lunes, 31 de julio de 2017

14. LÖWEN SKATE TOUR 2017.



Fue en Holanda un año antes, durante mi participación en el Skate Fresh, donde me enteré de la existencia del Tour Löwen Skate, el cual, al menos entre lo que yo he podido encontrar a lo largo de estos últimos años, era el viaje organizado sobre patines que me quedaba por añadir a mi lista de participaciones. Esta propuesta es un clásico europeo que ya viene celebrándose desde hace unos pocos años y que reúne a algunos aficionados de Alemania. En esta ocasión tuve la suerte de encontrar una inmediata respuesta de acompañamiento entre mis amigos. Jesús y mi hermano Guti, decidieron embarcarse en la aventura desde el momento en que se anunciaron las fechas y se abrió el periodo de inscripciones.

La jornada de ida fue estresante y apretada, ya que por la mañana dirigía y clausuraba un curso de verano sobre temática deportiva en Colindres, incluyendo el tener que impartir una ponencia en el mismo. Apenas tuve tiempo para comer, completar una maleta conjunta en la que poder facturar los tres pares de patines y algunos enseres más, y viajar en coche a Bilbao para tomar un avión hacia Frankfurt. El vuelo salió con retraso, aunque el piloto lo compensó bastante durante el viaje. En Alemania se sucedió un viaje en tren hasta Karlsruhe, un tranvía y un paseo hasta nuestro alojamiento. Una especie de habitación bungalow ubicada en el patio interior de una enorme manzana completamente ocupada por el complejo hostelero, incluido hotel, restaurante e incluso desordenada colección de vehículos antiguos y estrafalarios. Tanto trajín nos hizo cometer un par de errores: sacar un billete de tren de más y equivocar el sentido del tranvía en el primer intento. Total, que llegamos bastante tarde, acalorados y sedientos al echarnos a dormir.

Prólogo: Karlsruhe-Bühl (Baden) 78km.

La mañana la comenzamos desayunando fuerte y preparando el equipaje del viaje, dejando la maleta grande de facturación en el hotel y vistiéndonos de patinadores con una mochila ligera para el recorrido. Enseguida fuimos viendo gente vestida con el maillot de anteriores ediciones, colocando equipajes por el hall del hotel. En la primera jornada nos reunimos unos 50 patinadores, de los cuales aproximadamente 15 pertenecían a la organización. Todos, o alemanes o residentes en aquel país a excepción de nosotros tres. Cada vez hacía más calor. Mucho, en realidad. Una vez repartidas pulseras, maillots, documentos informativos, etc. A medio día, se celebró una breve reunión informativa para dar instrucciones. Aquella, y todas las demás que se sucederían a lo largo de los cuatro días de viaje, se desarrollaban en alemán, pero siempre tuvimos a mano amables compañeros de viaje que nos las resumían en inglés o incluso en castellano. El viaje comenzó callejeando por Karlsruhe (la ciudad en la que 200 años antes el Barón Karl Drais puso en funcionamiento su bicicleta) hasta llegar a su palacio, rodearlo completamente y continuar por un parque. Siempre a un ritmo tranquilo y con los patinadores colaboradores, que se identificaban fácilmente por ir provistos de chalecos reflectantes amarillos, blindando todos los cruces existentes a nuestro paso.

 
Momentos previos a la salida en la puerta del hotel. (Foto: Guti).

