viernes, 13 de mayo de 2022

UN JÁNDALO EN EL GASTOR (CÁDIZ 1)

El Gastor es un pueblo situado en el nordeste de la provincia de Cádiz. Un Pueblo Blanco. Según se dice, “el balcón de los Pueblos Blancos”. Tan al borde del límite provincial que si cabalgas despistado por su campo, o tu jaca se tropieza y da un traspiés, puede que cuando quieras darte cuenta ya te hayas pasado a territorio malagueño y camino de Ronda.

Dentro de la ruta o “colección” de Pueblos Blancos de la Serranía de Cádiz, los alrededores de El Gastor componen, en mi opinión, la crema del apelativo, los que allí se concentran son especialmente hermosos, y tan cercanos unos de otros (distancias de rara vez superan los 22 km) que, recorrerlos en bicicleta, moto o coche resulta perfectamente abordable sin generar fatiga al viajero. Su sucesión de curvas, la estrechez y poco tráfico de las carreteras que los unen, la posibilidad de variantes para configurar el recorrido y el dinámico paisaje que se presenta, mediante sucesivas lomas entrecruzadas, olivares, campos de labor, eventuales picachos afilados y tajos roturados por los cursos de agua, garantizan el entretenimiento de la conducción. Magnífica etapa para el ciclista, ruta para el motorista o tramo para el conductor.

El Gastor, si el viajero quiere que así sea, puede ejercer una función de nodo de comunicaciones de modo ideal. Que sí un bucle por el norte y otro por el sur, y con ambos, podrá haber visitado Setenil, Olvera, Algodonales y Zahara de la Sierra. Junto con El Gastor (y que me perdonen otras localidades) la “creme de la creme”. El pueblo en sí, ni es el más famoso ni el más visitado de los mencionados, pero tiene sobradas cualidades para que nos pueda interesar. Compite, de tú a tú, con Setenil, Olvera o Zahara en cuanto a espectacularidad paisajística. El primero tiene su propio tajo, sus cuevas habitadas y sus edificaciones sobreelevadas; el segundo su castillo y su templo dominando el desparrame inferior de blancura; Zahara aparenta más serranía, dominado como está por una escarpada cumbre y casi bañado, a sus pies, por un embalse de tonalidad turquesa glaciar. Pero el Gastor no se queda atrás. Se encuentra encaramado en una abrupta montaña, abrazando su ladera, permitiéndose así contemplar a los demás alrededor. Por si fuera poco, lo suficientemente apartado de la carretera que comunica Ronda con Utrera, como para garantizarle serenidad y ambiente puramente serrano. Tres estrechas carreteras nos pueden acercar hasta allí. Todas lentas y reviradas, como ha de ser cuando el viajero quiere evadirse y desconectar de la civilización rodada uniforme, aburrida y alienante. Un constante sube y baja en forma de toboganes configura la que proviene del nordeste, ya sea de Setenil o de Olvera. Asciende con ímpetu desde el sur la que enlaza con la carreta principal antes citada, aunque acaba descendiendo un poquito antes de llegar al pueblo. Quizás sea esta segunda la más “contemplativa” en cuanto a “horizontes”, los cuales se abren con generosidad hacia poniente y hacia el sur (preferentemente al lado izquierdo de nuestro vehículo o montura cuando nos dirigimos a El Gastor). Por último, la más modesta, es una cinta asfaltada que proviene del noroeste. Un enlace breve que, desde un lecho acuoso nada ostentoso, casi una vega escondida, remonta con esfuerzo y curvas toda la ladera sobre la que se encarama el núcleo urbano.

Grazalema atardeciendo

Alrededores de El Gastor

Detalle de Olvera

Setenil de las Bodegas

El pueblo es blanco ¿cómo no? Típico conjunto compacto de edificaciones apretujadas, inmaculadas y con esa equilibrada combinación de orden y caos típica de la zona. Hermosísimo en la distancia y acogedor al pasearlo. Con cuestas ¡claro! Viajeros, están ustedes en la sierra, qué esperaban. Pero hay buenas noticias, la calle principal, lo suficientemente estrecha como para que circularla en coche suponga un buen ejercicio de civismo, educación, cesión o hasta diálogo, está trazada casi siguiendo una curva de nivel de la ladera, resulta casi llana.

Visitados los pueblos enumerados hasta ahora, si mi apreciación personal no me engaña, hay un atributo que distingue a El Gastor con respecto a los demás. Una característica que, para el turista contemporáneo, el de masas, el de lista de destinos… la marabunta, pueda resultar una pega, pero que, para mí, lo revaloriza. Es el menos turístico de todos, con pocas opciones de alojamiento, las justas de restauración, ninguna tienda de souvenirs y casi ninguna atracción visitable “imprescindible”. Como consecuencia lógica de todo ello, aporta “verdadero” vecindario, serenidad, vida social de calle, espacio para todos y un largo etcétera que podríamos integrar a modo de: autenticidad. Comer se puede comer muy bien, lo he comprobado en sus dos posibilidades. Además, hay un puñadito de bares en los que sirven sin que tengas que pugnar por el espacio o la atención de los camareros. Hay tiendas para lo necesario, no para productos típicos de “aquí” pero fabricados en China. Y hasta mercado los jueves. Hemos estado viviendo allí una semana y, sin esfuerzo alguno, pudimos entablar natural conversación con bastante gente. Sin tumultos, sin problemas de estacionamiento, sin hordas de guiris llenando las calles, etc.

 

Paseando por El Gastor

Si alguno se pregunta qué se puede hacer en El Gastor, además de lo explicado, tiene algunas posibilidades. Aunque no sea este el asunto del que me quiero ocupar, lo mencionaré de pasada. Pasear por sus calles y, si se tiene tiempo suficiente, emprender caminata por su modesta pero interesante red de senderos, conformada por siete itinerarios diferentes. Uno lleva al Dolmen del Gigante, otro al embalse, algunos ascienden, etc. Por falta de actividad que no sea. Y para reponerse, contundente Guisote Gastoreño, el cual, lamentablemente, no tuve oportunidad de probar, pero anotado ha quedado para la próxima visita. Lo que sí nos trajimos fue un bote de miel de la “Abeja gastoreña”, una que lleva frutas dentro. No me llamó especialmente la atención hasta que unté su contenido en un queso de cabra semicurado y entonces… ¡qué placer!

Ese otro asunto que más me interesa ahora es del jándalo anunciado en el título. Por jándalo, aquí, deberíamos entender lo que nos sugiere la Wikipedia, que es lo que siempre he tenido entendido, y difiere de la definición de la RAE. “Se conoce como jándalo a la persona originaria de Cantabria (y a veces, por extensión, del norte de España) que emigraba a Andalucía adquiriendo la pronunciación propia de allí o adoptando costumbres andaluzas”. (Wikipedia). Lo es mi primo Eduardo, desde hace décadas, que ahora jubilado, alterna Cantabria con Zahara de los Atunes, donde ejerció media vida laboral como maestro. Pero aquello es la costa y la almadraba, bien diferente de la Sierra. Al que me refiero aquí es a mi hijo, quien, lejos aún de poder ser considerado un auténtico jándalo, camino lleva de convertirse en ello, algo que hasta me hace ilusión, especialmente teniendo en cuenta a lo que se dedica. Más tarde lo explicaré.

Jándalos aparte, la historia del Gastor se ha caracterizado por incluir entre sus afamadas personalidades a algunas personas que no fueron oriundas de allí, pero que, sin embargo, ligaron su vida a la localidad, la cual, como demuestran algunos de sus monumentos conmemorativos, un modesto museo y varias publicaciones informativas, ha acabado considerándolos, con orgullo, “hijos” suyos. Me voy a referir a tres de ellos. Dos históricos y reconocidos. Otro actual y que se me antoja a mí.

El primero es reconocido y revalorizado porque hace tiempo que está muerto y porque su época fue otra y, afortunadamente, ya pasó. Eso hace que actualmente no se juzguen sus andanzas, sino que se interpreten desde una perspectiva romántica y legendaria. Y es que se trata de José Mª Hinojosa, El Tempranillo, uno de los más míticos bandoleros de las sierras andaluzas. El personaje nació en Jauja, una pedanía de Lucena (Córdoba) en 1805. El mote le viene de lo temprano que tomó el camino criminal, a los quince años según algunas referencias, a los 18 para otras. Con el paso del tiempo, el bandolerismo andaluz (y por lo tanto también el que asoló las serranías de Cádiz, Ronda y Málaga) fue evolucionando, bajo el prisma de la opinión pública, desde la criminalidad (cuando estuvo activo) hacia el romanticismo (cuando dicho movimiento artístico y de pensamiento empapó a la sociedad). Ahora se conserva como objeto de estudio histórico y antropológico, aspecto cultural y, especialmente, motivo temático para el turismo. Así que figuras como la de Tempranillo, que ya de por sí fue mítica en vida (una existencia bastante breve: 1805-1833), han ido adquiriendo un gran prestigio evocador, enterrados ya en el olvido los daños, delitos o crímenes por él causados a determinadas gentes. A favor de este bandolero hay muchos factores. Su figura llegó a ser percibida como la de una especie de Robin Hood a la serrana. Un delincuente valiente y osado ante las autoridades y la gente pudiente, a la vez que generoso con los pobres y desvalidos. Además, alcanzó fama de hombre galante con sus víctimas femeninas, y educado y poco violento con el resto. De él se contaron, cantaron y recitaron muchas anécdotas. Ciertas, tergiversadas, inventadas o atribuidas a él aunque originarias de otros. Desde un punto de vista “profesional” (si consideramos el ser bandolero como su “empleo”) desempeñó una carrera eficaz, brillante y sin que se le pudiera atrapar. Puso en jaque a las fuerzas del estado y causó frustración hasta al rey. Sus comienzos como proscrito fueron causados por vengar a su padre. Y es que las venganzas y ajustes de cuentas por iniciativa propia fueron un detonador bastante común en el fenómeno del bandolerismo. En cuanto al final de su “carrera”, llegó en forma de indulto generalizado, al poco del cual ingresó en el Escuadrón Franco de Protección y Seguridad Pública de Andalucía, que comandó durante breve tiempo, hasta encontrar la muerte en un tiroteo en acto de servicio.

Dibujo del Tempranillo, por John Frederick Lewis. (Imagen: wikipedia).

 
Estatua ecuestre del Tempranillo en Ronda (Imagen: esculturaurbanaaragon.com)

En su época de bandolero, parece que pasó algún tiempo formando parte de la banda de “Los siete niños de Écija”, aunque pronto pasó a liderar una partida montada muy nutrida, formada por varias decenas de jinetes. El grupo tenía tal prestigio que casi disfrutaba de “lista de espera” para ingresar en él. La influencia de este bandolero sobre la cultura lúdica posterior del fenómeno ha sido muy grande. Inicialmente sus hazañas y correrías formaron parte de las conversaciones de los pueblos y aportaron argumentos a la literatura de cordel o coplas de ciego. También al folclore musical, tan importante en aquellas tierras. Con el tiempo, fue protagonista de relatos folletinescos y, ya en el siglo XX, incluso de alguna serie de cómics. El trasvase de aventuras de unos personajes a otros ha sido muy común en la utilización cultural de los mismos, por eso, aunque la popular serie de televisión “Curro Jiménez” se fundara inicialmente en la biografía de otro bandolero distinto, no cabe duda de que los guiones de algunos episodios concretos parecen estar basados en vivencias atribuidas al Tempranillo.

