jueves, 15 de octubre de 2020

VALLAS

Edwin Moses era uno de mis atletas favoritos. El rey de los cuatrocientos metros vallas durante gran parte de los años setenta y ochenta del pasado siglo XX. Con una evidente superioridad sobre el resto en una prueba que, bajo mi punto de vista, reúne dos componentes que LA hacen muy hermosa. La simpleza y rotundidad conceptual de correr dando una vuelta completa a la pista. Y la alegoría que implica el tener que superar varias vallas durante el trayecto, alternando la carrera rápida (la pista) con el franqueo de unos obstáculos esquemáticos que, probablemente, evocan cercados campestres.

Moses fue medalla de oro en los Juegos de Montreal (1976) y Los Ángeles (1984). Y lo hubiera sido también en Moscú (1980), si la política internacional no se hubiera puesto de por medio en forma de boicot. Y Campeón del Mundo en 1983 y 1987, cuando las ambiciones federativas no eran tan insaciables como en la actualidad, y tales certámenes se celebraban cada cuatro años. Verlo correr era todo un espectáculo, enorme zancada, gran velocidad, buena planta y naturalidad. Sin crispación alguna, pero tampoco un estilismo técnico milimétrico. Más bien como un sano niño feliz. Batió cuatro veces el récord del mundo. La última de ellas en 1983, sin ser mejorado hasta 1992. Y se mantuvo imbatido durante una década, en la que cosechó nada menos que 122. Victorias.

Ante su estilo superior y la grandeza de su poderío, sus carreras nunca me hicieron pensar en un negro huyendo desesperado campo a través. Más bien al contrario, en un hombre libre que hacía de la pista su universo, tomándose las vallas como elementos lúdicos.

 Edwin Moses atacando una valla en los 400 m de los JJOO de Los Ángeles. (Imagen: El Mundo Deportivo).

Quien disponía las vallas en el perfectamente segado césped de los extensos jardines que rodeaban su mansión familiar, era uno de los protagonistas de la película “Carros de fuego” (1981). Él era uno de los atletas británicos que aspiraban a defender el honor deportivo de su patria en los Juegos Olímpicos de París de 1924. En su caso, corriendo de forma más vertiginosa. En pura recta. A lo largo de ciento diez metros, sembrados de vallas equidistantes. Una situación en la que la técnica se hace del todo imprescindible para no tener que saltar las vallas, sino pasarlas. Sin perder velocidad. Teniendo que esperar a que el centro de gravedad del cuerpo descienda después de haber tenido que subir. Por eso, aquel joven aristócrata blanco y rubio encargaba a su sirviente que colocara una copa llena de champagne cobre cada valla. Para atravesarlas todas sin derribar ninguna. ¿Huía, disfrutaba o se reía del mundo?.

 El joven aristócrata a punto de hacer una serie "en casa". (Imagen: fotograma de la película "Carros de fuego").

A esa misma prueba, a los 110 metros vallas se dedicó Javier Moracho. Uno de los primeros atletas españoles de la modernidad. Antes de él, mucho esfuerzo y pocos resultados en pruebas duras y simples. Como el correr sacrificado de Mariano Haro: flaco, pequeño, moreno, peludo, duro y resistente. Estampa mesetaria de los últimos estertores deportivos de la dictadura. Curtido a base correr por el campo y competir en las pruebas de cross. Barrizales y eriales secos a partes iguales. Moracho era otra cosa. Melena castaña, buena planta, mucha clase y dedicado a una modalidad para la que eran necesarias buenas pistas, además de equipamiento más sofisticado. Lo dicho, entrando en la modernidad deportiva. Siendo becado como deportista por alguna universidad norteamericana y acercando el atletismo español al podio de algunos grandes eventos internacionales. Después de él, o incluso al mismo tiempo, vendrían ya bastantes más, en diferentes disciplinas.

 Javier Moracho en pleno paso de valla. (Imagen: Carrusel Deportivo - Twitter).

Con Javier tuve el gusto de disfrutar varias comidas al coincidir ambos en la dirección de un curso de verano organizado por la Universidad de Cantabria. Había pasado mucho tiempo desde su retirada, pero seguía impecable. Se veía que residir en Benasque y amar el ciclismo le estaba sentando bien. Contaba maravillas de su amado Pirineo. Durante varios años trabajó como relaciones públicas para la organización de la Vuelta Ciclista a España. Y era de estos que adoraban completamente el ciclismo deportivo: como espectáculo de competición y como práctica personal. Por aquel entonces, cada año repetía esforzada y veloz participación en la Quebrantahuesos. Unas dos décadas antes de conocerlo personalmente,  tuve otro “Moracho” cerca. No era su apellido, sino el mote que su propio hijo le había asignado. “Moracho” era el padre de dos de los jugadores de hockey patines a los que entrenaba. Médico de profesión y algo bajo de estatura, no se perdía un partido en el que jugaran sus chavales. Siempre ahí, detrás de la valla, sin perder detalle de lo que pasaba en la pista. Y es que el hockey sobre ruedas, como ocurre con el que se disputa sobre hielo, es un deporte donde la valla cobra enorme importancia. Determina el espacio de la disputa; limita (casi completamente) la posibilidad de que el juego se detenga por las “fueras”; ejerce de muro de contención, pugna y violencia; separa el universo del juego, del ecosistema espectador que lo rodea, aunque ambos se comuniquen mutuamente con notorios acentos de agresividad verbal y gestual. Y allí, de repente, ante cualquier conato de accidente deportivo o lesión sobre la pista… “Moracho” era el más rápido en saltar la valla y dirigirse hacia el damnificado, alegando con gallardía: “¡déjenme paso! Soy médico”.

La alegría que desprendía Moses corriendo no la encontramos en Smith, el protagonista del relato de Alan Sillitoe. “La soledad del corredor de fondo” (1959). El adolescente no corre saltando vallas. Está rodeado por ellas, ingresado en un reformatorio. Corre por el campo para entrenar. Entrena para tener contentas a las autoridades, las cuales, a cambio, le proporcionan cierto trato de favor. Todo pinta bien para su futuro inmediato hasta que llega el día del evento definitivo, aquel que puede decidir, para bien o para mal, el futuro de Smith. Y el chaval, con total poder de decisión, con ambas posibilidades en su mano, decide revelarse. Lo hace de forma inesperada y cargada de simbolismo.

El "corredor de fondo" de la versión cinematográfica del relato. (Imagen: fotograma de la película "La soledad del corredor de fondo").

Hasta aquí el trampantojo. Un aperitivo supuestamente deportivo para hablar de un tema que no lo es, pero sobre el que quiero reflexionar un poco. Lo que yo denomino desde hace años, una de las plagas del verano, que son numerosas, variadas y, algunas, cambiantes.

El pasado verano José Ramón ha tenido que añadir otra tarea a su larga lista de quehaceres cotidianos. Cada tarde, poco antes de la puesta de sol, arrancaba su moto para acercarse hasta un prado que su padre tiene al borde de los acantilados de la playa. Es un prado pequeño, que utilizan para rotar por él el poco ganado que mantienen. Dejan crecer la hierba sobre él, y cuando esta se agota en otros, lo ponen allí a pastar durante un tiempo.

