jueves, 31 de octubre de 2019

SÁBADO DE RÉCORD


12 de octubre de 2019

Me gusta el deporte. Eso es algo más que evidente si cualquiera echa un vistazo a este espacio de divulgación. Pero me gusta infinitamente más practicarlo que consumirlo como espectador. De hecho, veo poco deporte en la televisión, muy poco en presencia directa y prácticamente nada por Internet. Insisto, lo que me gusta es practicarlo. Pese a ello, aquel sábado, me di un atracón de deporte por televisión. No estaba programado, vivía yo muy tranquilo un fin de semana de mucha lectura, algunas relaciones sociales y hasta un poco de obligación jardinera. Pero aquella mañana, bastante pronto, mi hijo, que es atleta, me informó de que alguien había conseguido bajar de las dos horas en un maratón. ¡En ese momento se desencadenó todo!.

Aquel sábado fue cosa de dos hombres. Uno alto y otro bajo. Uno blanco y otro negro. Uno europeo y otro africano, ambos con facilidades para cruzar fronteras y encontrar residencia y bienvenida en cualquier país occidental. Otro palpable atributo que ambos tienen en común es su extrema delgadez. Ambos están flacos, muy flacos, aunque no creo que pasen hambre. Y ambos fueron protagonistas aquel mismo día, por lograr, cada uno la suya, sendas hazañas en el panorama deportivo global actual.

Maratón, la barrera de las 2h.

La ciudad elegida para el singular evento fue Viena. Una capital de evidente importancia en la historia mundial, europea y occidental, cuna y escenario de varias revoluciones científicas, artísticas y del pensamiento, muy especialmente a lo largo de los dos últimos siglos anteriores. Ya en otoño Viena se mostraba fresca de temperatura, ideal para abordar un esfuerzo de resistencia de larga duración. Para hacerlo se diseñó un recorrido por el Prater y sus inmediaciones, un circuito mayormente paralelo al Danubio. La ciudad, más bien su ciudadanía, se mostró bastante volcada con el acto, asumiendo un nítido presentimiento de que una inusual hazaña deportiva estaba a punto de consumarse.

Todo el asunto estuvo planteado con un montaje espectacular, con gran despliegue tecnológico e imagen elocuente y explícita de estrategia de equipo. Un planteamiento casi más antropológico que tradicionalmente deportivo. No se trataba de un asunto, reto o problema particular o individual. No era él, éramos todos. La humanidad al completo, aliada y hermanada contra la física. Contra las leyes del espacio (42 km) y el tiempo (2 horas). La cobertura tecnológica integraba sistemas de control temporal permanente, una cohorte de modernas bicicletas con pantallas desmesuradas alojadas en sus manillares, manejadas por hombres (de negro) con aspecto híbrido de científicos de nueva generación practicantes de deporte. Y había más, un conjunto de haces de láser marcando el cambio, indicando permanentemente el ritmo al que debían correr los atletas, moviéndose a la velocidad calculada. El trazado estaba perfectamente diseñado, dibujado con suaves curvas y balizado con sendas líneas de color vistoso, por entre las cuales debían transitar, en todo momento, los corredores. Y es que nuestro atleta no lo hizo solo. Para que la tarea llegara a buen término hacía falta compañía, eso que en atletismo denominan liebres. Y como el ritmo necesario era imposible (casi para cualquier ser humano a excepción del elegido para intentarlo) se programaron relevos delicadamente estudiados, y se seleccionó a un cuerpo de élite de relevistas. Unas tropas especiales. Uniformadas, y corriendo en formación para arropar al líder, al guerrero, al representante de los seres humanos.

 
El grupo de "liebres" rodeando a Kipchoge corre al ritmo marcado por la referencia láser. (Imagen: AP para lanacion.com).

 
El grupo humano de corredores al completo. (Imagen: EFE para eldiariovasco).

Aquello estuvo muy por encima de las homologaciones federativas, qué vulgaridad, aquello era un serio intento por poner el pie en una nueva era. Y se consiguió, entre todos, los científicos del deporte, las “liebres”, los espectadores presenciales, los que lo seguimos a través de las pantallas desde lejos. Ya han surgido voces críticas con la hazaña. Personas y entidades que lanzan diversos tipos de críticas. Unos hablan de zapatillas especiales… después de décadas de permanente evolución tecnológica en el calzado deportivo, que sí “air”, que si geles, sistemas anti-torsión, diferentes grados de rigidez o elasticidad de las suelas, ahora resulta que hay que ponerse digno ante estas. Otros se ponen puristas, que si no es una prueba oficial con el reglamento de la federación internacional de atletismo, una federación que hizo suyo el mitológico e indeterminado pie de Heracles, así como una distancia maratoniana de origen más que incierto, y que desde su incorporación a los Juegos Olímpicos modernos, cambió varias veces de longitud y quedó finalmente prefijada por mera casualidad.

“En estos primeros Juegos Olímpicos (1896), el gran héroe fue el ganador de la prueba de maratón, un vendedor de agua griego llamado Spiridon Louis, que fue seleccionado casi por obligación por un oficial del ejército griego. Antes de la salida permaneció dos días en oración y ayuno. Al final de la carrera entró en solitario por la meta para delirio de sus compatriotas, salvando así el honor helénico, dado que fue el único triunfo griego en una prueba de atletismo en estos juegos.

La longitud moderna de 42.195 metros data de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908 y la reina estableció, sin quererlo, esta distancia como la distancia oficial de la carrera de resistencia por antonomasia. Esta distancia es la que separa la ciudad inglesa de Windsor del estadio White City, en Londres. Los dos mil ciento noventa y cinco metros fueron añadidos al inicio, para que la salida fuese frente al balcón real del Palacio de Windsor. La distancia quedó establecida definitivamente como única oficial en el congreso de la IAAF celebrado en Ginebra en 1921, antes de los Juegos Olímpicos de París de 1924”. (Wikipedia).

Seguramente sean varias cuestiones las que provocan algunos escozores, pero eso es por sacar las cosas de contexto. Nadie ha dicho que todo esto fuera “atletismo normativo”, tampoco el origen del atletismo actual, el que caracterizó a la cultura de la Grecia clásica lo era a los ojos de las normativas actuales. Esto es otra cosa, un reto humano en formato atlético. Y es que el atletismo en general no es propiedad de ninguna entidad, como tampoco lo es el fútbol ni ninguna otra expresión deportiva humana. Todas ellas son patrimonio de los seres humanos y cada cual, cuando quiera, puede practicarlas como desee. Lo demás, las clasificaciones, los títulos, los palmareses, etc. Son otra cosa: burocracia, poder, normativa, intereses, propagandas patrias, etc. Muchas cosas, pero, de todas formas, algo parcial, una mera parte del atletismo global o absoluto.

Dejando a un lado el encorsetamiento de la oficialidad, lo bonito fue ver a aquel hombre correr. Ligero y veloz. Infatigable, rítmico como un reloj de cuarzo, y acompañado, en una escenificación que convirtió aquello en un logro de todos. ¡Mis felicitaciones al director de escena!. Efecto emocional conseguido. Lo bello fue observar a sus compañeros eventuales de carrera: su empeño, su concentración, su solidaridad… la sincera felicidad que se desprendía de todos ellos al final, los abrazos, la camaradería, la ausencia total de competitividad mutua. Impresionante, difícil de ver en estos tiempos. No olvidemos que muchos de ellos son sus mayores rivales en las pistas y los campeonatos.

Montajes publicitarios aparte, fue un acto deportivo muy especial, difícil de ver y de catalogar. Un singular ejemplo de cómo se pueden concebir otras formas de expresión del rendimiento deportivo, saliéndose de los márgenes de las grandes autoridades mundiales en la materia (COI, Federaciones Internacionales, etc.). Muchos pensadores consideran la época actual como un posible momento de cambio de era en la humanidad, conducido, fundamentalmente, por la tecnología digital, aunque complementado con algunos otros cambios radicales en el pensamiento y en la forma de vivir y relacionarse. En los formatos y la naturaleza del deporte también se vienen produciendo constantes cambios, pero, en el fondo, son menores. Aparentemente llamativos o vistosos, pero modestos en esencia. Pero esto no, esto fue diferente, alguien se lo sacó de la chistera y consiguió poner a todo el mundo en pie y dando palmas. Logró audiencia real, y más aún: emociones nuevas. Dejó mucho que analizar y reflexionar al respecto.

Algo parecido a lo que ocurrió en 1984 cuando Francesco Moser, rompió la mítica barrera de los 50 kilómetros del récord de la hora en ciclismo. También entonces mucha tecnología, mediática puesta en escena y altas dosis de controversia.

 
Francesco Moser batiendo el récord de la hora con sus famosas ruedas lenticulares. (Imagen: de freemaniaco.blogspot).

Ya está hecho, y ahora qué… volver, por el momento, a los formatos habituales de competición, y esperar a que el logro acabe llegando y hasta normalizándose. Y creo que no tardará en producirse. El “elegido”, el “designado” para representarnos a todos en este reto, Eliud Kipchoge, parece capacitado para ello. Ya estuvo cerca cuando consiguió el actual récord del mundo oficial de la especialidad. Lo hizo en el Maratón de Berlín de 2018, dejándolo en 2h 01’ 39”, muy cerquita. Algunos le llaman el filósofo, por su forma de hablar y las reflexiones que deja. Nacido en Kapsisiywa, distrito de Nandi, bastante cerca de Eldoret, pertenece a ese flujo, aparentemente inagotable, de corredores keniatas que desde hace tiempo dominan la escena del fondo mundial. No lejos de allí se ubica Iten, otro foco de generación de fondistas sobre el que escribió Adharanand Finn en su libro “Correr con los keniatas”. Lo que Finn cuenta en su texto, captado a través de su experiencia personal allí y de su olfato reportero, es congruente con lo que se desprende de las declaraciones públicas de Kipchoge. El corredor cree en la carrera como medio de búsqueda de la paz y el entendimiento. Como vía de comunicación y, en el caso de muchos compatriotas suyos, como modo de buscarse una vida mejor, cuando uno no tiene nada más que su cuerpo para hacerlo. Hay queda eso… saludos amigos occidentales.