Portada de un comic del Tempranillo de 1950. (Imagen: nebrixa.com)

En cuanto a El Gastor, allí vivía una de las amantes del Tempranillo. Rosa. Entre leyendas, escritos, noticias de prensa, romántica apropiación de la figura para diferentes localidades actuales, etc. Seguir la pista de las que fueron verdaderas parejas del bandolero no parece cosa fácil. Fueron unas cuantas (Fuensanta, Clara, María Cobacho, Jerónima Francés (madre de su único hijo), etc.). Una de ellas fue Rosa. Hay un recopilador del bandolerismo rondeño que la localiza en Ronda, pero en El Gastor tienen la certeza ¡y la casa! De que era de allí. A no ser que hubiera habido más de una Rosa, aquella “su Rosita de mayo”. Lo mismo es que la visitaba principalmente por primavera… La casa de Rosa se encuentra en una de las calles más bonitas y floridas del pueblo. Alberga un modesto Museo de Usos y Costumbres. Su visita lleva pocos minutos (más si se entabla tranquila conversación con quien lo enseña), pero resulta interesante por lo ilustrativa. En la planta baja encontramos el dormitorio principal, escenario, es de suponer, de pasionales lides amorosas sobre una cama alta, de cabecero y pie de hierro. También está la cocina, decorada a la antigua usanza, con los utensilios esparcidos alrededor del hogar. Hay alguna estancia más, además de una zona con aperos de labranza y utensilios de tratamiento hogareño de los productos del campo. Es el espacio en el que se albergaba y atendía a los animales. Por supuesto, también encontramos el patio interior, tan habitual en la arquitectura tradicional de aquellos parajes. En la segunda planta, bajo cubierta, se accede al “soberao”, buhardilla o desván, que ahora atesora una buena cantidad de objetos artesanales y curiosidades relacionados, todos ellos, con la etnografía local, el bandolerismo, las actividades tradicionales, etc. Bien conocido es el asunto del bandidaje en Andalucía. Especialmente arraigado en las serranías de Ronda y Grazalema, destacó sobremanera en el entorno de los Pueblos Blancos más montañosos, llegando a alcanzar El Gastor, en torno a los años veinte del siglo XIX, fama de nido de bandoleros.

Acogedora y florida calle en El Gastor.

Dintel de la casa de Rosa.

El segundo personaje homenajeado por el pueblo de El Gastor fue un mítico guitarrista de incuestionado reconocimiento en el ámbito del flamenco. Diego de El Gastor (Diego Amaya Flores) nació en Arriate (Málaga) en 1908. Lo hizo en el seno de una familia extremadamente numerosa. Y es que sus padres, Bárbara Flores y Juan Amaya, tuvieron hasta 22 hijos, aunque los biógrafos de Diego únicamente han encontrado documentación de doce de ellos. Aquella era una familia gitana que, procedente de Grazalema, vivió unos años de cierto nomadismo propiciado por dedicarse él, Juan, al trato de ganadería. Pero el caso es que acabaron afincados en El Gastor, donde se crio Diego. Su primer maestro en el menester del guitarreo fue su hermano José, quién destacó como concertista por la comarca. Parce que diego no estudió. Ni música, ni casi nada, porque no estuvo escolarizando, sino viviendo su niñez entre la guitarra, las mulas de su padre y el juego con la chiquillería de El Gastor. Al padre los negocios le fueron muy bien. Hizo crecer su patrimonio y acabaron adquiriendo un par de viviendas en el pueblo y, poco a poco, varios inmuebles en Morón, a donde acabaron trasladándose. De hecho, allí es donde Diego vivió el resto de su vida, aunque siguió frecuentando El Gastor. No cabe duda de que conservó un cariño muy especial y muchos recuerdos del pueblo, porque fue su topónimo el que escogió para su nombre artístico. E incluso para el de dos de sus discípulos más destacados, sus sobrinos Paco y Juan “del Gastor”.

Diego tocando en plena fiesta. (Image: Steve Kahn; en cicus.us.es)

Cuentan de él que era una persona agradable, con contradicciones llevaderas e interesantes y unos principios personales muy arraigados, preferentemente tendentes a la libertad y autonomía personal. Para todo, desde la política hasta la música, pasando por los demás órdenes de la vida. Tuvo la fortuna de librarse de la “mili” gracias a las gestiones de su padre. Precisamente, por aquel marcado espíritu de independencia artística, nunca quiso grabar discos propios, además de esquivar grandes contratos y evitar prodigarse en acontecimientos multitudinarios. Tenía miedo de pervertir su arte, de verse comprometido, y prefería expresarse en ambientes en los que se encontrara a gusto. Su fama alcanzó lugares tan remotos como Japón o los EEUU. Dicen incluso que puede haber más grabaciones suyas en solitario (siempre con medios no profesionales) en América que en España.

Disfrutar de la maestría interpretativa de Don Diego no es fácil. Hacerlo supone indagar entre discografías ajenas. Álbumes en los que acompaña a cantaores coetáneos a él, y de reconocido prestigio. De esas hay muchas. Y también algún que otro programa de televisión antiguo. Aunque, como es de suponer, su leyenda debió de generarse y crecer en el directo de los festivales, los conciertos, las fiestas y los saraos, ya fueran estos últimos organizados o improvisados. Pero fieles a nuestro estilo viajero, no contentos con la referencia, ya de vuelta en casa, emprendimos la indagación necesaria como para dar con dos obras recopilatorias que suman un buen conjunto de piezas suyas como protagonista. Las grabaciones tienen diferentes calidades y orígenes, así que unas crepitan más a vinilo que otras. Hay piezas muy poco nítidas o con ecos y ruido del directo, aunque algunas otras se conservan bastante bien. En cualquier caso, todas “saben” bien y rebosan maestría, dominio del instrumento y mucho arte.

Diego tocando en El Gastor (Imagen: William Davidson en flamencopolis.com y "El eco de unos toques" libro de Ángel Sody de Rivas)
 

En una de ellas Diego toca sin voces a las que acompañar. Ni soy entendido en flamenco ni siquiera seguidor. No le hago ascos y hasta lo disfruto mucho en algunos casos, tanto ciertos palos clásicos como fusionado con otras músicas. Pero cuando se trata de guitarra flamenca por sí sola, me encanta. Y este es el caso, me alegro de nuestro esfuerzo en la búsqueda porque escucharlo completa parte de nuestro primer viaje a El Gastor. El otro recopilatorio va alternando piezas instrumentales (de su guitarra) con otras en las que acompaña a diferentes cantaores. Unas y otras parecen poder enmarcarse en lo que uno de sus biógrafos califica de flamenco muy “jondo” y auténtico, más centrado en el duende que en las florituras. A Diego el flamenco le vino de familia, ejemplo de ello fu su tía-abuela “Aniya la de Ronda”. A él se le considera como un exponente imprescindible del denominado “toque de Morón”. Un tocar que provino de su maestro Pepe Naranjo y que, tras las aportaciones de Diego y algunos otros, ha tenido continuidad a través de varios guitarristas, incluidos sus sobrinos.

Una cosa más que añadir, al disfrutar de las carreteras de aquellos alrededores, mi querencia preferiría la bicicleta o la moto (si fuera posible a caballo lo haría recorriendo las sendas). Aunque para el coche sí que encuentro una ventaja, la de poder ir escuchando los rasgueos, punteros y percusiones de Diego del Gastor con su guitarra, banda sonora ideal para perderse entre colinas de olivares, encinares y alcornocales.

La historia musical de El Gastor no se limita a tan magnífico y consagrado guitarrista. Hay más. Música ancestral y algún cantaor más reciente. Entre los valores etnográficos de la localidad, sobrevive un instrumento singular, la gaita gastoreña. A un cuerno de vacuno, algunos vecinos le acoplan una pieza de madera, con pabellón de resonancia y orificios a modo de flauta, y una “pita”, que es la caña o lengüeta a través de la cual se sopla. El sonido que genera sí que recuerda a las gaitas, aunque en versión más rústica y con, aparentemente, unas posibilidades melódicas e interpretativas tremendamente reducidas o limitadas. Por las fiestas del Corpus Cristi, cuando el casco urbano se engalana y tapiza de ramos, se celebra allí un concurso de gaiteros en los que mayores y chavalería hacen lo que pueden por tratar de conservar el sonido de tan arcaico instrumento. Un valioso ejemplo del acervo tradicional local que, a toda costa, hay que evitar que se pierda.

Gaita gastoreña. (Imagen: eldiario.es)
 

En cuanto al cantaor, no es adoptado. Nació en el pueblo en 1952, aunque pronto se trasladó a la cercana Ronda, antes de pasear su arte por España y el extranjero. Afincado en las afueras de Madrid, apenas tiene discografía y la que hay cabría ser considerada como de casi incunable. Sin embargo, sí que se ha prodigado en la realidad, en el directo, en festivales, encuentros y fiestas particulares. Ganó el Primer Premio de Gente Joven de TVE, allá por 1984. Quien sienta curiosidad por su talento, algo puede encontrar en videos en internet. Actuaciones antiguas en TVE, un poquito del festival de Ronda de 2011 y algunas interpretaciones en locales animados.

Fuera ya de los círculos oficiales y de reconocimientos documentales o turísticos, nos topamos con un run-run de actualidad en diferentes puntos del pueblo. Hace unas dos décadas que un austríaco adquirió una propiedad, La Donaira, que, encaramada en las laderas y cumbre de la montaña que domina el pueblo, se extiende por unas setecientas hectáreas de superficie irregular, variada, rica y hermosa. Pozos, prados, olivares, peñascos… ¡de todo ofrece el paraje! Por haber, hay hasta la boca de una vieja mina. Probablemente de hierro, a juzgar por la rojiza persistencia del polvo de los caminos y pistas de acceso a tan singular paraíso. El propietario inició allí la cría de caballos lusitanos. Un quehacer que, por encima de cualquier otra motivación, quienes recaen en él, lo hacen, fundamentalmente, por placer y amor a ese animal. Una raza de caballos tan bellos y preñados de connotaciones y atributos admirables que, quienes entienden de monturas, reconocen y alaban sin reparos. Y como prueba unos versos:

“Son los hijos del rio Douro

El caballo de los vientos

El jaco de las batallas

Y el hocico del carnero.

Orgullo de los campinos

Los vaqueros del terreno

Descendientes de la Hispania

Los nobles del Ribateiro.

Galopan en las llanuras

Albinos, bayos y perlos

Alazanos y morcillos

Y el más negro de los negros.

Colas del pavo real

Las cerdas hasta el brazuelo

Emblema de Lusitania

Caballo de los guerreros.

Maestro de la alta escuela

Y vistoso en el paseo.

Sueño de conquistadores

De atalajes y plumeros.

El del hierro niquelado

Y concha de terciopelo

Estribos de fina plata

Y riendas suaves de cuero.

Casaquillas estampadas

Y volantes y plumeros

Y cuadrillas de forcados

De costa, veiga y ribeiro.

Al son suave de los fados

Que es canción del marinero

A las orillas del Tajo

Nació el rey del rejoneo.