Abandonado el casco urbano, el recorrido discurría por carriles para bicicletas, carreteras o esas vías auxiliares tranquilas que también abundan en Holanda. En cualquier caso esta etapa prólogo ofrecía un aspecto demasiado urbanizado e industrial. Se rodaba en formato de gran grupo, aunque bastante estirado y sin una continuidad lineal entre sus miembros. Había pues, algunos cortes en su seno. Y cada vez hacía más calor. Excesivo la mayor parte de la jornada. Se hicieron bastantes paradas muy breves ante determinados cruces, y al cabo del tiempo llegó la primera parada de avituallamiento. Fue realmente bienvenida y en ella dispusimos de mucha bebida y algo de picoteo. A lo largo del trayecto se fueron sucediendo algunas más, pero yo iba cada vez peor. Las larguísimas rectas se me hacían costosísimas e interminables. Conseguí recuperarme bastante en un agradable tramo a la sombra y con varias curvas, así como en el paso por el interior de la terminal del aeropuerto de Baden, en el que se disfrutaba de aire acondicionado, pero varias paradas más tarde me vine abajo completamente. Al final, iba tan despacio que decidí retirarme a la furgoneta de apoyo a 6 km del punto de llegada. Lo peor no fue la retirada, sino la preocupación por mi capacidad para el resto del viaje, ya que habían sido 73km patinados y cada etapa de las sucesivas superaban los 100km ¿había llegado con insuficiente preparación? ¿arrastraba quizá algún estado de fatiga crónica o anemia? Aquellas eran mis dudas, las cuales, afortunadamente, quedaron despejadas favorablemente en los días siguientes. Analizada la cuestión, ahora mismo ya estoy seguro de qué fue lo que provocó aquel “pajarón”: una deshidratación que empezó a generarse a lo largo de todo el día de viaje y que nos hizo iniciar el prólogo en condiciones poco recomendables, si a eso añadimos el extraordinario calor reinante durante toda la jornada, las consecuencias son perfectamente naturales.

 
Con Jesús, a punto de reanudar la marcha. El primer día lo cubrí uniformado con la camiseta del que fue nuestro club de patinaje finlandés. (Foto: Guti).

El paisaje del primer día me resultó más bien anodino, con una calidad de firme cambiante, aceptable siempre e incluso muy buena a ratos. En cualquier caso una buena experiencia, ya que poder patinar tanto kilometraje sin dar vueltas a un mismo recorrido no es algo que podamos hacer habitualmente por nuestro lugar de residencia.

La jornada continuaba por la tarde con una estupenda “pasta party” en la terraza del restaurante italiano “Carlos”. Una chavalita de una belleza excesiva se encargó de servirnos las refrescantes cervezas y nos dimos un buen homenaje de espaguetis a la boloñesa. Fue un estupendo rato de recuperación, con muchas risas que facilitaron evadirnos del manifiesto agotamiento de los tres. Más tarde dimos un largo paseo hasta un convento (María) en el que nos alojábamos. Allí se sucedieron una ducha reparadora, y una última cerveza al aire libre en el claustro principal del edificio.

 
Una vista del convento María en el que nos hospedamos. (Foto: Guti).

1ª Etapa: Bühl (Baden) – Friburgo 113 km (alguno más).

En el Löwen Skate Tour se madruga, al menos desde una perspectiva española. Lo primero en esta ocasión fue depositar la bolsa de viaje en una de las furgonetas de la organización, antes de dar cuenta de un excelente y potente desayuno. Después, bajar patinando hasta el centro de la localidad, donde oficialmente daba comienzo el Tour (lo del prólogo era un suplemento que no acaba de ser del todo considerado como parte oficial del viaje). Esa mañana se doblaba la participación, aunque salvo nosotros, el resto continuaba siendo, completamente, representación germana (directa o indirecta). Los recursos organizativos se veían aumentados con más furgonetas de asistencia, una ambulancia, más patinadores con chaleco y hasta un par de patinadores de la cruz roja, formalmente equipados. En la espera previa a la presentación y salida, me di cuenta de que conocía a algunas personas con las que había coincidido en Holanda. También fui objeto de una breve entrevista filmada que se sucedería a lo largo de todo el resto del viaje, ya fuera al inicio o final de cada etapa. El día había amanecido nublado, gracias a lo cual gozábamos de una temperatura más llevadera. Se rodaba bastante rápido, aunque pudimos dosificarnos, tratando de evitar una situación final como la del día anterior. La ventaja es que ese día estábamos empezando a patinar muchísimo más pronto. El recorrido apenas presentaba cruces por lo que se avanzaba mucho más kilometraje en el transcurso del tiempo. Conscientemente aprovechamos todas las paradas para comer y beber. Provisiones para ello jamás faltaron por parte de la organización en la totalidad del viaje. De hecho, cada día, cada uno de nosotros, llegábamos a beber, por ejemplo, hasta casi cinco litros de una bebida isotónica gaseosa que se nos ofrecía sin límite. Los trayectos resultaron objetivamente mejores que los del prólogo. Daba la impresión que las etapas oficiales están más maduradas que el prólogo, que parece más experimental. También el paisaje empezaba a ser más bonito, en lo rural y en el paso por pequeñas poblaciones. A lo largo de la etapa fuimos entablando conversación con diferentes personas que se nos fueron acercando. El exotismo español iba, poco a poco, causando efecto. Los trazados fueron mejorando y el viaje se iba convirtiendo en una experiencia cada vez más atractiva y plena.

