viernes, 31 de enero de 2020

CONEXIONES PIRAGÜÍSTICAS


Como viene siendo habitual desde hace tiempo, con una frecuencia de una jornada cada dos años, el COE organizó en diciembre de 2019 una actividad de reciclaje o formación permanente para el “exalumnado” de sus programas de Máster en Alto Rendimiento Deportivo. La oportunidad suele ser tan buena, y presentar un elenco de intervinientes de tanta calidad y prestigio, que es raro que falte a tales citas. Para aquella más reciente, los responsables de la entidad habían diseñado una sucesión de tres mesas redondas, compuestas por tres entrenadores cada una de ellas. Todos ellos (mujeres y hombres) entrenadores del máximo nivel, de diferentes modalidades deportivas, y todos ellos responsables directos de algunos de los deportistas individuales o equipos más exitosos del deporte en España. No es este el espacio idóneo para relatar lo que dio de sí tan sugerente jornada. Únicamente diré que mereció la pena el viaje hasta Madrid. De lo que aquí se trata es de otra cosa. Ni más ni menos que de jugar un poco con varias conexiones, en este caso relacionadas con el piragüismo, que se dieron en relación con aquel viaje. Algunas durante el mismo, mientras que otras, provenientes del pasado, encontraron entonces cierta vinculación. Vamos pues con el juego.

En torno a un año antes (aproximadamente), Keko Calderón, buen amigo y buen maestro de la palada de pista, me avisó de la venta de un kayak de mar de segunda mano. Más por curiosear que por otra cosa, y sobre todo pensando en el potencial interés de algún familiar o amigo, me acerqué al lugar donde vendían aquel kayak, para verlo, incluso probarlo. Era un barco pequeño, pero precioso y muy bien acabado y equipado. Me resultó raro encontrar un kayak de aspecto muy groelandés, pero con una eslora de apenas cuatro metros y medio (4,6 m) y una estrecha manga proporcionada a su longitud (50 cm). Todo él estaba terminado en color hueso, lo que le confería una apariencia “Inuit” francamente atractiva. Únicamente una parte central de la obra viva de su casco se había dejado sin pintar, mostrando el material del que estaba hecho el kayak: carbono-kevlar. Entre las recogidas dimensiones y el material de fabricación, la embarcación me resultó de lo más ligera, para tratarse de un barco equipado con línea de vida, tambuchos con tapas, etc. Lo acarreé hasta una rampa de acceso a una ría y salí a remar con fuerte viento de costado. El kayak oscilaba mucho. Se me hacía muy nervioso, aunque todo quedaba en inestabilidad primaria, pues las inclinaciones laterales no pasaban de ciertos grados que me pudieran hacer volcar. Así pues, la “secundaria” se me antojó más que suficiente como para considerar la embarcación lo suficientemente estable como para navegar por el mar en condiciones normales. Para colmo, a pesar de su reducida eslora, y del viento reinante, el casco facilitaba sorprendentemente el mantener un buen rumbo en línea recta. Así, pues, tras unos minutos de prueba, la observación general del kayak y conocedor del comedido precio, decidí adquirirlo “por si acaso”.

Después vinieron algunas salidas más largas y todo fue encontrando explicación. El kayak me resulta muy cómodo de postura y asiento. Entro en él muy ajustado, y es tan estrecho y bajo que me transmite una sensación de enorme contacto con el agua, de respuesta inmediata. Lo de su inestabilidad primaria y estabilidad secundaria proviene de la forma de su casco, muy tradicional, con dos bordas casi verticales y sendos ángulos repentinos hacia un ángulo central de quilla. En cuanto a su prestación direccional, se debe a que la “quilla” permanece muy marcada casi hasta el final de la popa, creando una especie de aleta posterior. Las primeras salidas me resultaron tan agradables que decidí quedarme el kayak y actualmente lo tengo como “barco personal”.

Todo este proceso me hizo indagar un poco sobre el fabricante del barco: Fun Run. Resultó ser una pequeña empresa especializada en kayaks de mar, localizada en un pueblo muy cercano a Aranda de Duero. ¡Kayak de mar en Castilla!. Repasé su catálogo en Internet, y cuando más veía, más atractivo me resultaba, así que supe esperar y, en cuanto tuve la ocasión, que fue aquel desplazamiento al COE, a Madrid, me puse en contacto con ellos para ver si podía hacerles una visita.

Cerrada la cita, a la ida me desvié en Aranda y me acerqué hasta el polígono industrial (de dimensiones rurales) de Fresnillo de las Dueñas, en la margen izquierda del Duero. El taller consta de dos modestos edificios, algo acoquinados ante un despliegue de industria de apariencia algo química y agresiva alrededor. Enseguida me recibió Javier, con aspecto de estar metido en faena, espolvoreado de polvo blanco en sus ropas de trabajo, como si se tratara de una figurita de un Belén de la cercana Navidad, pero en escala humana. Lo primero que hizo fue enseñarme el taller, una planta alargada en la que había varios kayaks en diferentes fases de proceso constructivo, bastantes moldes amontonados y algunos barcos prácticamente acabados. La verdad es que eran preciosos, atractivos… sugerentes. A medida que los íbamos viendo, me explicaba sus propiedades, diferentes según el modelo del que se tratara.

Según afirma su página web, Fun Run “Es una microempresa dedicada al mundo del kayak de mar. Fun Run inicia su andadura a principios de los ´90, un largo camino de aprendizaje en el campo de los materiales compuestos y en el diseño, 20 años de experiencia ya nos avalan. [...] No se puede hablar de Fun Run sin hablar de su fundador Javier de la Puente, nacido en Aranda de Duero en el año 65.  Fun Run es el fruto de la simbiosis de 2 pasiones, el mundo del kayak y el campo de los materiales compuestos, Javier tiene algo más de 20 años de experiencia en ambos campos. Si bien el principal esfuerzo se centra en el campo del kayak de mar, cuenta en su palmarés laboral experiencias tan variadas como la fabricación de piezas en composite para el mundo de la competición a motor, diseño y fabricación de esculturas urbanas para campañas publicitarias, innumerables diseños en pieza industrial, sin olvidar sus logros en el campo de las expediciones polares. Co-diseñador del catamarán polar junto a R. Larramendi, el vehículo que ha cruzado los polos movido por energía eólica, íntegramente fabricado en Fun Run, también el pulkayak, un híbrido entre trineo y kayak especialmente diseñado para expediciones en banquisa, es un trabajo de la empresa”. (www.funrunkayak.com).