El señor de Portugal

El artista de los quiebros

Heredó del español

La elegancia y el braceo

La templanza en el piafé

Y la corbeta es un vuelo.

Por eso nació con duende

Por eso pisó el albero

Para templarse en la plaza

Y convertirse en torero.

José León (“Por derecho”). (Letra apuntada “de oído”, por lo que pudiera contener alguna que otra palabra equivocada).

Conociendo a algunos de los lusitanos de La Donaira

Desde entonces hasta ahora, la yeguada fue creciendo, y la explotación de la finca madurando y tornándose más racional, sostenible y respetuosa con el medio ambiente, con el entorno natural y con el cuidado global del planeta, en lo que le toca, desde una perspectiva local. Desde hace pocos años, el dueño ha puesto en marcha un hotel de lujo con una dinámica de funcionamiento muy peculiar y exclusiva. Algo que está atrayendo a clientela exigente en cuestiones de ecología, delicada y sana gastronomía, refugio placentero y belleza natural ajena a las típicas ofertas comerciales. La sede principal del alojamiento se ha instalado en un antiguo cortijo restaurado con un gusto exquisito y mucho respeto a la tradición. Se completa con algunos anexos impecables y se encuentra parcialmente abrazado por un delicioso jardín de plantas medicinales.

La idea (y casi la realidad completa) es que la finca sea autosuficiente en lo que se refiere a la alimentación de huéspedes, empleados y voluntarios. Lo es porque tiene ganado variado, aves de cría y fauna cinegética. También por su huerta y producción agrícola no extensiva. De la cuestión gastronómica pudimos disfrutar gracias a una demostración impecable. Un menú que resultó fascinante y diferente, en el que el sumiller tuvo un papel tan destacado como el del cocinero, sin que esto suponga menospreciar al servicio de atención a la mesa, que también fue intachable. El gozo de comer allí es privilegio exclusivo para la clientela hospedada, no se trata de un restaurante abierto al público general. Sobre las bondades y maravillas del alojamiento, las actividades allí ofrecidas, etc. Su rastreo y cotilleo es factible a través de la página web del establecimiento, o incluso de algunos fragmentos televisivos que hemos podido localizar antes y después de conocer aquello. Y es que, por cuestiones familiares, tuvimos ocasión de hacer una visita parcial a la finca, a las instalaciones de la yeguada y a algunos rincones del paraje.

La cuestión del antes señalado cotilleo local tiene que ver con que, a lo largo de nuestra estancia por El Gastor, pudimos escuchar varias veces, y en ambientes muy dispares, lo bueno que había sido que el dueño actual hubiera comprado La Donaira. Bueno, porque ello ha generado un importante despegue económico para la localidad. El Gastor, históricamente, se había dedicado al sector primario. A la producción de aceite de oliva, a cierta artesanía como la de las pleítas (una especie de trenzados de esparto con los que, además de alpargatas y cestería de todo tipo, quienes dominan su técnica son capaces de elaborar objetos de índole inimaginable de antemano), al ganado, etc. Pero mucho de ello, con el tiempo fue yendo a menos, lo mismo que en otras muchas localidades del campo gaditano, andaluz y, por extensión, de gran parte de la Península. Así que la población de El Gastor también fue viéndose obligada a tener que salir de allí, en especial los más jóvenes, para buscarse el modo de sustento, el desempeño laboral, más cerca de las ciudades. Ya hemos dicho, además, que el pueblo no ha seguido el patrón de desarrollo turístico tan habitual de otros núcleos cercanos. Sin embargo, la progresiva actividad puesta en marcha en la finca está generando empleo. Y lo está haciendo de modo significativo. Son muchos los vecinos que trabajan allí de forma fija o por temporadas. Algunas personas en el campo, en funciones agrícolas o ganaderas. Otras dando servicio al hotel. Sirviendo, limpiando, en cocina, en actividades de salud, estética, guiado, transporte, etc. No es nada que nos estemos inventando. Transmitimos lo que escuchamos en una visita a una casa museo, en el bar, en el campo, en algún que otro coche en el que alguien nos llevó, etc. La Donaira parece haberse convertido en una especie de balón de oxígeno para el bienestar del pueblo. Y en un modo que, desde la precaución de mi desconocimiento del contexto, se me antoja muy conveniente, ya que no supone el haber tenido que levantar una planta industrial y quién sabe si contaminante o agresivamente rupturista con el paisaje natural de la zona. Tampoco mediante una sobreexplotación turística de la localidad, de ese tipo que, poco a poco, pero sin descanso, acaba convirtiendo a toda una población en camarera, todo el comercio en tiendas de souvenirs y gran parte de la oferta inmobiliaria en alojamientos turísticos, gentrificando el municipio y encareciendo tanto la vivienda que la gente local no pueda acceder a ella. Nada de eso, trabajo variado, moderno y casi ancestral, relacionado con los usos, costumbre y cultura del contexto local. Envidiable.

Así que no sé si el “nuevo vecino” (no tan nuevo ni mucho menos) acabará, si todo esto sigue así, convertido en un tercer personaje venido de fuera capaz de generar un honroso reconocimiento vecinal por parte de la población local. El tiempo lo dirá y así se lo deseamos a todos, al austríaco y al pueblo, por el bien común.

Al jándalo le queda mucho para algo así. No está entre sus aspiraciones, ni osa compararse. Como quien dice, acaba de llegar allí, así que ni ha tenido tiempo de empezar a convertirse siquiera en jándalo. Pero es muy joven, con vida por delante. En nuestra visita le hemos visto tan ambientado, contento y centrado en su tarea, que no me resisto a señalar que apunta maneras. Su cometido y su trabajo son para con los caballos. Buen comienzo, porque desde niño ha sido un apasionado de su trato y disfrute, y, en especial, el de los lusitanos, con los que ahora trabaja. A él llegan desbravados y con una doma levemente iniciada, casi infantil. Ambas con método natural. Él tiene que domarlos en serio, educarlos y ayudarlos a exhibir la clase que atesoran, “echarlos para adelante”, “convertirlos” en caballos adultos. Un trabajo sacrificado, intenso y exigente, pero que le apasiona. Lo de los caballos es algo con arraigo histórico en España, por supuesto en Andalucía e indiscutiblemente en Cádiz. Así que a ver si le va bien y, además de bandolero, guitarrista y patrón, surge un buen jinete en El Gastor, también él adoptado.

 

Entretanto, mientras dure ese proceso, tras nuestra primera visita, hay algo que nos ha quedado claro: ¡regresar allí! Cuanto antes y cuanto más pronto mejor. Y a ser posible con frecuencia.

 

 

 

jueves, 31 de marzo de 2022

TOC-TOC

Lo que son las cosas, estos días se me ha dado una coincidencia vital de esas que a veces nos pasan desapercibidas, y que, sin embargo, cuando te das cuenta de ellas te ayudan a reflexionar sobre algunas cosas importantes. Por un lado, en cuestión de pocas semanas, mis tres hijos han dado rotundos pasos hacia su progresiva independencia. C, la mayor, se ha marchado a los EEUU. Un paso más en su desempeño tecnológico con los números. J, el mediano, se fue a vivir a la serranía de Ronda. Lo suyo es la convivencia con los caballos, desde ahora, los lusitanos. Finalmente, A, la pequeña, ha empezado a trabajar, en una capital de la meseta castellana, en lo suyo: los ojos y las miradas de la gente. Todo ello en un lapso bastante coincidente con el programado para la exhibición de la exposición “Toc-Toc: 50 años de álbum ilustrado”.

¿Y qué tendrá que ver una cosa con otra? Pensarán algunos. ¡Mucho! O al menos así me lo parece. Y es que mis tres hijos se han criado rodeados de cuentos ilustrados. La mayoría de ellos, por cierto, procedentes del asesoramiento de las libreras que han puesto esta exposición en marcha (Gil). Son ya casi tres décadas de fidelidad mutua. Por ahí andan los “cuentos” todavía, apilados en estanterías en el ático. Hay muchos, muchísimos, pero a nadie en casa se le pasa por la cabeza que sobren. Ni a nosotros, ni a ellos, que ya no están y vienen únicamente de visita o vacaciones.

Han pasado tantos años... vivíamos en una granja. Ahora empiezan a hacerlo por su cuenta. Prueba de ello es que la foto fue tomada con una de las primeras cámaras digitales. De aquellas que grababan un puñado de tomas en un disquete.
 

Los cuentos ilustrados me parecen, más que un género, un universo de comunicación, arte, relato y estímulo. Su diversidad de formatos, estilos, temas, ritmos, códigos, etc. Es ilimitada. Esto es algo que cualquier persona (de cualquier edad) puede comprobar, acercándose a la exposición señalada, a poco que se tome el tiempo suficiente para sumergirse en la “lectura” (que muchas veces no es tal) de algunos de los álbumes allí expuestos. La comprensión de los números y la tecnología, cierto don para amar y entender a los animales, o los ojos y sus ciencias, son, no me cabe la menor duda, destrezas (incluso dones) que empiezan a germinar desde los primeros años de vida. Independientemente de la carga genética que cada cual lleve consigo, lo demás tiene que ver con la estimulación del entorno, algo sobre lo que los importantes avances recientes de la neurociencia nos están demostrando día tras día. Y lo mismo podemos decir de la sensibilidad artística, del color, de la composición…; de la empatía humanitaria ante los problemas sociales; de las competencias narrativas, etc. En definitiva… ¡de todo! Y ese todo lo podemos encontrar en los cuentos infantiles. La exposición lo muestra y lo demuestra.

Sin ser una muestra apabullante o desmesurada en extensión, su contenido ofrece mucho más de lo que parece. Me la encontré distribuida en cuatro espacios conectados con continuidad. Los ejemplares expuestos están ordenados cronológicamente por fecha de primera publicación, partiendo de los años cuarenta del siglo XX. Las fechas no concuerdan con la calidad e innovación creativa de los álbumes. En este sentido, podríamos cambiar de sitio algunos de los pioneros para, tramposamente, ubicarlos en tiempos actuales o recientes y, no solo no nos daríamos cuenta del embuste, sino que nos parecería que muchos de los viejos resultan de rabiosa actualidad temática, de diseño o creativa. Y es que las responsables de haber montado la exposición saben lo que se hacen, conocen el tema y han echado el resto en la selección de autores. Algo, por otro lado, que se me antoja difícil y tremendamente duro, por la sensación de “pérdida cultural” que debe haberles supuesto el tener que cribar. Digo esto porque, al recorrer la exposición con detenimiento, he encontrado bastantes libros que tenemos en casa, y a la vez, he recordado muchos otros de los que hemos disfrutado que no están expuestos, pero bien podrían estarlo sin desmerecer. Lo dicho, todo un mundo este del álbum ilustrado.

La trayectoria de Gil con los libros infantiles ilustrados viene de lejos. Este taller debió de ser hace unos veinte años.
 