Lo que pasa es que ahora, cada tarde, aparecen algunas furgonetas que deciden estacionar allí, buscando pernoctar disfrutando de una espectacular puesta de sol. Algunos, seguro que no todos, personas que incluso critican la construcción de inmuebles al borde del mar, pero, simultáneamente, se empeñan en aparcar sus vehículos lo más cerca posible del agua.

Esa actitud, además de pisotear la comida del ganado, y en ocasiones dejar marcado el terreno ajeno, suele dejar cierto rastro de inmundicia en forma papeles, quizá plástico, excrementos humanos y, el pasado verano, novedad, alguna que otra mascarilla.

La tendencia comenzó en junio con toda una fiesta de coches cerrando el paso del sendero costero que, para disfrute y utilidad pública, recorre toda la línea del litoral. Un grupo de jóvenes había plantado allí, en medio de un camino peatonal no asfaltado, tres o cuatro coches con las puertas abiertas y la música a tope. No se podía pasar. Para hacerlo, los caminantes tenían dos opciones: jugarse el tipo acercándose peligrosamente a un acantilado no del todo firme, o pisotear el sembrado aledaño. Mis amigos y yo, en bicicleta de montaña, tuvimos que echar pie a tierra e ir cerrando puertas de coches para poder pasar. Y allí, al otro lado, estaba José Ramón con otro vecino recién bajado de su tractor, discutiendo con los visitantes, tratando de explicarles que el camino era un derecho de paso y no un recinto para practicar botellón. Insistiendo, un derecho de paso… ¡para que la gente pueda pasar! No establecerse.

Me cuenta JR que prácticamente cada día ha tenido que acercarse al prado para desalojar una o varias furgonetas. A principio del verano puso un alambre con un pastor eléctrico, pero alguno se lo echó abajo. Lamentablemente, el presunto defensor de un planeta comunal no dejó su dirección para que el resto del mundo nos sintiéramos invitados al salón de su casa. En otra ocasión, una amable joven le pidió perdón y le explicó que alguien había señalizado aquel punto en internet como “spot” ideal para pernoctar una noche en furgoneta, disfrutando de unas vistas increíbles. Sin comentarios. Algún día tendrán que acabar sancionando determinadas geolocalizaciones unilaterales que atañen y atentan contra los intereses de terceros. El caso es que él se estaba viendo obligado a decantarse por la misma solución que habían puesto en marcha algunos de los propietarios de otros prados colindantes: ¡vallar! Levantar unas cuantas estacas y rodearlas con tres filas de alambre. De un verano para otro, el aspecto de una maravillosa mies costera que se caracterizaba por no tener apenas prados alambrados, ha empezado a cambiar por culpa de algunos “espíritus libres” que quizás no vuelvan a pasar por allí.

Aunque no me he acercado a ver el fenómeno, me cuentan que hay un lugar cercano a la playa de Gerra, en el que los nómadas del motor de explosión y las cuatro ruedas empezaron a frecuentar, buscando una bonita puesta de sol y, quién sabe, si hay mucha suerte, el fenómeno del rayo verde. No sé si fue eso lo que desencadenó que el dueño del prado instalara allí un bar en forma de caravana de estética retro norteamericana, además de mesas y hamacas para el disfrute de los asistentes y el aprovechamiento personal de la plaga. Quizá fue antes la gallina (el bar) o quizás el huevo (los visitantes), pero el caso es que ahora parece haberse convertido en una especie de gallina de los huevos de oro. El fenómeno se ha hecho viral y cada vez acude más gente allí para encontrarse y disfrutar de un momento tan único y singular (evidentemente, cada vez menos singular, claro). O quizás simplemente para coleccionarlo y plasmarlo en su escaparate audiovisual de vivencias y momentos.

«[…] por fin sé lo que es la naturaleza, es lo que sale detrás de ti cuando te haces un selfie en el campo, es otro decorado de tu vida, a veces un signo de estatus (si el paisaje solo se puede ver desde un helicóptero) o de tu equilibrio mental, moral o espiritual (si el fondo incluye una puesta de sol, o un templo o unas ruinas), o simplemente una prueba de que tú también has estado allí (aunque sea en un viaje low cost).No es extraño entonces que la gente que no se puede pagar su reunión con la naturaleza se haga selfies usando como fondo un póster del caribe o del Tíbet, o de Benidorm». (Ramón del Castillo. “El jardín de los delirios. Las ilusiones del naturalismo”. Turner Noema. Madrid, 2019).

Esto último, lo de publicar contenidos propios, no es algo que vaya criticar, si yo mismo gasto gran parte de mi tiempo en escribir entradas en este blog abierto al público. Allá cada cual con sus estilos, sus gustos, sus intereses y sus colecciones. Pero el caso es que los efectos del fenómeno de Gerra acabaron provocando, según me cuentan, que haya días (muchos en verano) que hasta la Guardia Civil tiene que trasladarse allí para ordenar tanta afluencia de tráfico rodado, en un entorno que no es capaz de absorberlo. Romanticismo y singularidad de masas.

Y es que la viralidad atrae a las masas como la mierda a las moscas. Demasiadas veces genera más poder de atracción el conocer que algo está siendo muy visitado que la propia realidad de lo visitado. “El banco más bonito del mundo” es un ejemplo de ello desde que lo denominaron así y empezaron a hablar de él en las televisiones. Estoy convencido que en el mundo debe de haber cientos, si no miles, de bancos con vistas tan hermosas o espectaculares como la suya. Ya solo en la costa cantábrica española, seguro que hay decenas. Conozco algunos. Pero, afortunadamente, pasan desapercibidos porque no tienen tras de sí campañas organizadas o espontáneas de propaganda.

Y es que cuando la masa se percata, gira la cabeza para mirar hacia algo que parece haber aparecido por generación espontánea,  y ese algo, en cierto modo, está perdido, porque va a ser, irremediablemente, objeto de su paso descontrolado. ¡O controlado! Que tampoco es siempre bueno. Un ejemplo de ello es la Playa de Las Catedrales, durante años de acceso libre, y ahora con barreras para organizar el acceso, que además es de pago. Y, por pura cuestión estadística, ya ha habido alguna víctima mortal por desprendimientos.