 
Kipchoge cruzando la línea de llegada con el crónometro detrás, y su mujer corriendo para fundirse en un abrazo. (Imagen: AFP).

Al día siguiente, una mujer, también keniata, batió el récord del mundo (esta vez de forma homologada) de maratón femenino. Fue Brigid Kosgei y lo hizo en Chicago. Ponía fin a un récord que tenía 16 años de antigüedad. Pero para entonces ya era domingo, y aquí me estoy centrando en el sábado.

Ironman de Hawai 2019

Lo que hace cuatro décadas comenzó como una apuesta entre amigos, ahora mismo es uno de los eventos deportivos más prestigiosos del mundo. Un evento que se ha convertido en destino de peregrinaje vital para miles de personas de distintas nacionalidades, edades y poder adquisitivo. Un santo grial al que todos ellos sueñan con llegar, pero para la mayoría de los cuales va a resultar imposible. Un Camino de peregrinaje exigente a más no poder: en horas de entrenamiento, en gastos de material de última generación (los adictos a este deporte no le hacen ascos a los avances tecnológicos) y en sucesivos intentos de cualificación. Pero aún así, el Camino tiene cada vez más adeptos, porque para todos ellos, alcancen el destino final o no, el Camino, el proceso en sí mismo, ya les llena, ya les vale, ya les mantiene vivos.

No exagero, para muchos triatletas populares el Ironman se ha convertido en una especie de religión, de Fe del siglo XXI, y para otros, una forma de vida. Incluso a sabiendas de que, probablemente, jamás puedan participar en el de Kona (su Meca, su Plaza del Obradoiro, su Jerusalén), lo viven con fervor desde sus “parroquias” más cercanas o algunas “catedrales” asequibles.

 
Recuerdos legendarios del Ironman. Scott y Allen pugnando por la victoria en 1989. Al final Allen venció por escasos 58 segundos. (Imagen: triatlonweb.es).

El mismo día de la hazaña del maratón se disputó el Ironman de Kona. Nunca lo había seguido por televisión, pero, por pura casualidad, me topé con la posibilidad de hacerlo a 50m de casa. Para mi amigo Dudu, desde que lo conozco, hace ya muchos años, el triatlón es una constante esencial en su vida. El triatlón en general y este Ironman en particular. Y por eso mismo, como cualquier creyente celebra fechas y fiestas señaladas por su credo, Dudu rinde a culto a la prueba de Kona. Yendo allí en las contadas ocasiones en que ha podido hacerlo, u organizando una fiesta en casa para seguirlo en compañía. La cuestión es que me invitó a que me pasara por su hogar aquella tarde o noche, avisándome de que se reuniría allí con algunos amigos para ver la prueba. Habría comida y retransmisión completa en directo. Aquello sería una especie de Ironman Party, y aunque en principio no tenía planeado acudir, al atardecer, lo recordé, y acabé pasándome por allí.

Llamé al timbre y cuando Eduardo me abrió la puerta vestido con una camiseta oficial de Ironman, enseguida me percaté de que aquello iba en serio. En el salón había una pantalla enorme mostrando la retransmisión oficial de la prueba en directo. Muy cerca, una gran pancarta, traída expresamente desde Kona, pretendía reforzar el ambiente. Algunos invitados manejaban sus tablets, navegando entre las páginas de seguimiento en directo de tiempos y dorsales, y entre los mentideros más populares de los “influencers” especializados en triatlón. Allí me encontré con dos viejos conocidos, Fernando C (que fue muchos años miembros del equipo nacional español) y Fernando R (triatleta practicante y entrenador). Entretanto, algunas de sus parejas, por su cuenta… en la cocina, en pleno siglo XIX. Pero ¡que no se equivoque nadie! No relegadas allí, sino más bien fugadas, huidas por voluntad propia, tratando de escapar del integrismo deportivo (y en este caso espectador) de sus compañeros. Y en parte las comprendo, recordemos que por delante se presentaban más de ocho horas ininterrumpidas de competición.

 
Fernando C en acción hace algunos años. (Imagen: saiz en shutterstock).


Muchos años antes, auténtico pionero del triatlón en España, Eduardo compitiendo sobre una Vitus. (Inágen: Bicisport, 1990).

Para mí aquello hubiera resultado imposible, pero reconozco que la doble cobertura, la oficial y la permanente consulta ejercida por aquellos amigos, quienes puntualmente nos daban cuenta de noticias, detalles, datos y comentarios a los demás, aderezaba de tal modo la reunión que logró entretenerme, interesarme y, sobre todo, divertirme. Primero, cuando los deportistas en cabeza hacía poco que habían dado cuenta del segmento de natación, porque sus quinielas personales se cumplían o se mantenían vivas. Es más, aún estaban algo abiertas y, en algún que otro caso, un poco cambiantes.  Más tarde, cuando el desarrollo del segmento ciclista ya parecía bastante claro y ya no tenía demasiado mérito seguir haciendo quinielas, llegaron los cotilleos. Se conocían la vida y milagros de todos los personajes en escena. Y me lo fueron contando a medida que salían a la palestra. Bastante pronto la sospechosa retirada de Patrick Lange, que algunos parecen relacionar con asuntos algo escabrosos. Después, ante la evidente amenaza temporal de Alister Brownlee, a quien unánimemente reconocían su irreprochable aptitud, surgía la duda de su potencial éxito o fracaso. Resultado directamente dependiente de su carácter, que siempre apuesta por el todo o nada, por el disputar “a fuego” y sin reservas, hasta que el cuerpo aguante. Y aquel sábado no aguantó.

Más peculiar me resultó el caso de Lionel Sanders. Mis compañeros de “grada” me lo pintaron como una especie de exdrogadicto vehemente que, en determinado momento de su vida, decidió cambiar el consumo de estupefacientes por la adherencia, y quién sabe si posterior dependencia, al entrenamiento. Decían de él que era candidato firme al triunfo, y que contaba con una fuerza de voluntad a prueba de bombas. En los últimos tiempos se había hecho muy popular mostrando sus hábitos de entrenamiento “indoor”, encerrado en una especie de zulo, entrenando horas y horas sobre una cinta de correr y un rodillo ciclista. Como si se tratase de un monje asceta y enclaustrado del siglo XXI. El carisma, ingrediente fundamental para que cualquier tipo de religión cuaje, al parecer no le falta, ni el suyo propio ni el que viene de serie con el triatlón en sí mismo. Así que, según parece, le han salido muchos fieles imitadores. Sin embargo, ignoro si para bien o para mal, aquel sábado mágico tampoco fue su día. El frikismo contagioso de Lionel Sanders debió perder algunos correligionarios.

Como he señalado, mis amigos se sabían todos los nombres de los principales protagonistas, sus historias, así como todos los detalles que giran alrededor del evento, de ese y de muchas otras competiciones que tiene por debajo en cuanto a nivel de reconocimiento mediático. En aquella sala de estar fui testigo de cómo se reproducía un modelo tertuliano comparable al del fútbol. Aquello me hizo ver lo lejos que estoy del universo actual de los aficionados que siguen el deporte como espectadores. También me hizo comprender cómo es posible que un afamado jugador de fútbol esté intentando hacer de su vida cotidiana, incluyendo la de su familia, una especie de serial televisivo, un reality-show propio, un “selfie vital animado”.

Pese al entretenimiento allí vivido (por lo deportivo, por lo relacional y por lo sociológico de la experiencia), cuando llegó el momento de ver poner los platos sobre la mesa para la cena, decidí despedirme. Pese a la insistente y sincera invitación, preferí desconectar durante algún tiempo. Me fui a casa, saqué a los perros de paseo y cené en familia. Daba la causalidad de que mi pariente y amigo Bernardo, cenaba con nosotros, así que, ya de sobremesa nocturna, le propuse ir a tomar algo a un lugar que le sorprendería. Únicamente tenía que fiarse de mí. Como me conoce de sobra aceptó sin remilgos, y a los pocos minutos estábamos ambos llamando al timbre de la “Ironman party” de nuevo. Él enseguida se percató de qué iba el asunto. Los demás de inmediato le integraron en el ambiente, le reconocieron como suyo, como “triatleta”, y consiguieron que empezara a disfrutar de todo aquello desde el primer instante.

En el momento de la segunda incursión en el “templo” local, los hombres de cabeza ya estaban disputando el segmento de carrera a pie. Y a las primeras mujeres las vimos en plena transición. Lucy Charles-Barclay dominaba la competición, tras haberse mostrado superior durante todo el segmento ciclista. Por detrás, a bastante distancia, la seguía la alemana Anne Haug.

El maratón lo vivimos mientras dábamos cuenta de helados y postres variados. Jan Frodeno, un largo y delgado alemán que ya había logrado vencer en un par de ocasiones anteriores en Kona (2015 y 2016), dominaba con rotundidad el evento. Y se le veía lo suficientemente suelto corriendo como para esperar de él una nueva victoria. Quién fue campeón olímpico en Pekín en 2008 parecía claramente encaminado a conseguir su triplete en Hawái. En cuanto a las chicas, personalmente me daba la impresión que Charles-Barclay corría algo más trabada, quizás acusando un portentoso rendimiento ciclista logrado (en parte, y siempre desde mi particular punto de vista) a costa de cierto abuso de desarrollo, tal y como parecía dejar ver su frecuencia de pedaleo. Su perseguidora Haug, sin embargo, parecía francamente ágil y ligera.

