domingo, 15 de agosto de 2021

NO SIEMPRE LAS BICICLETAS SON PARA EL VERANO

Menudo año aciago que llevo desde el punto de vista ciclista. Estoy montando poquísimo. Así que “ando” poco. Más bien me arrastro. Me da pereza salir a entrenar (por llamarlo de alguna manera) y cuando lo hago, más bien me lo tomo como paseos de investigación y búsqueda de carreterillas escondidas y desconocidas, nada de largas cabalgadas. Además, ha dado la casualidad de que este año no he planeado ningún viaje ciclista, sino basados en otros de los medios de locomoción con los que también me gusta viajar. Hay semanas de verano en las que las únicas pedaladas que doy son las que van de casa a la playa (600-800 metros) y vuelta. Eso sí, al menos tengo que superar una cuesta de plato pequeño en el trayecto. Así que no es de extrañar que un día que acometí un recorrido típico de por aquí, de unos 100 km con tres puertos, llegara a casa baldado y me pasara toda la tarde tumbado en el jardín leyendo. En fin, un desastre.

A cambio, el Tour para nada me ha parecido un desastre, lo he disfrutado mucho. Al principio sí que pensé que pudiera resultar empobrecido a causa de tantas caídas y candidatos a la general fuera de juego, pero resulta que finalmente no fue así. Confieso que esperaba una reedición del mano a mano del año anterior entre los dos eslovenos, pero no ha podido ser a causa de las consecuencias de la caída de Roglic. Que éste hubiera plantado cara a Pogacar o no, nunca lo sabremos. Seguramente, el público general y los periodistas, que siempre se cargan de razones a toro pasado, aseguren que el segundo estaba intratable, y que el otro no hubiera tenido nada que hacer. No lo sé, es imposible saberlo, aunque a mí, me parece que la diferencia que ha demostrado Pogacar con respecto al resto de competidores este año, ha sido parecida a la que mostraron los dos eslovenos con respecto a los demás en la edición anterior. Da lo mismo, todo esto no son más que conjeturas sin sentido.

Lo que no son conjeturas es lo que ha pasado con el Jumbo a raíz de la retirada de Roglic. No ha sido nada personal, hubiera ocurrido ante la desaparición de cualquier otro líder. Lo que ha sucedido es que un gran equipo, que estaba estratégicamente programado para arropar, defender y trabajar para un líder con claras opciones de victoria en la general, se quedó sin él. ¿Y entonces qué? ¡pues fuego y fuego! Libertad de cátedra y a dar palos aquí y allá. Kuss se lanzó a por la parte del pastel que le correspondía y ganó su etapa de montaña. Lo hizo ascendiendo con soltura, con un estilazo de aparente facilidad que ya había mostrado hacía dos años en la Vuelta. Lástima que ello supusiera que Valverde no haya podido despedirse (supongo) del Tour con una victoria de etapa.

Luego está lo del chaval… Vingegaard. El tipo no solo acabó en incontestable segundo puesto, sino que incluso fue el único que demostró ser capaz de dejar de rueda a Pogacar en algún momento de la pugna de cabeza. Este caso es muy interesante porque muestra a las claras una cosa que todos sabemos, pero acostumbramos a olvidar: que haber, la mayoría de las veces, habría más potenciales candidatos de los que pensamos para la victoria final. Lo que pasa es que las férreas disciplinas de equipo evitan que afloren las posibilidades y los estados de forma reales. Esto no es nuevo, se ha dado a lo largo de casi toda la historia del ciclismo, especialmente a medida que la profesionalización de los equipos fue cobrando mayor consistencia. Pero no hay más que acordarse de Hinault y Lemond, aparte de algunos otros casos visibles. ¿Y qué hay de los invisibles? Incontables, sobre todo en el seno de “equipos-apisonadora” ganadores. Total, que gracias a la retirada de Roglic, tenemos un nuevo gallo en el corral.

Lo un corral con varios gallos, es algo raro de ver hoy en día. Casi cosa de “cuatro” ciclistas (algunos de ellos iberoamericanos) que tienen tendencia a pasarse la disciplina de equipo por la badana del culote. Los hay que, de hecho, después de haberse pasado la vida atacando a sus compañeros de equipo, ahora que no los disfrutan, demuestran haberse quedado en nada. En cualquier caso, para evitar que las indisciplinas resulten explícitas y, a la vez, fomentar la batalla y abrir la puerta a los “outsiders”, yo soy de esos nostálgicos que preferirían un ciclismo sin pinganillos. Y es que, aunque quizás esté equivocado, este deporte me gusta más vivirlo como individual.