Y aquí salta otra conexión. Además de las exploraciones polares, Ramón Larramendi explota un albergue en Groenlandia, desde el que oferta cierta variedad de trekkings y configuraciones de viajes, algunos de ellos, precisamente, con los kayaks como protagonistas. El caso es que mi amigo y vecino Pablo Goicolea ha trabajado para Ramón en más de una ocasión, inicialmente como guía de periplos itinerantes y, posteriormente, todo un verano como guarda del albergue en Groenlandia. Pablo es uno de mis habituales compañeros de fatigas ciclistas y sobre esquís de travesía, aunque recientemente también sale a palear conmigo por aguas del Cantábrico.

Una de las claves del buen hacer de Fun Run es su apuesta por la tecnología, aplicada en varias de sus vertientes: el apoyo al diseño y la simulación, al dominio de las propiedades y aplicación de los materiales, y el acabado de las piezas. Pero es que además, hablando con Javier, se percibe que detrás de todo ello hay mucha reflexión y análisis sobre el comportamiento de navegación de los kayaks. Así pues, charlando, resulta fácil decantarse (teóricamente) por un modelo u otro, a la hora de decidir cuál de ellos resultaría más apropiado para el particular uso que cada cual fuera a dar a su barco. Y a ello habría que añadir las variadas opciones de configuración posibles: timón o no, orza abatible o no, tipo de material de construcción… y en cuanto a la estética: colores a elegir.

Y lo que son las cosas, allí me enteré que el mi “nuevo” kayak es un Spartan, lo que significa que está diseñado para mujer de tamaño mediano o incluso ligero. Partiendo de ese dato, dice mucho en favor del constructor que, pese a que lo navegue pasándome del peso previsto, y con un centro de gravedad menos ventajoso que el de las damas, el barco mantenga buenas propiedades de comportamiento. Así que todo se andará, y habrá que buscar el momento idóneo para adquirir uno nuevo más adecuado para mí (creo que ya sé cual me gustaría).

Otro detalle que pude ver “in situ” fue su propuesta de kayak rígido desmontable en tres piezas de rápido ensamblaje. Está muy bien pensado, y la apariencia del barco montado resulta impecable. En cuanto al sistema de ajuste, parece simple, sólido y sin necesidad de herramientas para montar o desmontar las tres grandes piezas en que se divide el bote. Y lo mejor de todo: es aplicable a cualquiera de los modelos elegidos por el cliente. Para pensárselo, desde luego que ya no es problema de dimensiones de garaje o trastero.

Me hubiera quedado allí mucho más tiempo, haciendo preguntas, indagando sobre la historia del fabricante, entresijos del diseño y la fabricación, o sobre las andanzas polares de sus proyectos singulares. Pero Madrid me esperaba y además, les había pillado en plena faena y no quise molestar ni hacerles perder el tiempo. Bastante agradecido estoy de haberlos podido visitar.

 
 Disfrutando de mi kayak Fun-run por la Bahía de Santander.

Mi viaje continuó, y al día siguiente por la mañana, en la sede del COE, tal y como estaba previsto, surgieron algunas conexiones más, relacionadas con el piragüismo. Empiezo a explicar aquellas que tienen que ver con las Aguas Tranquilas. Mi primera “relación” con nuestro flamante y mediático medallista olímpico Saúl Craviotto fue indirecta y poco afortunada. Resulta que en cierta ocasión, pensando en posibles ponentes para conformar una actividad de formación para técnicos deportivos, se me ocurrió sugerir un par de nombres de deportistas bastante mediáticos en aquellas fechas. Un hombre (Craviotto) y una mujer (de cuyo nombre no quiero acordarme). Mis funciones se limitaron a sugerir los nombres y fue después la gente de la Consejería de Educación la que intentó ponerse en contacto con ambas celebridades deportivas. Pero en ningún caso logró establecer conversación de forma directa, sino por mediación de sus respectivos agentes. Tal y como se ha puesto el deporte de élite hoy en día, parece ser que no es posible “sobrevivir” en el medio sin la figura del agente, quién, básicamente, se encarga de dos labores fundamentales: filtrar la atención con los medios, los fans, las redes sociales, etc. para que los deportistas puedan seguir entrenando y compitiendo sin perturbaciones que los distraigan o hagan perder el tiempo; evitar que cometan errores o deslices que deterioren su imagen pública; y, muy importante, seleccionar la presencia o participación en eventos y citas que puedan resultar lucrativos, o fomentar el desarrollo de acuerdos comerciales con patrocinadores. Esto último busca hacer lo más rentable posible el periodo en el que un deportista logra mantener cierta fama exitosa, algo que, por ley de vida, suele ser un periodo relativamente corto, si lo comparamos con las etapas productivas de profesiones más convencionales. Así que, nos guste o no, hacen bien en aprovecharlo. En nuestro caso lo que ocurrió es que los representantes pidieron un montante de dinero bastante exagerado (más elevado en el caso de ella que en el de él; probablemente porque su agente debía de ser consciente que la casi obligada necesidad de incluir mujeres deportistas en cualquier evento actual, favorece el que puedan solicitar más). Desde luego mucho más de lo que sería razonable gastar por parte de una entidad pública, dedicada a la educación (pública) por asistir un par de horas a un acto de formación de alumnado en un centro educativo (público). Máxime cuando en ambos casos se trataba de deportistas que cobran becas reguladas por organismos públicos (o subvencionados públicamente). No es que estuvieran obligados a tener que acudir, ni mucho menos, pero nos hubiera sentado mucho mejor que hubiesen declinado el hacerlo por cuestiones de agenda y preparación, que planteando unas tarifas tan elevadas. De todas formas, lo que no quiero es que, de todo aquel asunto, permanezca alguna duda sobre el talante de sendos deportistas, o la más mínima animadversión hacia ellos, pues hay que recordar que, en ambos casos, con quien se trató el tema fue con sus representantes. Por lo que es muy posible que los deportistas en cuestión ni se llegaran a enterar de la propuesta.

Mi segunda “proximidad” con Saúl Craviotto fue una vez que participé en el Descenso Internacional del Sella. Yo estaba situado casi a cola del orden de salida, al disputarlo (es un decir) en la categoría de K1 veteranos. El y su padre partían desde la zona delantera así que no los vi en ningún momento. Pero al hijo sí que lo escuché, pues fue el encargado de hacer el pregón previo a la salida. Fue un pregón simbólico por su fugacidad. Lógico, teniendo en cuenta que nada más pronunciar las palabras, el pobre hombre tenía que bajar del puente de Arriondas, a toda pastilla, abrirse paso entre el gentío, para llegar a tiempo a la zona de salida, donde le esperaba su padre para palear juntos en un K2.

