jueves, 8 de diciembre de 2022

EQUUS

Tengo sincio de cabalgar. Ganas de montarme en un caballo y salir al monte a pasear. Hace aproximadamente un año que no me subo a un caballo para disfrutar algunas horas. Entonces fue para recorrer una finca de toros de lidia en buena compañía. Desde aquello hasta ahora, únicamente me encaramé a una silla para probar el caballo que se compraba entonces un buen amigo. Cuestión de minutos, aquello no cuenta. Mi afición a la equitación data de los años ochenta, cuando me inicié en ella de la mano de mi novia de entonces (ahora mi esposa). Primero mediante un fin de semana de turismo ecuestre por los cañones del Ebro y, poco después, una larga temporada de doma clásica y salto durante varios años. Pero nunca he tenido caballo propio, por lo que mi práctica ha experimentado prolongadísimas fases de inactividad absoluta. De hecho, han sido más largas las etapas de inactividad ecuestre, que las de monta habitual. El caso es que, rozando el final de mi vida profesional, pensando en que quizás en poco tiempo pueda disfrutar de más tiempo libre, me gustaría retomar de nuevo las cabalgadas, aunque soy consciente de las dificultades logísticas que ello podría implicar y quizá, quién sabe, no llegue a poner en marcha la intención. Tengo que reconocer que el mero hecho de que mi mencionado amigo se haya puesto a ello ha espoleado mis ganas de volver a disfrutar del caballo. En fin, ya veremos.

Precisamente el pasado verano, durante unos días de asueto en el pueblo disfrutando de las montañas, nos topamos con un cartel que anunciaba un espectáculo ecuestre cercano. Es lo que tiene pasear y hacer la compra por alguna de esas ciudades pequeñas de la España no costera. Tal vez pueblos grandes o villas en los que la oferta cultural es diferente a la de las capitales, y donde, afortunadamente, lo tradicional, lo folclórico y lo etnográfico asoman con algo de frecuencia, especialmente si las poblaciones en cuestión viven algo vinculadas al campo que las rodea. Se trataba de un evento gratuito a celebrar en un prado a las afueras de Mataporquera. Un espectáculo que formaba parte de la agenda de las fiestas locales. Y allá que fuimos. Bajo un sol de justicia y un calor de órdago, nos plantamos en la campa protegidos con sombrero, para admirar el buen hacer de un jinete y varias amazonas. La “troupe” de Óscar Borjas, que hasta allí había llegado en una “cuadra con ruedas”. Entre las protagonistas se encontraba Sandra Borjas, anunciada como campeona del Concurso de Exhibiciones del SICAB 2021 por su espectáculo “Duende Ecuestre”, con su caballo “Inquieto de mi vida”.

Sandra Borjas con Inquieto de mi Vida. (Imagen: Ramón Azañón Agüera).
 

Lo pasamos bien y merecieron la pena la espera y el calor, que conseguimos sobrellevar mejor de lo esperado. Hubo mucho alarde de doma a pie, varios números de doma clásica, incluso una especie de coreografía a dos entre caballo y bailaora. El suelo no era el ideal para que los cuadrúpedos pudieran demostrar todas sus habilidades, pero, en general, el conjunto estuvo muy bien. La mayor parte de los números incluidos se llevaron a cabo con manejo a dos riendas. En realidad, todos menos uno, el que más me gustó, una serie de maniobras y evoluciones desplegadas por Óscar sobre un espectacular caballo casi azabache, manejado en doma vaquera con garrocha. Una envidiable delicia. También una de las amazonas (supongo que Sandra) nos deleitó con una magnífica demostración de doma con silla de amazona. Lo dicho, un entretenimiento de lo más motivador.

Pasó el verano, pero el sincio (las ganas) no fueron a menos, al contrario. Menos mal que las tengo racionalmente aplazadas, y a ello me ayuda desfogarme con el hierro de la espada ropera (pero eso es otra historia). Así que acabé insertando un libro sobre el caballo entre mis lecturas. Se trata de un clásico de Don Álvaro Domecq Díez, el padre del fundador de la Escuela de Jerez, que fue rejoneador de prestigio y agente de excepción en la evolución contemporánea de la raza de caballos españoles. Se titula “Memorias, 80 años. Mi vereda al galope” y fue publicado por Espasa en 1998, con tapa dura y una decoración muy taurina y andaluza. Lo adquirí en el momento de su publicación porque me topé con él en una librería (por eso hay que rondarlas y no “vivir” exclusivamente de las ofertas publicitario-culturales que nos llegan) en un momento en el que quizás, no lo recuerdo, andaba yo montando. El caso es que el libro se quedó reposando en una de mis estanterías hasta que, casi tres décadas después, sin haberlo leído, se lo pasé a mi hijo jinete quién, al devolvérmelo, me dijo que lo leyera, que merecía la pena y que le había gustado mucho. Así que me puse a ello y he acabado descubriendo muchas cosas del mundo del caballo, de la monta vaquera, de la vida del protagonista y de su personal filosofía.