Pero, por encima de todo, para mí (y para mi amigo Jesús, a quien saludo desde aquí) el hombre Tour del año, el rey de la carrera, ha sido otro, uno que ni siguiera se ha enfundado el maillot amarillo: Van Aert. ¡Qué espectáculo! Qué generosidad de esfuerzo, qué polivalencia y qué manera de entender el ciclismo como guerra sin cuartel, desarrollada batalla a batalla. Parece evidente que este purasangre de largas extremidades e imponente planta sobre la máquina había llegado justo de forma a la carrera. Quizás, gracias a ello, la ha ido cogiendo o depurando día a día. Y si la carrera hubiera durado más, no sé qué habría pasado. Empezó trabajando sin escaqueos para su equipo, pero luego, otro más, se topó con margen de maniobra, y se ocupó, básicamente de dos cometidos: uno, estar siempre ahí, delante, cuando las cosas se ponían tensas de verdad; y dos, ganar etapas. Pero no cualquier etapa, sino un prestigioso catálogo de etapones.

La colección empezó con el Mont Ventoux ¡nada menos! Y ascendido dos veces ¡por si fuera poco! La segunda de ellas por su ruta más dura y característica desde Bédoin. La conozco, la he sufrido, “larga pero dura”, agotadora. Quien no la haya ascendido pensará que aquel final alopécico de vegetación, pedregoso, blanquecino y descarnado, es lo peor. Se equivoca. Lo que allí sucede (salvo que sople el viento en contra), es que los ciclistas llegan ya masacrados, así que los ataques se hacen más evidentes y saltan las diferencias con mayor facilidad. Pero es a costa de los dos primeros tercios. Curiosamente los boscosos, los que nos hacen llegar hasta el Chalet Reynard. Y es que antes de llegar allí se acumula un importante kilometraje de porcentaje constantemente duro. Eso sí, arriba de todo, justo en la cúspide, en la base de la antena, hay una última rampa de morirse, la más pendiente de todo, lo que pasa que es muy corta y que, además, ya has llegado. Pues por aquel escenario se paseó Wout, con su maillot belga, ascendiendo a lo campeón, a ritmo, con un pedaleo fluido y constante, sin rachas, amagos o escorzos forzados para a galería. Daba gusto verlo. Subir y luego bajar, cosa que hace sin fisuras. Porque, como su acérrimo oponente (que ya no andaba por allí desde hacía días), este chaval, aparte de “andar” en bici, sabe “montar” en bici, parece que ha nacido con ella puesta ¿será genético o cultural? ¿quizás efecto de las Grandes Clásicas? ¿o del ciclo-cross? Creo que todo junto.

Wout Van Aert concentrado en su segunda ascensión al Mont Ventoux (Imagen: imago en euroesport.es)
 

No contento con aquello, el día de la última CRI nuestro ciclista salió de toriles con una idea fija en la mente: fuego y fuego y a ver qué pasa. ¡Menudo torbellino! No perdió la compostura en ningún momento y, a más de 51 km/h de media (que se dice fácil), derrotó a todos los contrincantes. Sí ya sé que el maillot amarillo pareció tomarse las cosas con calma porque tenía margen, pero el resultado ahí está y además, vista la aparente tendencia de rendimiento de todos los corredores a lo largo de la última semana de carrera… la mayoría parecían ir decreciendo, mientras que Van Aert iba en aumento. Con el crono en la mano, que es lo que cuenta, ¡incontestable!.

Tal fue así que, al día siguiente… ¡sorpresa! ¿o no tanto?. No para mí, y me consta que tampoco para algunos otros. El Tour tocaba a su fin. París, Campos Elíseos. Etapa mitad fiesta, mitad espectáculo. Relajo durante la aproximación a la capital y alardes de velocidad en las vueltas al circuito urbano de las grandes avenidas y el Arco del Triunfo. ¿Favorito? Mark Cavendish, a punto de superar a Eddy Merckx en número de victorias de etapa en el Tour. Al británico, vestido de verde, le había estado acompañando toda una legión de pretorianos de su equipo, a una minutada de distancia por detrás, cada vez que una etapa presentaba un perfil con elevaciones. Ciclismo artificial, de ese de equipo sacrificado, poco o nada individual. No tengo nada contra Cavendish ni los demás esprínters, también es parte del espectáculo y, en ocasiones, vertiginosamente emocionante. Pero el último día los equipos ya iban cansados y diezmados, y los individuos también. Menos uno, parece ser. Cuando la meta se aproxima, Van Aert anda listo, no se despista y, como tiene fuerzas y mucho oficio, se coloca muy bien y maniobra con maestría desde unos dos kilómetros antes del sprint final. Y en la recta, a pocos centenares de metros, se lanza en pugna con los demás, los supera y (él sabrá cómo consigue alargar esa potencia más de lo habitual) de forma que ninguno logra adelantarlo. Me quito el sobrero: Mont Ventoux, CRI y sprit final.