Con Craviotto padre coincidí en otra ocasión en el flamante estadio de piragüismo que acogió las competiciones de dicha modalidad en los JJOO de Barcelona 92. Acudí allí con mi club, hace relativamente poco tiempo, porque se nos había planteado una atractiva doble posibilidad: por un lado poder competir en una auténtica pista de velocidad; y por el otro probar a hacerlo en un K4. El viaje fue una paliza, pero mereció la pena porque, por lo menos para un piragüista “pardillo” como yo, permitió que accediera a un buen puñado de experiencias por lo general muy alejadas de las posibilidades cotidianas. Aquel día todo fueron regatas de 200 metros en línea recta. La pista disponía de anchas calles y unos pontones de salida fijos a los que había que acceder marcha atrás. No había viento ni corriente, con lo cual las condiciones eran perfectas para desarrollar la máxima velocidad… si es que tu técnica, dominio y cualidades físicas así lo posibilitaban (lo que no es mi caso). Para empezar disputé una serie eliminatoria en un K4 de veteranos que, en nuestro caso además, fue mixto. Keko (exdiploma olímpico en sus años mozos) iba a proa, con Javi (piragüista curtido y experimentado) a popa. En medio una ya bastante formada Aura de “dos”, y “yo” de tres para completar la tripulación. El resultado pasó desapercibido, pues no fue ni bueno ni malo. Pudo haber sido mejor, pero es que partimos con dos inconvenientes importantes, uno previsto y otro imprevisto. El primero es que no habíamos podido remar juntos antes de la prueba porque el barco era prestado y no estuvo listo de reparaciones hasta la noche anterior al viaje. Lo repentino sobrevino cuando remábamos en dirección a la zona de salida, y fue que a Keko se le rompió uno de los dos anclajes de la barra de apoyo de los pies, por lo que tuvo que remar como pudo toda la regata, mientras gobernaba un timón muy poco obediente. Pese a todo ello, la regata me resultó muy divertida. Todo un breve, pero tremendamente intenso, episodio de energía, frecuencia de palada, salpicaduras y sensación de velocidad. Auténtica secreción de adrenalina deportiva en un escenario olímpico. A media prueba a punto estuvimos de salirnos de nuestra calle por estribor, pero lo salvamos y acabamos la eliminatoria en alguna posición intermedia.

 
 El K4 al completo, de regreso de la la serie de velocidad.

Aquel día hubo del orden de sesenta regatas sin solución de continuidad, por eso de aprovechar el viaje en mi club, también me habían apuntado a una eliminatoria de K1 veteranos. Lo malo fue que como el remolque había viajado cargado de barcos, únicamente disponía de una piragua en la que apenas lograba mantenerme en equilibrio en condiciones de máxima tranquilidad de agua, escaso desempeño de velocidad por mi parte y, desde luego, ausencia de maniobras. Yo me temía lo peor y pasó lo que tenía que ocurrir: remé tranquilo hacia la zona de calentamiento pero, al intentar remar marcha atrás (ciar), y colocar la popa del kayak contra el pantalán de salida, volqué hasta dos veces seguidas. Aunque los árbitros se mostraron pacientes y pretendieron esperarme en una tercera tentativa, me apiadé de mis contrincantes directos de serie y opté por señalar mi retirada. La anécdota “conectada” de todo aquello es que en la calle de mi derecha había un piragüista veterano de aspecto muy fibroso y trabajado, barco afilado e impecable, y cara de gran concentración competitiva con altas dotes de motivación… era el padre de Saúl Craviotto.

Pero el bochorno se me pasó por la tarde pues volví a embarcarme con Aura para disputar una tercera regata: final directa de K2 mixto veterano. Disfruté como un enano porque paleamos muy rápido. Tanto que, aunque el nivel supongo que no era gran cosa, acabamos pillando “chapa” y a punto estuvimos de quedar segundos. Lástima que un par de veces estuvimos cerca de desequilibrarnos, y sendos apoyos mermaron nuestra excelente progresión. En cualquier caso fue otro momento genial, un magnífico colofón para aquel pasó por un escenario de historia olímpica.

 
Con Aura en el K2, terminada nuestra final en el Canal  Olímpico.

En el caso de Madrid (ya llego a ello), la ocasión tampoco me sirvió para conocer a Saúl Craviotto en persona, pero si para ahondar algo en su figura, y es que uno de los técnicos invitados era Miguel García, entrenador de Saúl y del “K4” olímpico español.  Autoridad para hablar del campeón no le falta pues están juntos desde que el medallista olímpico era junior. Un asunto que resultó interesante fue cuando explicó que el boom mediático extradeportivo de Craviotto (anuncios televisivos, su participación en Master-cheff, etc.), estuvo claramente programado desde la perspectiva de la planificación deportiva. Para ello se escogió un año post-olímpico. Algo que para muchos deportistas que basan sus carreras deportivas con los JJOO como eje de referencia prioritario, suele ser bastante habitual: el emplear dicho año como periodo de transición, descanso relativo, innovación en la preparación, etc. Eso sí, Miguel García nos aseguró que calcularon mal el impacto mediático que aquello podría alcanzar. Al parecer se quedaron muy cortos. Entre otras cosas se percataron de que las medallas olímpicas de un deporte modesto no alcanzan ni de lejos las dimensiones de popularidad que genera un programa de televisión de gran audiencia. En el lado positivo estuvo el retorno en forma de interés por parte de potenciales patrocinadores. Quizás en algún deportista con otro tipo de personalidad aquello hubiera podido desencadenar efectos negativos de cara al rendimiento, pero según parece, Saúl Craviotto es bastante “cuadriculado” (en un buen sentido) para los principales aspectos de su vida: el deporte de competición, su familia y su trabajo. Por lo visto es muy metódico y ordenado para sus rutinas, horarios y programas, por lo que aquellos asuntos se los debió de tomar de un modo exclusivamente profesional y sin dejar que interrumpieran sus principales objetivos vitales. En eso, la figura de un representante eficaz aparece como prácticamente imprescindible en el deporte de élite actualmente. Algo que corroboraron algunos otros entrenadores que pasaron por allí aquel día. Con respecto a lo que pueda dar de sí el rendimiento de Saúl en Tokyo 2020, el tiempo lo dirá. La clasificación de un K4 español en 500 metros ya está asegurada, así como la presencia de seis piragüistas varones en aguas tranquilas (hasta ahora han sido siete quienes han generado esas seis plazas). La evolución de resultados de Craviotto, acorde con la del piragüismo nacional de “tranquilas”, nos mantiene habitualmente en vilo, pues salta con facilidad del éxito a la frustración y viceversa, podría calificarse como de ondulante. En cierto modo, gracias a los esporádicos “fracasos” (no es justo valorarlos como tal), se generan los posteriores éxitos. Si no hubiera derrotas, muchos deportistas (y Craviotto dicen que es un claro ejemplo de ello) no se atreverían a afrontar cambios importantes en su preparación, por miedo a introducir variaciones en un método que haya demostrado éxito, lo cual, en una disputa tan abierta como son las pruebas de piragüismo de velocidad, en las que todo se decide en cuestión de décimas de segundo, puede ser un error que se pague caro, por puro estancamiento.

