamiento dinámico. Me entretuvieron en su día, para pasar el rato, pero no me engancharon ni me dejaron huella. “Premiun Rush” (Koepp, 2012) es una de ellas, relativamente reciente, pero ya digo que hay varias. A quien le guste ese “ecosistema” no tiene más que buscar un poco y las encontrará. Puestos a dejarse seducir por historias de mensajeros a pedales, a mí, lo que me llamó la atención fue lo de Oswaldo Farrés, maltratado compositor musical, quien, en algún momento de su vida pasó por ser mensajero (o recadista) en bicicleta. La descubrí leyendo, de la mano del siempre impredecible Mauricio Wiesenthal, y así la transcribo:

“’Toda una vida’. Este bolero inmortal lo compuso el maestro cubano Oswaldo Farrés. Parece mentira que sus canciones hayan sido interpretadas por los mejores artistas y, sin embargo, esté hoy casi olvidado y se recuerde más a sus intérpretes, como Antonio Machín o Lucho Gatica. Pero quiero recordar que es el autor de ‘Quizás, quizás, quizás’, ‘Madrecita’, ‘Acércate más’ y ‘Tres palabras’, entre otros boleros famosos. Este genio de la canción no se formó en una academia de música, sino en la bohemia de la calle. Fue mensajero en bicicleta, pintor de vidrieras, empleado en una colchonería y jefe de publicidad de la Cervecería Polar. Con este bolero enamoró a su última mujer, que era treinta años más joven que él. Oswaldo dirigió el programa de televisión más famoso de Cuba, por el que pasaron Nat King Cole, Josephine Baker, Maurice Chevalier y Sara Montiel. Cuando la dictadura de Castro se instaló en Cuba, huyó a España y Estados Unidos, donde vivió hasta su muerte. Unos inquisidores de la burocracia estatal quemaron su casa y sus recuerdos en La Habana. Una hoguera en mitad de la calle: un tesoro perdido de partituras, fotos de artistas y reliquias que ya no pueden recuperarse. Toda una vida…”. (Mauricio Wiesenthal, en “Siguiendo mi camino”. Acantilado, Barcelona, 2013).

Casi podríamos titularlo como “Muerte de un ciclista”, pero esa es otra historia, otra dictadura y otra película.