martes, 20 de junio de 2023

PEDALADAS PRIMAVERALES

Dice el telediario que la temperatura media de superficie del Cantábrico esta primavera es cuatro grados más elevada que la media de las medias desde que se tienen registros. Personalmente, los datos meteorológicos en general me los tomo con mucha prudencia. La razón principal es que las series históricas disponibles son, desde el punto de vista de los vaivenes climáticos, raquíticas. Micromuestras temporales de un devenir histórico de larguísimo recorrido. Y más si tenemos en cuenta los niveles de detalle y precisión de las primeras décadas en las que se empezaron a guardar registros. ¿Me hace esto negacionista? ¡No! Pero sí escéptico con respecto a determinados temas y afirmaciones de tendencia. Otro asunto es que te podrías estar bañando en Hondarribia, en Torimbia o en Corrubedo el mismo día a la misma hora y sentir una temperatura del agua completamente diferente de unas playas a otras. Es lo que tienen las medias, que no suelen cuadrar, salvo por casualidad, con la experiencia personal individual. Sin embargo, puedo prometer que esta primavera me estoy bañando prácticamente a diario desde mediados de mayo, porque el agua está, efectivamente, en la playa que más cerca tengo de casa, excepcionalmente buena. Aunque unos días más fría que otros. El baño de primerísima hora matinal es obligado salvo que llueva. Lo es, porque es cuando llevo al perro, a quién le encanta bañarse y jugar con las olas. A ese baño voy andando. El de última hora de la tarde, sobre todo ahora que los días son muy largos, ya es sin perro y tiene que hacer sol para que se cumpla. En ese caso voy en bicicleta. Por eso lo cuento aquí. Me pongo una bolsa bandolera y me acerco a la playa en bañador. Me meto en el agua y luego me tumbo a leer mientras me seco. Y una de las cosas que más me gusta de esa breve escapada es que la hago con una vieja BTT que hace años reconvertí en bicicleta de viaje para alforjas (manillar de corredor incluido). Una bicicleta que me encanta para hacer recados, ir por la ciudad, etc. Y, sobre todo, ¡que pedaleo en chancletas! Y me encanta esa sensación de libertad, sencillez y despreocupación. Un placer que ya hace algunas semanas que ha empezado.

Utilizo material deportivo de tal diversidad de modalidades que hay dos cosas que me resulta imposible mantener al día. Una es la modernidad-actualidad tecnológica del material, y la otra es su limpieza. El asunto del mantenimiento (engrase, ajuste, recambio, etc.) sí que lo cuido. Sin empacho, pero con sana responsabilidad, pero lo de la limpieza no. La semana pasada me lo han echado en cara dos veces, bromeando, pero directamente. Un amigo con la moto. Él cambia de moto con el triple de frecuencia que yo, pese a que yo viajo con la mía mucho más. Eso sí, la suya actual, que tiene apenas unos meses, está reluciente, mientras que la mía, que ya tiene más de década y media, conserva en su pantalla frontal algunos de los insectos que aplasté con ella yendo y viniendo de Cádiz hace ahora un año. Otro amigo con la bicicleta de montaña. Hinché las ruedas, engrasé la cadena y salí al encuentro de un grupo para una excursión. Y al llegar me dijo algo sobre lo sucia que estaba y le contesté que sí, que, de hecho, el barro ajeno a los lugares funcionales provenía de otra excursión con el mismo grupo unos pocos meses antes, lo cual indica dos cosas: mi dejadez limpiadora y lo poco que práctico BTT de unos años a esta parte. Eso sí, mi bicicleta era, junto con otra idéntica de otro amigo, de la misma edad y parecido nivel de suciedad, la más vieja de la excursión. Las dos únicas con triple plato. Y ninguna de las dos dio ningún problema, ni se quedaban atrás subiendo, bajando o en los tramos trialeros. Aquella fue una excursión costera muy entretenida y con unos paisajes que podemos considerar sublimes. ¿Porque no engraso los ejes (¡que sí las engraso!) me llaman abandonado?

Durante la mencionada excursión. (Imagen: Diego).