Finalizadas las intervenciones de Miguel García, me llevé una buena impresión de su persona. Tanto a nivel general, como en su faceta de técnico. También me ayudo a humanizar mucho más la figura Saúl Craviotto, más allá de su rol de deportista de élite y no digamos de “celebrity”. Me alegro por ello, con tantas conexiones, no descarto que algún día pueda encontrarme con él, a través de terceros, de modo casual e informal. Nunca se sabe. En cualquier caso: toda la suerte del mundo para Tokyo.

 
 Miguel García (a la izquierda) departiendo con los entrenadores de Carolina Marín y Javier Gómez-Noya. (Imagen: COE).

Saul Craviotto en acción. (Imagen: elplural.com).

Y a otra piragüista a la que se la espera en los próximos JJOO con justificadas expectativas es a Maialen Chourraut, nuestra brillante campeona en la modalidad de slalom de aguas bravas. No me encuentro muy cómodo escribiendo sobre su persona porque me consta que es muy reservada y muy celosa de su vida privada, de su entorno personal cotidiano y familiar. Pero, por otro lado, no pretendo adentrarme demasiado en todo ello. Lo que conozco se hizo medianamente público con la intervención de su entrenador (y marido) Xabi Etxanz, en aquella misma jornada técnica. De sus comentarios se desprendía que Maialen debe de ser una persona excepcionalmente fuerte psicológicamente, algo que, según él, muchas veces marca la diferencia entre el éxito final y el quedarse cerca. Parte de su labor como entrenador consiste en “frenar” su exceso de celo, trabajo y empeño, derivados de un doble componente de hiper-exigencia en el entrenamiento, y de disfrute sobre el kayak en acción. En los momentos previos a la acción competitiva, esta piragüista “no está para nadie”, y es mucho mejor que nadie “no habitual” aparezca por allí. Mucho mejor si se respeta al máximo la “normalidad” de lo conocido. Lo mejor, por lo visto, es dejarla sola con ella misma. En contraste, antes de que el cronómetro se ponga en marcha, cuando Maialen ya se encuentra subida al kayak, flotando cerca de la salida, ya se siente en su elemento y todo parece fluir a su alrededor.

La kayakista vive en la Seo d’Urgell donde puede entrenar a diario en el canal de aguas bravas que se creó para los JJOO de Barcelona 92. Se trata de una modalidad muy técnica en la que las repeticiones son innumerables, todas ellas con su correspondiente feed-back referido a la ejecución, y lo más próximo temporalmente a la misma. También incorporan mucho trabajo de visualización a su entrenamiento, el cual, por determinación personal de la deportista, se incrementa más aún como consecuencia de algún resultado peor de lo esperado o alguna frustración. Una especie de crecerse ante la adversidad, tratando de convertir en fortalezas lo que haya podido parecer un punto débil. Una filosofía muy espartana que en tantos casos se ha conocido a lo largo de historia del deporte.

Por el momento, las dos principales facetas de la vida de esta fantástica piragüista son su hija (Maialen Chourraut decidió ser madre en plenitud de su carrera deportiva) y su entrenamiento al máximo nivel. Lo primero es cosa suya, y hasta ahora los hechos han demostrado que no ha perjudicado a sus éxitos en lo segundo. Y eso a pesar de haber pasado de dormir casi 12 horas diarias (incluyendo siestas y reposos entre duras sesiones de entrenamiento) a, en ocasiones, apenas 5 o 6, entre desvelos y atenciones maternas. En cuanto a lo segundo, reconozco que envidio muy especialmente su pericia y su dominio. Desde niño siempre me sentí atraído por el piragüismo de aguas bravas, aunque, lamentablemente, no tuve ocasión de iniciarme en él. No es cosa de ponerme ahora, cuando me sobran actividades que practicar y no estoy en la mejor edad como para aprender lo más básico de una disciplina tan “bravía”. Pero siempre he pensado que alguien con buen dominio de ese deporte, debe de disfrutar tanto como yo lo hago cuando acometo un bonito y variado descenso de nieve virgen lejos de las pistas. Ambas son acciones imposibles para quién no posea los rudimentos técnicos necesarios, pero endiabladamente placenteras para aquellos que sepan evolucionar por tales entornos con facilidad. En su caso, admiro la integración de su dominio con lo atractiva que me resulta la modalidad… se lo tiene que pasar en grande, jugando entre rebufos, olas y rocas. Cuánto me alegro por ella.

 
 Xavi Etxanz posa a la derecha de todo. Lo acompañan el entrenador de los karatecas españoles más laureados y una de las entrenadoras del equipo nacional de gimnasia rítmica. (Imagen: COE).

 Maialen en su espumoso elemento. (Imagen: Getty, para Mundo Deportivo).

El resto de aquel fin de semana no tuvo desperdicio, aunque creo que no trajo consigo ninguna conexión más relacionada con el piragüismo. No hubiera sido normal, bastantes hubo ya, especialmente si tenemos en cuenta que se trató de un fin de semana de tierra adentro, marcado por motivos formativos y culturales. Para no haber tenido planteamiento de acción deportiva alguna, no estuvo nada mal.

martes, 31 de diciembre de 2019

SAN SILVESTRE


La despedida de cada año y la correspondiente nueva bienvenida, constituyen uno de los actos de celebración pagana más populares y globales que existen. Las maneras y actividades que elige la gente para homenajear este hito temporal son de lo más variopinto. En la mayoría de las culturas hay costumbres a las que una inmensa mayoría de personas se suman, y otras muchas de carácter más personal o minoritario. En todo caso, muchísima gente no se limita a una actividad en exclusiva (una cena, una fiesta, las campanadas, una reunión, un aperitivo, un concierto, etc.), sino que acumula varios ritos de distinta naturaleza en un lapso relativamente corto de horas, entre la mañana del día 31 de diciembre y la tarde del 1 de enero.