Lejos de pretender plasmar aquí un resumen del texto, sí que voy a dejar algunas reflexiones personales que su lectura me ha ido provocando. Un asunto que explica con insistencia es el del trato en la doma. Declara que anteriormente, y aún en demasiados casos, a los caballos se les enseñaba con exceso de rudeza y con castigo. Tanto en el uso de las ayudas como por la utilización de bocados y enseres muy agresivos. Sugiere que tal tradición procedía de la urgencia de la vida laboral en el campo, en la que la prisa y la necesidad demandaban unos resultados rápidos de la doma de trabajo. Por el contrario, él siempre apostó por una doma lenta y sin plazos, basada en la suavidad, el equilibrio y la confianza ganada para con el animal. Algo que da gusto leer. Otro aspecto interesante de la figura de Domecq como caballista fue su obsesión por la colección, consulta y estudio de tratados sobre equitación. Libros antiguos o contemporáneos a él, viejos ejemplares de escuelas históricas y clásicas. Se refiere mucho a ellos y se empeña en establecer una nutritiva comunión entre la formación teórica y práctica del jinete. Me siento afín a su proceder porque ha sido el mío a lo largo de toda mi vida profesional en el mundo del deporte y de la educación. Y lo sigue siendo todavía, cuando me embarco en el conocimiento de casi cualquier tipo de afición, estudio o entretenimiento: práctica y teoría, teoría y práctica, fundamentos y acción, consulta bibliográfica y trabajo corporal o interacción física.

Álvaro Domecq Díez rejoneando con su inolvidable Espléndida (Imagen: libro de Álvaro Domecq).

 
Domecq sobre Presumido, caballo que vendió a su amigo Juan Belmonte (Imagen: libro de Álvaro Domecq).

Quizás por su amor a los libros y por su reverencia a los tratados y a sus autores, Don Álvaro decoró algunas paredes de sus cuadras con sentencias extraídas de algunos de ellos. Frases que le llegaron al alma y que consideró, una vez conocidas, fundamentales en el proceder con sus caballos. No puedo evitar asociar está costumbre con la que llevó a Michel de Montaigne a grabar gran cantidad de las vigas de madera de su torre con muchas de las sentencias de sus autores más respetados y elogiados. El paralelismo entre ambas personalidades no acaba ahí, ambos estuvieron muy apegados a sus caballos. Para Montaigne era la mejor forma de desplazarse y de gozar del aire libre. Recurría al caballo cuando quería recorrer el campo, sus posesiones y sus viñedos, cuando optaba por salir de su torre, escritos y lecturas y, especialmente, cuando viajaba, cosa que hizo durante largo tiempo por varios países europeos. Si algún curioso se acerca en la actualidad a visitar la Torre de Montaigne, verá que ya no quedan libros en ella. Las estancias están prácticamente vacías, apenas unos pocos muebles para hacerse una idea de su disposición. De lo importante, de la esencia del caballero, permanecen dos detalles fundamentales: las citas talladas sobre las vigas, y un par de sillas de montar originales.

Silla de montar de Michel de Montaigne, exhibida en su torre actualmente. (Imagen: randoneur)
 

La plaza de toros de Santander aparece fotografiada en las memorias. Un hito importante porque fue en ella donde Domecq debutó como rejoneador en agosto de 1934, en un festival. Por otro lado, en algún otro sitió he leído que diez años más tarde, el 20 de agosto de 1944, Álvaro Domecq obtuvo en la misma plaza un triunfo apoteósico ante un astado de su familia. La plaza está en el barrio donde crecí. Ha sido presencia constante durante mi infancia, adolescencia y parte de mi juventud. Es más, durante esas dos últimas etapas, y desde entonces hasta ahora, cada vez que voy a visitar a mi madre a su casa, me asomo a la terraza-azotea y veo un cuarto menguante de su ruedo, así como parte de sus tendidos.

Ya he dicho que Álvaro Domecq “padre” no solo fue un jinete apasionado, sino también un estudioso de la doma. Además de los libros, viajó, aprendió y tuvo contacto con algunas figuras de varios de los centros ecuestres más afamados del mundo. Tal fue el caso de la Escuela Española de Equitación de Viena, a la cual, además, fue invitado en 1972 para participar en una exhibición con motivo del cuarto centenario de la fundación de la entidad. De igual modo, pasó por Saumur, el centro ecuestre militar más importante de Francia. Las instalaciones de la Escuela Nacional de Equitación “Cadre Noir” en Saumur son enormes. Actualmente las principales están a las afueras de esta ciudad bañada por el Loira. Pero en pleno casco urbano se conservan muchos pabellones y edificios pertenecientes al ejército y vinculados a su prestigiosa caballería. Lamentablemente no he tenido contacto alguno con el mundo del caballo en Saumur, pero es una ciudad (y una comarca) de las que he disfrutado en varias ocasiones, en bicicleta y bailando, porque allí se celebra uno de los mejores y más ambiciosos eventos de ciclismo “retro”. Debería regresar para profundizar un poco en su vertiente hípica. Nada de esfuerzo, teniendo en cuenta que las bodegas de cava son abundantes y de gran calidad por allí. Respecto al Saumur hípico de entonces, Álvaro Domecq hace mención especial de un destacado jinete maestro militar: René Duclos.

