viernes, 15 de mayo de 2020

¡RODANDO! (CINE Y BICICLETA)


Desde hace mucho tiempo tengo el anhelo de poder organizar y dirigir un ciclo de cine deportivo. Sería de carácter anual, entrada gratuita y dedicado, en cada edición, a una modalidad o temática deportiva concreta. Este año estuve a punto de ponerlo en marcha. Lo intenté por tres vías: municipal, educativa y regional. Por la tercera de ellas, no tuve respuesta. Ni a favor ni en contra, directamente pasaron de mí “olímpicamente”. Todo lo contrario que la concejalía de cultura de mi pueblo, que estaba por la labor, pero me advirtió de las dificultades y el engorro de conseguir las autorizaciones, y me pidió por favor que valorara la repercusión de audiencia, porque sabían que les iba a salir bastante caro. Así que me centré en la vía educativa, pensando, inocente de mí, que, considerando que iba a ser una actividad cultural sin ánimo de lucro y enfocada directamente hacia la comunidad educativa, la organización estaría exenta del pago de derechos de exhibición. Pues de eso nada monada. Me tuve que estudiar la ley de protección intelectual, la cual, por cierto, digan lo que digan los “artistas”, se quejen de lo que quejen, presuman de lo que presuman y abanderen las ideologías que abanderan, es, en sí misma, un acto abusivo de capitalismo exacerbado. Especialmente, si tenemos en cuenta cómo trata cualquier intento de utilización de bienes culturales (sobre todo audiovisuales) para fines educativos sin ánimo de lucro en el seno de la enseñanza pública. A los “artistas” se les olvida que parte de su formación se gestó, de forma gratuita, en el sistema educativo (público o concertado-subvencionado). También, que han obligado a sucesivos gobiernos a que alumnos y profesores hayamos tenido que pagar un canon para poder utilizar CDs para grabar archivos de estudio y trabajo educativo (escritos o diseñados por nosotros mismos), únicamente “por si acaso…”. El atraco ha sido histórico, pero en este país, informado a base de grupos de interés y camarillas posicionadas ante los medios, hay causas que tenemos perdidas. Me considero un defensor a ultranza de la sanidad y la enseñanza públicas. Pero uno de verdad, no uno de estrategia política y camiseta verde. Y considero que la utilización de todo tipo de bien cultural para fines claramente educativos, en nuestro país, debería ser totalmente gratuita. Me hace gracia la hipocresía que muestran algunos “artistas” al respecto de todo esto. He visto un ejemplo muy reciente. Cuando hace pocas semanas la televisión pública promocionaba (en forma de noticia) la inminente nueva temporada del “Ministerio del Tiempo” (serie que considero de bastante interés y calidad), varios de sus creadores e intérpretes se declaraban muy orgullosos de saber que algunos capítulos de la serie se utilizan como recursos educativos para las clases de historia en la enseñanza secundaria. Sí, muy bonito todo, pero resulta que eso, con la ley en la mano, es completamente ilegal.

Así que anduve varias semanas estudiándome la ley, contactando con varias asociaciones gestoras de derechos, con la SGAE (que cada día parece caer más bajo en cuestiones de espionaje, rapiña, falta de transparencia y desaguisados internos de poder) a la cabeza, para no conseguir enterarme de mucho, ya que todas las entidades contactadas me respondían con un estilo común: “danos los datos de lo que quieres hacer (para poderte vigilar bien) y ya te diremos lo que nos tienes que pagar”. Cuando resulta que, pasando por caja con ellos, no has solucionado prácticamente nada del asunto. No, porque en realidad el montante más elevado es lo que pueda exigir la productora o la distribuidora de cada película por exhibirla (aunque lo hagas con una copia tuya comprada legalmente). Y en esto de las productoras me encontré de todo: las que te dan permiso sin cobrarte porque entienden el fin, las que no te contestan o no son fáciles de identificar, una que estaba en suspensión de pagos y no operaba, y otra que se subía a la parra para poder proyectar una película en blanco y negro, de cine mudo, de principios de siglo. Sin comentarios.

Otro asunto de lo más peculiar, ilógico e inhumano es el de la caducidad de los derechos de las películas, que, si no recuerdo mal, duran hasta 75 años después del fallecimiento del creador (entiendo que se refiere al director). De ahí se deduce que, para el sistema educativo, sería buena noticia que el artista se muriera lo más joven posible, eso sí, habiendo dejado buena obra suficiente. Es alucinante parase a pensar que, desde la perspectiva del heredero, el sistema premia la longevidad de sus progenitores o abuelos, porque cuanto más duren, más tiempo van a poder disfrutar de los derechos generados por sus antepasados, mientras que aquellos que hayan tenido la mala fortuna de que sus abuelos o padres hayan fallecido tempranamente, además de su pérdida emocional, van a ver menguados sus ingresos en proporción temporal directa con la premura (y por tanto, la dimensión anticipada) de la desgracia. A medida que me voy haciendo mayor, la sociedad cada vez me deja más perplejo.

Al final, todo el aprendizaje necesario para entender el proceso de funcionamiento y los costes aproximados lo encontré muy claramente expuesto en la página web de una empresa gallega dedicada a la organización de todo este tipo de cosas. Muy transparentes y directos, algo que agradecí. La conclusión fue evidente: ¡que el den al cine! ¡que les den a mis inquietudes altruistas difusoras de cultura en el mundo educativo! Renuncié definitivamente a organizar el ciclo. Seguiré con mi afición a nivel personal (como hasta ahora) o en un círculo privado de amistades.

Pero la acumulación y archivo de contenidos ahí está, decenas de películas de temática deportiva que tengo organizadas y con las que proyectaba ya, para empezar, una década de programación del mencionado ciclo. ¡Qué le vamos a hacer!

Poco después de haber tomado la decisión, y de haber frustrado una primera edición dedicada al mundo del esquí, leyendo un artículo bastante interesante encontré una referencia a la que no me pude resistir. Se trataba de un ensayo titulado “Cycling and Cinema”, escrito por Bruce Bennett y publicado por Goldsmiths Press (University of London) en 2019. No esperé prácticamente nada para encargarlo, y fue uno de esos libros que me llegaron justo antes de la reclusión hogareña decretada ante la Coronavirus. Así pues, lo recibí en un momento ideal para combinar la lectura y el visionado de algunas de las muchas películas a las que hace referencia.  El texto es un magnífico ensayo centrado, tal y como su título adelanta, en el tratamiento que el cine, a lo largo de toda su historia, ha dado a la bicicleta. Y digo bien la bicicleta, y no el ciclismo. Advierto esto porque me consta que este blog es visitado por bastantes aficionados al ciclismo deportivo, y el libro en cuestión, aunque incorpora el ciclismo de competición a su temática, lo hace como parte de un todo bastante más amplio. Por eso considero adecuado reflejar un poco por encima su índice de contenidos. Vayamos capítulo a capítulo.

 
Portada del libro. (Imagen: MIT.press).

Uno. Empieza por establecer un paralelismo sorprendentemente evidente entre la irrupción de dos nuevas tecnologías que marcarían el inicio de una nueva era: la bicicleta y el cine. Ambas basadas en un dinamismo de ruedas. El autor considera el momento clave de la implantación globalizada de la bicicleta cuando ésta toma la forma definitiva de bicicleta “de seguridad” e incorpora el neumático de aire a las ruedas. En ambos campos de desarrollo innovador, el cine y la bicicleta, se fusionan dos conceptos fundamentales para la época: la tecnología y el movimiento. Todo esto, y mucho más, va tratando ese primer capítulo en el que, incluso, se hace un guiño hacia un concepto algo primitivo, pero ya visionario, del cyborg, resultado de la integración humano-máquina. También aborda el interesantísimo concepto del “aceleracionismo” (pero algo tengo que ir dejando para sus potenciales lectores). Por su puesto, todo ello, con constantes referencias bibliográficas y, sobre todo, cinematográficas. De entre ellas, una primera referencia histórica, un punto de partida desde el cual el autor arranca su discurso: “La sortie de l’Usine Lumière à Lyon”. Lumière, 1895). Al parecer, la primera aparición de bicicletas en una película.

Dos. Se trata de un capítulo más ligero o, mejor dicho, mucho menos trascendente. Aborda el papel cinematográfico de la bicicleta como recurso para la comedia, para el ridículo y para el virtuosismo como fuente de espectáculo, algo que fue muy utilizado durante la primera mitad del siglo XX.

Tres. El siguiente capítulo se centra en la bicicleta como elemento, símbolo y testigo de las consecuencias maduradas de la revolución industrial, convertidas en proliferación de un tejido fabril que cubrió Europa, creando una clase social trabajadora de tipo industrial. Aquí se abordan temas como el trabajo, la alienación, el impulso capitalista, etc. La bicicleta puede verse convertida en bien imprescindible para la supervivencia, o en un producto industrial en sí mismo, etc. Todo ello se articula partiendo de “Ladrón de bicicletas” (Vittorio de Sica, 1948), pero acaba indagando en la situación laboral y vital de los actuales mensajeros. Y con cine, mucho cine.

Cuatro. ¡Ahora sí! Aquí llega la competición ciclista como asunto principal. Pero esto me lo voy a saltar porque como más adelante voy a hablar de películas concretas, especialmente de temática “deportiva”, creo que no hará falta darle ahora muchas vueltas.

Cinco. El feminismo se convierte en un tema propio. Y no porque recientemente parezca un asunto de obligada inclusión para cualquier tentativa de venta, edición, salida pública, etc. Sino porque la bicicleta y el feminismo tienen muchísimo que ver. Lo tuvieron desde la irrupción de la bicicleta como recurso emancipador, pero también lo ha tenido y sigue teniendo, en algunos casos concretos, como área de discriminación evidente. El capítulo es muy interesante, y siendo mucho más breve que algún texto estricta y concienzudamente feminista que he podido leer hace relativamente poco, resulta bastante más sensato, esclarecedor, fresco y convincente. Tanto es así, que he tomado nota de dos referencias bibliográficas en las cuales, espero que, a no mucho tardar, pienso sumergirme.