Pero no nos quedamos a verlo. Era ya tarde y al día siguiente, Bernardo y yo, pretendíamos madrugar. En mi caso para practicar algo de deporte yo mismo, cosa que finalmente no llegué a hacer por mal tiempo. Nuestros amigos insistieron, pero nos despedimos agradecidos. Bernardo me confesó que se lo había pasado en grande. Yo tengo que reconocerlo igualmente: me lo pasé francamente bien. Sin embargo, el mérito de ello no lo tuvieron quienes disputaban el Ironman al otro lado del plantea, sino aquellos con los que compartí la velada.

A la mañana siguiente, dadas las circunstancias, consulté el resultado final de la prueba en la Red. Anne Haug acabó superando a Lucy Charles-Barclay, confirmando algo que en su día hasta llegué a investigar científicamente: que el peso del parcial del segmento de la carrera resulta definitivo para el resultado final de un triatlón de distancia Ironman.

 
Anne Haug en acción sobre la bicicleta (Imagen: slowtwitch.com).

Y en lo que respecta a los hombres, Frodeno confirmó lo esperado y venció con rotundidad. El poderío del ganador no tuvo amenaza. Y aquel sábado de octubre sí, también él, batió el récord de la prueba con un tiempo de 7 horas, 51 minutos y 13 segundos. Excelente logro sin duda, aunque con guarismos incompatibles con la iconografía de las barreras psico o sociológicas. Demasiadas cifras, casi aleatorias, como para representar una barrera tan nítida y sugerente como las dos horas redondas del maratón. Aquello ya había ocurrido el año anterior, cuando Patrick Lange consiguió romper (holgadamente) el muro de las ocho horas.

  
 Frodeno acomplado sobre su máquina. (Imagen: James Mitchell, en triating.com).


martes, 15 de octubre de 2019

POLIDEPORTIVO


Esta entrada no va sobre instalaciones deportivas. Poco tiene que ver con los pabellones polideportivos que siembran el urbanismo occidental, y que tan anhelados fueron por la población deportiva española hasta hace relativamente poco. Hasta que, en cuestión de infraestructuras deportivas, categorías como las de los pabellones polideportivos, los campos de fútbol de hierba artificial y las piscinas cubiertas de 25 metros y seis calles, han acabado normalizando su presencia en el mapa urbanístico de nuestro país. Con lo que tiene que ver es con una actitud personal, la del “polideportista”, ese al que, en cuanto a la práctica deportiva propia, le da un poco igual un roto que un descosido, se apunta a casi todo, se defiende medianamente en ello, lo disfruta y ¡lo más importante! Anda muy lejos de obsesionarse con una única especialidad. “Polideportistas” hay bastantes, personalmente conozco a muchos. Sin embargo, con la prevención debida a una falta de datos cuantitativos objetivos que me lo demuestren, me inclino a pensar que, son minoría si los comparamos con aquellos que se centran casi exclusivamente en un único deporte, ese que aman, atienden y, en ocasiones, les esclaviza. No se trata de convencer a nadie para que cambie de hábitos, actitudes o preferencias ¡menuda insensatez sería! Peor aún, nos dejaría convertidos en una especie de predicadores laicos del deporte. Y a estas alturas, predicadores laicos, ya empezamos a sufrirlos en casi todos los ámbitos de la vida. Lo que me pasa es que mi actitud polideportiva (que siempre lo fue: a lo largo de la niñez, la juventud, la edad adulta e incluso la dedicación profesional como técnico) alcanza límites quizás algo radicales. Y como muestra de ello, se me ha ocurrido componer un capítulo que incluya algunos de los eventos “oficiales” en los que tomé parte durante el pasado mes de septiembre. Cada lector juzgará si estoy en mi sano juicio. “A mí plin”, me lo he pasado “bomba”.

Hockey Patines, Copa Ibérica de Veteranos.

El primer fin de semana del mes arrastraba un compromiso adquirido en el mes de junio, así que, salvo fuerza mayor, no se podía fallar. Eso de los compromisos deportivos con los demás rebaja radicalmente su obligación moral cuando se refiere a una modalidad individual. Es evidente, en tales casos la compañía no pasa de ser eso, acompañamiento, pero no resulta imprescindible para que otros puedan participar sin ti. Pero la cosa cambia si formas parte de un equipo que requiere un mínimo de miembros, y para el cual, incluso, es conveniente que haya posibilidades de recambio durante el evento. En casos como el que nos ocupa, el compromiso aún es mayor, ya que son eventos diseñados para un número concreto de equipos, por lo que, si algunos jugadores fallan, un equipo puede venirse abajo, y si eso ocurre, se acaba haciendo un “siete” al torneo. Yo no fallé, pero mi equipo estuvo a punto de hacerlo.

Nuestra temporada pasada acabó en junio, y lo hizo con cierto absentismo progresivo en la comparecencia a los entrenamientos. Durante el verano el equipo para, aunque ocasionalmente celebra algún encuentro suelto. Yo soy de los que desconecto completamente y apenas asistí a una pachanga informal de carácter tan social como deportivo. El caso es que, por razones que no vienen al caso, durante el verano surgieron algunas fricciones internas entre algunos miembros de la plantilla y eso nos dejó, de cara a la Copa Ibérica, sin entrenar y sin gente suficiente para completar un equipo mínimo. Finalmente, unos pocos días antes de acudir a la cita, tirando de agenda, integramos a un par de jugadores sueltos de Salamanca (uno de ellos portero), y pudimos completar un equipo de siete jugadores (que serían seis para la segunda jornada).

La Copa Ibérica para veteranos está organizada por el Club Patín Mieres, toda una referencia histórica del hockey sobre patines asturiano (y nacional). Asturias fue un reducto regional en el que este deporte arraigó gracias al desinteresado trabajo de algunos pioneros, al afán educativo y promotor de varios colegios de titularidad religiosa, y al impacto que el juego desplegado por muchos espabilados rapaces causó sobre una afición entregada, deseosa de encontrar alguna vía de escape emocional que les hiciera más llevadera cada semana de trabajo minero, industrial o ganadero. Este torneo lleva el subtítulo de XIV Memorial Alfredo Visiola. Este señor fue el fundador, en 1955, del equipo de hockey Fabrimieres, que años más tarde (1967) se transformó en el Club Patín Mieres. Don Alfredo fue un entusiasta dinamizador de la escena polideportiva en la localidad, aunque a la postre, fuera en el hockey sobre patines en lo que mayores frutos acabaría recogiendo. Hay otro detalle, además de esa afición polideportiva, que me hace interesarme por su figura: también él fue profesor de Educación Física. En los inicios del club, Visiola acudió a Torrelavega para formarse como entrenador de la especialidad, detalle que forma parte de la historia nacional de este deporte, pero que no tiene cabida aquí y ahora. El CP Mieres, bajo su presidencia, llegó a jugar en División de Honor a mediados de los años setenta (entonces con la denominación y patrocinio Kiber, para el primer equipo del club).

 
Cartel del torneo.

El torneo consistía en una liguilla de cuatro equipos en cada una de las dos categorías de veteranos planteadas: + 35 y + 50, esto es, para jugadores mayores de 35 años y de 50 años. Los encuentros se sucedían alternando categorías, rellenando un cuadro horario que ocupaba la tarde del viernes, mañana y tarde del sábado, y mañana del domingo, aunque en nuestro caso los partidos los jugamos el sábado (mañana y tarde) y el domingo. Además de desentrenados y mermados de efectivos, todo hay que decirlo, ya que no es disculpa, sino un hecho, nuestro nivel anda muy lejos del de la mayoría de los equipos a los que nos enfrentamos. Esto es algo que tenemos asumido, por lo que no acudimos a este tipo de eventos en busca de quimeras resultadistas, sino para disfrutar jugando, aprender un poco más y divertirnos. Así pues, que nadie espere informe de resultados en esta “crónica”, fueron de escándalo, al menos en dos de los tres encuentros disputados.

Lo del sábado por la mañana fue un lujo al que mi equipo (RS de Tenis de la Magdalena) se está malacostumbrando: jugar contra el CD Amigos del Cibeles. Se trata de la versión contemporánea del CP Cibeles, el equipo de hockey patines asturiano más laureado de todos los tiempos, militante habitual en la División de Honor durante parte de la década de los años setenta e incluso ganador de una Copa del Rey, la de 1980, contra el entonces omnipotente FC Barcelona. Pero lo mejor de todo es que el equipo actual de veteranos sigue manteniendo, prácticamente, al mismo grupo de jugadores que durante aquellos años protagonizaron la leyenda deportiva. Más aún, de un tiempo a esta parte, el equipo sigue cosechando triunfos deportivos, haciéndolo ahora en la categoría que les corresponde. Como ejemplo más notorio, sus victorias en la EVRICUP (European Veteran Roller Hockey Invitational Cup). Todo esto, y mucho más lo narra un estupendo reportaje que emitió la televisión dentro de la serie de documentales deportivos Informe Robinson, bajo el título “Espíritu Cibeles”.

Documental sobre el Cibeles de antes y de ahora. (Informe Robinson)

Como he dicho, jugar contra ellos me parece un lujo por varios motivos. Pese a su evidente superioridad, dejan jugar, no se ceban contra nosotros y se comportan como caballeros. Compartir encuentro supone competir con jugadores que fueron héroes deportivos para nosotros. Algunos de aquellos que veíamos en la televisión cuando éramos chavales. Algo que pocas veces está al alcance de los aficionados practicantes. Además de todo ello, enfrentarte a ellos permite aprender un poco más cada vez y, sobre todo, darte cuenta de lo bien que lo hacen. Da gusto verlos. De aquel primer partido nos llevamos para casa un buen puñado de goles en contra, un buen rato de juego y esfuerzo, y yo, además, un viejo stick firmado por todos los componentes del equipo. ¡Gracias mil!.