¿Alguien ha dicho artificial? Sí, he sido yo. El día de la última CRI me estuve fijando en todas las bicicletas específicas para ese tipo de pruebas. Hace ya un tiempo que me había percatado de que llevan un manillar que durante bastante tiempo, cuando se inventó (allá en la época de los récords de la hora de Boardman), fue pronto prohibido por la UCI, tan caprichosa ella en sus normativas. El caso es que ahora mismo, insisto, desde hace tiempo, ha quedado implantado definitivamente. No me refiero al acople que solemos llamar de “triatlón”. Sino al manillar en sí mismo, ese que les sirve para agarrarse al arrancar y, si acaso, superar alguna rampa muy dura o trazar alguna curva especialmente difícil. Si nos fijamos bien en ellos, tienen dos características comunes a todos. Por un lado, son muy aerodinámicos (con diferentes perfiles). Y por el otro, están colocados muy bajos, más o menos a la altura del movimiento de las rodillas. En la época de la prohibición, el organismo federativo alegaba que ese manillar ejercía un efecto deflector que reducía el flujo de aire que chocaba contra el movimiento (más o menos circular, en función de las diferentes articulaciones) de las piernas. El movimiento del pedaleo constituye una especie de gran ventilador (bielas y piernas) que avanza contra el aire, a una media de unos 50 km/h, generando sus propias turbulencias al rotar a unas 100 rpm. Es, junto con las ruedas, pero con mucha más superficie frontal, el mayor freno aerodinámico del ciclista a altas velocidades. Como siempre hay incrédulos por aquí y por allá, voy a pediros, a aquellos que montáis en bicicleta, que recordéis lo que sucede cuando bajando una pendiente alcanzáis velocidades iguales o superiores a aquellas en las que sería eficaz seguir dando pedales. Lo que ocurre es que cuando dejas de darlos corres más, y si empiezas a pedalear de nuevo ralentizas el desplazamiento. Es fácil de experimentar en condiciones apropiadas. Total, que, vistos los modelos y disposiciones de los manillares actuales, creo que esa ventaja aerodinámica añadida está ahí, eso sí, para todos. Lo que me llama la atención es cómo se ha ido incorporando, poquito a poco, centímetro a centímetro, como a la chita callando. Bueno, en realidad no lo sé quizás haya sido mediante un cambio normativo repentino y yo no me haya enterado. Y es que, la verdad, no sigo demasiado la actualidad ciclista.

Pogacar en la primera CRI del Tour, en la cual arrasó. La altura de su manillar, como la de todos hoy en día está a un nivel que durante tiempo estuvo prohibido. Lo mismo que algunas de las formas aerodinámicas de los mismos. (Imagen: noticiclismo.com).

Este es Boardman durante uno de sus intentos de récord de la hora. Aunque la prensa se empeñó en llamar la atención sobre la "postura superman" propuesta inicialmente por Obree, un aspecto clave fue ese manillar deflector más bajo. Tanto, que partía de la base del tubo de dirección. Ahora, pese a que parte de la parte superior, la altura y formas son muy similares (y sus efectos). (Imagen: www2.nando.es)

 
esta diapositiva la estuve utilizando durante años en mis cursos para entrenadores de triatlón y directores deportivos de ciclismo. El gráfico de la derecha proviene de una investigación científica ajena y muestra de modo muy gráfico el efecto aerodinámico de las partes estáticas y móviles del cuerpo ciclista.