Volviendo a las furgonetas, los nómadas de cuadro ruedas están poniéndose muy de moda en nuestro país. Siempre los hubo, pero de un tiempo a esta parte su presencia parece haber crecido exponencialmente, algo que ya se veía venir por las tendencias observadas en otros países europeos. Los hay de varios tipos. Con Auto-caravanas, furgonetas y una especie “furgo-retro” que acostumbran a utilizar algunos visitantes que parecen ir de lo que algunos llaman “surfari”. Aunque las autocaravanas ocupan más, para el vecindario local acaban causando menos molestias. Como tienen cuarto de baño, no andan sembrando minas de mierda humana por ahí. Y por lo general, se ven obligadas a tener que pernoctar o aparcar (según los casos) en lugares acondicionados para ello. Las furgonetas, sin embargo, parecen comportarse como “espíritus” más libres, en un amplísimo abanico de estilos de civismo que van desde el totalmente respetuoso, hasta el absolutamente impresentable. Reconozco que algunas de las furgonetas “retro” me provocan cierta simpatía estética por eso de mi afición a los vehículos retro. Aunque encuentro una incuestionable diferencia entre el disfrute de las bicicletas y las furgonetas retro, y es que las bicicletas retro contaminan lo mismo que las nuevas: nada, mientras que las furgonetas, especialmente algunas, van soltando unos humos que no tienen nada de buena pinta. Y eso que algunos de sus propietarios tienen toda el aspecto (esto es un prejuicio, lo sé, pero no me puedo resistir) de ser seguidores (formales o espirituales) de Greta, esa chiquilla a la que unos padres promotores (no sé si llegando a tanto como explotadores), y unas autoridades siempre oportunistas y sin criterio, han acabado convirtiendo en oráculo global de las ciencias ambientales. Por cierto, con tanta mascarilla, tanto guante, tanta protección plástica (homologada o no), la chavala parece andar ahora un poco desaparecida o, al menos, fuera de onda.

Volviendo a mi vecindario, los prados de los alrededores de la playa sobre la que hablaba al principio (y cuyo nombre prefiero, como hizo nada menos que Cervantes, olvidar voluntariamente) siempre han atraído la gente. A la de allí, a la de la región y a la de fuera. Tanto, que sobre ellos se han ceñido (además de los habituales cernícalos) planes oscilantes de construcción de un campo de golf con urbanización incorporada. Lo que olvida la gente es que su estético verdor, segado y ordenado, no procede del comportamiento propio de la naturaleza, sino del trabajo de roturación, sembrado, abonado y siega de sus propietarios. De la explotación agrícola-ganadera. De no ser así, sería “monte” en el sentido silvestre del término. Seguramente en formato de arbustos, bardales, seto silvestre, zarzas, ahora incluso plumeros, etc. Algo parecido a lo que hay un poco más allá hacia el oeste. Por cierto que el abonado también trae lo suyo, últimamente, en términos de convivencia vecinal y comportamiento ecológico, pero eso es otra cuestión que no viene ahora al caso.

Ante el panorama actual, caracterizado por esa nueva plaga de verano en la que parece haberse convertido una afluencia excesiva de coches, furgonetas y autocaravanas, los propietarios de los prados que rodean la entrada de la playa han tenido que vallar también. En todos los casos para proteger su terreno y sacarle algo de beneficio (¿hay que recordar también que pagan impuestos por los prados?). Los más aferrados a su tradición personal y dedicación ganadera han colocado estacas, alambres o cintas, para evitar que los visitantes turísticos (no importa de cuán lejos o cerca procedan) aparquen encima de su siembra y del alimento de su ganado. Otros más innovadores (o quizás rendidos ente la presión de afluencia) lo han hecho para proteger su espacio, que han convertido en lugar de estacionamiento. Hay incluso un caso que el pasado verano optó por economía mixta, plantando media parcela con maíz, dejando el resto de aparcamiento de pago y hasta trazando un pasillo vegetal para llegar desde el parking hasta la playa. Mucho más resuelto que la mayoría de los políticos que sufrimos.

A mí la solución de los prados que se convierten en aparcamientos temporales me parece bien (el menor de los males). Soluciona casi completamente la problemática de ausencia de aparcamientos, la cual desemboca en un caos, porque cada cual deja el coche donde cree conveniente, algo que siempre acaba convirtiendo las estrechas carreterillas locales en ratoneras por las que difícilmente se puede transitar. De paso, algunas familias obtienen unos ingresos. Las que, precisamente, mantienen esos terrenos el resto del año.

Hay gente que opina que deberían hacer aparcamientos municipales y ensanchamiento de las vías. Yo estoy totalmente en contra. Eso implicaría más asfalto en una zona muy atractiva, para dar comodidad a gente que apenas va por allí un par de meses al año como mucho. Un gasto que, además, con la otra solución, no es necesario. Por otro lado, carreteras más anchas generarían mayor velocidad de circulación, en este caso en un territorio de usos agrícola, ocioso, natural, deportivo y paisajístico, así que mejor no. Y hay otra poderosa razón añadida. En cuanto acaba el veraneo, esos aparcamientos estacionales desaparecen, enseguida caen las lluvias, se alternan con el sol, se inician las labores del sector terciario y, en pocos días, todo vuelve a su aspecto habitual (bellísimo), en el que se mantiene hasta el julio siguiente, diez meses de costa casi salvaje, sin los pegotes que unos aparcamientos desiertos supondrían.

No tengo nada contra las furgonetas, siempre y cuando sus usuarios respeten a los demás. Siempre anhelé tener una para poder viajar en ella, pudiendo acarrear bastante material deportivo, obteniendo bastante flexibilidad y economía prescindiendo de tener que pagar por alojamientos hoteleros, etc. En una ocasión, hace ya mucho tiempo, incluso alquilé una autocaravana para recorrer varios parques nacionales de las Montañas Rocosas en Canadá. Pero no improvisábamos alegre e irresponsablemente. Estacionábamos y pernoctábamos en lugares señalados para ello, sin acosar a los ecosistemas, a los osos ni a los puercoespines.

 Preparados para pernoctar en una de las áreas expresamente acondicionadas para ello en un Parque Nacional del oeste de Canadá.

Una de las cuestiones que siempre me echó algo para atrás a la hora de decidirme a adquirir una furgoneta (además de sus precios disparatados), es que se dice que suelen ser frecuente objetivo de robos  y vandalismo. Que en demasiadas ocasiones son forzadas para desvalijarlas, suponiendo, los ladrones, que en ellas se puede encontrar, con bastante probabilidad, bastante material valioso. Si eso es cierto, más razón para que sus propietarios debieran solidarizarse con los propietarios de los terrenos que visitan. Se trata de respetar lo ajeno.

A los espacios no urbanizados (asfaltados, construidos, etc.) se les puede hacer daño. Voluntariamente, o por pura ignorancia “urbanita” o falta de cultura autóctona del lugar visitado. Por aquí sabemos que un prado hay que respetarlo, que incluso no hay que pasear por él o tumbarse con una manta de pic-nic si no está segado, porque una vez aplastado arruina la siega posterior. Los vehículos dañan mucho más que las personas, y no acabo de entender esa obsesión por querer llegar con el coche o la furgoneta hasta el punto mismo de máxima belleza natural. Y hay demasiados “cazadores de momentos” (de pacotilla) coleccionando escenarios supuestamente naturales, queriendo plantar en ellos sus trastos motorizados. No es una cuestión de falta de empatía. Como recientemente escuché decir a un hombre que había escrito un libro muy crítico con la reciente deriva del sistema educativo español. La empatía difícilmente es automática o inconsciente, requiere propósito y, aun así, a veces resulta demasiado difícil de lograr. Lo que hace falta es mucho más sencillo, se trata, simplemente, de respeto y buena educación. Pero ambas, escasean demasiado.