Fermín Bohórquez Escribano, Rafael Peralta Pineda y Álvaro Domecq Romero en visita al Cadre Noir de Saumur. (Imagen: peraltacaballos.com).

 
Escuela Española de Equitación de Viena. Rafael Peralta, en el centro, aparece junto con Álvaro Domecq y Díez, y su hijo Álvaro Domecq Romero. Los acompaña el ganadero y rejoneador Álvaro Martínez Conradi. (Imagen: peraltacaballos.com).

Álvaro Domecq Díez en plena exhibición en la Escuela de Viena. (Imagen: libro de Álvaro Domecq).

El Loira a su paso por el centro de Saumur. (Imagen: randoneur).

En plena excursión ciclista vintage por Saumur. (Imagen: randoneur).

Un personaje que aparece con frecuencia en las memorias ecuestres de Álvaro Domecq es el torero Juan Belmonte. Uno de los más famosos de la historia de la tauromaquia. El torero del “temple”, el “Pasmo de Triana”. Maestro del que dicen revolucionó el arte del toreo, transformando la lidia y sentando algunas de las bases de cómo son las faenas actuales. Para muchos de los que no hemos sido coetáneos del diestro, su renovada popularidad nos ha llegado recientemente de mano de la literatura, en concreto a través de la lectura de “Juan Belmonte, matador de toros”, ensayo de Manuel Chaves Nogales. Las circunstancias del cómo estos dos personajes han irrumpido en mi “vida” cultural han sido causadas por la valentía de un exitoso editor de nueva generación. A Luis Solano lo he conocido gracias a coincidir con él en algunas de las iniciativas puestas en marcha por Paz (librería Gil). Como es natural, él no sabe quién soy, pero hemos hablado algunas veces y coincidido en la presentación de algunos libros de su editorial y en algunas intervenciones en ferias relacionadas con los libros. Su caso es muy interesante porque, habiendo puesto en marcha la editorial en 2005, ha conseguido posicionarla como uno de los referentes editoriales en nuestro país, una editorial de moda, consolidada, muy valorada por los lectores y con un catálogo amplísimo. Parte de su éxito puede haber sido debido a la búsqueda, adquisición de derechos, traducción y publicación de muchos títulos no hispanos que eran inéditos o desconocidos para el gran público. Por otro lado, como en el caso que nos ocupa (Chaves Nogales) por haber apostado por recuperar un magnífico autor defenestrado (casi “secuestrado”) por los editores del pasado, y que, de no haber sido por Libros El Asteroide, hubiera quedado oculto para las actuales generaciones. Lo de Chaves Nogales tiene su guasa. En la época pre, intra y post guerra civil española, además de durante la Dictadura y la Transición, y la posterior normalidad democrática, fue y ha sido un autor prácticamente obviado y ninguneado. Quizás no fuera “de interés” para personas “alineadas” en posturas políticas opuestas. Lo sugiero porque entre sus títulos ahora conocidos figuran: “El maestro Juan Martínez que estaba allí” y “A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España”, que versan sobre la revolución rusa y la guerra civil española respectivamente, y claro, Chaves no se casa con nadie, reparte aquí y allá, a derecha y a izquierda, algo entonces muy mal visto por ambos bandos y que, recientemente, parece volver a ser muy mal tolerado.

El caso es que, ejerciendo de periodista, que era a lo que el escritor se dedicaba en esencia, reuniéndose con el famoso torero, acabó componiendo una amena biografía que también ha sido editada en estos tiempos por Libros del Asteroide, como ha hecho con la práctica totalidad de su obra. La biografía se centra en la vida (desde chiquillo) de Juan Belmonte como torero, pero aquí lo citamos como jinete y como rejoneador.

«En aquellos años cuarenta fueron muchas las tardes en las que toreé con él: cerca de un centenar de festivales. Y pasaron del centenar los acosos y derribos por esos tentaderos de machos que entonces se prodigaban tanto en todas las ganaderías andaluzas.

Como jinete, Juan no era tan considerado como lo era a pie, pero en él anidaba esa misma virtud del arte que se llama temple. Ningún caballo iba a disgusto dirigido por su mano. Ningún caballo se violentaba con él y esto sí que merece la consideración de muchos jinetes. El caballo que se templa, cede. El caballo obedece más a la serenidad que al desafío. El caballo, por lo general, entiende más por la razón que por la fuerza». (A. Domecq. D).

El torero Juan Belmonte con una garrocha preparado para un acoso campestre. (Imagen: globalcaballos.com).

 
Belmonte con Álvaro Domecq Díez. Buenos amigos. (Imagen: libro de Álvaro Domecq).

Juan Belmonte “toreando” a caballo. (Imagen: globalcaballos.com).