 
Los tres preparados para comenzar. Jesús y yo con el que fuera nuestro primer maillot de Le Mans hace años.

 
Típica parada durante la 1ª etapa oficial. Una vez más la media de edad de los participantes era elevada, y la presencia femenina cercana al 50%. (Foto: Guti).

A medio día paramos para saborear una fantástica comilona en la terraza de un restaurante. Aquello acabó con un cafetito de rigor y todo. Posteriormente, la tarde iba pasando a lo largo de un bonito recorrido, un río, etc. La gente, al menos parte de ella, iba “cayendo” físicamente y varios se subían a las furgonetas en algunos tramos. Afortunadamente, yo cada vez iba a mejor, nada que ver con el rendimiento de la víspera. Además, gocé de un generosamente largo y eficaz trabajo de Guti al que me acoplé de forma eficaz y con el que eventualmente colaboraba empujando a ratos. A media tarde se nos echó encima una tormenta que empapó todo el pavimento. Sin embargo, pudimos seguir patinando y, sorprendentemente, el asfalto no nos dio problemas de agarre. Más tarde, con el suelo seco de nuevo, Jesús se retiró en el km 103 tras una caída (afortunadamente sin consecuencias). Tuvo bastante mala suerte con este viaje ya que poco tiempo antes del mismo le surgió una tendinitis de talón de Aquiles que le estuvo molestando mucho mientras patinaba. Su capacidad de aguante y su sentido común hicieron que, a pesar de tan notorio hándicap, pudiera completar y disfrutar, de la casi totalidad del tour.

 
Saludando a la cámara en marcha. (Foto: Guti).

La entrada a Friburgo resultó excelente: ancha, con mucha vegetación, un firme ideal y un itinerario duro a causa de las sucesivas cuestas (ascendentes y descendentes). Como el hotel estaba a las afueras de la ciudad, paseamos un rato hasta un vecindario periférico cercano donde encontramos un restaurante griego. Cenamos en una pequeña terraza elevada con vistas a la calle principal. A lo largo de este viaje, todas las veladas resultaron de una atmósfera veraniega evidente, cálida y vacacional.

2ª Etapa: Friburgo – Estrasburgo 105 km.

Para el desayuno se formó bastante atasco por el peculiar sistema del hotel. Y después tuvimos una espera algo larga en el aparcamiento de fuera porque un problema logístico había tenido que ser solventado repartiendo a los participantes por tres establecimientos diferentes. La gente ya nos tenía fichados y se nos acercaba para comentar cosas o traducirnos las instrucciones. Como cada día, también vimos algunas caras nuevas o detectamos algunas ausencias (el tour puede ser contratado y disfrutado por partes).

Nada más empezar a patinar, un miembro de la organización se acercó para darme recuerdos de Vladimir. Era un participante del prólogo con el que había entablado bastante conversación, entre otras cosas porque hablaba algo de español. Además me había dado alguna pista sobre unos campos de entrenamiento de patinaje que celebran en Chipre todos los años. Se lo agradecí y le encargué que se los devolviera cordialmente.