La conclusión de todo esto es que, por culpa de una falsa sensación individualista y egoísta de libertad, se han levantado vallas donde no las había, porque hasta ahora no hacían falta. El abuso, el capricho personal, la ignorancia y ciertos comportamientos propios de modas carentes de reflexión, acaban propiciando que se pongan barreras en lugares que nunca las necesitaron. Una verdadera lástima, porque la mayoría de las veces no suelen significar nada bueno.

Y del campo pasamos al arte. No lejos de allí, han pintado un faro. Con opiniones para todos los gustos. Hay gente a favor y en contra. Mi cuñada diseñadora, una mujer con una indiscutible trayectoria académica internacional en materia de diseño, y dedicada profesionalmente a ello, no duda en criticar el resultado y, de paso, al supuesto “artista”, del que menosprecia su obra en general. Tengo un amigo (que yo sepa no tiene nada que ver con el arte, ni me ha parecido que tuviera interés en ello hasta ahora) que está encantado. Le gusta tanto que hasta ha puesto una foto del faro en su perfil de whatssap. La cuestión es que el faro, pintado de colorines por Okuda, ha tenido tirón popular (tras mucha propaganda mediática detrás) y el beneplácito del populista presidente de Cantabria a quien, por cierto, nunca antes se le había conocido verdadera vena de interés por el arte. A favor, como principal argumento, que aquello genera afluencia y “caja” turística. Sobre la sostenibilidad social, vecinal, funcional, ambiental, etc. mejor no hablamos, porque de eso, en Cantabria, no se habla jamás. Parece mentira que, llevando décadas observando terribles fenómenos sufridos por el litoral mediterráneo español, aquí no estemos tomando nota para evitar seguir una deriva similar. ¡Menos mal que llueve mucho! Pero es que al paso que vamos, ni la lluvia va a ser suficiente para poder evitar determinados males.

Para poder opinar sobre el asunto del faro, hice lo que creo que había que hacer. Primero visitarlo. Así que un día cogí una bicicleta que tengo para dar paseos, moverme por la ciudad, ir a la playa, etc. Y seguí una ruta costera muy bonita, pero con unas rampas terriblemente empinadas. Menos mal que la bicicleta, que es una BTT pionera adaptada a un uso asfáltico, tiene triple plato. Cuando llegué al emplazamiento iba sudando a tope y me encontré… ¡Sí! ¿Cómo no? Una empalizada de madera (vallas) tratando de cerrar un gran recinto costero que ya de por sí resulta difícil de cerrar, porque incluye un sendero litoral de largo recorrido. El caso es que allí me midieron la temperatura, que resultó sorprendentemente baja para mi estado “energético”, registraron mi procedencia (imagino que para justificar la bondad estadística del proyecto) y me dejaron entrar. Efectivamente, había mucha gente por allí, curioseando algo, disfrutando de las hermosas vistas paisajísticas y, ¡todos! Retratándose con el faro en plan “selfie” (autorretrato).

El faro es muy bonito de por sí, porque está en un emplazamiento espectacular. En una campa de hierba, muy elevada, coronando un acantilado alto y cortado a plomo sobre el mar cantábrico. Lo que ocurre es que, normalmente, los faros son bonitos siempre. Los del Cantábrico nunca fallan, suelen encaramarse en accidentes geográficos muy llamativos. Una vez dicho esto, yo soy partidario de respetar su blancura de origen. Una blancura que mantiene su tradición (ya cultural) y, desde luego, su funcionalidad. Y es que los faros han de ser referencia para navegantes, tanto de día como por la noche. Gracias a su blancura y a sus luces, respectivamente. Y por si todo ello fuera poco, el blanco los dota de un contraste evidente, especialmente cuanto se enfrenta al verde vegetal, al cielo azul de los días despejados, o incluso, algunas veces, a negros nubarrones que puedan amenazar de fondo.

Okuda lo que ha hecho es pintarlo de colorines, de una forma más o menos ordenada. Arriba una especie de simulaciones de destellos de luz, creo recordar que cuatro, cada uno de ellos orientado hacia cada punto cardinal básico. La mitad de la superficie cilíndrica que da hacia el mar la ha decorado de forma más discreta y, quizás, intentando ser algo respetuoso con la funcionalidad del faro. De lejos son franjas anchas que se alternan en blanco y negro, algo habitual en algunos faros, aunque a mí me gustan más los que son completamente blancos. Eso sí, desde cerca aparecen múltiples detalles de colores alternando tales fondos negros y blancos. La otra sección de cilindro, la que mira hacia tierra, es la que ha sido más objeto de su quehacer. Allí aparecen algunas figuras animales y mucho color componiendo los típicos mosaicos que él siempre realiza, con su obsesiva presencia de triángulos.

El conjunto no me resulta desagradable, pero no me aporta nada. Estoy convencido de que una gran mayoría de profesores de “plástica” de los institutos públicos de la comunidad autónoma hubieran sido capaces de hacer algo similar, y en algunos casos más bello y, desde luego, creativo. Pero insisto, en lo que a mí respecta tampoco me hubiera parecido bien que para ello emplearan un, o ese, faro.

 El polémico faro. En vez de "selfie" (a los que no soy aficionado), opté por retratarla a "ella".

Puestos a relacionar los faros con el arte, muy cerca de este punto de discordia, en Santander, en otro faro, está ubicado en Centro de Arte Faro de Cabo Mayor. Se trata de un museo con al menos dos salas en las que se reúne una interesante colección de obras (sobre todo pintura) en las que dicho faro, y otros muchos, han sido objeto de la atención de diversos artistas y, muy especialmente, el pintor Eduardo Sanz. Recomiendo la visita porque a mí me gustó mucho. No todo, pero si un buen puñado de obras. Y es que los faros, en la historia de la pintura, han dado mucho de sí, pero preferentemente como motivo de inspiración y no como soporte.

De Okuda, aunque no le sigo porque, insisto, no me aporta nada, y su monotemático estilo me aburre, he visto bastantes obras. No me ha quedado más remedio porque siempre hay mandatarios (políticos o responsables de algunos edificios o paredes) que le encargan trabajos por aquí. Mucho antes de todo eso, ya nos pintó un cacho de pared en el instituto en el que yo trabajaba, cuando se organizó una especie de certamen-concurso para grafiteros de la zona, de forma que, dándoles espacio y normas, se generase un efecto de reconocimiento hacia ese tipo de arte y, de paso, respeto hacia el resultado y, por inercia, hacia el resto de paredes del centro escolar, las cuales estaban siendo víctima de un caos pictórico (de nefasta calidad) por pura moda juvenil de la época. Se pintaron unos cinco o seis murales, y el de Okuda (que no tenía ni un solo triángulo) me pareció más que discreto, artísticamente hablando, comparado con algunos otros. De hecho, básicamente consistía en plasmar su apodo en gran tipografía caracterizada por cierto juego de volúmenes y, por si acaso no quedaba aquello claro, plasmando su firma de forma evidente y redundante en un sector de su mural. Como muy egocéntrico todo ello. La idea del proyecto general funcionó porque mitigó mucho la proliferación de pintadas en el centro escolar, aunque, unos dieciséis o diecisiete años después, ya no queda ni rastro de aquellos murales, pues el instituto ha sido pintado varias veces desde entonces.