Pero, aunque mi actividad ciclista veraniega haya sido escasa, no quita para que haya seguido manteniendo algo de contacto con la atmósfera cultural que lo rodea. Tal ha sido el caso de un par de autores que ya podemos considerar clásicos en la literatura ciclista nacional. Con Marcos Pereda quedé un ventoso y frío día cantábrico para tomar un café. Uno de esos que yo denomino largos e inteligentes, en los que lo de menos es el café, pues lo relevante es disfrutar de una prolongada e interesante conversación, sin interrupciones, con alguien que, como él, merezca la pena. Hablamos de su trabajo como periodista, de ciclismo de actualidad, de ciclismo de otras épocas, de sus peripecias rodadas o inquisitivas por Andorra, y de sus próximos proyectos. Además, me presentó, y dedicó, un ejemplar de la segunda edición de su exitoso “Arriva Italia”. Le reconocí que ignoraba que hubieran publicado una segunda edición y me explicó que sí, que lo ha hecho Libros de Ruta, editorial a la que, por su tenacidad, todos los aficionados a la lectura y el ciclismo deberíamos estar agradecidos. En condiciones normales no tendría demasiado sentido hacer referencia de una 2ª edición, salvo para animar a aquellos que no hayan leído la primera a que lo hagan, porque el libro es bueno y se agotó. Lo que pasa es que la segunda trae nada menos que 80 páginas añadidas completamente nuevas. ¿Se trata de una especie de contrataque al último libro de Ander Izaguirre? Sin ninguna duda… ¡No!. Apenas hay un mes de diferencia entre la publicación de ambos, y ese lapso, en términos editoriales, resulta prácticamente inexistente. Se trata de una coincidencia. Una feliz coincidencia.

El libro de Marcos Pereda. El rosa está de moda en la literatura ciclista de este verano. (Imagen: ciclismoafondo.es).
 

Las nuevas páginas, el contenido extra del libro son diferentes. O al menos así me lo han parecido. Abordan historias caprichosamente escogidas por el autor, también referidas al Giro, pero de épocas anteriores y posteriores a lo tratado en el cuerpo general del libro. Merece mucho la pena, por ejemplo, la condensada y amena contextualización histórica que Marcos aporta sobre la Italia de antes del primer Giro y su conexión con el peculiar proceso de fundación de la carrera. En cuanto al estilo narrativo de esta especie de “bonus track” es diferente al del libro original o primigenio. Aquí el autor se vuelve más canalla, malhablado… raquero, aunque sea de Torrelavega. Juega mucho con el lector, con los corredores, las figuras históricas e inserta ironía (y a veces mala leche) a paladas. Los nuevos capítulos, en general, se asemejan más al ritmo, estructura y estilo que el autor suele utilizar en sus crónicas periodístico-literarias en otros medios. En cierto modo, al leerlos, pareces estar escuchándoselos contar al narrador en cualquier bar, en plena tertulia desenfadada, lubricada con copas para todos.

Cartel de la actividad. Todo un honor acompañar al autor.

Sobre el libro de Ander ya escribí unas pocas entradas atrás. A raíz de aquello, intercambiamos algunos correos y finalmente nos encontramos con ocasión de su presentación en Santander. Me pidieron que los acompañara a él y a su nuevo libro, y juntos mantuvimos una entretenida tertulia delante de una treintena de asistentes sentados, y muchos transeúntes o curiosos que pasaban por allí y se quedaban un rato a escuchar. Y es que, por esto de las restricciones, la librería Gil tuvo la feliz idea de montar el “salón” en la calle, en los soportales que conforman su fachada. El lugar es muy acogedor, la tarde acompañaba, soleada y templada, y la gente respondió. Conseguimos atrapar la atención del aforo hablando del Giro, sin apenas dedicar palabra ni a Bartali, ni a Coppi, ni a Magni. Y es que la historia del Giro y el fenómeno sociocultural del ciclismo en Italia dan mucho de sí. Si a Ander se le nota que le gusta escribir, tanto o más le sucede con lo que respecta a hablar. No escatima, tiene ritmo, soltura y mucho que contar. Me lo pasé muy bien con él. Además, fue una nueva oportunidad de encontrarnos y, al margen del acto en sí, poder volver a conversar en privado, entre otras cosas, de algunas de las aficiones comunes que compartimos.

La presentación en curso. (Imagen: Librería Gil).
 

Con ambos libros he tenido una sensación muy similar con respecto a un detalle menor. Me ha dado la impresión de que, estilos e intenciones de autor aparte, quieran ellos o no, sea voluntario o inconsciente, trasmiten ciertas diferencias de tratamiento de sus contenidos cuando estos tienen que ver con hechos pasados, respecto a otros que los autores han podido ver directamente (en pantalla) porque han coincidido con ellos como público ciclista. Ante carreras o etapas que estos escritores han podido vivir en tiempo real, sus relatos se me hacen mucho más personales. Les percibo como mucho más liberados del peso de la historia, del consenso bibliográfico, de las fuentes. Sus interpretaciones se vuelven más propias, menos compartidas con la opinión generalizada y, por lo tanto, pueden acabar generando conclusiones o juicios de valor más alejados entre sí, y del propio sentir que cada lector podamos haber retenido de cada situación, por haberla vivido también de un modo “directo”. Con todo esto no quiero decir que el resultado sea mejor o peor. Simplemente es distinto, claramente diferente. Personalmente tengo mi preferencia al respecto, pero no viene al caso. Lo pertinente es preguntarme a mí mismo si, en mi modesta actividad narrativa, ocurre algo similar. Si mi tratamiento de los contenidos cambia mucho de cuando doy cuenta de hechos que no he vivido o conocido en tiempo real y por tanto están basados en fuentes, con respecto a otros de los que he sido o soy contemporáneo. Y cuando me lo cuestiono, tengo que reconocer que sí, que cambio el talante de mi narración. De modo inconsciente y no premeditado creo que la hago más personal, más particular y discutible, especialmente, esto último, por parte de otros testigos contemporáneos.