Seis. La infancia y adolescencia son un asunto inevitable para cualquier tratado relacionado con la presencia social de las bicicletas. Lo es aquí y, como se demuestra, lo ha sido en el cine. Salen muchas referencias, algunas reflexiones y, muy especialmente, la presencia de las bicicletas de BMX.
Siete. El último capítulo lo dedica al autor al futuro. El del cine, el de la bicicleta, el de su relación mutua y el de algunas cosas más. Vuelve a repasar un poco lo anterior y ejerce de conclusión de la lectura completa, por lo que tampoco tiene mucho sentido tratarlo aquí.

Expuesto brevemente el contenido de tan magnífico ensayo, llega el momento de manifestar mi personal repaso ante la extensa oferta de películas que el texto va desplegando a través de sus páginas. La primera conclusión a la que pude llegar es que, antes de leerlo, ya había visto muchas de las “importantes”, lo cual, por un lado, reconfortaba un poco mi vanidad, pero reducía el potencial yacimiento de nuevos hallazgos. Sin embargo, me ha descubierto bastantes películas. Es cierto que voy a prescindir del visionado de varias de ellas (por simple suposición derivada de los comentarios que sobre ellas arroja el libro), pero me he lanzado a ver algunas que sí se me antojaban interesantes. Por otro lado, aunque muy pocas, sí que le han faltado algunas películas destacables. En otro orden de cosas, el autor menciona filmes con breves apariciones de bicicleta si las considera muy significativas, ya sea por su potencia simbólica o por otra causa. Y aunque coincido con él en la importancia y valor que otorga a algunas cintas, no comparto el casi inapreciable tratamiento al que somete a otras que para mí son piezas casi maestras del ¿género?. Pero eso es bueno, encontrar un trabajo que, aportándote mucho y alcanzando un nivel de calidad elevado, no coincida con tu parecer en unos cuantos aspectos. Eso sirve para avanzar y enriquecerse, lo contrario fomenta el sectarismo.

Y hasta aquí el asunto del libro. A partir de ahora, cine y ciclismo desde mi punto de vista. Y digo bien, cine y ciclismo, porque voy a sesgar el contenido (preferentemente) hacia el ciclismo deportivo. Y empiezo disparando la primera en la frente, poniendo encima de la mesa el trío de mis películas de ciclismo favoritas: “La bici de Ghislain Lambert”, “Breaking Away” y “El prado de las estrellas”.

“La bici de Ghislain Lambert”. Philippe Harel (2001). Se trata de una película franco-belga muy al estilo del cine francés independiente actual, por el que personalmente siento gran devoción. Aparte de eso, la considero, sin ninguna duda, como la película de referencia para cualquier ciclista “retro”. Es un largometraje que, además de resultar muy divertido, refleja perfectamente el ciclismo de carretera de los años 60-70. Y lo hace con profusión de imágenes de acción ciclista y con un atrezzo y ambientación irreprochables.

 
Fotograma de la película. (Imagen: sospechososcinefagos).

“Breaking Away”. Peter Yates (1979). Aun tratándose de una historia juvenil, o de transición adolescente hacia la edad adulta, esta película de aspecto independiente sabe dar con muchas de las pistas clave que caracterizan a todo verdadero “friki” del ciclismo de carretera “esencial” (de tradición). Aquí lo hace a través de la presencia de un personaje en forma de joven fascinado por todo lo italiano, como efecto colateral derivado de su pasión por el ciclismo europeo, especialmente el transalpino. El hecho de que la historia se desarrolle en los EEUU, lejos de restar interés a la misma, la enriquece, pues muestra un sano contraste entre la cultura estudiantil americana de “interior”, con la existencia individual de un fanático de algún aspecto propio de la cultura europea. Francamente merece la pena. De nuevo, los ciclistas “retro” disfrutarán más que los contemporáneos.

 
No hay que perderse ni a este chával (alma de la película) ni a su familia. (Imagen: allposters.com).

“El prado de las estrellas”. Mario Camus (2008). Aunque la localización de la historia que cuenta y el origen natal del director sean mi tierra, creo que no me he dejado seducir por el localismo a la hora de posicionar esta película entre mis favoritas. Reconozco los paisajes y he tenido el gusto de conocer al actor no profesional que hace de ciclista protagonista, pero nada de eso me ha influido. Tampoco el hecho de considerar (con conocimiento de causa) que el carácter, comportamiento y hechos mostrados por los personajes durante el transcurso de la película me resultan familiares y totalmente factibles (algo que a cualquiera que no conozca bien mi tierra y “su” ciclismo le pudiera parecer irreal). No, lo que me más me enamora de esta película son sus escenas de ascensos montañosos. Todo un regalo de belleza, luz y paisaje.

Ventilado el asunto, mis recomendaciones van a seguir, aunque clasificadas en tres grupos de estilo o temática (no tengo del todo claro como calificarlo). Voy a tratar un gran grupo de películas dirigidas a los aficionados al ciclismo “retro”. Esto está justificado por varios motivos de los que destaco dos: uno, el ciclismo fue un género muy inspirador para el cine documental en tiempos pasados; dos, estamos en un espacio divulgativo que nació centrado en el ciclismo “retro”. Seguiré haciendo referencia a un par de películas ciclistas de animación. Y acabaré soltando algunas referencias más sobre películas de ciclismo en general.

El apartado de cine de ciclismo al que he calificado como de interés o temática “retro” está totalmente formado por documentales, y hay unos cuantos que merecen la pena.

El primero de ellos es “Vive le Tour” (Louis Malle, 1962). De 18 minutos de duración, lo considero una obra de arte del cine ciclista documental en dosis moderada. Se presenta desde una doble óptica ambivalente de curioso e iniciado. De espectador ingenuo y de aficionado que sabe del tema. La carrera, como proceso, protagoniza el documental. Después la gente, el paisanaje. El Tour como patrimonio nacional. Pasan cosas, muchas cosas. Simpáticas, curiosas, dramáticas e insospechadas. Da tiempo a tocar temas escabrosos. Muestra una estética ciclista de una época sublime, una de las más rememoradas por las bicicletas y maillots del ciclismo retro actual. Una estética muy plástica y colorida. Como nota curiosa, en lo personal, se puede contemplar parte de la caravana del Tour. Un elemento socio-motorizado del que tuve la suerte superlativa de disfrutar, en ocasión probablemente única, en mi primera participación en el evento Anjou Velo Vintage, coincidiendo con el centenario del Tour. Con este documental, Mallé marcó un estilo que acabó convertido en pauta de lo que fue llegando después. A continuación, presento sus principales muestras.

“La Course en Tête” (Joël Santoni, 1974). (1h 41 min). Es un documental centrado en la figura de Eddy Merckx. Es largo, pero un buen trabajo en el que las imágenes con música o con sonido ambiente (mucho) cobran importancia. Hay buenas tomas del ciclista, muy cercanas y metidas en el espacio personal de Merckx sobre la bicicleta. La película, efectivamente, gira en torno al irrepetible campeón belga, pero de una forma poliédrica, mostrándonoslo desde varias ópticas diferentes. Como ciclista, como campeón, como maniático de las medidas de la bicicleta, como doliente perdedor (algo que representa casi una exclusiva), como entregado esforzado (que no forzado) de la ruta… y como miembro de una familia que vive todo de un modo distinto al resto de la gente, pero una familia, al fin y al cabo, con esposa e hijos. El filme parte de un prólogo rápido, pero muy elocuente, sobre la evolución del ciclismo (blanco y negro). Luego podría, casi, clasificarse en partes: una más centrada en la figura-persona de Merckx y otra de repaso informal, pero cronológico, de algunos de sus éxitos. Como detalle de interés regional, quiero comentar que viendo una escena de CRI, el paisaje que iba atravesando el corredor se me hacía francamente familiar. Carreteras estrechas, verdes prados y… una “atmósfera” muy cercana. A mi yo actual y, sobre todo, al compuesto por mis recuerdos. Y además estaban las casas, esas casas típicas de los pueblos de Cantabria. No necesariamente de las conservadas en plan de exposición, sino de las que había normalmente y que, en su mayoría, en los pueblos, siguen en pie. ¡Efectivamente! Durante unos minutos, las imágenes nos trasladan al 11 de mayo del 1973. A la CRI de 17,8 km de la Vuelta a España, celebrada en Torrelavega. Por supuesto que entonces Merckx ganó la crono, y además 6 etapas y la clasificación general. La película incorpora tomas de muchas carreras diferentes y, siguiendo la estela marcada por Mallé, secuencias de descripción interna de las mismas, atendiendo en ellas a los demás corredores, a la gente y a quienes trabajan alrededor. Escenas de momentos de gran dificultad y sacrificio (también de Merckx). En cierto modo, este documental, aunque muy al estilo del director anterior, quizás marcó la línea en la que posteriormente se estableció Leth, del que pronto hablaremos. La cara privada del ciclista belga se alterna con la pública durante el largometraje. Se repasa también su récord de la hora en México. No está demás ser testigo de aquello en diferido: 49 km con aquella bici, aquellas ruedas de aerodinámica convencional, ausencia casi total de ciencia, una postura muy erguida, etc. ¡Increible!. Hacia el final del documental hay un buen rato de muestra de la capacidad de convocatoria masiva que generaba el campeón. Masa rendida, masa respetuosa… o no, como un detalle que se repite de rápidos ladrones de gorras, que se las quitan a Merckx de la cabeza mediante una acción fugaz de la mano, siendo evidente que a él no le gusta nada. Ante tal gentío, las imágenes me hacen pensar que menos mal que era belga y no flamenco, ni prácticamente valón.

Eddy Merckx victorioso en Torrelavega en 1973. (Imagen: EFE).