Después, con el tiempo, él se ha ido centrando en sus colorines y sus triángulos. Casi con una obsesión similar a la planteada por Agatha Ruiz de la Prada con el colorido de sus diseños de moda, pero con el triángulo como motivo preferente, en vez de los corazones. En cualquier caso, ambas trayectorias me parecen incomparables por varias razones. Ella es diseñadora. Se anticipó muchos años en sus propuestas.  Y trabaja sobre superficies flexibles, formas variadas y múltiples texturas, haciendo que todo ello se acople e integre con la figura humana en movimiento, en su vida cotidiana, en las pasarelas, etc. Nada que ver. En el fondo, creo que la propuesta de Okuda es insistente, para, quizás, de algún modo, hacerse reconocible, identificable, buscando, quién sabe, si más la génesis de marca-autoría, que la de creación artística. Lo cual es un fenómeno bastante habitual en los tiempos que corren.

«Sólo la inseguridad en el propio gusto o criterio puede explicar que la gente vaya de hombre-anuncio de Vuitton, Hermés, Nike o Adidas. Los que viven de estas horteradas dicen que el marquismo es lo que hoy manda – basta observar a los jóvenes – y que es inútil y reaccionario resistirse a esta evidencia. Será así, pero los que se resisten me caen Simpáticos». Óscar Tusquets Blanca: «Todo es comparable». Anagrama. Barcelona, 1997.

Y es que el grafiti, en sus orígenes, al menos en territorio nacional, tuvo mucho que ver con una especie de ancestral (o animal) “marcar territorio” a base de ir dejando firmas por ahí, cuántas más mejor y en lugares llamativos, inaccesibles, muy visibles, desconcertantes, etc. Tal fue el paradigmático caso de “Muelle” en Madrid. Así que los colorines y los triángulos de Okuda quizá arrastren algo de esto, y anden buscando sitios emblemáticos donde le dejen (e incluso le paguen por ello) dejar su impronta colorista y geométrica. Y de esos, empoderados con bajo perfil cultural o artístico, que lo hagan, abundan a patadas por la geografía nacional.

En cuestión de utilizar colores para decorar edificios, recientemente tuve noticias de un caso muy especial con un resultado opinable pero, desde luego, con muy superior valor conceptual y de proceso artístico. José María Cruz Novillo es reconocido como el mejor diseñador gráfico y artístico de la historia española. Su obra de anagramas y logotipos es ingente y exitosa a más no poder. También una amplia colección de carteles oficiales de importantes películas. Ha sido galardonado con todo tipo de permios de la máxima relevancia. Y muchas cosas más. Entre ellas, una curiosidad:

«En 2008 terminó el llamado "Diafragma Decafónico de Dígitos" en las fachadas de la sede principal del Instituto Nacional de Estadística de España, en Madrid, recién reformada por Ruiz-Larrea y Asociados, donde de nuevo se incorpora el sonido como un elemento más de la obra, produciendo un efecto de sinestesia». (Wikipedia).

Sí no le entendí mal, cada color va asociado a un tono sonoro, de forma que las series de colores que decoran la fachada pueden ser interpretadas en modo “audio”. Pero es que también integra una codificación numérica asignada por colores, de forma que al contemplar cada serie, cualquiera podría descifrar cantidades que, además, son cantidades de datos reales de población, etc. Todo ello, muy acorde con el “alma” del edificio decorado (el Instituto Nacional de Estadística) y sin, parece, acciones irreversibles.

 El edificio del Instituto nacional de Estadística en Madrid, en una vista nocturna. (Imagen: De Luis García, CC BY-SA 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3374815).

Tomadas unas fotos del faro, recorrido el lugar y disfrutada la vista paisajística, ya atardeciendo, me volví a subir en la bicicleta y emprendí el, corto pero duro, regreso a casa. Y, solo entonces, pase a una segunda fase, tratar de pulsar, aunque solamente fuera un poco, el estado de opinión de algunas gentes, supuestamente entendidas en este tipo de cuestiones.

Y parece ser que hay bastantes arquitectos de reconocido prestigio y trayectoria que han puesto el grito en el cielo. Más con respecto a la acción de pintar el faro, que con la apariencia artística de la “obra”. Este es un pequeño extracto:

«Jiménez (Ekain Jiménez, arquitecto y vocal del Colegio Oficial de Arquitectos Vasconavarro) también critica que al final estas acciones, aunque generen repercusión, tienen un efecto bastante efímero. “El poder de la instagramización es tremendo y cada foto de un mural contendrá el hashtag de esa localidad, pero es una forma de turistificación perversa donde, otra vez, el vecino de esa ciudad es lo de menos. Un mural recién pintado tiene un efecto inmediato en las redes, aunque sospecho que esto tiene fecha de caducidad, porque la cultura visual necesita cambios de ciclo”». (En Marc Luelmo: “Dónde acaba la obsesión española por colorear edificios: de Okuda a Boa Mistura”. El País).

Lo que se desprende de este párrafo me parece muy acertado y ya lo he dejado caer antes, así que no insistiré en los conceptos de turistificación a ultranza, moda de la instagramización (que incluye otras redes sociales), ninguneo ciudadano, etc.

«“El problema es que la presunta originalidad de estas actuaciones se consume en sí misma y, a medida que se multiplican los ejemplos, pierden relevancia e interés”, añade Tellería (Alberto Tellería, portavoz de la asociación Madrid Ciudadanía y Patrimonio). “Cuando todos los edificios estén pintados de colorines nos volverá a llamar la atención la belleza de una tapia encalada o el brutalismo de un muro de hormigón”». (Misma fuente).

El efecto “trending topic” que, en casos así, se manifiesta como oportunísimo cultural.

Como vivo ajeno al mundo de los profesionales del arte (salvo cierto interés por el disfrute de las obras de los artistas), en el que se mueven los curadores de museos, los agentes artísticos, los comisarios de exposiciones, los críticos de arte, etc.) andaba algo perdido a la hora de buscar alguna opinión al respecto, así que tiré de recientes lecturas y recordé a un autor jovencito que, al parecer, conoce bien ese mundo y ejerce de crítico en ocasiones. Ernesto Castro Córdoba es un filósofo de estilo bastante incendiario. Leí un libro suyo y fue, precisamente en los capítulos relacionados con el arte, cuando más me divertí y entretuve, entre otras cosas porque en ellos me pareció que escribía más claro, jugando menos con ese recrearse en la jerga específica que caracteriza a muchos filósofos cuando escriben para el público general, y lo que consiguen es que los lectores tengan la sensación de estar leyendo, casi, manuales de programación o extractos textuales de lenguas muertas. El caso es que el tal Ernesto no se corta a la hora de “repasar” algunas cuestiones del mundillo del arte actual, con el que es crítico, muy crítico. Y me parece que, en parte, no le falta razón. Sin embargo, cuando busque por la red, no conseguí encontrar nada que lo vinculara a su opinión sobre Okuda.