Por lo que nos cuenta Domecq, a Belmonte le encantaban los caballos. De hecho, le compró a Don Álvaro el que quizás fuera su mejor ejemplar: “Presumido”. Y un caballo mandó ensillar cuando tomó la decisión de quitarse la vida. Los caballos formaban parte de sus aficiones y de su vida familiar en el campo, donde celebraba reuniones y acogía a sus amistades. Así fue el caso de Esther Williams, que llegó a convertirse en amiga de la familia. En una de sus visitas se plantó allí con su hija, huyendo de la prensa y del entorno de Hollywood, tras la reciente ruptura con su marido Ben Gage, a quien dejó en California a cargo de sus dos hijos varones. Aquella visita mantuvo un perfil discreto, muy diferente a otras anteriores en las que llegó a ser recibida en el Pardo, participó en actos promocionales y fue fotografiada por las revistas y filmada por el NO-DO.

«La actriz se queda en las casas de la familia Belmonte, y es arropada en un momento personal muy complicado. El matador y sus hijas, ya adultas y madres de hijos que serán los compañeros de juegos de la pequeña Susan, protegen a la estrella de Hollywood de la prensa y de los curiosos, dándole la privacidad deseada y tratando a la mujer como a una amiga. La naturaleza privada de la relación entre Esther Williams y la familia del matador es tal, que hasta en la autobiografía de la actriz no se hace mención de su estancia con los Belmonte, como si se tratara de un episodio íntimo que no se desea compartir con nadie»[1]. (Silvia Caramella).

Esther Williams subiendo a una montura. La foto resulta simpática y de lo más “cañí”. Hay confianza, el torero ayuda con sus manos donde puede, debe o quiere. Pero lo más intrigante es fijarnos dónde parecen estar depositadas las miradas de los dos “subalternos” del fondo. (Imagen: globalcaballos.com).
 

La figura de Belmonte atesoró una enorme potencia mediática y aglutinó en torno a sí una rica atmósfera cultural y política asociada a ella y, por ende, a la tauromaquia. Una somera búsqueda de fotografías de la época nos lo muestra posando o interactuando con muchas personalidades. Entre ellas podemos encontrar a José María Cossío. El vallisoletano fue un gran aficionado, amigo de muchos toreros y artífice de una monumental obra de cuatro tomos titulada “Los Toros” (popularmente “El Cossío”). En ella llegaron a participar Miguel Hernández, de quién era amigo y, en la medida que le fue posible, protector; o el mismísimo Álvaro Domecq Díez, que colaboró con un trabajo titulado "La cría y selección del toro de lidia en la actualidad", que aparecía impreso en el tomo XI. Cossío «Tuvo una especial vinculación con Cantabria. Escribió varios libros sobre autores montañeses, sobre todo José María de Pereda, de quien editó las Obras completas. Aficionado también al fútbol, ejerció la presidencia del Racing de Santander entre 1932 y 1936». (Wikipedia).

«Es el 31 de octubre de 1931 en el Cigarral. En el centro de la fotografía, el presidente francés, Édouard Herriot; a su izquierda, su homólogo español, Manuel Azaña; Marañón y Luis de Zulueta. A su derecha, Fernando de los Ríos. Y detrás de Azaña, Salvador de Madariaga». (En otra foto de la misma fuente aparece también Valle Inclán). (Imagen: globalcaballos.com).

 
«Juan Belmonte -sentado en el centro- junto al escritor Ramón Pérez de Ayala; el escultor Sebastián Miranda a su derecha, y el pintor Ignacio Zuloaga, a su izquierda». (Imagen: globalcaballos.com).

Cossío tenía una casona montañesa en el curso alto del río Nansa, en el pueblo de Tudanca. En esa casa se reunían muchos escritores (Miguel de Unamuno, Carlos Gardel, José del Río Sainz, Gerardo Diego, Giner de los Ríos y Gregorio Marañón, entre otros). Había tertulias y varios de ellos pasaban temporadas vacacionales. José Mª de Pereda se inspiró en esa casa, ese pueblo y aquellos paisajes, para la ambientación de su novela “Peñas Arriba”. Las tudancas, reses ágiles y montaraces, delgadas y de cornamentas estilizadas, constituían entonces la cabaña bovina de la región (ahora parecen estar en plena recuperación). El inmueble que fue residencia de Cossío hasta su fallecimiento, y ahora es un museo, disponía de una biblioteca que atesora «[…] una colección bibliográfica española muy importante, principalmente de los siglos XIX y XX. Contiene Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, poema de Federico García Lorca a un torero,​ y otras obras importantes de escritores de la Generación del 27». (Wikipedia). La última vez que visité la casa, hace ya muchos años, la mencionada biblioteca seguía allí.

Álvaro Domecq Díez con José Mª Cossío. (Imagen: libro de Álvaro Domecq).

 
Vista reciente del pueblo de Tudanca. (Imagen: randoneur).

Entre sus amistades, también estaba el poeta cántabro Gerardo Diego, igualmente aficionado taurino, algo que quedó reflejado en varias ocasiones a lo largo de su obra[2]. Entre tales piezas, hay una dedicada precisamente a Juan Belmonte, y en ella, una estrofa nos deja claras dos cosas: que Gerardo Diego sabía sobre lo que escribía, y que, para el torero, los caballos tenían importancia.