Cuando uno se junta con un grupo mediano o grande a pedalear, algo que yo hago en contadísimas ocasiones, el tema del material siempre aparece como mantra recurrente. Un monotema en el que he de confesar que he tomado parte muchas veces, años atrás, pero que, desde hace algunos, considero que ya tengo más que superado y que, incluso, me aburre soberanamente. Recientemente me volví a topar con un grupo de esos, en versión BTT, y aparecieron algunos actualizados monoplatistas que ya renegaban de ello. Pero aquella vez estuvieron algo más ocupados con el asunto de los pedales. Uno que no se siente cómodo con automáticos le preguntó a otro por unos anchos con clavijas de gran adherencia. Otro intervino diciendo que esos los había utilizado con buen resultado pero que cogían holgura enseguida. Otro más intervino diciendo que iba a adquirir unos de rodamientos cerámicos porque le habían dicho que eran para toda la vida (algo que me chocó mucho porque en patinaje de velocidad los de cerámica, que por lo visto son los más rápidos, tienen fama de delicados), pero que, eso sí, requerían bastante mantenimiento especializado. En fin, escuchando todo eso y siempre discretamente y algo retranqueado, me puse a mirar qué pedales llevaba yo y me di cuenta de que eran unos Shimano XT automáticos (el primer modelo que comercializó el fabricante) que me han acompañado en mis sucesivas bicicletas de BTT desde que me los compré (supongo que por el 89 o 90) hasta ahora… ¿Me habré convertido en un Diógenes de la bicicleta? El caso es que creo que sé distinguir con claridad cuándo un pedal falla a nivel de rodamientos, así que no voy a cambiar de actitud respecto a estos detalles. No tengo complejos en lo relativo al material.

Uno de los pedales. Gastado ¿verdad?. (Imagen: propia).

Otro tema sobre el que también hablaron no tenía que ver con el material (bueno sí, un poquitín), sino con los perros. Vaya por delante de que me declaro bastante interesado en los animales (fauna silvestre, ganado, caballos y perros) pero no me gustan las mascotas. De hecho, he convivido y mantenido hasta ahora a cinco perros, pero a ninguna mascota. Y es que una cosa es un perro y otra bien diferente una mascota canina. Diferencia establecida por sus respectivos dueños y que, en el segundo caso, generalmente para desgracia del animal, su dueño, convivientes y vecindario, la atribución se basa, preferentemente, en un mayor o menor empeño en humanizar al animal. Los galgos de sofá de piso, perros vestidos, homenajeados en celebraciones, consumidores de chupetes y cochecitos de bebé, son ejemplos cada vez más frecuentes de este proceso. Pero me estoy yendo por las ramas. A algunos ciclistas lo que les preocupaban eran los mastines que, sueltos en el monte, andan cuidando rebaños. Así que para ello empezaron a hablar de sus complementos para evitar sus potenciales ataques. Una optaba por un silbato especial porque el emisor de frecuencias no le parecía eficaz, otro se decantaba por un espray, etc. Menos mal que alguien les sugirió que el agua de la ponchera era lo más práctico, rápido y probablemente eficaz (doy fe de ello). En todo caso, otra mujer comentó que una vez le había mordido un perro en un glúteo (ella dijo nalga, pero no quiero meterme en líos). Nada grave, pero que lo denunció porque en el pueblo más cercano había niños. Yo lo que me preguntaba es si el perro pastor en cuestión habría mordido alguna vez a algún niño del pueblo, y por dónde y con qué actitud habría pasado la ciclista en las inmediaciones del rebaño. Lo que tengo claro es que creo que se refería a una comarca lobera, de esas en las que todas las CCAA españolas que no han sido capaces de mantener a sus lobos vivos, deciden cómo deben hacerlo las únicas que los conservan. Y claro, es un asunto que también hace preguntarme si habría que prohibir la presencia de perros pastores sueltos cuidado rebaños de pasto privado o comunal para que, de Pascuas a Ramos, a cualquier biker que le apetezca, provenga de donde provenga, pueda pasar por allí sin que le molesten unos perros. ¿Me estaré volviendo un poco medieval?