El recorrido empieza por un pasillo-pared con los ejemplares más antiguos. Todo él (y las paredes del siguiente espacio que el visitante se encontrará) está conformado por un mural no interrumpido, construido en madera, con un diseño atractivo desde la perspectiva infantil. Integra el aspecto natural de la madera con el diseño alegre de las molduras y un discreto coloreado nada estridente. Hay cierto desorden dentro del orden, el justo para no provocar una domesticación organizativa propia de “cabezas cuadradas” en los menores, pero facilitando que los adultos, tan racionales, no perdamos el hilo evolutivo. Las cartelas de esta primera sección (quizás la más importante desde un punto de vista retrospectivo y documental) aportan algo de información comentada, algo que los adultos interesados agradecemos. Por otro lado, incrustadas en los murales, hay algunas vitrinas salteadas que protegen ejemplares únicos, totalmente descatalogados, así como puertecillas con pomos (a diferentes alturas) para que mayores o menores podamos ir descubriendo algunas sorpresas agradables.

Primeros volúmenes.
 

El pasillo-pared nos deja en una estancia cuadrada, habiendo tomado prestado uno de sus lados. Los otros tres continúan con un formato similar… ¡más cuentos, más sorpresas, más estímulos! ¡y nada de repetición! En medio de la sala hay una especie de isla con aspecto de mueble infantil irregular, diseñado por bloques. Más puertecitas que abrir y algunos muñecos allí guarecidos.

Sin darnos apenas cuenta, aparecemos en un tercer espacio en el que podemos disfrutar de álbumes tridimensionales. De esos que, al abrirlos y pasar sus páginas, los pliegues del papel o del cartón se ven expandidos y se levantan construyendo estructuras, paisajes o personajes… ¡mundos! Algunas muestras están colocadas en vitrinas horizontales en forma de mesas. Otras las podemos ir viendo en pantalla, en una proyección de video, y algunas más, a nuestra espalda, en nuevas vitrinas verticales, ocupando una pared que da paso al cuarto y último espacio de la muestra. ¡Una única pantalla surge en toda la exposición! En estos tiempos podrá parecer inaudito, pero, lo que es para mí, fue a lo que menos presté atención. ¡Larga vida a los álbumes ilustrados!



Se trata de una sala-rincón preparada para recibir grupos y poder desarrollar talleres. Hay sillas, una alfombra, estanterías con cuentos y un mural… ¡muy atractivo! Todo ello acogedor, estimulante, apetecible…

Acudí a la exposición solo. Algo que es bueno y malo a la vez. Mejor para algunas cosas, estéril para otras. Era por la mañana y en día de labor, así que no pude ver ningún taller en acción. La mayor parte del tiempo disfruté de la muestra para mí solo. Eso me permitió poder llamar a todas las puertecillas ¡toc-toc! E ir abriéndolas a medida que deambulaba por las estancias. También pude echar un vistazo a todos los ejemplares accesibles (que son la mayoría de los expuestos), que están allí posados para que los visitantes los puedan coger y disfrutar de ellos con curiosidad y sin prisas. Es la visita que recomiendo para los adultos: en soledad, sin nadie que te meta prisa, y con tiempo para repasar pormenorizadamente la mayor parte del contenido allí disponible. Sale uno de allí estimulado y con mucha creatividad despertada en sus neuronas.

En un momento dado, entró una tromba de ruidosos y excitados menores, todos ellos enfundados en coloridos chándales corporativos, dispuestos a escanear y descubrir todo lo que allí había, para aprovechar esa supuesta libertad que una mañana de “excursión” podía proporcionarles. Agradecí su presencia por varios motivos. El sonido ambiente se tornó más auténtico y reforzó la apariencia ecológica de la exposición: aquello era, verdaderamente, un entorno infantil en el que yo era un intruso, un expedicionario o un observador de campo. Alguien que aprovechó el momento para guiñar un ojo de vez en cuando, para animar a alguno de aquellos pequeños seres a que abrieran las puertecillas, a ser posible, habiendo llamado antes. Lo sorprendente es que la alegre turba como vino se fue. No creo que disfrutaran de aquello más allá de cinco o diez minutos. Y es que sus maestras se mostraron mucho más preocupadas de que la chiquillería no me molestara y de que no rompieran nada, que de otra cosa. Me pareció un desperdicio de visita. Lo que allí hay, de contenido y de distribución espacial, invita a que, llevado un grupo infantil, se le premie con actividades, se le invite a repasar ejemplares, se le “cuenten cuentos”, dramatizando las voces si es posible o animando la “lectura” (o repaso visual), etc. Así, pues, si el visitante es docente de Infantil (o de Primaria) se me antoja que debería acumular dos visitas: primero la “suya”, de disfrute, estudio y preparación para la segunda; y después la de acompañamiento y dinamización que podría realizar con su alumnado. He preguntado a una de las responsables de la exposición y me ha asegurado que así es en muchos casos, algo que me ha dejado más tranquilo y satisfecho… por el bien de nuestro futuro.

Por supuesto, entre los dos polos opuestos de la visita adulta individual o la infantil colectiva, hay todo un abanico de posibilidades. Preferentemente familias, aunque también grupos de profesionales o académicos del diseño, la ilustración, la narrativa, el arte, etc. De hecho, poco antes de terminar mi visita, llegó un grupo de adultos que tenían pinta de pertenecer a algún tipo de colectivo reunido bajo parámetros que se me escapan. Como soy discreto, no pregunté, pero coincidí con ellos el tiempo suficiente para captar alguna que otra muestra de entusiasmo ante ejemplares concretos. Unos días después me pasaron un enlace de otro grupo que bien supo aprovechar la visita: el Atelier Sierrallana.

El dibujo infantil (tanto el realizado por los niños como el creado para ellos) es el elemento esencial de los cuentos. El texto, cuando lo hay, no suele cobrar tanta importancia, aunque puede tenerla, puede ser muy expresivo, aparecer en verso o mostrar una enorme elocuencia tipográfica y de variedad de tamaños, colores, etc. En un apartado amplio y muy interesante de su ensayo “El artesano”, Richard Sennett elabora todo un alegato en favor de la importancia que tienen la mano y sus acciones con respecto al desarrollo integral, intelectual, sensorial y neural de las personas. La escritura, evidentemente, forma parte muy importante de tal actividad, pero el dibujo no lo es menos y, a determinadas edades, puede serlo más. Si nos remontamos a Piaget y todo un abanico de autores relacionados con el mundo del desarrollo infantil, del aprendizaje y de la psicomotricidad, encontraremos múltiples referencias que van en la misma línea. Así como un constante subrayado del valor que la convivencia con el estímulo artístico y lo simbólico tiene para los menores. Son aspectos fundamentales para el desarrollo de su personalidad y para su construcción emocional. El cuento ilustrado atiende a todo ello. Y como esta exposición deja claro, lo hace con diversidad de propuestas. Sería desmesurado dar cuenta de todo ello, cada visitante atento y sinceramente interesado podría proporcionarnos su propia selección de detalles. A continuación, van algunos de los míos. Podrían ser muchísimos más.

Nuestros hijos, haciendo caso a Sennett (con permiso del fabricante).

Uno de los ilustradores pioneros presentes en la exposición es Bruno Munari. La muestra se inicia con un panel monográfico suyo. Baste decir de él que ¡otra coincidencia! simultáneamente, su obra está siendo objeto de una exposición por todo lo alto en la Fundación Juan March.

Munari rodeado de algunas de sus obras (Imagen: F. Juan March).
 

Entre las obras que, personalmente (y sin ser ningún experto sobre el tema), considero unos auténticos clásicos, encontramos “A qué sabe la luna” (Michael Grejniec, 1993), “La pequeña oruga glotona” (Eric Carle; creo recordar que traducido a muchos idiomas), “Vamos a cazar un oso” (Michael Rosen / Helen Oxenbury; 1989) o “Un poco perdido” (Chris Haughton, 2010), por citar unos pocos.

Respecto las temáticas tratadas hay mucho donde elegir. Algunos ejemplares de cuentos “de correspondencia”. Aquellos en los que, insertos entre sus páginas, aparecen algunos sobres con cartas en su interior. Un estilo de narrativa infantil que provoca “acciones y reacciones” y cierto dinamismo operativo. Pero hablando de dinamismo, hojeando uno de los libros me encontré con unos pasos de baile dignamente ejecutados por una lechoncita llamada Olivia. Me gusta la danza. Quizás por eso ha sido una modalidad artística a la que nuestra familia siempre ha estado muy receptiva. Aunque creo no haber visto sus álbumes en la exposición, no me resisto a recordarlos aquí públicamente: Patricia Lee Gauchi y Satomi Ichikawa, a través de su personaje Tanya, hacen las delicias de cualquier aspiración infantil hacia la danza. Su serie, cuando nosotros la dejamos, alcanzaba cinco títulos en los que Tanya iba creciendo.

1963 fue un año clave en mi vida (no digo más). También fue cuando se editó “La recta y el punto”, un álbum muy especial para mí. Su autor, Norton Juster crea una “Maravillosa combinación de matemáticas, arte y fotografía para ilustrar la singular historia de amor entre una recta y un punto” (Toc-Toc). Es genial y, mirándolo con atención, no puedo evitar acordarme de uno de los mejores profesores que he tenido en mi vida. Movellán, COU, Dibujo Técnico. El primer día de clase nos recetó dos teoremas geométricos extraoficiales que, según él, todo buen delineante debería mantener siempre a mano: el del “punto gordo” y el de “la recta astuta”. Nos dio hasta sus definiciones. El primero tenía que ver con una intersección no del todo coincidente entre tres o más líneas rectas, mientras que el segundo versaba sobre una recta capaz de pasar por al menos tres puntos imperceptiblemente desalineados.

 

En mi visita tomé algunas fotos rápidas de mala calidad (es evidente) pero no tomé notas porque lo de escribir algo sobre la exposición me apeteció tiempo después, así que no puedo referenciar un divertido ejemplar que, como mínimo, presentaba dos tumultos multitudinarios en los que la acción infantil desbarataba sendas actividades adultas públicas de máxima compostura. Las dos me recordaron el cuadro de Oppenheimer: “Philharmoniker”.


 
"Philharmoniker". (Imagen: hobbietuviaje.com)

Tampoco tomé nota de un espectacular ejemplar de fascinante estilo ilustrado que, desplegada una de sus páginas, alcanzaba más de un metro de longitud. En el recuerdo, su estilo se me asemeja al de Rébecca Dautremer (puedo estar equivocado; ya he dicho que el contenido exhibido daría para horas de contemplación). A esta ilustradora merece la pena seguirle la pista. Firma bastantes de sus trabajos en colaboración con Philippe Lechermeier. Cuando recomendé la visita de la exposición a mi amiga y diseñadora de vestidos de boda y danza Nikita Nipone (admiradora confesa de los cuentos ilustrados) fue, en cierto modo, al ver aquel despliegue de ropajes y mariposas. Aunque también por el color de otros muchos ejemplares. El color y el diseño. Por eso también me acordé de Lola Stalenhoef, a quien desde aquí le recomiendo la visita. Para que se deleite con el colorido arte de “Elmer” (David Mckee), los fascinantes trazos de “La reina de los colores” (Jutta Bauer) y de “Caperucita roja” (Adolfo Serra), el acercamiento infantil creativo de “El Monstruo de colores” (Anna Llanas) o, por contraste con tanto colorido, “El libro negro de los colores” (Menena Cottin y Rosana Faría).