El recorrido matinal resultó muy ameno y de gran calidad. El ritmo me pareció más moderado, y a la gente parecía que le iban pesando los kilómetros acumulados los días anteriores. Por nuestra parte teníamos ya completamente automatizado el protocolo de bebida y consumo de plátano en cada parada de avituallamiento, y rodábamos tranquilos por la mañana, disfrutando de canales, curvas y descensos “esquiados”. Esta etapa hubo algunas caídas moderadas. Jesús un par de ellas, aunque siempre con hierba a mano. Volvió a hacer muchísimo calor, pero conseguí gestionarlo bien colocándome a la sombra en cada parada, bajándome la cremallera del buzo y tumbándome sobre la hierba o el pavimento. Además, mucha hidratación y duchas improvisadas en mangueras o fuentes cada vez que el recorrido brindaba ocasión. Ese día cruzamos el Rhin. Y pronto pudimos disfrutar de un estrecho pero agradable carril de un canal. En él me encontré patinando solo, remontando y adelantando gente hasta alcanzar a Guti, y empecé a empujar a una chica que se le iba retrasando a su rebufo. Finalizado el largo tramo, se nos mostró agradecida.

 
Jesús en “modo” refrigeración y yo enfundado en un buzo de patinaje colombiano. (Foto: Guti).

La comida, en territorio francés, se celebró en un encantador corral de aspecto agrario tradicional. Además de los manjares, disfrutamos de cervezonas alsacianas, ducha de manguera y café. Una vez más, a partir de allí, Jesús optaba por retirarse para salvaguardar su lesión. En cualquier caso, ya el día anterior había logrado, por primera vez, completar un recorrido de más de 100km en única jornada patinando.

 
Guti, en un punto interesante del recorrido.
 
Vista de uno de los canales junto a los que patinamos. (Foto: Guti).

Tras la comida apareció un tramo completamente libre que transcurría por un carril de canal sin cruces. Fueron 25km sin paradas que despachamos Guti y yo en formato de tándem, conectados de forma que el rebufo provocado por él delante pudiera recuperarlo yo, transformándolo en empuje por detrás. Una posibilidad que ya quisiéramos poder disfrutar los ciclistas, y que evita tener que hacer relevos. Íbamos tan motivados que bebíamos sin detenernos, remontando patinadores habiendo salido desde atrás, y manteniendo en torno a los 23 km/h de media. Una gozada. Y todo ello por un canal ancho y precioso, frondoso por estar jalonado de arbolado en ambas riberas y con un firme especialmente agradable para patinar. Las ramitas que incordiaban al principio pronto desaparecieron y quedaron olvidadas. El tramo finalizó con una parada de reagrupamiento general, aunque después pudimos repetir la experiencia otros 10 km más, en los que seguíamos rindiendo igual, mientras cada vez había más gente a la que se le iba notando la fatiga acumulada.

Jesús patina entre otro participante y uno de los miembros de la Cruz Roja. (Foto: Guti).

 
Una exclusa en el trayecto. (Foto: Guti).

A Estrasburgo llegamos ya en gran grupo para dar cuenta de un breve callejeo que resultó cómodo y francamente bonito. Tanto por el aspecto de su calles, como por lo animado de su centro y, muy especialmente, por el paso ¡en patines! Por una galería monumental que albergaba estatuas, junto al canal.

El hotel era estupendo y muy céntrico, y tras la ducha de rigor, nos encaminamos paseando hacia la catedral, disfrutando del ambientazo de las calles peatonales. 26 años después de haber estado una tarde y noche con Myriam en aquella ciudad, en un periplo en moto que constituyó nuestro viaje de novios, me acordaba con bastante nitidez de la configuración del centro de la ciudad. A la gente se la veía elegante y arreglada pese a su actitud veraniega. El calor vespertino y nocturno animaba al callejeo, y la presencia de peatones se encontraba en ese difícil punto de equilibrio que aporta mucha animación pero no causa agobio o incomodidad. Cenamos en una terraza bajo la fachada de la imponente catedral. La luz del atardecer iba virando el tono de la piedra mientras nosotros despachábamos más cerveza alsaciana y, personalmente, celebraba el momento con el clásico codillo con chucrut. Fue una velada francamente agradable, risueña y feliz. La culminamos con un paseo nocturno junto a algunos recodos especialmente coquetos del canal iluminado, y unos apresurados pasos finales bajo las gotas de una tímida lluvia de verano, para acostarnos, una vez más, bastante pronto.