Un ejemplo: corbata y pajarita para perros. Lo que no sé es si los invitan a las bodas o ya hay bodas caninas. (Imagen: propia).

Otro día, nada que ver, me estuvo enviando mensajes una persona que, muy de cuando en cuando, me pide opinión sobre bicicletas retro. Se ha dedicado a la compraventa de ellas e incluso al coleccionismo personal y, por lo poco que me ha ido enseñando, con el tiempo ha ido adquiriendo mucho criterio, gusto y capacidad de encontrar buenas piezas. Ahora se trataba de una bicicleta flamante que había pertenecido a un corredor profesional español de bastante renombre. Se la ponderé mucho, pero, una vez más, cuando me preguntó sobre un posible precio de venta le dije que no sabía decirle porque ni estoy al día en cuestión de precios ni es un asunto que me interesé conocer. La cuestión es que él sí que tenía una cifra en mente y me la comentó. Yo no sé si está cerca o lejos del valor de mercado. Lo que me pareció, desde mi personalísimo punto de vista, es un disparate. Ignoraba que hubiese gente dispuesta a pagar tales cantidades por un objeto fetiche deportivo. No sé cómo estará el asunto en otras modalidades (una raqueta de Nadal, un casco de Fernando Alonso, etc.), pero es que aquí no se trataba ni de un Nadal o un Alonso del ciclismo, en fin ¿Pecaré de antipatriota por no verme seducido por la objetología heroica del deporte español?

Mucho más atractivo me resultaba un cuadro de un artesano de pretérito prestigio. Me pareció original y bonito, pese a algunas muestras de óxido en la pintura, y hace tiempo que me hubiera hecho cierta ilusión poder montarme una bicicleta con un cuadro suyo. Sin embargo, tampoco se lo supe tasar y mucho me temo que cualquier tasación estaría alejada de lo que yo estaría dispuesto a pagar, así que, sin llegar a hablar de dinero, le felicité por el objeto y le sugerí que probara a encontrar un potencial comprador generoso ¿Habré quizás rebasado un umbral de mínimo sano consumismo occidental?

Rodando solo por una carretera secundaria, me tocaba subir una cuesta bastante pendiente y medianamente larga, así que me lo tomé con calma. Habían segado recientemente en un prado al borde de la carretera y aquí, cada vez que siegan, el cielo se llena de rapaces dispuestas a darse un festín con la fauna y microfauna que queda novedosamente al descubierto. De repente fui testigo de una espectacular batalla aérea: un ratonero empezó a acosar insistentemente a una garceta más grande que él, persiguiéndola con picados, requiebros y peligrosas aproximaciones. Tal es así que no paró hasta que la garceta tomó brevemente tierra en mitad de la carretera, unos cincuenta metros delante de mí, para volver a emprender el vuelo huyendo de el ratonero, que decidió abandonar su acoso al percatarse de que dos cuervos la tomaban contra él. Corpulento, hábil volador y con evidentes armas, la rapaz se volvió contra los córvidos, les encaró y respondió al ataque. El escuadrón negro apenas hizo un par de moderadas maniobras de contraataque, pero acabó huyendo perseguido por el ratonero. Todo esto ocurría mientras seguía pedaleando cansina pero entretenidamente hacia arriba hasta que, mirando al asfalto me encontré la causa de todo aquel barullo celeste. Allí estaba la presa original: un lagarto verde que, estoy seguro, había sido el trofeo de la garceta, perdido con su precipitada huida, y todavía no aprovechado por el ratonero que pretendió robárselo. Sí, hace muchos años que no llevo pantallas en el manillar. Ni cuenta kilómetros, ni móvil, ni medidor de potencia, ni pulsómetro y, frecuentemente, ni reloj en la muñeca. No los necesito ni echo de menos y confieso que disfruto infinitamente más con espectáculos (naturales, humanos o paisajísticos) como el que he descrito, que con dígitos informativos ¿Tal vez me esté convirtiendo en un viejo prematuro y analfabeto digital?

Este otro día no iba en bicicleta pero me encontré un albatros. Nunca había visto uno. Al menos desde tan cerca. (Imagen: propia).

