jueves, 19 de septiembre de 2013

38. LA PATRIMOINE



"Las ciudades, comprendí, son manifestaciones físicas de nuestras creencias más profundas y de nuestros pensamientos muchas veces incoscientes, no tanto como individuos sino como el animal social que somos. [...] Nuestros principios y nuestras esperanzas son a veces bochornosamente fáciles de descrifrar. Están ahí, en las fachadas, los museos, los templos, las tiendas, los edificios de oficinas y en cómo esas estructuras se relacionan entre sí o, a veces, en cómo dejan de hacerlo. [...] Ir en bicicleta entre todo esto es como navegar por las vías nuronales colectivas de una especie de enorme mente global. Es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente".

David Byrne ("Diarios de bicicleta")



Regreso muy contento de mi viaje a París y de mi participación en l’Patrimoine. Tanto, que si no se me pasa el “subidón” quizá sí que definitivamente me apunte a unas clases de francés para empezar en octubre. He hablado más que nunca en ese idioma, y veo que podría avanzar bastante con unas lecciones de refuerzo, algo imprescindible dado mi lamentable nivel y mis enormes ganas de mantener conversación en él.

París me recibió lloviendo. Los viajes (sobre todo el de regreso), como siempre me pasa con los aeropuertos y sus conexiones, un rollo total, y eso que era vuelo directo y apenas tuve que cargar con la bici pocos metros entre los cambios de transportes. Pero llevo muy mal que nos obliguen a hacer colas de espera en todas partes, siempre de pié y en demasiadas ocasiones retrasando los tiempos que los usuarios prevemos con margen suficiente. El tratamiento de los pasajeros del transporte aéreo, en tierra, se está haciendo cada día más desagradable. Y esto afecta a todo tipo de compañías y precios “turista” de las mismas. Pero el caso es que la Alan y yo llegamos bien y sin contratiempos, tanto a la ida como a la vuelta. Una vez en “casa”, un descanso, un relax y a disfrutar del epicentro de París, del evento, de la familia local y de mi estancia. Mi sobrino y su novia me tenían preparada una cena suculenta y nutritiva, y con un buen vino tinto, nos pusimos al día de las últimas noticias familiares de allí y de aquí. Mis estancia empezaba directamente con el evento, para el que me tocaba madrugar, así que no alargamos demasiado la velada.


El domingo amaneció completamente despejado ¡un respiro!. Madrugué, aunque la bicicleta la había montado por la noche y todo el equipo lo había dispuesto anticipadamente también. Desayuno y a la calle, a cruzar el Sena y el Louvre pedaleando por las calles semidesiertas, hasta llegar a la Opera y buscar la estación St. Lazare del RER por detrás. Qué sensación tan agradable y maravillosa recorrer el centro de París en bicicleta, sintiéndome libre y seguro a la vez, con conocimiento de hacia dónde iba, como un vecino deportista más. En la estación me encontré con los primeros ciclistas, con los que además entablaría ya un contacto que duraría hasta el regreso. Eran Mario, un ciclista italiano maduro, de muy buena planta y larga melena (un Cipollini Vintage), y su pareja Laura, una chica muy simpática, estilizada y agradable. Pronto se subirían otros ciclistas (la mayoría muy jóvenes) al tren, y en la parada siguiente Ángela, elegante ciclista de paisano, italiana también, amiga de los anteriores y con un español fluido debido a su pasión por el tango. Esta pandilla es un grupo de italianos que reside en París desde hace unas dos décadas, y que por razones que se me escapan mantienen una relación muy estrecha con los organizadores del evento y con aquellos participantes que comenzaron a vivirlo desde su primera edición (esta era la tercera). Durante el trayecto hablamos en francés, italiano y español, y me sentí a gusto e integrado. El evento lo organiza una tienda-taller de la que más tarde hablaré, que se llama La Bicyclette y de la cual un señor algo mayor y con buena pinta, llamado Lorenzo, es el alma.





El tren nos dejó en Tournan, y ya en los andenes éramos un nutrido grupo de ciclistas “antiguos”, que juntos nos encaminamos a nuestro destino en Favieres-en-brie, en una mañana que ya era soleada aunque bastante fresca. Fueron entre 3 y 4 kilómetros de paseo muy tranquilo hasta el pueblo en donde teníamos la cita. Allí el ambiente empezaba a tomar forma. Una especie de pabellón cívico local, estaba dispuesto para la recogida del dorsal, la bolsa de tela y el pasaporte de ruta. En la barra del fondo me tomé un café y charlé tranquilo con mis amigas. Pude dejar los enseres sobrantes en este lugar y después, fuera, mientras esperaba la salida, observar al detalle a los participantes, sus monturas y su indumentaria. He de decir que para una participación de aproximadamente unas 200 personas, el nivel de bicicletas y atuendos era excelente. Se nota la presencia de muchos parisinos que cumplen con el concepto que desde fuera tenemos de ellos en cuanto a la estética… bicicletas muy cuidadas y muy “chic”. Había interesantes bicicletas antiguas originales, tanto de carreras como de utilización variada (tándems, de niño, de transporte…); pero sobre todo me llamó la atención la gran cantidad de bicis de carreras o deportivas de chica, no demasiado antiguas,  que habían sido restauradas o personalizadas recientemente, mostrando unos diseños y acabados perfectos, sencillos y de una elegancia óptima ¡chapeau!. En cuanto a las ropas, dos tendencias: corredores de los 50-80, como siempre en todas las citas, compartiendo evento con “ciudadanos” normales y corrientes de los años 20-50. Una nota a favor importante: un elevadísimo porcentaje de participación femenina que si bien no llegaba a la mitad, se le acercaba bastante.