No soy lo suficientemente original como apartarme de tan marcada tendencia social, y yo mismo acumulo algunas costumbres que se vienen repitiendo en tales fechas desde hace años. Ceno en familia extendida el 31, participo de una fiesta privada esa misma noche, veo la retransmisión del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena al día siguiente y cocino y como en familia nuclear poco después de su finalización. Lo que no hago es tomar las uvas, aunque sigo el evento por la televisión. A todo eso, he de añadir, la realización de alguna actividad deportiva la mañana o la tarde del día 31.

Durante muchos años, creo que más de un par de décadas, dicha costumbre tomaba la forma de mi participación en la carrera popular de la San Silvestre santanderina. “San Silvestres” pedestres hay en abundancia. En España y en otros países, en múltiples ciudades y en poblaciones menores. No todas coinciden en el momento ni día concreto de celebración aunque, eso sí, rondan y están relacionadas con el fin de año. Y eso es porque toman su nombre del santo homenajeado el 31 de diciembre por la Iglesia católica: San Silvestre I.

Dicho personaje fue el trigésimo tercer Papa. El primero de la historia que no murió mártir. De hecho, le tocó en suerte vivir una época dulce para su credo religioso, un momento histórico de reconocimiento oficial en el Imperio Romano, lo cual facilitó que San Silvestre lograra ser el instaurador de muchas pautas organizativas del catolicismo oficial pionero, así como iniciador de algunas tradiciones culturales del mismo. Su fiesta coincide con el fin de año porque falleció el 31 de diciembre del año 335. Se le considera como un Papa de vida ascética, aunque creo que eso no tiene nada que ver con que a la gente le haya dado por salir a correr y a sudar un poco ese día. Lo que si tiene cierta gracia es que, en mitad de una celebración fundamentalmente pagana, haya millones de personas en el mundo que hagan de la carrera deportiva (una actividad igualmente pagana) uno de sus gestos festivos rituales y, sin embargo, lo denominen, masivamente, con una referencia del santoral católico. Cosas de la interacción histórico-cultural-religioso-social-etc. siempre tan compleja e indomable (desafortunadamente para tantos, como hay, aspirantes a gobernar y adoctrinar el pensamiento de las masas).

Resumiendo, a alguien le dio por organizar una carrera de fin de año, le puso el nombre del salto del día, hubo quienes se animaron a despedir con ello el año porque, seguramente, les gustaba correr, y el tiempo, poco a poco, se encargó de popularizar la idea, que fue replicándose por diferentes localidades del mundo.

Ese primer alguien tiene un nombre, aunque, como tantas veces ocurre, ni fue el primero, ni quizás de los primeros. Estando el brasileño Cásper Líbero en París, en plena década de los años 20 del siglo pasado, asistió complacido a la celebración de una carrera nocturna en la que los corredores portaban antorchas. De regreso a su país, decidió organizar su propio evento la noche de fin de año, y hacerlo de modo que se empezara a correr antes de las 12 del 31 y se finalizase ya entrado el día 1. Parece que desde el principio se la denominó como Corrida de São Silvestre. Aquello se produjo en la madrugada de 1925 a 1926. Entre sus intenciones estaba el usar la prueba para promocionar su periódico: Gazeta Esportiva, que fue fundado coincidiendo con la cuarta edición de la carrera (1928). Desde entonces el periódico se convirtió en el patrocinador, organizador oficial y propietario de la célebre carrera. Así pues, una vez más, la historia del deporte nos da otra muestra de un fenómeno muy común en lo que hace referencia a la fundación de eventos deportivos de gran tradición y abolengo: que fueron puestos en marcha y sostenidos por diarios de prensa escrita. Algo que fue muy habitual en el ciclismo y que también se dio en el esquí, el patinaje sobre hielo, el automovilismo, la aviación deportiva, etc.

En cuanto al territorio nacional, la primera en disputarse fue el Circuito de Nochevieja de Galdácano de 1961. Aquella carrera, sin embargo, no tuvo continuidad hasta 1973. Entre tanto, en 1964, un promotor deportivo gallego llamado Antonio Sabugueiro organizó en Madrid la San Silvestre Vallecana, la cual ha acabado convertida, sin lugar a duda, en la más multitudinaria de todas las carreras que se celebran en nuestro país en fechas próximas a la Nochevieja. Su participación ronda los 40.000 corredores. Dicha participación proviene de un proceso incremental que ha caracterizado a muchos grandes eventos deportivos populares, con las carreras a pie a la cabeza. Los maratones son un buen ejemplo de ello. La evolución de la participación en estos y otros tipos de eventos, en muchos casos, ha seguido un patrón de crecimiento exponencial. La original brasileña empezó con 60 participantes y en el año 2014 se plantó en 30.000. En cuanto a la vallecana, sobre ella han ido surgiendo diversas polémicas a lo largo de sus más de cinco décadas de existencia. Polémicas relacionadas con la masificación (se hizo oficialmente popular en los años ochenta), con las dietas solicitadas por algunas estrellas, con la privatización de la organización, con la deslocalización del recorrido con respecto al trazado original “de barrio”, etc. Muchas de ellas no han respondido a hechos aislados, sino que se han ido dando en otros eventos similares, en diferentes épocas. Recuerdo por ejemplo que, viviendo como estudiante en Madrid, en el año 1985, la carrera “popular” de Canillejas sufrió un descalabro organizativo importante, cuando, superada por una masiva participación popular, generó un conflicto en la salida de las grandes figuras contratadas para disputarla realmente. Hubo un boicot organizado por parte de muchos atletas participantes que lograron taponar y cerrar a algunas “vedettes”, teniendo que darse una salida falsa inicial, y otra posterior, corregida, más adelante. Además de las protestas, los gritos de “popular, popular”, los empujones y el caos organizativo, hubo agresiones físicas, como el derribo del británico Mike Mcleod, medallista olímpico en Los Ángeles. Todo aquello acabó siendo noticia en los medios televisivos e impresos. Los hechos, ocurridos a finales de noviembre, ejercieron de aviso para navegantes y quizás supusieron un antes y un después en la organización de pruebas callejeras populares que, a riesgo de hacerlo a golpes, iban pasando de ser eventos de dimensiones contenidas, a macro eventos populares.