Salgo poco por la noche. Fui un noctámbulo pertinaz durante mi juventud hasta que quité la gana. Me considero afortunado por haber completado aquel ciclo, pues considero que cada cosa a su tiempo. Sin embargo, hace unos días mi hermano me propuso ir a un bar alternativo (en el sentido de mantenerse aferrado a cierta de tendencia de garitos que en los ochenta abundaban y que ahora andan en vías de extinción) para tomar algo las dos parejas, mientras unos conocidos, totalmente aficionados, tocaban su música en directo. El grupillo es veterano, minimalista y modesto. Un cantante con guitarra acústica, otro guitarrista que se encarga del contrapunto y los punteos, un hombre a la caja de percusión (no se acerca ni de lejos a la condición de batería) y una chica a los coros. Cuando digo su música no miento. El grupo acomete algunas versiones setenteras para calentar (ellos y al ambiente), pero el grueso principal de aquel largo concierto lo ocuparon canciones compuestas por el vocalista. Son temas de talante cómico y, por lo general, contextualizados en lo local, por lo que a la concurrencia nos resultan divertidos y entrañables, evitando que entremos en juicios de valor sobre su interpretación que, en este caso, valga la redundancia, no viene al caso. Pero también atesoran algunos temas que, igualmente cómicos, tratan asuntos que van más allá del localismo. Y es el caso de uno de sus clásicos, que creo que se titula Coppi y Bartali, y que fue una de las motivaciones que me impulsaron a acudir al concierto. La verdad es que me lo pasé muy bien. Intento dejaros una mala grabación de la canción.

Negacionista, abandonado, Diógenes, medieval, antipatriota, objetor del consumo, viejo prematuro-analfabeto digital… vete tú a saber cuántos sambenitos me andarán colgando por ahí quienes me conocen y, no digamos, aquellos que me leen. Pero qué quieren que les diga a todos ellos… la verdad es que esta está siendo una primavera, a pesar de la más que moderada práctica ciclista, ¡deliciosa!

jueves, 4 de mayo de 2023

NUEVO ORDEN

Este espacio nació dedicado al ciclismo retro. Eventos, viajes, artículos monográficos sobre marcas de bicicletas… ¡cultura ciclista en general! Con el paso de los años fue ampliando su temática con la inclusión de reflexiones de sociología y cultura deportiva, e incorporando el patinaje, el piragüismo, el multideporte (triatlón y otras modalidades), el esquí, motociclismo, etc.

De un tiempo a esta parte, algunos cambios en mi vida están provocando una restructuración de mi ocio y, como consecuencia de ello, también de mis espacios virtuales. Tras una década de dedicación, Randoneur tiene un contenido ingente. A partir de cierto momento, la mejor forma de moverse por él era yendo a la página Índice, que está ordenada por temáticas, aparte de que muchos aficionados llegaran a artículos concretos mediante búsquedas específicas sobre ciertos temas.

Actualmente, el mencionado proceso de reordenación está haciendo que algunos artículos desparezcan del índice porque su acceso va siendo recolocado en otros espacios (blogs). A medida que algunas temáticas vayan emigrando, irán desapareciendo de aquí sus enlaces y serán colocados en otros espacios más específicos. De igual modo, para que quienes los hayan conocido no se pierdan, iré dejando aquí las referencias y enlaces de visita de esos nuevos espacios temáticos:

-          METIENDO CANTOS (blog dedicado al esquí). https://metiendocantos.blogspot.com

-          MAREANDO (blog dedicado al piragüismo). https://riasdelcantabrico.blogspot.com

-     VIAJAR INCLINANDO (blog dedicado a las motos). https://viajarinclinando.blogspot.com


miércoles, 4 de enero de 2023

UN MONTAÑÉS POR COLOMBIA

Lo del deporte de alto rendimiento en Colombia es cómo en la mayoría de los países, seguro que muy diferente en cuestiones de entorno vital, seguridad y muchos otros detalles, pero parecido en cuanto al plantel de figuras destacadas por sus resultados internacionales. Me explico: un puñado de figuras individuales en diversas modalidades, y luego otras tres disciplinas “reinas” que disfrutan de la pasión y el reconocimiento popular más extendido.