«[…] Yo canto a Juan Belmonte y sus corceles

Galopando con toros andaluces

Hacia los olivares, quietos, fieles

Y -plata de las tardes de laureles-

Canto un traje –bucólico- de luces».

Gerardo Diego (Fragmento final de la oda a Belmonte).

Otro cántabro seducido por los toros (seguro que hay muchos), aunque de época posterior, es el pintor Indalecio Sobrino. Hace años presentó una colección de cuadros titulada “Tauromaquia”, de la que personalmente he tenido noticias muy recientemente. Ha ganado en varias ocasiones el concurso para el cartel de la feria, y ha acabado siendo nombrado presidente de la Plaza de Santander. Su obra es de carácter figurativo, pinta personas o ambientes con ellas. Ha pintado artistas de cine, músicos de jazz, escenas de ballet y personajes de la calle. ¿Lo último? Una magnífica serie sobre la vida cotidiana en los monasterios. Muy vinculado al mundo del toreo, aportó un retrato de Juan Belmonte para la edición de una antología poética de varios autores. También, acompañando a una de sus crónicas taurinas, me he topado con una mala reproducción del dibujo de un rejoneador.

Retrato de Juan Belmonte, obra de Indalecio Sobrino. (Imagen: eldiariomontanes.es).

Apunte de un rejoneador, por Indalecio Sobrino. (Imagen: ¿?).
 

A Álvaro Domecq Romero (“hijo”) no me voy a referir en esta ocasión. Ya lo mencioné en alguna entrada pasada y quizás ¿quién sabe? Vuelva a aparecer en el futuro. Únicamente cierro capítulo sobre esa serie de vinos que, decorados con los dibujos y alusiones a algunos de los caballos de la familia, adquirí en una visita a sus bodegas. Ya di cuenta de uno de ellos y del vinagre. Ahora le toca el turno al resto.

“Jerezano” fue un macho de hierro Álvaro Domecq. Uno de los caballos fundadores de la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre. Me ha resultado imposible dar con foto suya alguna. Pero lo podemos contemplar en la vitola de la botella. El vino es un fino luminoso y fácil de beber. Al menos para quienes, como yo, no tienen costumbre de regar con fino sus ratos de ocio “restaurador”. Nos la bebimos, casi entera, en una de esas tórridas noches cántabras que nos regaló octubre, con 26 grados de temperatura en el jardín, cenando a base de navajas, mejillones y arroz con chirlas, acompañados por tres jóvenes (una chica y dos chicos) que nos mantuvieron muy entretenidos con su conversación, mientras tres perros retozaban por los alrededores de la mesa. Bastante campestre todo. Tan fácil resultó el vino, tan apetecible y apropiado como acompañamiento que, sin darnos cuenta, casi nos pimplamos la botella entera entre dos. Y quizá sea por la falta de costumbre, pero con ese tipo de vino “Jerezano” y jerezano, la cabeza se le resiente un poco a uno cuando se ingiere con cierta generosidad.

Etiqueta del fino que homenajea a Jerezano. (Imagen: randoneur).
 

El Pedro Ximénez Viña 98 no es de la gama más alta de PXs de Domecq, pero a mí me satisface plenamente. Es un oscuro líquido dulce muy untuoso que en algunos instantes me provoca la agradable impresión de estar bebiendo zumo de uvas pasas, si ello fuera posible. Homenajea al caballo “Triunfo” recordando su gran personalidad. La vitola lo retrata de cara en vez de cuerpo entero. Tiene aspecto vivaz, casi con cabeza de purasangre árabe. Quizás tuviera mucho de ello o habrá sido resultado del dibujo. Triunfo fue el primogénito de Espléndida. Aquella maravilla de yegua a la que tanto alude Álvaro Domecq “padre” en su libro. Por lo que contaba en él, Triunfo era un gran caballo de salida para el rejoneo, para el primer tercio. Conocida la madre, del padre podemos decir que fue un purasangre inglés llamado Magicien.

Vitola del PX con el busto de Triunfo. (Imagen: randoneur).
 

Hay una botella del lote de homenajes equinos de Domecq que todavía no he probado. La del oloroso Albujero que rinde homenaje al caballo Universo. La reservo para acompañar alguna comida especial en casa. El caballo en cuestión debió ser importante para Su propietario, si hacemos caso a la siguiente cita.

«“El Paquete” era una finca ajardinada a las afueras de Jerez, […]. En su jardín enterré los huesos de caballos como Universo y Espléndida. A esta le hice modelar una escultura en bronce donde se decía como epitafio aquello de: “Espléndida en el campo, en la plaza y en el recuerdo”». (A. Domecq).

Dibujo de Universo en la etiqueta del oloroso. (Imagen: randoneur).