Y es que durante la última década del siglo XX y la primera del XIX, se fue fraguando un fenómeno social que actualmente está totalmente consolidado: el que las masas de participantes (constituidas por cientos o miles de ciudadanos anónimos y no necesariamente atléticos) se hayan ido decidiendo (primero) y acostumbrando (actualmente) a tomar parte de todo tipo de eventos deportivos convocados sin requisitos previos clasificatorios o de nivel. Todo empezó, precisamente, con las carreras celebradas en las calles, las “populares”, aunque casi simultáneamente surgió en el “cicloturismo más o menos competitivo” de carretera, y, con el tiempo, replicándose como fenómeno en la natación, el novedoso BTT, el triatlón, etc. Ahora mismo ya se da casi en cualquier modalidad deportiva. Paralelamente, en cierto modo, en el lado de los organizadores, dicho proceso también parece haber ido sufriendo cierta metamorfosis mediante la cual más y más entidades o personas han ido deslizándose, con mayor o menor grado de desfachatez, desde una vocación pionera de popularización deportiva, hasta la oportunidad de negocio puntual lucrativo.

Y este fenómeno parece haberse dado en un caso concreto que he podido vivir de cerca, el de la San Silvestre santanderina. Tras mí ya mencionada larga fidelidad a dicha prueba deportivo-festiva, desde hace un par de años he decidido no volver a tomar parte en la misma, a menos que las cosas cambien y, en algunos aspectos concretos, se vuelva a lo que fue en su día: un evento popular y gratuito, al servicio de la ciudadanía.

La primera vez que asistí a este evento fue a principios de los años noventa. Lo hice como espectador, porque la corría (en la versión competitiva federada) un deportista al que entrenaba. Poco tiempo después empecé a tomar parte, siempre en plan festivo, como un acto deportivo con ánimo social y de encuentro, así como de entretenimiento previo a la cena de Nochevieja. En aquella primera ocasión que la vi desde la acera, no creo que la participación popular llegara a las 300 personas. Después, desde que empecé a “sudarla”, año tras año, la cosa fue creciendo. Los cientos aumentaron hasta superar el millar, y tan significativa cifra se fue doblando o triplicando, en función de las condiciones climáticas de la tarde en cuestión, aunque siempre dando muestras de crecimiento.

Tal incremento, lejos de achacarlo a mejoras organizativas, creo que se explica bien a través de varios factores ajenos a la entidad organizadora y que, igualmente, se han ido dando en otros eventos de similar naturaleza. Uno, la popularidad progresiva de las carreras “populares” (perdón por la redundancia, está expresada adrede). Dos, la tendencia del fenómeno San Silvestre en España (en los años sesenta se celebraban unas cuatro en todo el territorio nacional, y actualmente más de 1200). Tres, que, en el caso santanderino, los participantes hemos ido haciendo de auténticos embajadores (“influencers analógicos”) del evento, potenciando un boca a boca que fue haciendo crecer la participación hasta convertirla en un éxito en formato de quedada social ciudadana.

Y es en determinado momento de dicho proceso cuando, a la vista de los organizadores, pudiera, quizás, haberse dado el caso de que hubieran interpretado gozar de una cifra de masa crítica suficiente como para que la avaricia o el interés crematístico susurrasen a sus oídos y decidieran, de golpe y porrazo, empezar a cobrar (a convertirla en un negocio). Como la gente se mosqueó, las disculpas empezaron a correr por ahí. Primero la de tener que asegurar la prueba, justificación ridícula para quienes saben de cifras y costes al respecto. Más tarde otras de las que luego hablaré. El año fatídico del cambio de actitud, el del paso del interés cívico al, aparente, del negocio creo que fue el 2011. Y la cuota de inscripción se inició con 5 €. No está mal, para un evento que dura una media de 35 minutos, en el que el consistorio pone todas las facilidades (además del espacio público) y dinero, hay patrocinios varios y, para colmo, los regalos o avituallamientos de llegada empezaron a verse mermados de modo manifiesto. Lo de los regalos daba lo mismo, a nadie le hacían falta, y menos momentos antes de acometer una cena copiosa. Sin embargo, que su progresiva merma vaya coincidiendo con el inicio y aumento de tarifa de inscripción, hacía sospechar un significativo cambio de mentalidad operado en la mente del ente organizador.

Durante cuatro ediciones seguidas el precio se mantuvo, años en los que el “run-run” quejumbroso de parte de los participantes más asiduos fue en aumento. Entonces, creo recordar que en el 2016, la organización, apuntándose a una tendencia que ya empezaba a estar de moda, y que lamentablemente en algunos casos (afortunadamente no en todos) lo que provoca es un lavado de cara sentimental y poco efectivo, que aprovecha despertar la fibra sensible y la solidaridad de la buena gente, para captar clientes y disimular un buen negocio puntual, decidió “calificar” al evento como solidario. En realidad, lo que se hizo repentinamente solidario no fue el evento, sino el conjunto de participantes, quienes pasaron de pagar 5 euros a pagar 6, mientras que la organización pasaba de no dar nada a la Cocina Económica, a transferirle el montante de euros entonces añadidos.

Dos años más tarde, la inscripción volvió a verse incrementada hasta alcanzar los 8 euros, en la edición de 2017. Más tarde, los dos últimos años, nos han sorprendido con una errática oferta que ha ido siendo, sucesivamente, de un inmediato regreso a 6 (en 2018; quizás conscientes de que se les había ido la mano el año anterior) y un nuevo “re-incremento” a 7 para este fin de año. Esto es, a pesar del aumento de participación, de la crisis económica sufrida por los participantes, etc. El precio ha ido creciendo (de cero a 10, en el caso de los que lo dejen para última hora) en un periodo de diez años ¡Qué felices serían los pensionistas si vieran mejorado su poder adquisitivo un 100% en una década!. Y, entretanto, lo que sí se ha quedado congelado, es el donativo solidario, el cual, según declaran los carteles publicados por la propia organización, se ha mantenido en un pertinaz mísero euro (hasta 2017, porque la coletilla solidaria ha desaparecido de los carteles de las dos últimas ediciones).

Recapitulando, la evolución parece evidente: transformación de un evento popular gratuito en uno de pago, incremento de precios y aparición temporal de una causa solidaria cuantitativamente simbólica. Sin embargo, eso no ha sido todo. Creo que los atletas federados también tendrían algo que decir al respecto, porque han pasado, creo que desde 2017, de poder correr gratis en la “popular”, a tener que acoquinar como el resto de los mortales. Y es que aquel año se tocó el cielo en todo este asunto: además de batirse el récord de precio de la inscripción, también lo hizo el montante subvencionado por el ayuntamiento de Santander y es que sí, efectivamente, a pesar de tratarse de un evento popular-festivo que, desde que empezó a tomar verdadero arraigo participativo entre la ciudadanía empezó a costar dinero, y a pesar, también, del incremento del precio, el consistorio ha ido subvencionando la prueba año tras año (tengo datos desde 2011), llegando incluso a quintuplicar la cantidad, como fue el caso de 2017 (6000 €). ¡Qué tendría aquel año!.