Respecto a lo primero, hay abundantes casos en la historia del país. Halterófilos, atletas, golfistas, luchadores, jugadores de beisbol, pilotos, etc. De casi todo ello mujeres y hombres. Y es que en Colombia, si uno se pone a repasar figuras deportivas, enseguida se da cuenta de que aparecen bastantes mujeres con triunfos destacados o muy destacados. Unas cuantas medallistas olímpicas o campeonas mundiales. No es cuestión de hacer aquí un recuento nominal, aunque me pongo a ello con dos peculiares ejemplos. Por un lado, encontramos a un par de medallistas olímpicos relativamente recientes en una disciplina poco convencional: el BMX. Con esa bicicleta “chica”, Carlos Ramírez Yepes ha sido doble medalla olímpica de bronce. Lo que pasa es que su compañera de modalidad, Mariana Pajón, ha ganado más medallas olímpicas que él y, además, de mayor calidad: dos oros y una plata. La singularidad de este ejemplo radica en que se trata de una especie de modalidad subsidiaria de uno de esos deportes “rey” colombianos, el ciclismo de carretera. El otro ejemplo al que me refería es una especie de deporte “de riesgo”, el atletismo. No es que desde la época de la Grecia clásica hasta nuestros días la práctica atlética haya ido evolucionando hacia una peligrosidad intrínseca, sino que hay dos grandes mujeres atletas colombianas que, además de haber sido medallistas olímpicas, se dedican a la política… ¡en Colombia! ¿“deporte de riesgo”? Una es Catherine Ibargüen Mena, medalla de oro en triple salto en Río de Janeiro 2016, plata en Londres 2012, varias veces campeona del mundo y que ha sido candidata al senado. La otra es Mª Isabel Urrutia, lanzadora y halterófila con participaciones olímpicas en ambos deportes, una medalla de oro en el segundo, en los juegos de Sídney 2000 y que, recientemente, ha sido nombrada ministra del deporte de Colombia.

Con ellas cierro el capítulo de deportes “variados” en el país caribeño (y pacífico; de costa, que no de funcionamiento) y paso a centrarme en las tres disciplinas “reinas” colombianas, o que, al menos lo son desde mi particular, quizás ignorante, además de externo, punto de vista.

La primera es el fútbol. No es que Colombia haya destacado especialmente en las competiciones futbolísticas internacionales, que objetiva y cuantitativamente no lo ha hecho, ni tampoco que se haya caracterizado por haber aportado una destacada cantidad de grandes figuras internacionales. Haber, ha habido algunos grandes jugadores procedentes de Colombia (Falcao, James…) pero ni tantos, ni tan globalmente alabados como las principales estrellas mediáticas de sus respectivas épocas. Lo que pasa es que el fútbol, como ocurre en una enorme cantidad de países, con buen rendimiento propio o sin él, tiene comido el seso a la población general colombiana, la cual lo sigue con interés e incluso pasión religiosa. Eso es algo común en la mayor parte de Europa, toda Sudamérica y cada vez más notorio en África y Asia. Qué le vamos a hacer. Respecto al fútbol colombiano, quizás el episodio histórico más interesante sea el de su combinado nacional en la época pre y post Mundial de fútbol de los EEUU en 1994. Aquel equipo, semanas antes del campeonato, se había convertido en un serio candidato para alcanzar la final, al menos si hacemos caso a los expertos del momento. Y sin embargo fracasó a las primeras de cambio. Para profundizar en lo que fue aquel combinado nacional y las problemáticas del entorno que lo rodeaba, nada mejor o más entretenido que localizar y ver un documental titulado “Los dos Escobar” (“The two Escobars”), dirigido por Jeff y Michael Zimbalist (año 2010). Merece la pena. Y con esta recomendación cierro el tratamiento dado al fútbol colombiano en esta entrada.

Cartel de la película. (Imagen: filmaffinity.com).