Desde una perspectiva cronológica, casi inmediatamente después del documental anterior surgió el fenómeno Jorgen Leth. Este director danés tiene una larga filmografía muy peculiar, en la que abundan los “estudios” sobre el ser humano, en varios casos a través de la mirada al deporte o al movimiento (“The Perfect Human”, “Chinese Table-tennis”, “Peter Martins - A Dancer”, “Pelota”, “Moments of Play”, “Michael Laudrup - A Football Player”, etc.). En la década de los setenta, en realidad en un intervalo situado entre 1973 y 1976, esa búsqueda, curiosidad u obsesión le llevó a tratar de filmar el ciclismo. Su trabajo nos dejó, nada menos que, cuatro documentales que podrían ser considerados de “su propia escuela”, sino tenemos en cuenta que siguen parte del estilo de los dos directores anteriores, aunque eso sí, con toques propios. Por eso me atrevo a considerar a Leth como “El director de los documentales de ciclismo”. Al menos en lo que respecta a la segunda mitad del siglo XX. Una verdadera mina para los aficionados al ciclismo retro. Indispensable, por añadidura, para aquellos que sientan especial predilección por la década de los años setenta. En sus cuatro trabajos planteó una visión cercana, observadora y voyerista, pero con apariencia desapasionada. Ocultando su más que probable pasión por este deporte. Puedo recomendar tres de estas obras, porque hay una que no he visto todavía. Un cortometraje titulado “Eddy Merckx in the Vicinity of a Cup of Coffe” (1973). Bennett habla algo de él en su libro, pero yo no puedo aportar nada, aunque sí que lo puedo hacer sobre los otros tres.

 
Primer plano del director. (Imagen: @jorgenleth.twitter).

“Stars and water carriers” (1974). 1h 27 min. Estamos ante un magnífico documental que narra el Giro de Italia de 1973. Lo hace recopilando el punto de vista (literalmente visual, no de opinión) de diferentes protagonistas de este. Las estrellas y muchas otras personas, algunas de las cuales ni siquiera eran ciclistas. Repasa las etapas sin empacho y, al igual que ya hizo Mallé, resta protagonismo al resultado y a los vencedores. También a Leth le interesa más el proceso. Lo que va pasando. Las situaciones y los contrastes entre las montañas y los llanos. Merckx, el Bianchi y un pendenciero JM Fuente, no pueden evitar protagonizar muchas de las escenas. Su visionado no solamente es recomendable para el ciclista “retro”, debería ser obligado, pues tanto esta película como la siguiente, forman parte importante del acervo cultural de una de las épocas doradas de este deporte.

“Sunday in hell” (1976). 1h 45 min. Sigue la misma línea (incluso óptica, podríamos decir) que la anterior. En este caso el director vive, cuenta y transmite una azarosa y mítica carrera en línea de un día. Un monumento: la París-Roubaix. Una edición plagada de estrellas del pedal, en la que la emoción se mantiene hasta el final. Una edición que podría calificarse como de transición entre el reinado de los Belgas Merckx y Roger de Vlaemick, además de otros, y la irrupción de jóvenes valores, entre los que destaca Francesco Moser. El largometraje describe muy bien lo que es esa carrera. Lo que fue aquella edición en concreto, y lo que es siempre, en cualquiera de sus ediciones. Además, por caprichos del destino, durante el transcurso de la prueba surgen una serie de acontecimientos ajenos al ciclismo que hacen que, en determinados momentos, el reportaje informe sobre la actualidad reinante desde un punto de vista civil. El final del documental, con las imágenes de los corredores en las míticas duchas del velódromo de Roubaix, los vuelve terrenales. Los hace desprenderse del polvo del camino, de su sudor atlético y de su aureola de dioses. Recuerdo aquellas duchas porque tuve el singular privilegio de utilizarlas tras haber pedaleado durante más de cien de los últimos kilómetros del recorrido de la carrera. Incluyendo la mayor parte de sus famosos tramos de brutal pavés. Finalizando con una vuelta al velódromo. Duchas espartanas, con aspecto de campo de concentración, pero con el detalle de atesorar una inmejorable colección de placas grabadas, poniendo el nombre y la fecha de cada vencedor de la prueba a los múltiples cubículos allí dispuestos para que los corredores puedan cambiarse de ropa.

Hasta aquí los dos documentales preferentes y más ambiciosos (sobre ciclismo) del director danés. Pero hay otro de menor interés y cierta apariencia de estudio preliminar, más que de película terminada. Me refiero a “The Impossible Hour” (1974) 43 min. Desde luego parece mucho más sencillo. Más naif. Como igualmente naif resulta el montaje que rodea a Ritter en el velódromo olímpico de México, en su intento de recuperar el récord de la hora que le había arrebatado Merckx. Al verlo me recordó una película apócrifa sobre el de Indurain. Una cinta de video que me dejó pasmado por lo poco científico y riguroso de su proceso de preparación (y aquello era ya 1994). En el caso de Ritter, todo sucedía décadas antes, cuando aquel modo de llevar a cabo las cosas era lo normal. El problema, realmente, estaba en la marca que, poco tiempo antes, había establecido el Caníbal. Resultaba realmente imposible, inalcanzable, a pesar de que a Ritter hay que reconocerlo como un excepcional contrarrelojista.

Cerramos el apartado centrado en Jorgen Leth, para dar un importante salto cultural, aunque, geográficamente hablando, apenas nos desplacemos algunos pocos cientos de kilómetros. “Wyscig Pokoju 1952. Warszawa-Berlin-Praga” (Joris Ivens). (48 min).  En la línea de los grandes documentales del ciclismo de carretera, el cine polaco tuvo el suyo. Y en el caso de su versión original, esa de 1952, se adelantó a todos los documentales anteriores al narrar (con un prisma bastante institucional y nacionalista) la carrera de la Paz Varsovia-Berlin-Praga de 1952. No la he conseguido ver completa, pero parte de su contenido fue utilizado, en 1998, para que otro equipo polaco preparase un segundo documental para la televisión, recuperando mucho metraje del anterior, así como retales de imágenes de la carrera en diferentes épocas. El resultado “Kulisy Wyścigu Pokoju” es muy recomendable. Repasa la Carrera de la Paz desde, aproximadamente, 1946 hasta 1986. Cuarenta años de ciclismo. Pero lo hace dando saltos, no es un catálogo cronológico. Es algo mucho mejor. Mis alabanzas son parciales porque la he visto en polaco sin subtitular, y claro, no he entendido nada de nada de lo hablado. Entre ello, la intervención de varios antiguos corredores del pasado. Sin embargo, aun así, el documental me atrapó a través de sus imágenes y montaje. A lo largo del mismo vemos evolucionar la historia de la Europa del Este. La general y la ciclista. Y se ven cosas increíbles. Pobreza institucional de postguerra. Movimiento de masas ingentes. Montaje de pruebas “con lo puesto”. Muchos finales al sprint en pistas de atletismo de tierra o ceniza. Material y cultura de la parte de allá del “Telón de Acero”. También una progresiva modernización e internacionalización de la prueba con presencia de ciclistas occidentales. Merece la pena. Verlo, y con atención, porque en determinado momento, durante un instante en una de las ediciones antiguas, se ve un solitario cartel publicitario a un lado de la carretera. Un cartel anunciando… ¡CIL!. Alucinante ¿una empresa de la España de Franco pudiendo publicitarse en la carrera ciclista más importante del universo comunista?. En realidad no. Esa especie de tilde delata que el cartel tiene que ver con algo muy diferente de la ruta, meta o algo por el estilo. En todo caso, no sería esta, si lo fuera, que no lo es, ni mucho menos, la única interconexión deportiva que con que me he topado, en otras ocasiones, relacionando al régimen franquista con el bloque del Este.

 
¿Publicidad CIL más allá del Telón de Acero?. Lo parece, pero no...  (Imagen: captura del documental).

Toca ahora cambiar de tercio (radicalmente) y prestar atención a un par de películas ciclistas de animación. En realidad, las dos, de dibujos animados. “Andalusia no Natsu” (Nasu, verano en Andalucía) (Kosaka, 2003) 45’, es una película “manga”, esto es, del típico estilo japonés de hacer dibujos animados. Algo que en España descubrimos hace décadas de la mano de Heidi, y que posteriormente ha ido invadiendo casi todos los géneros e intereses posibles del público: deportivo, histórico, fantástico, infantil, pornográfico, etc. Como en la mayoría de los casos, este ejemplo muestra una excelente calidad de dibujo. Fiel y realista. Sitúa la historia en la época “post Indurain”, con el Mapei, Kelme, Banesto, Saecco, Telekom… perfectamente identificables por sus uniformes y tipografías, pero con los nombres ligeramente cambiados. Los dibujos son dinámicos, no como la distorsión de tiempo y espacio a la que nos sometían los responsables de producir los capítulos de Oliver y Benji. Únicamente se nota cierto exceso de parsimonia en el último kilómetro de la única etapa que narra la película. Se ve que a los nipones les resultó imposible evitarlo. El guion abarca una etapa de, imagino, la Vuelta a España. Es lo que cuenta, lo principal, aunque hay cierta historia paralela de carácter más emocional, más personal. Pero el interés (nada despreciable) está en el magnífico retrato que hace de una carrera ciclista profesional en la segunda mitad de la década de los 90, así como de su ambientación en tierras andaluzas. Entretenida para frikis del ciclismo.

Muy diferente es “Las Triplettes de Belleville” (Sylvain Chomet, 2008). Puede que una obra maestra de los dibujos animados, pues lo son buenos y originales. La película no imita a nada, su estética es muy singular y alejada de fáciles parecidos o referencias. Y la trama tampoco parece manida. Me gustó mucho, pero no me atrevo a recomendarla porque su apuesta es bastante radical en aspecto, ritmo, etc. volviéndose, en ocasiones, desmesurada o, puede que, hasta algo surrealista. Desde luego que el resultado pinta más para adultos que para niños. ¡Y sí! hay ciclismo, bastante y terrible. ¡Y los autores saben de ciclismo! Lo demuestran en su sonido, en la exageración del dibujo de los cuerpos de los corredores, en las caras y en algunos detalles más. En cualquier caso, una película sorprendente. Y no solo saben de ciclismo, seguramente también hayan sufrido en sus carnes lo terrible que resulta entrenar en rodillo…

Ahora abordo un cajón de sastre de películas que tratan también el ciclismo de competición, pero desde diferentes ópticas y con distintos niveles de acierto (siempre desde mi punto de vista). “Le Grande Boucle” (Laurent Tuel, 2013) es una divertida comedia francesa moderna, centrada completamente en el Tour de Francia, a través de una aventura paralela protagonizada por un hombre común, bastante desesperado, que decide completar su propio Tour de Francia con un día de diferencia con respecto al oficial. Aquello acaba captando la atención de los medios de comunicación y del público. Imagino que, con el tiempo, no acabará convertida en película de culto. Pero es divertida y recrea el ambiente del escenario en el que sitúa la acción.
 