 El organizador Lorenzo y uno de sus colaboradores.



Poco a poco aquello se fue llenando de gente y al cabo del tiempo se procedió a la salida del grupo del recorrido más largo (65 km) en el que me incorporé. Un Volkswagen gris deportivo, descapotable e impecable nos llevó neutralizados hasta las afueras del pueblo donde dio la salida oficialmente con un banderazo tricolor. Aquello, como ya pasara en Anjou el día del centenario del Tour, desató la vocación competitiva de unos cuantos, que pusieron el pelotón de lo más estirado y nos llevaron con el gancho puesto durante algunas decenas de kilómetros (nunca entenderé este peculiar proceder que normalmente muere por sí mismo con la llegada de alguna subida significativa o la progresiva acumulación de kilómetros. Lo digo, porque tal y como otras veces me ha ocurrido, me costaba seguir a gente a la que posteriormente adelanté sin esfuerzo y a los que ya no volví a ver en todo el recorrido hasta finalizado el evento, cuando ya me encontraba instalado en las actividades post-recorrido). Afortunadamente enseguida me relajó comprobar que todo estaba señalizado en el suelo con marcas fosforito, por cierto, ligeramente retrasadas, de forma que sólo las detectabas cuando ya estabas en el giro o en el cruce y te habías visto obligado a frenar bastante antes, al no saber hacia dónde ir hasta encontrarte allí mismo. Con la mencionada rapidez llegamos al primer control de firmas con ligero avituallamiento. Un poco de bizcocho y en ruta de nuevo. Algo más tranquilos y disfrutando de una parte del recorrido más bonita, alternando carreteras rodeadas de frondoso arbolado, con tramos de campo abierto, bosques o pueblos pequeños. Todo muy tranquilo y agradable. Se sucedieron algunas subidas a lo largo del recorrido, con pendiente suficientemente exigente, aunque todas ellas breves. Un segundo control con nuevo bizcocho, y en mi caso un zumo. De allí salí sólo y algunos kilómetros después me uní a Jean Philippe, un agradable compañero del que ya no me separaría hasta el final, ameno y paciente en la conversación conmigo, y de ritmo muy similar. Juntos rodamos por nuevas carreteras y por un bucle bacheado y estrecho que nos metió en un ambiente quizás aún más rural, hasta que la ruta, poco a poco, regresaba hasta su origen. En los tramos finales coincidiendo con la espesura de unos bosques, nos topamos con un “grupetto” que venía despistado de una confusión, y con ellos llegaríamos hasta el final. Bastante temprano, debido a las prisas iniciales y a las breves paradas en los controles.

 Jean Philipe, compañero de ruta

 Grupetto en los últimos kilómetros


El ambiente en la llegada era de lo más festivo, junto al escenario del pabellón cívico (decorado con motivos ciclistas antiguos) tocaba un trío de jazz primitivo muy sureño. En la barra me pedí una cerveza artesana y biológica Malteni (este interesante patrocinador cuyo nombre es una réplica del equipo Molteni en el que militó Eddy Merckx, al que han cambiado la “o” por la “a”, quizá en un guiño hacia la malta que ignoro si utilizan para su elaboración, presenta una interesante gama de tres tipos de cerveza: blanca, cuya vitola es el maillot arco iris de campeón del mundo; rubia, con el maillot amarillo, desde luego; y tostada, con el maillot del Molteni) que estaba muy rica y me fui al exterior a disfrutar del sol y del ambiente que crecía y se animaba con la llegada de los ciclistas. El grupo de jazz me siguió. Ni cortos ni perezosos, cargaron el piano sobre una especie de patinete de ruedas grandes y lo trasladaron afuera, para seguir al aire libre con el repertorio que a todos nos hacía mover los pies y golpear nuestras calas contra el suelo disimuladamente. El aperitivo dio paso a la comida en la cual fue muy agradable comprobar que no estaría sólo. Jean Philippe se sentó a mi lado y así lo hicieron sus amigos. Por su parte Ángela me llamó por si quería sentarme con ellos, todo un detalle que agradecí, aunque ya no me resultara necesario. Comimos ensalada y una contundente “cassolette”. Entre tanto mis compañeros charlaban en un francés que me costaba demasiado seguir, mientras a ratos, un miembro de la organización animaba el ambiente con premios alternándose con el trío que tocaba su repertorio, de nuevo dentro del edificio. Las mesas estaban dispuestas en filas alargadas, dando al local una atmósfera bulliciosa y cálida. Con mis compañeros de mesa empezamos a hablar de mi blog, de mis eventos, de los videos y fotos que David elabora de los eventos ciclistas en los que participa, etc. Alternábamos francés e inglés. Es curioso porque en cierto momento nos dimos cuenta de que pese a que el único no residente de París o las inmediaciones era yo, allí estábamos unos franceses, un americano, un japonés, una griega y un español. Tras la comida vino la tómbola, y como siempre me ocurre, no me tocó nada. Una pena porque había regalos muy atractivos como el maillot de lana Malteni, unas bolsas bandoleras de piel fantásticas o la Peugeot restaurada del final (que de haberme tocado no sé cómo hubiera podido traer a España en el avión).