Lo que la mayoría de la gente desconoce, al menos aquí en España, es que no creo equivocarme al señalar que la modalidad deportiva que más éxitos y medallas ha dado a Colombia en campeonatos mundiales es el patinaje de velocidad sobre ruedas. Este desconocimiento proviene de la casi absoluta falta de popularidad que ese deporte tiene en nuestro país y, de paso, en muchos otros. Y de que no se trata de una modalidad olímpica, y eso, hoy en día, supone todo un hándicap. Pese a ello, Colombia domina totalmente la escena mundial del patinaje de velocidad desde hace décadas y se mantiene claramente destacado con respecto a los demás países en el ranking histórico. Abundan allí las y los medallistas en diferentes distancias y modalidades. Pero lo dicho, difícilmente lo sabemos aquí, si ni siguiera somos conscientes de que un paisano nuestro, navarro para más señas, ha sido varias veces campeón del mundo y ostenta algunos récords mundiales en las distancias más cortas. Pero volvamos a Colombia. La pista que debe seguir el lector atento e interesado por este asunto del patinaje colombiano está en mi libro Homo Skater. Concretamente su séptimo capítulo: “Del frío al calor”.

Fabriana Arias en acción quizás la más laureada patinadora colombiana. (Imagen: segurossura.com).

Y con esto llegamos al meollo de la cuestión. El tercer deporte “rey” colombiano (y el orden no significa nada en este caso) es el ciclismo de carretera. El de los populares escarabajos, que durante parte de la segunda mitad del siglo XX erigieron toda una estirpe nacional de ciclistas del máximo nivel internacional, destacando, especialmente, en el territorio montañoso. Cuanto más agreste mejor.

Hago aquí un aparte, antes de continuar, para comentar que, si alguno de los lectores se toma la molestia de profundizar en los tres deportes mencionados como “grandes de Colombia” siguiendo las pistas que les voy dando, se dará cuenta de que en los tres, fútbol, patinaje y ciclismo, ha habido deportistas asesinados. En fin, un detalle escabroso que conviene conocer si el interés por el deporte va más allá de lo puramente resultadista o técnico, y opta por asociarlo al contexto general del país.

"La apoteosis de Ramón Hoyos" de Fernando Botero. (Imagen: elcolombiano.com).
 

¿Y qué recomendación ofrezco para aquellos lectores que quieran profundizar verdaderamente en el ciclismo colombiano? Lo tengo clarísimo, ¡leer a Marcos Pereda! Porque Marcos ¡lo ha vuelto a hacer!... Nuestro Pereda escribe libros. De varios tipos y temáticas. Pero, aparte, se ha consagrado como un autor de ciclismo. Podría, incluso, ser considerado como un enciclopedista del ciclismo, si no fuera porque su estilo no es enciclopédico en absoluto, sino contador de historias. Rigurosamente documentadas, sí, pero presentadas con resultado de narrativa, con aderezo tragicómico, con importantes dosis de relato personal y, fiel a su naturaleza, la de cronista deportivo, apetitosas dosis de fabulación. Su “colección” de títulos ciclistas ya alcanza la categoría de extensa y se va completando progresivamente. Incluso descartando “Una pulga en la montaña” por tratarse de una novela (sobre Vicente Trueba) y “Bucle”, por ser un compendio de artículos de prensa de temática ciclista diversa, nos encontramos con que, a través de sucesivos libros, Marcos ha ido abordando la idiosincrasia de dos de las tres Grandes Vueltas por etapas, y algunas otras importantes temáticas del ciclismo mundial. Debutó, magistralmente, con “Arriva Italia”, donde nos dio a conocer, con gracia y franca sapiencia, la historia del Giro y, de paso, del ciclismo italiano. Luego lo han replicado otros, pero él fue el primero y puede que el mejor. Con “Periquismo. Crónica de una pasión”, nos repasó el ciclismo español de los ochenta y de paso, la Vuelta y algo más. También acertó con el planteamiento y los personajes secundarios. Y eso a pesar de todo lo que se había escrito hasta entonces sobre Perico. Hasta ahora ha “pasado” del publicar un libro específicamente centrado en el Tour, probablemente por lo manido que es el asunto, la cantidad de títulos que hay y, tal vez, porque en ello se le adelantó Ander Izaguirre, logrando un gran éxito de ventas. Y no es cuestión de replicar, aunque otros sí lo hagan (en temática ciclista, cada vez más). A cambio, sospecho que es el único que ha publicado algo (en español) que dé a conocer específicamente, y en profundidad, el ciclismo de los “países del este”. Lo ha hecho en “La Carrera de la Paz”. Y ahora acaba de meterse a fondo con el fenómeno del ciclismo colombiano ¡nada menos! Lo hace en “Un escarabajo en bicicleta” ¡Chapeau!