“Les Cracks” (Alex Joffé, 1968) también es una comedia ciclista francesa, pero tiene muy poco que ver con la anterior. Tiene el ritmo y el tipo de humor inocente de su época, bastante más infantil para nuestros tiempos actuales. Es muy colorida y muestra la vistosidad de una película del tipo de las de Walt Disney de aquella época. Los personajes son muy exagerados, tanto de aspecto como de comportamiento. Pese a todo, la película tiene cierto interés porque cuenta una Milán – San Remo por etapas, ubicada temporalmente en 1901. Es como una versión ciclista de “La carrera del siglo” o “Aquellos chalados en sus locos cacharros”. Por eso es atípica dentro del “genero” ciclista, porque presenta un atrezzo y ambientación de lo que muchos ciclistas retro llamamos “pioneras” (carreras o bicicletas). Por cierto, hace pocos años, anduvo por ahí un corto de animación, creo que español, totalmente inspirado en escenas y situaciones de esta película.

Y ya que nos hemos acercado hasta los pioneros, no puedo pasar por alto una discreta joya del cine de temática ciclista titulada “Six day bike rider” (Bacon, 1934). Teniendo en cuenta su edad, es una buena película. Una comedia con lucimiento ciclista por encima de todo. De ciclismo cotidiano, de ciclismo-espectáculo circense y de ciclismo competición (de pista), que fue el que inicialmente triunfó en la mayoría de los países y, especialmente, en los EEUU. Es una comedia. De las de trompazos, desafortunadas coincidencias y vergüenza ajena. Todo ello en blanco y negro. Pero la bicicleta permanece durante toda la película como elemento social, como escenario, como razón de ser. Durante su segunda mitad, una competición de pista de formato de “seis días” acapara el argumento. Conviene recordar que no se trata de ninguna exageración, sino del reflejo de un tipo de espectáculo que cuajó totalmente en el mundo occidental, movilizando mucho público y mucho dinero. No fue casual su posterior evolución hacia los posteriores y diferentes formatos de competiciones de pista en seis días, así como su posterior minimización hacia los de “seis horas”. Los interesados la podrán encontrar en Internet con acceso libre.

Cierro un listado que se está dilatando peligrosamente con otra referencia más: “American Flyers” (John Badham, 1985) con un jovencito Kevin Costner en acción. No es una película importante ni destacada, pero a mí me gusta. Quizás porque sus imágenes se quedan muy parcas en los medios materiales y cantidad de gente mostrados, algo que se me antoja muy parecido a lo que debía ser el ambiente ciclista americano del sur de los Grandes Lagos, del entorno de Colorado e incluso de California en los años ochenta. Aquel ciclismo fue el embrión del posterior (desde el de LeMond hasta el de Armstrong) y era un ciclismo modesto, de poca gente, carreras sin apenas pelotones, sin el peso subcultural de la tremenda inercia europea y muy amateur. Y todo ello, soviéticos de caricatura aparte, queda bastante reflejado en la película. Que cada cual juzgue. El guion es lo de menos.

¿He dicho Armstrong? ¿Qué pasa con Armstrong? Pues que su caso ha generado, por sí solo, bastante filmografía. Tanto dramática como documental. A mí no me interesa mucho. Para empezar porque su personalidad como deportista, al menos la aparente, me resultaba bastante desagradable. También porque, por lo general, como espectador deportivo, no me gustan los monopolios victoriosos, así como tampoco los abusos logrados por motivos presupuestarios. Y como tampoco me gusta la crónica negra o amarilla del deporte, esa que busca y se recrea en lo oscuro, lo miserable, el cotilleo, etc. Pues la conclusión es que Armstrong, como tema, me trae al pairo. Pero no puedo negar la evidencia de que ha provocado bastante producción. Una vez vi un documental al respecto en casa de mi amigo Javier en San Sebastián, en una especie de sala de cine de pantalla enorme que tiene instalada en su sótano-txoco. Me entretuvo y me dio una visión bastante completa de un proceso que ya conocía “por partes”. Estuvo bien, pero no era mi estilo. Bruce Bennett, en su libro, utiliza la película (con actores) “The program” (El ídolo, Stephen Frears, 2015) como fundamento principal de su capítulo dedicado al cine y el ciclismo deportivo. Me propuse ver esa película, tanto por su insistencia, como porque conozco parte del trabajo de su director, a quien tengo en muy buena consideración. Pero todavía no lo he hecho, como tampoco una pieza alternativa de contraste, mucha mala leche, exageración histriónica, caricatura cómica, etc. titulada “The Tour of Pharmacy” (Ruta adulterada, Jake Szymanski, 2017). Ya veremos si la encuentro algún día a mano (en español, porque imagino que, para seguirla bien, en su caso, me hará falta).

Cerradas las tres “categorías” prestablecidas, voy a ir acabando este “especial” incluyendo algunas referencias de películas en desorden o capricho. Hay algunas que no he visto pero me interesaría hacerlo y otras que sí. Algunas me han gustado y otras no me parecen tan meritorias como las que he presentado antes. Incluso me salto varias a las que ya hice referencia en entradas antiguas del blog, cuando venían a cuento del tema tratado.

Antes de empezar con ellas, aunque quede feo decirlo, quiero mencionar que incluso a mí me ha dado por hacer algún pinito cinematográfico con el ciclismo como tema. Mis películas son siempre documentales y artesanales, Nada profesional, sino casero. Tengo varias, algunas de esquí y otras de temáticas algo variadas, entre ellas el ciclismo. Que me vengan a la memoria ahora, dos cortos y otra de una hora de duración. Uno de los cortos es una especie de homenaje al Tour de Flandes, nada demasiado especial. Me siento más orgulloso del otro: un homenaje al Barón Drais y su invento. Pero lo que más gente ha podido ver es mi documental largo sobre el fenómeno del ciclismo retro en sus inicios. Lo titulé “Retrovisión”. Nunca me he atrevido a publicar mis documentales porque para su montaje utilizo muchas imágenes y fragmentos de audio ajenos, por eso siempre los proyecto en actos de pequeña audiencia. Lo gracioso del asunto es que, gracias al esfuerzo de estudio que hice sobre la ley de protección de la propiedad intelectual que  comenté antes, recientemente he sido consciente de que mi modo de utilizar ese material ajeno es perfectamente legal si lo proyecto sin cobrar por ello, en ámbitos educativos o de investigación (en este caso, claramente, de sociología e historia del deporte).

Volviendo ya a los cineastas de verdad, me gustaría ver “Saturday night and Sunday morning” (Reisz, 1960). Relata, en blanco y negro, el contraste del mundo laboral industrializado del operario en una fábrica de bicicletas británica (Raleigh), cuando se libera y desinhibe durante el fin de semana. Está protagonizada por Albert Finney, actor principal de algunas películas que guardo con aprecio en mi memoria.

“Sky bike” (Frend, 1967) es una película infantil (o juvenil de época) que hubiera dado juego en su trama para una producción de calidad y buenos efectos especiales, pero que hoy en día se queda en muy poquita cosa. Tiene que ver con un certamen de bicicletas voladoras.
Hasta en Bollywood han producido largometrajes (esos sí que son largos) con las bicicletas como hilo conductor. “Jo Jeeta Wohi Sikandar” (Khan, 1992) es una película juvenil de estudiantes buenos y pobres, pugnando contra otros malos y ricos, con desenlace de lucha entre clases y centros educativos a través de una carrera ciclista. No pasa de la anécdota. Al parecer, hay otra titulada “Main Hoon Na” (Khan, 2004), mucho más contemporánea, pero esta no la he visto.

El icono del humor cinematográfico clásico, Jacques Tati, utilizó muchísimo la bicicleta en su extensa obra cinematográfica. Lo he podido ver tanto en escenas sueltas como en algunas de sus películas. Ahí está para quien desee curiosear, aunque no es una recomendación específica para quien busca ciclismo cinematográfico.

Aunque “la película” de la bicicleta como vehículo de libertad y autonomía de la chavalería es, sin duda, “ET el extraterrestre” (S. Spielberg, 1982), para los fanáticos de la BMX quizás sea más “de culto” la australiana “BMX Bandits” (Brian Trenchard-Smith, 1983), aventura juvenil de buenos y malos, con ese tipo de bicicletas y una Nicole Kindman adolescente, con aquella exuberante mata de pelo rizado. La película es muy básica de argumento, así como de alarde técnico sobre las monturas. Nada comparado a cómo fue pronto evolucionando ese deporte en cuanto a espectacularidad aérea y de trucos. Es la típica cinta por la que “sí han pasado los años”. Sin embargo, hay un detalle que parece recurrente en varias películas ciclistas, y que es común a algunas de mensajeros. Cerca de su momento culminante, los amenazados ciclistas se organizan como tribu y logran neutralizar al enemigo motorizado. Este efecto, frecuentemente utilizado, parece que, de algún modo, evoca un concepto paralelo de las reivindicaciones ciclistas urbanas, que es en el que se basa el movimiento Masa Crítica. La unión hace la fuerza. Aunque simpatizo con tal movimiento, le encuentro algunas pegas. Una, habitualmente rezuma cierto sentimiento de revanchismo y de enemistad irreconciliable con el transporte motorizado. Dos, se fundamenta en el efecto rebaño, algo que no me gusta nada y que le hace mantener dos incoherentes causas derivadas: las siguientes pegas. Tres, que muchos usuarios de la bicicleta se caracterizan por ser muy individualistas, y su vinculación a la Masa Crítica no deja de ser una anécdota, pues el resto del tiempo se comportan de modo indisciplinado e irrespetuoso con normas que “no van con ellos”. La película de BMX es un buen ejemplo en el que los protagonistas someten a muchos peatones a una amenaza similar a la que ellos sufren del automóvil. Y cuatro, las manifestaciones del tipo masa Crítica y los días de la bicicleta, me recuerdan mucho a las de la liberación de la mujer o a las carreras populares femeninas, en el sentido de que logran una representación poderosa puntual, pero no parecen muy eficaces a la hora de garantizar la protección concreta diaria de las personas (ciclistas y mujeres respectivamente). Eso sí resultan de lo más fotogénico para los Medios y los políticos que saben aprovecharlas.