Desde un punto de vista adulto, frecuentemente más realista a la hora de admirar la precisión y el preciosismo en la ejecución, también hay mucho con lo que ensimismarse. Esa especie de “puntillismo a rayitas” de Mitsumasa Anno en “Europa” (de su serie “Los viajes”). Las “escalas de grises” de “Los misterios del señor Burdick” (Chris van Alisburg) o las fascinantes ilustraciones de “Hablo como el rio” (Jordan Scott / Sidney Smith). Y por supuesto (no puedo evitarlo, me declaro fan entregado a la obra de Roberto) “El último refugio” (J. Patrick Lewis / Roberto Innocenti).

Tampoco faltan propuestas con temática para reflexionar sobre temas de actualidad. Algunos ejemplos son “El libro de los cerdos” (Anthony Browne) con un planteamiento feminista tradicional, o algunos dedicados a emigrantes y refugiados, como “Emigrantes” (Shaun Tan) u otro que ahora tampoco soy capaz de recordar.


“Zoom” (Istvan Banyai) con ilustraciones que casi podríamos calificar como de “línea clara”, tan exitosas en la historia del cómic, nos regala una sorprendente aventura visual jugando con la perspectiva, el enfoque, las dimensiones y las escalas. Por su parte, trajinando también con esos factores, aunque apoyándose más en la apertura de mente “En el desván” (Hiawyn Oran / Satoshi Kitamura) no deja de sorprendernos.


Me hubiera quedado mucho más tiempo. No descarto regresar para recrearme con nuevos detalles. Ya le he dicho a una de sus responsables que eché de menos un catálogo. Se lo perdono porque me consta el enorme esfuerzo que ha supuesto montar la exposición, así como la cantidad de saber, gusto, trabajo, recursos y vocación que han puesto en ello. Aunque no está prevista una programación de la muestra en otras sedes, confío en que surja alguna oportunidad, porque sería una verdadera lástima que no puedan disfrutarla en otras ciudades. Cuando algo merece la pena, se debería hacer un esfuerzo por sacarle verdadero partido… social, cultural, educativo, etc. En cualquier caso:

Muchísimas Gracias Maleni, Paz y Mariola.

domingo, 14 de noviembre de 2021

UN VIAJE EN VÍAS DE EXTINCIÓN

No es habitual, ni parece demasiado práctico, disfrutar de unas vacaciones a principios de noviembre. A mí me las impone la Consejería de Educación, quizás pensando en que escolares y docentes puedan disfrutar y costearse viajes a Canarias o, quién sabe, a alguna isla caribeña. No me sirven para esquiar en temporada baja (porque aún no ha empezado) y el tiempo suele desaconsejar ya involucrarse en rutas a pedales o con moto. El caso de mi hijo es diferente, tras un año de arduo trabajo en el que la campaña veraniega resulta incuestionablemente laboral para sus jefes, necesitaba descanso ya, y en noviembre se lo dieron. Así que finalmente nos encontramos los dos con unos días disponibles, barajando algunos planes que las previsiones meteorológicas se iban encargando de desbaratar.

Fue su madre, mi mujer, quien se empeñó en que nos fuéramos unos días juntos los dos solos. De modo totalmente improvisado y de última hora, decidí embarcarme con él en una breve, pero intensa, inmersión en el interior de las Castillas, la Vieja y la Nueva, las potenciadas con León y con La Mancha. Una inmersión en parte de sus paisajes, su gastronomía, algunas de sus ciudades, su pasado y, especialmente… algunos de sus oficios. Cogimos el coche y nos pusimos en marcha un día laborable, para los demás, después de comer. Se iniciaba así una historia de carretera. Padre e hijo juntos, cruzando la Meseta, en busca de experiencias. Nada nuevo en nuestra piel de Toro, tal y como nuestra literatura se ha encargado de demostrar a lo largo de varios siglos.

Salimos atravesando el otoño cántabro en pleno esplendor policromado. Los bosques estaban radiantes. Tan sugerente panorama no se vio alterado con el paso a las tierras palentinas, en las que todavía encontramos algunos montes y, enseguida, el dorado serpenteo de la hojarasca de los espigados árboles de la ribera del Pisuerga y del Canal de Castilla. Cruzando la Meseta de norte a sur, el viento azotaba con fuerza la carrocería. Apenas había tráfico, pero esa intensidad procedente del este vaticinaba oscuros presagios climáticos. Quizás la primera pista de lo que se nos venía encima, al menos en alguno de los asuntos que pronto experimentaríamos, fue la visión de una nave industrial a nuestra derecha, en algún punto entre Palencia y Valladolid. Era la de Pipas Facundo “famosas en todo el mundo”. Aquellas tan “españolas”, tan culturalmente arraigadas a nuestra infancia, juventud, fútbol, etc. Las mismas que durante décadas se anunciaban con un eslogan que, ahora mismo, a demasiada gente le perecería improcedente, censurable, ¡atacable!: “Y dijo el toro al morir, siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo”.

Pasado Valladolid, también más allá de Tordesillas, las bodegas proliferaban a ambos costados de la autovía. El tiempo tornó infernal. Se aliaron noche, diluvio y denso tráfico de camiones para ofrecernos un panorama intimidatorio, especialmente acusado, vaya por Diós, a la altura de Medina y de Olmedo, nada menos, allí donde los aceros se cobraron algunas venganzas tiempo atrás: “de no che lo mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo”. Menos mal que al abandonar la autovía, tomando dirección a Ávila, lluvia y tráfico desaparecieron. La noche se quedó a solas, y nosotros con ella.

Ávila nos recibió con un magnífico panorama visual. Toda ella, muralla y edificios principales, iluminada con orgullo. De tal guisa, que su visita nocturna no desmerecía la diurna. Nuestro hotel fue todo un acierto. Un gran palacio situado frente a la catedral. Lo mejor del mismo, sin duda, el impresionante patio interior principal, que actualmente está cubierto por una moderna estructura acristalada que casa perfectamente con aquello que cubre. Allí cenamos, en el patio, bajo la combinación de vidrio y metal. Nuestro primer contacto gastronómico con ese extenso destino en el que ya estábamos, pues más que un destino, se iba a tratar de un territorio por el que andar enredando en plan nómada. El menú degustación incluyo alubias del Barco de Ávila, algún torrezno, pasta de patatas, morcilla y alguna delicia más, antes de presentarnos una chuleta de Ávila con sal de escamas. Todo ello regado con vino de Cebreros. Primer guiño a Adolfo Suárez.

Comedor principal en Ávila

 

La sobremesa se merecía un buen paseo por la ciudad. Un largo callejeo intra y extramuros. A ratos lloviznaba un poco, pero íbamos bien pertrechados. Nada de paraguas, pero sí con ropa impermeable y gorras de lona engrasada, casi al estilo de la moda local de siempre. Disfrutamos de las murallas, de las plazas, de la catedral, de otros edificios singulares y, cómo no, de la singular oferta que algunos escaparates no ocultos nos presentaban. Vimos muchas estatuas, complemento urbano que, tengo que reconocerlo, si están bien ejecutadas y la persona homenajeada se lo tiene bien merecido, cada día me gustan más. Haber hubo más, pero quiero aquí acordarme de la de Santa Teresa, que despliega sus hábitos alrededor bajo la muralla; la de San Juan de la Cruz, en actitud mística (¿qué si no, en pleno Ávila?) y con ese enjuto aspecto al que enseguida nos fuimos acostumbrando durante nuestro viaje al pasado ibérico; otra de Adolfo Suárez, plantado en mitad de la calle, a la altura del ciudadano (segundo guiño); y, muy cerquita de él, un verraco de piedra, éste, por cierto, con claro aspecto de cerdo. Y es que nuestro viaje iba a discurrir, así mismo, por tierras ricas en verracos. Toros, cerdos, jabalíes; con trasfondo pastoril, esotérico o místico; ancestralmente tallados e incluso, en algunos casos ¡se me antoja! Casi-casi puestos ahí, en mitad del monte, por la propia naturaleza geológica.

Las murallas por la noche

Estatua de Santa Teresa de Jesús

 

Del hotel de Ávila nos despedimos desayunando con ganas y deleite en otro elegante patio interior, también cubierto por una gran pérgola con aires casi modernistas. Fruta, salado y dulce. Sin reparos. La mañana era fría, pero soleada. La luz, una bien distinta, volvía a hacer lucir la piedra abulense. Callejeando hacia el coche, nos detuvimos para hacer un recado: comprar pimentón de la Vera, agridulce. Y ya, de paso, arramplé con un kilo de judiones del Barco. A ver qué soy capaz de hacer con ellos en mi olla ferroviaria.

El viaje matinal hacia Toledo resultó muy placentero y sugerente. Únicamente transcurrió por autovía durante los últimos treinta kilómetros, aproximadamente. Durante él mismo, escuchamos poesía mística de Santa Teresa de Jesús. Un cuidado trabajo en el que se alternan magníficos recitados, con las mismas piezas interpretadas en formato de música medieval. Su contenido requiere atención, porque gracias a ella, uno descubre la calidad métrica y creativa, el dominio del lenguaje y el misterio de un contenido que, de tomarse con doble sentido, no deja de sorprender. Con tal cadencia, fuimos ascendiendo y descendiendo la sierra, dibujando curvas y contemplando bloques y más bloques de granito romo salpicados por todas partes. Superamos el cordal a casi 1400 metros de altitud. La montaña y los bosques de encinas nos rodeaban en los primeros tramos.

Cruzamos el Barraco, cuyo escudo y una esquina de la calle principal, contienen un verraco. Serpenteamos con la carretera que lame las orillas del embalse del Burguillo, el cual me trajo unos recuerdos piragüistas de cuando los padres de mi hijo aun éramos novios. Estaba bastante bajo de nivel, pese a lo mucho que ha llovido desde entonces, varias décadas atrás. Y dejamos pasar varios desvíos sucesivos que invitaban a acercarse hasta Cebreros. Sí, tercer guiño, siendo aquel el pueblo de origen de Adolfo Suárez. En Cebreros estuve una vez a las tres de la mañana. Era el mes de abril, hacía un frío tremendo y yo vestía culote corto. Allí acabamos un buen puñado de participantes del Rally Kactus, tras habernos extraviado en las montañas, gracias a una incompetente organización. Aquello sí que nos dio para contar batallitas.

Los bosques pasaron a estar formados por hermosos pinos piñoneros (espero no estar equivocado en esto). Numerosos, bien formados, con gran porte y llamativo contraste de color con la luz matinal. Los abandonamos al llegar a las llanuras manchegas, un océano de planicie ligeramente ondulante en la que surgían olivares cada cierto tiempo. Nuestro siguiente destino estaba próximo.

Llegamos a Toledo a media mañana. Hacía frío y hacía calor. Todo dependía de si nos daba el solo o el viento. El GPS nos condujo por el Campus de la Antigua Fábrica de Armas hasta la puerta de la Bisagra, antes de hacernos ascender hasta el Alcázar, donde dejamos el coche en un parking. Salimos a pasear bajo el imponente edificio militar y nos asomamos a la hoz que el Tajo traza alrededor del peñasco sobre el que se asentó la ciudad. Paseamos hasta la catedral callejeando y fuimos directos a la iglesia de Santo Tomé, para que mi hijo admirase el Entierro del Conde Orgaz. No me considero admirador del Greco, a excepción de dos cuadros suyos que me apasionan. Uno es el caballero de la mano en el pecho, que me parece un magnífico retrato. El otro es el “entierro”, una enorme obra coral en la que el artista supo representar una fascinante transición entre el mundo terrenal y el sobrenatural, algo que la pintura muestra de forma muy explícita. No es cuestión de detenerse aquí en descripciones, pero la colección de retratos, facciones y miradas de los vivos que asisten al entierro no tiene desperdicio, por no hablar de la armadura del difunto o los ropajes de los santos descendidos del cielo en su busca.