 Cerveza Malteni "rubia".




Varios de los comensales que estaban sentados conmigo se despidieron pronto, tras una cerveza final. El resto quedamos tomando café, y después, tras las siguientes despedidas, me fui con “las italianas” para darles las gracias por el detalle de la invitación a la mesa. A eso siguió más música exterior y finalmente un grupo amplio pedaleamos de nuevo hacia la estación para realizar el itinerario de regreso. Desde la estación de llegada a París, rodé de nuevo por las calles, ahora más llenas de gente, pero igualmente agradables para la bicicleta, con la que vas tan contento del escenario que recorres, que hasta el adoquinado se te hace llevadero. El resto del día supuso descanso, ducha, reorganización de equipaje y material, y lectura hasta la hora de cenar, esta vez con un poco más de familia.

Concluido el evento, los dos días siguientes me dediqué a la ciudad. Pero eso sí, el lunes con importantes connotaciones ciclistas, pues la casualidad hizo que en París se estuviera celebrando esos días el Salón du Cycle, el cual aproveché para visitar la primera mañana. Tomé un metro directo hasta la Porte de Versalles, donde está la feria de muestras. Allí en uno de sus grandes pabellones se ubicaba el Salón. Era una exposición bastante grande, aunque por la destacada ausencia de varios fabricantes mundiales, me dio la impresión de no ser uno de los eventos más importantes de este sector a nivel internacional, y supongo que ni siquiera el mayor de Francia. Pese a ello me llevó bastante tiempo recorrer todo, preguntar lo que me interesaba, observar las tendencias y recoger información impresa. Hasta probé alguna bici. No quiero extenderme demasiado, pero me voy a permitir algunos flashes que resuman mi impresión:

  • El salón miraba al presente y al futuro. El presente muy aburrido, con infinidad de marcas tratando de mostrar sus modelos de BTT y carretera con apariencia cada vez más competitiva y a la moda de las tendencias. Mucho carbono, mucha publicidad en los productos, mucho perfil supuestamente aerodinámico, pero todos muy parecidos.
  • El futuro viene claramente marcado por la guerra de las bicicletas eléctricas. Prácticamente todos los fabricantes tienen las suyas. Hay de todo, pero la mayoría son bicis urbanas de paseo con motor suplementario y baterías. Casi siempre en versión grande-cómoda o plegable. Algunos apuestan por motos disimuladas (pesadas y con motores potentes), otros por la mínima expresión en tamaño y ligereza, etc. Hay dispositivos para adaptar bicis convencionales (como por ejemplo una rueda delantera eléctrica que no necesita instalación), y muchos intentos de diferenciarse. Está muy bien todo ello porque acercará al ciclismo urbano cotidiano a mucha gente, aunque personalmente le veo varias desventajas, y espero que se avance mucho más en diseños, ligereza y sobre todo vida útil de las baterías y autonomía de las bicicletas.
  • Era Francia, así que estaban Look, Gitane, Peugeot y algún otro fabricante local, además de muchos de los típicos globalizados y bastantes marcas completamente desconocidas para mí. Es bonito ver cómo el mercado crece y esto hace que florezcan pequeñas marcas que buscan su sitio a través de innovación o artesanía principalmente.
  • Tal y como marca la tendencia actual casi todos los expositores se han visto obligados a producir algún modelo fixie y varios de uso urbano. De los primero sólo me gustan cuando tienen aire retro y eso se lo suelen dar mejor los propios usuarios que se montan ellos mismos la bici o acuden a un taller local. Lo segundo responde a la por fin consolidada tendencia de las ciudades europeas (en España vamos con bastante retraso), que ha conseguido que los ciclistas de toda edad, condición y género se están adueñando de una parte importante del espacio y vías de circulación.
  • Hubo varios stands de cascos muy interesantes con propuestas muy curiosas. Esto encaja con la presencia también de fabricantes minoristas y algunos artesanos dedicados a la fabricación de piezas y componentes auxiliares, con gran variedad de productos de gran calidad y excelente estética. El problema es el de siempre: que luego falla la distribución y no hay quién lo encuentre en las tiendas cercanas a casa. Mi recomendación es preguntar e informar a nuestros proveedores cercanos para poner un grano de arena en la lucha contra el dominio de los grandes fabricantes mundiales que monopolizan todo. En este sentido había un japonés que tenía auténticas virguerías para complementar el montaje o la restauración de modelos diferenciados.
  • Otra singularidad era la presencia de varios fabricantes de bicicletas “cargo”, ideales para negocios ambulantes, reparto céntrico, etc. así como que varios fabricantes se hayan arriesgado a producir bicicletas de corredor en tallas de niños desde edades bastante pequeñas.
  • En cuanto a lo retro o vintage, casi nada. Un modelo Peugeot muy bonito con guiños antiguos y futuristas simultáneamente; una eléctrica con aspecto de moto de los años 20, de acertado diseño; algunas de paseo de estética clásica; componentes sueltos y…
  • Un stand de Alex Singer, la marca artesana cuya historia acabó vinculada a París y que presenta maravillas de aspecto clásico. Había modelos de carretera con componentes modernos pero esa estética tradicional deliciosa, modelos vintage cuidadísimos, y sus típicas cicloturistas con las que soñamos los que entendemos la bicicleta con ese estilo tan particular y nostálgico. Una “delicatesen”, aunque ni me molesté en preguntar los precios. Allí me encontré precisamente a Lorenzo el organizador de l’Patrimoine.