 
Los tres protagonistas de esta película australiana. (Imagen: reddit).

Mención especial otorgo a “Parpaillon” (Luc Moillet, 1993), para mí todo un ensayo experimental socio-cinematográfico sobre el ciclismo popular. La cinta es muy básica en medios y calidad de película, y más aún en trama o guion. Sin embargo, lo dice casi todo, muy al estilo francés, retratando la “fauna” humana de participantes en un evento de cicloturismo popular consistente en ascender a un puerto tremendamente largo y duro. Por allí desfilan cicloturistas competitivos, excursionistas, ligones, frikis, tramposos, políticos en busca de la foto, figuras atemporales simbólicas, etc. Aunque la perspectiva francesa, para esto del deporte popular, suele ser, incluso, más bizarra y menos acomplejada que la española, permite identificar fácilmente muchos estereotipos comunes en ese tipo de saraos.

 
¡Auténtica Francia ciclodeportiva!. (Imagen:gijonenbici).

También hago mención honorífica a “A Day Out” (Stephen Frears, 1972). Efectivamente, del mismo director que “El Programa”, pero retratando una historia completamente diferente, y haciéndolo al principio de su fresca carrera como cineasta. En esta historia de media duración y en blanco y negro, recrea una excursión de “pioneros” británicos durante la primavera de 1911, proyectando una visión idílica de la Inglaterra eduardiana. Todo eso teóricamente, porque en realidad, durante el rodaje hizo muy malo, pasaron frío y perdieron días a causa de la lluvia, pero es algo que “la escala de grises” logró camuflar. Por otro lado, el idilio no parece tal cuando vemos la relación manifestada entre algunos miembros del grupo de ciclistas durante la excursión. La película me encanta por su ambientación y por la estética con la que recrea a los ciclistas de principio del siglo XX, así como el placer de rodar por la campiña británica. Esto último sigue vigente, pues he podido disfrutarlo en varias ocasiones. La atmósfera que se desprende de la excursión me recuerda mucho a un magnífico documental semi-publicitario que, a mediados del siglo XX, se produjo con el patrocinio del Cyclists Touring Club y la compañía nacional de ferrocarriles. Es otra cinta muy recomendable para los apasionados de lo vintage. Frears rodó la suya por encargo del dramaturgo Alan Bennett para una exitosa serie de trabajos para la televisión británica. Más allá del “encanto” visual de la película, posee también mucha ironía (si sabe detectarse) y algo que todavía me parece mejor: y es que, pese a narrar una sencilla salida ciclista dominical en grupo, de hace más de un siglo, ¡hay muchos detalles que apenas han cambiado!. El trabajo de los actores es magnífico, con muy poco diálogo, se expresan de maravilla con sus rostros.

Finalizo haciendo mención del cine de mensajeros en bicicleta. Hay varias películas al respecto y Bennett, en su libro, las atiende en dos de sus capítulos, en el dedicado a la mujer y en el que trata el ámbito laboral. Creo que he visto tres o cuatro, y la memoria me traiciona confundiendo unas con otras. Se me parecen mucho en bastantes aspectos relacionados con las tramas, la estética, los guiones y, sobre todo, el escenario y el tratamiento dinámico. Me entretuvieron en su día, para pasar el rato, pero no me engancharon ni me dejaron huella. “Premiun Rush” (Koepp, 2012) es una de ellas, relativamente reciente, pero ya digo que hay varias. A quien le guste ese “ecosistema” no tiene más que buscar un poco y las encontrará. Puestos a dejarse seducir por historias de mensajeros a pedales, a mí, lo que me llamó la atención fue lo de Oswaldo Farrés, maltratado compositor musical, quien, en algún momento de su vida pasó por ser mensajero (o recadista) en bicicleta. La descubrí leyendo, de la mano del siempre impredecible Mauricio Wiesenthal, y así la transcribo:

“’Toda una vida’. Este bolero inmortal lo compuso el maestro cubano Oswaldo Farrés. Parece mentira que sus canciones hayan sido interpretadas por los mejores artistas y, sin embargo, esté hoy casi olvidado y se recuerde más a sus intérpretes, como Antonio Machín o Lucho Gatica. Pero quiero recordar que es el autor de ‘Quizás, quizás, quizás’, ‘Madrecita’, ‘Acércate más’ y ‘Tres palabras’, entre otros boleros famosos. Este genio de la canción no se formó en una academia de música, sino en la bohemia de la calle. Fue mensajero en bicicleta, pintor de vidrieras, empleado en una colchonería y jefe de publicidad de la Cervecería Polar. Con este bolero enamoró a su última mujer, que era treinta años más joven que él. Oswaldo dirigió el programa de televisión más famoso de Cuba, por el que pasaron Nat King Cole, Josephine Baker, Maurice Chevalier y Sara Montiel. Cuando la dictadura de Castro se instaló en Cuba, huyó a España y Estados Unidos, donde vivió hasta su muerte. Unos inquisidores de la burocracia estatal quemaron su casa y sus recuerdos en La Habana. Una hoguera en mitad de la calle: un tesoro perdido de partituras, fotos de artistas y reliquias que ya no pueden recuperarse. Toda una vida…”. (Mauricio Wiesenthal, en “Siguiendo mi camino”. Acantilado, Barcelona, 2013).

Casi podríamos titularlo como “Muerte de un ciclista”, pero esa es otra historia, otra dictadura y otra película.

jueves, 30 de abril de 2020

RÍO COLORADO


Mi amigo Manu vive ahora en Denver (Colorado). De vez en cuando hablamos o nos escribimos. Y aunque cuando estaba en Madrid nos veíamos poco, alguna que otra ocasión había. Ahora no, pero la amistad sigue, eso sí, con más añoranza. Recientemente me habló de un par de libros que estaba leyendo. Sendos descensos por la cuenca del río Colorado. Uno muy reciente, en pleno siglo XXI y otro pionero, “El Pionero” en descenderlo, en el siglo XIX. Ni corto ni perezoso, tomé nota de ambas referencias y las encargué. Siempre adquiero mis libros en formato físico y lo hago personalmente en la librería de mis amigas. Comercio de proximidad (y en su caso máxima calidad). Excepto cuando se trata de libros extranjeros o descatalogados, en cuyo caso acudo a Internet. En esta ocasión, ambos libros, además de otro buen puñado de ejemplares, la mayoría de ellos relacionados con el piragüismo y las canoas, me fueron llegando por paquetería porque todos eran extranjeros. Y llegaron, todos menos uno, justo a tiempo, pocos días antes de que se decretara el estado de alarma causado por la pandemia de coronavirus. Fue una suerte ya que, aunque he estado tremendamente ocupado durante el confinamiento, el pedido me propició un buen arsenal de lectura extra por si acaso se incrementaba el tiempo libre.

Aquellos dos libros que me recomendó Manu los leí seguidos, pero en orden cronológico inverso. Primero el reciente, seguido del antiguo. Y desde el inicio del segundo, ya decidí que dedicaría una entrada del blog a escribir sobre la cuenca de los cañones del río Colorado. Sin duda se trata de un extenso paraje de fama mundial. Fácilmente evocable casi por cualquier persona, gracias a su frecuente utilización como escenario de gran dramatismo y vistosidad en el cine americano. Es además un destino turístico de primer orden. Uno de esos “spots” que aparecen en las hipotéticas listas de los “Top Ten” que “no te puedes perder”, Torre Eiffel incluida. Pero el caso es que, hasta el momento, yo sí que me lo he perdido, y aunque no descarto poder visitarlo en alguna ocasión, hay muchas probabilidades de que no llegue a hacerlo nunca. Y menos en el plan y con el tiempo que me gustaría, que son, precisamente, las dos condiciones en las que lo visitaron los autores (él y ella) de los dos libros por los que he empezado a hablar. En ambos casos se tomaron sus viajes como largos itinerarios de exploración de los ríos. Viajes nómadas, preferentemente localizados en el lecho fluvial, navegando por las tortuosas aguas de los profundos cañones que por allí tejen toda una laberíntica red de abismos. Así pues, a falta de pan, buenas son tortas, y más durante un periodo de tiempo en el que la obligación de permanecer en casa me impedía, no solo no poder viajar al río Colorado, sino siquiera acercarme a darme un garbeo en kayak por cualquier lámina de agua de los alrededores, no fuera a transmitir (o recibir) el contagio del COVID-19 a alguna nutria, martín pescador, etc.

Total, que me animé a tope y me propuse viajar por el Colorado a través de lecturas, mapas, sueños y consultas. Y logré disfrutar mucho durante varias semanas, y aprender, y acabé plasmando parte de todo ello en esta entrada. La historia que voy a contar es de extremos. Con ello quiero decir que se centra en el primer gran viaje realmente significativo por los ríos Green y Colorado, y en uno de los últimos, prácticamente integral, por el río Green (importante afluente del Colorado). Entre ambos otra experiencia anecdótica.