3ª Etapa: Estrasburgo – Karlsruhe 114 km.

Sin haber dormido demasiado bien, disfruté de un desayuno mucho más cómodo que la víspera y, una vez más, fuerte. Me sentía perezoso ante la última jornada, probablemente por la fatiga acumulada de los días anteriores así como por algunos dolores en los pies y tobillos, desencadenados por tantas horas de presión con los patines puestos. Pero esos momentos de inapetencia duran poco cuando uno está dispuesto en “modo” viaje itinerante como era nuestro caso.

La salida de la ciudad nos provocó algunas paradas por cuestiones de seguridad en el avance. Nosotros nos colocamos atrás porque preferimos evitar los acelerones iniciales que siempre provoca la gente que intentar rodar en cabeza, a pesar de que los organizadores mantenían un ritmo apropiado para todo el colectivo y no permitían superar a nadie. Aún así, a medida que el grupo avanzaba, siempre íbamos repescando o superando a gente que se iba quedando descolgada. El recorrido de esta etapa volvía a ser atractivo, con numerosos tramos a la sombra, riberas de canales y más abundancia de curvas entretenidas. El día se presentó cubierto, con un calor húmedo y pegajoso. De hecho, lloviznaba un poquito en el momento de salir. Gracias a ello, al patinar, el aire nos refrescaba al entrar en contacto con el sudor de la ropa. Pero al detenernos, rompíamos a sudar como surtidores, sintiéndonos pegajosos todo el día. Nosotros, las protecciones, las gafas, el casco, la mochila… todo.

 
El Parlamento Europeo de Estrasburgo. (Foto: Guti).

Teníamos algunos acompañantes que compartían con nosotros las posiciones de retaguardia. Gente que no quería complicaciones y se sentía cómoda con nuestro ritmo y modo de dosificar la marcha. La mañana se hizo dura porque tuvimos bastantes kilómetros con suelos rugosos que no dejaban deslizar del todo y, lo que era peor, castigaban los pies con las vibraciones. Continuamos con nuestro régimen de plátanos, galletitas saladas y una botella de bebida isotónica en cada parada. Y además, tras haber salido el sol, búsqueda de sombra para descansar.

 
Jesús, Guti y yo por la mañana. Los hermanos con el maillot oficial del evento.

En un pueblo nos duchamos con una manguera de un vecino generoso. Fueron varias las localidades que atravesamos seguidas en poco tiempo, hasta que finalmente alcanzamos un agradable club de tenis con cierto aire clásico y un agradable restaurante con terraza en el que comimos. La terraza era amplísima, ofrecía sombra y la típica vista a las pistas de tierra batida. Un recuerdo de los históricos clubs de nuestra ciudad. De nuevo encontramos muy buena comida, abundante y variada, además de cerveza sin alcohol (buena de verdad) y café final.