Bicicletas Alex Singer.


Del salón volví al metro y me acerqué a la Gare de Lyon. Cerca de allí comí, tirando a tarde para el horario local, en un bar de comidas donde parecía no haber turistas. Acerté con la elección y terminado el café comencé mi caminata. El primer objetivo era la tienda-taller de La Bicyclette, en una calle parisina normal, sin nada afamado que la llene de visitantes. La tienda me encantó, es un taller desordenado y caótico con mostrador para despachar y expositores de madera viejos con bastante material retro que ver. Toda ella está llena además de bicicletas en proceso de algo… piezas, ruedas, etc. Pillé a los jóvenes chavales que atendían comiendo de sus fiambreras por las esquinas. Aún así me atendieron con simpatía y me permitieron fisgar todo lo que quise. En el exterior montones de bicis usadas y viejas o antiguas esperan… supongo a que alguien se enamore de ellas y encargue una restauración. Las había interesantes por cierto. También me dijeron que en el pueblo del evento, tienen un gran almacén con muchas piezas y material. Apunten la dirección, es una tienda de bicicletas interesante: 10 Rue Crozatier, 75012 París. La casualidad hizo que al regresar caminando para impregnarme de ciudad, diera en la misma calle, con otra tienda-taller de similar filosofía, dedicada a motos Vespa o similares. Otro vicio.


 La Bicyclette por fuera y por dentro



El resto de la tarde lo pasé paseando de regreso a casa. La librería específica sobre los Alpes estaba cerrada esa tarde, siempre me pasa igual, menos mal que me queda cerca de “casa”, ya iré un día con tiempo y ganas. La ciudad está plagada de ciclistas: señoras y chicas elegantes, trabajadores de traje y maletín, jóvenes rápidos, mayores pausados, etc. A todos se los ve rodar con naturalidad y normalidad, como algo habitual en su vida urbana. Hay muchos carriles, se puede circular por el carril bus y por muchas calles unidireccionales de un solo carril en ambas direcciones. Algo más debe haber, porque la verdad es que la cantidad de coches que se ven por el centro ha bajado ostensiblemente con respecto a otras veces que he estado allí.  Y además ahora hay enormes cantidades de bicicletas aparcadas por todas partes, sin contar con las que circulan. A mi cuñado le cabrea un poco por el coche, a mi me parece un acierto envidiable. Ese día cenamos prácticamente todos juntos, se reunieron aprovechando que estaba yo y fue una velada estupenda y muy familiar. A muchos ya no los veré hasta las Navidades, así que me apetecía estar con ellos.

Llegó el día de mi regreso, pero aún así disponía de la mañana completa y el medio día. Después de preparar todo el equipaje caminé hasta el Museo de Rodin, para disfrutar de su jardín, repasar su contenido interior y recrearme en sus esculturas al aire libre. Hacía mucho desde la primera vez que lo visité y me apetecía volver sin ninguna prisa y con calma. Disfruté enormemente pese a encontrarme dos pegas menores. Una, que parte del interior y del jardín estaba en obras y no te llevabas una sensación completa y más pacífica de todo el conjunto. La otra, que sin suponer una aglomeración o el flujo abundante que hay en otros destinos culturales de la ciudad, había demasiada gente para mi gusto. Pero qué le vamos a hacer, todos tenemos derecho. Aún así mereció la pena el regreso. Desde allí paseo para comer en otro bar separado de los circuitos habituales, despedidas en “casa” y el pesado regreso de RER, autobús y avión hasta casa.



La impresión general de este viaje ha sido tan estupenda como las de los mejores hasta ahora. Considero que l’Patrimoine tiene un ambiente tan “familiar”, cercano, moderado y estiloso que merecerá la pena repetirlo si cuadra en el futuro. Quizás por si sólo el evento no justificaría un viaje tan alejado, pero poder aprovechar el resto de la escapada en París y considerando que los vuelos pueden resultar muy asequibles, es cuestión de planteárselo de nuevo cada vez que reediten el evento. Desde aquí quiero agradecer a los organizadores su labor, dedicación y resultado. Y a los participantes que conocí, lo bien tratado que me sentí por ellos. Al volver he visto que se ha “caído” un evento que localicé en Austria (al que no pensaba ni podía ir). Así pues ya sólo me queda l’Eroica, a la que espero ir, no sin algunas aprensiones previas de diversa índole. Entre tanto, hace meses que el tándem Dawes cumplió su cometido de temporada, y con este viaje a Francia, la Alan igualmente ha dado por concluida una temporada que la llevó a Manchester, el Loira, Marmande, La Montañesa y finalmente París, todo ello sin más quehaceres que cambiar un tubular y ajustar los puentes de los frenos en una ocasión. ¡Se ha portado la máquina!.


jueves, 12 de septiembre de 2013

37. PARIS



“Me considero anfitrión del mundo. Aquí se alojan viajeros no sólo de toda Europa, sino también de ultramar y de oriente. Nadie les pregunta sus creencias con tal de que respeten las de los demás. No necesitan exhibir salvoconductos, les basta el certificado innato de su humanidad. Se les recibe cordialmente y nadie apresura su marcha: no quiero parecerme a los reyes que conocemos ni tampoco a la propia vida, que suele ser inhóspita”.