John Wesley Powell está considerado como el principal explorador del río Colorado y sus cañones. Fue un militar con enorme vocación científica y naturista, a la que se pudo dedicar desde que finalizó el conflicto bélico civil que enfrentó a los estados del norte y del sur de los EEUU. Antes de la guerra ya había hecho sus pinitos explorando por las cuencas del Mississippi y otros cursos del Medio-oeste norteamericano. Pero su gran labor exploradora, su impresionante legado descriptivo llegó después, cuando, habiendo perdido su brazo derecho en una batalla, decidió emplearse en cuerpo y alma a recorrer las inmensidades de los territorios desconocidos del oeste. Por lo que he podido leer de su figura, deduzco que Powell era un hombre adelantado a su tiempo. Un verdadero humanista, interesado en conocer a los indios y convivir con ellos, un auténtico apasionado por la geología y bastante aficionado a la etnografía. Un aventurero amante de la vida al aire libre. Duro, capaz de aguantar condiciones ambientales rudas y que no se amilanaba en absoluto pese a no contar con aquel brazo perdido.

Su libro en cuestión es “The Exploration of the Colorado River and Its Canyons” (1895), que yo adquirí en la versión de National Geographic Adventure Classics. Se trata de una obra que fue publicada con retardo. ¡26 años de lapso! entre el viaje y la primera edición. Y no es que el texto no estuviera escrito al poco de acabar el viaje, sino que inicialmente se consideró que sería una obra de nulo impacto comercial. Principalmente por alejarse del género de aventuras. Estas afirmaciones hay que tomarlas en su contexto. El relato, además de ser real, y no una ficción, tiene muertes violentas, muchos peligros y bastante carga aventurera, pero, probablemente poco, si lo comparamos con las novelas y folletines del “Oeste” que se debían de vender como rosquillas en aquellos tiempos. Por otro lado, hay partes de la obra que resultan muy descriptivas, centrándose en aspectos geomorfológicos, geográficos y etnográficos. Ello confiere al texto cierta connotación de informe, que, en el fondo, era lo que más interesaba al propio Powell, pues era su género vocacional y al que dedicó la mayor parte de su trabajo escrito. Trabajo que aún hoy en día se sigue teniendo bastante en cuenta a la hora de tomar decisiones sobre la gestión de aquel territorio. De hecho, la visión editorial del momento no estaba muy errada ya que, cuando finalmente se publicó, resultó un poco fiasco a nivel de ventas. Sin embargo, todo eso cambia cuando lo percibimos desde una perspectiva actual, pues el texto está publicado por varias editoriales, en diferentes formatos, con o sin anotaciones posteriores, etc. Habiendo acabado convertido en todo un clásico de la literatura de exploradores aventureros.

Desde mi punto de vista, el libro es lo suficientemente ameno para hacer las delicias de cualquier aficionado a este género. Es verdad que se emplea mucho en descripciones geomorfológicas y paisajísticas, pero es que se ubica donde se ubica… además, los momentos en los que el texto se vuelve algo más “científico” (o serio) están claramente localizados en los cuatro primeros capítulos y en el último (de los catorce que lo componen). A favor, además del propio contenido, la aventura y del hecho de que aquella fuera la primera exploración “integral” y navegada del río, el texto tiene dos ventajas añadidas. La primera es que, como suele pasar con muchos de los textos clásicos en inglés, su lectura se me hace mucho más sencilla, al presentar una estructuración gramatical muy clásica, muy al estilo del “inglés” que estudié en el colegio. Y la segunda, que el libro incorpora una generosa cantidad de ilustraciones que, procedentes de grabados o plumillas, ofrecen unas imágenes espectaculares y de inigualable belleza. Son dibujos de la época, aunque no he logrado enterarme de su autoría.

Dibujo del libro de Powell. Una vista de cañones desde el río. (Imagen: vistabooks).

El viaje que cuenta Powell se inicia en Green River, localidad por la que pasaba el Old Spanish Trail que, partiendo de Santa Fe (Nuevo México), llegaba hasta Los Ángles (California). En aquel momento ya contaba con conexión de ferrocarril gracias a la Union Pacific Rail Road. Por ese medio llegó una expedición compuesta por 10 hombres con mucho material y cuatro botes de madera. Tres algo más grandes y pesados dotados de pequeñas cubiertas cerradas a proa y popa, y un cuarto más pequeño y ligero completamente abierto. Las cuatro embarcaciones de remos y construidas en madera. El viaje se desarrolló en 1969, iniciándose el 24 de mayo y finalizando el 29 de agosto. 98 días para recorrer unas 1000 millas de lecho fluvial. Todo ello descendiendo por el río Green (hacia el sur) hasta desembocar en el Colorado, para seguir descendiendo por él hasta donde recibe al Virgin por su derecha. La idea inicial era aprovechar el viaje para explorar también, en la medida de lo posible, muchas de sus múltiples ramificaciones laterales, causadas por sus principales afluentes, algo que fueron haciendo rigurosamente casi hasta el final, hasta que las provisiones comenzaron a escasear de modo tan alarmante que tuvieron que optar por no “entretenerse” tanto.

Fotografía del bote del Major John Wesley Powell. El "Emma Dean", en el Grand Canyon National Park, Arizona. 1871. (Imagen: wikipedia).

El viaje en sí debería de catalogarse como un larguísimo “rafting pionero de madera”. Algo francamente arriesgado. No solo por lo inadecuado del material de navegación, sino, además, por lo desconocido del trayecto. Prueba de ello es que ya en junio perdieron uno de los tres botes grandes, como consecuencia de los violentos embates de uno de los múltiples rápidos que tuvieron que superar. La odisea se vio muy enriquecida por la constante añadidura de excursiones a pie y trepadas a través de acantilados y cumbres, en busca del remonte de afluentes, así como de accesos a las mesetas y niveles superiores de los cañones.

La intentona de Powell fue la primera en conseguir el objetivo, pero no en probar. Previamente, en 1825, William Ashley y un grupo de exploradores se embarcaron río abajo, desde el norte de las Montañas Uintah hasta unos rápidos que Powell bautizó como Disaster Falls, porque fue donde ambas expediciones perdieron embarcaciones (Powell el mencionado bote anterior). En aquel lance se ahogaron todos los acompañantes de Ashley excepto uno. Ambos tuvieron que remontar las paredes del cañón y atravesar las Montañas Wasatch hasta conseguir llegar a Salt Lake City, sobreviviendo por recolección. Finalmente fueron acogidos por mormones que les dieron comida y ropas, y los emplearon en la construcción del templo hasta que ganaron lo suficiente como para poder continuar viaje. El tal Ashley fue todo un personaje: minero, especulador de tierras, fabricante, oficial militar del territorio, político, trampero, tratante de pieles, emprendedor y cazador. Pero sobre todo, fue conocido por ser copropietario de la exitosa compañía Rocky Mountain Fur Incorporated, también conocida como Ashley’s Hundred, por los famosos “mountain men” que trabajaron en ella entre 1822 y 1834. El concepto de Mountain Men sigue vigente en los EEUU, una serie de televisión emitida por Mega muestra un plantel de personas que en la actualidad se afanan, en diferentes variantes, en el tipo de actividades a las que se dedicaban los de entonces, en parajes agrestes de los actuales EEUU y con algo de ayuda mecánica moderna (en algunos casos poca). Por otro lado, existe una asociación trans-estatal denominada “The American Mountain Men” cuyos miembros se empeñan en mantener vigente el estilo de vida de los pioneros, adquiriendo grandes destrezas con la utilización exclusiva de recursos naturales y utensilios de las épocas de los primeros pioneros (finales del siglo XVIII y principios del XIX).

 
Preciso mapa esquemático de la ruta completada por Powell. (Imagen: Ron Watters).

La ruta navegada del grupo de Powell se inició en el estado de Wyoming, para, al cabo de poco tiempo, entrar en el estado de Utah, y poco después hacer una breve incursión en forma de gran curva por el estado de Colorado navegando por el famoso Cañón de Lodore. De vuelta a territorio de Utah, el río Green los fue llevando de norte a sur. Fueron empalmando cañones y gargantas, remando, dejándose llevar por la corriente, tratando de negociar rápidos, teniendo que practicar costosos porteos o pasando algunos tramos conflictivos del río mediante el manejo de cuerdas con las que hacer descender los botes vacíos de tripulación. Todo ello, maniobras que me ha tocado hacer en ocasiones con las piraguas, pero en escala micro, comparándolo con las dificultades, dimensiones y pesos del viaje de aquellos aventureros. Pero esa experiencia miniaturizada me ha ayudado a comprender mejor el verdadero calado de lo que describe el relato de Powell. El regreso a Utah se produjo aproximadamente al pasar por el paraje denominado Echo Park, y a lo largo del estado fueron dejando atrás cañones como el Desolation y Labyirinth, así como el territorio de la Reserva Uinta. Aún en Utah, acabaron desembocando en el río Colorado, por el cual siguieron avanzando por una continua sucesión de cañones como el Catarat y el especialmente famoso Glen. En este último, por su margen derecha, desagua el afluente Escalante.

El nombre del río procede del apellido de uno de los primeros exploradores de la zona, el Padre Escalante, que pasó por allí en 1776.

“La expedición de Domínguez y Escalante, o Domínguez-Escalante, fue una expedición de exploración española que se llevó a cabo en 1776 para encontrar una ruta por tierra desde Santa Fe (hoy Nuevo México) hasta las misiones católicas en California, en particular a la de Monterey. Francisco Atanasio Domínguez y Silvestre Vélez de Escalante, sacerdotes franciscanos, y Bernardo Miera y Pacheco, un cartógrafo, viajaron con ocho hombres desde Santa Fe a través del oeste del actual estado de Colorado hasta el Valle de Utah, ahora en el estado de Utah. A lo largo de la travesía fueron ayudados por tres guías timpanog ute. Debido a las dificultades experimentadas durante el viaje, el grupo no alcanzó las Californias, pero regresó a Santa Fe a través de Arizona. Los mapas y la documentación de su expedición fueron de gran ayuda para futuros viajeros. Con el tiempo, su ruta se convirtió en parte del Viejo Sendero Español”. (Wikipedia).