 

El libro es muy bueno. Sigue parcialmente su estilo. Digo parcialmente porque hay algunos capítulos en los que Marcos parece jugar a transformar su tono y colorido lingüístico, como para adaptarse a la temática sobre la que está escribiendo. Acercándose al realismo mágico y al preciosismo literario iberoamericano en algunos pasajes, mientras que en otros se muestra más directo, más “europeo”. No sé si es algo premeditado, pero encaja muy bien con la sustancia de cada capítulo. Lo que no ha cambiado, afortunadamente, son algunos atributos reconocibles en su trabajo (y no me cabe duda de que este libro, especialmente, ha debido llevarle muchísimo trabajo). Me refiero, por un lado, a la permanente contextualización que rodea al ciclismo sobre el que escribe. En este caso destacando aspectos políticos, culturales, geográficos y de narcotráfico. Gracias a este texto el lector va a conocer en profundidad la historia del ciclismo colombiano y, de paso, se va a dar un buen remojón en la reciente y conflictiva historia colombiana.

Por otro lado, una vez más, el texto está muy bien documentado, esto es algo que agradezco especialmente y en lo que Marcos nunca falla. Cuándo un autor se ha documentado y cuándo no, es algo de lo que creo percatarme sin esfuerzo (será deformación profesional) y, salvo en algunas obras de ficción, no me agrada que no lo haga si quien escribe aborda temas de injundia y decide opinar sobre ellos. No es que yo haga ascos a las opiniones ajenas, sería incoherente por mi parte teniendo en cuenta que acostumbro a escribir algunas de las mías, sino que considero que las opiniones deberían ir acompañadas de un buen bagaje de fundamentación, hechos e incluso variada consulta de opiniones ajenas. Así que no teman nada al respecto los potenciales lectores de “Un escarabajo en bicicleta” porque rebosa base documental. Y lo hace sin aburrir, ya he dicho que Marcos anda en las antípodas de un estilo enciclopédico, a pesar de que nos esté ofreciendo toda una “enciclopedia” ciclista.

Hace años que anduve buscando textos que abordaran la temática del ciclismo colombiano. Descubrí que apenas había y lo que poco que encontré estaba descatalogado y “allí”, por lo que me fue imposible conseguirlo. El propio Marcos ya ofreció algún “aperitivo” puntual en formato de artículo, pero lo dicho, el tema no se había tratado a fondo y de modo completo. Pues ya está, ahora sí, y los fans del ciclismo no deberían perdérselo. Únicamente hay una pega. Y no es una minucia. Resulta que no se ha publicado aquí, en España, sino en Colombia. Por lo que no se vende en nuestras librerías y claro, comprarlo “de lejos” puede encarecerlo o dificultarlo. Así que, en cierta medida, me siento un privilegiado por tener un ejemplar (que no pienso prestar porque hace años que decidí no prestar libros ni discos… y sé que hay mucha gente que con el tiempo ha tenido que acabar adoptando la misma medida…). Sin embargo, me consta que el libro, al menos hasta que se agoten unos pocos ejemplares, se puede adquirir por vía directa del autor (si alguien quiere contactar con él por email y no da con su dirección, que deje un comentario abajo con la suya y yo, sin publicarlo, se la pasaré).