Al contrario que su padre. Fernando Castro Flórez es crítico de arte, autor y unas cuantas cosas más, y él sí que ha opinado sobre Okuda, el faro y Revilla. Y es evidente que no le ha gustado nada de nada el resultado porque los pone pingando. Lo hace a través de los videos de un canal que mantiene en internet. Está totalmente en contra de todo el proceso llevado a cabo, al que ha dado mucha, mucha, mucha caña. No lo he escuchado todo porque habla mucho tiempo pero, básicamente, trata tres frentes principales. Uno, la calidad artística de Okuda; según él ninguna (por cierto que él también le recuerda a Ágatha). Dos, el retrato político de Revilla; un auténtico esperpento, incluyendo acusaciones veladas de corrupción. Y tres, un generalizado fenómeno de la gestión cultural pública, caracterizado por modos de proceder caprichosos y carentes de rigor y conocimiento por parte de los políticos. Tengo que decir que estoy muy de acuerdo con la mayoría de sus opiniones, aunque me parece que en alguna cuestión hace algunas acusaciones que requerirían demostración judicial. Lo que no comparto es su estilo porque insulta y falta al respeto, algo que veo innecesario, y más en gente de su categoría cultural. Tampoco me parece acertado que se ría, criticando detalles de análisis textual, de declaraciones que han sido verbales en su origen. Pero Castro utiliza, ahí sí, con habilidad, unas declaraciones del propio Okuda en las que sugiere que toda la polémica se debía a causas de política e ignorancia, para darle la vuelta al argumento y subrayar que sí, que efectivamente, todo ello es un despropósito perpetrado por un capricho político e ignorante.

Y no es el único que va por ahí. Un tal Joaquín Jesús Sánchez titula un artículo al respecto con la siguiente frase: «Mamá, yo quiero ser corrupto. Las carteras de cultura están ocupadas por gente que la desprecia, carguitos públicos que se sienten señoritos cortijeros».

Como Castro, critica, entre otras cosas, que el dinero público se gaste sin obedecer a unos criterios expertos en el campo, en este caso, el arte, y no por decisión unilateral de un cargo político. En el faro han sido 40.000 €, con resultado que el autor declara temporal, no efímero, pero tampoco permanente. Y es que si se quiere mantener habrá que contratarlo de nuevo para repintarlo. Por lo visto, si le hubiesen pagado los 75.000 que pedía no haría falta.

«¿Es que acaso no existen esos criterios en el campo de las artes? Y tanto que sí. Críticos, comisarios, artistas o directores de museo sentados en una mesa te harían un apaño buenísimo. Pero, entonces, los okudas de este mundo (y los boamisturas y los abnegados escultores de rotondas) se quedarían sin trabajo y los revillas de la tierra perderían su cuota de pantalla». (En El subjetivo).

Lo del gusto y la competencia para opinar con criterio sobre el arte es un asunto que viene de lejos y difícilmente encontrará solución. Personalmente opino que los gustos son libres (aunque sujetos a muchos tipos de influencias, no todas ellas deseables, y que afectan con diferente grado de intensidad en función del bagaje cultural de las personas), pero considero que hay gente mucho más preparada que otra para valorar el arte y, en consecuencia, para tomar decisiones sobre las inversiones públicas en él, o el que se permitan o no según qué acciones que puedan afectar a la población, el patrimonio, etc. De un modo pacífico y sutil ya lo dejaba caer un autor que parece incuestionable.

«Lo que estas tendencias recientes nos han vuelto a dejar en claro es que en arte, al igual que en vestimenta o decoración, hay vaivenes del gusto. Es innegable que muchos de los viejos maestros que admiramos, y hasta muchos estilos del pasado, fueron despreciados por críticos sensibles y bien preparados de generaciones anteriores. Así son las cosas. Ningún crítico ni historiador puede estar totalmente libre de prejuicios, pero creo que es erróneo sacar la conclusión de que los valores artísticos son completamente relativos, Bien es verdad que raramente nos detenemos a buscar los méritos objetivos de obras o estilos que no nos atraen a primera vista. Pero eso no demuestra que nuestras apreciaciones sean enteramente subjetivas. Sigo convencido de que somos capaces de reconocer la maestría en arte, y que este reconocimiento tiene poco que ver con nuestros gustos personales». (EH Gombrich: «La Historia del Arte». Debate. Madrid, 1995).

Para cerrar todo este asunto quiero destacar que una consecuencia del asunto ha sido el vallado de aquel reciento. Ya lo comenté antes, en los alrededores del faro hay vallas. Cumplen varias funciones: limitar el acceso, “ordenar” el deambular de los visitantes, “controlar” el paso hacia la costa, etc. Por lo visto, cuando la inauguración había tanta afluencia de gente que hasta se aprovechó para cobrar una módica entrada. A mí todo esto me hace pensar en los orígenes del grafiti, y resultaría quizás conceptualmente aceptable e irónico que algunos adolescentes locales organizasen un comando grafitero, con nocturnidad y alevosía, y con espíritu artístico-contestatario, saltasen tanta valla y pintasen otra obra sobre la recientemente inaugurada. Por ejemplo, por la parte de tierra, un mural de fondo negro bien plagado de círculos, hexágonos, cuadrados, elipses, estrellas de mar, etc. de colores (todo menos triángulos), en plan indirecta contestataria al “artista consumado”. Y por delante, por eso de seguir con la tradición más provocativa del arte urbano, no estarían mal unos gigantescos chorretones de semen que fueran bajando, y blanqueando de nuevo, por la parte del faro que da al mar. Total, casi únicamente lo iban a ver los navegantes. Y ya puestos, con numerosas pero discretas anchoas nadando en el turbulento y blancuzco fluido. Igual, promocionando la noticia, hasta venía más gente y repetían los que ya hubieran visitado el lugar.

Casi coincidente en el tiempo con la inauguración del faro, se presentaron tres discretas obras de arte callejero en algunos rincones de las paredes exteriores del Hospital Marqués de Valdecilla en Santander. Las tres son obras de Pejac, un artista que, imitando el proceder del ya archiconocido Banksy, opta por mantenerse en el anonimato. No tienen vallas, ni el respaldo propagandístico del presidente de la región, pero a mí se me antojan más bellas, emotivas, técnicamente sugerentes y creativas que lo del faro. Me gustan y, probablemente, las acaben disfrutando miles de personas a lo largo del tiempo. Gente quizá bastante necesitada de estímulos positivos cuando pase por allí, entrando y saliendo del hospital. Y, desde luego, caminando cerca de ellas de forma dosificada, sin tumultos, sin llamadas a tropel. Por eso no hace falta vallarlas.