Mapa con las rutas de ida (amarillo) y vuelta (verde) de Dominguez y Escalante. (Imagen retocada de: https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=404482)

Su itinerario de ida configuró el ramal norte de la ruta, el que pasaba por Green River. El regreso decidieron hacerlo más al sur, intentando una vía más directa que los llevó a cruzar el Colorado por el desde entonces llamando Vado de los Padres, al que hace referencia Powell. El papel español en la exploración del oeste americano fue francamente importante y especialmente tempranero. Me interesa aquí hacer mención del cartógrafo que acompañó a los Padres. Bernardo de Miera y Pacheco, reconocido como:

“«quizás el más prolífico e importante cartógrafo de la Nueva España»​ así como un artista, particularmente como santero (tallista de imágenes religiosas).​ Se le ha considerado un polimata, siendo «competente en astronomía, cartografía, matemáticas, geografía, geología, geometría, tácticas militares, comercio, ganadería, enología, metalurgia, idiomas, iconología, iconografía, liturgia, pintura, escultura y dibujo»”. (Wikipedia).

Nada más saber de él quise conocer su origen porque su apellido no engaña. El Miera es un río cántabro. En concreto, el que descendiendo por las laderas del puerto de Lunada conforma uno de los principales valles pasiegos y acaba desembocando, como río principal, en la Bahía de Santander. El Miera, cuando se convierte en ría, cambia de nombre, lo llamamos Cubas, y es uno de mis espacios más frecuentes de práctica del piragüismo. Por otro lado, Miera es una localidad cántabra situada el referido valle. También un apellido pasiego característico, por lo que empecé a sospechar que el gran cartógrafo, siguiendo (conscientemente o no, los pasos de Juan de la Cosa), pudiera ser originario de allí. Y efectivamente, nació en el Valle de Carriedo, comarca igualmente pasiega, recibiendo formación militar por ser hijo de un capitán de caballería.

“Sus mapas fueron examinados por Alexander von Humboldt en 1803 para ayudar a preparar sus propios mapas. Humboldt a su vez compartió la información con el presidente americano Thomas Jefferson un año más tarde y el trabajo de Miera fue copiado por los cartógrafos estadounidenses”. (Wikipedia).

Mapa de aquel territrio trazado por Bernando de Miera y Pacheco. Aunque contenía algún error, resultó fundamental para las posteriores exploraciones y cartografías. (Imagen: Library of Congress, https://www.loc.gov/exhibits/lewisandclark/images/ree0012.jpg)

El itinerario del Powell continuó río Colorado abajo y pasó al estado de Arizona, introduciéndose en el mítico Gran Cañón. Allí acometieron el sector del Cañón Marble. Estaban cerca de su destino, lo suponían, pero ignoraban cuánta distancia quedaba, así como qué tipo de dificultades. Estaban ya en una situación especialmente difícil porque se iban encontrando muchos tramos de gran dificultad y peligro, y se habían quedado prácticamente sin comida. El hambre ya apretaba y el tiempo se acababa. Tres miembros del grupo tomaron un plan alternativo por tierra. El resto continuaron abandonando ya el bote ligero, quedándose con los dos grandes. El destino de aquellos tres lo dejo en el aire, para evitar contar detalles del final de la historia. El resto continuó río abajo. Muy poco antes del final, una noche, acamparon en Grand Wash. A partir de allí pudieron disfrutar de las ventajas de tener algunas referencias para la navegación, ya que contaban con notas procedentes de un grupo de mormones que pocos años antes habían viajado desde St. George (Utah), cargando con un bote. Al llegar a este paraje, aquella partida se había separado. Un grupo había cruzado el río para reconocer las Montañas San Francisco, mientras que tres hombres echaron el bote al gua para llegar hasta Callville, algunas millas por debajo de la desembocadura del río Virgen (Nevada).

Esa desembocadura fue la meta del descenso de la expedición de Powell, la cual, finalmente, tras muchas penalidades, lograron completar con éxito. Incluso desde allí, una vez recuperados, bien alimentados y renovando sus pertrechos, un grupo de cuatro hombres (Sumner, Bradley, Hawkins y Hall, tomaron los dos botes supervivientes y se dispusieron a seguir navegando río abajo con la intención de llegar a Fort Mojave, y quién sabe si, incluso, Los Ángeles. En realidad, creo que Bradley y Hawkins llegaron hasta Ehrenberg (más de 150 km río debajo de Fort Mojave), pero eso es otra historia.

Por su parte, Powell regresó a la civilización, pero volviendo un año más tarde al mismo punto, para iniciar una exploración concienzuda del Río Virgen (Nevada) y de las montañas Uinkaret (Arizona). Lo hizo guiado y apoyado por indios. Empleando caballos como monturas y mulas para acarrear la carga. También caminaron y escalaron mucho, e incluso llevaron a cabo un auténtico descenso acuático (nadando, saltando, caminando…) de cañones. Lo dicho, todo un pionero de los deportes de las aguas salvajes. En la segunda parte de este otro viaje, con caballos y un carro para el material, se centró más en la convivencia con los indios y acometió (caminando) un descenso al pie del Cañón del Colorado. Una especie de sentimental cierre de círculo.

Todavía continuó explorando durante su regreso montado desde el Kanab, y hacia el este, a través de Arizona hasta Nuevo México. Lo narra en los últimos capítulos del libro. Aun centrado en la geografía, pero cada vez más en el estudio etnográfico (de campo) de los indios de varias tribus, aunque entonces, sobre todo navajos y, muy especialmente, indios Pueblo (Zuñi).

John Wesley Powell a caballo, hablando con un Nativo Americano. (Fotografía realizada en 1873 por John K. Hillers).

Como ya he comentado, el libro de Powell contiene unos dibujos francamente buenos. Ignoro si en su expedición, en la que cargaban con barómetros, sextantes, cronómetros y demás aparatos de medida y observación científica, alguno de los miembros de la expedición era dibujante. Powell no habla demasiado de ellos. El relato es un poco personalista. Aunque no los he leído, me consta que hay textos contemporáneos fruto de la investigación de otros relatos relativos a aquel viaje, y alguno de ellos muestra ciertas críticas hacia la figura de Powell. Lo que si queda claro en su texto original es que viajó con algún pintor e ilustradores en otras exploraciones posteriores por la zona. Escribiendo sobre la dificultad de describir la belleza de los paisajes con palabras, menciona a tres pintores: Church, Bierstadt y Thomas Moran. Todos ellos formados en Europa, y miembros destacados de la denominada Escuela del Río Hudson. Igualmente confirma que, tiempo después, viajó con Moran al Gran Cañçon. Él fue el autor de “The Chasm of the Colorado”, lienzo que estuvo colgado en el vestíbulo del ala del senado en el Capitolio.

"The Chasm of the Colorado", por Thomas Moran. (Imagen: Smithsonian American Art Museum)

Frederic Edwin Church pintó paisajes por todo el país, aunque es difícil dar con estampas del río Colorado porque viajó muchísimo, primero por todo el país, y más tarde siguiendo los pasos de su idolatrado Alexander von Humboldt. De hecho, las obras inspiradas en el continente iberoamericano son las que más se suelen destacar de su carrera artística.

Un paisaje cercano a la Bahía del Hudson, pintado por FE Church. (Imagen: Passionforpaitings.com)

En cuanto a Albert Bierstadt, tras formarse recorriendo Alemania y Suiza, en 1859 viajó al Oeste con un equipo de topografía, aquello le sirvió para desarrollar sus estudios de amplias y majestuosas panorámicas de las Montañas Rocosas. Fue un pintor muy centrado en recrear los escenarios de la “conquista del Oeste”, algo que le dio éxito inicial, pero acabó pasándole factura cuando el público empezó a interesarse por otro tipo de temáticas y estilos pictóricos. La parte principal de su obra se centra en la zona de Yosemite y las Rocosas.

Albert Bierstadt: "The Kern River Valley" (California). (Imagen: Wikipedia)

La obra exploradora y geográfica de Powell es una referencia nacional en los EEUU. Su lectura, total o parcial, directa o indirecta, obligada para gran parte de los visitantes que se acercan al Gran Cañón o para quienes se embarcan en la navegación deportiva de algún tramo del Green o del Colorado. Lo fue para Heather Hansman, autora del libro contemporáneo que me había recomendado Manu. Sin embargo, entre los viajes de sendos escritores, entre las cientos o miles de personas que recorrieron parte de estos ríos, hubo uno del que tuve referencia unos cuantos años atrás. Se trata de una anécdota poco o nada significativa para la historia de los viajes por la cuenca del Colorado, pero lo suficientemente curiosa como para dar cuenta de ella aquí.

Allá por los años noventa, más bien al principio de la década, dando clase de EF en un instituto, confeccioné un proyecto educativo consistente en dar cuerpo a una asignatura del entonces todavía vigente BUP. Se trataba de la denominada EATP (Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales) una especie de “maría” de dos horas semanales que pretendía acercar al alumnado a cierta escueta visión del mundo profesional, a través de la elección de alguna rama concreta. Yo le eché imaginación al asunto y planteé un proyecto de asignatura titulado Actividades Deportivas en la Naturaleza. Tuve que tramitarlo ante el Ministerio porque en aquella época aún no le habían transferido a Cantabria las competencias en materia de Educación. Me lo aprobaron y, durante los últimos cursos de vida del BUP (creo que fueron dos), la estuve impartiendo en el centro. La organización era la siguiente. Cada mes de curso escolar nos centrábamos en algún tipo de modalidad (montañismo, vela, piragüismo, BTT, cicloturismo de alforjas, espeleología, turismo ecuestre, etc.). Las dos horas semanales en el centro las dedicábamos a conocer y familiarizarnos con el material, trabajar la cartografía, ver algún documental al respecto, e incluso prepararnos motrizmente para la práctica. Después, un fin de semana, acometíamos una excursión de la modalidad correspondiente. Cuando llegó el momento del piragüismo, no recuerdo cómo ni de dónde lo saqué, disponía de un documental en el que un grupo de expedicionarios acometía un descenso de varios días por las aguas del Colorado. La mayor parte de ellos descendían en embarcaciones neumáticas de rafting, aunque había expertos que lo hacían en kayaks de aguas bravas. Uno de ellos, incluso, llevaba un barco muy especial, que apenas tenía calado y navegaba semihundido. La destreza para el control y esquimotaje del palista era tal que, en algunos tramos, incluso prescindía de llevar pala, navegaba con las manos. Pero el que más me impresionó, y más envidia sana me provocaba, era un hombre que viajaba en una canoa canadiense abierta y de generosa capacidad de carga, con la cual controlaba perfectamente los rápidos y hacía también esquimotajes sin problemas.