Como visitar Toledo ha de ser, algo que es obligado subrayar, un baño en la historia de algunas de las civilizaciones que a lo largo del tiempo han poblado nuestro país, me empeñé en que entráramos en algunos templos construidos por diversas religiones. El segundo de ellos fue la sinagoga de Santa María la Blanca. Una preciosidad recogida, sencilla y limpia, con arquitectura y decoración musulmanas. Como era día de labor, y en fechas poco convencionales, disfrutamos de aquellas visitas (en realidad de la mayoría) sin apenas gente que nos molestara. Un lujo extraño en estos tiempos que corren, en los que todo el mundo va a todas partes, mientras el “gran sistema” fomenta que sea así, y lo estaciona, para que el manejo de las masas resulte más rentable y productivo. Fue bonito, por tanto, ejercer unos días de disidentes. Siguiendo los pasos de mi amigo Chus, quien asegura que “los sábados son peligrosísimos” porque puedes encontrarte hordas de gente en los lugares más insospechados.

Detalle interior de la sinagoga Santa María la Blanca

 

Regresamos del primer periplo recorriendo, entre otras, la calle del Toro, estrecho callejón ascendente en el que, es un suponer, algún astado escapado debió quedarse atorado, siglos atrás. También por un minúsculo enclave callejero, de pocos metros cuadrados, por el acabamos pasando muchas veces y en el que confluyen cinco calles. Más que una plaza, un nodo de conexiones vital para el casco antiguo de la ciudad.

Tras instalarnos en un hotel junto al Alcázar, nos fuimos a comer. Nos sentamos en una terraza con estufas. Una ración de queso manchego para empezar, él un estofado de venado y yo unas migas. Todo muy bueno, pero no era cuestión de atiborrarse tras el inusual desayuno. Un ponche toledano de postre para compartir. Café y a la plaza de Zocodover a comprar unos mazapanes para la familia.

Tras un descanso de sobremesa en la habitación, afrontamos uno de los planes estrella de nuestro viaje. Tiempo atrás, Toledo fue famosa en el mundo entero por calidad de sus “aceros”. Sus espadas. Y aunque ya no es lo mismo, ni tiene mucho que ver, para alguien como yo, que cursó toda su suficiencia investigadora en el Campus de la Real Fábrica de Armas y que practica algo de esgrima con, precisamente, su hijo, de ir a Toledo a hacer algo, qué pudiera ser más apropiado que intentar contactar con un espadero artesano. Y lo logramos, alguno queda por ahí. Nosotros dimos con el Maestro Antonio Arellano, y con él quedamos en su taller, que desde hace tiempo se encuentra en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Se trata de una nave de aspecto algo desastrada, pero atiborrada de cacharos, viejas máquinas, herramientas, material y pistas de artesanía metalúrgica por todas partes. El espadero resultó ser un hombre muy amable y cercano. Estaba en traje de faena, pantalones machacados y una sudadera de algodón con alguna referencia a su negocio. Antonio representa la cuarta generación de su familia dedicada a artesanía de la forja y el metal. Su hijo, que en ese momento se encontraba en Arabia Saudí, con un proyecto espadero de envergadura, es la quinta. Lo de las espadas no fue tradición familiar hasta que Antonio se inició en ello, aprovechando las enseñanzas de algunos de los últimos artesanos de la Fábrica de Armas. La cosa pinta bien porque su nieto (será la sexta generación) ya ha diseñado alguna espada y participa un poco de su elaboración.

El taller familiar se dedicaba a la artesanía de filigrana. Mucho trabajo de lujo y detalle. Empezó enseñándonos máquinas que, de por sí, eran un museo en sí mismas. Todo ello en una atmósfera de labor, de realidad de trabajo, con el típico desorden “ordenado” que bien conoce quien se pasa allí la vida trajinando. Su viejo torno de siempre, un “potro” para dar forma a las cazoletas de las “roperas” a partir de planchas de hierro o de latón, etc. Hablamos bastante durante esa primera introducción, pero al rato acabamos en la fragua, un cobertizo anexo en la parte trasera de la nave. Nos enseñó la forja, su tiro y su funcionamiento, mientras varias hojas cogían temperatura al fuego. Controla la misma a ojo, por el color del fundido del metal. Nos ataviamos con mandiles, guantes y gafas protectoras, y nos pusimos manos a la obra siguiendo sus directrices. Él iba sacando barras ardientes del fuego y nosotros nos alternábamos a sacarles hoja y punta a base golpes de martillo contra un yunque. Difícil labor en la que el oído tiene mucha importancia, para guiar el acierto del golpeo bien propinado. Fue en esto Jacobo bastante más habilidoso y potente que yo.

Jacobo trabajando en el yunque bajo la supervisión del maestro.

 

Nos mostró varias hojas en diferentes estados: con y sin temple. Su distinto comportamiento ante la flexión era evidente, así que pasamos a practicar el templado. Dos versiones: en agua y en aceite. Una parte vital del proceso que, si decides jugar durante la misma, puede resultar de lo más espectacular.


 

Abandonando la forja, regresamos a la nave para entrar en el taller de desbastado. Lo hace motorizado, con un par de vetustas máquinas. El proceso consiste en quitar impurezas y afinar las hojas a base de una larga sucesión de piedras de limar de diferentes capacidades de abrasión. Primero con piedras, después con cintas y, finalmente, con pulido blando, combinado con hasta tres pastas diferentes. Juegan con diferentes acabados: rústico, “espejo” y “plata”. Allí sí que me mostré yo algo más mañoso que Jacobo. Ya no había fuego entre manos, pero sí verdaderos chorros de chispas.

Otra fase del proceso.

 

Otro taller nos sirvió para que nos explicara el asunto de los puños, las decoraciones, cazoletas, defensas, etc. Latón, hierro, madera, cuero, alambres decorativos, etc. Practicamos un poquito y aprendimos mucho. Entre otras cosas, a conocer su modo de confeccionar las espadas, sin apaños que ponen en riesgo su integridad, equilibrio, resistencia y duración.

La visita terminó en un espacio más amplio en el que exponen algunas de sus obras. Una réplica de la mítica espada con la que se supone que Nerón decapitó a San Pablo, que parece que acabó en España, que se extravió durante la Guerra Civil y que, como antojo personal, tuvo algo desvelado a Franco. Otra de estilo medieval con, nada menos, que la batalla de San Quintín, grabada al ácido por ambas hojas. Espadas íberas, romanas, chinas, de fantasía, etc. Hasta una katana de Águila Roja. Una de las que llegaron a utilizarse en el rodaje, del cual Arellano, como de tantos otros, fue proveedor de armas blancas. Pero lo que es a mí, sin duda alguna, lo que más me atrajo fue el rincón dedicado a las tizonas roperas. Esas espadas ligeras como de mosquetero, típicas españolas, de noche toledana, de novela de capa y espada, y compañera inseparable de los tercios de Flandes. Sí la que, dicen, que con tanta facilidad y competencia desenvainaba Francisco de Quevedo. Las había muy decoradas, otras más sobrias y varias con lazos metálicos como protección de la mano, en lugar de la cazoleta. Atractivos ejemplares para ser admirados por quienes sentimos cierta afición por la esgrima.

Preguntado por el negocio, Antonio nos comentó que va bien, que visto a largo plazo es fluctuante y difícil de prever, pero que, gracias a los coleccionistas, decoraciones y, sobre todo, la actual fiebre productora de series para televisión e internet de pago, van acumulando bastantes encargos. Esperemos que así siga. Admiro los oficios, profesiones y negocios de larga duración. Esos que saben mantenerse en el tiempo porque ofrecen trabajo bien hecho y valor suficiente como para sobrevivir. Unas dos semanas antes de nuestra visita, fue noticia internacional el cierre definitivo de Alitalia, la compañía aérea italiana por excelencia, la “Iberia” transalpina. Aquella que patrocinó los poderosos equipos de rally de Fiat, Lancia y la Jolly Club. La que decoraba los 131 Abarth y el atractivo Lancia Stratos. Digan lo que digan los defensores a ultranza de lo público, o los de lo privado, en sus 74 años de historia, la compañía aérea pasó por ambos estados organizativos. Fue pública medio siglo aproximadamente, después vino la gestión privada para salvarla y sanearla, pero cada modelo gestor, aportando lo suyo, acabaron por hacerla inviable. La trayectoria parece larga, tres cuartos de siglo. Desde el nacimiento de la aviación comercial hasta el presente. Una caricatura temporal si lo comparamos con un oficio artesano que se mantiene vivo, con modestia, pero funcionando, desde hace unos cuantos siglos. Lo dicho, visitado el espadero, como dicen que diría Quevedo, “tan solo queda batirnos”.

El Lancia Stratos "Alitalia" con Sandro Munari, en acción. (Imagen eWRC.cz en ewrc-results.com)

El resto del día, ya sin luz natural, discurrió de regreso a Toledo, a sus calles al encuentro casual con una estatua dedicada a Bahamontes, el Águila de Toledo, que está plantada, cómo no, en plena cuesta. Asimilamos el incomparable impacto de nuestra experiencia espadera con Arellano tomando una cerveza en la plaza de Zocodover. Habían sido unas horas de trabajo compartido con él, y de atención a su sabiduría artesanal e histórica. Visitar Toledo había encontrado verdadero sentido para nosotros, volveríamos a casa con renovadas ganas de volver a tirar con nuestros floretes.

Para cenar encontramos un pequeño bar muy tranquilo y escondido en el que nos trataron muy bien. Embutidos de caza, quesos manchegos y un segundo plato más potente. Vino de La Mancha y un magnífico repertorio de música country de fondo.

Otro generoso buffet para desayunar nos dio fuerzas para afrontar un nuevo día. Frío, más que los anteriores, pero soleado. La mañana la empleamos en hacer una ruta por Toledo, engarzando las visitas de todos aquellos monumentos a los que nos daba derecho una pulsera de descuento que habíamos adquirido para entrar a ver el cuadro del Greco. Comenzamos aproximándonos hasta la mezquita del Cristo de la Luz. Para ello volvimos a ver a Bahamones, entonces a la luz del día, y la hermosa Puerta del Sol. El exterior del templo está completamente construido en ladrillo. Tiene una apariencia muy decorativa, lo que, unido a su contenido tamaño, logra un resultado muy coqueto. Está ubicada en unos jardines de aire musulmán, que acaban abalconados hacia la llanura manchega y fusionados con la torre de la mencionada puerta del Sol. Por dentro presenta las correspondientes columnas coronadas por arcos de herradura. Excelente visita para que mi acompañante se fuera encontrando con la realidad material de periodos de historia hispana que, afortunadamente, ya conocía a costa de alguna que otra novela.

Detalle superior de la Puerta del Sol

Arquitectura "de mezquita".