Fernando Savater (“El jardín de las dudas” [palabras que el autor pone en boca de Voltaire])


La Challenge Retro 2013 va llegando a su fin. Esta semana me encamino a participar en la anteúltima prueba de las seleccionadas, y que me han llevado por diferentes comarcas españolas y a varios países europeos. Hace  ya  varias semanas  que me refería al comienzo de lo que entonces denominé “temporada francesa”, y este inminente evento, dará fin a dicha temporada, anunciando el cercano final de toda la Challenge.

El escenario lo merece: viajo a París. La cita es en una población situada a unos 40 km de la “ciudad de la luz”, al este o sureste de la misma. Allí pedalearé, pero la estancia y la visita en general la voy a vivir en París, y como siempre (en esto soy muy afortunado) viviendo la ciudad desde su centro. París me apasiona, es (a excepción de Madrid, donde viví como estudiante durante cinco años) la capital de país que mejor conozco y más haya visitado. La causa principal no es otra que una significativa vinculación familiar con unos pocos residentes, la cual aprovecho, sin hacer ascos, con frecuencia. Todo lo contrario, con gran placer. Así que ya he perdido la cuenta de las ocasiones en las que he estado allí. Y todas ellas me han aportado vivencias interesantes, y me han proporcionado emociones y sensaciones agradables, así como numerosos momentos de felicidad. Resumiendo, que me gusta mucho París y que me alegra poder disfrutar del privilegio de poder viajar allí en cualquier momento.



La segunda vez que visité París (la primera fue demasiado fugaz, aunque entrañable) llegamos allí en moto, cargados con maletas laterales, baúl y bolsa de depósito. Veníamos desde La Rochelle y Biarritz, y era el comienzo de un largo periplo que nos haría recorrer gran parte de Europa durante aproximadamente un mes. La estancia allí fue de lo más agradable y relajada, y dio mucho de sí. Nos alojamos entonces en un típico piso parisino en el Boulevard Malesherves, bastante céntrico, al norte, aunque siempre dentro del Peripherique. [Apéndice I: resulta que el tal Malesherbes fue un censor gubernamental. Pero de esos que nos hubieran venido bien a todos en cualquier caso histórico en el que la humanidad haya tenido que sufrir a un censor. Lo digo porque él fue pieza clave en conseguir que la Enciclopedia impulsada por Diderot, d´Alembert y compañía no fuese censurada, clausurada o abortada. O al menos eso parecía opinar Voltaire. La Enciclopedia fue una iniciativa del conocimiento humano sin paragón, una auténtica revolución en lo que a la divulgación cultural, científica, artesanal, profesional, tecnológica, etc. se refiere. Algo casi comparable en su día a lo que la irrupción de internet ha supuesto para nosotros en la actualidad. Todo ello además en un momento de efervescencia del pensamiento, la filosofía y la revolución ideológica en Occidente. Y todo ello con un estilo, elegancia, calidad y rigor impresionantes para la época. Lo puedo afirmar porque atesoro un facsímil de láminas del Tomo VII, de un tema que me gusta mucho, correspondientes a la edición de 1769]. [Apéndice II: precisamente esta misma calle es donde Coco Chanel (nacida en Saumur, ciudad que la homenajea cada año en la Velo Vintage), se instaló al llegar a París, en unpequeño apartamente en el que también ubicaría su primera tienda se sombreros]. A parte de recorrer y disfrutar sin prisas muchos de los barrios y lugares más conocidos de la ciudad (que siendo una actividad aparentemente simple, en París se convierte en una experiencia maravillosa en la puede el paseante pasar de los barrios más bohemios a la majestuosidad de los edificios y enormes espacios clásicos, a los detalles del canal, etc.), las circunstancias nos llevaron a pasar una jornada en el complejo de negocios de La Defense, tomado aquellos días por una especie de feria del deporte que había instalado todo tipo de equipamientos deportivos entre los imponentes edificios que homenajeaban (estaba de moda entonces) el desarrollo, el progreso, los grandes negocios y la modernidad arquitectónica. La paradoja se encontraba allí de forma fugaz: el citius, altius, fortius del deporte ante la misma tripleta filosófica de la arquitectura iconográfica del final de siglo XX europeo. Recuerdo todo aquello, porque visitando una especie de palacio de exposiciones, vimos en directo, en una pantalla gigante el final de la etapa del Tour de 1991, en la que Miguel Indurain se enfundó el maillot amarillo, creo que por primera vez, en lo que constituiría, a la postre, el comienzo de su incontestable reinado en el Tour de Francia.



Rincones...


En París uno puede disfrutar de muchos placeres y escenarios culturales e históricos. Precisamente la música no parece ser de lo más destacado por el resto del mundo. Salvando a los clásicos, los intérpretes y compositores franceses son por lo general unos grandes desconocidos para el público español. También para mí, aunque algunos músicos galos me gustan y procuro escuchar lo que allí valoran y escuchan algunos sectores de la población, cuando tengo la oportunidad de hacerlo. Pero vamos, que no es música precisamente lo que más trato de buscar cuando visito el país vecino. Sin embargo, de nuevo las circunstancias han hecho, que en dos de las ocasiones en que he visitado París, haya podido asistir a sendos conciertos de música moderna. El primero completamente “indy”, de Mister Crock (el grupo en el que mi sobrino Marc ejerce de baterista). Fue en un local retirado y de lo más discreto y “underground”, aunque su música, bastante ecléctica, no lo sea en absoluto. Lo pasamos bien, sobre todo por la compañía, el ambiente juvenil y alternativo, y el apego emocional al músico de la familia.