La puesta en marcha tras la sobremesa se me hizo especialmente cuesta arriba. Los tres nos pusimos a la cola y avanzamos charlando y haciendo risas con las personas que hacían de cierre de grupo con bicicletas. Pero enseguida el pelotón fue perdiendo fuelle y las furgonetas fueron ocupando gran parte de sus plazas disponibles para abandonos temporales o definitivos. En aquel momento más que en ninguna otra ocasión anterior. Se fueron sucediendo sectores más largos y bonitos junto a un canal umbrío y otros con curvas y descensos eventuales. Poco a poco nos fuimos calentando y empezamos a dedicarnos a superar grupos, a un ritmo suave pero continuo, hasta que Guti y yo, mano a mano, acabamos repitiendo nuestras cabalgadas intensas de la víspera. La última de ellas fue especialmente larga y dura, ya que además incluyó un tramo intermedio de firme bastante abrasivo. Íbamos alcanzando gente a la que pasábamos. Algunos se nos incorporaron, como fue el caso de dos de los guías de chaleco. Hay que decir que el trabajo de esa gente resultaba especialmente duro y encomiable, ya que rodaban por delante y se iban deteniendo a cerrar cruces, y cuando pasaba todo el grupo, tenían que remontar hasta la cabeza para volver a estar disponibles para nuevas ocasiones. Y así… durante cuatro días. Gracias a nuestras cabalgadas (la anterior tampoco había estado nada mal; tanto, que una patinadora de las habituales de delante, se nos pegó atrás al pasarla y se aferró a nuestro avance consciente de las ventajas que le supondría) los kilómetros se nos pasaban volando. Finalmente alcanzamos un punto del río, el cual habíamos cruzado varias veces a lo largo de aquella jornada, en el que se planteaba un final opcional de la etapa, y del viaje. La opción recomendada era patinar un poquito más hasta una estación de tranvía y, allí, quitarse los patines, tomarlo y llegar al hotel de partida de cuatro días antes. La segunda era ir patinando hasta el hotel, pero por una ruta callejera incómoda, cargada de paradas, cruces y aceras, debido a que la organización no había conseguido permiso especial para circular por las calles de la ciudad. Nosotros, como mucha otra gente, nos decantamos por la primera, algo que ya habíamos decidido cuando nos lo anunciaron previamente en uno de los últimos correos electrónicos informativos.

 
Paso urbano de Jesús. (Foto: Guti).

El tour finalizaba oficialmente en el restaurante del hotel con una breve pero animada ceremonia de agradecimientos y vítores, mientras cada cual se bebía su cerveza. Después, como estábamos alojados de nuevo allí mismo, nos fuimos a duchar y regresamos para cenar en un apartado elevado al aire libre, moderadamente rodeados por algunos otros participantes que también pernoctaban en el mismo establecimiento. Algunos se nos acercaban a la mesa para entablar conversación de balance o despedida. Les había sorprendido mucho nuestra presencia y se mostraban contentos por ella, manifestando su deseo de que se repita en el futuro. Un joven alemán con buen castellano, tras haber pasado un año de universidad (Erasmus) en Valladolid, se sentó de sobremesa con nosotros. Era majo y agradable, gracioso y con ganas de alargar la velada, pero como estábamos cansados y viajábamos pronto a la mañana siguiente, la reunión duró únicamente un par de rondas. Al día siguiente el regreso fue una nueva combinación de caminata, tranvía, tren, avión y coche.

 
Sonrientes a punto de finalizar nuestro viaje en patines.

Con esta experiencia completaba el grueso principal de propuestas de viajes en patines que se pueden encontrar en Europa. Al menos en oferta abierta y, digamos, permanente. Sé que algunas entidades organizan puntualmente viajes concretos, y que otros pueden estar escapándoseme en la vorágine informativa de la Red. También supe hace un par de años de una propuesta de unos 1200 km, pero la velocidad media requerida se me escapaba por mucho, dándome la impresión de que se trataba de algo dirigido a patinadores en activo y de bastante rendimiento específico. Hay algunas otras propuestas interesantes, pero centradas en una única jornada de actividad, algo que, por el momento no me parecido suficiente como para compensar la inversión de tiempo y dinero en el viaje.