Dejamos Andalucía, Jerez y a los Domecq, y cual repentino quiebro campero, sin perder el asiento sobre la silla de montar, nos plantamos en el mundo del teatro. Al menos eso fue lo que hice en una visita a Madrid. Tenía muchas ganas y curiosidad por asistir a la representación de “Equus”, programada en el Teatro Infanta Isabel. Se trata de una obra contemporánea que, gracias a su éxito inicial y sucesivas reprogramaciones a nivel internacional, va camino de convertirse en todo un clásico. La escribió Peter Shaffer en 1973 y fue representada con éxito en Londres y en los EEUU. Actores como Anthony Hopkins o Richard Burton formaron parte de su elenco pionero, mientras que el popular Daniel Radcliffe también ha defendido un papel protagonista ya en el siglo XXI. La obra siempre ha arrastrado cierta polémica por incluir en su trama un doble desnudo en primer plano del escenario. No es un capricho de adaptación actual, sino que venía estipulado en las precisas prescripciones dispuestas por el autor de la obra para sus puestas en escena. Tal es así, que incluso en su estreno español, en 1975, la censura certificó el permiso para que el desnudo se pudiera llevar a cabo (no sin algunas limitaciones), constituyendo todo un hito al convertirse en el primer desnudo teatral en nuestro país.

Informe de la censura para la primera representación teatral de Equus en España. (Imagen. Viradoensepia.com).
 

La trama narra la labor terapéutica-detectivesca que un psiquiatra lleva a cabo para tratar de encontrar la causa que condujo a un problemático adolescente a matar a varios caballos clavándoles un punzón en los ojos. Por la escena, además del chaval y su doctor, desfilan los padres del joven, una amiga, la jueza de menores que lleva el caso y hasta un jinete anónimo. Por no hablar de los caballos, que asumen un rol importante desde los puntos de vista estético y simbólico.

Cartel de Equus. (Imagen: Teatro Infanta Isabel).

 
Momento de la representación de Equus. (Imagen: teatromadrid.com).

No hablaré más de la obra para no desvelar nada que perjudique a potenciales espectadores. Únicamente diré que a mí me gustó mucho. La obra en sí, su interpretación y su original y eficaz puesta en escena. Disfruté durante la misma y me mantuvo ocupado reflexionando sobre ella en los días posteriores. Lo que sí quiero es referirme a ella en relación con algunas de las cuestiones sobre las que estoy escribiendo aquí. El trato a los caballos, el sincio de montar, la relación entre el jinete y el animal, etc. Por ejemplo, el sonido desempeña un importante papel en la representación actual en el Teatro Infanta Isabel. Se da una excelente integración de sonidos grabados (sobre todo relinchos de caballos, galopes, etc.) con otros provocados por los actores en directo: tamborileos de los dedos al son del trote o el galope de un caballo y, especialmente, los clásicos golpes por patadas que siempre suenan ocasionalmente en los boxes de las cuadras de cualquier picadero. Si el espectador ha sido asiduo a alguna de esas instalaciones, enseguida se va a ver familiarizado con la ambientación teatral y va a comprender mejor que los no iniciados el porqué de esos golpes aparentemente exagerados o fuera de lugar.

De igual modo, la expresión de los caballos, su mirada y gestualidad de cara, ya sea esta trabajada mediante las caretas allí utilizadas, o a través de los actores, cuando alguno de ellos se mimetiza brevemente con un caballo, está muy lograda, consigue que el espectador se evada de su situación real (estar sentado en el patio de butacas de un teatro muy clásico, con tapicería roja, ornamentos dorados y escayolas por doquier) y se traslade al ambiente de las cuadras, de las que lo único que falta es el característico olor a estiércol y caballos. En este sentido, la obra tiene un componente de expresión corporal nada desdeñable, algo que se ve enriquecido por el trabajo “en off” desplegado por los actores en algunas escenas no ecuestres.

Un asunto que es tratado en algún momento de la trama, de forma verbal y no física o motriz, es el del control-dominio del caballo (su doma) por parte del ser humano. Es este un clásico debate ético interior para algunas personas aficionadas a la equitación. Un debate en el que, como ya hemos dejado claro, Domecq se posiciona como de postura mínimamente agresiva, apostando por el trabajo lento, el trato amable y el desarrollo de la confianza mutua entre jinete y montura. El dilema no es nuevo, no es otro capricho animalista de última generación. Ya surgía en algunos cuentos infantiles en los que aparecían caballos indomables que se dejaban montar únicamente por alguna persona especial: niño, princesa, indio, etc.