 

Federico Martín Bahamontes "El Águila de Toledo"

 

Adentrándonos de nuevo en el casco antiguo, alcanzamos la iglesia de los jesuitas, que tiene un tamaño digamos… hasta descomunal, para lo apretado que está el centro de la ciudad. La nave principal es enorme, muy alta y está encalada en blanco. Impresiona la cúpula que corona la cruceta. Lo retablos de capillas laterales nos llamaron bastante la atención por dos motivos. El primero es que, en dos de ellas, la Virgen aparecía con una estocada, de espada, en mitad del corazón. Aquello era Toledo, y parece que no hay que olvidarlo ni en los motivos religiosos. Las tallas de la Virgen, los toros y no digamos los rufianes de las calles… durante siglos, podían ser atravesados por el acero sin demasiadas contemplaciones. El otro motivo fue que, como parce congruente, otro retablo estaba dedicado a San Ignacio de Loyola, fundador de la orden que, nacida, en cierto modo, para luchar contra la Reforma Luterana, mediante la Contrarreforma, acabó desplegando una enorme influencia por todo el planeta, centrándose, sobre todo los últimos siglos, en quehaceres educativos y universitarios. La cuestión no desencajaba demasiado, teniendo en cuenta que la educación de mi hijo (y la de su hermana menor) ha sido mixta, como la existencia de Alitalia: la mayor parte en manos públicas, aunque con una breve etapa, cercana al final, gestionada por los jesuitas. Ellos no se sienten vinculados a la “Compañía”, y hacen bien, son personalidades independientes, multifacéticas y reflexivas. En cualquier caso, aquella visita nos regaló todo un detalle hacia el final: la ascensión hacia las dos torres de la iglesia, que ofrecen la mejor vista aérea de Toledo, en un panorama que prácticamente cubre los 360 grados. Entre otras cosas, uno descubre, aparte del caos urbanístico que se ha pateado previamente, que la mayor parte de los inmuebles tienen patio interior.

Siguiendo con nuestro itinerario por “etapas”, y ya que ha salido el tema de los estudios, alcanzamos el Real Colegio de Doncellas Nobles. Lo que vendría a ser una especie de colegio (o colegio mayor) para jóvenes de familias adineradas, pero cientos de años atrás. Lo mejor del asunto es que la visita es muy parcial, mostrando apenas unas pocas estancias ya que, la mayor parte del edificio sigue funcionando actualmente como residencia universitaria, en otras palabras: colegio mayor. Otro negocio con, ya, siglos de existencia, al menos en aquellas ciudades en las que las universidades fueron pioneras, y que parece que se mantiene vivito y coleando, pese a la constante amenaza de extinción asola muchas tradiciones longevas de nuestro país. La capilla de entrada es bastante espectacular por lo atiborrada que está de decoración, por los mármoles, el lujo y un llamativo coro. Plantado en sitio preferente hay un sepulcro tallado que sobrecoge por lo fino de su trabajo esculpido. Parece mentira el nivel de acabado logrado en el conjunto, algo que queda especialmente patente en detalles como las puntillas del ropaje del clérigo representado, o la deformación del almohadón sobre el que reposa su pétrea cabeza. Un claustro da paso a un llamativo salón que parece pensado para ceremoniosas recepciones. Es muy lujoso y está bastante enmoquetado y forrado con maderas nobles. Contiene un par de buenos tapices, pero, en mi opinión, destaca por el magnífico artesonado que cumple con las funciones de techo, que está perfectamente conservado y denota un trabajo magistral.

Popular pasadizo del "colegio mayor".

 

De nuevo en la calle, seguimos callejeando hasta alcanzar el Monasterio de San Juan de los Reyes, gran edificio, con amplia plaza en uno de sus laterales, y asomado hacia un sector de la hoz que el Tajo dibuja alrededor de la ciudad. Su arquitectura interior me fascinó. Esto es fácil de entender si confieso mi querencia hacia el estilo gótico en sus versiones más ligeras y de influencia renacentista, de lo cual este monumento es un buen ejemplo. Su claustro es fino, delicado, perfeccionista, generosamente decorado, pero sin llegar a la obsesión barroca. El templo adyacente es espacioso y de techo elevado, y presenta algunas paredes con un trabajo de labrado de piedra de tremenda extensión y altísimo nivel de detalle. El claustro tiene un piso superior que supera al inferior en sensación de privilegio placentero al ser paseado. Es ancho, genera bellas perspectivas y posee, también él, un techo de artesonado de madera con geometrías de aire árabe, deliciosas. Al asomarse hacia el centro, uno puede disfrutar del cielo, de la visión del claustro al completo, de los detalles de las gárgolas, de lo que quiera. En dos arcadas interiores de esa planta, labrado en piedra, se puede leer el mítico lema “Tanto monta, monta tanto”.

Nuestra ruta de pulsera culminó con en la iglesia del Salvador, un modesto templo antiguo del que no esperábamos grandes sorpresas. Pero por algo estaba ahí, incluido en la propuesta. En cuestiones culturales, a menudo, la antigüedad es un grado, y claro, en el centro de Toledo, pues lo antiguo se convierte en antiguo de lo antiguo… La iglesia es muy pequeñita y fue un reciclaje cristiano sobre una mezquita, la cual, a su vez, aprovechó un templo visigodo de orígenes tardorromanos. Y de todo ese periplo histórico han quedado muestras evidentes por allí: arcos de herradura interiores y exteriores (en el patio trasero), restos de capiteles y pilares romanos en sus excavaciones, y una magnífica pilastra visigótica completamente tallada.

Cansados de las caminatas, la contemplación y el haber estado bastante tiempo de pie, nos sentamos a tomar una cerveza en una terraza, antes de ir a visitar un comercio que contiene un diminuto museo relativo al queso manchego. Consta de tres salitas temáticas dedicadas a más oficios en vías de extinción (alguno de ellos ya casi completamente extinguido, mientras que otros no creo que lleguen a desaparecer). Mediante cartelería, videos, disposición de objetos y recursos similares, aprendimos algo sobre el pastoreo de ovejas manchegas, su esquilado tradicional, la fabricación de los cencerros o el trabajo artesanal con el esparto. Una segunda sala estaba dedicada a la denominación de origen del queso manchego y a la raza de las ovejas manchegas. Las blancas y las negras. La tercera estancia, la más amplia, me trajo recuerdos de anécdotas familiares que no llegué a vivir. Cuando mis abuelos, madre y tíos hacían queso con los excedentes de leche de ordeño en el pueblo. Y es que en ella se explicaba todo el proceso de elaboración. De hecho, nada más entrar, te encontrabas con un brete. No “en un brete”, como decimos popularmente al referirnos a un problema, atolladero, etc. Sino en uno real en el que se acorralaban a las ovejas para ordeñarlas. El resto del local estaba dedicado a una apabullante muestra de productos alimenticios de alta calidad, procedentes de todo el país, aunque con evidente predominio manchego. La bodega quitaba el hipo en variedad, aunque nuestra compra se dirigió claramente hacia el queso manchego y el aceite. Da gusto cuando quien te vende conoce bien sus productos, es un experto, te los vende con intención didáctica añadida y, además, no puede disimular que es un enamorado entusiasta de su género.

Comimos muy cerca. Regular. Salvo el vino manchego de la casa, nada reseñable. Nos quedaba una tarde-noche entera en Toledo, pero con pocas opciones culturales porque los horarios de invierno por allí parecen penalizar las horas sin luz, cerrando la mayoría de los sitios visitables muy pronto. Así pues, tras un descanso merecido, lo que hicimos fue circunvalar, casi completamente, la ciudad, siguiendo, aproximadamente, la orilla interior del Tajo. Bajamos hasta el puente de Alcántara, caminamos por la otra orilla hacia el puente más cercano, por el que volvimos a cruzar el río y, desde allí, fuimos improvisando un largo paseo, intentando mantenernos lo más cerca posible del curso de agua. Aquello supuso un arduo rompepiernas de ascensos y descensos que, eso sí, no dejaba de generar atractivas vistas de la ciudad, del río, del horizonte exterior. Y es que, con la luz del ocaso, ese tipo de panoramas siempre resultan mucho más bonitos, algo que bien saben los fotógrafos. Jacobo se manifestó enamorado de Toledo y, para colmo, bien avanzado el paseo, nos topamos con todo un hito en su afición canina: dos imponentes ejemplares de Mastín del Tíbet custodiaban un jardín. Quedó fascinado por la belleza de la pareja, y por la quimera que representaba el encuentro ya que, según me dijo, procedentes de China, su “extradición” tiene unos precios prohibitivos.

El Tajo abrazando Toledo.

 

Nuestra caminata alrededor de la ciudad finalizó casi a la altura de la puerta de la Bisagra, en el punto donde se toma la sucesión de escaleras mecánicas que ayudan a remontar la ascensión al centro. Un chocolate caliente ¡sentados! En la plaza de Zocodover, estaba más que merecido.

Acertamos con la cena. Un restaurante, claramente de moda entre el público local de la ciudad, nos dispuso una mesa en unos laberínticos espacios compuestos por múltiples arcadas de ladrillo. Un claro ejemplo de los cimientos y sótanos que deben sustentar todo lo que se ve por las calles de la ciudad. Mientras Jacobo daba cuenta de un codillo, yo me conformaba con una ensalada de perdiz escabechada y una deliciosa, fuerte y deconstruida tarta de limón. Esta vez cervezas, pero, eso sí, de producción propia artesanal del restaurante. Buen final gastronómico en Toledo.

Nuestra última jornada nos obligaba a madrugar y ayunar hasta comprobar que llegábamos a nuestro siguiente plan a la hora prevista. Salimos de Toledo al amanecer y la ruta consistió en una constante sucesión de autovías y autopistas. Como los autonautas Carol Dunlop y Julio Cortázar. Llanura manchega salpicada de algo de tejido industrial hasta la primera circunvalación urbana: Madrid. Túneles y nieblas hasta el segundo rodeo: Ávila. Sol esperanzador, campo y un desayuno de área de servicio hasta la siguiente evasiva viaria: Salamanca. Y desde allí hacia el oeste, como diría el Profesor Tornasol, “la oeste, siempre al oeste”. Dirección Portugal, que tanto nos atrae a padre e hijo, pero esta vez, sin llegar a alcanzarlo.

Y es que, a medio camino entre la frontera y la histórica ciudad universitaria, nos detuvimos para afrontar nuestra última visita: a una ganadería de toros de lidia. Llegamos un poco antes de la hora prevista, pero ya estaba allí un hombre con un par de monturas preparadas, mientras un bóxer y un labrador salían animosamente a saludarnos. Aquello era un rústico conjunto de edificios bajos en mitad del campo. Unos establos, una sólida casa principal, de apariencia antigua, construida en piedra, otra blanca bastante más pequeña, algunos corrales y hasta una ermita con pinta de llevar muchísimos años en pie. Todo ello dispuesto de forma acogedora, pero sin orden estricto, más bien con acomodo relajado y familiar. Con varios árboles adultos aportando sombra en diferentes zonas. Enseguida llegó Guillermo, alto, espigado, delgado… en forma, se notaba que su pasado como matador y su presente como polifacético aficionado a varios deportes le mantienen en buena forma. Apareció precedido de dos activos collie border, con lo que de inmediato nos sentimos familiarizarnos al recordarnos al nuestro, al cual ya empezábamos a echar de menos.

Estampa que nos encontramos nada más llegar a la finca.