El Cibeles y nostros posando juntos. (Imagen: Luís Velasco).

 
 En plena acción de juego ante Finito. (Imagen: Luís Velasco).


El palo firmado por los jugadores del Amigos del Cibeles.

Por la tarde salimos al campo algo amodorrados a causa de una comida que nos acabó resultando algo pesada. Dio igual, dos cosas nos espabilaron, la exigencia de atención y la velocidad de este apasionante deporte, y el vernos relativamente cerca del rendimiento del equipo al que nos enfrentábamos, el Centro Asturiano. También ellos nos ganaron, pero de forma más ajustada, tanto en juego, como en resultado, de hecho, el primer tiempo acabó muy igualado. Al final nos mató nuestra absoluta falta de definición. Ante tales circunstancias, el partido nos resultó muy entretenido, nos enganchó de verdad, y estuvo exento de cualquier polémica, fricción o tensión extradeportiva. Un placer jugar contra ellos.

Otro lance de juego en el segundo partido. (Imagen: Luís Velasco).


Ambos equipos retratados. (Imagen: Luís Velasco).

Finalizado el encuentro, una vez adecentados, pasamos algún tiempo viendo un par de partidos, uno de la categoría +35 (otro ritmo…), y el apasionante encuentro que disputaron los dos mejores equipos del torneo en la nuestra: Cibeles y CP Las Rozas. Los segundos más dinámicos y “físicos”, los primeros más expertos. El desenlace cayó a favor del lado asturiano.

El resto de la tarde la “gasté” paseando por el casco antiguo de Oviedo, bajo su catedral, por sus calles peatonales, charlando con mi compañero de equipo Miguel, y tomando un par de vinos, algo más tarde, con nuestro entrenador Lolo. Ya con Alberto, Jesús (el portero salmantino) y Nacho, nos acercamos a un restaurante en el que los miembros de algunos equipos nos reunimos para cenar. Además de nosotros, estuvieron el Alcalá y el Noia (incluyendo familiares) y algunos jugadores del Mieres. La cena tuvo tres atributos principales: estimuló bastante las relaciones entre los clubes y el flujo de información sobre el hockey patines de veteranos; fue francamente divertida y nos hizo reír a carcajada en varias ocasiones; y, por último, gastronómicamente fue brutal, una espicha infinita de productos asturianos de toda índole, a cuál mejor. Inacabable, inasumible… una tripada. Durante la cena me quedó bastante claro que el hockey sobre patines de veteranos constituye toda una comunidad. La gente se conocía de otros eventos nacionales e internacionales. Ante determinadas citas, algunos se enrolan en equipos a quienes les falta gente, y cuando alguien, por motivos de trabajo o de otra índole, cambia de domicilio, suele ser bien acogido en equipos de provincias diferentes. En realidad, aunque teníamos algunos contactos, en nuestro equipo, hasta hace poco, hemos vivido bastante al margen de todo eso, y quizás haya llegado el momento de cambiar de actitud al respecto.

El domingo por la mañana cerrábamos la agenda del torneo con nuestro encuentro contra las Rozas. Es un equipo que conocíamos y con el que no habíamos quedado demasiado a gusto en una experiencia anterior. Son gente muy competitiva, y creo que aquella vez, no fueron suficientemente conscientes de la diferencia de nivel: de rendimiento y, especialmente, de dominio y margen de seguridad sobre los patines. Esta vez fue todo muy distinto, su agobiante presión, empeño y contacto físico había desaparecido, jugaron bien y ganaron sobradamente, pero nos dejaron jugar, disfrutar y movernos sin riesgo. De hecho, creo que a la postre, aquel fue el partido que más disfrutamos del torneo. Así que también a ellos, desde aquí, gracias.

El torneo supuso mi regreso al hockey tras el paréntesis veraniego. De hecho, mi primer entrenamiento de la nueva temporada lo realicé al miércoles siguiente. Lamentablemente comprobé que las cosas se encontraban como las habíamos dejado al finalizar la anterior: con escasa asistencia de los jugadores y muchas dudas sobre el compromiso de participación de cara a la nueva temporada. Espero que el equipo no se vaya al traste, sería una faena. Especialmente para algunos compañeros que hacen del hockey su deporte prioritario. En mi caso… un mal menor, es una de las ventajas de ser un “polideportista”.

Remo, Traversée de Paris Et des Hauts-de-seine.

El fin de semana siguiente cambié de escenario, deporte y compañía. Me planté en París para tomar parte en una regata de remo única. El plan fue cosa de Chepe y el proyecto Enrolados, que decidieron persuadir a los organizadores de una regata no competitiva para que, por una vez, y a modo de singular exhibición, dejaran inscribirse a su trainera. La Traversée de París et Hauts-de-Seine, es una gran fiesta del remo. La organización corre a cargo de la Liga de Remo de la Isla de Francia. El espíritu del evento es el de una fiesta deportiva en la que más de mil remeros se reúnen para practicar su deporte por un escenario único y exclusivo. Tan especial resulta el recorrido, que la mayor parte de él únicamente permite el paso de embarcaciones de remo durante la celebración de la prueba, que es tempranera, tiene límite horario y se organiza una vez al año o cada dos.

Quizás por el carácter abierto, integrador y masivo que tiene la iniciativa, o por alguna otra razón que desconozco, el caso es que para esta manifestación deportiva los organizadores se decantan por la elección de unas yolas de banco móvil, de cuatro remeros y timonel, como modelo de barco admitido. Así que los alrededores de las modernas, amplias y prácticas instalaciones del club náutico de Sevres, en la orilla izquierda del Sena, se ven invadidos por cientos de este tipo de embarcaciones. Las hay de última generación, de batalla, de escuela, de alquiler, etc. Y por supuesto, como es de esperar, con muchos barcos de diversa antigüedad, con sus cascos de maderas ligeras, pulidos barnices, y detalles de antaño.

Interior de una d elas naves del club de remo.


Preciosa yola clásica.


Otros dos ejemplares de madera.

En realidad, mi afortunada participación en esta regata llegó de rebote. Myriam es quién en está enrolada de forma habitual en el grupo de remeros con los que Chepe navega habitualmente. Mi caso es diferente, no formo parte del grupo (son demasiadas aficiones deportivas ya), pero remo cuando surgen oportunidades en diversas traineras de veteranos. Así remé en la Navigatio celebrada en verano en Santander, o en otras ocasiones en las que los escasos barcos que se dedican a este tipo de remo, medio deportivo medio cultural, me han necesitado para completar sus bancadas. Lo que sí tenía claro desde que Myriam decidió apuntarse, es que viajaría a París para verla remar. Con el paso del tiempo, el entusiasmo colectivo inicial del grupo de remeros (el plural masculino es cuantitativamente anecdótico, ya que, en tal grupo, por lo general, siempre suele haber más mujeres que hombres) se fue topando con la cruda realidad de las obligaciones personales de cada uno, así como con la vuelta a la rutina post-veraniega, de modo que, a la postre, la trainera no se completaba y contaron conmigo. Es más, conmigo y, cuando el último aviso de los organizadores para formalizar el registro nominal de tripulaciones apuraba su límite de plazo, con dos familiares nuestros residentes en París. Uno de ellos, en realidad del Alto de Miranda santanderino (Bernardo) y el otro (su hijo Xavier), asiduo visitante de Galizano, y consumado cocinero de Olla Ferroviaria. En definitiva, que la trainera quedó “completada” en formato simétrico (no llevamos proel), con las siguientes personas: patrón Chepe; 1ª bancada (“marcas): Myriam y Patricia; 2ª Victoria y Bernardo; 3ª Xavier y José; 4ª Álvaro y Javier; 5ª Gabi y Belén; 6ª Pilar y Julio. Todos los emparejamientos ordenados de estribor a babor.

Una vista de la trainera. (Imagen: Geneviéve Mercey).


Toda la tripulación a la vista. (Imagen: ¿?).

La mayor parte de la tripulación tomó contacto con las aguas parisinas durante la mañana del sábado. No fue mi caso, que, con Bernardo, me acerqué a saludar y conocer el “cuartel general” del evento cuando el grupo ya terminaba aquel breve ensayo previo. El fin de semana se presentó totalmente veraniego. Mucha luz, mucho calor y nada de viento. Las explanadas de hierba o de tierra que rodean los hangares, edificios y estructuras del club, empezaban a acumular botes, aunque todavía aquello estaba lejos de presentar el aspecto que nos mostraría al día siguiente. Aún así, ya se vivía buen ambiente, y había tripulaciones practicando, gente montando sus barcos, etc. En un momento dado nos encontramos con unos veteranos franceses que tienen proyectada una singladura que cruce el Atlántico a remo partiendo desde Canarias y llegando hasta la Martinica. Su idea es hacerlo con una tripulación de cuatro, remando por parejas, alternando el trabajo con el descanso. Mientras dos reman, los otros descansan, duermen o reponen fuerzas. Nos contaron esas, y algunas cosas más, mientras contemplábamos su peculiar y tecnológico barco.

Bote que piensan emplear para cruzar el Atlántico remando.


Cambiando impresiones con dos d elos protagonistas.

Ya que estábamos allí, cuando nuestro equipo regresaba del agua, ayudamos a desembarcar la trainera, saludamos, nos informamos un poco para el día siguiente, recogimos a Myriam y nos fuimos a disfrutar de París. No voy a entrar en detalles turísticos o viajeros sobre el fin de semana, bastará comentar que lo pasamos bien, tanto el sábado como el domingo, pero, lo que toca aquí es narrar la experiencia deportiva.