Otro fenómeno ambivalente, rara vez confesado, pero muy frecuente en el mundo real de yeguadas y picaderos a los que la gente acude para disfrutar de su afición, es la constante pulsión enfrentada entre el deseo de cabalgar y el miedo ante el caballo. También esto aparece en la obra, no siempre de modo muy evidente, pero sí identificable. Lo he visto en multitud de ocasiones, también lo he experimentado, nada de ello debería extrañarnos entre novatos o jinetes esporádicos. Es un hecho que ocurre con mucha frecuencia. Hasta a diario en personas que llevan mucho tiempo montando e incluso, lo sé, con jinetes o amazonas profesionales. El poderío potencial del caballo, la posibilidad de que nos haga caer, nos de alguna coz, caiga sobre nosotros, se encabrite, tome decisiones propias (algunas veces alocadas), etc. Siempre están ahí. Como un riesgo latente dependiente de un ser vivo. Un ser que provoca, por otro lado, nuestro deseo de montarlo, sentirlo, hacerlo galopar, etc. Un duelo de pulsiones clásicas para el ser humano. He visto a muchos practicantes con experiencia luchar con angustias y aprehensiones previas a subirse a la silla, sufrir durante los preliminares hasta empezar a trabajar a lomos del equino y sentirse liberados, satisfechos y felices al volver a poner el pie en tierra. ¿Por qué no lo dejan? Por amor al caballo, a sentirlo bajo el asiento, a vivir su energía, a disfrutar del cabalgar. Muchos son quienes una vez que toman la decisión de no volver a subirse, se mantienen cerca de estos animales cuidándolos, criándolos o próximos a los eventos en los que toman parte.

Para ir acabando, en Equus se incide sobre la fascinación que algunas personas sentimos por los caballos. Se mencionan los cowboys de las películas norteamericanas, se plantea a una divinidad clásica llamada Equus, y se llega a enumerar una supuesta retahíla de descendencias de la misma, toda una estirpe. Otro aspecto que cobra importancia en el discurso es la fusión humano-equino. Hombre o mujer, todo en uno con el caballo. Casi como si de centauros se tratara. El tacto de las pieles, el contacto, la temperatura de los cuerpos, el pelo, los latidos de los corazones, los aires al cabalgar, el poderío motriz de la bestia… además del sonido, el sudor y los olores.

«Caballo y jinete venían a ser una sola pieza tan perfecta que no cabía adivinar dónde empezaba el mando y dónde terminaba la obediencia. Centauro con vida, con arranque, con valor caliente, suscitador de emociones recias […]». (A. Domecq).

En Equus no se escatima la evocación explícita de la erótica del montar a caballo. Una erótica muy presente, de forma menos evidente, pero siempre latente o subyacente en los ambientes hípicos. No es algo que me invente, conozco tales ambientes. Un erotismo válido para mujeres y hombres. Entre ellos, los más “Veteranos” podrán recordar que “Soberano es cosa de Hombres”, así como aquellos anuncios del brandy “Centenario Terry”. Por su lado, las estadísticas federativas nos muestran la seducción que los caballos ejercen sobre las mujeres. Del total de licencias federativas españolas en hípica en los años 2019, 2020 y 2021, el 70,1%, 70,1% y 72,4% (respectivamente) han sido de mujeres. Únicamente hay tres modalidades deportivas en las que haya más licencias de mujeres que de hombres: gimnasia (que es la que más), hípica y voleibol, que ronda el 60%[3].

La protagonista de aquellos (varios) anuncios televisivos del citado brandy “Centenario Terry” fue una mujer bastante singular. Margit Kocsis nació en el seno de una familia de composición “internacional” y tuvo una vida bastante azarosa geográficamente hablando hasta que, a los 19 años aproximadamente, recaló en Palma de Mallorca (más tarde en Barcelona), para dedicarse a la pintura. En los años sesenta sustituyó a Nico (cantante de la Velvet Underground y musa del artista Andy Warhol) como modelo femenino corporativo de la marca Terry. En aquel momento comenzaron sus cabalgadas a lomos de “Descarado II” (Copa de Oro de la I Feria del caballo de Jerez) por Doñana. La idea y su fichaje vinieron de la mano del publicista Leopoldo Pomés. Conocidas las bodegas y a sus propietarios, la relación resultó muy satisfactoria por ambas partes y la modelo también se subió a lomos de “Nevado” y “Habanero”. Aquello fue un bombazo social en pleno franquismo, quizás el primer anuncio televisivo de una bebida alcohólica (esto no lo puedo asegurar) y, desde luego, una atrevida imagen sexual en las pantallas de una sociedad muy reprimida. “La chica de Terry” rodó anuncios similares en las playas de Fuenterrabía y Valdelagrana (ambas en el Puerto de Santa María), Playa de Aro y Santoña. Y en tierras de Tragacete. Cuentan que aquello la catapultó en la carrera de modelo y actriz de fotonovelas, empleos que compaginó con la pintura.

Anuncio de Centenario Terry. (Imagen: ANCEE en youtube).

Margit Knocsis cabalgando por una playa para Terry. (Imagen: nozick en twitter).

 
Chano García Nieto, mayoral de Terry, con un caballo preparado. (Imagen: paternaderiverahistoriaypatrimonio.blogspot).