 

Hechas las presentaciones nos asignaron las monturas. Perla, una española torda muy clara, para mí, y una más activa yegua lusitana para Jacobo. Guillermo ensilló, mientras tanto, un flamante centroeuropeo que ha acabado adaptando al trabajo de campo. Hacía más de dos años que no me subía a un caballo, e incluso décadas que no lo hacía en monta vaquera, así que al principio me agobié un poco al ver que la yegua no entendía bien alguna de mis ayudas. Fue en un picadero estrecho, con Guillermo dándome instrucciones a pie. Sin embargo, al cabo de pocos minutos todo funcionó, Jacobo calentó a la suya y nuestro anfitrión, tras dar un poco de cuerda al suyo, montó, y nos pusimos los tres en marcha, con los dos collie a nuestro alrededor.

Íbamos abrigados porque la mañana estaba fresca. Temperatura agradable con la ropa adecuada, y un día de campo radiante. La conversación fluyó de inmediato y cuajó porque pronto hubo constancia de que teníamos todos intereses muy próximos, buen talante conversador, nosotros ganas de empaparnos del manejo de aquellas tierras, y Guillermo entusiasmo por compartir su saber y conocimiento. Empezamos por recorrer parte de las tierras de labor, en las que alternan y rotan tres tipos de cultivos para alimentar ganado, con otra parte en barbecho. Y es que la localización de la finca es muy afortunada para su viabilidad en los tiempos actuales, ya que se encuentra en un espacio de transición entre el campo de labor y el monte charro con sus encinares. Gracias a ello, produce alimento para las reses y excedente para vender. Por allí practicamos algunos galopes para acostumbrarnos a nuestros animales. Perla demostró ser una yegua muy tranquila, fácil de manejar y nada reacia al galope al pedírselo. Ideal para mí.

Tiempo después, hablando de la escuela de toreo de Salamanca, de la diversificación de la explotación, de nuestra compartida afición al esquí y de muchas cosas más, pasamos por cercados dedicados a la cría de ganado manso para carne. Vacas de raza morucha que cruza con un semental charolés. Ascendíamos y descendíamos suaves ondulaciones del terreno y, con esa progresión, nos íbamos acercando al monte, la zona de las encinas. Nos enseñó un esbelto potro que promete mucho, una cerda ibérica que recientemente se había escapado y acabamos llegando a la que quizás fuera la zona más bonita de la finca: lecho irregular de hierba, ligeramente salpicado de roquedales y completado por muchas encinas separadas entre sí. Aquello está reservado para los toros de lidia, jóvenes ejemplares de encaste Domecq. El “intríngulis” que se genera al entrar a caballo a un enorme cercado en el que se pasean decenas de toros bravos, se pasa enseguida al ver que prefieren alejarse o mantenerse en la distancia que curioseando demasiado cerca. Aun así, se nos dijo, conviene no despistarse, ni sorprender a ninguno repentinamente a la vuelta de un recodo. Creo recordar que por allí eran todo añojos, erales y utreros. Estos últimos, ya con clara estampa belicosa, y evidente desarrollo muscular. Altivos, brillantes, bien criados. Los más jóvenes corrían en manada, se detenían, y con modos casi coreográficos, torcían el cuello hacia nosotros para mirarnos con curiosidad.

Aquel rato, porque no fue un momento, sino el mejor paseo ecuestre que recuerde haber dado en mi vida, fue prolongado, se desarrolló sin prisa, y tengo la impresión de que los tres jinetes nos sentimos en la gloria. Guillermo como orgulloso propietario y ganadero, sabedor de que estábamos valorando muy sinceramente su trabajo; Jacobo porque estaba en lo que, para él, sospecho, es el paraíso terrenal; y yo porque siempre he considerado que sería un sueño cabalgar entre toros de lidia.


 

Salimos de aquella zona y nos acercamos a ver unas yeguas espectaculares que Guillermo cría para doma clásica. Todo ese tema lo fueron desmenuzando ellos dos, con referencias a ejemplares y jinetes conocidos por ambos. Las yeguas eran preciosas. Las madres y sus productos. Por allí andaba también un caballo para picar, de origen leonés y, según su dueño, enrome corazón y valentía. También vimos a los cerdos, preciosos ejemplares ibéricos a un 75%. Y es que, siguiendo su preferencia y gusto, nuestro guía considera que esa combinación es la que mejor sabor aporta a todo el embutido que produce y comercializa.

Hablamos mucho de falso ecologismo, de animalismo desinformado, de desconocimiento del campo y la naturaleza, de plagas animales y humanas, furtivos animales y recolectores. De las modas de tendencia de opinión, que se apoyan en un relativismo enfermizo que actualmente parece contaminar tanto a la política como a los medios de comunicación. Del respeto que se brinda a los miles de hectáreas de plástico para huertas, toneladas de fitosanitarios y desmesurados trasvases de cuencas hacia regadíos privilegiados, mientras se acosa a la ganadería extensiva, etc. Eran temas que salían al cuento, al quedar relacionados con las muertes que toda finca sufre, cuando un toro ensarta a algún cerdo demasiado atrevido, una vaca no consigue sacar un ternero adelante, una cornada hiere de gravedad a un caballo porque alguno de los dos implicados se ha escapado, malos partos, etc. Y es que la muerte es consustancial a la vida, manifestándose, inevitablemente, donde la segunda florece.

Visitamos el cercado de los cuatreños sin entrar porque no hacía falta. Les teníamos allí al lado, vistosos y poderosos. Nos cuenta que se las traen entre ellos, especialmente hasta que, de algún modo, ellos mismos establecen sus peculiares jerarquías. Allí nos explicó lo complejo de la selección de cría, su preferencia para tentar vacas, etc. Fuimos regresando, atravesando el gran cercado de vacas de lidia, algunas de ellas con sus becerros, y un joven semental correteando, moviéndolas de un lado para otro, algo que nunca hacen ya cuando maduran un poco.

En un momento dado, entramos en una amplia pradera, ideal para un galope sostenido. Allá nos lanzamos los tres en paralelo, ellos, al ir un poco adelantados, levantaron una liebre a su paso. Al detenernos en el otro extremo, nos mostró una bonita charca que sirve de abrevadero para dos de las parcelas en las que dividen su territorio. Incluso allí crían peces en temporada. Al otro lado de tapia de piedras, se asomaron tres enormes bueyes de raza morucha, con amplia cornamenta y una capa grisácea clara. Francamente bonitos. Los utiliza para trabajar como cabestros cada vez que tienen que mover o ejercitar a los toros. Hace tiempo utilizaban vacas, pero al final, los toros acababan montando alguna, lo cual generaba un curioso problema: que los becerros no servían para lidia por insuficiente bravura, pero, por el contrario, no se podían enviar a un cebadero porque a algunos les daba por “arrancarse” (la sangre es la sangre, y con ella los genes…). Por causas similares, ha de evitar que los jabalíes “cojan” a las cerdas.

Regresamos satisfechos tras algunas horas de paseo a caballo. Satisfechos y entusiasmados. Habiendo conocido de cerca, y al detalle, un entorno natural que siempre hemos admirado, de la mano de un experto. Otro profesional que para algunos sectores de la opinión pública pudiera parecer también en vías de extinción. Sabemos que no es así, y confiamos en su supervivencia, en la de los oficios vinculados a ello, los paisajes, los ecosistemas, las razas animales, etc. Guillermo, lo mismo que el espadero Antonio Arellano, representa la cuarta generación de una familia dedicada al campo charro y a la cría del toro bravo. Tiene descendencia, hijas que, desde muy pequeñas, montan a caballo, adoran a sus perros y juegan con una cabra que no para quieta. Quién sabe a qué se dedicarán…

Nos despedimos de la finca y de nuestro anfitrión con un sincero apretón de manos y una promesa que tenemos que cumplir. Fuimos a comer a pocos kilómetros de allí en dirección a Portugal. A un mesón de pueblo en el que nos reservó mesa. Rico y barato. Alubias o embutido local, y dos tipos de carnes aliñadas a un ajillo preciso y delicioso. De vuelta a la autopista, me fueron llegando varias reflexiones en formato de flashes. Mi hijo, que convive permanentemente con su teléfono móvil, consumiendo y produciendo, entre otras cosas, “historias” de Instagram, no había sacado el teléfono durante toda la visita. Es un experto jinete (es su profesión) por lo que yo le había encomendado que hiciera algunas fotos. Sin embargo, se “metió” tanto en la experiencia, que él solito decidió no “contaminarla”. Cuando le pregunté en el coche al respecto, me soltó lo siguiente: “mira Papá, esto es como lo que decía tu padre en su última época de esquiador, cuando ya había móviles por doquier y vuestros amigos más jóvenes se paraban a posar: a qué hemos venido aquí, a esquiar o a hacer fotos”. Les doy toda la razón. A ambos.

A medida que devorábamos kilómetros de autovías de regreso a casa, otro flash me vino a la mente, entre el escasísimo tráfico que nos encontramos en el mismo sentido de marcha en la provincia de Salamanca, antes o después de la silueta del Toro de Osborne (que también estuvo en vías de extinción y, afortunadamente, acabaron sobreviviendo en el paisaje español, tan plagado ahora de hélices descomunales) nos adelantó un coche con una pegatina de toro de lidia detrás, así como una furgoneta con una leyenda que rezaba algo así como “… veterinario y fisioterapeuta equino”. Aficiones y oficios de siempre, de antes, de ahora y de futuro.

Nuestro viaje finalizó volviendo a nuestra realidad. La segunda circunvalación de Salamanca supuso la cuarta del día. La de Valladolid la quinta y la de Palencia la sexta. ¡Seis “ruedos” seis!. Al paso por el puerto de Pozazal, atravesando la cordillera, una copiosa nevada azotaba nuestro tránsito. Volvíamos a casa, a lo nuestro, a las montañas y quién sabe si pronto a nuestra adorada nieve.

Pocos días después de nuestro regreso, en un noticiario de la televisión insertaron la información de que la compañía española PLD Space presentaba el primero de sus dos cohetes aeroespaciales. Ambos, cuando sean lanzados,situarán a nuestro país dentro del grupo de estados que hayan lanzado cohetes al espacio. Si lo previsto se cumple, seríamos el decimocuarto país en lograrlo. Es ese, el del transporte espacial de mercancías, personas o artefactos, un oficio de rabiosa actualidad. Podríamos calificarlo como de "en vías de expansión". Casi lo opuesto a algunos de los que nosotros hemos experimentado de primera mano. Sin embargo, en el evento de presentación de los cohetes hubo un detalle cultural que pudiéramos considerar halagüeño, un guiño al pasado y al presente: tan innovadora empresa no lo ha dudado a la hora de bautizar a sus dos tecnológicos retoños con los nombres de Miura 1 y Miura 5. Ahí queda eso.

Presentación del Miura 1 en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid (Imagen: diariodeavila)

Como este viaje, desde nuestra perspectiva cantábrica resultaba bastante sureño, hicimos una rápida selección de discos de música “española”. Aunque no toda, ni mucho menos, se correspondía con las provincias recorridas, sí que nos sirvió para ambientarnos y disfrutar de los paisajes y experiencias, mientras nos desplazábamos en coche por ellos y entre ellas. Aquí dejo una pequeña muestra.

 

viernes, 15 de octubre de 2021

CIEN MIL

Esta entrada ha sido trasladada al Blog: Viajar inclinando. Específico sobre motos.

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