El madrugón del domingo fue importante: a las 5,30 de la mañana salía en un primer viaje de furgoneta para acceder al club náutico. Aproximadamente medio equipo aprovechamos aquellas intempestivas horas para desayunar lo ofrecido por los organizadores, en un gran hall del edificio multiusos de la instalación. El local estaba hasta la bandera, cientos de personas en atuendo de remo, tomando café y croissants a la espera del comienzo de todo. Entonces sí que había barcos amontonados por todos los caminos, esquinas o huecos de los alrededores. Todavía era noche cerrada, pero no había dificultad para prepararlo todo de cara a la navegación. Lo que si se planteaba como un auténtico problema era echar nuestra trainera al agua. Básicamente porque eran cientos de barcos los que pretendían hacer lo mismo. La diferencia es que todos ellos podían permitirse escoger entre la única rampa existente, o gran parte de la ribera acondicionada para embarcarse lateralmente. Pero nosotros únicamente podíamos hacerlo en la rampa. Afortunadamente, la víspera habíamos dejado un carrito junto a la trainera y con ese apoyo, la ayuda de voluntarios y la colaboración de todos, conseguimos echar a andar e irnos haciendo un hueco en el atasco. El barco imponía, además de llamar la atención, así que los equipos que por allí andaban se hicieron cargo de la situación y se apartaron lo suficiente como para que pudiéramos acceder a la rampa. Allí, con prisas manifestadas por uno de los organizadores, nos echamos al agua junto con los últimos barcos de la extensa flota.

El momento resultaba de lo más emotivo, de noche, flotando en Sena, rodeados de botes de remo, esperando el momento de empezar a bogar hacia el centro de París. Algo francamente difícil de imaginar. Creo que todos éramos conscientes de estar viviendo un momento único y seguramente irrepetible. Y así nos pilló una salida, algo tumultuosa y en la que, de primeras, nos encontramos atrás de todo, a cola. Pero nosotros a lo nuestro, remada tranquila y económica. De “supervivencia”, conscientes de que el trayecto iba a ser muy largo. Con algunas órdenes (pocas) y muchos comentarios didácticos y motivadores, Chepe se fue haciendo con el barco. En el sentido de que la tripulación, que recordemos, trabajaba junta por primera vez, tardó un rato, y unos pocos kilómetros, en encontrar un mínimo solvente de coordinación y cohesión interna. Entretanto, había que ir sorteando embarcaciones, algunas de las cuales mostraban comportamientos y trayectorias algo erráticas. Algún bocinazo de soltó de borda a borda, y muchas chanzas en lengua materna, confiados en que el resto de timoneles no entendieran suficientemente bien el significado de improperios o comentarios alusivos desde nuestras bancadas. Pero todo ello con buen “rollo”, picardía, gracia y guasa castiza. Vamos, una auténtica raquerada, pero en el sentido original del término, el de aquellos chiquillos de machina y norays, que se pasaban el día buscándose la vida, la diversión y la madurez, sin el apoyo de la academia, pero buceando doblemente: en las aguas de la bahía santanderina rescatando monedas, y en las de la escuela de la vida, intentando salir adelante.

A medida que el trabajo en equipo se fue haciendo más eficaz, empezamos a alcanzar y superar a algunos botes. Eso significaba varias cosas, en especial, que progresivamente íbamos remando mejor, pero, además, que el ritmo inicial aplicado por bastantes tripulaciones estaba siendo excesivo para un recorrido de aquellas dimensiones. Por si tan tranquilizadoras evidencias fueran poca cosa, la mañana iba ganando terreno y, tras un agradable rato de navegación nocturna, el amanecer empezaba, lentamente, a iluminar el río y sus alrededores, descubriéndonos París con misterio y parsimonia. Inicialmente, en un tramo de aspecto residencial en una orilla, y de edificios de negocios orgullosamente modernos en la otra. La emoción se iba disparando, tanto, que los primeros kilómetros los recorrimos casi sin darnos cuenta, de modo que una pátina de luz dorada mostraba un espectáculo de película cuando alcanzamos la Torre Eiffel. ¡Estábamos allí! Era verdad, tan cerca, tan bonito… ¡No! ¡más! Mucho más de lo que podíamos haber anticipado en nuestra imaginación. Realmente más.

Remando en dirección a la Torre Eiffel.

A partir de allí, el sol fue ganando terreno progresivamente y nos empezó a regalar una mañana perfecta. Y también a partir de allí iniciamos el tramo más monumental, turístico y admirado de la capital francesa. Ante nuestras bandas fueron desfilando todos los iconos: Trocadero, Gran Palais, Campos Elíseos, Inválidos, la Asamblea Nacional, la plaza de la Concordia, el Museo d’Orsay, el Louvre, etc. Hubo despistes eventuales, algunas palas chocaron de vez en cuando, y no siempre el trabajo colectivo fue del todo acompasado, pero la disculpa es evidente y estaba sobradamente justificada: había que mirar mientras se remaba. Mirar, admirar, emocionarse, ensimismarse y tratar de no perder detalle del entorno, de registrar todo aquello en la memoria, aprovechando el privilegio de poder percibirlo desde la perspectiva del casco de una embarcación modesta y a una velocidad de avance a escala humana.

Una trainera remando en París.


Concentración en las bancadas.


Bogando bajo los puentes.


 La regata.


Barcos y más barcos.


Acercándonos a Notre Dame.


Con Xavier durante la breve parada.

Otro detalle que ayudó a revalorizar más, tan singular e inolvidable experiencia, fue que a lo largo de todo aquel trayecto que atravesaba el París más monumental, nos vimos ya acompañados por muchos otros botes. La mayoría de sus tripulantes nos saludaban y animaban. La trainera llamaba la atención por su singularidad, y nuestra sensación fue que resultó muy bien recibida. Las lanchas auxiliares y de apoyo se nos acercaban constantemente, y nos cosieron a disparos fotográficos durante la mayor parte del recorrido. Pero eso era lo de menos, mejor aún era sentirse otro barco más, vivir el constituir parte de aquello, una enorme comunidad de amantes del remo, reunidos en un escenario único.

Y así, cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos surcando las aguas que bordean las islas de la Cité. Notre Dame nos recibió casi tan imponente como siempre, pese al tremendo desaguisado, especialmente interior, que supuso su reciente incendio. Al superarla pudimos contemplar un espectacular entramado de madera que está siendo levantado bajo su estructura de piedra. Los trabajos parecen ir sin pausa, y mirando el templo con un poco de perspectiva, el edificio y su proceso reparador quedan bien a la vista. Muy poco después de superarla, nos aproximamos al lugar en el que se ejecutaba el cambio de sentido, el extremo este de la isla de San Luís. Hay que decir que para entonces nuestro barco había traspasado (por debajo) ¡25 puentes! Todo un surtido de estilos, épocas, funcionalidades y soluciones técnicas. Desde los más anodinos, a los más románticos, estilosos o emblemáticos de la capital gala. Y ahora tocaba volver a pasar por ellos en sentido contrario, eso sí, con una casi imperceptible (pero útil) corriente a favor. Pasar bajo los puentes podía aportar alguna o varias novedades con respecto a la remada a cielo abierto: agradecida sombra temporal a esas horas, ya algo más avanzadas, de la mañana; entretenimiento visual al poder ver tan de cerca sus detalles; referencia de orientación, apoyada por la identificación de los mismos por parte de Xavier o Bernardo; también algo de intríngulis de maniobra cuando los pilares provocaban estrechamiento y había coincidencia con otros botes; o, lo mejor de todo, que sobre ellos hubiera gente mirando y manifestaran su apoyo con vítores de ánimo. En ese sentido, sospecho que lo singular de nuestra embarcación, su tamaño y las banderas enarboladas a popa, tuvieron un efecto multiplicador. Portábamos una bandera de España que pareció despertar enormes simpatías entre el púbico y algunas tripulaciones. Más aún, considerando que justo debajo de ella, habíamos colocado, como gesto de cortesía, la bandera francesa.

Nuestra trainera luciendo bandera. (Imagen: Catherine Le Scao).

Finalizado el viraje, y tras un trecho de eficaz boga de regreso, cuando el patrón consideró oportuno, que fue cuando la densidad de barcos se redujo un poco, nos detuvimos para beber agua, comer algo y hacer un cambio de distribución. Xavier y yo intercambiamos nuestros puestos (de una banda a la otra en la misma bancada). Tras pocos minutos de fotos y risas en la parada, volvimos al trabajo y fuimos remando en busca del punto de llegada. Como la fatiga, casi más postural que física, se iba acumulando, y el “descubrimiento fluvial” del itinerario ya no era tan novedoso, el regreso se hizo más duro que la ida. Compartimos la vuelta con algunos barcos con los que nos alternábamos posiciones. La impresión que me llevo del perfil de participantes en el evento es la de (aunque haber había de todo) gente de cierta edad, lo que la administración deportiva viene a calificar habitualmente como veteranos o “máster”, con bastante equilibrio numérico entre mujeres y hombres. Parce claro que el remo de banco móvil es un deporte bastante arraigado en Europa desde hace muchos años, con practicantes muy fieles a él a lo largo de la vida, muy recomendable para mantener un estilo de vida saludable, y desde hace tiempo bien afianzado en ambos sexos.

En pleno esfuerzo. (Imagen: Christophe Charnay).

Finalizamos la regata muy contentos y satisfechos de haberlo logrado con solvencia, sin problemas y dentro del margen temporal programado por la organización. Tras una breve champa final, de cara a la galería, saludamos al personal levantando nuestros remos, antes de dirigirnos a la rampa que, en aquel momento, casi tenían ya reservada para nosotros.