Ya queda bastante menos verano del que ha transcurrido. Los maizales de mis alrededores están muy altos y serán cosechados en breve. Sigo sin planes ciclistas a la vista, pero eso no quiere decir que no esté disfrutando las vacaciones. Ni mucho menos.

 

 

sábado, 31 de julio de 2021

CARDAN

Esta entrada ha sido trasladada al Blog: Viajar inclinando. Específico sobre motos.

ENLACE NUEVO 

jueves, 15 de julio de 2021

LUTOS

Hasta que empezó la pandemia, el entrenamiento semanal del equipo de hockey sobre patines del que formo parte se había convertido en una de esas citas ineludibles que, además de divertirme y permitirme desconectar totalmente de cualquier preocupación, garantizaba una sesión de trabajo físico bastante extenuante. Después, todo se detuvo durante el confinamiento y en la temporada siguiente, aunque regresamos con ganas y todo empezó bien, hubo que suspenderla por el cierre de las instalaciones cubiertas. En fin, que llevamos, prácticamente, dos temporadas en blanco. Y lo echo de menos.

En las fases previas al coronavirus, nuestro entrenador era Lolo. Lo llevaba bien, nos entendía bastante desde el punto de vista humano y era perfectamente consciente que somos unos paquetes, y de que cualquier pretensión de enseñanza táctica, a estas alturas de nuestras vidas deportivas, es una quimera. Así que nos animaba el entrenamiento con ejercicios técnicos dinámicos, unos modestos movimientos tácticos y nos organizaba la pachanga final. Además, bromeaba con nosotros, nos contaba historias del hockey y templaba cada vez que alguna disputa o conato de violencia física o verbal surgía a causa de los lances del juego. Lolo nos comprendía. Con él viajamos a algunos torneos de veteranos a Asturias y Galicia. En realidad, nuestro equipo era la menor de sus responsabilidades dentro de su puesto de coordinador de la sección de hockey patines de la RS de Tenis de la Magdalena. Éramos pues una anécdota en sus quehaceres. Al fin y al cabo, un grupo de amigos de una edad muy cercana a la suya.

Pero llegó un momento en que se vio forzado a dejar de entrenarnos por culpa de una enfermedad maliciosa que le anduvo persiguiendo y acosando con insistencia. El mal venía y se iba, huyendo de sucesivos tratamientos, por lo que Lolo tenía momentos mejores, incluso muy esperanzadores, y otros peores. La cuestión es que, primero por culpa de la enfermedad y después por la pandemia, el caso es que dejamos de vernos, aunque una vez me llamó para darme las gracias por haberle incluido en la dedicatoria de mi libro Homo Skater.

Tiempo después, concretamente en mayo de 2021, un compañero de entrenamientos me avisó de que Lolo estaba sufriendo una nueva embestida de su enfermedad. Habían pensado en ir a verle, invitarle a comer y culminar la reunión con un partido amistoso contra el equipo de veteranos del Centro Asturiano de Oviedo. Me apunté sin dudarlo. Para mí el partido era lo de menos. Esta vez lo importante era poder verlo a él, porque, quién podría saberlo, quizá fuera nuestra despedida.

Viajamos repartidos en varios coches, hablando mucho porque hacía tiempo que no nos reuníamos. Llegados a Oviedo, recogimos a Lolo en su casa. Se había arreglado para la ocasión y se alegró mucho de vernos. Nos fue saludando a todos, uno por uno, con sinceras palabras y cariñosos abrazos. Se le veía contento de vernos y del plan. Así que, sin demora, nos fuimos a comer al impresionante edificio que el Centro Asturiano posee dominando sus instalaciones deportivas, cuidadas y ordenadas sobre las verdes laderas de algunas de las elevaciones que rodean Oviedo. Los jugadores veteranos del Centro se nos unieron en la comida, compusimos tres grandes mesas y lo pasamos muy bien en la comida y la sobremesa, durante la cual entregamos algunos regalos a los contrincantes y, por supuesto, a Lolo. Al ir avanzando la tarde, nuestro amigo fue dando muestras de fatiga, molestias y, finalmente, incluso dolor. Llegó el momento de que alguien lo llevara a casa y nos despedimos de él con evidentes, aunque mudos, malos presagios.