Para quién tenga interés por las evoluciones y tendencias, muestro aquí un gráfico que refleja lo comentado hasta ahora. Las cifras de las subvenciones recibidas del ayuntamiento de Santander correspondientes a los años 2012, 2013 y 2014, no son exactas porque entonces las subvenciones recibidas no discriminaban entre lo concedido a otras pruebas organizadas por la misma entidad, cosa que si se hace a partir de 2015. Pero, tirando de porcentajes, un cálculo aproximado es muy sencillo de hacer, teniendo en cuenta la cantidad total y como han ido evolucionando las cantidades parciales concedidas a cada evento.

Eje vertical izquierdo: precio de la inscripción individual anticipada, precio de inscripción para federados y donativo publicitado en los carteles. Eje vertical derecho: subvención aportada por el Ayuntamiento de Santander (sin publicar aún lo concedido para el año 2019).

Se podrían añadir más datos, aunque no se ha hecho para no sobrecargar el gráfico. Por ejemplo, que desde 2016 surge otra fuente de ingresos mediante la aplicación de un recargo aplicado a todos aquellos participantes que se apunten más tarde del plazo fijado por la organización. Sí, dicho recargo también va en aumento, empezó siendo de dos euros y este año ya está fijado en tres. Este tipo de suplementos es habitual en muchos eventos deportivos, y tiene cierta lógica por dos motivos: estimular una inscripción anticipada para facilitar las labores de organización, y ayudar en las previsiones de masa de gente esperada para el día de la prueba. Lo que sin embargo choca es que, aun recargando la inscripción tardía, no se dan camisetas (ahora “kit de carrera”) para todos. No, la entidad cubre un número fijo de unidades, ya establecido bastante antes del cierre del periodo de inscripciones, y el resto, si se quedan sin ello, que arreen. Teóricamente esto ha de suponer que algún aproximado millar de personas se queden sin “kit”, pero, también es verdad que la cifra de “piratas” (personas que participan sin inscribirse) debe ser muy elevada, cosa que, con lo comentado hasta ahora, no es de extrañar que suceda, y menos en una sociedad como esta en la que la piratería alcanza una gran variedad de órdenes, ámbitos y clases sociales.

En todo este asunto hay dos colectivos que también se han visto afectados por la llegada de lo que aparenta ser una forma de feroz “capitalismo” mal entendido. Me refiero al de los estudiantes menores de edad y al de las familias. Vayamos con el asunto de los primeros. Como profesor de EF, durante varios años, ingenuo de mí, fomenté la participación de mi alumnado en esta carrera, pensando que el carácter festivo, animado y multitudinario de la misma pudiera tener algún efecto añadido, por pequeño que fuera, sobre la adherencia hacia el ejercicio físico. Aquello fue, lógicamente, cuando la prueba era gratuita. Con el paso de los años, he podido comprobar como otros docentes hacen lo mismo, aunque actualmente ya haya que pagar. Y, para colmo, algunos incluso dan puntos extra en la calificación de la materia por participar. Personalmente lo considero un disparate (nimio y leve, pero un disparate), y voy a explicar el porqué. Fomentar la participación en eventos deportivos está bien, siempre y cuando sean accesibles, gratuitos o ¡claramente! solidarios. Lo que, desde luego, no me parece nada bien es que parte de la calificación de una materia provenga de la inscripción (y pago) de una cuota, a una entidad privada, totalmente externa al sistema educativo, para participar en un evento ajeno a la programación del centro y a la de la materia en cuestión.

Todo este asunto se ve sobredimensionado en el caso de las familias. Más, cuanto más numerosas son. Sirva la mía como ejemplo, que realmente participó al completo en alguna edición. Si en 2010 lo pudo hacer gratis, pronto pasó a tener que pagar 25 euros y ahora la cuestión estaría en 35 (50 € si nos apuntásemos con retraso). No es la única, ni mucho menos, se ven varias el día de la carrera, yo mismo fomentaba la participación entre familiares y amigos hace años, incluida una de 8 miembros que acostumbra a tomar parte al completo (entre 56 y 100 €, “del ala”, según si espabilan o no a la hora de apuntarse). Apto para familias solventes, inaccesible para una familia de clase baja en plenas Navidades. ¡Si San Silvestre I levantara la cabeza!

Otro colectivo que ha tenido sus más y sus menos con la San Silvestre santanderina es el de las mujeres. Desde hace tres años, la misma entidad que la organiza, celebra otra marcha-carrera popular con el eslogan de la lucha contra la violencia de género. Se trata de una noticia excelente, no solo por lo que, en sí, en primer plano, declara el cartel anunciador, sino, especialmente, porque demuestra que las entidades pueden llegar a cambiar, en este caso concreto, a mejor. Lo digo porque la San Silvestre santanderina, durante bastantes años sostuvo una empecinada muestra de discriminación contra la mujer. No me refiero a la carrera competitiva-federada, sino a la expresión popular del evento. Recuerdo perfectamente, cómo, año tras año, cuando el recorrido discurría dando un par de vueltas por un circuito que llegaba hasta el extremo final del paseo marítimo en dirección al “Chiqui”, se establecían dos distancias diferenciadas por género: una vuelta para las mujeres y dos para los hombres. Lo peor no era eso, ocasionalmente habitual para la época, lo malo es que cuando una mujer pretendía completar las dos vueltas, porque le apeteciera o porque, sobre todo, corría en plan festivo en compañía de sus amigos o familiares, era vigilada, perseguida, abroncada desde la megafonía, e incluso agarrada para que no pudiera seguir. Es algo que vi con mis propios ojos y le ocurrió a algunas familiares. De hecho, algunas se saltaban las vallas del recorrido para poder dar las dos vueltas, otras giraban antes del paso por la recta principal, y las más se vestían con ropa “unisex” discreta, se recogían el pelo con gorra, gorro o buff, y se colocaban algo camufladas entre sus compañeros varones. Lo dicho, los tiempos evolucionan y, afortunadamente, la San Silvestre santanderina no ha sido una excepción en este asunto.