El otro concierto ya fueron palabras mayores. Nada más y nada menos que Patricia Kaas, en La Villete, ante miles de espectadores en un conciertazo importante. Y además fuimos en moto, nos cruzamos media ciudad en sendas motos grandes, cada pareja en una para asistir a un concierto nocturno repleto de fans. La cantante apenas es conocida en nuestro país. Sin embargo un ídolo para miles de seguidores que la veneran en Francia desde hace ya décadas. A mí me encanta, especialmente cuando canta el repertorio de toda su época inicial, que resulta más bien cabaretero. Aquí enlazo un par de videos de dos de sus canciones más famosas, para que los lectores puedan juzgar por sí mismos. Imagínense a esta mujer, cuando aún no había cumplido los 20 años, seduciendo a grupos de rudos mineros de provincias en locales pequeños en los que lo buscado era la evasión del duro trabajo y la bebida. Con su voz poderosa y rasposa cuando se hace necesario, y su sentido musical los encandilaba a todos. Por lo visto así es como empezó.

Y otro...

 


De mi experiencia personal previa en París podría estar escribiendo párrafos y más párrafos, y lograría, sin lugar a dudas, aburrir a todo el mundo. Sobre su historia, su importancia clave en la historia europea y mundial, más, pero estaría perdiendo el tiempo, pues millones de personas habrán escrito más y mejor al respecto. Sin embargo algo me apetece contar, y para no perderme he decidido comentar levemente algunos asuntos relativos a la ciudad, que sin ser los más típicos, tópicos, importantes o destacables formalmente, personalmente me llamaron la atención en su día o aún me hacen recordarlos. Empezaré por los parques. París tiene varios parques. Uno de ellos es enorme: el Bois de Boulogne, al que se accede relativamente fácilmente desde el centro oeste de la ciudad (también me alojé de gorrón en un excelente piso justo enfrente de la embajada rusa, limitando prácticamente con el parque al que hago referencia ahora). El Bois de Boulogne se llena de ciclistas los domingos, por supuesto de esos que pedalean despacio o  de familias en bicicletas, pero también de auténticos pelotones nutridos, que generan ataques, escapadas, sprints, etc. Por allí he paseado una vez en barca de remos, hemos cenado en plan “chic” en una ocasión, en un antiguo chalet (ahora restaurante), al que se accede también en bote; he jugado al tenis en un típico club al estilo antiguo y he asistido casi accidentalmente a un fiestón de coches clásicos que la firma Louis Vuitton acostumbra a celebrar cada año y en el que actores y gente de la farándula parisina entregan premios a los propietarios de los bólido mejor conservados o restaurados. Pero por encima de todo, lo que más he hecho en este extenso parque es correr, trotar sesiones largas de entrenamiento de resistencia con mi cuñado y anfitrión. Trotar por el bosque, junto al Sena, por caminos, alrededor de estanques, cerca del hipódromo… Aquello es el gran pulmón de esparcimiento de los parisinos durante los fines de semana. Por la noche mejor no acercarse… todas las grandes ciudades tienen su lado oscuro.

Sin embargo, aún siendo mucho más modesto y pequeño, a mí casi me gusta más el conjunto de los Jardines de Luxemburgo, situado cerca del Boulevard Saint Germain. El barrio en sí es muy bonito, mucho menos turístico que otros lugares del centro de la ciudad y lleno de vida urbana local y de sabor. Y el parque responde a su vecindario. Tiene una zona de estilo palaciega, con filas de pasillos y espacios de diseño geométrico y delimitación botánica, y un amplio estanque circular donde una ocurrente idea artesanal entretiene a los niños (y da de comer a alguna persona). Se trata del alquiler de veleros de madera que navegan al viento y son corregidos de rumbo y puestos en marcha de nuevo por sus “patrones” con la ayuda de un bastón y desde el borde. Bonito, barato, sostenible, original y muchas cosas más. Los barcos navegan escorados con elegancia aprovechando eficazmente la leve brisa, mientras los chiquillos corren alrededor del estanque ejercitando sus músculos y educando sus habilidades perceptivas. En los jardines hay canchas de tenis, petanca, etc. Mesas para jugar al ajedrez protegidas del sol y o de la lluvia por marquesinas, e incluso los domingos, hay clases de “Jeu de Paume” (modalidad histórica precursora del actual tenis) que tratan de recuperar el origen de la modalidad. También hay una zona frondosa con arbolado de gran porte, mucho seto, bancos tranquilos, estatuas clásicas y zonas verdes donde poder ponerse a leer, estudiar, comer, sestear, etc. con calma y paz. Se ve gente que sale de trabajar con su fiambrera y se va allí a comer, lectores de aire libre y todo tipo de vecinos que huyen por unos minutos de las calles. Pero todo ello con atmósfera de disfrute público y ciudadano de un parque que es de todos y que sirve a todos. Sin renunciar a su estilo, su belleza, su historia… y sin nuevos derroches ni desembolsos de las arcas públicas.