Después vino el partido, en el cual sufrimos una escandalosa goleada que teníamos prevista. Ellos son mucho mejores y, por lo que nos contaron, no habían parado de entrenar, salvo durante el confinamiento. Nosotros andamos muy lejos de su nivel y, para colmo, llevábamos dos temporadas sin rascar bola y casi un año sin ponernos los patines. Pero disfrutamos y lo pasamos bien.

Los dos equipos, posando con el homenajeado en la fachada del Centro Asturiano.

Lolo recibiendo una camiseta de regalo de nuestros contrincantes.

 
A punto de empezar el partido.

Fotos 3= fachada sin marcarilla, equipo con mascarilla y Lolo camiseta.

Tres semanas después nos llegó la noticia. Lolo falleció el 4 de junio. Por lo visto, muy poco después de nuestro regreso tuvo que ser ingresado y, a partir de entonces, el desenlace su fue precipitando. Fuimos afortunados de poder despedirnos de él con algo de calidad vital y humana y, sinceramente, viéndolo disfrutar de aquello. Aquella visita deportiva se convirtió en nuestro homenaje.

Manuel José Fernández López, Lolo Fernández en el mundo del hockey sobre patines y, sencillamente Lolo en el hockey asturiano, tuvo una larga trayectoria como jugador y entrenador de ese deporte. Fue un buen portero. Se formó el CP Santo Domingo El Chico de Oviedo, en el que conquistó dos Campeonatos de España, para más tarde llegar a jugar en División de Honor (actual OK Liga). Posteriormente, también jugó en el Flix (Tarragona, allí donde el Ebro dibuja una hermosa hoz, excavando un profundo cañón, cubierto de vegetación en su umbrío lecho) y en el CP Tenerife.

Lolo es el primer portero a la izquierda. Aquí eon el CP Oviedo, muy jovencito. (Imagen: fpasturias.es).
 

Más adelante, como entrenador, se inició en las categorías inferiores del Colegio Santo Domingo. Posteriormente paso por varios clubes como el Oviedo Roller, el Cibeles o el Esfer, antes de dirigir al CP Mieres en 1ª División Nacional. Entre sus logros allí, estuvo el de conseguir mantener la categoría, nada desdeñable ante el poderío catalán (y gallego) en este deporte. Antes de llegar a Santander, ejerció como técnico en el Hostelcur Gijón femenino, el Biarrtiz Olympique francés y el Asturhockey de Grado (en Primera División). Así pues, toda su vida dedicada a este deporte. Un claro ejemplo de la pujanza y pasión que por el mismo se dan en Asturias. Desde aquí mi modesto homenaje.

Aunque no me considero un auténtico fan, pues tiendo a desmitificar mucho las hazañas deportivas y, desde luego, no las hago extensivas al resto de cualidades humanas de quienes las logran, reconozco que siento especial predilección por la trayectoria deportiva de Mathieu van der Poel. Ya he escrito algo sobre él en este espacio, pero, desde entonces, el chaval sigue sin defraudarme, continúa ofreciéndonos espectáculo ciclista y algo más… Lo último, puramente deportivo, fue el salvaje demarraje sostenido (no como los de otros que amagan unas decenas de metros y se paran) cuesta arriba, alcanzando velocidades de escándalo ante porcentajes de en torno al 9%, con el que ganó (y apabulló) en la victoria de la 2ª etapa del Tour de Francia 2021. Se lo dedicó a su abuelo, Raymond Poulidor, fallecido en noviembre de 2019. Poulidor participó en 14 ediciones del Tour, finalizando la carrera en 12 de ellas. Cosechó tres segundos puestos en la general y cinco terceros, además de siete triunfos de etapa. Sin embargo, Pou Pou se hizo famoso como el “eterno segundo” por su peculiar palmarés, eclipsado por coincidir con dos astros sucesivos como fueron Jacques Anquetil y Eddy Merckx. De hecho, aquel abuelo jamás llegó a vestirse de amarillo. Así que su nieto arrancó con ese poderío inigualable que atesora, dejando a todos sentados, para ganar la etapa y, de paso, vestirse de amarillo, con la idea de resarcir a su estimado abuelo. Fantástico homenaje postrero.