Pese a todo lo comentado hasta ahora, tengo que reconocer que, tal y como avancé al principio, he participado en la San Silvestre durante unas dos décadas aproximadamente. Una vez que empecé a hacerlo, no falté nunca, hiciera como hiciera. Hubo años de sorprendente calor, causado por la persistencia del viento sur en la ciudad, algunos de frío y otros, no muchos, de lluvia. Sin embargo, he dejado de hacerlo, desde la edición de 2017. Aquel año me di cuenta de cómo había ido evolucionando todo este asunto y decidí no tomar parte en él. Al principio pensé en participar de un modo reivindicativo, ideando para ello un dorsal alusivo a mi protesta. En un país en el que a la gente se le permite cortar vías de comunicación vitales, asaltar negocios privados y montar barricadas en las calles de las ciudades, de forma reiterada, para reivindicar todo tipo de asuntos, públicos o privados, legales o ilegales, constitucionales o no, por qué me iba a cortar al respecto. Sin embargo, como en el fondo, estoy en contra de la piratería, y cómo, además, lo que busco, el 31 de diciembre, es pasar un buen día cerrando el año deportivamente y sin crispaciones, lo que hago es, en función del día que haga, organizarme un buen plan de despedida. El año pasado fue subir al Moral en BTT para brindar con cava junto a un buen grupo de aficionados. Y este año ya veremos, algo haré.

Pero la causa principal de mi despedida de la San Silvestre santanderina, lo que realmente me hizo huir de ella, no fue la cuestión económica, ni todo este extraño talante que parece intuirse detrás de su organización. Lo que colmó el vaso de mi paciencia fue escuchar una agresiva voz por megafonía abroncándonos sin parar por estar corriendo sin inscripción o sin dorsal. No era la primera vez que nos caía una desagradable e insistente bronca a quienes habíamos cumplido con el pago, pero si la vez que, a lo largo de toda la recta de llegada a meta, más insistente e indiscriminado se hizo presente el chorreo propiciado por los altavoces. Nunca me ha sentado bien que a la gente nos riñan por lo que hacen los demás, que todos paguemos por culpa de otros. Es algo que, en ocasiones, hacen los gobernantes, demasiados colectivos reivindicativos, algunos directores, jefes y hasta madres y padres de familia, pero eso no lo justifica, y menos aun cuando quien te grita es el representante de una entidad a la cual has pagado. Aquel año, aquella actitud resultó tan desagradable, que decidí no volver a sufrirla. ¡Qué falta de modales, de empatía y de justicia!. Espíritu navideño brillando por su ausencia.

Cuestión de la megafonía aparte, considero que el ayuntamiento de Santander debería estudiar toda la deriva experimentada por este evento desde hace años, cotejar cómo es empleado el dinero que aporta, revisar las cuentas totales del mismo y reflexionar sobre lo que pretende conseguir a través de la prueba. Si lo que busca es celebrar una fiesta deportiva, realmente popular, creciente en participación y carente de dudosas sensaciones de lucro, debería exigir que la prueba sea gratuita. Durante todo el texto he empleado el término de entidad al referirme a la organización de la prueba. Lo he hecho porque ignoro si está constituida como asociación sin ánimo de lucro o como empresa. Son cosas muy diferentes, aunque en España, desde hace algún tiempo, son muchas de las primeras las que acaban funcionando como las segundas. Tal es el caso de algunas ONGs, entidades sindicales, federaciones o clubes deportivos, etc. Seguramente minorías, pero haber casos los hay y los ha habido. No se trata de meter a todos en el mismo saco (como ocurrió con el rapapolvo de la megafonía), pero si de comprobar a qué y para qué se da el dinero público.

En este sentido, han ido surgiendo ya algunas (pocas) voces críticas con algunos planteamientos que se están dando en el deporte en la actualidad. Aunque el deporte en España es un campo en el que los partidos políticos no parecen atreverse a entrar (por miedo, desconocimiento, falta de interés o vaya usted a saber qué), algún que otro “indignado” surge de vez en cuando, aunque rara vez se le haga caso por parte de los medios de comunicación. En el caso de la carrera está el ejemplo de Luis de la Cruz, que en su escueto libro “Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial” (Libros del Borde, nº 6), reflexiona sobre el cariz que, en su opinión, ha ido tomando el correr en la sociedad actual. Su posicionamiento político es bastante evidente hacia un lado concreto del espectro actual, es probable que exagere en algunos de sus contenidos, pero, su reflexión resulta interesante y no exenta de cierto fundamento. Aquí os dejo con unas declaraciones del mencionado autor.

“El interés primero es el propio personal y el que cada uno quiera, pero el discurso creado alrededor del 'running' sirve a los intereses de la clase dominante de extender la ideología del capitalismo contemporáneo, una ideología que incluye el individualismo extremo y la aversión al trabajo en equipo. Hay una visión moral del correr, no es solo una práctica deportiva ya que está bien visto y está relacionado con el culto al cuerpo. Se asocia ser una persona exitosa con practicar deportes bien vistos por el 'establishment'. Por esta razón es recurrente la imagen de políticos corriendo en campaña electoral”.

Al autor lo escuché hace tiempo, presentando su libro en la librería La Vorágine. Pese a que sus tesis no me convencen plenamente, sí que aporta algunas pistas muy interesantes que deberían tenerse en cuenta a la hora de analizar el consumo febril que gran parte de la sociedad actual muestra con respecto a la práctica deportiva, los enseres “necesarios” para la misma, la “titulitis” de resultados y el negocio de los eventos multitudinarios. Personalmente agradezco de que haya emprendedores que lo intenten con la organización de eventos de pago. Sin embargo, me preocupo cuando algunos de ellos se esconden detrás del formato o epígrafe normativo de entidades sin ánimo de lucro, para evitar pagar tributos, tasas, sueldos, contrataciones, etc. Y, además, cobrar subvenciones públicas. Yo mismo participo ocasionalmente en eventos deportivos de pago, pero procuro tratar de distinguir que es lo que hay detrás de ellos, aunque seguro que nunca acierto de todo con el diagnóstico. Y es que resulta muy difícil establecer límites a la hora de considerar cuando una asociación, club modesto, o cualquier otro tipo de organización, monta algo para sobrevivir, promocionar el deporte o financiarse “malamente”; o cuando lo organizado podría ser interpretado como todo un negocio encubierto. Tampoco nos corresponde hacerlo a lo usuarios, aunque eso sí, tenemos todo el derecho a poder decidir si participar o no. Y lo mismo que puede darnos por recomendarlo, igualmente tenemos derecho a desaconsejar la participación. En el caso aquí expuesto, habrá quienes lo consideren un auténtico evento de promoción deportiva, otros una especie de cotillón deportivo “sacaperras”, y, la mayoría, no se planteen nada en absoluto.

En cualquier caso, como no puede ser de otra manera, llegado cada fin de año, que cada cual lo celebre como quiera, se divierta y lo disfrute. Corriendo, bailando, brindando con cava o reuniéndose con quien le apetezca, sean muchos o pocos.

¡Feliz 2020!