Permítanseme un par de apuntes artísticos. ¿Sólo dos? ¿En París? Sí, solamente dos. Ni Louvre, ni nuevas galerías, ni nada. Tampoco grandes exposiciones antológicas como la que visité de Toulouse-Lautrec (que más tarde complementé gratamente, muchos años después, en el museo que el pintor y cartelista tiene específicamente dedicado en Albi). No, mis dos preferencias son el museo d’Orsay, el cual me resulta sencillamente fascinante en contenido y continente, y nunca me aburro de volver a visitar en dosis moderadas. No sólo su tan reconocida colección de impresionistas, que es fantástica. Es que tiene mucho más que ver y con lo que disfrutar: obras de épocas y estilos de pintura muy diferentes, algunas esculturas, además de otros contenidos más singulares, como por ejemplo los espacios dedicados a los muebles de estilo “art nouveau” (modernismo). También el inmueble, la elegante estación construida para la Exposición Universal del 1900, reacondicionada, pero conservando sus relojes, su marquesina de vidrio y metal, el diáfano espacio de los andenes y plataformas, el salón de baile del antiguo hotel, etc. me parece fascinante de por sí. Merece la pena emplear tiempo (y ocasiones) en la visita de este museo. No empacharse, disfrutarlo en dosis. Y como detalle, el enorme cuadro mural de Sorolla, del carro de bueyes sacando un bote del mar: qué luz, qué dimensiones, qué detalles… ¡qué maravilla!. Y allí me alojo en las últimas ocasiones, no en el museo, por supuesto, pero sí, literalmente a unos 15 metros de distancia de una de sus fachadas. [Aprovecho para otro apunte que me seduce: recordar lo que la exposición universal de 1900 supuso para París, para Europa y para el Mundo. De su ejecución proviene la citada estación, y por supuesto la Torre Eiffel, el Petit y el Gran Palais y el puente Alejandro tercero. Arquitectura modernista, arquitectura de vidrio y metal, desafío estructural y tecnológico. Aquello debió ser todo un apogeo de vanguardias artísticas y culturales, coincidiendo también con las décadas postreras del impresionismo pictórico. Aquel escenario dinámico haya sido quizá una de las épocas más bonitas de haberse podido vivir. Por si fuera poco, dentro de su programa de actividades se incluyeron los segundos Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

 Cuadro de Sorolla en el museod'Orsay (foto Internet)



La otra “píldora cultural” es pequeña y llevadera. Un palacete ajardinado y céntrico (el antiguo Hotel Biron), no alejado de la ribera sur del Sena, aloja un museo dedicado en exclusiva al escultor Rodin (y lógicamente también en parte a su atormentada y sufrida compañera temporal Camille Claudel). Las obras son espectaculares y llenas de fuerza. Y es agradable, diferente y recomendable disfrutar de un museo mucho menos concurrido, de un tamaño más que asequible y dedicado prácticamente en exclusiva a la escultura, a las tres dimensiones, a una mirada atenta y diferente del arte, al que casi siempre acudimos predispuestos a observar en 2D, como quizá de forma demasiado abusiva nos han acostumbrado a hacer los colegios y universidades, durante siglos, con sus pizarras antes y sus pantallas ahora; la televisión, el cine y tantos otros dispositivos actualmente.

Sigo con mis vivencias urbanas. En verano puedes cruzarte gran parte de la ciudad patinando. Sí, yo lo he hecho, de forma legal y sin grandes dificultades, pese a no ser un experto. Muchas de las carreteras y túneles de la orilla norte del río están cerradas al tráfico durante el verano, y se preservan para el uso de bicicletas paseantes y patinadores. Todo ello conecta con la playa artificial y lúdica que se monta en la orilla y que se llena de gente con ganas de disfrutar de ambiente playero y veraniego en la capital francesa. Desde un poco más al este de Notre Dame, hasta más allá del Trocadero (yo me alojaba entonces en un clásico y envidiable piso en la plaza de Víctor Hugo; un barrio señorial y de “categoría”, bastante tranquilo, del pude disfrutar, una vez más por causas ajenas a mi convencional nivel de vida), puedes patinar utilizando esas carreteras clausuradas, el borde asfaltado del río y carriles-bici dispuestos por algunas calles. Cruzar sobre tus pequeñas y rápidas ruedas esta enorme y elegante ciudad da una enorme sensación de libertad y alegría. Recorrer, por ejemplo los Campos Eliseos, patinando sin riesgos, a tu aire, como si París fuera por unos momentos tu ciudad y te tomases toda la confianza del mundo para deambular por ella como un ciudadano fijo más. Muy recomendable. Con el paso de los años, desde hace relativamente poco tiempo, la ciudad ha ido experimentando una importante transformación en los hábitos de movilidad urbana. Tras valientes acciones institucionales se ha logrado algo que parecía impensable para esta capital: la implantación extensiva de una utilización cotidiana de la bicicleta que abarque a todo tipo de edades y condiciones sociales. A ello contribuyó la fuerte apuesta por un servicio municipal de bicicletas (casualmente el mismo que tiempo después se implantó Santander), el fomento de su uso a través de diferentes campañas municipales, la creación de una red muy extensa de carriles-bici y, recientemente, la calificación de muchas calles y barrios como de utilización ciclista (lo cual implica una serie de medidas variadas y sorprendentes que no vamos a tratar aquí para no abusar). En cualquier caso, nada parece imposible después de ver lo que está pasando en París al respecto. Todo ello coincidiendo ahora además, con una ola de proliferación de subculturas y tendencias urbanas que incluyen a la bicicleta (en sus diferentes estilos) como uno de sus iconos representativos.