Remos alzados al final. (Imagen: Jean Marc Dutertre).

En tierra hubo abrazos y felicitaciones, muchas caras sonrientes y alguna que otra visita de familiares o amigos. Tras recoger el barco y el equipo, y dejarlos presentados sobre el remolque, pudimos premiarnos con unas cervezas mientras hacíamos tiempo para que mermara la cola que esperaba para comer. Y es que el evento también incluía una comida masiva. Paella, vino y postre, disfrutados al aire libre en múltiples mesas esparcidas por todo el recinto. Fue entonces cuando percibí a un patrón mucho más satisfecho que en cualquier otro momento anterior. Sentado allí, reunido con su tripulación, con los deberes hechos, los administrativos, los logísticos, los del desmesurado traslado, los deportivos, etc. Allí estaba él, con todos nosotros, disfrutando de la comida, de las evidentes caras de felicidad de sus pupilos, sentados “a la mesa con” ¡mil remeros de toda Europa! Toda una comunidad de personas en aquel momento reunidas por un sentimiento común, la pasión por el remo. Por el remo deportivo y por el remo cultural, esa otra vertiente que te mueve a tomar parte en un evento de estas características, en el que el resultado pierde tanta importancia que, de hecho, desparece. En el que la acción, el escenario, la comunidad y la belleza de líneas de los botes, prevalecen sobre lo demás.

Más tarde llegaron las despedidas de algunos. En realidad, al igual que las bienvenidas, ambos procesos duraron varios días porque fueron escalonados, pues cada cual se organizó como buenamente pudo. Los más sacrificados de todos, sin duda, fueron Gabriela, Chepe y Julio, que se encargaron del transporte de la trainera tanto en la ida como en la vuelta. Todo un alarde de paciencia, decisión y generosidad que personalmente quiero agradecer mucho desde aquí.

 
Así viajó el barco.

El grupo, dentro y fuera del barco, no se comporta como hipotéticamente se podría de esperar de una tripulación de remeros. Es indisciplinado, dado al individualismo, poco cohesionado, muy desorganizado y abanderado práctico del libre albedrío. Un auténtico caos que lo mismo encuentra dificultades para levantar el barco de una vez, que para conseguir sentarse unido para cenar. Sin embargo, funciona. Y lo hace muy bien. El talante es excelente, lo mismo que la tolerancia mutua y, desde luego, la buena educación. Todo el mundo parece tener claro que acude a remar para divertirse, y ya tiene edad suficiente como para no querer ir por la vida coleccionando nuevos problemas donde no debiera haberlos. Sentados en las bancadas, el caos amaga constantemente en aflorar, pero no llega a cristalizar del todo. Así que el barco avanza, quizás más despacio de lo que podría, pero continúa, funciona y maniobra. Y no lo logra a costa de un estilo de mando autoritario por parte del patrón. Al contrario, Chepe se muestra paciente, poco exigente, más vacilón que severo, didáctico y, especialmente, atento a las personas menos experimentadas. Su atención y dirección se hacen más presentes en los momentos en los que la navegación puede resultar más complicada. Por el contrario, cuando la tarea parece estar bien encarrilada, se ensimisma con los detalles externos, disfruta de todo, entona canciones, se involucra en las conversaciones y… en esto tenía razón Julio… el barco puede acabar acumulando alguna milla más de la cuenta, aunque dejando tras de sí una estela de líneas creativas… casi artísticas.

El grupo posando de regreso a tierra.

Me mereció la pena el evento, creo que nunca lo olvidaré. Es una des esas experiencias deportivas que se le quedan a uno grabadas. Lo tuvo todo, esfuerzo, entorno, gente, prestigio, emociones… Pasar de la persecución fulgurante, visual y rodada, de una pelota de hockey, a la pausada remada un amanecer, casi me supuso un viaje en el tiempo, pero, tratándose de experiencias tan plenas, creo que el ser humano se adapta a ellas de inmediato.

Liébana “activa”.

El tercer fin de semana de septiembre estaba liberado de acontecimientos deportivos. Y lo estaba, entre otras cosas, porque las fechas las tenía comprometidas con un importante asunto de trabajo que me llevó a permanecer en Potes (capital lebaniega) y sus alrededores, durante cuatro jornadas (fin de semana incluido). Las obligaciones laborales tenían mucho que ver con el deporte, en concreto con varias disciplinas catalogadas dentro del deporte aventura y de montaña. Sin embargo, en principio, no me obligaban a practicarlo. Lo que pasa es que soy de los que gustan de comprobar y supervisar las tareas encomendadas “de cerca”, así que al final, la estancia resultó bastante activa y, al menos en tres de las cuatro jornadas vividas allí, practiqué algo de deporte. Ni hockey sobre patines, ni remo… senderismo de montaña y un poco de bicicleta de carretera. Por lo visto, el mes seguía empeñado en hacerme diversificar el desempeño físico.

Liébana es un paraíso gastronómico, etnográfico, climático, casi espiritual y, por encima de todo, geográfico. Si no voy más por allí es porque me queda lo suficientemente lejos (en unidades de tiempo que no de distancia) como para acudir allí para una única jornada. Ya de ir, merece la pena pernoctar por la zona y aprovechar más días. Pero siempre me pasa igual, en cuanto estoy allí, me digo que debería organizarme para volver mucho más a menudo. En cualquier época del año, buscando las nieves de sus montañas durante el invierno, o recorriendo todo su entorno durante el resto del año, en cualquiera de las modalidades de desplazamiento deportivo que aquellos parajes sugieren.

La labor del primer día de estancia allí nos llevó a una de las típicas canales que ascienden desde el lecho del desfiladero de la Hermida, hacia los “puertos” del Macizo Oriental de los Picos de Europa. Dejamos el coche junto al templo mozárabe de Santa María de Lebeña y caminamos hasta un lugar de encuentro, a partir del cual nos aproximaron algo en un todo terreno. Desde determinado punto en el que la canal, verdaderamente, empieza a adquirir tal morfología, iniciamos nuestra marcha. Primero superando las duras rampas de una pista, pero enseguida tomando un sendero pedregoso e irregular que zigzagueaba entre pedreras, pedregales, peñas y parches herbosos. A ambos lados, dos imponentes aristas de roca caliza iban canalizando el acceso a un estrecho collado que se iba intuyendo por arriba. Por su parte, el terreno se iba empinando cada vez más, a la vez que estrechando. Por detrás, o mejor dicho hacia abajo, Lebeña se iba viendo cada vez más pequeña, y la carretera del desfiladero adquiría una perspectiva más y más cenital. Tras un buen rato de ascensión, alcanzamos el collado del Agero y desempeñamos nuestra tarea al otro lado, con la vista puesta en las brañas y pastos de los puertos, y el paisaje de cumbres allí desplegado.


Iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña.

Pueblo lebaniego desde la ascensión hacia el Agero.


La canal va tomando forma a mi espalda al ascender.


En pleno claro rocoso.

  
Hermosa vista del tramo final del desfiladero de la Hermida.

Más tarde tocó descender lo subido, y atravesar un tramo de bosque de ladera, hasta alcanzar un claro ocupado por un caos de enormes rocas y formaciones calizas. Un tipo de espacio muy característico en los Picos. Aunque los asuntos de trabajo nos llevaron la mayor parte del día, en el rato libre que me quedó por la tarde me acerqué en el coche hasta Santo Toribio de Liébana, para intentar algo que nunca hasta entonces había hecho: recorrer los senderos que permiten visitar todas las ermitas que hay a su alrededor. Como siempre que he peregrinado hasta allí he llegado con el tiempo ajustado, cansado o con compañía, tal llegada parece convertirse en una especie de final logrado, y no surge la inquietud o la motivación necesarias para las mencionadas visitas. Total, que aquella tarde, a solas, me volví a calzar las botas y fui recorriendo, una a una, las ermitas que logré encontrar. Primero la de Santa Catalina, estructuralmente restaurada, que es la más grande de todas. Se accede por una pista agradable que discurre entre bosque y prados. Ofrece buenas vistas y dispone de una torre de tres pisos que las mejoran aún más. En dirección opuesta, la pista se va haciendo más montaraz hasta convertirse en sendero. Se interna por un bosque muy frondoso y de gran diversidad arbórea, y, a partir de determinado momento, incrementa el gradiente de ascensión. Primero ofrece la visita a la minúscula ermita de la Cueva Santa. Se encuentra agazapada en un rincón muy umbrío. Apenas constituye una pequeña puerta de arco, seguida de un corto pasillo, todo ello construido en piedra. Sirvió de escondite para la famosa reliquia del Lignum Crucis durante la ocupación francesa. No sé si por culpa del poco interés derivado del agnosticismo racional que caracterizaba a los galos en aquellos tiempos, su incompetencia o falta de información al respecto, pero el caso es que la “santa cruz” se libró del expolio. De no haber sido así, quién sabe si no hubiera acabado chamuscada, recientemente, en alguna estancia de Notre Dame en París. Sendero arriba, a pocos metros, quedan los restos de otra ermita diminuta: la de Santa María de los Ángeles. Apenas medios muros y el suelo. De todas estas ermitas, las más pequeñas fueron levantadas con la intención de servir de espacios de meditación y retiro espiritual al servicio de los monjes del monasterio. Se sabe que hubo más, aunque algunas resultan difíciles de localizar por culpa de su estado de deterioro. Cuando alcancé la de Santa María, me encontré allí a un hombre de mediana edad, vestido con ropa cómoda y ligera, sentado en postura relajada y con la mirada perdida al frente. La impresión, desde luego, era como de encontrarse en proceso de meditación, no necesariamente en trance, pero si en cierto estado de experiencia personal reflexiva y quieta. Le di unas buenas tardes a las que no contestó con su voz, aunque si me pareció percibir cierta leve contestación facial. Lo dejé estar, repasé el lugar sin molestar, pero justo antes de marcharme, no me resistí a preguntarle por si sabía dónde estaba otra ermita que algunas fuentes sitúan cerca. Me contestó escuetamente, sin malos modos, pero como habiendo preferido no hacerlo. Sabía de tal ermita, pero nunca había encontrado rastro alguno de la misma. Me fui de allí temiendo haber estropeado un propósito de silencio de larga duración. Me acordé de una escena de la Vida de Brian y me entró una divertida risa interior.