Es más, una de ellas está dispuesta de forma que la gente la pueda pisar. Consciente o inconscientemente, porque parte de ellas está pintada sobre pavimento de paso. Las pinturas en cuestión ocupan rincones discretos de diferentes paredes exteriores del complejo hospitalario. Para ver cada una de ellas se tiene que dar alguna de estas dos condiciones: o estás pasando por allí y te das cuenta de su presencia; o la tienes que andar buscando por los recovecos exteriores del extenso conjunto de edificios. Desde luego, no puede afirmarse que afecten a la apariencia de los edificios. Se ubican en localizaciones alejadas entre sí, quizás con idea de sorprender a los transeúntes de diferentes zonas de visita al hospital, o pensando en repartir un poco el efecto. También en su caso, me acerqué a contemplarlas y tuve que hacer un recorrido circular bastante completo al recinto para poder estudiar las tres.

Una aparente grieta en un muro de hormigón.

Está formada por gente que, poco a poco, va logrando salir de la pandemia.
 

Dos siluetas "sanitarias" generan dos sombras que se dan la mano con fondo de nenúfares "tipo Monet".
 

Un chiquillo hospitalizado en plena trastada artística inspirada en Van Gogh.
 

Cuando pensaba dar por zanjado el apartado artístico de esta entrada, un recuerdo de “arte urbano” me vino a la mente. No se trata de arte urbano propiamente dicho, sino, más bien, de arte contemporáneo expresado sobre un peculiar tipo de soporte que podemos considerar como muy urbano. No sobre inmuebles, sino sobre uno de los mayores referentes actuales de la movilidad: el automóvil. Hace ya varias temporadas hice alusión a un singular y magnífico ensayo titulado “La estética del bólido” (Luis Morcillo Velázquez. Funambulista. Madrid, 2013). En aquel texto se reivindica, en cierto modo, el diseño de algunos coches como forma de arte. Pero en el caso al que me refiero ahora no. Aquí el vehículo en cuestión (cada uno concreto), pueda ser considerado o no como objeto artístico o bello, lo que hace es de “lienzo” para la expresión de un grupo de artistas de prestigio.

El proyecto Art Car de BMW surgió en los años setenta del siglo XX. Desde entonces ha conseguido generar una pequeña colección de coches de marca alemana, que fueron ofrecidos a diferentes artistas para que los pintaran. Durante ya casi medio siglo, sobre la chapa o la fibra de las diferentes carrocerías elegidas, han dejado su legado autores como John Baldessari, Sandro Chia, David Hockney, Esther Mahlangu, César Manrique, Ken Done, Michael Jagamara Nelson, Ernst Fuchs, Roy Lichtenstein y algunos otros menos coloristas. Los citados, desde luego, decidieron jugar mucho con los colores y las formas. También con los estampados. Creo que la firma germana tuvo una buena idea, y la erigió sobre cuatro pilares sólidos. Primero, contar con artistas cuyas carreras, nos puedan gustar o no, tuvieran un reconocimiento internacional fiable. Segundo, que sus estilos de “trabajo” fueran, en cada momento, rompedores o vanguardistas. Tercero, proponerlo sobre soportes propios (del fabricante, no públicos), móviles (que se puedan cambiar de sitio) y replicables (que provienen de producción en serie, por lo que no son objetos singulares que pudieran quedar afectados sin remedio tras el “tratamiento” artístico de un segundo “autor”). Y cuarto, írselo encargando a artistas diferentes, para progresar en la creación de una colección rica y diversa. Justo lo contrario que propuso Revilla, en pleno “calentón” por la inauguración del faro, cuando dijo, poco más o menos, que pensaba ir buscando otros edificios públicos singulares de Cantabria para que los fuera pintando también Okuda.

La colección Art Car de BMW se puede visitar en internet y merece la pena. Tanto si tienes afición a los coches, como al arte moderno y, sobre todo, si disfrutas con ambas cosas. Algunos me gustan mucho mientras que otros nada en absoluto. Así son los gustos individuales. Pero hay tres que no me he resistido a “conducir” hasta aquí.

Una de las últimas obras está firmada por Jeff Koons en 2010. Su decoración resulta francamente espectacular. Desprende, sin lugar a dudas, energía y movimiento. Y lo logra hasta con el coche parado. En cierto modo, me recuerda a los testigos de flujo laminar que se utilizan en los túneles de viento. También a los efectos producidos por la velocidad durante la noche, con las luces de farolas, semáforos o neones reflejándose sobre la carrocería de un coche que circula. Lo cual, por cierto, llevado a un circuito de carreras, enseguida nos “traslada” a Le Mans. El coche, como varios de sus predecesores de la misma colección, participó en mítica carrera, aunque únicamente duró 5 horas.

El llamativo resultado de la intervención de Koons. (Imagen: artcar.bmwgroup.com).
 

 

Por detrás se sugieren hasta explosiones y petardeos del motor. (Imagen: artcar.bmwgroup.com)

 El coche en plena disputa de las 24h de Le Mans. (Imagen: artcar.bmwgroup.com).

Creo que el más famoso de los ejemplares de este fondo museístico sobre ruedas fue el pintado por Andy Warhol. Un M1, en 1979. Su popularidad es posible que fuera provocada, simultáneamente, por la fama del artista pop, por el el impacto mediático que tuvo aquel modelo de coche y por el positivo resultado logrado por el vehículo en las 24 horas de Le Mans de 1979, en las que se encaramó hasta la sexta plaza absoluta y el segundo puesto en su categoría. El M1 es un caso paradigmático en la trayectoria de fabricación de BMW, pues se trata (creo no equivocarme en esto) en el único verdadero caso de “super-deportivo” (de aspecto) fabricado en serie, completamente alejado del diseño habitual de los coches “de calle”. Quizás pudo haber algún conato antes, pero, prácticamente no lo ha habido después. Ni siquiera con algunos modelos descapotables de carácter y aspecto “deportivo”. El vehículo tuvo una evidente inspiración (al menos desde mi modesto punto de vista) en el Lamborghini Countach (1974), pero dentro de un contexto tan alejado como es, para esas cosas, el alemán. El efecto de su aparición se vio sobredimensionado con la puesta en marcha de una competición monotipo M1. La denominada Copa  BMW Procar, en la que participaron la mayoría de los pilotos de Fórmula 1 en activo de la época, además de otros de resistencia, etc. Se disputaba coincidiendo con algunos Grandes Premios europeos de F1, en plan de complemento al espectáculo durante la semana. El campeonato lo ganó, en 1979, Niki Lauda, y en 1980 (ya no siempre coincidiendo con la F1) Nelson Piquet. Solo hubo dos ediciones.

El M1 de Warhol retratado en las calles. (Imagen: artcar.bmwgroup.com).
 