En cuanto al “algo más” que he dejado caer antes, fue otro homenaje previo que casi me conmovió más. El día de la primera etapa, estaba viendo la retransmisión televisiva con una de mis hijas, cuando un maillot dentro del pelotón me llamó la atención. Morado (o fucsia) con las mangas amarillas. No lo dudé y le dije a mi hija – hay un equipo que ha fusilado el diseño de un maillot clásico, el del Mercier -. Al cabo del rato nos dimos cuenta de que era, precisamente, el equipo entero de van der Poel y añadí - ¡qué gesto! Me encanta que recuperen a los clásicos, era una réplica del que llevó su abuelo muchos años -. Después nos llegaron las explicaciones de los comentaristas, aclarando que todo el equipo se había vestido así para la primera etapa como homenaje a Poulidor. Me pareció una idea genial, y un bello juego de refresco y reivindicación de un ciclismo clásico que tanta eficacia ha tenido a la hora de cimentar un deporte que es como es porque se ha ido construyendo sobre cimientos de tradición, épica, historia y, sobre todo, pasión espectadora, transmitida de abuelos a padres e hijos (mujeres y hombres).

La idea, más allá de una chorradita ingeniosa e improvisada, después lo comprobé, fue algo madurado con tiempo, cuidado, bien atendido y esmerado. Como muestra, este video del chaval.

 

A Pou Pou se le quiso mucho en Francia, mucho más que a Anquetil, pese a las cinco victorias en el Tour de este otro. La gente se identificaba más con Poulidor. Le percibían como más asequible, sacrificado, trabajador, franco y próximo. Amaban al deportista y a la persona que imaginaban detrás. En la vida, muy diferente a la de Anquetil, le fue bien. Ganó dinero, lo supo administrar y llegó a rebasar los ochenta años. Lo de Anquetil fue un novelón rocambolesco y mucho más breve. Con Poulidor coincidí en mi primera participación en la Anjou Velo Vintage en 2013. Andaba por allí saludando a diestro y siniestro, afable y cercano, y nos dio la salida formal con un banderazo desde el asiento de atrás de un coche antiguo sin capota. En otro momento, por la tarde, firmaba libros en un stand de la feria. Con su pelo canoso y su corpachón, tenía pinta de ser un buen tipo. Vaya también desde aquí nuestro homenaje.

Poulidor abrazando orgulloso a su nieto. (Imagen: getty-images para eursport.es).

Montaje publicado por Van der Poel en su facebook. A la izquierda el nieto imitando la pose y la vestimenta del abuelo (a la derecha).

Poulidor (Mercier) disputando una gran vuelta al lado de Merckx. (Imagen: colección "Poulidor" de Adrián en pinterest).

El 13 de junio falleció un buen amigo mío. No era uno de esos de trato frecuente, ocio compartido ni vida social coincidente. La nuestra era otro tipo de amistad. De esas de largo plazo, perennes. Amigos de esos que están siempre ahí, con los que hablas o quedas muy de vez en cuando, pero a los que les consultas cosas cuando te hace falta y que, conscientes ambas partes de un vínculo acuñado durante varias décadas, siempre responden, y cada reencuentro se convierte en un momento placentero. Por eso, me ha dolido especialmente su muerte, que, lamentablemente, estaba médicamente anunciada. No con exactitud cronológica, pero casi. Sabíamos que su enfermedad era peligrosa, rápida y letal. Y así ha sido el proceso. No voy a dar su nombre, ni apenas datos identificativos, porque él no hubiera querido. Se ha marchado muy discretamente, fiel a su comportamiento profesional en vida. Un desempeño que, puedo asegurarlo, ha sido merecedor de importantes homenajes, pero que no le van a ser dados porque quienes le conocíamos bien, sabíamos que no le gustaban, que no los quería, y menos aún tras su marcha.