Antes de regresar al monasterio tomé el Camino de Santiago en busca de la ermita de San Pedro. No la encontré, pero la caminata mereció la pena porque atravesaba un bosque de ladera de una sorprendente variedad de especies arbóreas y arbustivas. Robles, castaños, nogales, manzanos y abetos se mezclaban con desorden. Cuando anduve bastante más de lo supuestamente esperado para dar con los restos del templo, me di la vuelta. De regreso al monasterio, caminé pocos cientos de metros hasta la ermita de San Miguel. Está arreglada, tiene más porte y ofrece unas excelentes vistas de las montañas y de Potes. Lo malo es que se llega a ella por una prolongación de la ancha carretera de acceso al monasterio. Eso hace que pierda bastante encanto.

Ermita de Santa Catalina.

  
Regresando de buscar la de San Pedro, vista de la torre de la de Santa Catalina y Potes al fondo.

Al final, entre pitos y flautas, aquel día acabé realizando mucho senderismo de montaña. Por eso mismo decidí cenar pronto y tranquilo, pero, un inesperado encuentro casual a las puertas de mi alojamiento acabó sumiéndome en una velada de cañas, y en una animada cena compartida con dos guardias civiles del GREIM, un simpático personaje de Campoo, un gallego practicante de triatlones y nados de larga distancia (además de fascinado por cualquier tipo de ciclismo), unos de los mejores expertos mundiales de la preparación de veleros de competición y un especialista del más alto nivel en competiciones de navegación transoceánica y vueltas al mundo a vela. Aquello fue divertido e interesante a partes iguales. Lejos de convertirse en una contrariedad, el encuentro fue un auténtico golpe de suerte.

Al día siguiente nos instalamos en el castañar de Pembes. Un lugar precioso que ya conocía de anteriores ocasiones, en el que incluso llegué a participar en una carrera de orientación algunos años atrás (otra prueba de mi enfermizo “polideporte”). Solventadas las primeras tareas, inicié otro recorrido de senderismo que, aunque breve, resultó muy hermoso y variado. Crucé el castañar en descenso por un camino que no conocía. Caminé entre castaños, vegetación asilvestrada y algunos robles. Fui completando un gran círculo siguiendo una vaguada que me dejó en unos prados. Aquello llevaba las trazas claras de convertirse en otra canal dirigida hacia el desfiladero de la Hermida, pero giré y empecé a ascender por algunos pastos, hasta encaramarme en un pequeño collado bastante más elevado. Al superarlo, encontré una pista que me permitió acceder hasta un espectacular mirador natural calizo que ofrecía una vista muy aérea del desfiladero. Desde allí, tan solo me quedó invertir el sentido de aquella última pista para regresar hasta el punto de partida por la dirección opuesta, completando el círculo. La tarea de la tarde nos exigió otra pequeña caminata de aproximación hasta unas paredes calizas no muy alejadas. Un breve trayecto en coche, unas rampas empinadas de hormigón, y un ascenso de ladera por un sendero roto que discurría entre hierbas, tierra descarnada, rocas, pedreras y demás irregularidades. Trabajo de campo.

Hermosos ejemplares amenizan la braña.


El paseo invita a descender hacia el desfiladero.

La tarde del tercer día cambié las botas de montaña por la bicicleta de carretera. Aproveché aquel momento para matar dos pájaros de un tiro: ascender la vertiente de un puerto que siempre me había tocado recorrer en descenso, y probar la última bicicleta que había montado hacía poco. El puerto era Piedrasluengas por su vertiente norte, la más larga. No es duro de pendiente, pero son 30 kilómetros de ascensión, así que no está nada mal. La bicicleta era una Vitus 797 sobre la que espero escribir a no mucho tardar. Ya la había utilizado en recorridos muy cortos alrededor de casa, pero había que probarla en la montaña. De hecho, aunque funcionó bien, comprobé que requiere algún pequeño ajuste. La ascensión fue muy tranquila, sin apenas tráfico y disfrutando de un trazado muy sinuoso, un asfalto excelente y unas vistas magníficas. Más de entorno próximo que de grandes horizontes. Un corzo me miró tranquilo, quieto y confiado en una curva de umbría. Quizás extrañado al verme vestido con un maillot del Fagor. El día estaba plomizo y ventoso. Pese a ello, al coronar el puerto, me acerqué hasta el magnífico mirador panorámico que hay cerca de la carretera. Allí si que se aprecian horizontes. Bajo la majestuosa (y por mi querida) Peña Labra, el visitante puede contemplar una de las visiones panorámicas más clásicas de los Picos de Europa. Quien por ese puerto pase, sea viajando por el medio de transporte que sea, ha de parar, contemplar y extasiarse.

Autoretrato en la referencia del puerto.


El mirados de Piedrasluengas con la Vitus en primer plano.

El descenso lo gocé. Me enfundé unos manguitos y empecé a trazar curvas y más curvas. Al cabo de varios kilómetros me detuve para ponerme el cortavientos. Luego continué, compartiendo trazadas con oleadas de motos clásicas. Al llegar a Ojedo, me detuve para tomarme una cerveza, una ración de quesos lebaniegos y un café. Lo comí en la terraza, para poder disfrutar del constante goteo de las motocicletas. Resulta que Potes se convierte (especialmente en septiembre) en un destino de viaje para los moteros de toda Europa. Franceses, irlandeses, holandeses… y, especialmente para los británicos. Mi primer día de estancia conviví con varias decenas de moteros “actuales”. Sin embargo, los dos días siguientes fueron relevados por una concentración de moteros clásicos. Muchos más, y con máquinas preciosas. Soy motero. Me gustan las motos, tengo dos y viajo bastante en una de ellas. Por otro lado, aunque tengo muchos amigos seducidos por “lo último” en material en diversas las aficiones que comparten conmigo, a mí me tira más lo retro, no lo puedo evitar, me gusta disfrutar de lo actual (no necesariamente el “último grito”), pero me apasiona lo retro, tanto en vehículos de diversa índole, como en material deportivo. Es más, parte de la culpa de que empezara hace algunos años a aficionarme al ciclismo retro, la tuvo el comenzar a restaurar y coleccionar bicicletas clásicas como sucedáneo “asequible” del deseo no satisfecho de poder disfrutar de coches o motos antiguas. Así que aquella coincidencia con los moteros vintage me entretuvo mucho. Fue convivir con una especie de museo rodante.

Mi trabajo requería permanecer en Liébana una cuarta jornada. Pero esa no se vio ampliada por actividad física o deportiva porque una vez finalizado el cometido tenía que regresar a casa. La tarea incluyó recorridos en todo terreno, tres breves aproximaciones a diferentes zonas de paredes verticales, mucha observación de escalada, y una reunión final. Estoy acostumbrado a ello así que no me llamó la atención. Sin embargo, aquel día tuvo sendos extremos temporales poco convencionales: desayuné compartiendo mesa con un par de moteros ingleses muy veteranos. Uno de ellos tatuado, ambos vestidos de cuero, y orgullosos propietarios de sendas Vincent. Y, a cien kilómetros de allí, cené paella al aire libre, en el descanso de un concierto muy animado en el que pudimos disfrutar de las actuaciones de dos brillantes grupos musicales estadounidenses, uno de country (“Pat Reedy & the Longtime Goners”, procedente de Nashville) y otro de rock sureño (“Them Dirty Roses”, de Oklahoma). Insospechados amanecer y anochecer para un día laborable. Tal y como cantaba Rubén Blades… “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”.

Multideporte, Cuadriatlón de Cazalegas.

Se suponía que el mes iba a acabar sin compromiso deportivo para el último fin de semana. Aquellos días estaban reservados, desde antes del verano, para un compromiso laboral presencial ineludible. Sin embargo, aquella cita dependía de un número mínimo de aspirantes para ser evaluados. Y finalmente no eran suficientes, por lo que se anuló la convocatoria, y el fin de semana, unos pocos días antes, quedó liberado. Mi reacción fue rápida e improvisada. Aquello se convertía en una excelente oportunidad para un viaje rápido a Madrid, con dos objetivos preferentes: una visita familiar e ir a ver una exposición de pintura que nos interesaba. Como complemento, ya puestos, resulta que aquel domingo se iba a celebrar el I Cuadriatlón de Cazalegas, así que, ni corto ni perezoso, me inscribí a última hora, pensando en cerrar tan deportivamente variado mes, con un broche final. Y en una especie de colmo de los colmos, con una modalidad multideportiva, digamos, “amplia”.

La estancia en Madrid no nos defraudó (viajé acompañado por Myriam). El viernes cenamos con una interesantísima pareja. Él, gran viajero en bicicleta. Un recorrido completo por el continente americano, y otro, de similares dimensiones geográficas, por Europa y Asia, lo avalan como tal. Ella, una diseñadora-creadora de vestimentas muy peculiares: su artístico trabajo va desde los trajes de novia de estilo bohemio muy personalizado, hasta los atuendos de danza de bailarines y compañías de vanguardia. La amistosa reunión no tuvo desperdicio, cuando uno se junta con personas cuyas vidas transcurren por entornos muy diferentes al suyo, si está dispuesto a escuchar, tiene mucho que aprender o con qué entretenerse. En este caso, todo ello, aderezado por la degustación de buena cocina peruana… ¡Recuerdos y sorpresas culinarias!