Pero la primera obra de la colección, la más antigua de todas fue un trabajo de Alexander Calder, datado de 1975. Tuve la suerte de poder admirarlo al detalle en el Centro Botín de Santander en una exposición monográfica del artista “de los móviles”. Me causó una gran impresión. Me gustó mucho. Ya de por sí, el coche de base (BMW 3.0 CSL; en cierto modo un precursor de la serie 6 de la marca) puede que sea uno de los BMW más bonitos que se hayan diseñado. Su preparación exterior para competición, a base de la incorporación de diversos aditamentos aerodinámicos y, especialmente, expansión de volúmenes laterales para alojar neumáticos de mayor anchura, parecen haberlo esculpido dotándole de mayor expresión plástica. Y por último, Calder supo aportar un magistral toque de colorido y formas que acabó generando una obra de arte motorizada. Este coche también compitió en Le Mans, pero tampoco logró terminar la carrera. Aguantó 7 horas.


 El coche que pintó Calder. Puede verse su firma (de dos lentras) en la aleta posterior. (Imagen: artcar.bmwgroup.com).

Unos días después de estar escribiendo esto, me dio por indagar un poquito sobre la trayectoria artística del "grafitero" cántabro (Pejak) que había utilizado para, únicamente a modo de ejemplo, comparar con Okuda. Así que visité su web y me encontré trabajos interesantes, variados y alejados de la ostentación. Mientras los repasaba (con atención más que ligera) me encontré una sorpresa que no me resisto a compartir aquí. Se trata, a mi modo de verlo, de una especie de hibridación entre el proyecto desarrollado por Art Car y una interpretación callejera del mismo.


En la web del artista se puede contemplar con más detalle con fotos complementarias del trabajo y el proceso. La técnica es "llave rayando carrocería", más urbana y contestataria imposible. Ignoro si el propietario del Jagguar se prestó a ello. A mi me encanta: estética, técnica y conceptualmente. (Imagen: pejak.es).


Las vallas no siempre tienen buena prensa, y es que muchas veces se utilizan para interrumpir la libre circulación. Para esto están, por ejemplo, en las autovías, para tratar de evitar accidentes cinegéticos que se producen cuando un corzo o un jabalí logran atravesarlas. Para eso sí que las ve bien la gente (a la fauna no se le pregunta al respecto). También pretenden evitar el tránsito, en este caso humano, las que conforman todos los tipos de muros que tienen que ver con la inmigración. Esas sí que son mucho más criticadas (aunque no por todos). Otras que casi nadie critica, pero yo he sido de los que las ha ido viendo crecer y proliferar, instalarse donde no las había, etc. son las de los recintos escolares, las que se montan con la disculpa de proteger a los menores y lo que consigue es blindar su estabulación y aislar, más todavía, a los estudiantes con respecto al resto de la sociedad. Todo ello en aras de prepararlos para ingresar en ella. Rocambolesco itinerario.

Volviendo al mundo del deporte, para ir cerrando ya toda esta perorata, No puedo olvidar la época, cargada de simbolismo, en la que los estadios de fútbol estaban provistos de unas altas vallas que separaban el campo de la grada, los jugadores del público, los “deportistas” de la jauría humana. Hasta que se produjo la tragedia de Heysel (1985), y la jauría se hizo tan fiera y letal que acabó demostrando que las vallas eran mal remedio para su contención.

 Seres humanos, que han ido a pasarlo bien en un entorno supuestamente civilizado, sufren o mueren aplastados por la masa. (Imagen: infobae.com).

Sin tan dramática connotación, pero sí con disimulado empeño en el control, el desarrollo del negocio, la ordenación del deambular de las personas, la popularización (y masificación) de la práctica deportiva, etc. Tenemos las vallas y señalizaciones de las pistas balizadas del esquí. Una especie de separación “catastral” entre el mundo del esquí alpino y el de los deportes de montaña, entre la cobertura de diferentes tipos de seguros, entre el tratamiento mecánico o no de la nieve y, cada vez en más casos, entre la precipitación o no de nieve artificial.

 La montaña (Alto Campoo) vallada y balizada. (Imagen: elconfidencial.com)

El mundo de la equitación sí que tiene vallas. Muchas forman parte de las instalaciones donde se practica este deporte. Las de los paddocks, picaderos, cuadras, caminos, etc. Todas ellas tienen funciones de control y custodia de los animales. Luego están esas otras, las que se colocan en los concursos para que los caballos las superen. Desde los setos del Grand National hasta los obstáculos de salto. Pero esas, son mucho más bonitas. Están decoradas en los eventos importantes y además, y esto es importante, están ahí para ser saltadas, para representar un galopar libre y alegre, sin barreras, como la estampa de Moses recorriendo la pista de atletismo.

Jacobo prácticando la prueba de cross de concurso completo de equitación en un entorno idílico.
 

Incluso en el ciclismo hay al menos dos tipos de vallas. Unas dispuestas en meta para blindar el momento de la llegada, especialmente peligroso si se produce en forma de sprint masivo, y que en algunas ocasiones, pese a la protección de las vallas, ha acabado con dolorosas consecuencias para algunos corredores. Las mismas, a veces, recientemente, incluso protegiendo algunos kilómetros finales de etapas que culminan en alto y que son visitadas por miles de seguidores deseosos de tocar a su ídolos, jalearles invadiendo su espacio personal o corriendo a su vera durante algunos metros.

Otras, mucho menos conocidas, son las que se colocan atravesando el recorrido de los circuitos de ciclo-cross. Las suelen denominar obstáculos, y se me antoja que tienen tres funciones. Primera, dar un poco más de espectáculo a la prueba, rompiendo el ritmo de la marcha de los corredores y quién sabe si, en alguna ocasión, propiciando cambios en la clasificación momentánea. Segunda, poner a prueba la pericia de los ciclistas, pues unos las superarán montados sobre la bicicleta, mientras que otros aplicarán un gesto automatizado que incluye bajarse en marcha, saltarlo con la bicicleta en la mano o al hombro, y volver a montarse, perdiendo, en todo ello, el menor tiempo posible. Y tercera, como ocurre con las vallas del estadio atlético (alguna de ellas hasta con “ría” detrás) o los obstáculos ecuestres, “recordar” que también el ciclo-cross puede estar representando una competición procedente de viejos traslados con prisa, alternando carreteras con caminos y sendas campestres, el salto de alguna que otra valla, portillas, etc. Seguramente buscando el atajo más rápido para ir a los sitios, en una época en la que las bicicletas se habían erigido en un recurso muy presente, habitual y popular para la movilidad. Tiempos en los que el equilibrio demográfico entre los entornos urbanos y rurales estaba mucho más compensado, y las gentes de ciudad puede que fueran más conocedoras de las formas de vida del campo y hasta más respetuosas con ellas.

 

Los corredores superando obstáculos en el Mundial de Ciclo-cross celebrado en Fadura (Getxo) en 1990. Creo recordar que el del centro es José Mari Yurrebaso, aunque no estoy seguro.

Misma prueba. Este es el belga Danny de Bie, un fenómeno del momento. Allí saltaba los obstáculos sin apearse de la bicicleta. Partía como favorito (había sido campeón del mundo la temporada anterior) pero al final solo pudo ser decimoprimero.
 

 

 

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