Perdí aquella cinta de video. Incluso me olvidé por completo del documental, hasta que la lectura de estos libros me lo recordaron. Para recuperar parte de la información apenas recordaba una pista: que el patronazgo y liderazgo mediático de la aventura había corrido a cargo de Glenn Frey, el músico de los Eagles. Así que me puse a buscar por Internet, y aunque reconozco que me costó bastante, al final di con una somera información sobre todo aquello. Lo denominaron “Expedition Earth”, quedando asociado a la canción "Grand Canyon: River of Dreams" (1991). El viaje duró 18 jornadas y aprovecharon la película para subrayar las bondades naturales y ecológicas del Cañón y, sobre todo, hacer causa ecologista ante temas controvertidos como la presa del Cañón Glen, la estación energética Navajo y la minería de uranio. Frey participó remando, ejerciendo de narrador y dotó de música a la película.

Carátula de la cinta de video del documental "Grand Canyon: River od Dreams". (Imagen: glennfreyonline).


 Captura de pantalla de la cinta. Glenn Frey en primer plano afanándose con una pala en los rápidos del río. (Imagen: glennfreyonline).

La película tiene mucha acción deportiva extrema. Y para aquella época resultaba impactante y entretenida. La variedad de embarcaciones amenizaba mucho y todo ello se mezclaba con el tratamiento de asuntos etnográficos (canoas antiguas), geográficos, históricos y de problemática medioambiental.

"Una solución a largo plazo para algunos de estos problemas es iniciar el surgimiento de una generación de niños con conciencia ambiental, y hacer de la conservación y el ambientalismo una parte tan importante de la educación de la infancia como las matemáticas o la lectura”. (Glenn Frey).

Aquel mensaje u otros similares, la película misma o el tipo de educación al que hacía referencia la cita, debieron influir profundamente sobre nuestra siguiente protagonista, Heather Hansman, la autora de “Down River. Into the future of water in the West”. University of Chicago Press. 2019. Lo digo porque es un libro que combina permanentemente el análisis ambiental multifactorial del río Green (y por extensión toda la cuenca del Colorado) con su descenso por medios deportivos de aventura.

En el fondo, lo que expresa Hansman a lo largo de sus páginas es una pormenorizada y compleja visión de muchos de los aspectos de interacción que ya eran puestos encima de la mesa en el documental de Frey. Lo hace treinta años después, pero la mayoría de los puntos de conflicto siguen siendo los mismos y ya fueron expuestos entonces. A favor de esta joven aventurera está su metodología al proceder, pues lo que hace es ir visitando y entrevistando a muchas personas que representan a un amplio espectro de partes implicadas. Ella centra el estudio en el río Green, poderoso afluente del Colorado que viene del norte. Aquel por el que inició Powell su descenso. El Green es una especie de encrucijada de tres estados míticos desde el punto de vista del paisaje natural: Wyoming, Colorado y Utah. Durante la mayor parte de su recorrido, el curso fluvial es un verdadero río que atraviesa, a gran profundidad, el desierto. La autora hace el viaje combinando tramos en Raft-pack con escapadas en coche para poder portear las presas ahora existentes, así como para visitar algunos lugares y a personas de interés (ranchos, plantas de energía, etc.). Hay tramos en los que incluso practica el rafting (en el Yampa, o en un tramo del Green acompañada por sus padres), así como el remo en canoa (en el curso bajo, hacia el final del viaje). Hasta en algún momento monta en bicicleta o, desde luego, enriquece la exploración mediante el senderismo.

En cuanto al estudio “socio-hidrográfico” que la autora hace del río, es bastante completo y complejo. En el sentido de incorporar muchos elementos que interactúan entre sí. Tanto, que no pueden establecerse conclusiones cerradas en forma de soluciones claras a los diferentes problemas existentes. Tras su lectura, para ordenar un poco mis ideas, me permití el lujo de componer un mapa conceptual al respecto. Mapa que no voy a explicar aquí para no alargarme y porque es uno de los contenidos esenciales del libro.

Mapa de la problemática sistémica del río Green + Colorado. Elaboración propia.

Parte del problema radica en las dificultades de acuerdos y cesiones de las partes interesadas. Sobre todo, en opinión de la escritora, no solo por el cruce directo de intereses, sino también por temor a que cesiones temporales deriven en pérdida posterior sobre derechos en el reparto de agua. Tales derechos (algunos de ellos históricos), las preferencias sectoriales con respecto a los diferentes regímenes de caudal, los efectos de los cambios climáticos (con sus sequías y sus precipitaciones repentinas), etc. Lían más y más la madeja de un sistema que, además es local, comarcal e interestatal.

Otra cuestión interesante que Hansman señala hacia el final de su relato es el concepto de río original. Algo que considera muy difícil de definir e irrecuperable. Comenta, por ejemplo, que, aunque actualmente se decidiera destruir las presas, el río no volvería a ser el mismo que supuestamente sería ahora si no las hubiera habido nunca. No lo sería porque, evoluciones biológicas y de erosión aparte, los miles de toneladas de sedimento acumulado en el fondo de los pantanos romperían todo el sentido dinámico del conjunto. En parte permaneciendo en el fondo (habiendo cambiado el perfil del curso) y en parte viéndose liberados repentinamente (causando un efecto impredecible en su huida a través de la cuenca). 

Toda esta problemática y constante fuente de debate es algo que conozco bien porque es fácilmente trasladable a nuestros ríos. Es el caso de las presas de los Arribes del Duero, los trasvases del Tajo, etc. Desde hace unos pocos años, en un proyecto que voy realizando por partes, voy viajando por los cursos completos de algunos de los grandes ríos peninsulares, empezando por el Duero y el Ebro. Y en ambos me he encontrado, de forma latente, muchos de los conflictos que esta escritora plantea para el Green. Una diferencia que si he visto en su libro tiene que ver con cierta clasificación gubernamental que los EEUU aplica a sus cursos fluviales. Afecta a su nivel de protección, y los más protegidos son los calificados como ríos “escénicos” (de interés natural pero que cuentan con algún que otro acceso por carretera) y “salvajes” (que únicamente tienen acceso a través de la naturaleza virgen).

Tal y como he comentado antes. Gran parte del viaje protagonizado por Heather Hansman lo realiza con una embarcación de “raftpack”. Este tipo de botes están bastante de moda actualmente. Básicamente, son una especie de bote neumático de muy cortas dimensiones, que son manejados en modo de kayak y disponen de un cubrebañeras integral. Son ligeros y fácilmente desmontables, de manera que resultan adecuados para poderlos combinar con otras formas de progresión en la naturaleza. Especialmente meterlos en la mochila para llevarlos de trekking. Mi amigo Manu está muy animado a iniciarse en su utilización. A mí también me resulta apetecible, pero le encuentro varias pegas. Una es que sus propiedades de navegación resultan muy buenas para aguas muy movidas, pero desesperantes para aguas tranquilas o lentas. No son aptas para jornadas de bastante kilometraje. Otra es que son muy sencillas de portar plegadas, pero, por el contrario, dificultan la mayoría de las opciones de poder llevar en ellas otro medio de transporte combinando (hay quien carga la bicicleta, pero analizándolo bien, es más para filmar videos sugerentes, que algo realmente operativo). El asunto de tratar de combinar de forma eficaz (y sin apoyo externo) los viajes de “piragüismo” con el ciclismo, turismo ecuestre, u otros medios que impliquen “material duro”, todavía no está verdaderamente resuelto. Una lástima.

Heather Hansman (probablemente durante la parte final del viaje) a bordo de una canoa candiense. El último tramo lo completó con unas amigas en canoas. (Imagen: newsweek).


Ella misma, posando con un raft-pack. (Imagen:
soundcloud).

Un detalle que no se me escapó durante la lectura de este último libro fue que la protagonista comentase que, durante algunos tramos, sufriera un molesto y extenuante viento en contra. Es algo que he me resulta familiar porque lo he experimentado tanto en el Duero como en el Ebro y en ambos casos, como en el suyo, muchas veces tiene que ver con planificar los viajes para el verano. Entonces, la temperatura interior es muy elevada, puede que bastantes grados más que en la costa, generando un efecto térmico por el cual el aire caliente interior se eleva, haciendo que por la cuenca del río ascienda una corriente de aire algo más fresco procedente de la desembocadura. Pero claro, todos preferimos viajar por el agua en verano.

La protagonista da muestras de cierta aprensión, incluso miedo, en algunos momentos. Y suele tener más que ver con el escaso entorno social con el que se fue encontrando (hubo periodos de absoluta soledad) que con los peligros puramente físicos de la navegación. En ocasiones sintió preocupación por viajar sola, y en algún momento eludió el encuentro con una persona cuya apariencia la preocupaba.

Esta entrada y las lecturas que la han motivado han ocupado parte de mi confinamiento provocado por el coronavirus. Me han entretenido mucho y me han ayudado a pasarlo mejor. Pero también han espoleado mis ganas de volver al agua y a las palas. De viajar en kayak. Pero es que, además, con el añadido de algunos otros libros adquiridos que aun están por leer, me han recordado otra forma de práctica que disfruté tiempo atrás, que fui abandonando por su mayor lentitud, pero que, para determinados planteamientos, resulta ideal. Me refiero a la navegación en canoa canadiense turística. Embarcación ideal para duetos, con buena relación de avance-estabilidad, muy polivalente y excepcional capacidad de carga. Ahora mismo me siento con muchas ganas de recuperar su práctica. Ya veremos.