Su dedicación profesional fue la de un servidor público en el ámbito del deporte. Lo de servidor público es como se denomina en algunos países de la esfera anglosajona a lo que aquí llamamos funcionarios. En su caso es perfectamente aplicable, ya que todo su empeño estaba centrado en que lo público, realmente, trabajase para dar servicio a la población. Por eso nunca cruzó la línea roja de la política, siempre se mantuvo en el lado técnico. En las épocas en las que tuvo la suerte de trabajar bajo direcciones políticas más abiertas de mente, más proclives a escuchar a los que saben y verdaderamente centradas en el bien común (lo que únicamente pasa algunas veces), aprovechó la oportunidad y dejó un reconocible legado de proyectos ejecutados que, décadas después, han seguido dando servicio de ocio, salud y cultura a cientos de usuarios. No solo habitantes de su ámbito de gestión, sino de muchas otras procedencias. En su comunidad autónoma, fue el primero en idear y trabajar hasta la consumación de un centro municipal que integrara lo cultural con lo deportivo, e incluyera la primera piscina cubierta climatizada de la región en tiempos modernos (desde el nacimiento de nuestra Constitución vigente). También él, visionario, tuvo “todo que ver” con la creación de un tempranero carril-bici circular de varios kilómetros que fue, es y seguirá siendo, punto de referencia permanente de uso y disfrute para todo tipo de personas procedentes de toda la región. Un buen ejemplo de cómo el trabajo de un municipio relativamente modesto aporta un recurso abierto, gratuito y exitoso para toda una comunidad autónoma. Y se diseñó tan bien, que en la época en la que fue inaugurado, a finales del siglo pasado, ya presentaba una doble superficie bicolor para distribuir de forma ordenada a corredores o paseantes por un lado, y ciclistas o patinadores por el otro, reduciendo mucho la conflictividad potencial de este tipo de vías. Actuaciones protagonizó muchas más, pero aquellas dos resultaron provocadoramente innovadoras por los momentos en los que se ejecutaron.

Mi amigo era saludablemente corporativo para con sus colegas de profesión. Y digo saludable porque él confiaba plenamente en la profesionalidad de las personas. Ante cualquier necesidad, siempre optaba por que se contactara con profesionales de lo que hubiera que resolver. Nada de apaños e intrusismos. Por eso, su actitud gremial era muy constructiva, porque daba cabida a profesionales de distintas disciplinas, respetando y dando valor a todas ellas. Los de la suya, al menos los de mi generación, siempre le estaremos agradecidos porque, en la época en que yo finalizaba mis estudios (él lo había hecho algunos años antes), de modo totalmente altruista y desinteresado, procuraba informarse de quiénes titulaban cada año, los localizaba y los ponía en contacto con todas aquellas ofertas laborales de las que él tenía noticia, que siempre eran muchas. Generaba oportunidades laborales, las buscaba, las descubría y las transmitía. ¡Una persona! Más eficaz que algunas agencias de desarrollo, de empleo o sindicatos. Y nunca pidió nada a cambio, ni hacía ver que nadie le debiera favor alguno.

Como yo mismo, y tantos otros colegas profesionales, mi amigo fue un multideportista. Aunque en su caso con una dinámica de práctica muy diferente a la mía. Yo alterno muchas modalidades, pero me mantengo practicando casi todas ellas. Él no, él se metía a fondo en cada una de ellas en diferentes épocas de su vida, abandonando las demás. Le gustaba centrarse en algo y exprimirse con ello. De joven fue jugador de balonmano. Ya licenciado, practico piragüismo y algo de remo, más tarde ciclismo de carretera y posteriormente padel. Los últimos años, disfrutaba y se defendía estupendamente en los campos de golf, en los que debería haber seguido haciendo hoyos unas cuantas décadas más.

Le hecho mucho de menos. No de forma cotidiana, pero sí como recuerdo de fondo, como pena que aparece y me entristece repentinamente de vez en cuando. Por eso necesito escribir sobre él. Para desahogarme y para soltar lastre expresando sentimientos. Por culpa de la pandemia, desde que tuve noticias de su enfermedad, no pude volverle a ver. Primero por el confinamiento y después por el miedo a contagiarle. Afortunadamente, hablamos mucho por teléfono, no todas las semanas, pero sí con cierta frecuencia, aunque siempre menos de lo que me hubiera gustado. Impresionaba la naturalidad y entereza con la que me hablaba de su proceso, de sus vaivenes y, las últimas veces, de la realidad que le esperaba. Con el tiempo, a medida que se iba acercando el desenlace, un tema recurrente se iba imponiendo a todos los demás: sus hijas. Lo orgulloso que se sentía de ellas, de sus atenciones, su compañía, su madurez y del rumbo vital al que habían acabado llegando tras los diferentes titubeos propios de la juventud. En este sentido, tengo que decir que le alegraron los últimos días de su vida.

Con el paso del tiempo, espero poder recordarle de dos modos diferentes. Por un lado, con un sincero agradecimiento por lo mucho que me ayudó cuando iniciaba mi vida profesional (varias veces). Por otro, más visual, con su buen humor, su expresividad y su dinamismo independiente de motorista urbano. De aquí para allá, en una Bultaco Metralla que me han dicho que tuvo de joven y, tiempo después, con aquella Vespa impoluta que tan buen servicio le daba y tanto le hacía disfrutar. ¡Hasta siempre!.