 En uno de "mis" barrios.

Patinando junto al Sena.

Al comentar anteriormente mi estancia en las inmediaciones de la Bois de Boulogne, he recordado que una de nuestras estancias allí coincidió con la celebración de la XII Degustación de Whisky de Malta del Clan Pagüenzo, organización que tengo el gusto y orgullo de presidir desde su fundación hace ya diecinueve años. El Clan es una institución no registrada. Clandestina podríamos decir, aunque no sería exacto definirla así ya que no se dedica a nada ilegal, ni se esconde. Lo que pasa es que es voluntariamente ajena a todo tipo de regulación pública, pues considera que ninguno de los modelos previstos por la legislación española (nada imaginativa en lo relativo al asociacionismo y cargada de prejuicios característicos en las democracias infantiles o adolescentes como la nuestra) permiten ubicar a nuestro Clan en ellos, sin perder parte importante de su esencia. Nuestro Clan no tiene estatutos, pero si reglas y tradiciones no escritas pero compartidas por todos sus miembros. Tampoco hay junta directiva, y menos aún procesos electorales o asambleas. Alguien lo fundó y cuando haga falta dejará el legado de su responsabilidad a quién crea mejor indicado para su preservación. Sin embargo el Clan crece y no ha fallado en la organización de su prácticamente único evento anual en ninguna ocasión. En el total de  nuestras sucesivas fiestas de degustación, se han disfrutado ya más de 80 whiskys diferentes, la mayoría de ellos de malta (de vez en cuando admitimos algún ejemplar de otro tipo por cuestiones temáticas, comparativas, monográficas, o de otra índole). Pero no me ocupo más del tema, tan sólo quería destacar que precisamente fue París, el lugar que acogió una de nuestras reuniones. Una bien recordada por cierto, en la que disfrutamos de la compañía de una nutrida delegación de invitados locales que por una vez tuvieron la oportunidad de conocer nuestro Clan desde dentro.


Tartán exclusivo del Clan Pagüenzo.

No estoy contando todas mis andanzas por París. Son bastantes, y algunas de ellas poco tienen de especiales o merecedoras de ser rememoradas aquí. Prácticamente todos buenos recuerdos, pero claro tan sólo interesantes para mí o mis allegados. Como señalé al principio, hoy es un breve ejercicio de flashes de la memoria, fogonazos que recuerdo con intensidad y que de una u otro manera me pueden parecer singulares. En este sentido, los alrededores de París también me han deparado alguna que otra vivencia interesante. Versalles lo conocí en una de mis primeras estancias. Probablemente esté considerada como una de las visitas de periferia más destacadas, sin embargo a mí no me llenó especialmente. La verdad es que hacía un calor tremendo, y resultó ser algo demasiado previsible, demasiado parecido a lo que tantas veces había visto en las películas o documentales, y sin ningún componente “mágico” o especial que le diera un valor añadido a mi paseo. No sé si estoy siendo capaz de explicarme… ¿bonito? Si mucho, pero se trató de una visita turística sin más. Algo muy diferente a lo experimentado en la zona de Maissons-Laffitte por ejemplo. Se trata de una zona ubicada al oeste de la capital (en el bosque de Saint Germain), sembrada de extensos bosques y plagada de picaderos, e instalaciones para el entrenamiento y la competición de caballos en diversas modalidades ecuestres. Los caballos me gustan, y allí, aunque brevemente, tuve la ocasión de disfrutar de una sesión de enseñanza técnica, en una época en la que practicaba, digamos que regularmente, ese deporte. Otra zona interesante de las inmediaciones de la gran ciudad es Fontainebleau. Está bastante más alejada, a unos 50 km del centro de la ciudad. Se trata de un lugar cuidado, frondoso, que alterna casas esparcidas, un núcleo urbano pequeño, algún canal y mucho espacio verde. Un lugar muy tranquilo, apetecible y agradable. Allí llegamos a visitar, guiados por un reciente ex alumno, la sede del afamado INSEAD, instituto en el que se imparte uno de los máster MBA más prestigiosos de Europa además de pionero. Las instalaciones son modernas, lo mejor es su equilibrada comunión con el entorno rural y campestre en el que se localizan. Pero evidentemente, lo más atractivo resultaba imaginarse allí participando de tanta producción e intercambio de conocimiento. Mucha envidia (sana por supuesto). Con ocasión de la Patrimonie me toca pedalear por otra zona de extrarradio parisino, veremos a ver lo que me depara la cita.

Y eso es todo por hoy, parte de “mí” París. Cada cual tendrá el suyo, y los parisinos no digamos. A mí “el mío” me llena mucho cuando puedo disfrutarlo o cuando lo recuerdo, premeditada o espontáneamente. Un puzle de sabores, sensaciones, emociones e infinidad de recuerdos, preferentemente visuales. En unos días vuelvo allí, lo estoy deseando, y en este caso con la bici a cuestas. Ya os contaré.