La exposición visitada, no solo no nos defraudó, sino que nos dejó extasiados. Estaba dedicada a Boldini y algunos pintores españoles con los que tuvo relación. Por mera incultura, o por el fenómeno que algunos ahora denominan “mainstream”, pero que parece haber existido en muy diferentes épocas, el caso es que la obra de Boldini, así como su persona, me habían pasado desapercibidos, ocultos tras las personalidades, las obras y la fama de tantos y tantos pintores surgidos a caballo entre los siglos XIX y XX. No es algo de lo que lamentarse, al contrario, ha sido un descubrimiento tardío, pero, quizá por ello, muy emocionante. ¡Qué retratos!, qué trazos. Y qué composiciones. Además, un total virtuosismo para tratar ¡mimar! casi por igual, el detalle más diminuto y la visión panorámica general del lienzo. Únicamente por la exposición, había merecido el viaje a Madrid. Sin embargo, disfrutamos de algo más. La visita a una familiar de más de noventa años, cuya “cabeza” sigue en plenas facultades, y que ha sido una referencia en cuestiones de innovación educativa en nuestro país. Con ella nos fuimos a comer. Excelentes mollejas en un restaurante de prestigio añejo. De esos con buenos productos, comida tradicional y un servicio eficaz, educado y con cierto toque castizo que aún caracteriza a muchos establecimientos de la capital. Hubo paseo, comida, sobremesa y tertulia de tarde en un jardín.
"El despacho", de Boldini (Imagen: de Wikipedia).


Uno de sus habituales retratos. (Imagen: de Italia Liberty).

Más tarde llegó la hora de salir de Madrid, tomar rumbo al suroeste e internarse en las serranías toledanas que se agazapan al sur de la Sierra de Gredos. Preciosos parajes que nos recibieron con luminosa luz de tarde. Disfrutando de una conducción recóndita llegamos hasta Sartajada. ¿Por qué allí? Pues porque todos los alrededores de Talavera de la Reina parecían estar ocupados a causa de eventos multitudinarios, alguno de ellos deportivo. La hipotética pega nos regaló una estancia idílica. Un alojamiento bonito, cómodo y agradable, insertado de forma muy natural en mitad de una dehesa bien cuidada y de relieve algo caprichoso. Todo ello con vistas a la mencionada cordillera abulense. En definitiva: encantador atardecer, plácidos momentos de jardín y salón, buena cena y sano descanso.

Y llegó el domingo. El I Cuadriatlón de Cazalegas parece un heredero natural del que lo fue en Talavera hace un par de años. Participé entonces en aquel, y por eso me da la impresión de que este ha sido un traslado y una evolución del anterior. Parece que a esta nueva localización ha llegado para quedarse, con vocación de crecer y perdurar, gracias al apoyo de las instituciones locales. El formato, las distancias y la organización mostraban las trazas ya vividas entonces. Buenas trazas. Su “alma mater”, también el mismo, todo un cuadriatleta vocacional: Enrique Peces. Un referente de alto rendimiento que compagina sin problemas la organización de la prueba con la participación en ella. Ante la escasez de oferta de pruebas de cuadriatlón en nuestro país, siempre es una buena noticia saber de la existencia de alguna, más aún si, como está, está bien organizada y, sobre todo, se presenta con indicios de continuidad futura.

En lo que a mí respecta, acercarme hasta Cazalegas para tomar parte en el evento supuso un pequeño viaje al pasado, ya que durante la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo XX frecuenté mucho su embalse, para formarme como monitor de vela ligera y de windsurf (más detalles polideportivos). En cuanto al presente, en lo deportivo, me presenté allí cargado de detalles de irresponsabilidad técnico-deportiva: sin entrenar y con material obsoleto o desconocido. Algo que, para bien o para mal, actualmente se está convirtiendo en una constante habitual en mi vida deportiva. La mañana se presentaba preciosa, luminosa, sin viento y con calor, pero no excesivo. En los prolegómenos de la prueba eché en falta a algunos paisanos que suponía que hubieran ido. A cambio, me encontré con algunos amigos con los que pude charlar y cambiar impresiones. Todo ello muy agradable.

Con Íñigo, compañero de club.


Con Cefe, semanas después de compartir viaje por el Duero en kayak.

El primer segmento de competición fueron 750 metros de natación sobre un triángulo de aguas muy tranquilas. Playa para salir y llegar, buena visibilidad de boyas, un número razonablemente cómodo de participantes, y mi traje de neopreno básico de surf. Pese a ello, me fue peor de lo esperado. Empecé nadando muy bien, probablemente más rápido de lo debido, y por las razones que fueran, el caso es que a mitad de recorrido tuve unas muy desagradables sensaciones de ahogo o angustia respiratoria. De hecho, tuve que pararme a coger aire en varias ocasiones. Jamás me había sucedido algo así. Lo achaco a no haber nadado (en plan de entrenar un poco) en todo el verano. El caso es que al final del segmento perdí algo de tiempo, aunque menos de lo que creía. Por otro lado, en la natación… siempre hay gente por detrás.

Íñigo y Sergio saliendo juntos del agua (muy por delante de mí).

Las transiciones estaban muy bien montadas, era muy cortas y cómodas. Para el segmento de ciclismo (20 km) había llevado una bicicleta más bien retro, una Colnago de aluminio de principios de los noventa, restaurada por mí. Con pedales automáticos, pero con cableado exterior y cambios (“sincro”) en los extremos del manillar. Poco aerodinámica, no demasiado ligera y alejada de los estándares actuales del multideporte. Me lo planteé muy tranquilo, quedándome con la primera rueda que cogí. La de un joven agradable y colaborador, con el que alterné posición frontal a lo largo de las cuatro vueltas que teníamos que dar a un circuito de constante ida y vuelta. En él había dos giros de 180º que ralentizaban bastante la media, y una ascensión algo exigente hasta la plaza del pueblo, que hubo que acometer cuatro veces. Tampoco había acudido con muchos kilómetros en mis piernas, pero reconozco que podía haberme entregado mucho más en la tarea. Aunque para eso me hubiera hecho falta alguna motivación extra. Algo que no sucedió, pues mi intención era, sencillamente, el de finalizar la prueba y divertirme.

En fila india en el segmento ciclista.


Rodando al frente en algunos tramos.


Con la clásica Colnago finalizado el segmento ciclista.

De regreso a la zona de boxes, afronté el segmento del piragüismo (4 km). Y como no podía ser de otra manera, con lacras previamente asumidas. Llevaba una pala de mi club. No la que he venido utilizando estos últimos años, porque a alguien se le ha debido romper este verano (tampoco he pasado por allí en todo ese tiempo), sino otra, más ligera, pero de diseño bastante diferente. A esa rareza de sensaciones, tuve que añadir la de montarme en un kayak de alquiler que, aunque previamente había puesto a mi medida, no llegué a probar previamente. Sé que debería haber calentado un poco antes de la prueba con todo ese material, pero no me apeteció. En cuanto a lo de alquilar el kayak, para mis pretensiones, se me antoja un lujo, porque gracias a ello no tengo que viajar por media península con en la baca del coche, ni preocuparme si pernocto en cualquier lugar. Al final, esta “irresponsabilidad deportiva” apenas me penalizó. Lo hizo durante la primera vuelta a un nuevo triángulo al que había que dar tres. En la segunda ya fui remando con más naturalidad, y en la tercera incluso apretando a mi ritmo competitivo normal.

Segunda transición, a punto de regresar al agua.


Iniciando la segunda vuelta.


En plena remada.

Y así me planté en el último segmento. Me calcé las zapatillas y me puse a correr con ciertas reservas para evitar, sobre todo, hacerme daño. La carrera también la había abandonado en primavera, antes incluso que la natación. Así pues, lo que si había hecho, había sido correr un poco (la distancia aproximada de la prueba) algunos días antes, creo que unas cuatro veces, las suficientes como para evitarme agujetas o contracturas por la novedad repentina. El caso es que allí me encontré relativamente bien. Corrí cómodo y sin excesiva fatiga, y a un ritmo más que aceptable, dadas las circunstancias. El recorrido era un circuito llano de terreno natural al que había que dar cinco vueltas. Cumplí con la tarea y llegué a meta, completando la última actividad deportiva de un mes de lo más variado.

Durante la carrera a pié.


Ajustándome una goma de recuento de vueltas.

 
Meta final del cuadriatlón y de un septiembre polideportivo.

Para aquellos obcecados con el rendimiento, el mes en sí tiene que parecerles un completo disparate. Los resultados cuantitativos (marcas o puestos) están reñidos con la dispersión de actividades, con el cambio frecuente de disciplinas y con la ausencia de una preparación específicamente encaminada a cada reto. Pero es que todo eso no me va, me parece cosa de “quemados”. Una especie de obsesiva lucha contra la edad, contra el envejecimiento. Lo respeto, pero me abstengo. Prefiero jugar, siempre lo digo. Tras la pelota, sobre unos patines (u otros), remando por un escenario sublime, esforzándome sobre diferentes modos de desplazamiento, etc. Pero para aquellos que disfruten criticando mi actitud polideportiva, aún les puedo ofrecer más carnaza: todo este desparrame polideportivo, al menos en tres de los cuatro fines de semana en los que lo llevé a cabo, incluyó una buena ración de callos para comer o para cenar. Resulta que, en mi municipio, por tradición, cada viernes del mes de septiembre, se acostumbra a tomar callos para cenar. Y como me gustan, procuro ser fiel a esta inercia gastronómica e invito a gente a comerlos en casa. Otro placer.