Quizás inspirándose en aquellos “spots” publicitarios, le llegara la idea al director John Derek para filmar su película “Bolero” en 1984. Un filme clasificable en esa especie de género que podría denominarse como de cine erótico, sin llegar a considerarse pornográfico. La crítica se cebó con ganas en el largometraje, calificándolo como muy malo. Los ingredientes que nos interesan aquí son que se ubicó en Marruecos y España, que había un rejoneador y, concretamente, que el director procuró mostrarle al público en general la belleza de su esposa Bo en paños menores y, ratificando el hilo conductor de toda esta crónica, cabalgando desnuda a lomos de un caballo. Eran unos ejemplares magníficos (los equinos participantes…), todos ellos de los hermanos Peralta. Sí, esa estirpe de criadores a los que hemos visto con Domecq en Saumur y en Viena. Lucimientos nudistas aparte, hay que reconocer que Bo Derek sentía pasión por la equitación. “La mujer 10”, que así la llamaban en aquella época, era una competente amazona, como demuestra el hecho de que, gracias a la gran amistad que cultivó con los Peralta, llegó a rejonear con los caballos “Sol”, “Bohemio” y “Airoso X”. Por si hubiera dudas al respecto.

Bo Derek, galopando completamente desnuda en la película Bolero. (Imagen: notansimpaticomobos.home.com)

 
La actriz en pleno rejoneo privado. (Imagen: telegraph.co.uk).

Espectacular acción de Ángel Peralta garrocha en mano, montando a Discutido. (Imagen: lamagiadeltoreo.com).

Más allá del erotismo ecuestre y del contacto experto del que nos habla Álvaro Domecq, la importancia y el poder sensorial y emocional que provoca la interacción de un ser humano con el caballo ha justificado la irrupción de una serie de métodos de terapia asistida con animales, en este caso hipoterapia, equinoterapia y equitación terapéutica (que no son lo mismo). Recientemente he recibido bastante información al respecto gracias a tener que ejercer la tutorización del Trabajo de Fin de Grado de mi alumna Cristina. Su lectura me ha resultado muy interesante, y una de las conclusiones que he extraído de ella es la importancia que dan los expertos al contacto corporal mutuo y a la necesidad de acompasarse a los movimientos, ritmos y equilibrios del animal. No se trata de insertar aquí un resumen del trabajo. Valga como muestra un comentario extraído de una entrevista a Mara Solano, perteneciente a la asociación “Al Paso”.

«A nivel motor, hay 3 beneficios muy potentes. La transmisión del calor corporal, porque el caballo está a 38º e invita mucho a la relajación. La transmisión de impulsos rítmicos, una serie de movimientos que nos ayuda tanto en patologías motoras, con la regulación del tono muscular, el aumento del control postural, el trabajo del equilibrio, como también para chicos que necesiten una relajación (TEA). Por último, el caballo nos transmite el mismo patrón de locomoción que la marcha humana, cuando vamos sentados en el caballo estamos recibiendo los mismos movimientos que si camináramos (se dice que el jinete camina sentado), es muy interesante para patologías en las que todavía no se ha adquirido la marcha o hay que trabajar la reeducación de la marcha y el caballo, que nos ayuda mucho a regular conductas disruptivas al ser un animal que percibe muy bien el lenguaje no verbal y reacciona de una manera muy inmediata a nuestros movimientos y a nuestras expresiones». (Podcast “Dale la vuelta” en Radio María).

Tras tan largo recorrido, llega el momento de poner fin a esta galopada cultural o imaginaria. No se me han quitado las ganas de subirme a una silla, tomar las riendas y emplear las piernas para avanzar por el monte a lomos de un caballo. El sincio sigue. Puede que hasta haya crecido. En este caso, el erotismo nada tiene que ver. Tampoco necesidades terapéuticas. Más bien la experiencia de haber disfrutado muchas veces del cabalgar, y recordar qué se siente cuando uno sale al campo montando un ejemplar noble para gozar del aire libre en buena compañía.

«Yo digo muchas veces que el montar a caballo no lleva consigo ni un minuto de aburrimiento. Montar no es ir como un faldón en lo alto de un caballo y su montura. Montar es ir haciendo doma a cada minuto; hacer que ande bien, si va al paso; buscar el contacto con la boca; buscar la buena colocación y seguir andando sin cambiar el son, sin variar las pisadas. Con que hiciera sólo esto todo jinete, notaría, como casi por encanto, que el caballo se va agrandando, su figura se embellece, su paso se torna firme, colocado, erguido, y parece como si te llevara en volandas sobre el suelo. Entonces comienzas a sentir la emoción de empezar a crear algo, la belleza que significa la doma en suma». […].

«[…] paseo feliz de un jinete, placer inimitable para quien lo realice y valore. Entre otras cosas, no sólo por “señorearse” con la vista del paisaje, sino por la misma composición estética que supone ir bien montado sobre tan bello animal. En este punto uno recuerda la frase de Chesterton: “La figura más noble que hay en la humanidad es la de un hombre sobre un caballo”. Y la comparto, totalmente». (Álvaro Domecq Díez).



[1] Caramella, Silvia; Cannon, Steve: “Películas como documentos históricos: el archivo fílmico familiar de Juan Belmonte y sus contribuciones a la investigación académica internacional”.

[2]Gerardo Diego: “Antología Poética”. Instituto de estudios cántabros. 2ª edición. Santander, 1996.

[3] Anuario de Estadísticas Deportivas 2022. Ministerio de Cultura y Deporte. Mayo 2022.

 

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