Y ahora ¿qué? Tour de Francia aparte ¿sobre qué le queda escribir a Marcos Pereda en el ámbito del ciclismo de carretera? (me refiero a formato y dimensión de libro, que artículos sobre muchos temas ciclistas y deportivos los sigue publicando asiduamente, especialmente en Jot Down). A mí se me ocurren algunos temas importantes y con sobrada injundia. Aquí dejo caer un par de ellos y hasta les pongo título provisional:

“¡Monumental!” (sobre los 5 “monumentos” del ciclismo y otras clásicas). Mientras tanto, mis lectores pueden ir familiarizándose con el asunto visitando el índice del blog y buscando: “Monumentos y otras clásicas”, “Entrenadores”, “La Monumental versus Tour de Flandes” o “Roubaix… a la italiana”. Hay bastante bibliografía extranjera sobre está temática y puedo asegurar que tiene mucho interés, abundan las anécdotas, la épica y el espectáculo ciclista, y opino que a la Cultura Ciclista española le hace mucha falta o le vendría muy bien un buen libro al respecto.

“Made in USA” (sobre el ciclismo estadounidense). También es este un fenómeno interesante y que ha marcado la evolución del ciclismo mundial en épocas relativamente recientes. Como ha ocurrido con el colombiano, el ciclismo norteamericano se incorporó tarde al ciclismo europeo (el mundial), solo que en su caso lo hizo apoyándose en la lógica capitalista y en la cultura occidental de la vida por y para el deporte. También el blog trata algunos aspectos parciales de todo ello en “Un sueño americano”, “California Dreams: de cómo nos volvimos un poco Clunkers”, “Outsiders de la historia del Mountain Bike” o “Patines II: leyendas sobre patines”. Pero después hay mucho más, sobre todo posterior, con Armstrong y el US Postal a la cabeza, algunas películas de cine y la amplia obra de novelas ciclistas de Greg Moody.

Espero que a Marcos Pereda le sonría la vida la laboral y el éxito como escritor y periodista en diferentes géneros y temáticas, pero deseo igualmente que no nos abandone y que, de vez en cuando, nos vuelva a sorprender con algún que otro nuevo título ciclista.

Me despido con una propuesta musical. En el libro de Marcos Pereda surge un personaje de ficción. No es invención suya, ha existido realmente, aunque no como ser vivo. Lo mismo que el Pato Donald (el de Disney, no el otro, que ese sí vive realmente, aunque parezca de ficción). Quien lea el libro sabrá a quién me refiero, alguien importante para el ciclismo colombiano. Quizás por toparme con él durante la lectura, una preciosa mañana en la que salí a dar una vuelta en bicicleta, me sorprendí a mí mismo tarareando una canción que este hombre protagoniza. Marcos practica con frecuencia un estilo narrativo “golfo”, incluso muy “golfo”. Es divertido. Fácil de encontrar en sus artículos de prensa, pero también frecuente en algunos de sus libros. En “Un escarabajo en bicicleta” ese tono desaparece casi completamente, y creo que es un acierto al deambular por asuntos bastante serios y, sobre todo, trágicos y sangrientos. Esto no quiere decir que haya erradicado el humor. Lo hay, dosificado e inteligente, pero no a costa de una narración coloquial de barra de bar nocturno. David Byrne, a pesar de tener una larga carrera musical a sus espaldas, preñada de radicales cambios estilísticos, no creo que sea un buen ejemplo de música “golfa”. Con los años, se ha convertido en todo un activista y agente cultural de la promoción de la utilización de las bicicletas en las ciudades. Al final de su libro “Diarios de bicicleta” subraya los cambios logrados por Enrique Peñalosa en Bogotá. Pero la canción de la que yo me acordaba sí que es “golfa”. Marcos Pereda se interesa más por el uso deportivo de las bicicletas. Es normal, no en vano es nativo de la capital de “La Montaña”, uno de esos privilegiados yacimientos mundiales de ciclistas de excepción. En “Tragicomedia ciclista” inserté, entre otros asuntos, una canción titulada “Lance Armstrong”, interpretada por el grupo Parquesvr. Muestra de música “golfa”. Música de cualquier estilo (de cantautor de finales del siglo XX, canción folclórica, protesta, ska, rock, salsa, zarzuela…) pero con contenido cómico o satírico. Ahora propongo otra con ese actor secundario que Marcos inserta en su libro. Lo que propone, por ejemplo, Ladilla Rusa actualmente, lo hacía con estilo propio Ancha es Castilla en los 80-90. Y suyo es ese tema al que me estoy refiriendo, “El hombre del café”.