El Löwen Skate Tour está perfectamente organizado. Se respira seguridad y cobertura de apoyo por todas partes. La relación servicio/coste es estupenda. Otra cosa es ya que los que vivimos lejos tangamos que abordar gastos de viajes, pero lo que es propiamente la inscripción y todo lo que la misma incluye, resulta, objetivamente, barato. Al ser algo más de un centenar de miembros de la caravana (patinadores, organizadores y personas que viajaban en vehículos), todos ellos alemanes o residentes en aquel país, creo que haber vivido esta experiencia en solitario, me hubiera resultado un poco aislante. Evidentemente, estoy seguro de ello, habría llegado a establecer algunas relaciones algo más profundas con algunos participantes, pero el idioma hubiera acabado siendo un problema, y el hecho de que la mayoría ya llegaban allí con sus grupos configurados. En Holanda, pese a tratarse de un encuentro mucho más internacional, ya pasó algo así con la mayoritaria participación alemana. En esta ocasión no me he visto afectado por nada de esto ya que viajaba muy bien acompañado. Con Guti y con Jesús ya tengnemos muchas aventuras compartidas a nuestras espaldas. Esta ocasión no ha hecho más que ratificar que son dos personas ideales con las que viajar en plan deportivo. Adaptables, generosas, con excelente talante, autónomas, alegres, sufridas… y así podría seguir llenando líneas y más líneas de calificativos. La comunión ha sido perfecta en todos los sentidos y me alegro mucho de haber tenido la suerte de haber podido contar con ellos en esta ocasión. Especialmente me hacía ilusión la participación de mi hermano, ya que aún siendo un auténtico entusiasta del patinaje, nunca hasta ahora había podido tomar parte en un viaje organizado de varios días y largas distancias. Tenía muchas ganas de que lo pudiera disfrutar personalmente, ya que por mucho que le hubiera contado experiencias propias, es muy difícil hacerse una verdadera idea de la vivencia y el proceso que implica una actividad así hasta que uno la vive completamente. Por sus comentarios, me consta que ha regresado entusiasmado.

El viaje es duro, no nos engañemos, son 400km patinando en cuatro jornadas. Siempre queda el “paracaídas” de las furgonetas de asistencia, pero completarlo requiere cierta forma física, experiencia en este tipo de situaciones y un dominio técnico solvente. Esta temporada he patinado bastante poco. Aún así, y aparte de la deshidratación del prólogo, he aguantado bastante bien el esfuerzo demandado. Se ve que mi organismo ya ha conseguido una buena adaptación a la modalidad y que los efectos del entrenamiento cruzado con otras disciplinas parecen funcionar. A la vista, de cara al futuro, no tengo identificada ninguna otra actividad de este tipo, pero nunca se sabe, en cualquier momento pudiera surgir algo apetecible. Por el momento, contarlo y entusiasmarme con el recuerdo, aún será parte importante de su disfrute. Viajar en patines ha vuelto a resultar especial, mágico, diferente… fantástico.

Me despido con un apéndice crítico a mi país. Recuerdo que cuando era pequeño, muchas de las aceras de mi ciudad y muchas otras, estaban terminadas en asfalto negro. Era algo barato y práctico. No resulta peligroso cuando llueve y permite poder patinar sobre él. Son muchos los países europeos (más ricos que el nuestro) que conservan ese tipo de acabado urbano. Sin embargo, en España, a lo largo de toda la transición y años siguientes, nuestros alcaldes se han empeñado en aquilatar las aceras de nuestras ciudades con todo tipo de baldosas, como si se tratara de gigantescos cuartos de baño colectivos. La mayoría de ellas no permiten patinar (son incómodas para carritos, maletas, etc.), han resultado mucho más costosas y no siempre quedan bien unidas, provocando tropiezos o chapuzones en el calzado y los pantalones cuando llueve y ellas oscilan. Algunas incluso son peligrosas si se mojan. El capricho ha sido un buen nicho de actividad para grandes y pequeños pelotazos, y desde luego, como patinador y peatón, una verdadera lástima.

Pero volviendo a mi participación en el Löwen Skate Tour, quiero agradecer sinceramente el trabajo desempeñado por todos los actores implicados en su organización. Es una experiencia muy recomendable para cualquier patinador de nivel suficiente. Una de esas escasas oportunidades de viajar sobre ruedas. Pese al calor y las distancias, en el fondo, a los tres nos ha dejado ganas de más.

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